Historia intelectual del siglo XX — Peter Watson / The Modern Mind: An Intellectual History of the 20th Century by Peter Watson

Este es un estudio pormenorizado y detallado a través del siglo descrito, un libro muy extenso pero el cual recomiendo sin ninguna duda, sin embargo por momentos por tal cantidad de nombres y personajes se debe ir leyendo poco a poco pero una vez que se entra claramente en lo que fue el siglo pasado, solo puedo decir que se disfruta.
El siglo XX ha sido en muchos sentidos una pesadilla. Sin embargo, entre tan grande alboroto se hallaban quienes produjeron las obras que ayudaban a mantener la cordura de Humboldt —y no sólo la suya—.

A comienzos de siglo cada destacar Freud y su interpretación de los sueños, pero Evans había descubierto, en realidad, toda una civilización, completamente desconocida hasta entonces y que podía considerarse con pleno derecho como el producto de los primeros europeos civilizados. La bautizó con el nombre de cultura minoica, basándose no sólo en las referencias de los escritores clásicos, sino también en el hecho de que, si bien estos cretenses de la Edad del Bronce rendían culto a toda una serie de animales, el que parecía predominar sobre todos era el del toro o el Minotauro. Evans descubrió en los frescos numerosas escenas que representaban adoraciones de este animal o acontecimientos atléticos en los que era el protagonista. Con todo, el más destacado era un enorme relieve de escayola de un toro que se halló excavado en el muro de una de las salas principales del palacio de Cnosos.
Antes de que el nuevo siglo hubiese cumplido seis meses, ya había dado lugar al mendelismo (que resultaría ser un respaldo para el darvinismo) y al freudianismo, y ambos sistemas permitían comprender al hombre desde dos enfoques completamente distintos. Además, éste no era el único punto que tenían en común: los dos constituían ideas científicas, o se habían presentado como tales, y ambas conllevaban la identificación de fuerzas o entidades ocultas, a las que el ojo humano no tenía acceso. En este sentido también compartían sus características con el estudio de los virus, cuya identificación se había producido tan sólo dos años antes, cuando Friedrich Löffler y Paul Frosch demostraron que la fiebre aftosa tenía un origen vírico. No había nada especialmente novedoso en el hecho de que todos estos mecanismos se hallasen escondidos. La invención del telescopio y el microscopio, así como el descubrimiento de las ondas de radio y las bacterias, ya habían hecho que la humanidad se hiciese a la idea de que muchos elementos de la naturaleza se encontraban más allá del alcance normal del ojo o el oído humanos. Lo más importante de las corrientes inauguradas por Freud y Mendel era que dichos descubrimientos parecían ser fundamentales, y arrojaban una luz completamente nueva sobre la naturaleza que afectaba a todo ser humano. A esto se añadió el descubrimiento de la «civilización madre» de la sociedad europea.
Las ideas de Freud tuvieron una acogida hostil, y la recuperación por parte de De Vries de la teoría mendeliana dio lugar a un alud de experimentos. Sin embargo, las ideas de Planck fueron acogidas con una gran indiferencia. Todo se debió a que no fueron pocas las teorías que había desarrollado a lo largo de los veinte años anteriores que resultaron ser erróneas.
La obra de Picasso, así como el alcance inusitado de la Exposición de París, subrayó el proceso que estaba siguiendo el pensamiento con el cambio de siglo. Los puntos fundamentales de esta evolución radican, en primer lugar, en el carácter extraordinariamente complementario de muchas de las ideas que definen este final de siglo, así como la búsqueda confiada y optimista de realidades fundamentales ocultas y el lugar que ocupaban en lo que Freud denominó con su característico tono enérgico los «inframundos»; en segundo lugar, en que el motor que dirige esta mentalidad era de carácter científico, incluso cuando los resultados se daban en el terreno de las artes. Sorprendentemente, la columna vertebral del siglo ya se hallaba en su lugar.

Impresionismo, que gozaba en Viena de una gran popularidad, también participaba de esta división. La esencia de este movimiento artístico fue definida por el historiador húngaro Arnold Hauser como un arte urbano que «describe la variabilidad, el ritmo nervioso, las impresiones, repentinas y nítidas, aunque siempre efímeras, de la vida de la ciudad». Esta preocupación por la fugacidad, por el carácter transitorio de la experiencia, coincidía con el nihilismo terapéutico en la idea de que no podía hacerse nada con el mundo, excepto observarlo desde cierta distancia.
Los escritores Arthur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal se esforzaron por resolver estas cuestiones, cada uno a su manera.
Al igual que Herzl, Max Weber estaba interesado en la religión como experiencia compartida; como a Max Nordau y al criminólogo italiano Cesare Lombroso, le preocupaba la naturaleza «degenerada» de la sociedad moderna. Sin embargo, se diferenciaba de ambos en que estaba convencido de que lo que observaba a su alrededor no era del todo negativo. Estaba familiarizado con la «alienación» que podía comportar la vida moderna, aunque pensaba que la identidad de grupo constituía un factor fundamental para hacer soportable la vida en las ciudades modernas, y que su importancia se había pasado por alto.

La palabra modernismo tiene tres significados, y debemos hacer una distinción entre ellos. El primero se refiere a la ruptura histórica que tuvo lugar entre el Renacimiento y la Reforma, cuando comenzó a todas luces el mundo moderno y floreció la ciencia, así como un sistema de conocimiento al margen de la religión y la metafísica. El segundo significado, y el más frecuente, tiene que ver con el movimiento —que se dio sobre todo en las artes— iniciado por Charles Baudelaire en Francia, aunque no tardó en traspasar sus fronteras. Estaba caracterizado por tres hechos fundamentales. El primero —y más básico— era el convencimiento de que el mundo moderno era tan bueno y satisfactorio como cualquier otra época anterior. Se trataba de una notable reacción ocurrida en Francia —en París, en particular— contra el historicismo imperante en buena parte del siglo XIX, sobre todo en pintura, y que recibió un gran impulso de la reedificación de París llevada a cabo por el barón Georges-Eugéne Haussman en la década de los cincuenta. El segundo aspecto primordial del modernismo era su carácter de arte urbano, ya que la ciudad se había convertido en el foco principal de la civilización. Este hecho se hizo evidente en una de sus formas más tempranas, el impresionismo, cuya intención es captar el momento fugaz, el instante efímero que tanto prevalece en la experiencia urbana. Por último, en su afán por defender lo novedoso sobre todo, el modernismo comportaba la existencia de una «vanguardia», una élite artística e intelectual, a la que separaba de las masas su capacidad mental y creativa, destinada con demasiada frecuencia a atacar a dichas masas al tiempo que pretendía guiarlas. Esta forma de modernismo hace una distinción entre la lenta sociedad agraria premoderna.

La teoría de la deriva continental coincidió con el otro avance fundamental que experimentó la geología a principios de siglo, relacionado con la edad del planeta. En 1650, James Ussher, arzobispo de Armagh, Irlanda, se sirvió de las genealogías recogidas en la Biblia para llegar a la conclusión de que la tierra fue creada a las nueve de la mañana del día 26 de octubre del año 4004 a. C. Durante los siglos siguientes se hizo evidente, gracias a las muestras fósiles, que la tierra debía de tener al menos trescientos millones de años, si bien esa cifra se situó más adelante en quinientos millones. A finales del siglo XIX, William Thomson, lord Kelvin (1824-1907), se hizo eco de las teorías acerca del enfriamiento de la tierra para proponer que la corteza se formó hace veinte o noventa y ocho millones de años. Fue entonces cuando irrumpió en escena el descubrimiento de la radiactividad y el deterioro radiactivo. En 1907, Bertxam Boltwood se dio cuenta de que podía calcular la edad de las rocas midiendo los componentes relativos de uranio y plomo, que es el producto final del deterioro, y poniéndolos en relación con la vida media del uranio. Las sustancias más antiguas de la tierra, hasta la fecha, son ciertos cristales de circón de Australia, que, según se comprobó en 1983, tienen una edad de 4,2 billones de años; hoy en día, el cálculo más aproximado de la edad de la tierra la sitúa en 4,5 billones de años.

La teoría de la relatividad no había gozado de una aceptación generalizada la primera vez que Einstein la formuló. Las observaciones que Eddington llevó a cabo en Principe constituyeron, por lo tanto, el momento en que muchos científicos se vieron obligados a reconocer que dicha idea extremadamente rara acerca del mundo físico era, de hecho, cierta. El pensamiento nunca volvería a ser el mismo desde entonces: quedaba demostrado de manera definitiva que el sentido común tenía sus limitaciones. Y el momento en que lo demostró Eddington, o más bien Dyson, no podía haber sido más oportuno: en más de un sentido, el viejo mundo se hallaba eclipsado.

Los surrealistas jugaban (nunca mejor dicho) con las imágenes: proponían con toda seriedad que el hombre podía solucionar sus problemas a través del juego, pues dicha actividad liberaba el inconsciente. Del mismo modo, hacían emerger lo erótico, pues la represión sexual aislaba al hombre de su verdadera naturaleza. No obstante, su arte, basado en los sueños y el inconsciente, era por encima de todo un rechazo deliberado de la razón. Su intención era la de mostrar que el progreso, si es que era posible, nunca seguiría una línea recta, que nada era predecible y que la única alternativa a las banalidades de la sociedad de consumo se hallaba, tras el desmoronamiento de la religión, en una nueva forma de encantamiento.
Por irónico que pueda parecer, la tierra baldía se convirtió en una fértil metáfora. Lo que une a todas las obras consideradas en el presente capítulo es una sensación de desencantamiento en respecto del mundo y las fuerzas conjuntas del capitalismo y la ciencia, creadoras de dicha tierra yerma. Estos objetivos se habían elegido a conciencia: el capitalismo y la ciencia resultarían ser los modos de pensamiento y conducta más perdurables del siglo. Y nadie los encontraría desencantadores.

En la década de los veinte los partidarios de la eugenesia y los racistas científicos fueron especialmente persistentes en los Estados Unidos. Uno de sus principales puntos de referencia era el libro de C. C. Brigham A Study of American Intelligence, publicado en 1923. Brigham era profesor agregado de psicología en la Universidad de Princeton y discípulo de Robert Yerkes. Su libro tomaba como punto de partida el material que éste había obtenido durante la guerra; de hecho, fue el propio Yerkes quien firmó el prefacio. A pesar de que las pruebas demostraban que cuanto más tiempo permanecían los inmigrantes en los Estados Unidos, mayor era su puntuación en las pruebas del coeficiente intelectual, Brigham tenía la firme intención de probar que los pueblos de la Europa meridional y oriental, así como los negros, poseían una inteligencia muy inferior al resto. Para elaborar sus argumentos se apoyó en las convicciones expuestas largo tiempo atrás por personas como el conde Georges Vacher de Lapouge, quien pensaba que Europa podía dividirse en tres tipos raciales, según la constitución del cráneo.
El historiador J. H. Plumb ha señalado que uno de los logros no reconocidos del siglo XX ha sido la formación cultural de un vasto número de personas. Esto ha sido posible gracias a las escuelas y universidades subvencionadas por el gobierno, pero también a los nuevos medios de comunicación, muchos de los cuales tuvieron su inicio en los años veinte. El término middlebrow fue acuñado a modo de insulto; sin embargo, para millones de personas, como los lectores de la revista Time o los oyentes de la BBC, resultó ser más una forma de acercarse a la cultura que de alejarse de ella.

Lukács fue objeto de una rotunda condena y marginado por revisionista y antileninista. Nunca logró reponerse, aunque tampoco contraatacó y acabó por admitir su «error». De cualquier manera, su análisis del marxismo, la conciencia de clase y la literatura repercutió durante la década de los treinta en la obra de Walter Benjamin, y fue recuperado tras la segunda guerra mundial, con algunas modificaciones, por Raymond Williams y otros miembros de la doctrina del materialismo cultural.
En 1924, el año que siguió al de la publicación de Historia y conciencia de clase, se creó en Viena un grupo de filósofos y científicos que empezaban a reunirse cada jueves. En un principio tomaron el nombre de Sociedad Ernst Mach, pero en 1928 lo mudaron por el de Wiener Kreis, el Círculo de Viena. Con esta denominación, se convirtieron en lo que probablemente sea el movimiento filosófico más importante.
Las ideas del futuro Führer en tomo a la biología se hallaban estrechamente ligadas su concepción de la historia. No sabía gran cosa de prehistoria, pero sin duda se consideraba algo parecido a un clasicista. Le gustaba decir que su «hogar natural» era la antigua Grecia o Roma, y conocía con cierta profundidad la obra de Platón. En parte se debe a este hecho el que considerase a las razas orientales (los antiguos «bárbaros») como inferiores. Una de sus ideas favoritas era la de «retroceso», concepto que él explicaba a la «descendencia de los Habsburgo» que gobernaba Viena y que, a su parecer, estaba condenada a la degeneración. La religión organizada —en particular el catolicismo— se hallaba en una situación similar por causa de su postura contraria a la ciencia y su desafortunado interés por los pobres («enclenques»). Hitler consideraba que la humanidad estaba dividida en tres grupos: el de los creadores de “cultura, el de los portadores de cultura y el de los destructores de cultura; y sólo los «arios» eran capaces de crear cultura. La decadencia de la cultura se debía siempre a la misma causa: el mestizaje. Las tribus germánicas habían ocupado el lugar de las culturas decadentes anteriores —las de la antigua Roma— y podrían volver a hacer otro tanto con respecto a la del Occidente corrupto, lo que de nuevo hace pensar en la influencia de su Linz natal. También ayuda a explicar la simpatía que Hitler profesaba a Hegel. Éste había sostenido que Europa representaba un papel central en la historia, mientras que Rusia y los Estados Unidos tenían una importancia secundaria, y el hecho de que Linz sea una ciudad sin acceso al mar no hizo sino reforzar esta opinión.

Ortega y Gasset era algo parecido a un darvinista sociocultural, o quizá más bien nietzscheano. En La deshumanización del arte sostenía que «lo característico del arte nuevo… es que divide al público en estas dos clases de hombres: los que lo entienden “y los que no lo entienden». Estaba persuadido de que el arte era el medio por el cual la élite, la «minoría especialmente dotada», podría reconocerse y distinguirse de la masa vulgar de la sociedad, que constituye la «inerte materia del proceso histórico». Pensaba que el vulgo siempre prefería al hombre que se esconde tras el poeta y mostraba muy poco interés por cualquier cuestión meramente estética (Eliot se habría mostrado de acuerdo). Para Ortega, la ciencia y la sociedad de masas eran enemigas de lo sutil en igual medida.

Al mismo tiempo que tuvo lugar el crac de Wall Street en 1929 y la depresión que lo siguió, el cine se vio sorprendido por la aparición del sonido. El primer director que apreció en su conjunto lo que significaba la introducción de este elemento fue el francés René Clair. La primera película sonora fue The Jazz Singer, dirigida por Alan Crosland e interpretada por Al Jolson. Fue un claro ejemplo de lo que el historiador cinematográfico Arthur Knight ha llamado la temprana «tiranía del sonido», es decir, el uso de cualquier sonido en cualquier momento sin motivo alguno, por la única razón de que era algo novedoso. En las primeras películas de este tipo podía oírse a los participantes en una merienda campestre masticando apio y, en lugar de los créditos escritos, aparecían actores envueltos en capas presentando a los otros actores. Había películas anunciadas en las carteleras como el primer «drama cien por cien hablado rodado en exteriores» o «la primera película hablada por completo e interpretada por negros en su totalidad».
Clair fue mucho más sutil. De entrada, se oponía a la introducción del sonido. Sin embargo, se sobrepuso a su desgana y decidió usar diálogos y efectos sonoros con moderación, sobre todo con el objeto de intensificar la eficacia de las imágenes al enfrentarlas a los sonidos.

Orwell supo cómo era el totalitarismo en 1936, mientras que a otros les llevó años admitir esto mismo.
Homenaje a Cataluña no sólo transmite el horror de la guerra, el frío, los piojos, el dolor (a Orwell le alcanzó una bala en el cuello) y también el aburrimiento. Era imposible sobreponerse a las bajas temperaturas y los parásitos, pero en un breve inciso, el novelista afirma que logró aplacar temporalmente la sensación de hastío gracias a «algún que otro Penguin» que llevaba en su mochila. Se trata de una de las primeras referencias impresas a un nuevo fenómeno literario aparecido en la década de los treinta: las ediciones en rústica.
El propio Homenaje a Cataluña acabó por hacerse popular en la editorial Penguin, aunque los libros de que podía disponer Orwell en España debían de distar mucho de ser intelectuales en exceso. Penguin Books tuvo un origen difícil y más bien mediocre. La idea de la empresa surgió a raíz de una visita de fin de semana que hizo Alien Lane a Devon en primavera de 1934 para alojarse en casa de Agatha Christie y su segundo esposo, el arqueólogo Max Mallowan. Lane era a la sazón director gerente de la editorial londinense Bodley Head.
En cierta ocasión afirmó que la personalidad de una persona era incognoscible («Deshaceos de todas las biografías»), y quizás otro de los objetivos de la película era el de demostrar dicho carácter impenetrable en la personalidad de Kane. De cualquier manera, la crítica se inclina por considerar este aspecto de Ciudadano Kane como un error, más que como un mecanismo intencionado del director.
Las riquezas, para Welles, al igual que para Kane —e incluso para Hearst— eran también un débil consuelo. El resto de la producción del director no fue más que una oda que remitía a la prosperidad y magnificencia de Ciudadano Kane. La película había dejado de proyectarse al finalizar el año, antes de la aparición del libro de Kazin. Después de esto, Welles comenzó su lento declive.

Desde el punto de vista intelectual, la consecuencia más relevante de la segunda guerra mundial fue la madurez que alcanzó la ciencia. El poder de la física, la química el resto de disciplinas no había pasado precisamente inadvertido hasta entonces; sin embargo, el radar, el Coloso y la bomba atómica, por no mencionar toda una serie de descubrimientos menores (como las investigaciones operacionales, los nuevos métodos e evaluación psicológica, la cinta magnética o los primeros helicópteros) influyeron de manera directa en el resultado del conflicto, de forma mucho más evidente que las innovaciones surgidas durante la primera guerra mundial (como el examen del coeficiente intelectual). La ciencia en sí se había convertido en un coloso, si no en el gran coloso. En parte se debe a este hecho el que, mientras que el período que siguió a la primera guerra mundial dio muestras de un gran pesimismo, la segunda guerra mundial diese paso —a pesar de la enorme sombra provocada por la bomba atómica—, a una época dominada por un espíritu completamente positivo, procedente del convencimiento de que los adelantos científicos podrían redundar en beneficio de todos. Con el tiempo, esto desembocaría en la idea de la gran sociedad.

Ionesco se mostraba muy sensible a los descubrimientos científicos, en particular a los relacionados con la psicología de Freud y Jung, pero también con la biología. Esto lo hacía poseedor de una forma muy personal de pesimismo.
Me pregunto si el arte no estará en un callejón sin salida —declaró en 1970—, si, en su forma presente, no habrá alcanzado su final. En otro tiempo, los escritores y los poetas eran venerados como adivinos y profetas. Contaban con cierta intuición, una sensibilidad más marcada que el resto de sus coetáneos y, lo que era aún mejor, descubrían cosas: su imaginación iba más allá incluso de la propia ciencia, se posaba en cosas que la ciencia descubriría veinticinco o cincuenta años después. Proust era un precursor en relación con la psicología de su época. … Sin embargo, desde hace algún tiempo, la ciencia y la psicología del subconsciente han progresado a pasos de gigante, mientras que las revelaciones empíricas de los escritores han hecho bien poco. En estas condiciones, ¿es lícito seguir considerando la literatura como un medio de conocimiento?
Estas observaciones de Ionesco no resultan menos intemporales que su teatro. El París de los años cincuenta fue testigo de las últimas muestras importantes de arte de vanguardia, de la última ocasión en que pudo decirse que la cultura elevada dominaba una civilización de relieve.

Nadie podía haber predicho, cuando se levantó a recitar su poema Aullido en San Francisco en octubre de 1955, que Alien Ginsberg provocaría toda una cultura beat por completo alternativa; sin embargo, basta un estudio más detallado de su persona para darse cuenta de que ya había signos de lo que sería. Ginsberg había estudiado literatura inglesa en la Universidad de Columbia con Lionel Trilling, cuya defensa del liberalismo estadounidense consideraba a un tiempo «inspiradora y repulsiva». Mientras se hallaba componiendo Aullido, trabajaba como autónomo en estudios de mercado, por lo que conocía mejor que muchos las actitudes convencionales y los patrones de comportamiento. Y si sabía cuál era la norma, no ignoraba precisamente la manera de ser diferente.

Psicosis constituía una novedad cinematográfica en muchos aspectos diferentes. Hasta la fecha, Hitchcock había dirigido historias de asesinatos de una gran calidad, ambientadas en lugares exóticos y, por lo general, en tecnicolor. Por contraste —deliberado—, la nueva película daba la impresión de ser vulgar, estaba rodada en blanco y negro y recreaba un lugar desaliñado. Recogía escenas de violencia sin precedentes, si bien lo más llamativo de todo era el tratamiento que hacía de la locura. En realidad, la película estaba basada en un caso real protagonizado por Ed Gein, un «asesino caníbal de Wisconsin», cuyos espantosos crímenes inspiraron también La matanza de Texas y Deranged. En Psicosis, Hitchcock situaba —siguiendo la moda— el origen de la manía homicida de Norman Bates en un historial familiar y sexual reducido e inadecuado.
En los albores de la década de los sesenta, la generación del baby boom estaba llegando a la edad universitaria. Los centros de enseñanza superior estaban experimentando una rápida expansión, y en los campus, las ideas de Laing, Marcuse y otros, a pesar de que no habían logrado superar la experimentación clínica, se tornaron irresistibles. Riesman había apuntado que una de las características de la personalidad heterodirigida era que odiaba la imagen conformista que tenía de sí misma. La popularidad de Laing y Marcuse no parece sino subrayar este hecho. La sociedad estaba entrando en una etapa que apostaba por el cambio personal más que el político: los años sesenta estaban a punto de comenzar.

La «larga década de los sesenta», que se extendió hasta 1973, no fue, ni mucho menos, la época frívola de la que con frecuencia se habla. En su favor se puede decir que constituyó el período posbélico en el que la condición humana —la naturaleza de su propia libertad— se vio más amenazada y, a un tiempo, fue objeto de un mayor número de análisis, por la simple razón de que la psicología del hombre, la conciencia que tenía de sí mismo, estaba experimentando un cambio fundamental. El paso de una sociología basada en las clases a una psicología individual, el surgimiento de nuevos grupos con los que identificarse (raza, sexo, condición estudiantil), no sólo transformó la visión que teníamos de nuestra propia existencia, sino también la naturaleza de la política, tal como había predicho Hannah Arendt. Gran parte del pensamiento del último cuarto de siglo puede entenderse sólo si se analiza desde esta perspectiva.

La expresión «momento histórico» se ha usado de manera excesiva durante el siglo XX. Sin embargo, si hay un momento al margen de la guerra que pueda calificarse de histórico de veras, ocurrió sin duda veinte segundos después de las 4.56 (hora española) del lunes, 21 de julio de 1969, cuando Neil Amstrong bajó las escaleras del Eagle, el módulo lunar de aterrizaje de la nave espacial Apollo 11.
Si el mayor logro intelectual de la primera mitad del siglo XX fue, no podemos negarlo, la concepción y construcción de la bomba atómica, los de la segunda mitad fueron mucho más diversos, y de ello dan fe avances como el aislamiento y comprensión del ADN o las computadoras. Sin embargo, los viajes espaciales y el alunizaje se hallan sin lugar a dudas entre las mayores consecuciones del siglo.
Las preocupaciones acerca de la influencia del hombre sobre nuestro planeta se aceleraron a medida que transcurría la década de los setenta, a lo que contribuyó en gran medida el sobresalto sufrido por la sociedad italiana en 1976 cuando escapó una gran nube de dioxinas de una fábrica de pesticidas cercana a Seveso, lo que provocó la muerte de animales domésticos y de las granjas de los alrededores. En 1978, los Estados Unidos prohibieron los CFC, como propelentes de aerosoles, con el fin de reducir el daño ocasionado a la capa de ozono, cuya función es la de filtrar la radiación ultravioleta de los rayos solares. Este daño, según se creía, estaba causando un calentamiento del planeta en virtud del «efecto invernadero». En 1980 se puso en marcha el Programa de Investigación Climatológica Mundial, un estudio ideado para investigar la influencia del hombre sobre el clima y predecir los cambios que podían surgir al respecto.
Nadie ha pisado la luna desde hace más de un cuarto de siglo. Hoy hemos perdido el optimismo universal que se profesaba a la ciencia y que estaba representado por el programa Apollo.

La guerra del Yom Kippur, como se la conoció, fue más que un mero conflicto armado: se convirtió en el aguijón que desembocó de forma directa e inmediata en el acontecimiento que el entonces secretario de estado de los Estados Unidos Henry Kissinger calificó de «uno de los hechos fundamentales de la historia de este siglo». Justo en mitad de la guerra, el 16 de octubre, las naciones árabes —y algunas otras no árabes— productoras de petróleo decidieron detener su producción y elevaron los precios un 70 por 100. Dos días antes de Navidad, los volvieron a incrementar, esta vez un 128 por 100. Los precios del crudo, por lo tanto, se cuadruplicaron en menos de un año. Ningún país escapó a esta «crisis del petróleo»: Muchos estados pobres de África y Asia quedaron devastados. En Occidente, países como Holanda hubieron de imponer racionamientos momentáneos de combustible, mientras que las colas en las gasolineras se convirtieron en la imagen acostumbrada de todo el planeta. Asimismo, la crisis introdujo un fenómeno que Keynes no había previsto: la estanflación.
Roszak deja claro que la contracultura es una sublevación juvenil y se opone, ante todo, al reduccionismo de la ciencia y la tecnología. Los jóvenes, en especial los que gozan de cierta cultura, odiaban, a su parecer, la dirección hacia la que apuntaba la sociedad tecnocrática, y su protesta adoptó la forma de un estilo de vida alternativo. Era una encarnación de las contradicciones culturales del capitalismo. Para el autor, la contracultura constaba de cinco elementos: una serie de psicologías alternativas, la filosofía (mística) oriental, las drogas, la sociología revolucionaria y la música rock. Juntos, se suponía que estos elementos debían proporcionar una base viable para un estilo de vida diferente al de la sociedad tecnocrática, del estilo al que se hacía en las comunas de uno u otro tipo, lo que ayudaba al mismo tiempo a contrarrestar la alienación de la vida «normal». Entre otros aspectos de la contracultura, se hallaban las universidades libres, las clínicas libres, las «conspiraciones alimentarias» (para ayudar a los pobres), imprentas clandestinas y familias «tribuales».
Se cuestionaba todo —observa Roszak—:
la familia, el trabajo, la enseñanza, el éxito, la educación de los hijos, las relaciones entre hombre y mujer, la sexualidad, el urbanismo, la ciencia, la tecnología, el progreso. Los medios de la riqueza, el significado del amor, de la vida… todo necesitaba someterse a evaluación. ¿Qué es «la cultura»? ¿Quién decide lo que es «excelencia»?, ¿y «conocimiento» o «razón»?.

Galbraith y Bell reconocieron poco después de la publicación de sus estudios se confirmó la más importante de sus predicciones: durante la primavera de 1975, dos jóvenes abandonaron sus labores habituales, el uno de programador informático en Honey Well (Boston) y el otro de estudiante de Harvard, para crear su propia compañía, encargada de elaborar programas para la nueva generación de computadoras más manejables que acababa de anunciarse. Pocos meses después, en 1976, un joven microbiólogo de San Francisco recibió una propuesta de un capitalista aventurado igualmente joven, de manera que los dos organizaron también su propia empresa con el objeto de sintetizar una proteína específica a partir de cadenas de ADN. Los dos primeros se llamaban Paul Alien y Bill Gates, y bautizaron su compañía como Microsoft. Los segundos eran Herbert Boyer y Robert Swanson, y ya que no les convencía ni Boyer & Swanson ni Swanson & Boyer, pusieron a la suya el nombre de Genentech. Cuando el siglo estaba entrando en el último cuarto de su existencia, surgieron a la par la nueva tecnología de la información y la nueva biotecnología. El mundo estaba a punto de que lo pusieran de nuevo patas arriba.

En 1944, Gunnar Myrdal había pronosticado, en An American Dilemma, que, para hacer algún avance en lo referente a la situación de la población negra estadounidense, los tribunales del país necesitarían unirse a la causa. Y eso fue precisamente lo que ocurrió en los años transcurridos desde mediados de los cincuenta hasta mediados de los setenta, si bien no pudo evitarse que surgiese una reacción. El presidente Richard Nixon y el vicepresidente Spiro Agnew comenzaron a preguntarse si el Tribunal Supremo no estaba tomando decisiones que a) eran más bien labor del gobierno, por cuanto parecían decisiones políticas, si bien ocultas tras una fachada legal, y b) hacían caso omiso de la opinión de la «mayoría callada» y aumentaban la tensión social al anteponer en todo momento los derechos de la minoría.
El presidente Nixon y el vicepresidente Agnew hubieron de dejar sus cargos sumidos en la ignominia, por lo que su implicación en este debate se vio perjudicada. Sin embargo, la cuestión era bien real. Ronald Dworkin, profesor de la Universidad de Nueva York, la abordó con todo detalle en Los derechos en serio, publicado en 1977. Su libro consistía en un análisis de la evolución de la ley y se convertía a su vez en un claro ejemplo de dicho proceso. Combinaba el pensamiento legal con la filosofía moral y lingüística, la política y la economía política. Asimismo, tenía en cuenta los acontecimientos más recientes en el ámbito de los derechos civiles, la liberación de la mujer, la emancipación de los homosexuales y las teorías y argumentos de Ludwig Wittgenstein, Herbert Marcuse, Willard van Orman Quine e incluso R. D. Laing. Sin embargo, el principal objetivo de Dworkin consistía en aclarar ciertos conceptos legales teniendo en cuenta el movimiento de derechos civiles.
No cabe duda de que la crisis del petróleo de 1973 y 1974 dio la razón a Friedrich von Hayek y a Milton Friedman, al menos en un sentido: la libertad económica, si bien no es la más básica de las libertades como sostiene Ronald Dworkin, sigue resultando fundamental. Desde la crisis energética y la transformación energética que provocó, se han tenido que rehacer muchas áreas vitales de occidente: la política, la psicología, la filosofía moral y la sociología. La obra de Galbraith, Sen y Hacker (o, mejor dicho, el fracaso de sus producciones a la hora de estimular, por poner un ejemplo, el tipo de debate popular —no académico— a que dio pie Michael Harrington con The Other America a principios de los sesenta) es quizás el elemento que mejor expresa el estado de ánimo general de nuestros días. El individualismo y la individualidad se han convertido en valores tan preciados que en muchas ocasiones se han convertido en egoísmo. Las clases medias están demasiado ocupadas con sus bienes para hacer el bien.

El escepticismo de Weatherall tiene los pies bien puestos en el suelo y su argumento resulta sólido. El triunfalismo es contrario a la ciencia. Nadie duda de la ironía —y el absurdo— que supone tener una sensibilidad terapéutica cuando las terapias no funcionan. La conclusión de Porter, expresada tras un magistral análisis de la historia de la medicina, no resultaba mucho más optimista que la de aquél:
La raíz del problema es de tipo estructural. Se trata de algo endémico a un sistema en el que el sistema médico en expansión, que se enfrenta a una población más sana, está desembocando en el tratamiento clínico de hechos normales como la menopausia, convirtiendo riesgos en enfermedades y tratando dolencias triviales con procedimientos demasiado sofisticados. Los médicos y los «consumidores» se están encerrando en la creencia de que todo el mundo tiene algo malo; todos tienen algo susceptible de cura.
Esto ayuda a explicar, claro está, por qué dejan tanto que desear los «índices de cura» del psicoanálisis: muchos de los que acuden al terapeuta no necesitan tratamiento alguno.

Harvey, también se muestra crítico ante el posmodernismo. En su opinión, éste fomenta los elementos nihilistas y propicia un regreso a formas de política estrechas y sectarias «en las que el respeto al prójimo queda mutilado en el fragor de la competencia entre los diversos fragmentos». El viaje, incluso si es imaginario, ya no abre la mente, sino que reafirma los prejuicios. Por encima de todo se pregunta cómo podemos avanzar si el conocimiento y el significado se ven reducidos a «escombros de significantes». Su veredicto acerca de la condición posmoderna no era favorecedor por completo:
se ha derrumbado la confianza en la asociación de juicios científicos y morales; la estética ha triunfado sobre la ética en cuanto foco principal de interés social e intelectual; las imágenes dominan los medios narrativos; lo efímero y la fragmentación se anteponen alas verdades eternas y la política unificada, y las explicaciones se han trasladado del ámbito de lo material y lo político y económico hacia la consideración de las prácticas culturales y políticas autónomas.

Las «huellas dactilares» de ADN constituyen el aspecto más visible de la revolución que tuvo lugar en la biología molecular. Su uso se generalizó a finales de la década de los ochenta, tanto en las pruebas a los inmigrantes ya referidas, como en los pleitos en que se discutía la paternidad de una persona y los casos de violación. Sus logros prácticos, que llegaron no mucho después de que se hubiese identificado la estructura de doble hélice, no hicieron sino subrayar el nuevo clima intelectual que se había iniciado a raíz de la clonación y secuenciación del material genético. De la mano de estos avances prácticos surgió todo un cúmulo de obras teóricas acerca de la genética que sirvió para corregir la forma en que concebíamos la evolución. En particular, estas investigaciones arrojaron mucha luz sobre los distintos estadios del proceso evolutivo y permitieron trabajar sobre el momento en que se había creado la vida, así como en las implicaciones filosóficas de la evolución.

La conciencia ha recibido una atención mucho mayor que nunca. Sin embargo, pecaría de precipitado predecir que el nuevo siglo traerá nuevos avances de forma rápida. Toda una eminencia como Noam Chomsky ha dicho: «Es muy posible —quizá probable hasta un extremo abrumador— que tengamos que aprender siempre más acerca de la vida y la personalidad del ser humano a través de las novelas que de la psicología científica».

Denby, los medios de comunicación de masas pueden comportar un peligro aún mayor. «Pocos centros de enseñanza secundaria se ven capacitados para competir con ese torrente de imágenes y sonidos que hace que cualquier momento que no sea presente resulte poco más que pintoresco, macilento o muerto por completo». De hecho, el mundo moderno se ha puesto bocabajo. En 1961, época de la primera experiencia universitaria del autor, el carácter inmediato del pop había sido liberador como un maravilloso antídoto ante las asfixiantes aulas; sin embargo, en el presente el cine ha entrado en declive, el pop se ha convertido en un ejemplo de conformismo, complacencia y la cultura elevada tradicional, que resulta tan extraña y difícil, se ha vuelto ajena a los estudiantes, que llegan incluso a escandalizarse. … Los [grandes] libros ya no son tanto un ejército de conquista como un reino de bestias indomables, que se hace la guerra entre sí al tiempo que se la declaran al lector.
En cierto sentido, la guerra de culturas es un tipo de radiación de fondo surgida de Big Bang de la Revolución rusa. En el preciso momento en que se estaba desmantelando el marxismo político, junto con el muro de Berlín, el posmodernismo lograba sus mayores éxitos. Al menos por el momento, puede decirse que los abogados del conocimiento local llevan ventaja. La advertencia de Gertrude Himmelfarb, por oportuna que pueda parecemos, es como pretender hacer que un genio regrese a la lámpara de la que ha salido.

Las matemáticas y la física resultan tan poderosas como la genética a la hora de dar forma a la vida. «La vida está fundada en las pautas matemáticas del mundo físico. La genética explota y organiza estas pautas, pero es la física la que las hace posibles y determina su condición». Para el autor, la genética no constituye el secreto más profundo, el orden más profundo de la vida; esta función corresponde, a su entender, a las matemáticas. Por consiguiente, concluye el libro prediciendo una nueva disciplina para el siglo XXI, la «morfomática», que intentará conjugar las matemáticas, la física y la biología y que, según espera el autor, desvelará las pautas profundas del mundo que nos rodea, amén de ayudarnos a comprender el modo en que se inició la vida.

El estrecho vínculo que existe entre la ciencia, el capitalismo y las democracias liberales se hace extensivo también a la tercera fuerza del siglo XX, los medios de comunicación de masas. De entrada, éstos son en esencia democráticos y lo han sido cada vez más a medida que transcurría el siglo. La internacionalización de los mercados, por su parte, constituye un proceso paralelo. No se trata de negar que ambos han traído ligados sus propios problemas, muchos de los cuales se abordarán dentro de poco; pero por el momento pretendo dejar claro que la ciencia, la economía libre de mercado y los medios de comunicación de masas proceden de un mismo impulso, que ha sido el dominante durante este siglo que acaba.

Revisionismo no acabó, ni mucho menos, con el freudianismo. En 1996, Richard Noli, profesor de historia de la ciencia en Harvard, publicó The Jung Cult y, dos años después, The Aryan Christ. La controversia a que dieron pie no fue menos amarga que la provocada en torno a Freud, ya que Noli sostenía que Jung había mentido en lo referente a sus primeras investigaciones y se había inventado cierto número de datos con el fin de hacer ver que los recuerdos que poseían los pacientes de, por ejemplo, los cuentos de hadas formaban parte del «inconsciente colectivo» y no se debían aun aprendizaje infantil. El autor documentaba también con todo detalle el antisemitismo de Jung y criticaba a los que seguían su doctrina en el presente y no querían someter sus ideas a revisión por miedo a ahuyentar a los posibles pacientes.
El lado comercial del jungianismo es lo de menos. Resulta más importante el que ponga en evidencia, junto con los defectos del freudianismo, que la psicología del siglo XX está basada en teorías —casi mitos— no respaldadas por la observación y caracterizada por ideas rocambolescas, personales y en ocasiones fraudulentas.

A finales de siglo, que ya estamos viviendo en lo que puede llamarse una cultura de encrucijada. Mientras que la gente lamenta los efectos de los medios de comunicación de masas o de nuestra vida intelectual en general, un simple vistazo a los anaqueles de cualquier buena librería de casi cualquier lugar del mundo occidental muestra que, por otra parte, una de las áreas que más ha crecido es lo que se conoce como «ciencia popular». Esta expresión, en realidad, resulta engañosa, por cuanto muchos de estos libros entrañan una relativa dificultad.
Esto resulta muy alentador, por cuanto, entre otras cosas, evitará la existencia de una división cada vez mayor entre los científicos y el resto de nuestra sociedad. Si (quizás habría que marcar bien este si) la revolución de las supercuerdas llega finalmente a algo, los científicos se verán en un aprieto cuando quieran compartir este algo con el resto de nosotros. Ya se hallan al límite en relación con lo que puede llegar a explicar una metáfora en este sentido, y debemos ir aceptando la posibilidad de que, algún día, los secretos del universo sólo se encuentren disponibles para aquellos que poseen conocimientos de matemáticas superiores a los de la media. No tiene sentido de que el resto nos quejemos de que no nos gusta el modo en que evoluciona el conocimiento. Los avances que se están llevando a cabo llevan esta dirección, y ésta es otra de las razones que me llevan a defender este nuevo canon especial.
La evolución es la historia de todos nosotros. La física, la química y la biología son internacionales en un sentido en que nunca podrán serlo la literatura, el arte o la religión. Aunque puede ser que la ciencia se haya originado en Occidente, no faltan hoy en día distinguidos científicos indios, árabes, japoneses y chinos. (En julio de 1999 China anunció su capacidad de construir una bomba de neutrones, una especie de triunfo intelectual). La intención no es proporcionar un marco para evitar los juicios difíciles: la ciencia y la democracia liberal son, o han sido, ideas occidentales. Tampoco se trata de un modo de eludir el debate acerca del canon literario occidental. Sin embargo, el estudio del pensamiento del siglo XX en forma de narración proporciona un nuevo tipo de estudio humanístico y un canon adaptados a la vida de hoy en día.

Otros libros del autor en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/02/06/la-edad-de-la-nada-peter-watson/

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This is a detailed and detailed study through the century described, a very extensive book but which I recommend without any doubt, however at times for such a large number of names and characters should be read little by little but once you enter clearly In what was the last century, I can only say that it is enjoyed.
The twentieth century has been a nightmare in many ways. However, among such a big commotion were those who produced the works that helped maintain Humboldt’s sanity – and not just his own.

At the beginning of the century, Freud and his interpretation of dreams stood out, but Evans had discovered, in reality, a whole civilization, completely unknown until then and that could be considered with full right as the product of the first civilized Europeans. He named it Minoan culture, based not only on the references of classical writers, but also on the fact that, although these Cretans of the Bronze Age worshiped a whole series of animals, which seemed to predominate above all it was the bull or the Minotaur. Evans discovered in the frescoes numerous scenes that represented adorations of this animal or athletic events in which he was the protagonist. However, the most prominent was a huge plaster relief of a bull that was found dug into the wall of one of the main rooms of the palace of Knossos.
Before the new century had been six months, it had already given rise to Mendelism (which would prove to be a support for Darwinism) and Freudianism, and both systems allowed man to be understood from two completely different approaches. Moreover, this was not the only point they had in common: both constituted scientific ideas, or presented themselves as such, and both involved the identification of hidden forces or entities, to which the human eye had no access. In this sense they also shared their characteristics with the study of viruses, whose identification had occurred only two years before, when Friedrich Löffler and Paul Frosch showed that foot-and-mouth disease had a viral origin. There was nothing particularly novel in the fact that all these mechanisms were hidden. The invention of the telescope and the microscope, as well as the discovery of radio waves and bacteria, had already made mankind come to the idea that many elements of nature were beyond the normal reach of the eye or the eye. heard human. The most important thing about the currents inaugurated by Freud and Mendel was that these discoveries seemed to be fundamental, and they shed an entirely new light on nature that affected every human being. To this was added the discovery of the “mother civilization” of European society.
Freud’s ideas had a hostile reception, and De Vries’s recovery of Mendelian theory led to an avalanche of experiments. However, Planck’s ideas were received with great indifference. Everything was due to the fact that there were not a few theories that had developed over the previous twenty years that turned out to be wrong.
Picasso’s work, as well as the unusual scope of the Paris Exhibition, underscored the process that thought was taking with the turn of the century. The fundamental points of this evolution lie, first, in the extraordinarily complementary character of many of the ideas that define this end of the century, as well as the confident and optimistic search for hidden fundamental realities and the place they occupied in what Freud called with its characteristic energetic tone the “underworld”; secondly, in that the engine that directs this mentality was of a scientific nature, even when the results were given in the field of the arts. Surprisingly, the century’s backbone was already in place.

Impressionism, which enjoyed great popularity in Vienna, also participated in this division. The essence of this artistic movement was defined by the Hungarian historian Arnold Hauser as an urban art that “describes the variability, the nervous rhythm, the sudden and clear, though always ephemeral, impressions of the life of the city.” This concern for fleetingness, for the transitory nature of the experience, coincided with therapeutic nihilism in the idea that nothing could be done with the world except to observe it from a distance.
The writers Arthur Schnitzler and Hugo von Hofmannsthal endeavored to resolve these questions, each in its own way.
Like Herzl, Max Weber was interested in religion as a shared experience; like Max Nordau and the Italian criminologist Cesare Lombroso, he was concerned about the “degenerate” nature of modern society. However, he differed from both in that he was convinced that what he observed around him was not entirely negative. He was familiar with the “alienation” that modern life could bring, although he thought that group identity was a fundamental factor in making life in modern cities bearable, and that its importance had been overlooked.

The word modernism has three meanings, and we must make a distinction between them. The first refers to the historical rupture that took place between the Renaissance and the Reformation, when the modern world began to shine brightly and science flourished, as well as a system of knowledge outside of religion and metaphysics. The second meaning, and the most frequent one, has to do with the movement -which took place above all in the arts- initiated by Charles Baudelaire in France, although it did not take long to cross its borders. It was characterized by three fundamental facts. The first – and most basic – was the conviction that the modern world was as good and satisfying as any previous era. It was a remarkable reaction occurred in France, in Paris, in particular, against the prevailing historicism in much of the nineteenth century, especially in painting, and that received a great boost from the rebuilding of Paris carried out by Baron Georges -Eugéne Haussman in the fifties. The second primordial aspect of modernism was its urban art character, since the city had become the main focus of civilization. This fact became evident in one of its earliest forms, Impressionism, whose intention is to capture the fleeting moment, the ephemeral moment that so prevails in the urban experience. Finally, in its eagerness to defend the novel above all, modernism entailed the existence of a “vanguard”, an artistic and intellectual elite, which separated from the masses its mental and creative capacity, all too often destined to attack these masses while trying to guide them. This form of modernism makes a distinction between the slow premodern agrarian society.

The theory of continental drift coincided with the other fundamental advance experienced by geology at the beginning of the century, related to the age of the planet. In 1650, James Ussher, archbishop of Armagh, Ireland, used the genealogies collected in the Bible to reach the conclusion that the earth was created at nine o’clock on the morning of October 26, 4004 a. C. During the following centuries it became evident, thanks to the fossil samples, that the earth must have been at least three hundred million years old, although that figure was later in five hundred million. At the end of the 19th century, William Thomson, Lord Kelvin (1824-1907), echoed the theories about the cooling of the earth to propose that the crust was formed twenty or ninety-eight million years ago. It was then that the discovery of radioactivity and radioactive decay erupted on the scene. In 1907, Bertxam Boltwood realized that he could calculate the age of the rocks by measuring the relative components of uranium and lead, which is the final product of the deterioration, and putting them in relation to the half-life of the uranium. The oldest substances on earth, to date, are certain zircon crystals from Australia, which, as was proven in 1983, are 4.2 billion years old; Nowadays, the most approximate calculation of the age of the earth places it at 4.5 billion years.

The theory of relativity had not enjoyed widespread acceptance the first time Einstein formulated it. The observations that Eddington carried out in Principe constituted, therefore, the moment in which many scientists were forced to recognize that this extremely rare idea about the physical world was, in fact, true. The thought would never be the same since then: it was definitively demonstrated that common sense had its limitations. And the moment that Eddington showed it, or rather Dyson, could not have been more opportune: in more ways than one, the old world was eclipsed.

The surrealists played (never better said) with the images: they proposed with all seriousness that the man could solve his problems through the game, because this activity liberated the unconscious. In the same way, they made the erotic emerge, because sexual repression isolated man from his true nature. However, his art, based on dreams and the unconscious, was above all a deliberate rejection of reason. His intention was to show that progress, if it were possible, would never follow a straight line, that nothing was predictable and that the only alternative to the banalities of consumer society was, after the collapse of religion, in a new form of enchantment.
Ironically as it may seem, the wasteland became a fertile metaphor. What unites all the works considered in this chapter is a sense of disenchantment with respect to the world and the joint forces of capitalism and science, creators of that barren land. These objectives had been chosen conscientiously: capitalism and science would turn out to be the most enduring modes of thought and behavior of the century. And nobody would find them disenchanted.

In the 1920s supporters of eugenics and racist scientists were especially persistent in the United States. One of his main points of reference was the book of C. C. Brigham A Study of American Intelligence, published in 1923. Brigham was an associate professor of psychology at Princeton University and a disciple of Robert Yerkes. His book took as a starting point the material that he had obtained during the war; in fact, it was Yerkes himself who signed the preface. Although the evidence showed that the longer immigrants remained in the United States, the higher their score on IQ tests, Brigham had the firm intention to prove that the peoples of southern and eastern Europe, as well as the blacks, they had a very inferior intelligence to the rest. In order to elaborate its arguments it was based on the convictions exposed long ago by people like the count Georges Vacher de Lapouge, who thought that Europe could be divided in three racial types, according to the constitution of the skull.
The historian J. H. Plumb has pointed out that one of the unrecognized achievements of the twentieth century has been the cultural formation of a vast number of people. This has been possible thanks to the schools and universities subsidized by the government, but also to the new media, many of which started in the 1920s. The term middlebrow was coined as an insult; however, for millions of people, such as readers of Time magazine or BBC listeners, it turned out to be more of a way to approach culture than to get away from it.

Lukács was the object of a categorical condemnation and marginalized by revisionist and anti-Leninist. He never managed to recover, although he did not counterattack and ended up admitting his “error”. Either way, his analysis of Marxism, class consciousness and literature reverberated during the 1930s in the work of Walter Benjamin, and was recovered after the Second World War, with some modifications, by Raymond Williams and other members of the doctrine of cultural materialism.
In 1924, the year that followed the publication of History and Class Consciousness, a group of philosophers and scientists was set up in Vienna and began to meet every Thursday. At first they took the name of Society Ernst Mach, but in 1928 they changed it by the one of Wiener Kreis, the Circle of Vienna. With this denomination, they became what is probably the most important philosophical movement.
The ideas of the future Führer about biology were closely linked to his conception of history. He did not know much about prehistory, but he certainly considered himself something like a classicist. He liked to say that his “natural home” was ancient Greece or Rome, and he knew with some depth the work of Plato. It is partly due to this fact that he considered the oriental races (the former “barbarians”) as inferior. One of his favorite ideas was “backsliding,” a concept he explained to the “Hapsburg offspring” who ruled Vienna and who, in his view, were doomed to degeneration. Organized religion-Catholicism in particular-was in a similar situation because of its anti-science stance and its unfortunate interest in the poor (“puny”). Hitler considered that the humanity was divided in three groups: the one of the creators of “culture, the one of the bearers of culture and the one of the destroyers of culture; and only the “Aryans” were able to create culture. The decline of culture was always due to the same cause: miscegenation. The Germanic tribes had taken the place of the previous decadent cultures-those of ancient Rome-and could do so again with respect to that of the corrupt West, which again suggests the influence of their native Linz. It also helps to explain the sympathy that Hitler professed to Hegel. He had argued that Europe played a central role in history, while Russia and the United States were of secondary importance, and the fact that Linz was a city without access to the sea only reinforced this view.

Ortega y Gasset was something like a socio-cultural Darwinist, or perhaps rather Nietzschean. In The Dehumanization of Art, he maintained that “the characteristic of new art … is that it divides the public into these two classes of men: those who understand it” and those who do not understand it “. He was convinced that art was the means by which the elite, the “specially gifted minority,” could recognize and distinguish themselves from the vulgar mass of society, which constitutes the “inert matter of the historical process.” He thought that the vulgar always preferred the man who hides behind the poet and showed little interest in any purely aesthetic question (Eliot would have agreed). For Ortega, science and mass society were enemies of the subtle in equal measure.

At the same time that the crash of Wall Street took place in 1929 and the depression that followed it, the cinema was surprised by the appearance of sound. The first director who appreciated as a whole what the introduction of this element meant was the French René Clair. The first sound film was The Jazz Singer, directed by Alan Crosland and performed by Al Jolson. It was a clear example of what the film historian Arthur Knight has called the early “tyranny of sound”, that is, the use of any sound at any time for no reason, for the sole reason that it was something new. In the first films of this kind, the participants could be heard in a country snack chewing celery and, instead of the written credits, actors appeared in layers presenting the other actors. There were films advertised on the billboards as the first “one hundred percent drama spoken outdoors” or “the first film completely spoken and performed by blacks in their entirety.”
Clair was much more subtle. At first, he opposed the introduction of sound. However, he overcame his reluctance and decided to use dialogues and sound effects with moderation, especially in order to intensify the effectiveness of the images when confronted with sounds.

Orwell knew what totalitarianism was like in 1936, while it took others years to admit this.
Homage to Catalonia not only conveys the horror of war, the cold, the lice, the pain (Orwell got a bullet in his neck) and also boredom. It was impossible to overcome the low temperatures and parasites, but in a short paragraph, the novelist says he managed to temporarily appease the feeling of boredom thanks to “the odd Penguin” that was in his backpack. It is one of the first printed references to a new literary phenomenon that appeared in the thirties: the paper editions.
The Homage to Catalonia itself ended up becoming popular in the Penguin publishing house, although the books that Orwell could have in Spain must have been far from being too much intellectual. Penguin Books had a difficult and rather mediocre origin. The idea for the company was the result of a weekend visit made by Alien Lane to Devon in the spring of 1934 to stay at the home of Agatha Christie and her second husband, archaeologist Max Mallowan. Lane was at the time managing director of the London publishing house Bodley Head.
He once claimed that a person’s personality was unknowable (“Get rid of all biographies”), and perhaps another objective of the film was to demonstrate that impenetrable character in Kane’s personality. Either way, the criticism is inclined to consider this aspect of Citizen Kane as an error, rather than as an intentional mechanism of the director.
Riches, for Welles, as for Kane – and even for Hearst – were also a weak consolation. The rest of the director’s production was nothing more than an ode that referred to the prosperity and magnificence of Citizen Kane. The film had stopped screening at the end of the year, before the appearance of Kazin’s book. After this, Welles began his slow decline.

From the intellectual point of view, the most relevant consequence of the Second World War was the maturity reached by science. The power of physics, the chemistry of the other disciplines had not exactly passed unnoticed until then; however, the radar, the Colossus and the atomic bomb, not to mention a whole series of minor discoveries (such as operational investigations, new methods of psychological evaluation, magnetic tape or the first helicopters) directly influenced the result of the conflict, much more evident than the innovations that emerged during the First World War (such as the examination of the IQ). Science itself had become a colossus, if not the great colossus. It is partly due to this fact that, while the period following the First World War showed great pessimism, the Second World War gave way – despite the enormous shadow caused by the atomic bomb – to a era dominated by a completely positive spirit, coming from the conviction that scientific advances could benefit everyone. Over time, this would lead to the idea of ​​the great society.

Ionesco was very sensitive to scientific discoveries, particularly those related to the psychology of Freud and Jung, but also to biology. This made him possessor of a very personal form of pessimism.
I wonder if art will not be in an impasse – he declared in 1970 – if, in its present form, it will not have reached its end. In another time, writers and poets were revered as diviners and prophets. They had a certain intuition, a more marked sensibility than the rest of their contemporaries and, what was even better, they discovered things: their imagination went beyond even the science itself, it settled on things that science would discover twenty-five or fifty years later . Proust was a forerunner in relation to the psychology of his time. … However, for some time, the science and psychology of the subconscious have progressed to giant steps, while the empirical revelations of the writers have done little good. Under these conditions, is it lawful to continue considering literature as a means of knowledge?
These observations of Ionesco are no less timeless than his theater. The Paris of the fifties witnessed the last important examples of avant-garde art, the last time it could be said that high culture dominated a civilization of relief.

No one could have predicted, when he got up to recite his poem Howl in San Francisco in October 1955, that Alien Ginsberg would provoke a completely alternative beat culture; However, a more detailed study of his person is enough to realize that there were already signs of what would be. Ginsberg had studied English literature at Columbia University with Lionel Trilling, whose defense of American liberalism considered both “inspiring and repulsive.” While he was composing Howl, he worked as a freelance in market studies, so he knew better than many conventional attitudes and behavior patterns. And if he knew what the norm was, he did not exactly know how to be different.

Psychosis was a cinematic novelty in many different aspects. To date, Hitchcock had directed murder stories of great quality, set in exotic locations and, usually, in Technicolor. By contrast-deliberate-the new movie gave the impression of being vulgar, was shot in black and white and recreated a disheveled place. It picked up scenes of violence without precedents, although the most striking thing of all was the treatment that made of the madness. In fact, the film was based on a real case starring Ed Gein, a “cannibal killer of Wisconsin,” whose hideous crimes also inspired The Texas Chainsaw Massacre and Deranged. In Psycho, Hitchcock placed – following the fashion – the origin of the homicidal mania of Norman Bates in a family history and sexual reduced and inadequate.
At the dawn of the 1960s, the baby boom generation was reaching college age. Higher education centers were experiencing rapid expansion, and on campus, the ideas of Laing, Marcuse and others, although they had not overcome clinical experimentation, became irresistible. Riesman had pointed out that one of the characteristics of the heterodirected personality was that he hated the conformist image he had of himself. The popularity of Laing and Marcuse does not seem to underscore this fact. Society was entering a stage that bet on personal change more than political: the sixties were about to begin.

The “long decade of the sixties,” which lasted until 1973, was by no means the frivolous period that is often talked about. In its favor it can be said that it constituted the post-war period in which the human condition – the nature of its own freedom – was more threatened and, at the same time, it was subject to a greater number of analyzes, for the simple reason that the psychology of man, the consciousness he had of himself, was undergoing a fundamental change. The shift from a class-based sociology to an individual psychology, the emergence of new groups with which to identify (race, sex, student status), not only transformed the vision we had of our own existence, but also the nature of the politics, as Hannah Arendt had predicted. Much of the thinking of the last quarter of a century can only be understood if analyzed from this perspective.

The expression “historical moment” has been used excessively during the twentieth century. However, if there is a moment outside the war that can be described as truly historic, it certainly happened twenty seconds after the 4.56 (Spanish time) on Monday, July 21, 1969, when Neil Armstrong went down the stairs of the Eagle , the lunar module of landing of the spacecraft Apollo 11.
If the greatest intellectual achievement of the first half of the 20th century was, we can not deny it, the conception and construction of the atomic bomb, those of the second half were much more diverse, and this is attested by advances such as isolation and understanding of DNA or computers. However, space travel and moon landing are undoubtedly among the greatest achievements of the century.
Concerns about the influence of man on our planet accelerated as the seventies progressed, which was greatly helped by the shock suffered by Italian society in 1976 when a large cloud of dioxins escaped from a factory in pesticides near Seveso, which caused the death of domestic animals and the surrounding farms. In 1978, the United States banned CFCs, as propellants for aerosols, in order to reduce the damage caused to the ozone layer, whose function is to filter the ultraviolet radiation from the sun’s rays. This damage, it was believed, was causing global warming by virtue of the “greenhouse effect”. In 1980 the World Climatological Research Program was launched, a study designed to investigate the influence of man on climate and predict the changes that could arise in this regard.
No one has been on the moon for more than a quarter of a century. Today we have lost the universal optimism that was professed to science and that was represented by the Apollo program.

The war of Yom Kippur, as it was known, was more than a mere armed conflict: it became the sting that immediately and immediately led to the event that the then Secretary of State of the United States, Henry Kissinger, described as “one of the fundamental facts of the history of this century ». Right in the middle of the war, on October 16, the Arab nations – and some other non-Arab oil producers – decided to stop their production and raised prices by 70 percent. Two days before Christmas, they increased again, this 128 times per 100. Crude prices, therefore, quadrupled in less than a year. No country escaped this “oil crisis”: Many poor states in Africa and Asia were devastated. In the West, countries such as the Netherlands had to impose momentary rationing of fuel, while queues at gas stations became the customary image of the entire planet. Also, the crisis introduced a phenomenon that Keynes had not foreseen: stagflation.
Roszak makes it clear that the counterculture is a youth uprising and is opposed, above all, to the reductionism of science and technology. Young people, especially those who enjoy a certain culture, hated, in their opinion, the direction towards which technocratic society was aiming, and their protest took the form of an alternative lifestyle. It was an embodiment of the cultural contradictions of capitalism. For the author, the counterculture consisted of five elements: a series of alternative psychologies, Eastern (mystical) philosophy, drugs, revolutionary sociology and rock music. Together, these elements were supposed to provide a viable basis for a lifestyle different from that of technocratic society, of the style that was done in communes of one kind or another, which helped at the same time to counteract the alienation of the “normal” life. Among other aspects of the counterculture were free universities, free clinics, “food conspiracies” (to help the poor), clandestine printers and “tribal” families.
He questioned everything, “Roszak observes.
family, work, education, success, education of children, relations between man and woman, sexuality, urbanism, science, technology, progress. The means of wealth, the meaning of love, of life … everything needed to undergo evaluation. What is “culture”? Who decides what is “excellence” ?, and “knowledge” or “reason”?

Galbraith and Bell recognized shortly after the publication of their studies confirmed the most important of their predictions: during the spring of 1975, two young people left their usual work, one computer programmer at Honey Well (Boston) and the other student from Harvard, to create his own company, responsible for developing programs for the new generation of more manageable computers that had just been announced. A few months later, in 1976, a young microbiologist from San Francisco received a proposal from an equally young venture capitalist, so the two also organized their own company in order to synthesize a specific protein from DNA chains. The first two were named Paul Allen and Bill Gates, and they named his company Microsoft. The seconds were Herbert Boyer and Robert Swanson, and since it did not convince them neither Boyer & amp; Swanson or Swanson & amp; Boyer, they put his name on Genentech. When the century was entering the last quarter of its existence, the new information technology and the new biotechnology emerged. The world was about to be turned upside down again.

In 1944, Gunnar Myrdal had predicted, in An American Dilemma, that, in order to make some progress regarding the situation of the American black population, the country’s courts would need to join the cause. And that was precisely what happened in the years between the mid-fifties and the mid-seventies, although a reaction could not be avoided. President Richard Nixon and Vice President Spiro Agnew began to wonder whether the Supreme Court was not making decisions that a) were more government work, as they seemed political decisions, though hidden behind a legal facade, and b) ignored the opinion of the “silent majority” and increased social tension by putting the rights of the minority at all times.
President Nixon and Vice President Agnew had to leave their positions in disgrace, so their involvement in this debate was impaired. However, the question was very real. Ronald Dworkin, a professor at the University of New York, addressed it in detail in The rights seriously, published in 1977. His book consisted of an analysis of the evolution of the law and became in turn a clear example of said process. It combined legal thinking with moral and linguistic philosophy, politics and political economy. It also took into account the most recent developments in the field of civil rights, the liberation of women, the emancipation of homosexuals and the theories and arguments of Ludwig Wittgenstein, Herbert Marcuse, Willard van Orman Quine and even R. Laing. However, the main objective of Dworkin was to clarify certain legal concepts taking into account the civil rights movement.
There is no doubt that the oil crisis of 1973 and 1974 proved right to Friedrich von Hayek and Milton Friedman, at least in one sense: economic freedom, while not the most basic of freedoms as Ronald Dworkin argues, follows being fundamental. Since the energy crisis and the energy transformation that it provoked, many vital areas of the West have had to be redone: politics, psychology, moral philosophy and sociology. The work of Galbraith, Sen and Hacker (or, rather, the failure of their productions to stimulate, for example, the type of popular debate -not academic- that Michael Harrington with The Other America gave rise to early sixties) is perhaps the element that best expresses the general mood of our day. Individualism and individuality have become so precious values ​​that on many occasions they have become selfish. The middle classes are too busy with their goods to do good.

Weatherall’s skepticism has his feet firmly on the ground and his argument is solid. Triumphalism is contrary to science. Nobody doubts the irony – and the absurd – that supposes to have a therapeutic sensitivity when the therapies do not work. Porter’s conclusion, expressed after a masterful analysis of the history of medicine, was not much more optimistic than that of the former:
The root of the problem is structural. It is something endemic to a system in which the expanding medical system, which faces a healthier population, is leading to the clinical treatment of normal events such as menopause, turning risks into diseases and treating trivial ailments with procedures too Sophisticated Doctors and “consumers” are locked in the belief that everyone has something wrong; everyone has something susceptible to cure.
This helps to explain, of course, why they leave so much to desire the “cure rates” of psychoanalysis: many of those who go to the therapist do not need any treatment.

Harvey is also critical of postmodernism. In his opinion, it fosters nihilistic elements and encourages a return to narrow and sectarian forms of politics “in which respect for others is mutilated in the heat of competition between the various fragments”. The trip, even if it is imaginary, no longer opens the mind, but reaffirms the prejudices. Above all, he asks how we can move forward if knowledge and meaning are reduced to “debris of signifiers”. His verdict on the postmodern condition was not flattering:
trust in the association of scientific and moral judgments has collapsed; aesthetics has triumphed over ethics as the main focus of social and intellectual interest; the images dominate the narrative media; the ephemeral and the fragmentation are put before the eternal truths and the unified politics, and the explanations have moved from the realm of the material and the political and economic to the consideration of autonomous cultural and political practices.

The DNA “fingerprints” are the most visible aspect of the revolution that took place in molecular biology. Its use became widespread at the end of the 1980s, both in the tests for immigrants already mentioned, and in lawsuits in which the paternity of a person was discussed and cases of rape. Their practical achievements, which came not long after the double helix structure had been identified, only underscored the new intellectual climate that had been initiated by the cloning and sequencing of the genetic material. Hand in hand with these practical advances arose a whole cluster of theoretical works about genetics that served to correct the way we conceived evolution. In particular, these investigations shed much light on the different stages of the evolutionary process and allowed us to work on the moment in which life was created, as well as on the philosophical implications of evolution.

Consciousness has received much greater attention than ever before. However, it would be hasty to predict that the new century will bring new advances quickly. An eminence like Noam Chomsky has said: “It is very possible – perhaps probable to an overwhelming extreme – that we must always learn more about the life and personality of the human being through novels than scientific psychology.”

Denby, the mass media can be even more dangerous. “Few secondary schools are able to compete with that torrent of images and sounds that makes any moment that is not present be little more than picturesque, haggard or completely dead.” In fact, the modern world has turned upside down. In 1961, the time of the author’s first university experience, the immediate character of pop had been liberating as a wonderful antidote to the asphyxiating classrooms; however, in the present the cinema has gone into decline, pop has become an example of conformism, complacency and traditional high culture, which is so strange and difficult, has become alien to students, who even reach scandalize … The [great] books are not so much an army of conquest as a kingdom of indomitable beasts, that war is waged with each other as they declare it to the reader.
In a sense, the war of cultures is a kind of background radiation that emerged from the Big Bang of the Russian Revolution. At the precise moment when political Marxism was being dismantled, along with the Berlin Wall, postmodernism achieved its greatest successes. At least for the moment, it can be said that local knowledge lawyers have an advantage. Gertrude Himmelfarb’s warning, however timely we may seem, is like pretending to have a genie return to the lamp from which it came.

Mathematics and physics are as powerful as genetics when it comes to shaping life. «Life is founded on the mathematical patterns of the physical world. Genetics exploits and organizes these patterns, but it is physics that makes them possible and determines their condition. ” For the author, genetics is not the deepest secret, the deepest order of life; this function corresponds, in his view, to mathematics. Therefore, concludes the book predicting a new discipline for the XXI century, the “morphomatic”, which will try to combine mathematics, physics and biology and that, according to the author, will reveal the deep patterns of the world around us, amen to help us understand the way in which life began.

The close link that exists between science, capitalism and liberal democracies is also extended to the third force of the 20th century, the mass media. To start with, these are essentially democratic and have been increasingly so as the century went by. The internationalization of markets, on the other hand, constitutes a parallel process. It is not a question of denying that both have brought their own problems together, many of which will be addressed shortly; but for the moment I intend to make it clear that science, free market economy and the mass media come from the same impulse, which has been dominant during this century that ends.

Revisionism did not end, much less, with Freudianism. In 1996, Richard Noli, professor of history of science at Harvard, published The Jung Cult and, two years later, The Aryan Christ. The controversy to which they gave rise was no less bitter than the one provoked around Freud, since Noli maintained that Jung had lied about his first investigations and had invented a certain number of data in order to show that the memories that the patients of, for example, had fairy tales were part of the “collective unconscious” and were not due to children’s learning. The author also documented in detail Jung’s anti-Semitism and criticized those who followed his doctrine in the present and did not want to submit his ideas to revision for fear of driving away possible patients.
The commercial side of Jungianism is not important. It is more important to highlight, along with the shortcomings of Freudianism, that twentieth-century psychology is based on theories-almost myths-not supported by observation and characterized by bizarre, personal and sometimes fraudulent ideas.

At the end of the century, we are already living in what can be called a crossroads culture. While people lament the effects of the mass media or our intellectual life in general, a simple look at the shelves of any good bookstore almost anywhere in the Western world shows that, on the other hand, one of the areas what has grown the most is what is known as “popular science”. This expression, in fact, is deceptive, since many of these books involve a relative difficulty.
This is very encouraging, because, among other things, it will prevent the existence of a growing division between scientists and the rest of our society. If (maybe it should be well marked this if) the superstring revolution finally comes to something, scientists will be in a bind when they want to share this something with the rest of us. They are already at the limit in relation to what can explain a metaphor in this sense, and we must accept the possibility that, some day, the secrets of the universe are only available to those who have knowledge of mathematics superior to those of the average. It makes no sense that the rest of us complain that we do not like the way knowledge evolves. The advances that are taking place lead this direction, and this is another reason that leads me to defend this new special canon.
Evolution is the history of all of us. Physics, chemistry and biology are international in a way that literature, art or religion can never be. Although science may have originated in the West, distinguished Indian, Arab, Japanese and Chinese scientists are not lacking today. (In July 1999 China announced its ability to build a neutron bomb, a kind of intellectual triumph). The intention is not to provide a framework to avoid difficult judgments: science and liberal democracy are, or have been, western ideas. Nor is it a way to avoid the debate about the Western literary canon. However, the study of twentieth-century thought in the form of a narrative provides a new kind of humanistic study and a canon adapted to the life of today.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/02/06/la-edad-de-la-nada-peter-watson/

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