Metafísica del sexo — Julius Evola / Eros and the Mysteries of Love: The Metaphysics of Sex by Julius Evola

Este es otro magnífico libro que intenta romper tabúes más allá de las ideas preconcebidas. Nunca como hoy en día se ha puesto tan en primer plano el sexo y la mujer. De mil formas distintas, la mujer y el sexo dominan en la literatura, el teatro, el cine, la publicidad, en toda la vida práctica contemporánea. De mil formas, la mujer es exhibida para atraer e intoxicar sexualmente al hombre sin cesar. El strip tease, la moda americana de la muchacha que en escena se va desnudando progresivamente quitándose una tras otra sus prendas más íntimas hasta el mínimo necesario para mantener en los espectadores la tensión propia de ese «complejo de espera» o estado de suspense que se vería destruido por la desnudez inmediata, completa y descarada, tiene el valor de símbolo que resume todo cuanto en los últimos decenios de civilización occidental se ha desarrollado.
De esta moderna pandemia del sexo hay que destacar el carácter de cerebralidad. No se trata de impulsos más violentos que sólo se manifiestan en el plano físico dando lugar, como en otras épocas, a una vida sexual exuberante, no inhibida, y a veces al libertinaje. Hoy el sexo más bien ha impregnado la esfera psíquica, produciendo en ella una gravitación insistente y constante alrededor de la mujer y del amor. Se tiene así, como tono de fondo en el plano mental, un erotismo que presenta dos grandes características: en primer lugar una excitación difusa y crónica, prácticamente independiente de toda satisfacción física concreta, porque dura como excitación psíquica; en segundo lugar, y en parte como consecuencia de ello, este erotismo puede llegar incluso a coexistir con la castidad aparente.

Es evidente que el significado que hay que atribuir al sexo depende de la forma en que se conciba en general la naturaleza humana, o sea de la antropología panicular que se haya adoptado. El carácter de esta antropología no puede dejar de reflejarse en la idea misma que uno se hace del sexo. Así, el significado que puede tener la sexualidad en la óptica de una antropología que reconoce en el hombre la dignidad de un ser no exclusivamente natural, por ejemplo, será necesariamente opuesto al que le atribuyen una antropología que considera que el hombre es una de tantas especies animales y una época en la que ha parecido apropiado.

Al referimos a las enseñanzas de Extremo Oriente, hemos dicho que el estado erótico nace potencialmente de la relación entre la cualidad yang y la cualidad yin de dos seres humanos; el contacto de la «atmósfera magnética» de dos individuos de sexo opuesto, tiene el mismo sentido. Es necesario ahondar en este punto, lo cual nos conducirá también al problema de la elección sexual.
El concepto de hombre y de mujer que suele emplearse corrientemente es más que aproximado: supera apenas el nivel de la ficha del censo. En realidad, el proceso de sexualización presenta varios grados, y no se es hombre o mujer en igual medida. Desde el punto de vista biológico, sabemos que en las primeras fases embrionarias se encuentra la androginia o bisexualidad.
En la Antigüedad se consideraba, y todavía se considera en ciertos pueblos primitivos, que el fluido de un ser lo compenetra hasta el punto de impregnar, no sólo su cuerpo, sino también sus ropas (a eso hay que remitir ciertos casos de «fetichismo de la ropa»). De ahí algunas prácticas que a menudo han pervivido en las costumbres de los amantes y de los pueblos primitivos (en estos últimos, aspirar el olor y quedarse con las ropas llevadas por el hombre o la mujer está considerado un medio de mantener las relaciones y la fidelidad cuando se ven obligados a separarse, como ocurre por ejemplo en Filipinas): prácticas que presentan un carácter supersticioso o simplemente simbólico sólo si en el olfato pasamos por alto el hecho «psíquico» que puede producirse paralelamente al hecho físico. El caso límite es el de una intoxicación erótica susceptible de producirse por mediación, no sólo de la mirada, sino también del olfato.

La forma en la que el mundo tradicional expresó los significados más elevados del ser fue el mito. El mito tradicional tiene un valor de clave. Especialmente en la época que nos ha precedido, el mito se ha intentado explicar mediante la historia natural, la biología o la psicología. Para nosotros, en cambio, será el mito quien explicará todos estos materiales desde el punto de vista especial que aquí nos interesa.
Hay varios mitos que se prestan a ahondar en el problema metafísico del sexo. Elegiremos uno de los que han sido relativamente menos olvidados por los occidentales, pero destacando que los mismos significados se encuentran igualmente contenidos en mitos que pertenecen a otras culturas.
Según Platón, existió una raza primordial «cuya especie está ahora extinguida», raza formada por seres que llevaban en sí ambos principios, el masculino y el femenino. Los miembros de aquella raza andrógina “eran extraordinarios por fuerza…”

La homosexualidad es un fenómeno que, a causa de su difusión, no puede ser ignorado por una doctrina del sexo. Goethe decía que «es tan vieja como la humanidad, hasta el punto de que puede decirse que forma parte de la naturaleza, al tiempo que es contra natura». Este «enigma», del que se ha dicho que, «cuanto más se intenta analizar científicamente, más misterioso se muestra» (Ivan Bloch), constituye un problema complejo incluso desde el punto de vista de la metafísica del sexo.

La consecuencia que hay que extraer de todo ello es que uno espera del amor algo absoluto; no duda en conceder a sus fines la preponderancia sobre la virtud y colocarse efectivamente más allá del bien y del mal. Si el sentido último del deseo que empuja al hombre hacia la mujer es aquel del que ya hemos hablado, o sea la necesidad de ser en el sentido trascendente, entonces lo que acabamos de revelar, y que nos muestra la vida de cada día, resulta comprensible con certeza. También resulta comprensible que, en los casos extremos, aquéllos en los que este sentido último se vive oscuramente en paralelo a una intensidad particular de la fuerza elemental del eros, el individuo pueda verse, cuando el deseo no encuentra satisfacción, empujado al suicido, al asesinato o a la locura. El espejismo que el propio amor profano ofrece como reflejo o presentimiento de lo que el eros puede dar cuando pasa a un plano superior —la felicidad suprema atribuida a la unión con cierto individuo de sexo opuesto— es tal que, si se ve negado o roto, es la vida misma la que pierde todo atractivo, se vuelve vacía y sin sentido, y el hastío puede llevar a algunos a acortar su existencia.
La fidelidad y de los celos. Ni una cosa ni otra son exigidas por la naturaleza ni por la especie como necesarias a sus fines. Incluso sería normal lo contrario, porque el apego a un solo ser no puede dejar de representar un factor limitativo para la libre pandemia genesíaca, para la utilización de otros seres con iguales posibilidades biológicas —o incluso mejores— con vistas a la reproducción. En cambio, si una mujer amada realiza las condiciones para que se calme la necesidad de autoconfirmación y de ser, para que sea eliminada la privación existencial de la criatura, para internarse hacia la posesión de la Vida en sí mismo, se comprende que la sensación de una fractura mortal, de algo que hiere el núcleo existencial más profundo, se experimente cuando esta mujer es infiel y se entrega a otro hombre; y ello tanto más cuanto más fuerte es la situación antes descrita de un eros con poco margen de «deslocalización.

Los estados que suelen acompañar la primera manifestación de la fuerza de la sexualidad, en la pubertad y en el amor, presentan un interés particular.
En el momento en que se experimenta por primera vez el estado provocado por la polaridad de los sexos es casi general el que se experimente una especie de desamparo, de miedo o de angustia, porque se tiene la sensación más o menos clara de que actúa en el organismo psicofísico una energía nueva, más elevada e ilimitada. Miedo causado precisamente por el presentimiento de la crisis que el organismo psicofísico sufrirá y del peligro que correrá, y miedo mezclado a lo desconocido del deseo.

El fenómeno del pudor en su aspecto más general, no sexual, procede de una pulsión más o menos inconsciente en el hombre como tal para establecer cierta distancia entre él y la «naturaleza».
El pudor con respecto a la sexualidad. En primer lugar hay que considerar otro posible sentido del pudor para con la propia desnudez, distinto del que hemos indicado; en segundo lugar, hay que considerar el pudor que se refiere específicamente a los órganos sexuales; y en tercer lugar hay que examinar el pudor para con el acto sexual. Respecto de las dos primeras formas de pudor, se impone una clara distinción entre el pudor masculino y el pudor femenino.
El pudor masculino, por su parte, no presenta un aspecto o un uso «funcional». Entre las pruebas que muestran que del pudor femenino es un fenómeno sexual y no ético, hay el hecho bien conocido de que el pudor para con el propio cuerpo cesa completamente en las mujeres en cuanto están entre ellas, e incluso provoca el placer del exhibicionismo (a menos que intervenga algún complejo de inferioridad, como el miedo a tener un cuerpo menos bello y deseable que las otras). El pudor masculino, en cambio, no desaparece porque se esté entre hombres (dejando aparte aquí lo que caracterice civilizaciones en vías de «primitivización», como es el caso de la civilización contemporánea). A causa de su carácter funcional, el pudor femenino tiene además un sentido psicológico y simbólico que explica la variedad y la «deslocalización» de su objeto específico.

En la promiscuidad orgíaca, la finalidad más inmediata y evidente es la neutralización y la exclusión de lo que se refiere al «individuo social». La propia etnología ha abandonado en gran medida la idea de promiscuidad como estadio «naturalista» original. De hecho, incluso entre los salvajes, la promiscuidad está casi siempre limitada a ocasiones especiales relacionadas con el elemento ritual. Tanto si se trata de orgías de poblaciones primitivas y exóticas, como si se trata de fiestas análogas de la Antigüedad occidental, el denominador común es la abolición temporal de todas las prohibiciones, de todas las diferencias de condición social y de todos los lazos que habitualmente impedían que el eros se manifestase en forma elemental. Por regla general, el régimen de la promiscuidad no solamente excluye los condicionamientos del individuo social, sino también los de un estrato más profundo, los del individuo en cuanto personalidad. Tiende, pues, a una liberación casi total.

La persona y el comportamiento de Rasputín eran más repugnantes que atractivos. En el origen de su poder y de la fascinación que ejerció incluso en medios de la alta aristocracia rusa normalmente inaccesibles a un campesino sucio y primitivo, había una influencia de otro tipo, que en su origen estaba vinculada, al menos parcialmente, a las experiencias de los khlystis y probablemente basada también en sus excepcionales predisposiciones. Aparte de esa fascinación que ejercía, encontramos en Rasputín cierta fidelidad a las técnicas de los khlystis: empleaba a menudo la danza, que él consideraba la parte de un todo que culminaba en el acto sexual: tenía una predilección particular por la música gitana, que cuando es auténtica es de las raras músicas que todavía conservan una dimensión frenética y elemental. Se afirma que las mujeres con las que danzaba Rasputín habiéndolas juzgado dignas de celebrar el rito con él, «tenían efectivamente la impresión de participar en la influencia mística de la que a menudo había hablado el staretz». El ritmo se hacía cada vez más frenético, se observaba que «el rostro de la danzante se encendía, que se le velaba la mirada poco a poco, que le pesaban los párpados y, finalmente, se cerraban». Entonces el staretz se llevaba a la mujer prácticamente sin conocimiento, para unirse a ella.

En la inmensa mayoría de las tradiciones, sean ascéticas o iniciáticas, se encuentra el precepto de castidad, de abstención del empleo de la mujer. Por lo general, este precepto no se entiende correctamente porque se le da un significado moralista. Se piensa que se busca excluir o matar la fuerza del sexo («hacerse eunucos por el Reino de los Cielos», como dice Mateo); lo cual es erróneo. La fuerza del sexo se encuentra en la raíz misma del individuo vivo y cae en una ilusión quien cree poder realmente suprimirla. Como máximo, es posible reprimirla en sus manifestaciones más directas, con lo que sólo se conseguirá alimentar los fenómenos de una existencia neurótica y escindida en los que ha arrojado incluso demasiada luz el psicoanálisis moderno. Pero la verdadera alternativa frente a la fuerza del sexo es ésta: afirmarla o transformarla. Y cuando no se está en capacidad de obrar la transmutación, desde el punto de vista espiritual es desaconsejable la represión; ésta puede conducir a contrastes internos paralizantes, a disipaciones de energía, a peligrosas transposiciones. De lo cual ofrece suficientes ejemplos especialmente la mística cristiana de fondo emotivo.
La segunda posibilidad, o sea la transmutación, es a lo que se refiere en realidad el precepto ascético o iniciático de castidad y continencia. Aquí no se trata de excluir la energía del sexo, sino de renunciar a su uso y su disipación en las relaciones carnales y procreativas corrientes con individuos del otro sexo.

El sexo es la «mayor fuerza mágica de la naturaleza»; actúa en él un impulso en el que se esconde el misterio del Uno incluso cuando casi todo, en las relaciones entre hombre y mujer, se degrada en abrazos animales, se diluye y dispersa en sentimentalismos blandos e idealizantes o en el régimen domesticado de las uniones conyugales socialmente autorizadas. La metafísica del sexo subsiste incluso en los casos en que, viendo la mísera humanidad y la vulgaridad de infinitos amantes de infinitas razas —máscaras e individuaciones sin fin del Hombre Absoluto en busca de la Mujer Absoluta en una vivencia que cada vez se sincopa de nuevo en el círculo de la generación animal—, resulta difícil vencer un sentimiento de disgusto y de rebelión y estaría uno tentado de aceptar la teoría biológica y física que hace derivar la sexualidad humana de la vida de los instintos y de la simple animalidad.
También con respecto al sexo, el redescubrimiento de su significado primigenio y más profundo, y el uso de sus posibilidades superiores, dependen del posible reintegrarse del hombre moderno, de su elevarse y situarse más allá de las basuras psíquicas y espirituales a las que se ha visto conducido por los espejismos de su civilización material: porque, en esas basuras, el significado mismo de ser verdaderamente hombre o mujer está destinado a desaparecer; el sexo servirá tan sólo para conducir todavía más abajo; e incluso fuera de lo que se refiere a las masas, el sexo, reducido a su contenido de mera sensación, será tan sólo el ilusorio, oscuro y desesperado lenitivo del disgusto y la angustia existenciales del que ha entrado en un callejón sin salida.

This is another magnificent book that tries to break taboos beyond preconceptions. Never before has sex and women been brought to the forefront. In a thousand different ways, women and sex dominate in literature, theater, cinema, advertising, throughout contemporary practical life. In a thousand ways, the woman is exhibited to attract and sexually intoxicate the man without ceasing. The strip tease, the American fashion of the girl who, on stage, progressively strips off, taking off her most intimate garments one after the other to the minimum necessary to maintain the tension of the “waiting complex” or state of suspense in the spectators. it would be destroyed by immediate, complete and shameless nudity, it has the symbol value that summarizes everything that has developed in the last decades of Western civilization.
From this modern pandemic of sex we must emphasize the character of cerebrality. These are not more violent impulses that only manifest themselves on the physical plane, giving rise, as in other times, to an exuberant, uninhibited sexual life, and sometimes to licentiousness. Today sex has rather impregnated the psychic sphere, producing in it an insistent and constant gravitation around woman and love. There is thus, as a background tone on the mental plane, an eroticism that has two great characteristics: first, a diffuse and chronic excitement, practically independent of any concrete physical satisfaction, because it lasts as psychic excitement; Secondly, and partly as a consequence of this, this eroticism can even coexist with apparent chastity.

It is evident that the meaning to be attributed to sex depends on the way in which human nature is generally conceived, that is, of the panicular anthropology that has been adopted. The character of this anthropology can not fail to be reflected in the very idea that one makes of sex. Thus, the meaning that sexuality can have in the perspective of an anthropology that recognizes in man the dignity of a being that is not exclusively natural, for example, will necessarily be the opposite of that attributed to him by an anthropology that considers man as one of many. animal species and a time when it seemed appropriate.

In referring to the teachings of the Far East, we have said that the erotic state is born potentially from the relationship between the yang quality and the yin quality of two human beings; the contact of the “magnetic atmosphere” of two individuals of the opposite sex has the same meaning. It is necessary to delve into this point, which will also lead us to the problem of sexual choice.
The concept of men and women that is usually used is more than approximate: it barely exceeds the level of the census file. In reality, the process of sexualization has several degrees, and you are not a man or woman in equal measure. From the biological point of view, we know that in the early embryonic stages there is androgyny or bisexuality.
In Antiquity it was considered, and still is considered in certain primitive peoples, that the fluid of a being penetrates it to the point of impregnating, not only its body, but also its clothes (to this we must refer certain cases of “fetishism”). clothes”). Hence, some practices that have often survived in the customs of lovers and primitive peoples (in the latter, aspire the smell and stay with the clothes worn by men or women is considered a means of maintaining relationships and fidelity when they are forced to separate, as it happens for example in the Philippines): practices that present a superstitious or simply symbolic character only if in the sense of smell we overlook the “psychic” fact that can occur parallel to the physical fact. The limit case is that of an erotic intoxication susceptible to occur through mediation, not only of the gaze, but also of the smell.

The way in which the traditional world expressed the highest meanings of being was the myth. The traditional myth has a key value. Especially in the era that has preceded us, the myth has tried to explain through natural history, biology or psychology. For us, however, it will be the myth that will explain all these materials from the special point of view that interests us here.
There are several myths that lend themselves to delving into the metaphysical problem of sex. We will choose one of those that have been relatively less forgotten by Westerners, but stressing that the same meanings are equally contained in myths that belong to other cultures.
According to Plato, there was a primordial race “whose species is now extinct”, a race made up of beings that carried both the masculine and the feminine principles. The members of that androgynous race “were extraordinary by force …”

Homosexuality is a phenomenon that, because of its diffusion, can not be ignored by a doctrine of sex. Goethe said that “it is as old as humanity, to the point that it can be said to be part of nature, while it is against nature.” This “enigma”, which has been said that “the more you try to analyze scientifically, the more mysterious it is” (Ivan Bloch), is a complex problem even from the point of view of the metaphysics of sex.

The consequence that must be extracted from all this is that one expects something absolute from love; He does not hesitate to concede to his ends the preponderance over virtue and place himself effectively beyond good and evil. If the ultimate meaning of the desire that pushes man towards woman is that of which we have already spoken, that is, the need to be in the transcendent sense, then what we have just revealed, and that shows us the life of each day, results comprehensible with certainty. It is also understandable that, in extreme cases, those in which this last sense is lived darkly in parallel to a particular intensity of the elemental force of eros, the individual can be seen, when desire does not find satisfaction, pushed to suicide, murder or madness. The illusion that profane love itself offers as a reflection or foreboding of what eros can give when it moves to a higher plane-the supreme happiness attributed to union with a certain individual of the opposite sex-is such that, if it is denied or broken , it is life itself that loses all attractiveness, becomes empty and meaningless, and boredom can lead some to shorten its existence.
Fidelity and jealousy. Neither one thing nor the other is required by nature or by the species as necessary to its ends. Even the opposite would be normal, because the attachment to a single being can not fail to represent a limiting factor for the free pandemic genesis, for the use of other beings with equal biological possibilities -or even better- with a view to reproduction. On the other hand, if a beloved woman realizes the conditions so that the need for self-confirmation and of being is calmed, so that the existential deprivation of the creature is eliminated, to enter into the possession of Life in itself, it is understood that the sensation from a fatal fracture, from something that hurts the deepest existential core, to be experienced when this woman is unfaithful and gives herself to another man; The more so, the stronger is the situation described above of an eros with little margin of “relocation.

The states that usually accompany the first manifestation of the force of sexuality, in puberty and in love, present a particular interest.
At the moment when the state provoked by the polarity of the sexes is experienced for the first time, it is almost general that one experiences a kind of helplessness, fear or anguish, because one has the more or less clear sense that it acts in the psychophysical organism a new, higher and unlimited energy. Fear caused precisely by the presentiment of the crisis that the psychophysical organism will suffer and the danger it will run, and fear mixed with the unknown of desire.

The phenomenon of modesty in its most general, non-sexual aspect comes from a more or less unconscious drive in man as such to establish a certain distance between himself and “nature”.
Modesty with regard to sexuality. In the first place we must consider another possible sense of modesty for one’s nakedness, different from the one we have indicated; secondly, one must consider the modesty that refers specifically to the sexual organs; and third, we must examine modesty for the sexual act. With respect to the first two forms of modesty, a clear distinction between male modesty and female modesty is imposed.
Male modesty, on the other hand, does not have a “functional” appearance or use. Among the proofs that show that female modesty is a sexual and unethical phenomenon, there is the well-known fact that modesty for one’s own body ceases completely in women as soon as they are among them, and even provokes the pleasure of exhibitionism ( unless an inferiority complex intervenes, such as the fear of having a less beautiful and desirable body than the others). Male modesty, however, does not disappear because it is among men (leaving aside here what characterizes civilizations in the process of “primitivization”, as is the case of contemporary civilization). Because of its functional nature, female modesty also has a psychological and symbolic meaning that explains the variety and the “delocalisation” of its specific object.

In orgiacal promiscuity, the most immediate and obvious purpose is the neutralization and exclusion of what refers to the “social individual”. Ethnology itself has largely abandoned the idea of ​​promiscuity as an original “naturalist” stage. In fact, even among savages, promiscuity is almost always limited to special occasions related to the ritual element. Whether it is orgies of primitive and exotic populations, or similar festivals of Western antiquity, the common denominator is the temporary abolition of all prohibitions, of all differences in social status and of all ties that usually they prevented the eros from manifesting in an elementary form. As a general rule, the regime of promiscuity not only excludes the conditioning of the social individual, but also those of a deeper stratum, those of the individual as a personality. It tends, then, to an almost total liberation.

The person and behavior of Rasputin were more disgusting than attractive. At the origin of his power and the fascination he exercised even in the upper Russian aristocracy’s media usually inaccessible to a dirty and primitive peasant, there was an influence of another kind, which in its origin was linked, at least partially, to the experiences of the Khlystis and probably also based on their exceptional predispositions. Apart from that fascination that exerted, we find in Rasputin certain fidelity to the techniques of the Khlystis: he often used the dance, which he considered the part of a whole that culminated in the sexual act: he had a particular predilection for gypsy music, which when it is authentic it is one of the rare music that still retains a frantic and elementary dimension. It is asserted that the women with whom Rasputin danced having judged them worthy of celebrating the rite with him, “had indeed the impression of participating in the mystical influence of which the staretz had often spoken.” The rhythm became more and more frantic, it was observed that “the face of the dancer was lit, that her eyes were watched little by little, that her eyelids were heavy and, finally, closed». Then the staretz took the woman practically without knowledge, to join her.

In the vast majority of traditions, whether ascetic or initiatory, there is the precept of chastity, of abstaining from the employment of women. In general, this precept is not correctly understood because it is given a moralistic meaning. One thinks that it is sought to exclude or to kill the force of sex (“to become eunuchs by the Kingdom of the Skies”, as Mateo says); which is wrong. The force of sex is at the very root of the living individual and falls into an illusion who believes he can really suppress it. At most, it is possible to repress it in its most direct manifestations, which will only feed the phenomena of a neurotic and split existence in which modern psychoanalysis has thrown too much light. But the real alternative to the force of sex is this: affirm it or transform it. And when one is unable to act transmutation, from the spiritual point of view, repression is inadvisable; This can lead to paralyzing internal contrasts, to energy dissipations, to dangerous transpositions. Of which it offers enough examples especially the Christian mystique of emotional background.
The second possibility, that is, transmutation, is what the ascetical or initiatory precept of chastity and continence really refers to. Here it is not a matter of excluding the energy of sex, but of renouncing its use and dissipation in the ordinary carnal and procreative relationships with individuals of the other sex.

Sex is the “greatest magic force in nature”; acts in him an impulse in which the mystery of the One hides even when almost everything, in the relations between man and woman, is degraded in animal hugs, it is diluted and dispersed in soft and idealizing sentimentalisms or in the domesticated regime of the unions Socially authorized spouses. The metaphysics of sex subsists even in the cases in which, seeing the miserable humanity and the vulgarity of infinite lovers of infinite races – masks and endless individuations of the Absolute Man in search of the Absolute Woman in an experience that every time is syncopated again in the circle of the animal generation, it is difficult to overcome a feeling of disgust and rebellion and one would be tempted to accept the biological and physical theory that derives human sexuality from the life of the instincts and simple animality.
Also with regard to sex, the rediscovery of its primordial and deeper meaning, and the use of its superior possibilities, depend on the possible reintegration of modern man, on his rising and placing himself beyond the psychic and spiritual wastes to which he has been subjected. seen driven by the mirages of their material civilization: because, in those garbage, the very meaning of being truly man or woman is destined to disappear; sex will only serve to drive even lower; and even outside of what refers to the masses, sex, reduced to its content of mere sensation, will be only the illusory, obscure and desperate lenitive of existential disgust and anguish that has entered a dead end.

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