Cristianismo y sexualidad en la edad moderna — Merry E Wiesner Hanks / Christianity and Sexuality in the Early Modern World: Regulating Desire, Reforming Practice by Merry E Wiesner Hanks

Este me ha parecido un interesante libro muy recomendado sobre las ideas sexuales y cómo influye forjando el cristianismo a lo largo de su historia. Un libro debe ser leído además muy didáctico.
La historia de la sexualidad en Occidente no se caracterizaba por la represión creciente de un impulso biológico libre, sino por la «transformación del sexo en discurso». Este proceso empezó con la práctica cristiana de confesar los pecados a un sacerdote, rito en el que, primero los acto; y luego los pensamientos y deseos, se describen por medio del lenguaje. Esta práctica se extendió después de la Reforma ya que los católicos requerían confesiones más extensas y con mayor frecuencia y los protestantes constituyeron el examen personal de la conciencia por la confesión oral con un sacerdote. Foucault decía que a finales del siglo XVIII la sexualidad empezó a ser motivo de preocupación para las autoridades que estaban fuera de las instituciones religiosas; las autoridades políticas trataron de fomentar el crecimiento constante de la población.
La sexualidad moderna está estrechamente relacionada con el poder; no solamente con el poder de las autoridades para definirla y regularla, sino también con el poder inherente a cualquier relación sexual. Este poder —de hecho, cualquier poder, en opinión de Foucault— está íntimamente relacionado con el saber y «la voluntad de saber».

Muchos factores conformaron las ideas cristianas antiguas y medievales acerca del sexo, las instituciones que surgieron de esas ideas y a su vez las influenciaron, y las prácticas sexuales reales de los cristianos de Oriente próximo, africanos y europeos.
El sexo no era simplemente un asunto para tratados aprendidos durante los primeros siglos del cristianismo, aunque las prácticas reales son más difíciles de averiguar que las opiniones teóricas. La persecución esporádica de los cristianos por parte de las autoridades romanas condujo a martirios espectaculares, pero también llevó a la gente a realizar muchas de sus ceremonias en privado, de modo que quedan pocas fuentes históricas. La mayoría de los conversos al cristianismo o aquellos que nacieron en familias cristianas se casaban, en ceremonias que diferían muy poco de las de los romanos. El divorcio en caso de adulterio estaba permitido, aunque el segundo matrimonio mientras ambos esposos originales estuvieran vivos estaba prohibido, y no se veía bien el matrimonio con viudos y viudas. Parece que la mayor parte del clero estaba casada también, pues el primer intento de prohibir el matrimonio del clero no se hizo hasta principios del siglo IV.

El movimiento reformista también trajo consigo cambios en los matrimonios y vidas sexuales de las personas laicas. En su esfuerzo por afirmar la independencia y primacía de la autoridad religiosa, las autoridades de la Iglesia apoyaron la compilación de colecciones de leyes canónicas, la escritura de nuevas leyes y la expansión de la jurisdicción de los obispos y otros tribunales de la Iglesia. Así continuó durante varios siglos, y en el siglo XIII, el Derecho canónico y los tribunales de la Iglesia controlaban casi todos los aspectos del matrimonio.

En Rusia el mejor matrimonio era el no consumado. Esta creencia condujo a un tema recurrente en las vidas de los santos rusos, que era que fueran concebidos por una madre piadosa y abstinente, y nacidos de un milagro y no de una relación marital normal. También condujo a la idea popular de que Jesús había nacido de la oreja de María, sin contaminarse al pasar por el canal del nacimiento. Los niños se consideraban como el resultado de la voluntad de Dios, más que de la relación sexual, y la incapacidad de concebir se tomaba como una señal de la desaprobación de Dios. La menstruación marcaba a la mujer, y las mujeres que menstruaban no podían entrar en las iglesias ni comulgar; también se esperaba que las mujeres hicieran penitencia si abortaban. Que la gente aceptara o no en realidad, las enseñanzas de la Iglesia es algo difícil de asegurar, pues aunque las listas de penitencias y la ley de la Iglesia establecían las posiciones oficiales, no indican la fidelidad con la que la gente seguía los consejos de la Iglesia· Algunas cartas escritas en corteza de abedul, conservadas de la época de la Rusia medieval, contienen expresiones ocasionales de amor apasionado entre individuos, por lo que parece evidente que las enseñanzas de la Iglesia sobre la sexualidad y el cuerpo no se interiorizaban en algunos casos.

Junto con el poder y el dinero, el sexo fue parte integral de la Reforma protestante desde el principio. Uno de los primeros tratados de Lutero atacaba el valor de los votos de celibato y mantenía que el matrimonio era el mejor modo de vida cristiano; Lutero acompañó sus palabras con hechos y, en 1525, se casó con una monja que había huido de su convento, Katherine von Bora. Tanto Zuinglio como Calvino consideraron que la regulación de las actividades sexuales era tan importante como la regulación de la doctrina, y establecieron unos tribunales especiales para ocuparse de los casos morales y matrimoniales que llegaron a tener un gran poder; el lema de uno de aquellos tribunales era: “La disciplina es el nervio de la Iglesia”. Muchos de los grupos radicales desarrollaron ideas muy concretas respecto a la vida sexual adecuada para sus miembros y condenaron al ostracismo total huida o apartamiento.
Uno de los cambios más visibles que aportó la Reforma protestante fue el matrimonio de los clérigos. Aunque algunos sacerdotes medievales tardíos tenían concubinas o relaciones sexuales de corta duración con mujeres —a pesar de los intentos de la Iglesia en contra—, esto seguía siendo muy diferente de tener una esposa. Casi todos los reformadores protestantes continentales se casaron.
En casi todas las regiones protestantes, la solución final para los casos de discordia doméstica y otros problemas matrimoniales serios era el divorcio. Los tribunales protestantes suizos, alemanes, escoceses, escandinavos y franceses, siguiendo las ideas de sus reformadores, permitían los divorcios por adulterio e impotencia y, a veces, por contraer una enfermedad contagiosa, el abandono malicioso, la condena por un delito capital o el ataque mortal. Algunos permitían a ambas partes volverse a casar, y algunos sólo a la parte inocente. Aunque la diferencia de creencias religiosas no justificaba el divorcio, cuando iba acompañada del abandono de un cónyuge o de la negativa a desplazarse con el otro cónyuge, se concedían ocasionalmente los divorcios.

Los casos de fornicación también podían llevar a acusaciones de violación, aunque éstas fuesen bastante raras. Para asegurarse una condena tras una acusación de violación, la mujer tenía que demostrar que había gritado e intentado forcejear con el atacante, ir ante las autoridades rápidamente después del incidente y tener una reputación Intachable. En las mentes de algunos jueces, el embarazo refutaba la violación, porque una moderna teoría de cómo tenía lugar la concepción decía que la mujer también depositaba «semilla» en el orgasmo; el embarazo indicaba que la mujer había disfrutado de la relación y, Por tanto, no había violación. Esta noción no se aceptaba en todas Partes, sin embargo, y un obstáculo mayor para conseguir una condena por violación era la severidad de la sentencia si ésta se demostraba. La violación era en teoría un delito capital, aunque esto se consideraba demasiado duro en muchas comunidades; en lugar de ello a los hombres se les acusaba de delitos menores.

La sodomía se convirtió en un delito capital tanto en Inglaterra como en el Sacro Imperio Romano de 1530 en adelante, aunque las dos zonas la definen de manera ligeramente diferente; en el Imperio incluía relaciones entre dos hombres, dos mujeres o cualquier persona y un animal, mientras que en Inglaterra las relaciones entre dos mujeres no se mencionaban. Sin embargo, las definiciones teóricas no siempre importaban en realidad, pues tanto las autoridades de la Iglesia como las del Estado actuaban a veces sin ningún estatuto específico. El parlamento escocés, por ejemplo, rechazó una petición de las autoridades de la Iglesia escocesa para ilegalizar los vicios descritos en el Levítico, en el Antiguo Testamento, pero los tribunales ejecutaban a gente por sodomía y bestialidad de todos modos, y un jurista escocés del siglo XVIII señaló que la autoridad del Levítico era suficiente.

La Reforma protestante dividió al cristianismo occidental y fue responsable de cambios significativos en zonas que siguieron siendo igualmente católicas. Muchos historiadores consideran que los avances que hubo dentro de la Iglesia católica tras la Reforma protestante fueron dos movimientos interrelacionados; uno, un impulso hacia la Reforma interior, vinculado a anteriores esfuerzos reformistas y, el otro, una Contrarreforma que se oponía a los protestantes intelectual, política, militar e institucionalmente. Las medidas reformistas sugeridas a partir de finales de la Edad Media.
Las dudas católicas acerca del valor del celibato continuaron durante todo el Concilio de Trento. Muchos representantes ante el Concilio informaron de que la mayoría de los sacerdotes de sus zonas tenían concubinas, y que las acusaciones protestantes de hipocresía en el tema de la castidad clerical eran sin duda justificadas.
La masturbación seguía siendo un pecado mortal, según Sánchez, e incluso el orgasmo espontáneo debía rechazarse dentro de lo posible con rezos y pensamientos piadosos, pero entre los esposos casi todo lo que pudiera «mostrar y fomentar el amor mutuo» era aceptable. Además de varios otros teólogos católicos, como los dominicos Pedro de Ledesma (m. 1616) y Domingo de Soto (1495-1560), aseguraba que cualquiera de los cónyuges podía negarse a la relación sexual si pensaban que la familia era demasiado pobre y no podía mantenerse, o si la educación de los niños ya nacidos podía verse perjudicada por el nacimiento de otro. De manera incluso más sorprendente, Sánchez propuso que en una relación sexual fuera del matrimonio (que ya era un pecado mortal, naturalmente), el coitus interruptus fuera preferible a la relación completa, porque tener un hijo ilegítimo sólo empeoraba la situación.

El tribunal más (tristemente) famoso que funcionó durante la Edad Moderna fue la Inquisición en sus diversas formas: española, romana, holandesa o portuguesa. Igual que en los tribunales de obispos, el objetivo principal de la Inquisición era investigar la herejía, lo que en diferentes partes de Europa significaba cosas diferentes. En España y Portugal, la Inquisición se centró principalmente en los judíos y musulmanes conversos, y después en los sospechosos de prácticas mágicas y supersticiosas. En Italia y Holanda, investigó sobre todo a los sospechosos de protestantismo y libre pensamiento, y después de 1580 —cuando la heterodoxia religiosa había sido casi completamente erradicada—, a los acusados de prácticas mágicas. En todos esos lugares, sin embargo, ciertos hechos relacionados con la sexualidad también entraron bajo su jurisdicción, aunque esta jurisdicción era a veces cuestionada por los tribunales seculares o de obispos, y en algunos lugares, como Nápoles, funcionó a través de los tribunales de obispos.

La nueva definición de matrimonio establecida en el decreto Tametsi fue adoptando lentamente en la Europa católica. Las costumbres locales de compromiso y matrimonio, que contrastaban mucho con los requerimientos del Concilio de Trento, que exigían que fuesen hechos públicos y se llevasen a cabo de manera piadosa, siguieron manteniéndose a menudo durante décadas e incluso siglos, a veces en oposición a los deseos del clero local y, a veces, con su participación. En partes de Italia y de Francia, por ejemplo, la gente se preocupaba mucho de que algún vecino envidioso o malicioso pudiera lanzar un hechizo contra su matrimonio, así que no querían celebrar la boda públicamente. A pesar de las prohibiciones, iban a pueblos vecinos a ser bendecidos o empezaban las relaciones sexuales inmediatamente después de que fuese firmado el contrato de matrimonio (antes de la bendición sacerdotal) para que las fuerzas mágicas o demoníacas no intervinieran y causaran impotencia o disputas matrimoniales.

La actitud hacia a sexualidad que, a menudo, se llama con ligereza «puritana» era claramente compartida por los reformadores religiosos de todas las creencias en la Europa de la Edad Moderna. Las jerarquías católicas y ortodoxas sentían tanta suspicacia hacia el placer sexual como muchos protestantes y estaban igual de decididas a reformar o reprimir actividades sexuales que consideraban impropias de una comunidad piadosa. Los efectos reales de sus esfuerzos reformistas llegaron mucho más lentamente de lo que ellos habían previsto —igual que ocurrió entre los protestantes— y fueron aceptados de buena gana cuando encajaban con las tradiciones locales o cuando los sacerdotes y otros mandatarios que las aplicaron respondían a las ideas locales. Aunque el momento de su puesta en práctica varió ligeramente, toda Europa presenció la aparición de un creciente control clerical y burocrático del matrimonio y de la disciplina sexual durante los siglos XVI y XVII, acompañado por actividades e instituciones diseñadas para ayudar —u obligar— al clero y a los laicos a asumir reglas morales más estrictas. Las autoridades de la Iglesia y del Estado de toda Europa se desesperaban ante la incapacidad o desgana de la gente para vivir según las normas que deseaban imponer. Sin embargo, y hacia mediados del siglo XVIII, o incluso antes, decidieron que los castigos draconianos de la mayoría de los delitos morales o sexuales eran inútiles o poco apropiados.

La llegada de europeos y africanos al Caribe y a América Central Y del Sur trajo consigo cambios dramáticos. El contacto hispano-indio empezó entre 1492 y 1519 en el Caribe; en 1519, Hernán Cortés dirigió una fuerza expedicionaria a México y, dos años más tarde, venció al imperio azteca; en 1532, Francisco Pizarro capitaneó a un ejército que sometió al imperio inca. Desde estas bases, los funcionarios y colonos españoles establecieron varios tipos de unidades económicas y administrativas que trataban de sacar la riqueza natural y agrícola del Nuevo Mundo y proporcionar recursos al poder español. Trataron, por tanto, de organizar a la población indígena en unidades que pagaban impuestos o en grupos de trabajo, que funcionaron en determinadas zonas, pero que fallaron en otras, debido a la resistencia, unida a una dramática despoblación ocasionada por las enfermedades.
La política sobre el matrimonio tenía que ocuparse del tema de los africanos, además del de los europeos o del de los indios, pues había africanos en las expediciones tanto de Cortés como de Pizarro y empezaron a importarse esclavos de África en número importante a principios del siglo XVI. Los africanos trabajaban en minas y plantaciones a medida que éstas se iban estableciendo, pero también trabajaban en las ciudades como artesanos o sirvientes, y en algunas ciudades, a finales del siglo XVI, las personas de ascendencia africana superaban en número a cualquier otro grupo racial. La Corona fomentó oficialmente los matrimonios de esclavos con otros esclavos y prohibió a los amos que vendieran a los cónyuges separadamente para que se pudieran mantener las relaciones maritales; a causa de tales restricciones, los propietarios evitaban o no fomentaban el matrimonio de los esclavos.

Si es difícil hacer una generalización para el catolicismo en Europa, lo es aún más para Latinoamérica. Las autoridades de la Iglesia no tocaron en absoluto algunas zonas durante toda la Edad Moderna Y los grupos indígenas siguieron con sus prácticas habituales. En otras zonas había algunas pocas misiones aisladas, donde se enseñaba a los conversos nociones de cristianismo, rodeadas de vastos territorios cuyos habitantes eran hostiles al cristianismo y al poder político colonial, a los que consideraban, acertadamente, relacionados. En esas misiones y entre la población india y mestiza de todas partes, la idea del cristianismo que llegó a desarrollarse mezclaba las ideas indígenas y las enseñanzas cristianas, un proceso de negociación cultural que está siendo examinado actualmente por una serie de historiadores. Del mismo modo en que las parroquias cristianas y otras unidades eclesiásticas (llamadas doctrinas) se basaban en las unidades gubernamentales indígenas existentes y las prácticas de devoción cristiana, como el Día de los Muertos, iban adquiriendo más importancia si eran semejantes a ceremonias ya existentes.

Además de permitir las relaciones entre las castas, el concubinato era útil socialmente por diversas razones más. Los cónyuges estaban a menudo separados durante largos períodos de tiempo y las mujeres en particular podían pasar años sin saber si su marido estaba vivo o muerto. Para evitar acusaciones de bigamia, escogían, pues, una unión irregular.

El tema de la sodomía, sobre todo la sodomía masculina homosexual en la Latinoamérica colonial es complicado y bastante controvertido. Muchos viajeros europeos, clérigos y oficiales acusaron a algunos grupos de indios de sodomía, pero estas acusaciones eran a menudo parte de una lista estándar de prácticas que también incluían el canibalismo, el incesto, el coito anal y la poligamia, establecidas para demostrar la inferioridad o barbarie de ese grupo. (El canibalismo era una parte esencial de ese estereotipo, ya que la Corona española había prohibido la esclavización de los indios excepto de aquellos que fuesen caníbales.) Este complejo de acusaciones era a menudo usado para separar los indios «buenos» —aquellos que eran menos resistentes a la dominación española— de los «malos»
El proceso de cristianización en Latinoamérica solía ser descrito como una «conquista espiritual» en la que las creencias y prácticas indígenas fueron borradas gracias a una combinación de fuerza y persuasión, transformando la mayor parte de los países ele América Latina en países católicos según el modelo europeo. La difusión del cristianismo católico se ve ahora de un modo muy diferente, no sólo como conquista y resistencia, sino como un proceso de negociación cultural, durante el cual las ideas y prácticas cristianas fueron aceptadas pero también transformadas. Esta transformación no sólo incluyó a los pueblos indígenas, sino también a los europeos, africanos y gentes de razas mixtas; el cristianismo latinoamericano se convirtió en parte de una nueva cultura compartida, aunque una cultura con muchas diferencias locales.
La Iglesia católica en Latinoamérica tuvo un Papel importante en esta relación entre sexualidad y raza, como lo tuvo en otras partes del mundo a donde viajaron comerciantes y colonos europeos. Allí se unieron también las iglesias protestantes, y es en África y Asía donde podemos encontrar el desarrollo de una situación aún más compleja.

El desarrollo y funcionamiento de las instituciones cristianas para la regulación de la sexualidad en África fue paralelo al de Latinoamérica e muchos sentidos. En todas esas zonas, los miembros de las órdenes religiosas católicas eran el personal religioso más numeroso, casi todos procedentes de Europa. Estas órdenes religiosas a menudo establecían misiones o bien trataban de centralizar comunidades de conversos, comunidades en las que había autoridades religiosas y seculares. Personal religioso de todo tipo exigió el establecimiento de escuelas, aunque el número real de escuelas era mucho más pequeño de lo que hubieran deseado y casi toda la enseñanza religiosa era oral e informal. Se establecieron tribunales eclesiásticos a fin de vigilar la conformidad doctrinal y la moral sexual, pero su nivel de actividad y capacidad de imposición era sumamente errático.
En el norte de África, el Oriente Próximo y partes de Asia, el islam es el que dio forma principalmente a las normas y conductas sexuales, aunque con algunas adaptaciones a las prácticas locales. Los matrimonios mixtos jugaron un importante papel en el crecimiento del islam; Jos comerciantes árabes a menudo se casaban con las mujeres del lugar para conseguir el acceso al poder económico y político por medio de conexiones familiares; en estos hogares se mezclaban luego prácticas maritales, rituales religiosos y normas de conducta islámicas e indígenas para hombres y mujeres. Estas mezclas también iban tomando forma según la clase social; los hogares de clase más alta solían seguir las normas islámicas más estrictamente que los de las personas más corrientes.
Parece ser que las mujeres tuvieron un importante papel en la difusión del islam durante la vida de Mahoma (570-632), pero poco después la reclusión y el velo para las mujeres se convirtieron en parte de la ley oficial musulmana —la shari’a— que se considera que tiene autoridad divina.

El Corán recomienda el matrimonio para todos y las mujeres generalmente se casaban bastante jóvenes; los hombres solían casarse más tarde, cuando ya se habían establecido. Como el islam consideraba la sexualidad dentro del matrimonio u otras relaciones aprobadas como un bien positivo, la contracepción se aceptaba y, a juzgar por comentarios en textos médicos y legales, era práctica bastante común. Contrariamente al cristianismo, las relaciones sexuales en el islam no tenían que justificarse por la reproducción, aunque tener niños y sobre todo varones, se consideraba esencial para una buena vida. Este énfasis menor en la procreación puede haber tenido un papel en la tolerancia islámica hacia la homosexualidad entre hombres; aunque estaba oficialmente prohibida por la ley musulmana, no se castigaba con gran severidad y, en el período del califato abasí (750-1258), la literatura homoerótica que alababa la belleza de los jóvenes fue un género muy popular entre determinados círculos urbanos. Las relaciones heterosexuales fuera del matrimonio, especialmente el adulterio con una mujer casada, o el concubinato, se castigaban mucho más severamente en los hombres que las relaciones homosexuales.

La introducción del cristianismo en Norteamérica se inició en las zonas españolas del sudoeste y de Florida a principios del siglo XVI. Había un comercio regular entre las zonas españolas y el resto de Norteamérica, que llegó a incluir mercancías como rosarios u objetos decorados con símbolos cristianos, pero no ideas o instituciones cristianas. Estas no se establecieron hasta que el siglo XVII trajo consigo colonos permanentes del norte de Europa.
El desarrollo colonial de América, al norte de los territorios españoles y portugueses, se suele clasificar en tres grandes categorías. En el norte, a principios del siglo XVII, exploradores franceses y comerciantes de pieles establecieron pequeñas colonias y comerciaron con la población indígena. La población francesa total fue siempre muy pequeña durante todo el siglo XVII y la gran mayoría de inmigrantes franceses fueron hombres. A principios del siglo XVIII, esto había cambiado hasta cierto punto en las zonas orientales de lo que se convertiría en Canadá; en Acadia (la actual Nueva Escocia, New Brunswick e Isla del Príncipe Eduardo) y Quebec, se establecieron granjeros y pescadores franceses con sus familias. El oeste de Canadá siguió siendo una zona fronteriza en la que la mayoría de los europeos eran varones comerciantes de pieles, pues a las mujeres europeas les estuvieron prohibidas las zonas de comercio de pieles hasta 1820. Las compañías peleteras eran los auténticos gobernantes de muchas zonas de Canadá en los siglos XVII y XVIII, y había misioneros trabajando bajo su sombra en una relación marcada tanto por el conflicto como por la cooperación. El matrimonio mixto entre comerciantes franceses y mujeres indias era mucho más corriente que en las colonias inglesas, y el matrimonio a menudo vinculaba a los comerciantes con las comunidades indias.

En algunos sentidos, el patrón real de regulación sexual en el Sur se asemeja al de Nueva Inglaterra. Los delitos sexuales graves, como la sodomía, el bestialismo, la violación o el incesto eran muy raros, mientras que las ofensas morales menores, como la fornicación, la calumnia sexual, las relaciones sexuales durante el noviazgo o tener hijos fuera del matrimonio formaban una parte importante de los asuntos que oían los tribunales del condado. Algunas acciones que eran oficialmente ilegales —el matrimonio por la ley común o el sexo durante el noviazgo, por ejemplo— eran aceptados por mucha gente. Cálculos hechos en la zona de Chesapeake durante el siglo XVII nos descubren que los matrimonios por la ley común eran superiores en realidad a los matrimonios por la Iglesia, y que aproximadamente un tercio de las novias estaban embarazadas en la boda, una tasa dos o tres veces superior a la de Inglaterra durante el mismo período.

Las autoridades cristianas reconocían la importancia de regular la actividad sexual por medio de controles externos y normas internas mucho antes de la Edad Moderna. Aunque la conversión no traía consigo el derecho a divorciarse de un cónyuge no creyente, se animaba a los conversos no casados a casarse con otros conversos y llegó a prohibirse a los cristianos que se casaran con judíos y musulmanes.
A medida que los europeos desarrollaban sus imperios coloniales, la sangre se convirtió en un modo de describir las distinciones raciales además de las de la religión, la clase y la nacionalidad. En el caso de los judíos o los judíos conversos en España y su imperio, o los irlandeses gaélicos en Irlanda, las diferencias raciales y religiosas estaban unidas y se consideraban las tradiciones religiosas como signos de barbarie e inferioridad racial.
El cambio a lo largo del tiempo. Como hemos visto, en cada zona geográfica hay grandes preocupaciones acerca de la moralidad y la conducta sexual, seguidas por períodos de vigilancia menos intensa. Había también una lenta tendencia a que hubiera menos casos y castigos más suaves en el caso de delitos sexuales después de un punto álgido en algún momento de finales del siglo XVI o principios del XVII en Europa, y a finales del siglo XVII en las colonias. Acabaron las ejecuciones por sodomía y brujería; la fornicación no se perseguía, a menos que un niño necesitara sustento; no se daba por supuesto el infanticidio si moría un niño nacido fuera del matrimonio. En 1750 empezaban a desarrollarse nuevas ideas acerca de la naturaleza sexual de hombres y mujeres, de la importancia de la privacidad personal y familiar y de las fronteras adecuadas entre religión y Estado. Todas estas ideas jugarían un papel en el desarrollo de la sexualidad «moderna» y crearían un mundo en el que el cristianismo tendría un papel menor.

To my way of thinking an interesting book highly recommended on sexual ideas and how it influences forging Christianity throughout its history. A book must also be read very didactic.
The history of sexuality in the West was not characterized by the increasing repression of a free biological impulse, but by the “transformation of sex into discourse”. This process began with the Christian practice of confessing sins to a priest, a rite in which he first acts; and then the thoughts and desires are described by means of language. This practice was extended after the Reformation since Catholics required more extensive and more frequent confessions and Protestants constituted the personal examination of conscience by oral confession with a priest. Foucault said that at the end of the 18th century, sexuality began to be a concern for authorities outside of religious institutions; the political authorities tried to encourage the constant growth of the population.
Modern sexuality is closely related to power; not only with the power of the authorities to define and regulate it, but also with the power inherent in any sexual relationship. This power-in fact, any power, in Foucault’s opinion-is intimately related to knowledge and “the will to know.”

Many factors shaped the ancient and medieval Christian ideas about sex, the institutions that emerged from those ideas and in turn influenced them, and the actual sexual practices of Christians in the Near East, Africans and Europeans.
Sex was not simply a matter for treatises learned during the first centuries of Christianity, although real practices are harder to find out than theoretical opinions. The sporadic persecution of Christians by the Roman authorities led to spectacular martyrdoms, but it also led people to perform many of their ceremonies in private, so that few historical sources remain. Most converts to Christianity or those born in Christian families married, in ceremonies that differed very little from those of the Romans. Divorce in case of adultery was allowed, although the second marriage while both original spouses were alive was forbidden, and marriage with widows and widowers was not seen well. It seems that most of the clergy was also married, as the first attempt to ban the marriage of the clergy was not made until the beginning of the fourth century.

The reform movement also brought about changes in the marriages and sexual lives of the lay people. In their effort to affirm the independence and primacy of religious authority, Church authorities supported the compilation of collections of canonical laws, the writing of new laws and the expansion of the jurisdiction of bishops and other courts of the Church. This continued for several centuries, and in the thirteenth century, canon law and the courts of the Church controlled almost all aspects of marriage.

In Russia the best marriage was the non-consummate one. This belief led to a recurring theme in the lives of the Russian saints, which was that they were conceived by a pious and abstinent mother, and born of a miracle and not of a normal marital relationship. It also led to the popular idea that Jesus was born from Mary’s ear, untainted by passing through the birth canal. Children were seen as the result of God’s will, rather than sexual intercourse, and the inability to conceive was taken as a sign of God’s disapproval. Menstruation marked the woman, and menstruating women could not enter the churches or receive communion; it was also expected that women would do penance if they aborted. Whether or not people actually accepted the teachings of the Church is something difficult to assure, because although the lists of penances and the law of the Church established official positions, they do not indicate the fidelity with which people followed the advice of the Church. The Church · Some letters written in birch bark, preserved from the era of medieval Russia, contain occasional expressions of passionate love between individuals, so it seems evident that the Church’s teachings on sexuality and the body were not internalized in some cases.

Along with power and money, sex was an integral part of the Protestant Reformation from the beginning. One of Luther’s early treatises attacked the value of celibate vows and maintained that marriage was the best Christian way of life; Luther accompanied his words with deeds and, in 1525, he married a nun who had fled his convent, Katherine von Bora. Both Zwingli and Calvin considered that the regulation of sexual activities was as important as the regulation of doctrine, and established special tribunals to deal with the moral and matrimonial cases that came to have great power; the motto of one of those courts was: “Discipline is the nerve of the Church”. Many of the radical groups developed very concrete ideas regarding the sexual life suitable for their members and condemned to total ostracism flight or seclusion.
One of the most visible changes brought by the Protestant Reformation was the marriage of the clergy. Although some late medieval priests had concubines or short sexual relationships with women-despite the Church’s attempts against them-this was still very different from having a wife. Almost all continental Protestant reformers were married.
In almost all Protestant regions, the final solution for cases of domestic discord and other serious marital problems was divorce. The Swiss, German, Scottish, Scandinavian and French Protestant courts, following the ideas of their reformers, allowed divorces for adultery and impotence and, sometimes, for contracting a contagious disease, malicious abandonment, conviction for a capital crime or deadly attack. Some allowed both parties to remarry, and some only to the innocent party. Although the difference in religious beliefs did not justify divorce, when it was accompanied by the abandonment of a spouse or the refusal to move with the other spouse, divorces were occasionally granted.

Cases of fornication could also lead to rape accusations, even if they were quite rare. To secure a conviction after an accusation of rape, the woman had to demonstrate that she had shouted and tried to wrestle with the attacker, to go before the authorities quickly after the incident and to have an Intachable reputation. In the minds of some judges, pregnancy refuted rape, because a modern theory of how the conception took place said that the woman also deposited “seed” in the orgasm; the pregnancy indicated that the woman had enjoyed the relationship and, therefore, there was no violation. This notion was not accepted everywhere, however, and a major obstacle to getting a conviction for rape was the severity of the sentence if it was proved. Rape was in theory a capital crime, although this was considered too harsh in many communities; instead, men were accused of minor crimes.

Sodomy became a capital crime both in England and in the Holy Roman Empire from 1530 onwards, although the two zones define it in a slightly different way; in the Empire it included relations between two men, two women or any person and an animal, whereas in England relations between two women were not mentioned. However, the theoretical definitions did not always matter in reality, since both Church and State authorities sometimes acted without any specific status. The Scottish parliament, for example, rejected a request from the Scottish Church authorities to outlaw the vices described in Leviticus, in the Old Testament, but the courts executed people for sodomy and bestiality anyway, and a Scottish jurist of the 18th century noted that the authority of Leviticus was sufficient.

The Protestant Reformation divided Western Christianity and was responsible for significant changes in areas that remained equally Catholic. Many historians consider that the advances that were within the Catholic Church after the Protestant Reformation were two interrelated movements; one, an impulse towards the internal Reform, linked to previous reformist efforts and, the other, a Counter-Reformation that opposed the Protestants intellectually, politically, militarily and institutionally. The reformist measures suggested from the end of the Middle Ages.
Catholic doubts about the value of celibacy continued throughout the Council of Trent. Many representatives before the Council reported that most of the priests in their areas had concubines, and that the protestant accusations of hypocrisy on the subject of clerical chastity were undoubtedly justified.
Masturbation was still a mortal sin, according to Sanchez, and even spontaneous orgasm should be rejected as much as possible with prayers and pious thoughts, but among husbands almost everything that could “show and encourage mutual love” was acceptable. In addition to several other Catholic theologians, such as the Dominicans Pedro de Ledesma (d.1616) and Domingo de Soto (1495-1560), he claimed that either spouse could refuse to intercourse if they thought the family was too poor and not could be maintained, or if the education of children already born could be harmed by the birth of another. Even more surprisingly, Sánchez proposed that in a sexual relationship outside marriage (which was already a mortal sin, of course), coitus interruptus was preferable to the complete relationship, because having an illegitimate child only made the situation worse.

The most (sadly) famous court that worked during the Modern Age was the Inquisition in its various forms: Spanish, Roman, Dutch or Portuguese. As in the courts of bishops, the main objective of the Inquisition was to investigate heresy, which in different parts of Europe meant different things. In Spain and Portugal, the Inquisition focused mainly on converted Jews and Muslims, and later on suspects of magical and superstitious practices. In Italy and the Netherlands, he investigated mainly the suspects of Protestantism and free thought, and after 1580 – when religious heterodoxy had been almost completely eradicated – those accused of magical practices. In all of these places, however, certain facts related to sexuality also came under their jurisdiction, although this jurisdiction was sometimes questioned by secular courts or by bishops, and in some places, such as Naples, it worked through the courts of law. bishops

The new definition of marriage established in the Tametsi decree was slowly adopted in Catholic Europe. The local customs of commitment and marriage, which contrasted sharply with the requirements of the Council of Trent, which demanded that they be made public and carried out piously, continued to be maintained for decades and even centuries, sometimes in opposition to the wishes of the local clergy and, sometimes, with their participation. In parts of Italy and France, for example, people were very concerned that some envious or malicious neighbor might cast a spell against their marriage, so they did not want to celebrate the wedding publicly. Despite the prohibitions, they went to neighboring towns to be blessed or began sexual relations immediately after the marriage contract was signed (before the priestly blessing) so that magical or demonic forces would not intervene and cause impotence or marital disputes. .

The attitude toward sexuality that is often called “puritanical” lightness was clearly shared by religious reformers of all beliefs in the Europe of the Modern Age. The Catholic and Orthodox hierarchies felt as much suspicion of sexual pleasure as many Protestants and were equally determined to reform or repress sexual activities that they considered inappropriate for a pious community. The real effects of their reformist efforts came much more slowly than they had anticipated – as it did among Protestants – and they were accepted willingly when they fit in with local traditions or when priests and other leaders who applied them responded to the local ideas Although the timing of its implementation varied slightly, all of Europe witnessed the emergence of an increasing clerical and bureaucratic control of marriage and sexual discipline during the sixteenth and seventeenth centuries, accompanied by activities and institutions designed to help-or compel-the clergy and the laity to assume stricter moral rules. The authorities of the Church and of the State of all Europe despaired before the incapacity or reluctance of the people to live according to the norms that they wished to impose. However, by the middle of the eighteenth century, or even earlier, they decided that the draconian punishments of most moral or sexual crimes were useless or inappropriate.

The arrival of Europeans and Africans to the Caribbean and to Central and South America brought dramatic changes. Spanish-Indian contact began between 1492 and 1519 in the Caribbean; in 1519, Hernán Cortés led an expeditionary force to Mexico and, two years later, defeated the Aztec empire; in 1532, Francisco Pizarro captained an army that subdued the Inca Empire. From these bases, Spanish officials and settlers established various types of economic and administrative units that sought to extract the natural and agricultural wealth of the New World and provide resources to Spanish power. They tried, therefore, to organize the indigenous population into units that paid taxes or work groups, which worked in certain areas, but failed in others, due to resistance, together with a dramatic depopulation caused by diseases.
The policy on marriage had to deal with the subject of the Africans, in addition to the Europeans or the Indians, since there were Africans in the expeditions of both Cortes and Pizarro and African slaves began to be imported in important numbers at the beginning of the century XVI. Africans worked in mines and plantations as they became established, but also worked in cities as artisans or servants, and in some cities, at the end of the sixteenth century, people of African descent outnumbered any other racial group . The Crown officially encouraged slave marriages with other slaves and forbade the masters from selling spouses separately so that marital relations could be maintained; Because of such restrictions, the owners avoided or did not encourage the marriage of the slaves.

If it is difficult to make a generalization for Catholicism in Europe, it is even more so for Latin America. The authorities of the Church did not touch at all some areas during all the Modern Age And the indigenous groups followed with their habitual practices. In other areas there were a few isolated missions, where conversos were taught notions of Christianity, surrounded by vast territories whose inhabitants were hostile to Christianity and colonial political power, which they considered, rightly, related. In those missions and among the Indian and mestizo population everywhere, the idea of ​​Christianity that developed came to mix indigenous ideas and Christian teachings, a process of cultural negotiation that is currently being examined by a number of historians. In the same way that Christian parishes and other ecclesiastical units (called doctrines) were based on existing indigenous governmental units, and practices of Christian devotion, such as the Day of the Dead, were becoming more important if they were similar to existing ceremonies.

In addition to allowing relations between castes, concubinage was socially useful for several other reasons. The spouses were often separated for long periods of time and women in particular could spend years not knowing if their husband was alive or dead. To avoid accusations of bigamy, they chose, then, an irregular union.

The issue of sodomy, especially homosexual male sodomy in colonial Latin America is complicated and quite controversial. Many European travelers, clerics and officers accused some groups of sodomy Indians, but these accusations were often part of a standard list of practices that also included cannibalism, incest, anal intercourse and polygamy, established to demonstrate inferiority or barbarism of that group. (Cannibalism was an essential part of that stereotype, since the Spanish Crown had banned the enslavement of the Indians except those who were cannibals.) This complex of accusations was often used to separate “good” Indians-those who were less resistant to Spanish domination – of the “bad guys”
The process of Christianization in Latin America used to be described as a “spiritual conquest” in which indigenous beliefs and practices were erased thanks to a combination of force and persuasion, transforming most Latin American countries into Catholic countries according to the model European. The diffusion of Catholic Christianity is now seen in a very different way, not only as conquest and resistance, but as a process of cultural negotiation, during which Christian ideas and practices were accepted but also transformed. This transformation not only included indigenous peoples, but also Europeans, Africans and people of mixed races; Latin American Christianity became part of a new shared culture, albeit a culture with many local differences.
The Catholic Church in Latin America played an important role in this relationship between sexuality and race, as it did in other parts of the world where European merchants and settlers traveled. There also joined the Protestant churches, and it is in Africa and Asia where we can find the development of an even more complex situation.

The development and functioning of Christian institutions for the regulation of sexuality in Africa was parallel to that of Latin America in many ways. In all these areas, the members of the Catholic religious orders were the most numerous religious personnel, almost all from Europe. These religious orders often established missions or tried to centralize communities of converts, communities in which there were religious and secular authorities. Religious personnel of all kinds demanded the establishment of schools, although the actual number of schools was much smaller than they would have liked and almost all religious education was oral and informal. Ecclesiastical courts were established in order to monitor doctrinal conformity and sexual morality, but their level of activity and ability to impose was extremely erratic.
In North Africa, the Near East and parts of Asia, Islam is the one that mainly shaped sexual norms and behaviors, albeit with some adaptations to local practices. Mixed marriages played an important role in the growth of Islam; Arab merchants often married local women to gain access to economic and political power through family connections; In these homes, marital practices, religious rituals and Islamic and indigenous rules of conduct were mixed for men and women. These mixtures were also taking shape according to social class; higher-class households used to follow Islamic norms more strictly than those of ordinary people.
It seems that women played an important role in the spread of Islam during the life of Muhammad (570-632), but soon after, the seclusion and veil for women became part of the official Muslim law – shari’a – which is considered to have divine authority.

The Qur’an recommends marriage for all and women generally get married fairly young; Men used to marry later, when they had settled. As Islam considered sexuality within marriage or other relationships approved as a positive good, contraception was accepted and, judging by comments in medical and legal texts, was fairly common practice. Contrary to Christianity, sexual relations in Islam did not have to be justified by reproduction, although having children and especially males, was considered essential for a good life. This minor emphasis on procreation may have played a role in Islamic tolerance toward homosexuality among men; although it was officially forbidden by Muslim law, it was not punished with great severity and, in the period of the Abbasid caliphate (750-1258), the homoerotic literature praising the beauty of young people was a very popular genre among certain urban circles. Heterosexual relationships outside marriage, especially adultery with a married woman, or cohabitation, were punished much more severely in men than homosexual relationships.

The introduction of Christianity in North America began in the Spanish areas of Southwest and Florida at the beginning of the sixteenth century. There was regular trade between the Spanish areas and the rest of North America, which came to include goods such as rosaries or objects decorated with Christian symbols, but not Christian ideas or institutions. These were not established until the seventeenth century brought permanent settlers from northern Europe.
The colonial development of America, north of the Spanish and Portuguese territories, is usually classified into three broad categories. In the north, at the beginning of the 17th century, French explorers and fur merchants established small colonies and traded with the indigenous population. The total French population was always very small throughout the seventeenth century and the vast majority of French immigrants were men. By the early eighteenth century, this had changed to some extent in the eastern areas of what would become Canada; in Acadia (now Nova Scotia, New Brunswick and Prince Edward Island) and Quebec, French farmers and fishermen settled with their families. Western Canada continued to be a border area where most Europeans were male fur traders, as European women were banned from the fur trade areas until 1820. Fur companies were the true rulers of many areas of Canada in the seventeenth and eighteenth centuries, and there were missionaries working under its shadow in a relationship marked by both conflict and cooperation. Mixed marriage between French merchants and Indian women was much more common than in the English colonies, and marriage often linked merchants with Indian communities.

In some ways, the actual pattern of sexual regulation in the South resembles that of New England. Serious sexual offenses such as sodomy, bestiality, rape or incest were very rare, while minor moral offenses such as fornication, sexual slander, sexual intercourse during courtship or having children out of wedlock formed a important part of the issues heard by county courts. Some actions that were officially illegal – marriage by common law or sex during courtship, for example – were accepted by many people. Calculations made in the Chesapeake area during the seventeenth century show us that marriages by common law were actually superior to marriages by the Church, and that approximately one third of brides were pregnant at the wedding, a two or three rate times higher than that of England during the same period.

The Christian authorities recognized the importance of regulating sexual activity by means of external controls and internal norms long before the Modern Age. Although conversion did not bring with it the right to divorce an unbelieving spouse, unmarried converts were encouraged to marry other converts and Christians were forbidden to marry Jews and Muslims.
As Europeans developed their colonial empires, blood became a way of describing racial distinctions in addition to those of religion, class and nationality. In the case of Jews or Jewish converts in Spain and their empire, or the Irish Gaelic in Ireland, racial and religious differences were linked and religious traditions were considered as signs of barbarism and racial inferiority.
The change over time. As we have seen, in each geographical area there are great concerns about morality and sexual behavior, followed by periods of less intense vigilance. There was also a slow tendency to have fewer cases and softer punishments in the case of sexual offenses after a peak at some point in the late sixteenth or early seventeenth century in Europe, and at the end of the seventeenth century in the colonies. They ended the executions for sodomy and witchcraft; Fornication was not pursued, unless a child needed sustenance; infanticide was not taken for granted if a child born out of wedlock died. In 1750, new ideas began to develop about the sexual nature of men and women, the importance of personal and family privacy, and the proper boundaries between religion and the State. All these ideas would play a role in the development of “modern” sexuality and create a world in which Christianity would play a minor role.

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