La suerte — Nicholas Rescher / Luck: The Brilliant Randomness of Everyday Life by Nicholas Rescher

Este es un magnífico libro sobre la suerte algo tan en boca de todos nosotros los humanos y me parece otro de esos libros que podemos decir sobresalientes sobre la suerte en todas sus vertientes.

Nuestras expectativas pueden defraudarnos de dos maneras: 1) esperamos algo malo, pero lo que sucede es bueno (sorpresas felices); 2) esperamos algo bueno, pero lo que sucede es malo (decepciones). Aquí la suerte opera en ambos extremos de la balanza. Cabe presumir que el curso de la selección natural y racional -que ha producido una comunidad viable de criaturas racionales- será tal que habrá más sorpresas felices que decepciones. Pues, como las decepciones son física y psicológicamente peligrosas, los procesos selectivos de la evolución obrarán de un modo que favorezca una prudencia que produzca más errores de juicio favorables (sorpresas felices) que desfavorables (decepciones). Sobre esta base, la buena suerte parece destinada a tener más peso que la mala suerte.
Pero la buena suerte no siempre triunfa. La mala suerte también existe, e incluso tiene sus usos. Cuando las cosas salen mal, es mucho más reconfortante para el ego evitar el reconocimiento del fallo personal y echar la culpa a la mala suerte. La suerte es un utilísimo instrumento de autoexculpación. Salvaguardamos nuestra autoimagen y nuestra imagen pública cuando podemos soslayar la culpa personal achacando nuestros fracasos al hostil azar. (Desde luego, esta actitud nos impide sacar partido de las lecciones útiles que nos brinda la experiencia).

La palabra inglesa luck («suerte») es hija del siglo quince y deriva del alto alemán medieval gelücke (Glück en alemán moderno), que lamentablemente designa tanto la felicidad como la buena fortuna, condiciones que no necesariamente son idénticas. Desde sus orígenes, el término se ha aplicado a la buena o mala fortuna en el juego, en las competencias de destreza o en los acontecimientos azarosos en general.
Para hablar sobre la suerte necesitamos algo que no está disponible en todos los idiomas: una palabra que signifique «buena o mala fortuna adquirida inadvertidamente, por accidente o azar» (em zufälliges Glück oder Unglück). La palabra inglesa luck cumple esta función, al igual que la palabra castellana suerte.
¿El término suerte es estricta y literalmente aplicable fuera del ámbito humano? Es evidente que hablamos en forma figurada cuando decimos que el árbol tuvo suerte de que el huracán no lo arrancara. ¿Esto significa que los gatos y los perros no pueden tener suerte? En absoluto. Quizá los gatos y los perros no sepan agradecer su suerte, quizá no se den cuenta de que la tienen, pero ello no significa que no puedan tener suerte.

En cierto modo resulta irónico que la suerte (Fortuna) y la necesidad (Ananké) se considerasen aliadas y compañeras desde la antigüedad. Porque, de hecho, son opuestas: una, entregada al azar ciego e imprevisible, la otra, al hado predeterminado e inexorable. La relación se arraiga en la tendencia humana a ver la Razón trabajando por doquier, en el afán de atribuir a la mera casualidad cosas que tienen un peso fatídico para nosotros. (Esta tendencia a ver la planificación divina en los productos del azar se manifiesta claramente en el uso de sortilegios para tomar decisiones, desde la antigüedad clásica en adelante).

La suerte es una fuerza díscola que impide que la vida humana se someta por completo a la gestión racional. Su presencia en el escenario del mundo está confirmada por el poder del azar, el caos y la elección. La suerte y sus primas, el destino y la fortuna, vuelven difícil o imposible dirigir nuestra vida mediante la planificación y el designio. Las cosas de este mundo siempre adoptan un giro inesperado, como sugiere la ocurrente frase «La vida es lo que sucede cuando no estás haciendo planes». Era lugar común entre los griegos que ningún hombre se debía considerar afortunado hasta su muerte. En cualquier etapa el desastre puede trastocarlo todo, a pesar de nuestros esfuerzos y precauciones.
La tesis principal es que, nos guste o no, la suerte es una parte insoslayable de la condición humana. No podríamos existir como las criaturas que somos -y que en nuestros momentos más exultantes nos enorgullecemos de ser- si la mera y ciega suerte no fuera, para bien o para mal, un factor decisivo en nuestra vida.

La suerte significa que sucede algo bueno o malo que está fuera del horizonte de nuestra previsión. Hay una significativa diferencia entre la suerte y la fortuna. Somos afortunados si nos sucede algo bueno en el curso natural de las cosas, pero tenemos suerte si dicho beneficio nos llega a pesar de su carácter aleatorio, y sobre todo si ocurre contra las probabilidades y expectativas razonables. Una persona que por herencia posee dinero suficiente para viajar en primera clase es afortunada, pero no tiene suerte en el sentido más estricto. En cambio, el pasajero a quien trasladan de la clase económica a la primera clase por conveniencia de la línea aérea tiene suerte. El destino y la fortuna se relacionan con las condiciones y circunstancias de nuestra vida en general; la suerte, con los bienes y males fortuitos que recibimos.

La suerte, pues, implica tres cosas: 1) alguien que recibe un bien o un mal, 2) un acontecimiento que es benigno o maligno desde la perspectiva de los intereses del individuo afectado y que, más aún, 3) es fortuito (inesperado, azaroso, imprevisible).
La suerte siempre incorpora un elemento normativo de bien o de mal: alguien debe verse afectado positiva o negativamente por un acontecimiento para que su realización se pueda atribuir a la suerte. La suerte sólo entra en escena porque tenemos intereses, porque las cosas pueden afectarnos para mejor o para peor.

El azar abre las puertas de la suerte. Cuando el éxito llega contra todas las probabilidades, tenemos suerte. A la inversa, si fracasamos cuando las probabilidades favorecen el éxito, tenemos mala suerte.
El azar es uno de los factores que más limitan nuestra capacidad de predicción. Es una cuestión de resistencia por parte de los fenómenos; su operación tiene arraigo en la constitución objetiva, ontológica de las cosas. Los procesos de un mundo impregnado de azar y de caos -por no mencionar los caprichos de los agentes humanos- son en gran medida genuinamente aleatorios (o estocásticos) porque no se acomodan a ninguna regla definida que determine los resultados. Como la predicción no es sólo impracticable sino inviable, el mundo puede, teóricamente, pasar de un pasado fijo a futuros diferentes pero totalmente viables.

La gente toma muchas medidas para controlar y manipular la suerte. Veamos la difundida creencia de que la suerte (sea buena o mala) viene en rachas de tres y que el recurso a una cantidad de objetos o prácticas presuntamente trae buena o mala suerte. La superstición es rampante en este dominio. Supuestamente obtenemos buena suerte si llevamos una pata de conejo, usamos un amuleto, vemos nuestra estrella, encontramos un trébol de cuatro hojas, una herradura o un alfiler, nos cruzamos con números de la suerte, tropezamos al subir, tocamos a una persona famosa, comemos arenque el día de Año Nuevo y todo lo demás. Y también hay un sinfín de cosas que traen mala suerte: pasar debajo de una escalera, toparse con un gato negro, pisar las grietas de la acera, romper un espejo, toparse con el número 13 y otros números de mala suerte, desear éxito a un artista, mencionarle Macbeth a un actor anglosajón y así. Y para desviar la mala suerte cruzamos los dedos, tocamos madera, desarmamos el árbol de Navidad en Noche de Reyes. Esta presunta manipulación de la suerte es un absurdo lugar común.

La suerte es pues, para bien y para mal, un factor con el cual debemos conciliarnos en este mundo. Y en última instancia no querríamos que fuera de otra manera. El punto central es que la eliminación de la suerte no es viable (mientras los humanos seamos agentes libres) ni deseable (mientras seamos criaturas que no pueden medrar en un mundo sin azar). Una criatura en cuya vida la suerte no desempeñara ningún papel sería algo muy diferente de nosotros, condenada a una existencia que nosotros -constituidos tal como estamos- encontraríamos espantosa.

This is a great book about luck, something so much in the mouths of all of us humans and it seems to me another one of those books that we can say outstanding about luck in all its aspects.

Our expectations can disappoint us in two ways: 1) we expect something bad, but what happens is good (happy surprises); 2) we expect something good, but what happens is bad (disappointments). Here luck operates at both ends of the scale. Presumably, the course of natural and rational selection-which has produced a viable community of rational creatures-will be such that there will be more happy surprises than disappointments. For, since disappointments are physically and psychologically dangerous, the selective processes of evolution will work in a way that favors a prudence that produces more favorable errors of judgment (happy surprises) than unfavorable ones (disappointments). On this basis, good luck seems destined to have more weight than bad luck.
But good luck does not always triumph. Bad luck also exists, and it even has its uses. When things go wrong, it is much more comforting for the ego to avoid recognizing personal failure and blaming bad luck. Luck is a very useful instrument of self-exculpation. We safeguard our self-image and our public image when we can avoid personal guilt by blaming our failures on hostile chance. (Of course, this attitude prevents us from taking advantage of the useful lessons that the experience offers us).

The English word luck (“luck”) is the daughter of the fifteenth century and derives from the medieval German high gelücke (Glück in modern German), which unfortunately designates both happiness and good fortune, conditions that are not necessarily identical. From its origins, the term has been applied to good or bad luck in the game, in skills competitions or in random events in general.
To talk about luck we need something that is not available in all languages: a word meaning “good or bad luck inadvertently acquired, by accident or chance” (em zufälliges Glück oder Unglück). The English word luck meets this function, just like the Spanish word luck.
Is the term luck strictly and literally applicable outside the human domain? It is evident that we speak figuratively when we say that the tree was lucky that the hurricane did not pull it out. Does this mean that cats and dogs can not get lucky? Absolutely. Maybe cats and dogs do not know how to thank their luck, maybe they do not realize they have it, but that does not mean they can not get lucky.

In a way, it is ironic that luck (Fortuna) and necessity (Ananke) considered themselves allies and companions since antiquity. Because, in fact, they are opposite: one, delivered blindly and unpredictably, the other, to the predetermined and inexorable fate. The relationship is rooted in the human tendency to see Reason working everywhere, in the desire to attribute to mere chance things that have a fateful weight for us. (This tendency to see divine planning in the products of chance is clearly manifested in the use of spells to make decisions, from classical antiquity onwards).

Luck is a wayward force that prevents human life from completely submitting to rational management. His presence on the world stage is confirmed by the power of chance, chaos and choice. Luck and its cousins, fate and fortune, make it difficult or impossible to direct our lives through planning and design. The things of this world always take an unexpected turn, as the witty phrase “Life is what happens when you are not making plans” suggests. It was commonplace among the Greeks that no man should be considered fortunate until his death. At any stage, disaster can disrupt everything, despite our efforts and precautions.
The main thesis is that, like it or not, luck is an unavoidable part of the human condition. We could not exist like the creatures we are-and that in our most exultant moments we pride ourselves on being-if mere blind luck were not, for better or for worse, a decisive factor in our lives.

Luck means that something good or bad happens that is outside the horizon of our forecast. There is a significant difference between luck and fortune. We are fortunate if something good happens to us in the natural course of things, but we are lucky if this benefit comes to us in spite of its random nature, and above all if it occurs against reasonable odds and expectations. A person who by inheritance has enough money to travel first class is fortunate, but has no luck in the strictest sense. On the other hand, the passenger who is transferred from the economy class to the first class for the convenience of the airline is lucky. Destiny and fortune are related to the conditions and circumstances of our life in general; luck, with the fortuitous goods and evils that we receive.

Luck, then, implies three things: 1) someone who receives a good or an evil, 2) an event that is benign or malignant from the perspective of the interests of the affected individual and, moreover, 3) is fortuitous (unexpected , random, unpredictable).
Luck always incorporates a normative element of good or evil: someone must be affected positively or negatively by an event so that its realization can be attributed to luck. Luck only enters the scene because we have interests, because things can affect us for better or for worse.

Chance opens the doors of luck. When success comes against all odds, we’re lucky. Conversely, if we fail when probabilities favor success, we have bad luck.
Chance is one of the factors that most limit our ability to predict. It is a matter of resistance on the part of the phenomena; its operation is rooted in the objective, ontological constitution of things. The processes of a world impregnated with chance and chaos – not to mention the vagaries of human agents – are largely genuinely random (or stochastic) because they do not conform to any definite rule that determines the results. As the prediction is not only impracticable but unfeasible, the world can, theoretically, move from a fixed past to different but totally viable futures.

People take many measures to control and manipulate luck. Let’s see the widespread belief that luck (whether good or bad) comes in gusts of three and that recourse to a number of objects or practices presumably brings good or bad luck. Superstition is rampant in this domain. Supposedly we get good luck if we carry a rabbit’s foot, we use an amulet, we see our star, we find a four-leaf clover, a horseshoe or a pin, we cross lucky numbers, we stumble upon climbing, we touch a famous person, We eat herring on New Year’s Day and everything else. And there are also a lot of things that bring bad luck: go under a ladder, run into a black cat, step on cracks in the sidewalk, break a mirror, run into number 13 and other bad luck numbers, wish success an artist, to mention Macbeth to an Anglo-Saxon actor and so on. And to divert bad luck we crossed our fingers, we touched wood, we disarmed the Christmas tree in Twelfth Night. This alleged manipulation of luck is an absurd commonplace.

Luck is then, for good and for bad, a factor with which we must reconcile ourselves in this world. And ultimately we would not want it to be otherwise. The central point is that the elimination of luck is not viable (while humans are free agents) or desirable (while we are creatures that can not thrive in a world without chance). A creature in whose life luck played no role would be something very different from us, condemned to an existence that we-constituted as we are-would find frightful.

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