Todo está en tu cabeza — Suzanne O’Sullivan / Is It All in Your Head?: True Stories of Imaginary Illness by Suzanne O’Sullivan

Este es un magnífico libro de esta neuróloga irlandesa que nos acerca partiendo de su interés por la medicina como no saben muchos médicos a que dedicarse específicamente, partiendo de diferentes casos verídicos queda de manifiesto debe diferenciarse la enfermedad de otras sintomatologías encubiertas, con un lenguaje claro, me ha parecido un libro muy didáctico y recomendable que dicho sea de paso he leído más de una vez.

El término «psicosomático» designa los síntomas físicos provocados por motivos psicológicos. Las lágrimas y el sonrojo son algunos ejemplos, si bien son respuestas normales que no presuponen ninguna enfermedad. Solo cuando los síntomas psicosomáticos exceden la normalidad y dificultan o impiden nuestra capacidad para funcionar o ponen en peligro nuestra salud hablamos de enfermedad. A la sociedad moderna le gusta creer que la mente puede ayudarnos a sanar.
Los trastornos psicosomáticos son enfermedades en las que una persona sufre síntomas físicos significativos que le provocan una angustia y una incapacidad reales y que no se corresponden con los resultados de las exploraciones físicas o las pruebas médicas que se le realizan. Son trastornos médicos únicos. No obedecen a patrones. Pueden afectar a cualquier parte del cuerpo. En algunas personas pueden provocar dolor, como ocurre en el caso de los niños que experimentan dolor de barriga cuando los acosan en la escuela.
Las enfermedades psicosomáticas son un fenómeno mundial que no tiene nada que ver con ninguna cultura ni sistema de sanidad pública.
Los dos síntomas psicosomáticos más frecuentes son el cansancio y el dolor. Son síntomas difíciles de evaluar porque no pueden medirse de manera objetiva; solo pueden describirse. Sin embargo, para un neurólogo las enfermedades psicosomáticas suelen manifestarse como una pérdida de funciones, como una parálisis o una sordera. El paciente experimenta de manera subjetiva estos déficits, pero existen modos de verificarlos y cuantificarlos de manera objetiva, al menos en parte. El neurólogo es capaz de diferenciar con bastante fiabilidad una incapacidad debida a una enfermedad física orgánica de una provocada por una causa psicológica. En consecuencia, el neurólogo suele enfrentarse a un diagnóstico de enfermedad psicosomática con más frecuencia que otros especialistas.

El «trastorno de síntomas somáticos» se caracteriza por la presencia destacada de síntomas (corporales) somáticos que provocan malestar y afectan al correcto desarrollo de la vida normal sin que exista ninguna explicación médica o bien una explicación muy somera. El dolor es el síntoma más destacado. Puede ir acompañado por casi cualquier otra clase de síntoma, como cansancio o diarrea. La clave aquí no es el síntoma en sí, sino el comportamiento que lo rodea. Es decir, si la inquietud por la salud provoca una preocupación desmedida, ansiedad o una energía excesiva.
«Dolencia» no es sinónimo de enfermedad. La dolencia (también llamada «padecimiento») es la respuesta humana a la enfermedad. Describe la experiencia subjetiva de la persona en cuanto a sus sensaciones, pero no implica que exista una patología subyacente. Una dolencia puede ser tanto orgánica como psicológica.

La causa de una lipotimia puede radicar no ya en la frecuencia cardíaca ni en la presión arterial, sino en el propio cerebro. Así ocurre en enfermedades como la epilepsia. La secuencia de la epilepsia es distinta. En primer lugar, el ataque epiléptico produce un estallido de actividad cerebral indeseada en el cerebro. El paciente pierde conciencia cuando tal descarga eléctrica se propaga y domina el cerebro. La frecuencia cardíaca y la presión arterial pueden o no verse afectadas.
Había intentado hacerle ver a Pauline que las manifestaciones físicas de la infelicidad son algo que todos experimentamos, que no se trata de ningún defecto de la personalidad ni son ninguna señal de debilidad; sencillamente forman parte de la vida. Y la vida a veces es dura. Más dura para algunos que para otros. Todos manifestamos esa adversidad de un modo u otro: hay quien llora, quien se queja, quien duerme, quien deja de dormir, quien bebe, quien come, quien se enfada y quien sufre como Pauline.

Lo cierto es que, pese a todos los avances en la comprensión sobre cómo funciona el cerebro y cómo responden nuestros cuerpos al estrés, las pruebas de las que disponemos siguen siendo herramientas romas. Nuestro entendimiento acerca de cómo se forman los pensamientos y las ideas es aún muy limitado y no estamos más cerca de explicar la imaginación ni de entender o demostrar la realidad de las enfermedades que se originan en ella. Así pues, ¿cómo es posible estar seguro de un diagnóstico que se ofrece de un modo tan insustancial?
Con frecuencia, los médicos no suelen confrontar a los pacientes con trastornos psicosomáticos sospechados precisamente por ese motivo. Es demasiado difícil demostrar el diagnóstico, lo cual redunda en que posiblemente no se aceptará.

Explicarle a alguien que su incapacidad tiene una causa psicológica crea en la persona la sensación de que la están acusando de algo, de que le dicen que miente, finge o se imagina sus síntomas. Para que mis pacientes puedan recuperarse necesito que al menos tengan en cuenta que su dolencia puede tener una causa psicológica y que accedan a ver a un psiquiatra. E incluso cuando ellos lo hacen, sus familias suelen oponerse. El aspecto más importante y el más desafiante de mi papel es proporcionar apoyo al paciente y a su familia a lo largo del difícil periplo que deben realizar. No siempre me resulta fácil y no siempre lo consigo.

Creo en la naturaleza inconsciente e incontrolable de la incapacidad psicosomática y la acepto. Sin embargo, a muchos integrantes de la comunidad médica les cuesta tanto entenderla como a las personas corrientes. Puesto que la labor del médico es apaciguar los temores del paciente y disipar cualquier confusión acerca del diagnóstico, si el médico no está convencido, surge un problema.
Pasar por alto una enfermedad orgánica y poner con ello la vida del paciente en peligro (por no mencionar ya la culpa y las dudas sobre uno mismo que genera en el médico) es el error más temido por la profesión médica, pero no es necesariamente el peor. Es harto común que la enfermedad psicosomática se etiquete de manera incorrecta como orgánica en un primer momento. Tanto a los médicos como a los pacientes les resulta una opción más digerible, pese a ser incorrecta. No obstante, el daño que puede ocasionar este tipo de error suele subestimarse. Y puede ser inconmensurable.

Hay enfermedades cuyo patrón es tan variado que es fácil subestimarlas la primera vez que uno topa con ellas. Las enfermedades autoinmunes, como el lupus, pueden manifestarse de multitud de maneras distintas, sea como un sarpullido en la piel, un dolor articular o, simple y llanamente, cansancio. El lupus afecta a múltiples órganos, de ahí que pueda provocar una mezcla de signos confusos que dificultan su diagnóstico. A resultas de ello, algunos pacientes pueden ver a diversos médicos especialistas antes de que les ofrezcan un diagnóstico médico.
No obstante, incluso comparados con las enfermedades multisistémicas más agresivas, los trastornos psicosomáticos destacan por el poco respeto que tienen por una única parte del cuerpo. Ninguna función corporal se libra o se pasa por alto. A ello se suma la facilidad y rapidez con la que dichos trastornos saltan de un sitio a otro, cual pequeños roedores que huyen de ser cazados.

Algunos trastornos psicosomáticos son extremos y raros. Otros, en cambio, son tan frecuentes que, incluso si no le afectan a uno en persona, es probable que conozca a varias personas que los padezcan, pese a que muchas de esas personas por supuesto se opondrán con vehemencia a cualquier sugerencia de una causa provocada por el estrés. Los síntomas psicosomáticos son, por su propia naturaleza, una muestra de negación. Cuando es imposible calibrar un síntoma, se presenta una oportunidad ideal para que la negación florezca.
Cada persona percibe las sensaciones a su modo, aunque el método que nuestros cuerpos emplean para transmitir esos mensajes es idéntico en todos los casos.

No existe una única solución a la enfermedad psicosomática. Buscar una respuesta es como buscar una cura para la infelicidad. No existe una única respuesta porque no existe una única causa. En ocasiones basta con desentrañar qué objetivo persigue la enfermedad, con encontrar lo que falta e intentar sustituirlo. Si la enfermedad parece estar ayudando a resolver el problema de la soledad, entonces hay que tratar esa soledad y la enfermedad desaparecerá. También sirve detectar cuál es el beneficio que genera y tratarlo. O, si el problema radica en una inadecuación de las respuestas a los mensajes que envía el cuerpo, eso puede reaprenderse. Hay que romper los patrones del miedo y la elusión. Y en el caso de existir un trauma específico que detona la enfermedad, hay que trabajarlo. Pedir ayuda no debe dar vergüenza. Si no hay explicación y nada más ha ayudado, hay que hablar con un psiquiatra. ¿Qué puede perder? Solo tenemos una vida, ¿por qué no explorarla?
Cada uno de mis pacientes son personas únicas con una historia personal, su propio conjunto de problemas y su propia solución. Incluso aunque los síntomas de su aflicción sean muy similares, los caminos que los traen a mí no lo son. Cada uno de ellos me enseña algo importante, del mismo modo que cada nuevo paciente me recuerda que siempre queda algo por aprender. Ahora bien, pese a todas sus diferencias, hay algo que todos ellos comparten: la confusión de su periplo. Pero, si los neurólogos saben que los trastornos de conversión son tan frecuentes, ¿por qué los pacientes quedan tan conmocionados cuando se les explica que eso es lo que tienen? Si los síntomas psicosomáticos son tan ubicuos, ¿por qué estamos tan mal equipados para lidiar con ellos?.

Para que podamos considerar que una enfermedad grave tiene un origen psicológico es esencial que creamos que tal cosa es posible y que sepamos lo extrema que puede llegar a ser una enfermedad psicosomática algunas veces. Para que las personas acepten la realidad de la enfermedad psicosomática, es preciso que acepten el poder que la mente ejerce sobre el cuerpo. Aceptamos alegremente informes de personas que utilizan hipnosis en lugar de anestesia, el efecto placebo, el uso de psicólogos deportivos, homeopatía y medicinas alternativas, el efecto de la meditación y las dietas anticancerígenas y todos los ejemplos imaginables de en qué medida la mente puede influir en el cuerpo. Entonces ¿por qué nos resulta más difícil dar crédito a que la mente reproduzca síntomas físicos? Frente a todos los efectos positivos que puede tener la mente, también puede haberlos negativos. No tiene sentido seguir oponiéndose a esta idea: la incapacidad de origen psicológico está por todas partes, puede existir y existe. Es un problema frecuente que puede afectar a cualquiera, tanto a nosotros como a personas a quienes conocemos y queremos.

Nadie entiende completamente el mecanismo por el cual se produce la risa. Se han implicado en ella muchas partes del cerebro, pero no se ha identificado un único «centro de la risa». Es probable que la risa no sea un único fenómeno, que las distintas risas tengan distintas causas y se generen en zonas distintas del cerebro. Por eso una risa burlona no suele confundirse con una sincera, porque guardan relación con fenómenos diferentes.
La risa puede ser terapéutica. La ira contenida y la tristeza pueden transformares en risa y, al hacerlo, se logra liberar la tensión interna. La risa puede distraernos. Si estamos sufriendo estrés o tenemos miedo, podemos sentirnos mejor si lo suprimimos o negamos y, en su lugar, buscamos algo de lo que reír. Y la risa puede salir mal. En ocasiones puede ser señal de enfermedad. La risa inadecuada o descontrolada aparece en diversos trastornos psiquiátricos y neurológicos. En la manía se da una risa estridente desmedida. Las enfermedades que afectan al lóbulo frontal del cerebro pueden provocar risa inapropiada cuando el cerebro pierde la capacidad de discernir entre situaciones que pueden considerarse razonablemente oportunas para el humor y otras que no. Y también existe un tipo de epilepsia que se manifiesta como carcajadas sin alegría.
Aceptamos fácilmente estas distintas facetas de la risa. La risa es una demostración física de emociones cuyo mecanismo aún no se conoce por completo, no siempre está bajo nuestro control voluntario, afecta a todo nuestro cuerpo, nos corta la respiración y nos acelera el corazón. Tiene un cometido: libera tensión y comunica sentimientos. La risa es el síntoma psicosomático por excelencia. Es una parte tan natural de la experiencia humana que todas sus facetas se aceptan de manera universal.

This is a wonderful book by this Irish neurologist that brings us closer to her interest in medicine as many doctors do not know how to dedicate themselves specifically, starting from different truthful cases it is clear that the disease must be differentiated from other covert symptoms, with a clear language , I thought it was a very didactic and recommended book that, incidentally, I have read more than once.

The term “psychosomatic” refers to physical symptoms caused by psychological reasons. Tears and blushes are some examples, although they are normal responses that do not presuppose any disease. Only when the psychosomatic symptoms exceed the normality and hinder or impede our ability to function or endanger our health we talk about illness. Modern society likes to believe that the mind can help us heal.
Psychosomatic disorders are diseases in which a person suffers significant physical symptoms that cause a real anguish and disability and that do not correspond to the results of physical examinations or medical tests performed. They are unique medical disorders. They do not obey patterns. They can affect any part of the body. In some people they can cause pain, as in the case of children who experience belly pain when they are harassed at school.
Psychosomatic diseases are a global phenomenon that has nothing to do with any culture or public health system.
The two most frequent psychosomatic symptoms are fatigue and pain. They are difficult symptoms to evaluate because they can not be measured objectively; they can only be described. However, for a neurologist, psychosomatic illnesses usually manifest as a loss of functions, such as paralysis or deafness. The patient experiences these deficits in a subjective way, but there are ways to verify them and quantify them in an objective way, at least in part. The neurologist is able to reliably differentiate a disability due to an organic physical illness from one caused by a psychological cause. Consequently, the neurologist often faces a diagnosis of psychosomatic illness more frequently than other specialists.

The “somatic symptom disorder” is characterized by the prominent presence of somatic symptoms (body) that cause discomfort and affect the normal development of normal life without any medical explanation or a very brief explanation. Pain is the most prominent symptom. It can be accompanied by almost any other kind of symptom, such as fatigue or diarrhea. The key here is not the symptom itself, but the behavior that surrounds it. That is, if the concern for health causes excessive concern, anxiety or excessive energy.
«Ailment» is not synonymous with disease. The ailment (also called “suffering”) is the human response to the disease. Describes the subjective experience of the person in terms of their sensations, but does not imply that there is an underlying pathology. An ailment can be both organic and psychological.

The cause of a lipothymia may lie not in the heart rate or blood pressure, but in the brain itself. This is the case in diseases such as epilepsy. The sequence of epilepsy is different. First, epileptic seizure produces a burst of unwanted brain activity in the brain. The patient loses consciousness when such electric shock spreads and dominates the brain. Heart rate and blood pressure may or may not be affected.
I had tried to make Pauline see that the physical manifestations of unhappiness are something that we all experience, that it is not a personality defect, nor is it any sign of weakness; they are simply part of life. And life is sometimes hard. Harder for some than for others. We all manifest that adversity in one way or another: there are those who cry, who complain, who sleep, who stops sleeping, who drinks, who eats, who gets angry and who suffers like Pauline.

The truth is that, despite all the advances in understanding how the brain works and how our bodies respond to stress, the evidence we have is still a blunt tool. Our understanding of how thoughts and ideas are formed is still very limited and we are no closer to explaining the imagination or understanding or demonstrating the reality of the diseases that originate in it. So, how is it possible to be sure of a diagnosis that is offered in such an insubstantial way?
Doctors often do not confront patients with suspected psychosomatic disorders precisely because of this. It is too difficult to prove the diagnosis, which means that it may not be accepted.

Explaining to someone that their disability has a psychological cause creates in the person the feeling that they are being accused of something, that they tell them to lie, pretend or imagine their symptoms. In order for my patients to recover, I need them to at least take into account that their medical condition may have a psychological cause and that they agree to see a psychiatrist. And even when they do, their families often object. The most important and most challenging aspect of my role is to provide support to the patient and his family throughout the difficult journey they must carry out. It is not always easy for me and I do not always get it.

I believe in the unconscious and uncontrollable nature of psychosomatic disability and I accept it. However, many members of the medical community find it difficult to understand as well as ordinary people. Since the doctor’s job is to appease the patient’s fears and dispel any confusion about the diagnosis, if the doctor is not convinced, a problem arises.
To ignore an organic disease and thereby put the patient’s life in danger (not to mention the guilt and self-doubt that it generates in the doctor) is the most feared error by the medical profession, but it is not necessarily the worst. It is very common that the psychosomatic illness is incorrectly labeled as organic at first. Both doctors and patients find it a more digestible option, despite being incorrect. However, the damage that can cause this type of error is often underestimated. And it can be immeasurable.

There are diseases whose pattern is so varied that it is easy to underestimate them the first time you come across them. Autoimmune diseases, such as lupus, can manifest in a multitude of different ways, be it as a skin rash, joint pain or, simply and plainly, fatigue. Lupus affects multiple organs, hence it can cause a mixture of confusing signs that make it difficult to diagnose. As a result, some patients may see several medical specialists before they are offered a medical diagnosis.
However, even compared to the most aggressive multisystemic diseases, psychosomatic disorders stand out for the little respect they have for a single part of the body. No bodily function is spared or overlooked. Added to this is the ease and rapidity with which these disorders jump from one place to another, like small rodents that flee from being hunted.

Some psychosomatic disorders are extreme and rare. Others, on the other hand, are so frequent that, even if they do not affect you in person, you probably know several people who suffer from them, although many of those people will of course vehemently oppose any suggestion of a cause. caused by stress. Psychosomatic symptoms are, by their very nature, a sign of denial. When it is impossible to calibrate a symptom, it presents an ideal opportunity for denial to flourish.
Each person perceives the sensations in their own way, although the method that our bodies use to transmit these messages is identical in all cases.

There is no single solution to psychosomatic illness. Finding an answer is like looking for a cure for unhappiness. There is no single answer because there is no single cause. Sometimes it is enough to unravel what objective pursues the disease, to find what is missing and try to replace it. If the illness seems to be helping to solve the problem of loneliness, then that loneliness must be treated and the disease will disappear. It also helps to detect what the benefit is and treat it. Or, if the problem lies in an inadequacy of the responses to the messages sent by the body, this can be relearned. We must break the patterns of fear and avoidance. And in the case of a specific trauma that triggers the disease, it must be worked on. Asking for help should not be ashamed. If there is no explanation and nothing else has helped, you have to talk to a psychiatrist. What can you lose? We only have one life, why not explore it?
Each of my patients are unique people with a personal history, their own set of problems and their own solution. Even though the symptoms of your affliction are very similar, the paths that bring them to me are not. Each of them teaches me something important, in the same way that each new patient reminds me that there is always something to learn. Now, despite all their differences, there is something that they all share: the confusion of their journey. But, if neurologists know that conversion disorders are so frequent, why are patients so shocked when they are told that this is what they have? If psychosomatic symptoms are so ubiquitous, why are we so ill equipped to deal with them?

So that we can consider that a serious illness has a psychological origin, it is essential that we believe that such a thing is possible and that we know how extreme a psychosomatic illness can sometimes be. For people to accept the reality of psychosomatic illness, they must accept the power that the mind exerts over the body. We gladly accept reports of people using hypnosis instead of anesthesia, the placebo effect, the use of sports psychologists, homeopathy and alternative medicines, the effect of meditation and anti-cancer diets and all imaginable examples of how much the mind can influence in the body. So why is it harder for us to believe that the mind reproduces physical symptoms? In front of all the positive effects that the mind can have, there can also be negative ones. There is no point in continuing to oppose this idea: the incapacity of psychological origin is everywhere, it can exist and it exists. It is a frequent problem that can affect anyone, both us and people we know and want.

No one fully understands the mechanism by which laughter occurs. Many parts of the brain have been involved in it, but no single “center of laughter” has been identified. It is likely that laughter is not a single phenomenon, that the different laughter have different causes and are generated in different areas of the brain. That is why a mocking laugh is not usually confused with an honest one, because they are related to different phenomena.
Laughter can be therapeutic. The contained anger and the sadness can transform into laughter and, in doing so, it is possible to release the internal tension. Laughter can distract us. If we are suffering from stress or fear, we can feel better if we suppress or deny it and, instead, we look for something to laugh about. And laughter can go wrong. Sometimes it can be a sign of illness. Inadequate or uncontrolled laughter appears in various psychiatric and neurological disorders. In the mania there is an excessive, shrill laughter. Diseases that affect the frontal lobe of the brain can cause inappropriate laughter when the brain loses the ability to discern between situations that can be considered reasonably appropriate for humor and others that do not. And there is also a type of epilepsy that manifests as laughter without joy.
We easily accept these different facets of laughter. Laughter is a physical demonstration of emotions whose mechanism is not yet completely known, it is not always under our voluntary control, it affects our whole body, it cuts off our breathing and it speeds our hearts. It has a purpose: it releases tension and communicates feelings. Laughter is the psychosomatic symptom par excellence. It is such a natural part of human experience that all its facets are universally accepted.

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