Trabajo, consumismo y nuevos pobres — Zygmunt Bauman / Work, Consumerism and the New Poor by Zygmunt Bauman

Este es un magnífico libro sobre los pobres, que han cambiado su definición a lo largo de los años. A través de este ensayo el polaco nos adentra en un magnífico estudio donde todos somos parte de el.

Siempre habrá pobres entre nosotros; pero ser pobre quiere decir cosas bien distintas según entre quiénes de nosotros esos pobres se encuentren. No es lo mismo ser pobre en una sociedad que empuja a cada adulto al trabajo productivo, que serlo en una sociedad que —gracias a la enorme riqueza acumulada en siglos de trabajo— puede producir lo necesario sin la participación de una amplia y creciente porción de sus miembros. Una cosa es ser pobre en una comunidad de productores con trabajo para todos; otra, totalmente diferente, es serlo en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen sobre las opciones de consumo y no sobre el trabajo, la capacidad profesional o el empleo disponible. Si en otra época «ser pobre» significaba estar sin trabajo, hoy alude fundamentalmente a la condición de un consumidor expulsado del mercado. La diferencia modifica radicalmente la situación, tanto en lo que se refiere a la experiencia de vivir en la pobreza como a las oportunidades y perspectivas de escapar de ella.

El problema central que enfrentaban los pioneros de la modernización era la necesidad de obligar a la gente —acostumbrada a darle sentido a su trabajo a través de sus propias metas, mientras retenía el control de las tareas necesarias para hacerlo— a volcar su habilidad y su esfuerzo en el cumplimiento de tareas que otros le imponían y controlaban, que carecían de sentido para ella. La solución al problema fue la puesta en marcha de una instrucción mecánica dirigida a habituar a los obreros a obedecer sin pensar, al tiempo que se los privaba del orgullo del trabajo bien hecho y se los obligaba a cumplir tareas cuyo sentido se les escapaba.
… era difícil educar a los seres humanos para que «renunciaran a sus desordenados e ineficientes hábitos de trabajo, para identificarse con la invariable regularidad de las máquinas automáticas». Esas máquinas sólo podían funcionar correctamente si eran vigiladas en forma constante; y la idea de pasar diez o más horas por día encerrados en una fábrica, mirando una máquina, no les hacía gracia alguna a esos hombres y mujeres llegados del campo.
La resistencia a sumarse al esfuerzo combinado de la humanidad era, en sí misma, la tan mencionada prueba que demostraba la relajación moral de los pobres y, al mismo tiempo, la virtud inherente a la disciplina implacable, estricta y rígida de la fábrica.
Jeremy Bentham se negaba a distinguir entre los regímenes de las diferentes «casas de industria»: workhouses [asilos para pobres], poorhouses [hospicios] y fábricas (además de las prisiones, manicomios, hospitales y escuelas). Bentham insistía en que, más allá de su propósito manifiesto, todos esos establecimientos se enfrentaban al mismo problema práctico y compartían las mismas preocupaciones: imponer un patrón único y regular de comportamiento predecible sobre una población de internos muy diversa y esencialmente desobediente. Dicho de otro modo: debían neutralizar o anular las variadas costumbres e inclinaciones humanas y alcanzar un modelo de conducta único para todos.

En resumen, el trabajo ocupaba una posición central en los tres niveles de la sociedad moderna: el individual, el social y el referido al sistema de producción de bienes. Además, el trabajo actuaba como eje para unir esos niveles y era factor principal para negociar, alcanzar y preservar la comunicación entre ellos.
La ética del trabajo desempeñó, entonces, un papel decisivo en la creación de la sociedad moderna. El compromiso recíproco entre el capital y el trabajo, indispensable para el funcionamiento cotidiano y la saludable conservación de esa sociedad, era postulado como deber moral, misión y vocación de todos los miembros de la comunidad (en rigor, de todos sus miembros masculinos).

La nuestra es una sociedad de consumidores.
Todos sabemos, a grandes rasgos, qué significa ser «consumidor»: usar las cosas, comerlas, vestirse con ellas, utilizarlas para jugar y, en general, satisfacer —a través de ellas— nuestras necesidades y deseos. Puesto que el dinero (en la mayoría de los casos y en casi todo el mundo) «media» entre el deseo y su satisfacción, ser consumidor también significa —y este es su significado habitual— apropiarse de las cosas destinadas al consumo: comprarlas, pagar por ellas y de este modo convertirlas en algo de nuestra exclusiva propiedad, impidiendo que los otros las usen sin nuestro consentimiento.
Consumir significa, también, destruir.
Toda forma de consumo lleva su tiempo: esta es la maldición que arrastra nuestra sociedad de consumidores y la principal fuente de preocupación para quienes comercian con bienes de consumo. La satisfacción del consumidor debería ser instantánea en un doble sentido: los bienes consumidos deberían satisfacer de forma inmediata, sin imponer demoras, aprendizajes o prolongadas preparaciones; pero esa satisfacción debería terminar en el preciso momento en que concluyera el tiempo necesario para el consumo, tiempo que debería reducirse a su vez a su mínima expresión.
En la práctica, lo que importa es el medio, no el fin. La vocación del consumidor se satisface ofreciéndole más para elegir, sin que esto signifique necesariamente más consumo. Adoptar la actitud del consumidor es, ante todo, decidirse por la libertad de elegir; consumir más queda en un segundo plano, y ni siquiera resulta indispensable.
La pobreza implica, también, tener cerradas las oportunidades para una «vida feliz»; no poder aceptar los «ofrecimientos de la vida». La consecuencia es resentimiento y malestar, sentimientos que —al desbordarse— se manifiestan en forma de actos agresivos o autodestructivos, o de ambas cosas a la vez.
En una sociedad de consumo, la «vida normal» es la de los consumidores, siempre preocupados por elegir entre la gran variedad de oportunidades, sensaciones placenteras y ricas experiencias que el mundo les ofrece. Una «vida feliz» es aquella en la que todas las oportunidades se aprovechan, dejando pasar muy pocas o ninguna; se aprovechan las oportunidades de las que más se habla y, por lo tanto, las más codiciadas; y no se las aprovecha después de los demás sino, en lo posible, antes.

La explosiva aparición del Estado del bienestar en el mundo industrializado, como su asombroso éxito inicial y la casi total ausencia de resistencias que encontró, se debieron a un proceso de «sobredeterminación»: fue la convergencia entre numerosos intereses y presiones, provenientes de campos antagónicos, lo que contribuyó a crearlo y mantenerlo. Durante largo tiempo se atribuyó la necesidad de conservar intactas sus prestaciones a un «contrato social» no escrito entre las clases sociales que, de otro modo, se habrían entregado a una lucha sin cuartel. La sorprendente persistencia del Estado del bienestar solía explicarse por su papel en la creación y mantenimiento de la paz social: protegía mejor la aceptación por los obreros de las reglas establecidas por sus patrones capitalistas, y lo hacía a un costo más reducido que la ética del trabajo, cuyo único sostén firme habían sido las medidas coercitivas.
Inversamente, el actual hundimiento del Estado del bienestar, la rápida desaparición del apoyo que tenía entre quienes se desvivían por su funcionamiento, la serenidad con que se aceptan la reducción y hasta la eliminación de sus prestaciones, e incluso el abandono de sus principios, que parecían inquebrantables, sugieren una «sobredeterminación» similar. Explicar el cambio de actitud de la sociedad por un cambio de guardia ideológico, así como por los avances de la propaganda neoliberal, monetarista y neoconservadora, sería poner el carro delante de los caballos.

Durante casi un siglo, la lógica visible de la democracia hizo pensar que, aunque algunos necesiten —y con más urgencia— más servicios sociales que otros, la existencia de esos servicios y su disponibilidad universal benefician a todos.

La ordenada institución del Estado del bienestar está en contradicción absoluta con el clima reinante en la sociedad de consumo; y esto, independientemente de la calidad de las prestaciones que ofrezca. Así como la comercialización de un producto no puede realizarse sin promover (aunque sea boca a boca) el culto de la diferencia y la elección, el Estado del bienestar carece de sentido si no apela a las ideas de igualdad de necesidad y de derechos de los hombres. El consumismo y el Estado del bienestar son, por lo tanto, incompatibles. Y el que lleva todas las de perder es el Estado; la presión ejercida por la mentalidad de consumidor es abrumadora. Aunque los servicios ofrecidos por el Estado fueran de calidad muy superior, cargarían siempre con una falla fundamental: les falta la supuestamente libre elección del consumidor. Y este defecto los descalifica, a los ojos de los consumidores fieles, creyentes y devotos, más allá de toda redención.

La expresión «clase marginada» [underclass] fue utilizada por primera vez por Gunnar Myrdal en 1963, para señalar los peligros de la desindustrialización que —de acuerdo con los temores de este autor— llevaría, probablemente, a que grandes sectores de la población quedaran desempleados y sin posibilidad alguna de reubicarse en el mercado de trabajo. Tal cosa sucedería, no por deficiencias o defectos morales de esos sectores, sino lisa y llanamente por la falta de oportunidades de empleo para quienes lo necesitaran y buscaran. Y no sería la consecuencia, tampoco, del fracaso de la ética del trabajo en su intento por estimular a la población; sería la derrota de la sociedad en general para garantizar a todos una vida acorde con los preceptos de aquella ética. Los integrantes de la clase marginada, en el sentido que Myrdal le dio a la expresión, resultaban las víctimas de la exclusión. Su nuevo estatus no era, en modo alguno, una automarginación voluntaria; la exclusión era producto de la lógica económica, sobre la cual esos condenados no podían ejercer control alguno.
La tan publicitada resistencia de los pobres a la ética del trabajo, así como su rechazo a participar del trabajo duro tal como lo hace la mayoría honorable, bastan para provocar el enojo y la condena del público. Pero, cuando a la idea de los pobres inactivos se agregan alarmantes noticias sobre criminalidad en alza y violencia contra vida y propiedad de la población honorable, la condena deja lugar al temor: no obedecer la ética del trabajo se convierte en un acto que aterroriza, además de ser moralmente condenable.
La pobreza, entonces, deja de ser tema de política social para convertirse en asunto de justicia penal y criminal. Los pobres ya no son los marginados de la sociedad de consumo, derrotados en la competencia feroz; son los enemigos declarados de la sociedad. Sólo una delgadísima línea, muy fácil de cruzar, separa a los beneficiarios de los planes de asistencia de los traficantes de drogas, ladrones y asesinos. Quienes viven de los beneficios sociales son el campo de reclutamiento de las bandas criminales: financiarlos es ampliar las reservas que alimentarán el delito.

Vincular la pobreza con la criminalidad tiene otro efecto: ayuda a desterrar a los pobres del mundo de las obligaciones morales.
La esencia de toda moral es el impulso a sentirse responsable por el bienestar de los débiles, infortunados y sufrientes; la pobreza convertida en delito tiende a anular ese impulso y es el mejor argumento en su contra. Al convertirse en criminales —reales o posibles—, los pobres dejan de ser un problema ético y nos liberan de aquella responsabilidad. Ya no hay obligación de defenderlos contra la crueldad de su destino; nos encontramos, en cambio, ante el imperativo de defender el derecho y la vida de las personas decentes contra los ataques que se están tramando en callejones, guetos y zonas marginales.
Lo dijimos más arriba: si en la sociedad actual los pobres sin trabajo ya no son el «ejército de reserva de mano de obra», desde el punto de vista de la economía no tiene sentido mantenerlos por si llega a surgir la necesidad de convocarlos como productores.
La dependencia se ha transformado en una mala palabra. Se acusa al Estado del bienestar de fomentarla, de elevarla al nivel de una cultura que se autoperpetúa: y este es el argumento supremo para desmantelar ese Estado. La responsabilidad moral es la primera víctima en esta guerra santa contra la dependencia, puesto que la dependencia del «Otro» es sólo el reflejo de la responsabilidad propia, el punto de partida de cualquier relación moral y el supuesto en que se basa toda acción moral. Al mismo tiempo que denigra la dependencia de los pobres como un pecado, la ética del trabajo, en su versión actual, ofrece un alivio a los escrúpulos morales de los ricos.

Los pobres resultan, lisa y llanamente, una preocupación y una molestia. Carecen de méritos capaces de aliviar —menos aún, de contrarrestar— su defecto esencial. No tienen nada que ofrecer a cambio del desembolso realizado por los contribuyentes. Son una mala inversión, que muy probablemente jamás será devuelta, ni dará ganancias; un agujero negro que absorbe todo lo que se le acerque y no devuelve nada a cambio, salvo, quizás, problemas. Los miembros normales y honorables de la sociedad —los consumidores— no quieren ni esperan nada de ellos. Son totalmente inútiles. Nadie —nadie que realmente importe, que pueda hablar y hacerse oír— los necesita. Para ellos, tolerancia cero. La sociedad estaría mucho mejor si los pobres desaparecieran de la escena. ¡El mundo sería tan agradable sin ellos! No necesitamos a los pobres; por eso, no los queremos. Se los puede abandonar a su destino sin el menor remordimiento.

Muchos crímenes —y quizá los más horrendos de la historia— se produjeron porque no apareció a tiempo una advertencia o por la complaciente incredulidad de quienes no quisieron escuchar el llamado de alerta. Hoy, como en el pasado, la elección es nuestra.
Patrick Curry, «la voluntaria inocencia de todos se está convirtiendo en la única alternativa posible frente a la falta de solidaridad colectiva».

This is a wonderful book about the poor, who have changed their definition over the years. Through this essay the Pole takes us into a magnificent studio where we are all part of him.

There will always be poor among us; But being poor means very different things depending on who among us those poor people are. It is not the same to be poor in a society that pushes every adult to productive work, to be in a society that – thanks to the enormous wealth accumulated in centuries of work – can produce what is necessary without the participation of a large and growing portion of its members. It is one thing to be poor in a community of producers with work for all; another, totally different, is to be in a society of consumers whose life projects are built on consumption options and not on work, professional capacity or available employment. If, in another era, “being poor” meant being without work, today it fundamentally refers to the condition of a consumer expelled from the market. The difference radically changes the situation, both in terms of the experience of living in poverty and the opportunities and prospects of escaping from it.

The central problem faced by the pioneers of modernization was the need to force people-accustomed to making sense of their work through their own goals, while retaining control of the tasks necessary to do so-to turn their skill and effort in fulfilling tasks that others imposed and controlled, that lacked meaning for her. The solution to the problem was the implementation of a mechanical instruction aimed at accustoming the workers to obey without thinking, while depriving them of the pride of work well done and forced them to perform tasks whose meaning escaped them.
… it was difficult to educate human beings to “renounce their disordered and inefficient work habits, to identify with the invariable regularity of automatic machines.” These machines could only function properly if they were monitored constantly; and the idea of ​​spending ten or more hours a day locked in a factory, looking at a machine, did not make any fun of those men and women who came from the countryside.
The resistance to join the combined effort of humanity was, in itself, the much-mentioned proof that demonstrated the moral relaxation of the poor and, at the same time, the virtue inherent in the implacable, strict and rigid discipline of the factory.
Jeremy Bentham refused to distinguish between the regimes of the different “houses of industry”: workhouses, poorhouses, and factories (in addition to prisons, asylums, hospitals, and schools). Bentham insisted that, beyond their stated purpose, all these establishments faced the same practical problem and shared the same concerns: imposing a single, regular pattern of predictable behavior on a very diverse and essentially disobedient population of inmates. In other words: they had to neutralize or annul the varied human customs and inclinations and achieve a model of behavior that is unique to all.

In summary, the work occupied a central position in the three levels of modern society: the individual, the social and the referred to the system of production of goods. In addition, the work acted as the axis to unite these levels and was a main factor to negotiate, achieve and preserve communication among them.
The work ethic played, then, a decisive role in the creation of modern society. The reciprocal commitment between capital and work, indispensable for the daily functioning and healthy conservation of that society, was postulated as a moral duty, mission and vocation of all the members of the community (in fact, of all its male members).

Ours is a consumer society.
We all know, broadly speaking, what it means to be a “consumer”: to use things, eat them, dress them up, use them to play and, in general, satisfy-through them-our needs and desires. Since money (in most cases and in almost all the world) “mediates” between desire and satisfaction, being a consumer also means – and this is its usual meaning – appropriating the things destined for consumption: buying them, pay for them and in this way convert them into something of our exclusive property, preventing others from using them without our consent.
To consume means, also, to destroy.
Every form of consumption takes time: this is the curse that our consumer society is dragging and the main source of concern for those who trade in consumer goods. The satisfaction of the consumer should be instantaneous in a double sense: the goods consumed should satisfy immediately, without imposing delays, learning or prolonged preparations; but that satisfaction should end at the precise moment in which the necessary time for consumption was concluded, which time should be reduced to its minimum expression.
In practice, what matters is the means, not the end. The vocation of the consumer is satisfied by offering more to choose from, without this necessarily meaning more consumption. Adopting the attitude of the consumer is, first of all, deciding on the freedom to choose; consume more is in the background, and not even essential.
Poverty also implies having closed the opportunities for a “happy life”; can not accept the “offers of life.” The consequence is resentment and discomfort, feelings that-when overflowing-are manifested in the form of aggressive or self-destructive acts, or both at the same time.
In a consumer society, “normal life” is that of consumers, always concerned to choose between the great variety of opportunities, pleasant sensations and rich experiences that the world offers them. A “happy life” is one in which all opportunities are exploited, leaving very few or none at all; the most talked about opportunities are exploited and, therefore, the most coveted; and do not take advantage of them after others, but, as far as possible, before.

The explosive emergence of the welfare state in the industrialized world, such as its amazing initial success and the almost total absence of resistance it encountered, were due to a process of “overdetermination”: it was the convergence between numerous interests and pressures, coming from antagonistic fields. , what helped to create and maintain it. For a long time the need to preserve intact their benefits to a “social contract” not written among social classes that otherwise would have been delivered to a fight without quarter. The surprising persistence of the welfare state was often explained by its role in the creation and maintenance of social peace: it better protected workers’ acceptance of the rules established by their capitalist bosses, and it did so at a lower cost than the ethics of labor. work, whose only firm support had been coercive measures.
Conversely, the current collapse of the welfare state, the rapid disappearance of support that had among those who went out of their way, the serenity with which they accept the reduction and even the elimination of their benefits, and even the abandonment of their principles, which They seemed unshakable, suggesting a similar “overdetermination”. To explain the change of attitude of the society by a change of ideological guard, as well as by the advances of the neoliberal, monetarist and neoconservative propaganda, would be to put the car in front of the horses.

For almost a century, the visible logic of democracy suggested that although some need – and more urgently – more social services than others, the existence of these services and their universal availability benefit everyone.

The orderly institution of the welfare state is in absolute contradiction with the prevailing climate in the consumer society; and this, regardless of the quality of the services offered. Just as the commercialization of a product can not be done without promoting (even mouth to mouth) the cult of difference and choice, the welfare state has no meaning if it does not appeal to the ideas of equality of need and rights of the mens. Consumerism and the welfare state are, therefore, incompatible. And the one that leads all to lose is the State; The pressure exerted by the consumer mentality is overwhelming. Although the services offered by the State were of a much higher quality, they would always carry a fundamental flaw: they lack the supposedly free choice of the consumer. And this defect disqualifies them, in the eyes of faithful consumers, believers and devotees, beyond all redemption.

The term “underclass” was used for the first time by Gunnar Myrdal in 1963, to point out the dangers of deindustrialization which, according to the fears of this author, would probably lead to large sectors of the population remaining unemployed and without any possibility of relocating in the labor market. Such a thing would happen, not because of deficiencies or moral defects of those sectors, but simply because of the lack of employment opportunities for those who needed and sought it. And it would not be the consequence, either, of the failure of the work ethic in its attempt to stimulate the population; It would be the defeat of society in general to guarantee everyone a life in accordance with the precepts of that ethic. The members of the marginalized class, in the sense that Myrdal gave to the expression, were the victims of exclusion. His new status was not, in any way, a voluntary self-marginalization; the exclusion was the product of economic logic, on which those condemned could not exercise any control.
The much-publicized resistance of the poor to the work ethic, as well as their refusal to participate in hard work as the honorable majority does, are enough to provoke the public’s anger and condemnation. But when the idea of ​​the inactive poor is accompanied by alarming news about rising crime and violence against the life and property of the honorable population, the condemnation leaves room for fear: not obeying the work ethic becomes an act that terrifies, besides being morally condemnable.
Poverty, then, ceases to be a matter of social policy to become a matter of criminal and criminal justice. The poor are no longer the marginalized of the consumer society, defeated in fierce competition; they are the declared enemies of society. Only a very thin line, very easy to cross, separates the beneficiaries from the assistance plans of drug traffickers, thieves and murderers. Those who live on social benefits are the recruiting field of criminal gangs: financing them is expanding the reserves that will fuel crime.

Linking poverty with crime has another effect: it helps to banish the world’s poor from moral obligations.
The essence of all morality is the impulse to feel responsible for the welfare of the weak, unfortunate and suffering; poverty turned into a crime tends to nullify that impulse and is the best argument against it. By becoming criminals – real or possible – the poor cease to be an ethical problem and free us from that responsibility. There is no longer an obligation to defend them against the cruelty of their destiny; we find ourselves, instead, faced with the imperative of defending the right and life of decent people against the attacks that are taking place in alleys, ghettos and marginal areas.
We said it above: if in today’s society the poor without work are no longer the “reserve army of labor”, from the point of view of the economy it does not make sense to keep them in case the need to summon them as producers.
The dependency has become a bad word. The welfare state is accused of promoting it, of raising it to the level of a self-perpetuating culture: and this is the supreme argument for dismantling that State. Moral responsibility is the first victim in this holy war against dependence, since dependence on the “Other” is only a reflection of one’s responsibility, the starting point of any moral relationship and the assumption on which all moral action is based. . While denigrating dependence on the poor as a sin, the work ethic, in its current version, offers relief to the moral scruples of the rich.

The poor are, plain and simple, a worry and a nuisance. They lack merits capable of alleviating – even less, of counteracting – their essential defect. They have nothing to offer in exchange for the disbursement made by the taxpayers. They are a bad investment, which will most likely never be returned, nor will it make a profit; a black hole that absorbs everything that comes close and does not return anything in return, except, perhaps, problems. Normal and honorable members of society – consumers – do not want or expect anything from them. They are totally useless. No one-no one who really matters, who can speak and be heard-needs them. For them, zero tolerance. Society would be much better if the poor disappeared from the scene. The world would be so nice without them! We do not need the poor; That’s why we do not want them. They can be abandoned to their destination without the slightest remorse.

Many crimes – and perhaps the most horrific in history – occurred because a warning did not appear on time or because of the complacent disbelief of those who did not want to hear the warning call. Today, as in the past, the choice is ours.
Patrick Curry, “the voluntary innocence of all is becoming the only possible alternative to the lack of collective solidarity.”

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