El hombre postorgánico — Paula Sibilia / The Postorganic Man. Body, Subjectivity And Digital Technologies by Paula Sibilia (spanish book edition)

Este es sin duda otro magnífico libro que con el subtítulo de “cuerpo subjetividad y tecnologías digitales” nos adentra en los tiempos actuales.
En la actual «sociedad de la información», la fusión entre el hombre y la técnica parece profundizarse, y por eso mismo se torna más crucial y problemática. Ciertas áreas del saber constituyen piezas clave de esa transición, tales como la teleinformática y las nuevas ciencias de la vida. Esas disciplinas que parecen tan diferentes poseen una base y una ambición común, porque están hermanadas en el horizonte de digitalización universal que signa nuestra era. En este contexto surge una posibilidad inusitada: el cuerpo humano, en su anticuada configuración biológica, se estaría volviendo obsoleto. Intimidados (y seducidos) por las presiones de un medio ambiente amalgamado con el artificio, los cuerpos contemporáneos no logran esquivar las tiranías (y las delicias) del upgrade.

Quizá la máquina más emblemática del capitalismo industrial no sea ninguna de ésas, sino otra mucho más cotidiana y menos sospechosa: el reloj.
Ese aparato sencillo y preciso, cuya única función consiste en marcar mecánicamente el paso del tiempo, simboliza como su uso se fue expandiendo más allá de los muros de los conventos cuando las ciudades empezaron a exigir una rutina.
En el universo mercadotécnico pululan también los nichos y perfiles, la segmentación de los públicos, el marketing directo y la personalización de la oferta y la demanda; todo un arsenal retórico y técnico al servicio de sus prosaicos fines.
Más de un siglo después de su formulación, en esta época de ágiles cambios, el diagnóstico de Marx acerca del «fetichismo de la mercancía» parece alcanzar su ápice, puesto que la magia del consumo ha hechizado con sus encantos prácticamente todos los hábitos socioculturales.
La tecnología adquiere una importancia fundamental, pasando de las viejas leyes mecánicas y analógicas a los nuevos órdenes informáticos y digitales. La economía global recibe un fuerte y fundamental impulso de las computadoras, de la telefonía móvil, de las redes de comunicación, de los satélites y de toda la miríada de gadgets (artefactos) teleinformáticos que abarrotan los escaparates, contribuyendo de forma oblicua —aunque no por eso menos potente— a la producción de cuerpos y subjetividades del siglo XXI.

La tecnociencia contemporánea constituye un saber de tipo fáustico, pues anhela superar todas las limitaciones derivadas del carácter material del cuerpo humano, a las que entiende como obstáculos orgánicos que restringen las potencialidades y ambiciones de los hombres. Uno de esos límites corresponde al eje temporal de la existencia. Por eso, con el fin de romper esa barrera impuesta por la temporalidad humana, el arsenal tecnocientífico se puso al servicio de la reconfiguración de lo vivo, en lucha contra el envejecimiento y la muerte.
Algunas investigaciones en el área de la biotecnología, por ejemplo, no se conforman con realizar meros retoques o mejoras cosméticas, o con acoplar prótesis a los organismos dañados para repararlos. Su objetivo no consiste solamente en extender o ampliar las capacidades del cuerpo humano sino que apuntan mucho más lejos: hacen gala de una vocación ontológica, una aspiración trascendental que vislumbra en los instrumentos tecnocientíficos la posibilidad de crear vida.

¿Es posible existir sin cuerpo? La pregunta puede parecer anacrónica en el vertiginoso mundo contemporáneo, por sus inefables ecos gnósticos y metafísicos. No obstante, la respuesta afirmativa parece ser una de las propuestas de la nueva tecnociencia de cuño fáustico, con su horizonte de digitalización total y sus sueños de disolución de las materias más diversas en flujos de bits; en las señales electrónicas que se presentan como un «fluido vital» universal, capaz de nutrir tanto a las máquinas como a los organismos virtualizados. Pero el viejo cuerpo de la anatomía y de la fisiología todavía se yergue. Y su materialidad se rebela: por momentos parece ser orgánico, demasiado orgánico. Lo sensible persiste e insiste: el hombre parece estar enraizado hasta la médula en su estructura de carne y hueso. Al menos —tal vez haya que agregar— por el momento.
El problema del dualismo cuerpoalma, por lo tanto, así como las diversas maneras en que cada época lo «resuelve», constituyen serias cuestiones políticas. Las tecnologías de producción de almas y cuerpos, en todos los tiempos, suelen conspirar contra las potencias de la vida; obedecen a los intereses de una determinada formación histórica, aunque en lucha constante con otras fuerzas que también batallan intentando imponerse. Pero la vida opone resistencia a los dispositivos desvitalizantes y siempre es capaz de crear nuevas fuerzas. En esta compleja sociedad contemporánea, en la cual el prefijo post parece suficiente para adjetivar y explicar prácticamente todo, esos dispositivos continúan operando. Constantemente resuenan en nuevos arpegios de saberes, placeres y poderes, y crean nuevas configuraciones de cuerpos y subjetividades, en una clara vocación biopolítica que no carece de resistencias, fisuras y puntos de fuga.

En el siglo XVII, cuando el universo empezó a ser percibido, explicado y manipulado a partir de la metáfora del reloj, la ciencia de inspiración prometeica se dedicó a observar un mundo que funcionaba de acuerdo con una serie de leyes precisamente definidas y universalmente válidas, con todas sus piezas sincronizadas en una orquesta de admirable rigor. Pero la pregunta por el origen estaba ausente de esa cosmología mecanicista: desde los animales autómatas de René Descartes hasta la ley de gravedad de Isaac Newton, pasando por el sistema solar de Galileo y el hombremáquina de La Mettrie, todas eran estructuras terminadas y en pleno funcionamiento. Por eso, eximían a los pensadores de la necesidad de pronunciarse acerca de un asunto complicado: su origen. Fuertes vestigios deístas seguían otorgando un marco teológico a la nueva cosmología científica: Dios, como un buen relojero, había construido y dado cuerda al gran reloj universal; después de ese supremo acto inicial, el Creador se había retirado dejando la máquina en perpetuo funcionamiento.

La medicina se configuró como un poderoso complejo de saberes y de poderes, especialmente actuante a partir de los siglos XVIII y XIX en las sociedades occidentales: un haz de fuerzas capaz de incidir al mismo tiempo sobre los cuerpos individuales y las poblaciones, disciplinando y regulando la vida. Con sus prácticas y técnicas en actualización constante, a lo largo de la historia moderna la medicina se propuso controlar los acontecimientos aleatorios relativos a la multiplicidad orgánica y biológica de los seres humanos, imponiéndoles sus exigencias normalizadoras según los intereses del capitalismo industrial. Ahora, en virtud del firme pacto que une la tecnociencia con el mercado, se configuran y fortalecen nuevas ramas del saber médico: desde la naciente e-medicine y sus prometedoras terapias genéticas, hasta la biónica con sus prótesis teleinformáticas y la nueva generación de drogas psicotrópicas simbolizadas por el Prozac. ¿Cuál es la relevancia biopolítica de estos nuevos saberes que se aplican a nuestros cuerpos y almas? Enmarcados en el horizonte digitalizante que envuelve a la tecnociencia con su halo luminoso, los discursos y prácticas relacionados con la ingeniería genética ofrecen los mejores ejemplos del accionar biopolítico postindustrial.
La nueva falange psicofarmacológica se opone radicalmente a las terapias psicoanalíticas tradicionales, ligadas al paradigma de la «interioridad» inherente al homo psychologicus, que eran largas y dolorosas por definición. Despreciando los meros síntomas exteriores, su propuesta consistía en sumergirse en las entrañas del alma en busca de las causas profundas de los sufrimientos psíquicos, las tormentas del espíritu y las tragedias existenciales; todos frutos, en fin, de la experiencia íntima e individual de un sujeto dotado de «vida interior».

Comprender los complejos dobleces y torsiones del presente es un desafío político, necesario para que podamos imaginar alternativas capaces de abrir grietas en esa superficie tan estrechamente urdida. Como está ocurriendo con los dispositivos de poder, también las resistencias abandonaron los austeros enfrentamientos dicotómicos de la era prometeica y hacen estallar los antiguos muros para organizarse en redes. «Las resistencias dejan de ser marginales y se vuelven activas en una sociedad que se abre en redes», reconocen Negri y Hardt, destacando el potencial libertario que de alguna manera se insinúa en las fisuras de este nuevo régimen. Si los dispositivos de poder son cada vez más intensos y sofisticados, más difíciles de burlar, habría al menos una buena noticia: las posibilidades de subvertirlos también se multiplican.

This is without a doubt another magnificent book that with the subtitle of “body subjectivity and digital technologies” takes us into the present times.
In the current “information society”, the fusion between man and technique seems to deepen, and for that reason it becomes more crucial and problematic. Certain areas of knowledge are key parts of this transition, such as teleinformatics and the new life sciences. Those disciplines that seem so different have a common base and ambition, because they are twinned in the horizon of universal digitalization that marks our era. In this context, an unusual possibility arises: the human body, in its antiquated biological configuration, would be becoming obsolete. Intimidated (and seduced) by the pressures of an environment amalgamated with the artifice, contemporary bodies fail to avoid the tyrannies (and delights) of the upgrade.

Perhaps the most emblematic machine of industrial capitalism is not one of those, but another much more everyday and less suspicious: the clock.
This simple and precise apparatus, whose only function is to mechanically mark the passage of time, symbolizes how its use expanded beyond the walls of the convents when cities began to demand a routine.
In the marketing universe also swarm niches and profiles, segmentation of the public, direct marketing and personalization of supply and demand; a whole rhetorical and technical arsenal at the service of its prosaic purposes.
More than a century after its formulation, in this era of agile changes, Marx’s diagnosis of “fetishism of merchandise” seems to reach its apex, since the magic of consumption has charmed practically all sociocultural habits with its charms.
Technology acquires a fundamental importance, moving from the old mechanical and analog laws to the new computer and digital orders. The global economy receives a strong and fundamental impulse from computers, mobile telephony, communication networks, satellites and all the myriad of teleinformatic gadgets that cram shop windows, contributing obliquely – although not therefore less powerful- to the production of bodies and subjectivities of the 21st century.

Contemporary technoscience constitutes a Faustian type of knowledge, since it longs to overcome all the limitations derived from the material nature of the human body, which it understands as organic obstacles that restrict the potentialities and ambitions of men. One of those limits corresponds to the temporal axis of existence. Therefore, in order to break this barrier imposed by human temporality, the techno-scientific arsenal was put at the service of the reconfiguration of the living, in the fight against aging and death.
Some research in the area of ​​biotechnology, for example, is not satisfied with making simple touches or cosmetic improvements, or with attaching prostheses to damaged organisms to repair them. Its objective is not only to extend or expand the capabilities of the human body but point much further: they display an ontological vocation, a transcendental aspiration that glimpses in techno-scientific instruments the possibility of creating life.

Is it possible to exist without a body? The question may seem anachronistic in the dizzying contemporary world, for its ineffable Gnostic and metaphysical echoes. Nevertheless, the affirmative answer seems to be one of the proposals of the new Faustian-type techno-science, with its horizon of total digitalization and its dreams of dissolution of the most diverse matters in bit streams; in the electronic signals that appear as a universal “vital fluid”, capable of nourishing both the machines and the virtualized organisms. But the old body of anatomy and physiology still stands. And its materiality rebels: at times it seems to be organic, too organic. The sensible persists and insists: man seems to be rooted to the core in his structure of flesh and bone. At least-maybe you have to add-for the moment.
The problem of bodily dualism, therefore, as well as the various ways in which each epoch “resolves” it, constitute serious political questions. The technologies for the production of souls and bodies, in all times, tend to conspire against the powers of life; they obey the interests of a certain historical formation, although in constant struggle with other forces that also struggle to impose themselves. But life opposes resistance to devitalizing devices and is always able to create new forces. In this complex contemporary society, in which the post prefix seems sufficient to describe and explain practically everything, these devices continue to operate. Constantly resonate in new arpeggios of knowledge, pleasures and powers, and create new configurations of bodies and subjectivities, in a clear biopolitical vocation that does not lack resistances, fissures and vanishing points.

In the seventeenth century, when the universe began to be perceived, explained and manipulated from the metaphor of the clock, the science of Promethean inspiration was devoted to observing a world that worked according to a series of laws precisely defined and universally valid, with all its pieces synchronized in an orchestra of admirable rigor. But the question about the origin was absent from that mechanistic cosmology: from the automaton animals of René Descartes to the law of gravity of Isaac Newton, through the solar system of Galileo and the man-machine of La Mettrie, all were finished structures and in full functioning. That is why they exempted thinkers from the need to pronounce themselves on a complicated issue: their origin. Strong vestiges of deists continued to give a theological framework to the new scientific cosmology: God, like a good watchmaker, had built and wound the great universal clock; after that supreme initial act, the Creator had withdrawn leaving the machine in perpetual operation.

Medicine was configured as a powerful complex of knowledge and powers, especially acting from the eighteenth and nineteenth centuries in Western societies: a bundle of forces capable of influencing individual bodies and populations at the same time, disciplining and regulating life. With its practices and techniques in constant updating, throughout modern history, medicine set out to control the random events related to the organic and biological multiplicity of human beings, imposing their standardizing demands according to the interests of industrial capitalism. Now, by virtue of the firm pact that unites technoscience with the market, new branches of medical knowledge are configured and strengthened: from the nascent e-medicine and its promising genetic therapies, to bionics with its teleinformatic prostheses and the new generation of drugs psychotropic symbolized by Prozac. What is the biopolitical relevance of these new knowledges that apply to our bodies and souls? Framed in the digitalizing horizon that surrounds technoscience with its luminous halo, the discourses and practices related to genetic engineering offer the best examples of postindustrial biopolitical action.
The new psychopharmacological phalanx is radically opposed to traditional psychoanalytic therapies, linked to the paradigm of “interiority” inherent in homo psychologicus, which were long and painful by definition. Despising the mere external symptoms, his proposal consisted in immersing himself in the bowels of the soul in search of the deep causes of the psychic sufferings, the storms of the spirit and the existential tragedies; all fruits, in short, of the intimate and individual experience of a subject endowed with “inner life”.

Understanding the complex bends and twists of the present is a political challenge, necessary for us to imagine alternatives capable of opening cracks in that surface so tightly woven. As is happening with the devices of power, resistance also abandoned the austere dichotomous confrontations of the Promethean era and burst the old walls to organize into networks. “Resistance ceases to be marginal and becomes active in a society that opens up into networks”, recognize Negri and Hardt, highlighting the libertarian potential that somehow insinuates itself into the fissures of this new regime. If the devices of power are increasingly intense and sophisticated, more difficult to circumvent, there would be at least one good news: the possibilities of subverting them also multiply.

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