Islam y modernidad -reflexiones blasfemas- Slavoj Zizek / Islam & Modernity – blasphemous reflexiona- by Slavoj Zizek

Este es un magnífico ensayo, partiendo de los atentados de Charlie Hebdo y el abrazo falso de Netanyahu, Putin en París nos adentra en la problemática del Estado Islámico (EI)…

En los días posteriores a los asesinatos de Charlie Hebdo, la policía es aplaudida, ensalzada y abrazada como una madre protectora; y no solo la policía, sino también las fuerzas especiales (las CRS, a las que en el 68 se gritaba: «CRS, SS»), los servicios secretos, todo el aparato de seguridad del Estado. Por citar a Jacques-Alain Miller: «El resentimiento contra la policía ya no es lo que era, salvo entre la juventud pobre de origen árabe o africano; cosa sin duda nunca vista en la historia de Francia». Lo que vemos de vez en cuando en Francia y en todo el mundo, en raros momentos privilegiados, es la extática «ósmosis de la población con el ejército nacional que la protege de las agresiones exteriores; pero ¿el amor de una población por las fuerzas internas de represión?». La amenaza terrorista triunfaba así al lograr lo imposible: reconciliar a los revolucionarios del 68 con su peor enemigo.

El ataque a Charlie Hebdo no fue un mero «accidente pasajero del horror», seguía una agenda religiosa y política precisa y, como tal, formaba parte con toda claridad de un plan mucho más amplio. Por supuesto, no deberíamos reaccionar en exceso, si por ello se entiende sucumbir a una islamofobia ciega, pero deberíamos analizar sin concesiones ese plan.
Mucho más necesario, más fuerte y eficaz que la demonización de los terroristas como heroicos fanáticos suicidas es el desmantelamiento del mito demoníaco.
Los terroristas fundamentalistas, de lo que ellos obviamente carecen es de un rasgo que es fácil encontrar en todos los fundamentalistas auténticos, desde los budistas tibetanos a los amish de los Estados Unidos: la ausencia de resentimiento y envidia, la profunda indiferencia hacia la forma de vida de los no creyentes. Si los llamados fundamentalistas de hoy día creen realmente que han encontrado su camino a la Verdad, ¿por qué se sienten amenazados por los no creyentes, por qué los envidian? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, apenas lo condena. Se limita a señalar de forma benevolente que la búsqueda de la felicidad del hedonista es autodestructiva. En contraste con los fundamentalistas verdaderos, los pseudofundamentalistas terroristas están profundamente irritados, intrigados, fascinados, por la vida pecaminosa de los no creyentes. Se podría pensar que, al luchar con el pecador, están luchando con su propia tentación.

El terror de los fundamentalistas islámicos no se basa en la convicción de los terroristas de su superioridad y en su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización consumista mundial. El problema con los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos se consideran secretamente inferiores. Esta es la razón de que nuestra condescendiente insistencia, tan políticamente correcta, en que no sentimos ninguna superioridad respecto a ellos solo sirve para enfurecerlos más y alimentar su resentimiento. El problema no es la diferencia cultural (su esfuerzo por preservar su identidad), sino el hecho opuesto de que los fundamentalistas son ya como nosotros, de que, secretamente, ya han interiorizado nuestros valores y se miden a sí mismos según esos valores. De forma paradójica, de lo que carecen en realidad los fundamentalistas es precisamente de una dosis de la auténtica convicción «racista» de su propia superioridad.
El fundamentalismo es una reacción —una reacción falsa, engañosa, por supuesto— a una deficiencia real del liberalismo, y por eso es generado una y otra vez por el mismo liberalismo. Abandonado a sí mismo, este se hundirá lentamente; lo único que puede salvar sus valores nucleares es una izquierda renovada. Para que ese legado clave sobreviva, el liberalismo necesita la ayuda fraternal de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, mover el suelo bajo sus pies.
La ironía es que, aunque los fundamentalistas musulmanes sitúen habitualmente el giro equivocado de Occidente en la secularización de la sociedad plasmada en la Revolución francesa, se puede también argüir que, en cuanto a su forma de organización, «los yihadistas del EI no son medievales», están conformados por la moderna filosofía occidental. Deberíamos mirar a la Francia revolucionaria si queremos comprender el origen de la ideología y la violencia del EI: según el pensador indo-paquistaní Abul A’la Maududi, creador de la expresión contemporánea de «Estado Islámico», la Revolución francesa
ofreció la promesa de un «Estado basado en un conjunto de principios» en cuanto opuesto al Estado basado en una nación o un pueblo.

Las limitaciones de la generalizada actitud liberal hacia las mujeres musulmanas que llevan velo: pueden hacerlo si es una elección libre por su parte y no una opción impuesta por su esposo o su familia. Sin embargo, cuando las mujeres llevan el velo como resultado de su libre elección individual, el significado de llevarlo cambia por completo: ya no es un signo de su pertenencia directa y sustancial a la comunidad musulmana, sino expresión de su individualidad idiosincrásica, de su búsqueda espiritual y de su protesta contra la vulgaridad del actual comercio sexual, o un gesto político de protesta contra Occidente. Una elección es siempre una meta-elección, una elección de la modalidad de la propia elección: una cosa es llevar velo a causa de la inmersión inmediata en una tradición sustancial; otra, negarse a llevar velo; y otra, llevar velo no debido a una pertenencia sustancial, sino como acto de elección ético-político. Esta es la razón de que en nuestras sociedades seculares de libre elección, las personas que mantienen una pertenencia religiosa sustancial se encuentren en una posición subordinada: aunque se les permita mantener su creencia, esta es «tolerada» solo como opción u opinión idiosincrásica personal; en el momento en que la presenten públicamente como lo que realmente es para ellas (un asunto de pertenencia sustancial), son acusadas de «fundamentalismo». Esto significa que el «sujeto de libre elección» (en el «tolerante» sentido occidental multicultural) solo puede emerger como resultado de un proceso extremadamente violento por el cual es arrancado de su particular mundo vital, separándolo de sus raíces propias.
El problema con las leyes particulares para grupos étnicos o religiosos particulares es que no todas las personas se experimentan como pertenecientes a una comunidad étnica o religiosa particular; por eso, aparte de personas pertenecientes a grupos, debería haber individuos «universales» que solo respondan a la ley del Estado.

La Iglesia islámica es, en realidad, el Estado Islámico: es el Estado el que inventó la llamada «autoridad religiosa suprema» y es el jefe del Estado quien nombra al hombre que ha de ocupar ese cargo; es el Estado el que construye las grandes mezquitas, el que supervisa la educación religiosa, es también el Estado el que crea las universidades, ejerce la censura en todos los campos de la cultura y se considera a sí mismo el guardián de la moral.

Podemos ver aquí cómo en el islam se combina lo mejor y lo peor: es precisamente por carecer de un principio inherente de institucionalización por lo que el islam fue tan vulnerable a ser cooptado por el poder del Estado, que hizo el trabajo de institucionalización por él. Ahí reside la alternativa a la que se enfrenta el islam: la «politización» directa se inscribe en su misma naturaleza, y esta superposición de lo religioso y lo político puede realizarse o bien por la vía de la cooptación estatal, o bien por la de colectivos antiestatales.

La dependencia de lo femenino (y de la mujer extranjera, además) es el fundamento reprimido del islam, lo no-pensado, eso que el islam se esfuerza por excluir, por anular o, al menos, por controlar a través de su complejo edificio ideológico, pero lo que insiste en mantenerse siempre rondando a su alrededor, puesto que es la misma fuente de su vitalidad. ¿Por qué, pues, es la mujer en el Islam una presencia traumática, un escándalo ontológico que tiene que ser velado? El verdadero problema no es el horror de la exposición desvergonzada de lo que está tras el velo, sino, más bien, la naturaleza misma del velo.
El escándalo oculto del islam: solo una mujer, la encarnación misma de la indiscernibilidad de la verdad y la mentira, puede garantizar la verdad. Por esta razón, tiene que permanecer velada.
Esto nos lleva de nuevo al tema de la mujer y Oriente. La verdadera elección no es entre la espiritualidad del islam masculino del Oriente Próximo y la espiritualidad más femenina del Lejano Oriente, sino entre la elevación del Lejano Oriente de la mujer como Diosa-Madre, sustancia generadora-y-destructora del mundo, y la desconfianza musulmana de la mujer que, paradójicamente, de una manera negativa, presenta mucho más directamente el poder traumático-subversivo-creador-explosivo de la subjetividad femenina.

This is a magnificent essay, starting from the attacks of Charlie Hebdo and the false embrace of Netanyahu, Putin in Paris takes us into the problematic of the Islamic State (IS) …

In the days after the Charlie Hebdo murders, the police are applauded, exalted and embraced as a protective mother; and not only the police, but also the special forces (the CRS, to which in ’68 they shouted: ‘CRS, SS’), the secret services, the entire state security apparatus. To quote Jacques-Alain Miller: “Resentment against the police is no longer what it was, except among poor youth of Arab or African origin; thing undoubtedly never seen in the history of France ». What we see from time to time in France and around the world, in rare privileged moments, is the ecstatic “osmosis of the population with the national army that protects it from external aggressions; but the love of a population for the internal forces of repression? ” The terrorist threat thus triumphed in achieving the impossible: reconciling the revolutionaries of 68 with their worst enemy.

The attack on Charlie Hebdo was not a mere “passing accident of horror,” it followed a precise religious and political agenda and, as such, was clearly part of a much broader plan. Of course, we should not overreact, if by that we mean to succumb to a blind Islamophobia, but we should analyze this plan without concessions.
Much more necessary, stronger and more effective than the demonization of terrorists as heroic suicidal fanatics is the dismantling of the demonic myth.
Fundamentalist terrorists, of what they obviously lack is a trait that is easy to find in all authentic fundamentalists, from Tibetan Buddhists to the Amish of the United States: the absence of resentment and envy, the profound indifference towards the form of life of non-believers. If the so-called fundamentalists of today really believe that they have found their way to the Truth, why do they feel threatened by non-believers, why do they envy them? When a Buddhist meets a Western hedonist, he barely condemns him. He merely points out in a benevolent way that the hedonist’s pursuit of happiness is self-destructive. In contrast to the true fundamentalists, the terrorist pseudo-fundamentalists are deeply irritated, intrigued, fascinated, by the sinful lives of non-believers. One might think that, in struggling with the sinner, they are struggling with their own temptation.

The terror of Islamic fundamentalists is not based on the terrorists’ conviction of their superiority and their desire to safeguard their cultural and religious identity from the onslaught of the world’s consumerist civilization. The problem with the fundamentalists is not that we consider them inferior to us, but, rather, that they consider themselves secretly inferior. This is the reason that our condescending insistence, so politically correct, that we do not feel any superiority to them only serves to enrage them more and fuel their resentment. The problem is not the cultural difference (their effort to preserve their identity), but the opposite fact that the fundamentalists are already like us, that they have secretly internalized our values ​​and measure themselves according to those values. Paradoxically, what the fundamentalists really lack is precisely a dose of the authentic “racist” conviction of their own superiority.
Fundamentalism is a reaction – a false reaction, deceptive, of course – to a real deficiency of liberalism, and that is why it is generated again and again by liberalism itself. Left to itself, it will sink slowly; the only thing that can save their nuclear values ​​is a renewed left. For that key legacy to survive, liberalism needs the fraternal help of the radical left. This is the only way to defeat fundamentalism, to move the ground under your feet.
The irony is that, although the Muslim fundamentalists usually place the wrong turn of the West in the secularization of society embodied in the French Revolution, it can also be argued that, as far as their form of organization, “the IS jihadists are not medieval », Are shaped by modern Western philosophy. We should look at revolutionary France if we want to understand the origin of IS ideology and violence: according to the Indo-Pakistani thinker Abul A’la Maududi, creator of the contemporary expression of “Islamic State”, the French Revolution
he offered the promise of a “State based on a set of principles” as opposed to the State based on a nation or a people.

The limitations of the widespread liberal attitude towards Muslim women wearing headscarves: they can do so if it is a free choice on their part and not an option imposed by their husband or family. However, when women wear the veil as a result of their individual free choice, the meaning of wearing it changes completely: it is no longer a sign of their direct and substantial belonging to the Muslim community, but an expression of their idiosyncratic individuality, of their spiritual search and protest against the vulgarity of the current sex trade, or a political gesture of protest against the West. A choice is always a meta-choice, a choice of the modality of one’s own choice: it is one thing to wear a veil because of immediate immersion in a substantial tradition; another, refusing to wear a veil; and another, to wear a veil not because of a substantial belonging, but as an act of ethical-political election. This is the reason that in our secular free-choice societies, people who maintain substantial religious affiliation find themselves in a subordinate position: even if they are allowed to maintain their belief, it is “tolerated” only as a personal idiosyncratic option or opinion; the moment they present it publicly as what it really is for them (a matter of substantial belonging), they are accused of “fundamentalism.” This means that the “subject of free choice” (in the “tolerant” Western multicultural sense) can only emerge as the result of an extremely violent process by which it is torn from its particular vital world, separating it from its own roots.
The problem with particular laws for particular ethnic or religious groups is that not all people experience themselves as belonging to a particular ethnic or religious community; that is why, apart from people belonging to groups, there should be “universal” individuals who only respond to the law of the State.

The Islamic Church is, in fact, the Islamic State: it is the State that invented the so-called “supreme religious authority” and it is the head of the State who appoints the man who has to occupy that position; it is the State that constructs the great mosques, the one that supervises religious education, it is also the State that creates the universities, exerts censorship in all fields of culture and considers itself the guardian of morality.

We can see here how Islam combines the best and the worst: it is precisely because it lacks an inherent principle of institutionalization that Islam was so vulnerable to being co-opted by the power of the state, which did the institutionalization work for it. . Therein lies the alternative to which Islam is confronted: direct “politicization” is inscribed in its very nature, and this overlap of the religious and the political can be realized either through state co-optation or through anti-state collectives.

The dependence of the feminine (and of the foreign woman, in addition) is the repressed foundation of Islam, the unthought of, that which Islam strives to exclude, to annul or, at least, to control through its complex building ideological, but what insists on staying always hovering around him, since it is the same source of his vitality. Why, then, is the woman in Islam a traumatic presence, an ontological scandal that has to be veiled? The real problem is not the horror of the shameless exposition of what is behind the veil, but, rather, the very nature of the veil.
The hidden scandal of Islam: only a woman, the very incarnation of the indiscernibility of truth and lies, can guarantee the truth. For this reason, it has to remain veiled.
This brings us back to the subject of women and the East. The real choice is not between the spirituality of male Islam in the Near East and the more feminine spirituality of the Far East, but between the Far Eastern elevation of women as Goddess-Mother, the generating-and-destroying substance of the world, and distrust. Muslim woman who, paradoxically, in a negative way, presents much more directly the traumatic-subversive-creative-explosive power of female subjectivity.

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