El imperio de la luna de agosto — S.C.Gwynne / Empire of the Summer Moon: Quanah Parker and the Rise and Fall of the Comanches, the Most Powerful Indian Tribe in American History by S.C.Gwynne

Este es un libro simplemente excepcional sobre el auge y la caída de los coman ches, los últimos nativos americanos en perder sus tierras, los españoles denominaron la comanchería. Que daño ha hecho Hollywood en los hábitos que son como casi siempre todos falsos, en único pero es la crítica a los españoles sin ton ni son, ni justificación abordable, el libro sin duda es de lo mejor que se puede leer.

La más remota, primitiva e irremediablemente hostil era una banda de comanches conocida como los quahadi. Como todos los indios de las praderas, los quahadi eran nómadas. Cazaban fundamentalmente en los territorios más meridionales de las llanuras, una región a la que los españoles, antes de verse expulsados miserablemente de allí, dieron el nombre de Comanchería. El Llano Estacado, situado dentro de la Comanchería, era una altiplanicie más extensa que Nueva Inglaterra que, en su punto más alto, alcanzaba los mil quinientos metros. Para los europeos, el lugar semejaba una alucinación de pesadilla. «Aunque caminé por ellos más de trescientas leguas», escribió Coronado al rey de España en una carta del 20 de octubre de 1541.

Un largo tocado de plumas de águila, que, bajándole desde la frente, le cubría la cabeza y la espalda y llegaba hasta la cola de su caballo, se desplegaba al aire mientras cabalgaba, y al detenerse casi barría el suelo. Colgaban de sus orejas unos grandes aros de latón; iba desnudo hasta la cintura, vestido únicamente con polainas, mocasines y un taparrabos. Llevaba un collar de garras de oso […] Unas campanillas tintineaban cuando galopaba a toda velocidad, seguido de sus principales guerreros, ansiosos todos ellos por rebasarlo. Era Quanah, caudillo supremo de los Qua-ha-das.

Las consecuencias de la escabechina, las víctimas estaban desnudas, con la cabellera arrancada y mutiladas. A algunas las habían decapitado y a otras les habían vaciado los sesos. «Les habían cortado los dedos de pies y manos y las partes íntimas, y se los habían metido en la boca», escribió Cárter, «y los cadáveres, tendidos en un palmo de agua y tan abotargados y tumefactos que se hacía imposible identificarlos, parecían puercoespines de tantas flechas como tenían clavadas». Saltaba a la vista que también los habían torturado. «Sobre cada uno de los abdómenes desnudos habían colocado un montón de carbones encendidos […]. A un tal Samuel Elliott, que a todas luces había quedado malherido tras batirse con bravura hasta el último momento, lo encontraron encadenado entre dos ruedas de una diligencia y “achicharrado como una pavesa”: los indios habían encendido un fuego en el eje y el pobre desdichado se abrasó lentamente hasta morir».

La lógica de las incursiones comanches era muy simple: se mataba a todos los hombres, y a los que se capturaba vivos se los torturaba hasta la muerte por sistema, a algunos más lentamente que a otros. A las mujeres cautivas se las violaba en grupo. Algunas eran asesinadas, otras torturadas; pero a una fracción, sobre todo si eran jóvenes, se las dejaba con vida (aunque la venganza siempre podía ser un motivo para ajusticiar rehenes). Los bebés se mataban por norma, mientras que los niños solían ser adoptados por comanches u otras tribus. Este tratamiento no se reservaba en exclusiva a los blancos o mexicanos, sino que se aplicaba con idéntico fervor a las tribus indias enemigas.

Con el tiempo, naturalmente, los indios del este aprendieron a montar a caballo, pero eso fue mucho después de que se hubiesen rendido a los blancos, y ninguna tribu indígena del este, medio oeste o sur del país combatió jamás a caballo.
Los primeros colonos que vieron auténticos jinetes indios fueron los tejanos, pues fue en Tejas donde se establecieron los primeros asentamientos colindantes con las Grandes Llanuras. Los indios que encontraron esos primeros colonos eran nómadas primitivos y soberbios jinetes, totalmente distintos de las tribus del este, relativamente civilizadas y en gran medida agrarias, que vivían en poblados y se desplazaban y combatían a pie, por lo que constituían un blanco bastante fácil para las milicias y ejércitos blancos.
El mustang, o mesteño ibérico, era un animal muy diferente a su primo del norte de Europa, más grande y alimentado con cereales; era un caballo del desierto cuyos antepasados remotos habían medrado en las estepas secas y llanas del Asia central. Con el correr de las eras, la raza había emigrado al norte de África por la ruta de Oriente Próximo, mezclándose por el camino con otros híbridos del desierto.
Los comanches resultaron ser unos genios en todo lo relativo a los caballos: la cría, la doma, la monta y la venta. Hasta en el robo de caballos eran expertos. El coronel Dodge escribió que un comanche podía entrar en «un campamento en el que hubiese una docena de hombres dormidos, cada uno con su caballo atado a la muñeca, cortar el lazo a dos metros escasos del durmiente, y largarse con el bruto sin despertar a nadie».
Ulibarri oyó hablar de otros ataques a cargo de comanches. Era la primera vez que un hombre blanco tenía noticias de esos indios que recibían tantos nombres. Uno en concreto, el que les daban los utes, era koh-mats, a veces transcrito como komantcia, y significaba «el que está siempre en mi contra». Las autoridades de Nuevo México lo tradujeron de diversas formas —«cumanche», «commanche»—, pero la que terminó imponiéndose fue «comanche». Habrían de pasar bastantes años antes de que los españoles averiguasen quiénes eran exactamente esos nuevos invasores.

El Tratado de Anza surtió efecto. En la historia del Oeste norteamericano, pocos pactos entre blancos e indios duraron más de unos pocos años. Casi todos eran ya nulos en el momento mismo de firmarse. La historia está plagada de cientos de tratados de paz con los indios muñidos por gobiernos que eran incapaces de garantizar su cumplimiento. El de Anza fue la asombrosa excepción. Se limitaba a la provincia de Nuevo México y probablemente salvó a sus habitantes del largo y terrorífico historial de incursiones comanches que incluso por aquel entonces padecían las regiones de Tejas y norte de México. La tregua con los utes se rompió muy pronto, pero el pacto de no agresión con Nuevo México se mantuvo en vigor, en parte porque era lo que más interesaba a los comanches. La provincia era un filón en términos comerciales, un mercado para sus caballos y prisioneros. El tratado de paz de Anza dio origen a una forma nueva, y bastante especial, de relación mercantil entre los comanches occidentales y Nuevo México. En lugar del terror surgió simplemente el comercio, que corría a cargo de un colectivo completamente nuevo, unos mestizos curtidos por la vida al aire que oficiaban de intermediarios y eran conocidos como comancheros.

Pocos historiadores sostendrán que el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 por un México derrotado en una guerra desigual, fue un acontecimiento tan trascendental para la historia de Estados Unidos como la rúbrica, diecisiete años después, de la rendición sudista en el juzgado de Appomattox. Sin embargo, a su manera, resultó igual de definitivo. La capitulación de Appomattox sirvió para suturar la fisura y unificar el país por cuanto establecía que ese batiburrillo de estados beligerantes constituía, en realidad, una sola nación con intereses comunes y eternos, una idea política unitaria que comprendía tanto un gobierno federal dotado de unos poderes que sus fundadores jamás habrían podido imaginar, como millones de esclavos manumitidos cuyo bienestar y libertad se convirtieron, de repente, en responsabilidad de ese gobierno.
Pero la creación de la nación en términos físicos se debe al tratado de Guadalupe Hidalgo. Antes del acuerdo, el Oeste consistía en las viejas posesiones obtenidas tras la compra de Louisiana.
Los rangers no eran más que un escuadrón de soldados irregulares, sucios, mal vestidos y peor alimentados. Casi nunca emitían informes de ningún tipo; lo habitual es que no soltasen prenda de lo que hacían. Por aquel entonces, además, no había periodistas como los que en la década de 1870 relatarían, con todo lujo de detalles y bastante cohetería, las grandes batallas de las Guerras Indias.
Los rangers no eran gente refinada. Bebían compulsivamente, les gustaba matar, eran aficionados a las peleas a puñetazos y a cuchillo, y solían ejecutar a todo aquel que considerasen criminal o enemigo. Con el tiempo, dado el elevado número de muertes que sufrían, fue produciéndose en sus filas una especie de selección natural, con lo que se volvieron si cabe más toscos, brutales y agresivos. Las pintas tampoco desentonaban. Aunque según la imagen idealizada, los rangers gastaban camisa de algodón, bombachos lisos, pañuelo al cuello y un sombrero de cuero con el ala levantada, la realidad era muy diferente: vestían lo que les daba la gana, desde sarapes mexicanos de vivos colores y sombreros de ala ancha, a gorros de piel, levitas o mugrientos jipijapas. Las prendas más habituales eran monos de gamuza o retazos de piel de bisonte. Algunos iban con el torso desnudo y usaban el equivalente de los taparrabos indios encima de unos leotardos.
El Walker Colt, uno de los artefactos más eficaces y letales jamás diseñados, un invento que pronto causaría más muertes en combate que cualquier arma corta desde el gladio de los romanos. Tenía un cuerpo pequeño, un cañón enorme de veintitrés centímetros, y pesaba dos kilos. Sus recámaras giratorias albergaban balas cónicas de calibre cuarenta y cuatro y catorce gramos de peso. La carga de pólvora —tres gramos de pólvora negra— hacía que, a una distancia de hasta cien metros, el nuevo colt fuese tan mortífero como un rifle. Grabada en el cañón —por cortesía de Sam Colt hacia los rangers— había una representación de la Batalla de Walker’s Creek, según la descripción de Samuel Walker. La imagen de un ranger a caballo con el reluciente Walker Colt en la mano es una de las estampas imborrables de la Intervención estadounidense en México. Ni que decir tiene que Colt se salvó. Aunque perdió varios miles de dólares en la operación con el ejército, con el tiempo se convertiría en uno de los hombres más ricos del país.

Cynthia Ann Parker. Una mujer blanca de nacimiento, pero también una reliquia de la vieja Comanchería, de aquel imperio mortecino de praderas de hierba alta, inmensas lunas estivales y manadas de bisontes que ennegrecían el horizonte. Había sido testigo de toda esa muerte y toda esa gloria. Había sido la esposa de un jefe. Había vivido libre en las planicies infinitas, tal como hiciera su raza adoptiva en el último rincón del continente norteamericano donde alguien pudo vivir o moverse con libertad. La squaw blanca murió en un espeso bosque de pinos sin horizonte, donde era imposible ver nada. Los árboles eran los barrotes de una prisión. Murió, que nosotros sepamos, sin llegar a atisbar ni por lo más remoto las fuerzas descomunales que se habían confabulado para arrebatarle su vida anterior.
Uno se imagina a Cynthia Ann en la inmensidad de las llanuras, una pequeña figura vestida de gamuza que, embebida en sus tareas, se acuclilla a orillas de un riachuelo claro como el diamante. Toca a su fin el otoño y con él la temporada de saqueos y caza de bisontes.

El primero de los horrores provocados por el demonio de la negligencia tuvo poco que ver con el hombre blanco: fueron las guerras de nativos contra nativos que estallaron en el llamado territorio indio, la región situada al norte del río Rojo y al sur de Kansas que con el tiempo se convertiría en el estado de Oklahoma. Allí se había realojado a la mayoría de las tribus desplazadas del este, sur y medio oeste del país, un proceso iniciado a comienzos del siglo XVIII. En 1830, el Congreso estadounidense aprobó la Ley de Traslado de los Indios, que obligaba a casi todas las tribus del Este y Medio Oeste a abandonar sus territorios originales a cambio de un terreno supuestamente eterno en la futura Oklahoma. En 1860, la región ya se había convertido en un intrincado mosaico de culturas aborígenes, cada una con su reserva asignada. Las reservas más extensas se habían adjudicado a las llamadas «cinco tribus civilizadas» —creeks, choctaws, cheroquis, chickasaws y semínolas-
En 1862, los sioux santee —o sioux orientales, también llamados dakotas— se sublevaron en la reserva que ocupaban a orillas del río Minnesota y mataron a ochocientos colonos blancos, el mayor número de víctimas civiles de una acción bélica en la historia estadounidense hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Pese al considerable esfuerzo del Gobierno, los comanches seguían siendo comanches. Aún no les habían hecho desterrar sus viejas costumbres. Una situación así no podía durar. La primera víctima fue la Oficina de Asuntos Indios. En 1869, el Congreso estadounidense liquidó el detestado organismo y en su lugar instauró el Departamento de Asuntos Indios, que no tardó en alcanzar lo que en principio parecía un ingenioso arreglo: cada una de las agencias indias pasaría a dirigirla un individuo procedente de la comunidad religiosa, minimizando así el riesgo de corrupción. Y si los indios, de paso, se convertían al cristianismo, tanto mejor. Fue lo que dio en llamarse la «política de paz» de Grant y, cosa inverosímil, la secta religiosa escogida para supervisar a los comanches fue la de los afables y pacíficos cuáqueros.

En la cruel primavera de 1874, sin embargo, un azote aún peor que el Jefe Sin Dedos atormentaba a la nación comanche. La tribu estaba perdiendo su identidad. Durante los largos años de su apogeo siempre habían sido un pueblo especial, extremadamente independientes y convencidos en su arrogancia de que una ética espartana como la suya, pragmática y elemental, era la mejor forma de vida. A diferencia de los romanos, que lo tomaban todo de las culturas circundantes, desde la vestimenta y la comida hasta el arte y la religión, los comanches eran agresivamente estrechos de miras. Eran los mejores jinetes del mundo y amos indiscutibles de las llanuras meridionales. No necesitaban ritos religiosos elaborados ni jerarquías sociales complejas. Se bastaban y sobraban con lo suyo.
Había que sumar el empuje inexorable de la cultura invasora. Como todos los indios sometidos antes que ellos, los comanches estaban viéndose inundados por un mar de objetos materiales fabricados por el hombre blanco. Ni siquiera los quahadis, que habían guardado las distancias y se habían mantenido aislados durante más tiempo que ninguna otra banda, eran ajenos al fenómeno. Si en su día la tribu había vivido con la pureza del bisonte y todos sus derivados, ahora lo hacía rodeada de productos de los taibos: sus armas, utensilios de cocina y chapas de metal, su azúcar, café y whisky, sus ropas y telas de percal. Usaban sus mantas. Comían alimentos cocidos en sus cazuelas de latón. Esperaban en silencio en la agencia a que les diesen su carne rancia, tabaco podrido y harina mohosa.
Pero no era solo la civilización del hombre blanco la que estaba corrompiendo a los viejos nermernuh. Los comanches habían empezado a adoptar las costumbres de otras tribus. Son muchos los ejemplos de esa presión cultural, ante la que cada vez se mostraban más vulnerables. Su tocado tradicional, por ejemplo, siempre había sido el pavoroso gorro de lana de bisonte que, con sus dos cuernos puntiagudos por todo ornamento, infestó las pesadillas de generaciones y generaciones de colonos. En los últimos tiempos, en cambio, la mayoría de comanches había empezado a usar un tocado más delicado como era el ondulante penacho de plumas de los cheyennes.

A finales del verano de 1874 tan solo quedaban en el mundo tres mil comanches. Ese fue el cálculo aproximado que hicieron los agentes del fuerte Sill, y probablemente se ajustase a la realidad. De ellos, dos mil vivían en la reserva comanche-kiowa situada en el sudoeste de lo que hoy es Oklahoma. Eran los comanches amansados, los comanches quebrantados. Los mil restantes se habían negado a rendirse. Entre ellos no había más de trescientos guerreros: era cuanto quedaba de la tribu que mayor dominio militar había ejercido en toda la historia de Estados Unidos.

La vida en la reserva fue una experiencia demoledora. Para los comanches, una vez sometidos a la voluntad del hombre blanco, ya era un trago lo bastante amargo verse obligados a ponerse mansamente en fila para recibir su limosna. De un día para otro, como niños pequeños y desvalidos, eran incapaces de alimentarse o vestirse por sí solos. Pero es que, además, como de costumbre —para sumar pesadilla tras pesadilla—, una buena parte de esas provisiones se perdía por el camino. El sistema era cruel y humillante: los taibos habían despojado a los comanches de todos los elementos definitorios de su existencia y lo único que les ofrecían a cambio era la miseria más sórdida. Desde el mismo momento en que llegaron a la reserva, los nermernuh solo tuvieron ante sí un inmenso abismo de hambre, desesperación y dependencia. Era una mezcla de callejón sin salida y camino sin retorno.
La caridad del hombre blanco adoptaba dos formas: raciones de comida y asignaciones. Lo segundo consistía en una renta anual de diversos productos por valor de treinta mil dólares en especie a repartir entre las tribus comanche y kiowa.

En el año 1899, el Congreso estadounidense tuvo una idea muy ingeniosa para robarles tierras a los indios. Tras designar un panel de tres individuos, la llamada Comisión Jerome, se les encomendó la tarea de negociar con las tribus situadas al oeste del meridiano 96. El objetivo era obtener «la cesión a Estados Unidos de todos sus títulos de propiedad». La idea era muy simple: los indios tenían que renunciar a sus propiedades tribales y comunales. A cambio, se adjudicaría a cada uno de ellos una parcela de terreno que estaría sujeta a las leyes normales de propiedad privada. El comisario David Jerome les dijo a los indios que a partir de ese momento, en lugar de una reserva que ya no necesitaban, tendrían «la oportunidad de venderle al Gran Padre toda la tierra que no [podían] utilizar, y posibilitar así la construcción de casas para los niños blancos». El plan podía llevarse a la práctica en virtud de la llamada ley Dawes, una disposición aprobada en 1887, que permitía al presidente, «cuando lo [estimase] oportuno», obligar a los indios a ceder sus reservas a cambio de parcelas individuales.
Quanah se salió con la suya. En junio de 1908 se convirtió en director de la junta escolar del distrito cuya creación había impulsado. Asimismo, se convirtió en una de las personalidades religiosas más destacadas de la tribu comanche y en el máximo responsable de la implantación de la religión del peyote entre los indios de las Grandes Llanuras. El peyote es un cactus pequeño y sin púas cuya ingestión produce alucinaciones visuales y auditivas. Los comanches ya lo consumían a mediados del siglo XIX, y los indios del sur de Tejas desde 1716. Quanah hizo resurgir su consumo y lo refinó hasta convertirlo en un ritual religioso de mucha enjundia que los indios abrazaron durante los primeros y deprimentes días de la vida en la reserva. Él mismo presidía las ceremonias, que se prolongaban durante toda la noche y que en muchos casos se centraban en la curación de personas concretas. Antes del cambio de siglo, el culto se extendió desde los comanches a los kiowas, wichitas, pawnees y shawnees. Fue amigo de Roosvelt.
La vida de Quanah nunca fue fácil. No solo tuvo que luchar para mantener a los fiscales alejados de su culto del peyote, sino que conforme se hacía anciano se le plantearon problemas conyugales; varias de sus mujeres terminaron por abandonarlo, tal vez a causa de sus apuros financieros, cada vez mayores. Asimismo, hubo de luchar constantemente con los adversarios políticos de la reserva, entre ellos Isa-tai, el viejo curandero, que jamás cejó en su empeñó por convertirse en el jefe principal de los comanches, y Lobo Solitario, el jefe kiowa, con el que, en cierta ocasión, llegó a dirimir una disputa de lindes a puñetazo limpio.

El contraste no podía ser mayor con su vecino más famoso, Gerónimo, que en 1894 había sido trasladado desde Alabama al fuerte Sill. A diferencia de Quanah, el caudillo apache no arrastraba multitudes y apenas atraía visitas. Aunque era un genio del autobombo y ganaba dinero a espuertas vendiendo sus autógrafos, sus arcos y flechas y más objetos por el estilo —se dice que murió con diez mil dólares en el banco—, Gerónimo no caía bien entre los indios. Hugh Scott, un oficial del fuerte Sill y gran amigo de los nativos, lo describió como «un personaje nada atractivo, un viejo cascarrabias egoísta, mezquino y quisquilloso». Le gustaba el juego y la bebida, y murió como consecuencia de las heridas que se produjo al caer de su caballo en estado de ebriedad. Ni siquiera en la muerte dejan los legados de ambos hombres de presentar un marcado contraste. Gerónimo está enterrado en el cementerio apache del fuerte Sill, cuya dirección, casualmente, es el 437 de la calle Quanah.

En su epitafio, que dice así:
Aquí yace, hasta que despunte el día
y caigan las sombras
y se disipe la tiniebla,
Quanah Parker, el último jefe de los comanches.

La inscripción, probablemente obra de su hija, que había ido a la escuela, era una adaptación libre de un versículo del Cantar de los Cantares, un libro del Antiguo Testamento que los colonos del Nuevo Mundo, entre ellos los antepasados de Quanah, solían llevar consigo al aventurarse en el mortífero Oeste.

Esta es una de esas novelas que releo cada cierto tiempo y que recomiendo encarecidamente, pese a que odio las películas de Hollywood sobre el oeste americano, sin embargo esta novela me parece una joya para comprender… Pongamos a los comanches. A disfrutar este libro querido lector.

This is a simply exceptional book about the rise and fall of coman ches, the last Native Americans to lose their land, the Spaniards called the comanchería. What damage Hollywood has done in habits that are almost always false, in a single one, but it is criticism of the Spaniards without rhyme or reason, nor approachable justification, the book is undoubtedly the best that can be read.

The most remote, primitive and irremediably hostile was a band of Comanches known as the Quahadi. Like all the prairie Indians, the Quahadi were nomads. They hunted mainly in the southernmost territories of the plains, a region to which the Spaniards, before being expelled miserably from there, gave the name of Comanchería. El Llano Estacado, located within the Comanchería, was a plateau more extensive than New England that, at its highest point, reached one thousand five hundred meters. For Europeans, the place resembled a nightmarish hallucination. “Although I walked for them more than three hundred leagues,” Coronado wrote to the King of Spain in a letter dated October 20, 1541.

A long headdress of eagle feathers, which, lowering from his forehead, covered his head and back and reached to the tail of his horse, unfurled in the air as he rode, and when he stopped, he almost swept the ground. Large brass rings hung from his ears; He was naked to the waist, dressed only in leggings, loafers and a loincloth. He wore a necklace of bear claws […] A few bells tinkled as he galloped at full speed, followed by his main warriors, all anxious to pass him. It was Quanah, supreme leader of the Qua-ha-das.

The consequences of the escabechina, the victims were naked, with the hair pulled and mutilated. Some had been decapitated and others had been brainwashed. “Their fingers and toes and their private parts had been cut off, and they had been put in their mouths,” Carter wrote, “and the corpses, stretched out in a handful of water and so swollen and swollen that it was impossible to identify them, they looked like porcupines with as many arrows as they had nailed ». It was obvious that they had also been tortured. «On each one of the naked abdomens they had placed a pile of burning coals […]. One Samuel Elliott, who had obviously been badly wounded after fighting bravely until the last moment, was found chained between two wheels of a stagecoach and “scorched like a pavesa”: the Indians had lit a fire in the shaft and the poor wretch slowly burned himself to death. ”

The logic of the Comanche raids was very simple: all men were killed, and those captured alive were tortured to death by system, some more slowly than others. The captive women were raped as a group. Some were killed, others tortured; but at a fraction, especially if they were young, they were left alive (although revenge could always be a reason to execute hostages). Babies were killed as a rule, while children were usually adopted by Comanches or other tribes. This treatment was not reserved exclusively for whites or Mexicans, but was applied with identical fervor to the enemy Indian tribes.

Eventually, naturally, the Indians of the East learned to ride horses, but that was long after they had surrendered to the whites, and no Indian tribe in the east, midwest, or south of the country ever fought on horseback.
The first settlers who saw authentic Indian horsemen were the Texans, because it was in Texas that the first settlements adjacent to the Great Plains were established. The Indians who found these early settlers were primitive nomads and superb riders, totally distinct from the relatively civilized and largely agrarian tribes of the east, who lived in villages and moved and fought on foot, making it a fairly easy target. for militias and white armies.
The Mustang, or Iberian mestenian, was an animal very different from its northern cousin, bigger and fed with cereals; it was a desert horse whose remote ancestors had thrived in the dry, flat steppes of Central Asia. With the passing of the ages, the race had migrated to North Africa along the Middle East route, mixing along the road with other desert hybrids.
The Comanches turned out to be geniuses in everything related to horses: breeding, taming, riding and selling. Even in the theft of horses they were experts. Colonel Dodge wrote that a Comanche could enter “a camp in which there were a dozen men asleep, each with his horse tied to his wrist, cut the tie two meters short of the sleeper, and leave with the brute without waking up. to nobody”.
Ulibarri heard about other attacks by Comanches. It was the first time that a white man had news of those Indians who received so many names. One in particular, the one the Utes gave them, was koh-mats, sometimes transcribed as komantcia, and it meant “the one who is always against me.” The authorities of New Mexico translated it in different ways – “cumanche”, “commanche” – but the one that ended up being imposed was “Comanche”. It would be several years before the Spaniards found out exactly who these new invaders were.

The Treaty of Anza took effect. In the history of the American West, few pacts between whites and Indians lasted more than a few years. Almost all were already null at the moment of signing. History is littered with hundreds of peace treaties with Indians killed by governments that were unable to guarantee compliance. The one in Anza was the astonishing exception. It was limited to the province of New Mexico and probably saved its inhabitants from the long and terrifying record of Comanche incursions that even then plagued the regions of Texas and northern Mexico. The truce with the Utes broke down very soon, but the non-aggression pact with New Mexico remained in force, partly because it was what the Comanches were most interested in. The province was a reef in commercial terms, a market for its horses and prisoners. The Anza peace treaty gave rise to a new and rather special form of mercantile relationship between the western Comanches and New Mexico. Instead of terror, commerce simply arose, which was run by a completely new collective, mestizos tanned by the airtime who officiated as intermediaries and were known as comancheros.

Few historians will argue that the Treaty of Guadalupe Hidalgo, signed on February 2, 1848, by a Mexico defeated in an unequal war, was an event as momentous for the history of the United States as the signing, seventeen years later, of the Southern surrender in the Appomattox court. However, in its own way, it was just as definitive. The capitulation of Appomattox served to suture the fissure and unify the country because it established that this hodgepodge of belligerent states constituted, in reality, a single nation with common and eternal interests, a unitary political idea that included both a federal government endowed with powers that its founders could never have imagined, like millions of freed slaves whose well-being and freedom suddenly became the responsibility of that government.
But the creation of the nation in physical terms is due to the Treaty of Guadalupe Hidalgo. Before the agreement, the West consisted of the old possessions obtained after the purchase of Louisiana.
The rangers were no more than a squad of irregular soldiers, dirty, poorly dressed and poorly fed. They almost never issued reports of any kind; the usual thing is that they did not loose pledge of what they were doing. At that time, in addition, there were no journalists like those who, in the 1870s, would report, in great detail and with enough rocketry, the great battles of the Indian Wars.
The rangers were not refined people. They drank compulsively, they liked to kill, they were fond of fights with fists and knives, and they used to execute anyone they considered criminal or enemy. Over time, given the high number of deaths suffered, was produced in their ranks a kind of natural selection, which became if possible more rough, brutal and aggressive. The pints were not out of place either. Although according to the idealized image, the rangers were wearing cotton shirt, plain bloomers, scarf around the neck and a leather hat with the wing raised, the reality was very different: they wore what they wanted, from colorful Mexican shawls and wide-brimmed hats, leather hats, frock coats or filthy jipijapas. The most common garments were suede overalls or pieces of bison skin. Some were bare-chested and wore the equivalent of Indian loincloths over leotards.
The Walker Colt, one of the most effective and lethal artifacts ever designed, an invention that would soon cause more deaths in combat than any weapon short since the gladio of the Romans. It had a small body, a huge twenty-three-centimeter cannon, and it weighed two kilos. Its revolving chambers housed forty-four-gauge conical bullets and fourteen grams of weight. The powder charge – three grams of black powder – made the new colt as deadly as a rifle at a distance of up to a hundred meters. Recorded in the canyon – courtesy of Sam Colt to the rangers – there was a representation of the Battle of Walker’s Creek, as described by Samuel Walker. The image of a ranger on horseback with the gleaming Walker Colt in his hand is one of the indelible stamps of the US Intervention in Mexico. Needless to say, Colt was saved. Although he lost several thousand dollars in the operation with the army, with time he would become one of the richest men in the country.

Cynthia Ann Parker. A white woman of birth, but also a relic of old Comanchería, of that dying empire of tall grass meadows, immense summer moons and herds of bison that blackened the horizon. He had witnessed all that death and all that glory. She had been a boss’s wife. He had lived free in the infinite plains, as his adoptive race did in the last corner of the North American continent where someone could live or move freely. The white squaw died in a thick pine forest without a horizon, where it was impossible to see anything. The trees were the bars of a prison. He died, as far as we know, without even glimpsing the remorseless forces that had conspired to snatch his former life from him.
One imagines Cynthia Ann in the vastness of the plains, a small figure dressed in chamois who, absorbed in her tasks, crouches on the banks of a stream clear as the diamond. Autumn is coming to an end and with it the season of looting and hunting of bison.

The first of the horrors caused by the demon of negligence had little to do with the white man: it was the wars of natives against natives that broke out in the so-called Indian territory, the region located north of the Red River and south of Kansas that eventually it would become the state of Oklahoma. There, most of the displaced tribes in the east, south and mid-west of the country had been relocated, a process begun at the beginning of the 18th century. In 1830, the US Congress passed the Transfer of the Indians Act, which obligated almost all tribes in the East and Midwest to leave their original territories in exchange for a supposedly eternal land in future Oklahoma. By 1860, the region had already become an intricate mosaic of aboriginal cultures, each with its assigned reserve. The largest reserves had been awarded to the so-called “five civilized tribes” – Creeks, Choctaws, Cherokees, Chickasaws and Seminoles.
In 1862, the Sioux Santee – or Eastern Sioux, also called the Dakotas – revolted in the reserve they occupied on the Minnesota River and killed eight hundred white settlers, the highest number of civilian casualties of a war in American history until the terrorist attacks of September 11, 2001.

Despite the Government’s considerable effort, the Comanches remained Comanches. They had not yet been made to banish their old ways. Such a situation could not last. The first victim was the Office of Indian Affairs. In 1869, the US Congress liquidated the detested agency and in its place established the Department of Indian Affairs, which soon reached what at first seemed like an ingenious arrangement: each of the Indian agencies would be led by an individual from the community. religious, thus minimizing the risk of corruption. And if the Indians, incidentally, converted to Christianity, so much the better. It was what came to be called Grant’s “peace policy” and, unlikely, the religious sect chosen to supervise the Comanches was that of the affable and peaceful Quakers.

In the cruel spring of 1874, however, an even worse scourge than the Head Without Fingers tormented the Comanche nation. The tribe was losing its identity. During the long years of their heyday they had always been a special people, extremely independent and convinced in their arrogance that a Spartan ethic like theirs, pragmatic and elementary, was the best way of life. Unlike the Romans, who took everything from the surrounding cultures, from clothing and food to art and religion, the Comanches were aggressively narrow-minded. They were the best riders in the world and undisputed masters of the southern plains. They did not need elaborate religious rites or complex social hierarchies. They were enough and left over with theirs.
We had to add the inexorable push of the invading culture. Like all the Indians before them, the Comanches were being flooded by a sea of ​​material objects manufactured by the white man. Not even the Quahadis, who had kept their distance and remained isolated for longer than any other band, were oblivious to the phenomenon. If in his day the tribe had lived with the purity of the bison and all its derivatives, now it was surrounded by products of the Taibos: their weapons, kitchen utensils and metal plates, their sugar, coffee and whiskey, their clothes and fabrics of percale. They used their blankets. They ate cooked food in their brass pots. They waited in silence at the agency for their stale flesh, rotten tobacco, and moldy flour.
But it was not only the civilization of the white man that was corrupting the old nermernuh. The Comanches had begun to adopt the customs of other tribes. There are many examples of this cultural pressure, to which they were increasingly vulnerable. His traditional headdress, for example, had always been the dreadful bison wool cap that, with its two pointed horns for all ornament, infested the nightmares of generations and generations of settlers. In recent times, on the other hand, most Comanches had begun to wear a more delicate headdress, such as the undulating feather plume of the Cheyenne.

By the end of the summer of 1874 there were only three thousand Comanches left in the world. That was the approximate calculation made by the agents of Fort Sill, and probably adjusted to reality. Of these, two thousand lived in the Comanche-Kiowa reservation located in the southwest of what is now Oklahoma. They were the tame Comanches, the broken Comanches. The remaining thousand had refused to surrender. Among them there were no more than three hundred warriors: it was all that remained of the tribe that had the greatest military dominion in the history of the United States.

Life in the reserve was a devastating experience. For the Comanches, once subjected to the will of the white man, it was already a bitter enough drink to be forced to put themselves gently in line to receive their alms. From one day to the next, as small and helpless children, they were unable to feed or clothe themselves. But it is also, as usual – to add nightmare after nightmare – a good part of those provisions was lost along the way. The system was cruel and humiliating: the Taibos had stripped the Comanches of all the defining elements of their existence and the only thing that offered them in return was the most sordid misery. From the moment they arrived at the reserve, the Nermernuh had before them only an immense abyss of hunger, despair and dependence. It was a mix of dead end and road without return.
The white man’s charity took two forms: food rations and allowances. The second consisted of an annual income of various products worth thirty thousand dollars in kind to be distributed among the Comanche and Kiowa tribes.

In the year 1899, the US Congress had a very clever idea to steal land from the Indians. After designating a panel of three individuals, the so-called Jerome Commission, they were given the task of negotiating with the tribes located west of the 96th meridian. The objective was to obtain “the cession to the United States of all their title deeds.” The idea was very simple: the Indians had to renounce their tribal and communal properties. In return, each of them would be awarded a plot of land that would be subject to the normal laws of private property. Commissioner David Jerome told the Indians that from that moment, instead of a reservation they no longer needed, they would have “the opportunity to sell the Great Father all the land they could not [use], and thus enable the construction of houses for white children ». The plan could be implemented by virtue of the so-called Dawes law, a provision passed in 1887, which allowed the president, “when it [deemed appropriate], to compel the Indians to cede their reserves in exchange for individual plots.
Quanah got away with it. In June of 1908 he became director of the school board of the district whose creation he had promoted. He also became one of the most outstanding religious personalities of the Comanche tribe and in the maximum responsible for the implantation of the peyote religion among the Indians of the Great Plains. Peyote is a small, barbed cactus whose ingestion produces visual and auditory hallucinations. The Comanches already consumed it in the mid-nineteenth century, and the Indians of southern Texas since 1716. Quanah resurfaced its consumption and refined it into a religious ritual of great substance that the Indians embraced during the first and depressing days of the life in the reserve. He presided over the ceremonies, which lasted throughout the night and in many cases focused on the healing of specific people. Before the turn of the century, the cult spread from the Comanches to the Kiowa, Wichita, Pawnee and Shawnee. He was a friend of Roosevelt.
Quanah’s life was never easy. Not only did he have to fight to keep prosecutors away from his peyote cult, but as he became an elder, he was confronted with marital problems; several of his women ended up abandoning him, perhaps because of their increasing financial difficulties. He also had to fight constantly with the political adversaries of the reserve, among them Isa-tai, the old healer, who never stopped trying to become the chief comanche chief, and Solitary Wolf, the Kiowa chief, with the that, on a certain occasion, came to settle a boundary dispute with a clean punch.

The contrast could not be greater with his more famous neighbor, Geronimo, who in 1894 had been transferred from Alabama to Fort Sill. Unlike Quanah, the Apache leader did not draw crowds and hardly attracted visitors. Although he was a genius of self-promotion and earning money by selling his autographs, his bows and arrows and more like that – he is said to have died with ten thousand dollars in the bank – Geronimo did not like the Indians. Hugh Scott, an officer of Fort Sill and a great friend of the natives, described him as “an unattractive character, an old selfish bastard, petty and fussy.” He liked the game and drink, and died as a result of the injuries that occurred when falling from his horse while intoxicated. Not even in death do they leave the legacies of both men to present a marked contrast. Geronimo is buried in the Apache cemetery of Fort Sill, whose address, coincidentally, is 437 Quanah Street.

In his epitaph, it says:
Here it lies, until the day dawns
and the shadows fall
and the darkness is dissipated,
Quanah Parker, the last Comanche chief.

The inscription, probably the work of his daughter, who had gone to school, was a free adaptation of a verse from the Song of Songs, an Old Testament book that settlers in the New World, including the ancestors of Quanah, used to carry I get to venture into the deadly West.

This is one of those novels that reread every so often and I strongly recommend, although I hate Hollywood movies about the American West, however this novel seems like a gem to understand … Let’s put the Comanches. To enjoy this book dear reader.

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