La globalización. Consecuencias humanas — Zygmunt Bauman / Globalization: The Human Consequences by Zygmunt Bauman

Este es otro muy interesante libro sobre una palabra en boga y parece ser que el remedio a todos los males pero en este breve ensayo se nos cuenta aquello de lo cual no queremos ser partícipes.

El fenómeno de la globalización es más profundo de lo que salta a la vista; al revelar las raíces y las consecuencias sociales del proceso globalizador, tratará de disipar algo de la niebla que rodea a un término supuestamente clarificador de la actual condición humana.
La frase «compresión tiempo/espacio» engloba la continua transformación multifacética de los parámetros de la condición humana.
Los procesos globalizadores incluyen una segregación, separación y marginación social progresiva. Las tendencias neotribales y fundamentalistas, que reflejan y articulan las vivencias de los beneficiarios de la globalización, son hijos tan legítimos de esta como la tan festejada «hibridación» de la cultura superior, es decir, la cultura de la cima globalizada. Causa especial preocupación la interrupción progresiva de las comunicaciones entre las elites cada vez más globales y extraterritoriales y el resto de la población, que está «localizada». En la actualidad, los centros de producción de significados y valores son extraterritoriales, están emancipados de las restricciones locales; no obstante, esto no se aplica a la condición humana que esos valores y significados deben ilustrar y desentrañar.

La movilidad se ha convertido en el factor estratificador más poderoso y codiciado de todos; aquel a partir del cual se construyen y reconstruyen diariamente las nuevas jerarquías sociales, políticas, económicas y culturales de alcance mundial. Y a los que ocupan la cima de la nueva jerarquía, la libertad de movimiento les otorga muchas más ventajas.
En el ciberespacio los cuerpos no tienen influencia… aunque aquel tiene una influencia decisiva e irrevocable sobre los cuerpos. Los fallos dictados en el paraíso ciberespacial son inapelables y nada en la tierra puede poner en tela de juicio su autoridad. Ahora que el poder de dictar fallos está firmemente en manos del ciberespacio, los poderosos no necesitan cuerpos potentes ni armas materiales; a diferencia de Anteo, no necesitan vínculos con su medio terrenal para afirmar, asentar o manifestar su poder. Lo que necesitan es estar aislados de la localidad, que al ser despojada de un significado social transplantado al ciberespacio, ha quedado reducida a un mero terreno «físico». También necesitan la seguridad de ese aislamiento: una condición «extravecinal», inmunidad de las intromisiones locales, un aislamiento infalible, invulnerable, traducido en la «seguridad» de las personas, sus hogares y lugares de juego. Por consiguiente, la desterritorialización del poder va de la mano con la estructuración cada vez más estricta del territorio.

Se diría que nadie controla el mundo. Peor aún; en estas circunstancias no está claro qué significaría «controlar». Como antes, las iniciativas y las acciones destinadas a poner orden son locales y están orientadas a resolver problemas; pero no existe una localidad tan soberbia como para hablar en nombre de la humanidad en su conjunto, ni que se haga escuchar y obedecer por esta cuando emite sus pronunciamientos. Tampoco existe un problema que pueda aprehender y extender la totalidad de los asuntos globales y a la vez obtener consenso.

Fue la muerte de la soberanía estatal, no su triunfo, lo que dio tan tremenda popularidad a la idea de ser Estado. Según el cálculo mordaz de Eric Hobsbawm, cuando las islas Seychelles tengan el mismo voto que Japón en los organismos multilaterales, «la mayoría de los miembros de la ONU probablemente serán los equivalentes de fines del siglo XX de Saxe-Coburgo-Gotha y Schwarzburgo-Sonder-hausen».

Una de las principales consecuencias de la nueva libertad global de movimientos es que resulta cada vez más difícil, por no decir imposible, lanzar una acción colectiva eficaz a partir de los problemas sociales.

La red global de las comunicaciones, recibida con júbilo como la puerta a un grado de libertad nuevo e inaudito y, sobre todo, como la base tecnológica de la igualdad inminente, es utilizada de manera muy selectiva: no es una puerta sino apenas una grieta estrecha en un grueso muro. Pocas personas (cada vez menos) reciben el pase para franquearla. «Últimamente, para lo único que sirven los ordenadores en el Tercer Mundo es para registrar de manera más eficiente su decadencia», dice Keegan. Y concluye: «Si (como dijo un crítico norteamericano) los 358 decidieran quedarse con cinco millones de dólares cada uno para poder mantenerse y regalaran el resto, casi duplicarían los ingresos anuales de la mitad de la población de la Tierra. Y los cerdos volarían».

Según John Kavanagh, del Washington Institute of Policy Research,
La globalización les da a los extremadamente ricos nuevas oportunidades para ganar dinero de manera más rápida. Estos individuos han utilizado la tecnología de punta para desplazar grandes sumas de dinero alrededor del globo con extrema rapidez y especular con eficiencia creciente.
Desgraciadamente, la tecnología no afecta la vida de los pobres del mundo. En realidad, la globalización es una paradoja: beneficia mucho a muy pocos, a la vez que excluye o margina a dos tercios de la población mundial.

Para el habitante del primer mundo —ese mundo cada vez más cosmopolita y extraterritorial de los empresarios, los administradores de cultura y los intelectuales globales—, se desmantelan las fronteras nacionales tal como sucedió para las mercancías, el capital y las finanzas mundiales. Para el habitante del segundo, los muros de controles migratorios, leyes de residencia, políticas de «calles limpias» y «aniquilación del delito» se vuelven cada vez más altos; los fosos que los separan de los lugares deseados y la redención soñada se vuelven más anchos, y los puentes, al primer intento de cruzarlos, resultan ser levadizos. Los primeros viajan a voluntad, se divierten mucho (sobre todo, si viajan en primera clase o en aviones privados), se les seduce o soborna para que viajen, se les recibe con sonrisas y brazos abiertos. Los segundos lo hacen subrepticia y a veces ilegalmente; en ocasiones pagan más por la superpoblada tercera clase de un bote pestilente y derrengado que otros por los lujos dorados de la business class; se les recibe con el entrecejo fruncido, y si tienen mala suerte los detienen y deportan apenas llegan.

Los gobiernos no pueden prometer seriamente sino más «flexibilización laboral», es decir, en última instancia, inseguridad creciente, dolorosa, discapacitante. Los gobiernos serios tampoco pueden prometer certeza; en casi todas partes se da por sentado que deben dar libertad a las erráticas e imprevisibles «fuerzas del mercado», que por haber conquistado su extraterritorialidad, están lejos del alcance de cualquier medida que puedan tomar los gobiernos irremediablemente «locales». En cambio, combatir —o aparentar que se combate— el crimen que amenaza la seguridad personal es una opción realista y rinde grandes beneficios electorales.

La inseguridad general se concentra en el miedo por la seguridad de la persona; este a su vez apunta a la figura ambivalente, imprevisible, del extraño. El desconocido en la calle, el merodeador de las casas… Alarmas contra robo, vecindarios vigilados y patrullados, portones del complejo habitacional; todo sirve al mismo fin: mantener alejados a los extraños. La cárcel no es sino la más drástica entre muchas medidas, distinta del resto en cuanto a su presunto grado de eficacia, no en cuanto a su tipo. Las personas criadas en la cultura de las alarmas y los artefactos contra robo tienden a ser entusiastas partidarios de las condenas penitenciarias, cuanto más prolongadas, mejor. Todo encaja a la perfección: se devuelve la lógica al caos de la existencia.

This is another very interesting book about a word in vogue and seems to be the remedy to all evils but in this short essay we are told what we do not want to be part of.

The phenomenon of globalization is deeper than meets the eye; by revealing the roots and social consequences of the globalizing process, it will try to dissipate some of the fog surrounding a supposedly clarifying term of the current human condition.
The phrase “time / space compression” encompasses the continuous multifaceted transformation of the parameters of the human condition.
Globalizing processes include segregation, separation and progressive social marginalization. The neotribal and fundamentalist tendencies, which reflect and articulate the experiences of the beneficiaries of globalization, are as legitimate children of this as the much celebrated “hybridity” of the superior culture, that is, the culture of the globalized summit. The progressive interruption of communications between the increasingly global and extraterritorial elites and the rest of the population, which is “localized”, is of particular concern. At present, the centers of production of meanings and values ​​are extraterritorial, are emancipated from local restrictions; however, this does not apply to the human condition that these values ​​and meanings must illustrate and unravel.

Mobility has become the most powerful and coveted stratifying factor of all; the one from which the new social, political, economic and cultural hierarchies of worldwide reach are built and reconstructed daily. And those who occupy the top of the new hierarchy, the freedom of movement gives them many more advantages.
In cyberspace bodies have no influence … although that has a decisive and irrevocable influence on bodies. The rulings dictated in the cyberspace paradise are unappealable and nothing on earth can question its authority. Now that the power to dictate rulings is firmly in the hands of cyberspace, the powerful do not need powerful bodies or material weapons; unlike Anteo, they do not need links with their earthly environment to affirm, settle or manifest their power. What they need is to be isolated from the locality, which, being stripped of a social meaning transplanted into cyberspace, has been reduced to a mere “physical” terrain. They also need the security of this isolation: an “extravecinal” condition, immunity from local interference, an infallible, invulnerable isolation, translated into the “security” of people, their homes and places of play. Therefore, the deterritorialization of power goes hand in hand with the increasingly strict structuring of the territory.

One would say that nobody controls the world. Even worse; in these circumstances it is not clear what “control” would mean. As before, the initiatives and actions designed to bring order are local and are aimed at solving problems; but there is no such superb locality to speak for humanity as a whole, nor to be heard and obeyed by it when it issues its pronouncements. Nor is there a problem that can grasp and extend the totality of global issues and at the same time obtain consensus.

It was the death of state sovereignty, not its triumph, that gave such a tremendous popularity to the idea of ​​being a State. According to Eric Hobsbawm’s scathing calculation, when the Seychelles have the same vote as Japan in the multilateral organizations, “the majority of UN members will probably be the late 20th century equivalents of Saxe-Coburg-Gotha and Schwarzburg. Sonder-hausen ».

One of the main consequences of the new global freedom of movement is that it is increasingly difficult, if not impossible, to launch an effective collective action based on social problems.

The global network of communications, received with joy as the gateway to a new and unprecedented degree of freedom and, above all, as the technological basis of imminent equality, is used very selectively: it is not a door but just a crack narrow in a thick wall. Few people (less and less) receive the pass to cross it. “Lately, for the only thing that computers use in the Third World is to record their decadence more efficiently,” says Keegan. And he concludes: “If (as one American critic said) the 358 decided to keep five million dollars each to be able to support themselves and give away the rest, they would almost double the annual income of half the population of the Earth. And the pigs would fly ».

According to John Kavanagh, of the Washington Institute of Policy Research,
Globalization gives the extremely rich new opportunities to make money faster. These individuals have used the latest technology to move large sums of money around the globe with extreme rapidity and speculate with increasing efficiency.
Unfortunately, technology does not affect the lives of the world’s poor. In fact, globalization is a paradox: it benefits a very few, while it excludes or marginalizes two thirds of the world’s population.

For the inhabitant of the first world – that increasingly cosmopolitan and extraterritorial world of entrepreneurs, cultural administrators and global intellectuals – national borders are dismantled just as they were for merchandise, capital and world finances. For the inhabitant of the second, the walls of migratory controls, residence laws, policies of “clean streets” and “annihilation of crime” are becoming increasingly high; the pits that separate them from the desired places and the dreamed redemption become wider, and the bridges, at the first attempt to cross them, turn out to be drawbacks. The first ones travel at will, have a lot of fun (especially if they travel in first class or in private planes), they are seduced or bribed to travel, they are received with smiles and open arms. The latter do so surreptitiously and sometimes illegally; sometimes they pay more for the overpopulated third class of a pestilent and exhausted boat than others for the golden luxuries of business class; they are received with frowning brows, and if they have bad luck they are arrested and deported as soon as they arrive.

Governments can not seriously promise but more “labor flexibilization,” that is, ultimately, growing, painful, disabling insecurity. Serious governments can not promise certainty either; almost everywhere it is taken for granted that they must give freedom to the erratic and unforeseeable “market forces” which, because they have conquered their extraterritoriality, are far from the scope of any action that irremediably “local” governments can take. On the other hand, fighting -or pretending to fight- crime that threatens personal security is a realistic option and yields great electoral benefits.

The general insecurity concentrates in the fear for the security of the person; this in turn points to the ambivalent, unpredictable figure of the stranger. The stranger in the street, the marauder of the houses … Alarms against theft, guarded and patrolled neighborhoods, gates of the housing complex; everything serves the same purpose: keep strangers away. The prison is only the most drastic among many measures, different from the rest in terms of its presumed degree of effectiveness, not in terms of its type. People raised in the culture of alarms and artifacts against theft tend to be enthusiastic supporters of penitentiary sentences, the longer the better. Everything fits perfectly: logic is returned to the chaos of existence.

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