El refugio de la memoria — Tony Judt / The Memory Chalet by Tony Judt

Este es un libro magnífico, extraordinario sobre un hombre que fue testigo de una época y donde es víctima de la enfermedad de ELA. En unas noches largas, nos va dando unos bocetos de su vida, releído varias veces, sus vacaciones en chalets en infancia a Suiza y que volvería siendo ya mayor, donde su madre tuvo altercados con unos jóvenes en un desayuno, la infancia le recuerda al cordero neozelandés, el gusto por las comidas indias…
Nos habla de la Inglaterra rural y su lucha con la urbana, “great wen”. Que decir del concepto de Europa. Ahora todos somos europeos. Los ingleses viajan a través de Europa continental, y el Reino Unido es uno de los destinos turísticos favoritos a la vez que un imán para quienes buscan trabajo desde Polonia a Portugal. Los viajeros de hoy no se lo piensan dos veces antes de subir a un avión o a un tren del que se bajarán poco después en Bruselas, Budapest o Barcelona. Es verdad que un europeo de cada tres nunca deja su patria, pero el resto lo compensa con despreocupada facilidad. Incluso las fronteras (internas) se han esfumado: antes de que te des cuenta ya has entrado en otro país.
No siempre fue así. En mi infancia londinense «Europa» estaba en algún sitio al que uno iba de exóticas vacaciones al extranjero. El continente era un lugar extraterrestre; yo había aprendido mucho más sobre Nueva Zelanda o India, cuya geografía imperial se enseñaba en todas las escuelas elementales. La mayoría de la gente nunca se aventuraba a salir al extranjero: las vacaciones se pasaban en centros turísticos costeros de Inglaterra azotados por el viento o en alegres campamentos de verano nacionales.

Hoy en día casi nadie aprende alemán. El consenso parece ser que una mente joven sólo puede manejar un idioma a la vez, preferiblemente el más fácil. En los institutos norteamericanos, no menos que en los (escandalosamente bajos en rendimiento) británicos, a los estudiantes se les induce a creer que lo han hecho bien, o al menos lo mejor que podían. A los profesores se les encarece que no discriminen entre sus responsabilidades; sencillamente no es aceptable elogiar los trabajos de mucha altura al tiempo que vilipendiaba los que respondían a un peor nivel. Será raro que a los alumnos se les haga saber que son «¡una perfecta basura!» o «¡la escoria de la tierra!».
El miedo tiene su recompensa, como lo es la satisfacción que se obtiene de un pleno e implacable esfuerzo lingüístico. Merece especial atención cuando habla de las bedders cuando estaba en el organigrama académico. College

El entusiasmo por los Beatles, las drogas blandas, la disensión política y el sexo (este último imaginado más que practicado, pero también en esto creo que reflejaba la experiencia de la mayoría, no obstante la mitología retrospectiva). Pero al menos en lo que concierne al activismo político, me vi apartado de la corriente dominante entre los años 1963 y 1969 por un omnímodo compromiso con el ala izquierda del sionismo.

¿Qué fue de los intelectuales franceses? En su día tuvimos a Camus, «el heredero contemporáneo de esa larga relación de moralistas cuya obra tal vez constituye la mayor singularidad de las letras francesas» (Sartre). Tuvimos al propio Sartre. Tuvimos a François Mauriac, a Raymond Aron, a Maurice Merleau-Ponty, y a la «inénarrable Madame de Beauvoir» (Aron). Luego vinieron Roland Barthes, Michel Foucault y —de forma más controvertida— Pierre Bourdieu. Todos pueden reivindicar su derecho a una posición de prestigio en tanto que novelistas, filósofos o, simplemente, «hombres de letras». Pero eran también, y por encima de todo, intelectuales franceses.
Desde luego que hay todavía personas de muy considerable prestigio fuera de Francia: Jürgen Habermas, por ejemplo, o Amartya Sen. Pero, cuando pensamos en Habermas, lo primero que se nos viene a la cabeza es su obra como sociólogo.
La seductora atracción de la intelectualidad francesa es innegable. Durante el tercio intermedio del siglo XX, todo aspirante a pensador, desde Buenos Aires a Bucarest, vivía con un París en la cabeza; como los pensadores franceses vestían de negro, fumaban Gitanes, teorizaban, y hablaban francés, los demás los imitábamos. Recuerdo haberme encontrado con compañeros de estudios ingleses en las calles de la Rive Gauche e iniciar, conscientemente, una conversación en francés. Précieux, sin duda, pero de rigueur.
La misma palabra «intelectual», utilizada de ese modo tan halagador.

Los sesenta fueron una buena época para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes y el mundo parecía estar dominado por los jóvenes (una observación verificable a través de las estadísticas). Por otra parte, al menos en Inglaterra, el cambio podía ser engañoso. Los estudiantes nos oponíamos a gritos al apoyo que el Gobierno laborista prestaba a la guerra de Lyndon Johnson en Vietnam. Recuerdo al menos una de tales protestas en Cambridge, después de que pronunciara allí una conferencia Denis Healey, el ministro de Defensa de entonces. Perseguimos su coche hasta fuera de la ciudad; un amigo mío, casado ahora con la alta representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, saltó sobre el capó y golpeó con furia las ventanillas.

En mi generación pensábamos de nosotros mismos que éramos al mismo tiempo radicales y miembros de una élite. Si ello suena incoherente, es la incoherencia de cierta ascendencia liberal de la que intuitivamente nos imbuimos en el transcurso de nuestros años de college. Es la incoherencia del patricio Keynes fundando el Royal Ballet y el Arts Council para el mayor disfrute de todos, pero asegurándose de que serían dirigidos por especialistas. Es la incoherencia de la meritocracia: dar a cada uno una oportunidad y luego privilegiar a los que tenían talento. Era la incoherencia de mi King’s y tuve la suerte de haberla experimentado.

(EE.UU). A mí me sedujo. Primero, de manera indecisa, fui dando bandazos, yendo y viniendo a través del Atlántico, otorgando mis ambivalentes afectos a ambas orillas. Mis antepasados emigraron por necesidad: huían del miedo y de la indigencia. Al no tener elección, tampoco tuvieron muchas dudas. Yo era un emigrante voluntario, de modo que podía decirme a mí mismo que mi elección era temporal o incluso revocable. Durante bastante tiempo jugué con la posibilidad de regresar a enseñar en Europa; pero fue en Estados Unidos donde me sentí más europeo. Aunque detrás de ese «europeo».

Unos hombres cambian de esposa. Otros cambian de coche. Algunos, hasta de sexo. Lo importante de la crisis de la mediana edad es demostrar que uno continúa siendo joven haciendo algo sorprendentemente diferente. «Diferente», por supuesto, es un término relativo: un hombre que está sumido en esa crisis por lo general hace lo mismo que cualquier otro hombre; después de todo, por eso se sabe que es la crisis de la mediana edad. Sin embargo, la mía fue algo distinta. Tenía la edad adecuada, estaba en la situación adecuada (divorciándome de mi primera mujer) y pasando por las habituales incertidumbres de la mediana edad: ¿qué hago en medio de todo esto? Sin embargo, yo lo hice a mi manera. Aprendí checo.
Nueva York —una ciudad que se siente más en casa estando en el mundo que en su propio país— quizá podría mejorar aún. Como europeo, siento que soy más yo mismo en Nueva York que en el satélite británico semidesgajado de la Unión Europea; y tengo aquí amigos brasileños y árabes que comparten ese sentimiento. Sin duda que todos tenemos también de qué quejarnos. Y aunque no hay otra ciudad en la que me puedo imaginar viviendo, hay muchos lugares en los que, según para qué cosas, preferiría estar. Pero ése es también un sentimiento muy de Nueva York. La casualidad hizo de mí un norteamericano, pero elegí ser un neoyorquino. Probablemente siempre lo fui.

Ser danés o italiano, norteamericano o europeo, no será sólo una identidad; supondrá un rechazo y una reprobación de aquéllos a los que ésta excluya. El Estado, lejos de desaparecer, podría estar a punto de lograr su plena realización: los privilegios de la ciudadanía, las protecciones de los derechos de los poseedores de tarjetas de residencia, serán esgrimidos como triunfos políticos. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas que pedirán tests —de conocimientos, de lengua, de actitud— para determinar si los desesperados recién llegados merecen ostentar la «identidad» de británicos o de holandeses o de franceses. Ya lo están haciendo. En este «espléndido siglo nuevo» echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes: a la gente fronteriza. Mi gente.

Los judíos europeos de la generación de mi padre descuidaron el yiddish, frustraron las expectativas de sus familias inmigradas y desdeñaron los ritos y las restricciones comunitarias. A la altura de los años treinta ya era razonable suponer que sus propios hijos —mi generación— se quedarían con poco más que un puñado de recuerdos «del viejo país»: algo así como el «día de la pasta» y el de San Patricio para los italo-americanos y los americano-irlandeses, y con aproximadamente el mismo significado.
Pero las cosas se produjeron de forma diferente. Una generación de jóvenes judíos emancipados, muchos de los cuales habían imaginado con cierta ingenuidad que estaban plenamente integrados en un mundo poscomunitario, se vio reintroducida a la fuerza en el judaismo como identidad cívica: algo de lo que no tenían ya la libertad de liberarse. La religión —en otros tiempos fundamento de la experiencia judía— se vio cada vez más marginada. A partir de Hitler, el sionismo (hasta entonces la aspiración de una minoría sectaria) devino una opción realista. La «judeidad» se convirtió en un atributo secular, externamente atribuido.
Desde entonces, la identidad judía en la Norteamérica contemporánea ha tenido una curiosa cualidad, propia de un dybbuk.(alma en pena de los muertos).
El judaismo para mí es la sensibilidad de un autocuestionamiento colectivo y un incómodo decir la verdad: la capacidad, propia del dafka (el que va contracorriente), de ser problemático y de disentir por la que en otro tiempo fuimos conocidos. No basta con situarse en una posición tangencial frente a las convenciones de otros pueblos; deberíamos ser además los críticos más implacables de nosotros mismos. Siento que tengo una deuda de responsabilidad con ese pasado. Es por eso por lo que soy judío.

Suiza constituye un llamativo ejemplo de las posibilidades —-y, por lo tanto, de los beneficios— de la mezcla de identidades. Con ello no me refiero a la mezcla de lenguas (alemán, francés, italiano, romanche), o a la sorprendente —y a menudo descuidada— variedad topográfica. Me refiero con ello al contraste. En Alemania todo es eficiente, así que no hay variedad que alimente el alma. Italia es incansablemente interesante: no hay respiro. Pero Suiza está llena de contrastes: eficiente pero provinciana; bella pero insulsa; hospitalaria pero sin encanto —al menos no para los forasteros de los que depende mucho de su bienestar—.
El contraste que más importa es el que se da entre el cambiante brillo de la superficie y los firmes abismos que se abren bajo ella.

This is a magnificent, extraordinary book about a man who witnessed a time and where he is a victim of ALS disease. On a long night, he gives us some sketches of his life, reread several times, his holidays in childhood cottages in Switzerland and he would be older, where his mother had an altercation with some young people at a breakfast, childhood reminds him of New Zealand lamb, the taste for Indian meals …
He tells us about rural England and its struggle with the urban, “great wen”. What to say about the concept of Europe. Now we are all Europeans. The English travel through continental Europe, and the United Kingdom is one of the favorite tourist destinations at the same time as a magnet for those looking for work from Poland to Portugal. Today’s travelers do not think twice before boarding a plane or a train that will be lowered shortly after in Brussels, Budapest or Barcelona. It is true that one European in three never leaves his homeland, but the rest compensates with careless ease. Even the (internal) borders have vanished: before you know it, you have entered another country.
It was not always like that. In my childhood London «Europe» was somewhere where one went on exotic holidays abroad. The continent was an extraterrestrial place; I had learned much more about New Zealand or India, whose imperial geography was taught in all elementary schools. Most people never ventured to go abroad: vacations were spent in coastal resorts of England whipped by the wind or in cheerful national summer camps.

Nowadays almost nobody learns German. The consensus seems to be that a young mind can only handle one language at a time, preferably the easiest one. In the American institutes, no less than in the (scandalously low in performance) British, students are led to believe that they have done well, or at least the best they could. Teachers are encouraged not to discriminate between their responsibilities; It is simply not acceptable to praise high-altitude jobs while vilifying those who responded at a worse level. It will be rare for students to be told that they are “a perfect garbage!” Or “the scum of the earth!”.
Fear has its reward, as is the satisfaction obtained from a full and implacable linguistic effort. He deserves special attention when he talks about the bedders when he was in the academic organization chart. College

The enthusiasm for the Beatles, soft drugs, political dissent and sex (the latter imagined more than practiced, but also in this I think it reflected the experience of the majority, despite the retrospective mythology). But at least as far as political activism is concerned, I was cut off from the mainstream between 1963 and 1969 by an all-embracing commitment to the left wing of Zionism.

What happened to the French intellectuals? In his day we had Camus, “the contemporary heir of that long list of moralists whose work perhaps constitutes the greatest singularity of French letters” (Sartre). We had Sartre himself. We had François Mauriac, Raymond Aron, Maurice Merleau-Ponty, and the “inenarrable Madame de Beauvoir” (Aron). Then came Roland Barthes, Michel Foucault and – more controversially – Pierre Bourdieu. Everyone can claim their right to a position of prestige as novelists, philosophers or, simply, “men of letters.” But they were also, and above all, French intellectuals.
Of course there are still people of considerable prestige outside of France: Jürgen Habermas, for example, or Amartya Sen. But when we think of Habermas, the first thing that comes to mind is his work as a sociologist.
The seductive attraction of the French intelligentsia is undeniable. During the middle third of the twentieth century, every aspiring thinker, from Buenos Aires to Bucharest, lived with a Paris in his head; as the French thinkers dressed in black, smoked Gitanes, theorized, and spoke French, the others imitated them. I remember meeting with fellow English students in the streets of the Rive Gauche and consciously starting a conversation in French. Précieux, without a doubt, but de rigueur.
The same word “intellectual”, used in that way so flattering.

The sixties were a good time to be young. Everything seemed to be changing at an unprecedented speed and the world seemed to be dominated by young people (a verifiable observation through statistics). On the other hand, at least in England, the change could be deceptive. The students shouted the support of the Labor government for Lyndon Johnson’s war in Vietnam. I remember at least one such protest in Cambridge, after Denis Healey, the defense minister of that time, delivered a lecture there. We chase your car out of the city; A friend of mine, now married to the high representative for Foreign Affairs of the European Union, jumped on the hood and hit the windows with fury.

In my generation we thought of ourselves as radicals and members of an elite. If this sounds incoherent, it is the incoherence of a certain liberal ancestry that we intuitively imbued ourselves with during our college years. It is the incoherence of the patricio Keynes founding the Royal Ballet and the Arts Council for the greater enjoyment of all, but making sure that they would be directed by specialists. It is the incoherence of the meritocracy: to give each one an opportunity and then to privilege those who had talent. It was the incoherence of my King’s and I was lucky to have experienced it.

(USA). He seduced me. First, indecisively, I lurched around, coming and going across the Atlantic, granting my ambivalent affections to both shores. My ancestors emigrated out of necessity: they fled from fear and destitution. Having no choice, they did not have many doubts either. I was a voluntary emigrant, so I could tell myself that my choice was temporary or even revocable. For a long time I played with the possibility of returning to teach in Europe; but it was in the United States where I felt more European. Although behind that «European».

Some men change their wife. Others change car. Some, even sex. The important thing about the mid-life crisis is to show that one continues to be young by doing something surprisingly different. “Different,” of course, is a relative term: a man who is mired in this crisis usually does the same as any other man; after all, that is why it is known that it is the crisis of middle age. However, mine was something different. I was the right age, I was in the right situation (divorcing my first wife) and going through the usual uncertainties of middle age: what am I doing in the middle of all this? However, I did it my way. I learned Czech.
New York – a city that feels more at home in the world than in its own country – could perhaps improve still. As a European, I feel that I am more myself in New York than in the half-broken British satellite of the European Union; and I have here Brazilian and Arab friends who share that feeling. Without a doubt, we all have something to complain about too. And although there is no other city in which I can imagine living, there are many places where, according to what things, I would prefer to be. But that is also a very New York feeling. Chance made me an American, but I chose to be a New Yorker. Probably always was.

Being Danish or Italian, North American or European, will not be just an identity; it will mean a rejection and a disapproval of those whom it excludes. The State, far from disappearing, could be on the verge of achieving its full realization: the privileges of citizenship, the protections of the rights of holders of residence cards, will be wielded as political triumphs. There will be intolerant demagogues in established democracies who will ask for tests-of knowledge, of language, of attitude-to determine whether desperate newcomers deserve the “identity” of the British or the Dutch or the French. They are already doing it. In this “splendid new century” we will miss the tolerant, those on the margins: the border people. My people.

The European Jews of my father’s generation neglected Yiddish, frustrated the expectations of their immigrant families and disdained community rites and restrictions. At the height of the thirties it was reasonable to assume that their own children-my generation-would be left with little more than a handful of memories “of the old country”: something like “pasta day” and St. Patrick’s for the Italian-Americans and the American-Irish, and with approximately the same meaning.
But things happened differently. A generation of emancipated young Jews, many of whom had naively imagined that they were fully integrated into a post-communist world, were forcibly reintroduced into Judaism as a civic identity: something they no longer had the freedom to free themselves from. Religion – once the foundation of the Jewish experience – was increasingly marginalized. From Hitler, Zionism (until then the aspiration of a sectarian minority) became a realistic option. The “Jewishness” became a secular attribute, externally attributed.
Since then, Jewish identity in contemporary North America has had a curious quality, characteristic of a dybbuk (soul in pain of the dead).
Judaism for me is the sensitivity of a collective self-questioning and an uncomfortable telling of the truth: the capacity, characteristic of dafka (the one that goes against the current), of being problematic and of dissent for which we were once known. It is not enough to situate oneself in a tangential position in front of the conventions of other peoples; we should also be the most implacable critics of ourselves. I feel that I have a responsibility debt with that past. That’s why I’m Jewish.

Switzerland is a striking example of the possibilities – and, therefore, of the benefits – of the mix of identities. By this I do not mean the mixture of languages ​​(German, French, Italian, Romansh), or the surprising – and often neglected – topographical variety. I mean the contrast. In Germany everything is efficient, so there is no variety that nourishes the soul. Italy is tirelessly interesting: there is no respite. But Switzerland is full of contrasts: efficient but provincial; beautiful but insipid; hospitable but without charm – at least not for outsiders who depend very much on their well-being.
The contrast that matters most is that between the changing brightness of the surface and the firm chasms that open beneath it.

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