El choque de civilizaciones — Samuel P. Huntington / The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order by Samuel P. Huntington

Bajo el subtítulo de la reconfiguración del orden mundial, me parece un magnífico libro y fundamental en cuanto que siempre que se lee está vigente y sin duda releído varias veces es un libro de los de cabecera. El presente libro no es, ni pretende ser, una obra de ciencias sociales. Intenta ser más bien una interpretación de la evolución de la política global tras la guerra fría. Aspira a ofrecer una estructura, un paradigma, para ver la política global, que sea válida para los estudiosos y útil para los decisores políticos. La piedra de toque de su validez y utilidad no es si da cuenta de todo lo que está aconteciendo en la política global.

Los años que siguieron a la guerra fría fueron testigos del alborear de cambios espectaculares en las identidades de los pueblos, y en los símbolos de dichas identidades. Consiguientemente, la política global empezó a reconfigurarse en torno a lineamientos culturales. Las banderas al revés eran un signo de la transición, pero, cada vez más, ondean altas y al derecho, y tanto los rusos como otros pueblos se movilizan y caminan resueltamente tras éstos y otros símbolos de sus nuevas identidades culturales.
En el mundo de la posguerra fría, las banderas son importantes y también símbolos de identidad cultural, entre ellos las cruces, las medias lunas, e incluso los modos de cubrirse la cabeza, porque la cultura tiene importancia, y la identidad cultural es lo que resulta más significativo para la mayoría de la gente. Las personas están descubriendo identidades nuevas, pero a menudo también viejas, y caminan resueltamente bajo banderas nuevas, pero con frecuencia también viejas, que conducen a guerras con enemigos nuevos, pero a menudo también viejos.
-por primera vez en la historia, la política global es a la vez multipolar y multicivilizacional; la modernización económica y social no está produciendo ni una civilización universal en sentido significativo, ni la occidentalización de las sociedades no occidentales.
-el equilibrio de poder entre civilizaciones está cambiando: Occidente va perdiendo influencia relativa, las civilizaciones asiáticas están aumentando su fuerza económica, militar y política, el islam experimenta una explosión demográfica de consecuencias desestabilizadoras para los países musulmanes y sus vecinos, y las civilizaciones no occidentales reafirman por lo general el valor de sus propias culturas.
-está surgiendo un orden mundial basado en la civilización; las sociedades que comparten afinidades culturales cooperan entre sí; los esfuerzos por hacer pasar sociedades de una civilización a otra resultan infructuosos; y los países se agrupan en torno a los Estados dirigentes o centrales de sus civilizaciones.
-las pretensiones universalistas de Occidente le hacen entrar cada vez más en conflicto con otras civilizaciones, de forma más grave con el islam y China, mientras que, en el plano local, las guerras en las líneas de fractura, sobre todo entre musulmanes y no musulmanes, generan «la solidaridad de los países afines», la amenaza de escalada y, por tanto, los esfuerzos por parte de los Estados centrales para detener dichas guerras.
-la supervivencia de Occidente depende de que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental y los occidentales acepten su civilización como única y no universal, así como de que se unan para renovarla y preservarla frente a los ataques procedentes de sociedades no occidentales. Evitar una guerra mundial entre civilizaciones depende de que los líderes mundiales acepten la naturaleza de la política global, con raíces en múltiples civilizaciones, y cooperen para su mantenimiento.

La cultura islámica explica en gran medida la incapacidad de la democracia para abrirse paso en buena parte del mundo musulmán. Las nuevas circunstancias de las sociedades poscomunistas de Europa Oriental y de la antigua Unión Soviética están configuradas por su identidad, marcada a su vez por una civilización. Las que cuentan con herencias cristianas occidentales están progresando hacia el desarrollo económico y una política democrática; las perspectivas de avance económico y político en los países ortodoxos son inciertas; en las repúblicas musulmanas, dichas perspectivas no son nada prometedoras.
Occidente es y seguirá siendo en los años venideros la civilización más poderosa. Viéndose el decaimiento de Occidente. La política global se ha vuelto multipolar y multicivilizacional.

Aunque los Estados siguen siendo los actores básicos de los asuntos mundiales, también sufren pérdidas de soberanía, de funciones y de poder. Actualmente, las instituciones internacionales afirman su derecho a juzgar y a restringir la actuación de los Estados en su propio territorio. En algunos casos, sobre todo en Europa, las instituciones internacionales han asumido importantes funciones anteriormente desempeñadas por los Estados y se han creado poderosas burocracias internacionales cuya actividad afecta directamente a cada uno de los ciudadanos. A escala planetaria ha habido una tendencia favorable a que las administraciones de los Estados pierdan poder también delegándolo en entidades políticas subestatales, regionales, provinciales y locales. En muchos Estados, entre ellos los pertenecientes al mundo desarrollado, existen movimientos regionales que promueven una autonomía importante o la secesión. Las administraciones de los Estados han perdido en buena medida la capacidad de controlar la corriente de dinero que entra y sale de su país y cada vez tienen mayor dificultad en controlar los movimientos de ideas, tecnología, bienes y personas.

Cada civilización se considera el centro del mundo y escribe su historia como el drama central de la historia humana. Quizá esto se puede decir con más verdad incluso de Occidente que de otras culturas. Sin embargo, tales puntos de vista polarizados por una única civilización tienen una aplicabilidad y utilidad cada vez menores en un mundo multicivilizacional.
Los elementos fundamentales de cualquier cultura o civilización son la lengua y la religión. Si está surgiendo una civilización universal, debería haber tendencias hacia la aparición de una lengua universal y una religión universal. Eso es lo que se afirma a menudo con respecto a la lengua. «La lengua del mundo es el inglés», en palabras del editor de Wall Street Journal. Esto puede significar dos cosas, de las cuales sólo una apoyaría el argumento en favor de una civilización universal. Podría significar que una proporción cada vez mayor de la población mundial habla inglés. No hay pruebas que respalden esta afirmación, y la más fiable que de hecho existe, que reconocidamente no puede ser muy precisa, demuestra precisamente lo contrario.
A la larga, sin embargo, Mahoma tiene las de ganar. El cristianismo se difunde principalmente por conversión, el islam por conversión y reproducción. El porcentaje de cristianos en el mundo alcanzó su máximo en los años ochenta, con aproximadamente un 30%, se estabilizó, ahora está descendiendo y probablemente se situará en torno al 25% de la población mundial en el 2025. Como resultado de sus tasas de crecimiento demográfico extremadamente altas (véase el capítulo 5), la proporción de musulmanes en el mundo continuará aumentando espectacularmente, llegarán al 20% de la población mundial hacia el cambio de siglo, sobrepasarán el número de cristianos unos años después, y probablemente representarán en torno al 30% de la población mundial para el 2025.

La expansión de Occidente ha promovido tanto la modernización como la occidentalización de las sociedades no occidentales. Los líderes políticos e intelectuales de dichas sociedades han reaccionado al impacto de Occidente de una de estas tres maneras, por lo menos: rechazar tanto la modernización como la occidentalización; aceptar ambas; aceptar la primera y rechazar la segunda.
Modernización, dicho en pocas palabras, no significa necesariamente occidentalización. Las sociedades no occidentales se pueden modernizar y se han modernizado de hecho sin abandonar sus propias culturas y sin adoptar indiscriminadamente valores, instituciones y prácticas occidentales. Esto último, desde luego, puede resultar casi imposible: sean cuales sean los obstáculos que las culturas no occidentales plantean a la modernización, palidecen ante los que plantean a la occidentalización. Como dice Braudel, casi «resultaría infantil» pensar que la modernización o el «triunfo de la civilización en singular» llevaría al final de la pluralidad de las culturas históricas encarnadas durante siglos en las grandes civilizaciones del mundo. La modernización, por el contrario, fortalece esas culturas y reduce el poder relativo de Occidente. En muchos aspectos, el mundo se está haciendo más moderno y menos occidental.

La decadencia de Occidente tiene tres características básicas.
En primer lugar, es un proceso lento. La progresión del poder occidental duró cuatrocientos años. Su regresión podría durar otro tanto. En la pasada década de los ochenta, el distinguido estudioso británico Hedley Bull afirmó que «la dominación europea u occidental de la sociedad internacional universal se podría decir que alcanzó su apogeo hacia el año 1900».
En segundo lugar, la decadencia no avanza describiendo una línea recta. Es muy irregular, con pausas, retrocesos y reafirmaciones del poder occidental a renglón seguido de manifestaciones de su debilidad. Las sociedades democráticas abiertas de Occidente tienen grandes potenciales de renovación. Además, a diferencia de muchas civilizaciones, Occidente ha tenido dos centros principales de poder. La decadencia cuyo comienzo veía Bull hacia 1900 era esencialmente la decadencia del componente europeo de la civilización occidental. De 1910 a 1945, Europa estuvo dividida y preocupada por sus problemas internos económicos, sociales y políticos. En los años cuarenta, sin embargo, comenzó la fase norteamericana de la dominación occidental.
En tercer lugar, el poder es la capacidad de una persona o un grupo de cambiar la conducta de otra persona o grupo. La conducta se puede cambiar mediante incentivos, coacciones o exhortaciones, lo cual exige que quien ejerza el poder tenga recursos económicos, militares, institucionales, demográficos, políticos, tecnológicos, sociales o de otro tipo. Por tanto, el poder de un Estado o grupo se calcula normalmente evaluando los recursos de que dispone, frente a los de los demás Estados o grupos sobre los que intenta influir. La porción controlada por Occidente de la mayoría de los recursos importantes de poder (aunque no de todos) alcanzó su punto culminante a principios del siglo XX.

Los movimientos favorables al renacimiento religioso son antilaicos, antiuniversalistas y, salvo en sus manifestaciones cristianas, antioccidentales. Además se oponen al relativismo, egotismo y consumismo asociados con lo que Bruce B. Lawrence ha denominado «modernismo», como distinto de «modernidad». Por lo general no rechazan la urbanización, la industrialización, el desarrollo, el capitalismo, la ciencia ni la tecnología, ni lo que todo esto supone para la organización de la sociedad. En este sentido, no son antimodernos. Aceptan la modernización, como observa Lee Kuan Yew, y «lo inevitable de la ciencia y la tecnología, y el cambio en los estilos de vida que traen consigo», pero son «poco receptivos a la idea de ser occidentalizados». Ni el nacionalismo ni el socialismo, afirma Al-Turabi, produjeron desarrollo en el mundo islámico. «La religión», sin embargo, «es el motor del desarrollo», y un islam purificado desempeñará en la época contemporánea un papel parecido al de la ética protestante en la historia de Occidente, pues el islam no es una religión incompatible con el desarrollo de un Estado moderno.
La indigenización y el renacimiento de la religión son fenómenos globales. Sin embargo, han sido muy evidentes en la autoafirmación cultural y las impugnaciones a Occidente procedentes de Asia y del islam. Éstas han sido las civilizaciones dinámicas del último cuarto del siglo XX. El desafío islámico se manifiesta en el resurgimiento cultural, social y político generalizado del islam en el mundo musulmán y el correlativo rechazo de los valores e instituciones occidentales. El desafío asiático se manifiesta en todas las civilizaciones del este de Asia —sínica, japonesa, budista y musulmana— y subraya sus diferencias culturales respecto a Occidente y, a veces, los elementos comunes que comparten, a menudo identificados con el confucianismo. Tanto asiáticos como musulmanes subrayan la superioridad de sus culturas frente a la cultura occidental.

El virus occidental y la esquizofrenia cultural. Mientras que los líderes de Australia se embarcaban en una búsqueda de Asia, los de otros países desgarrados —Turquía, México, Rusia— intentaban incorporar Occidente a sus sociedades y a sus sociedades a Occidente. Hasta 1995, ninguno de estos esfuerzos de redefinición cultural había tenido éxito. La experiencia histórica demuestra palmariamente la fuerza, poder de recuperación y viscosidad de las culturas autóctonas y su capacidad para renovarse y resistir, contener y absorber las importaciones occidentales. Los líderes imbuidos de la soberbia de pensar que pueden rehacer sus sociedades parecen destinados a fracasar. Aunque pueden introducir elementos de cultura occidental, son incapaces de suprimir o eliminar de forma definitiva los elementos fundamentales de su respectiva cultura autóctona. Por contra, el virus occidental, una vez que se ha introducido en una sociedad, es difícil de eliminar. El virus persiste, pero no es mortal; el paciente sobrevive, pero nunca está sano. Los líderes políticos pueden hacer historia, pero no pueden escapar a la historia. Generan países desgarrados; no crean sociedades occidentales. Contagian a su respectivo país una esquizofrenia cultural que acaba convirtiéndose en su característica constante y definitoria.

La identidad y unidad musulmanas han sido objeto de un profundo interés, estimulado aún más por la descolonización, el crecimiento demográfico, la industrialización, la urbanización y un cambiante orden económico internacional asociado, entre otras cosas, a la riqueza petrolífera existente bajo las tierras musulmanas… Las comunicaciones modernas han fortalecido y desarrollado los vínculos entre los pueblos musulmanes. Ha habido un fuerte crecimiento en el número de quienes hacen la peregrinación a La Meca, lo cual produce un sentimiento más intenso de identidad común entre musulmanes de lugares tan lejanos como China y Senegal, Yemen y Bangladesh. Un número cada vez mayor de estudiantes de Indonesia, Malaisia y el sur de Filipinas, y de África, están estudiando en las universidades de Oriente Próximo y Oriente Medio, difundiendo ideas y estableciendo contactos personales que superan las fronteras nacionales.
Los temas que cada vez tienen más peso en la agenda internacional son los que separan a Occidente de estas otras sociedades. Tres de dichos temas exigen los esfuerzos de Occidente: 1) mantener su superioridad militar mediante normativas de no proliferación y de contraproliferación con respecto a armas nucleares, biológicas y químicas y los vectores para lanzarlas; 2) promover los valores e instituciones políticos occidentales presionando a otras sociedades para que respeten los derechos humanos tal y como se conciben en Occidente y para que adopten la democracia según los criterios occidentales; y 3) proteger la integridad cultural, social y étnica de las sociedades occidentales restringiendo el número de no occidentales admitidos como inmigrantes o refugiados. En los tres ámbitos, Occidente ha tenido dificultades, y es probable que las continúe teniendo, a la hora de defender sus intereses frente a los de las sociedades no occidentales.

En el año 1993, los objetivos principales de Occidente, tal y como quedaban definidos en la postura estadounidense, pasaron de la no proliferación a la contraproliferación. Este cambio era un reconocimiento realista de que, en alguna medida, cierta proliferación nuclear resultaba inevitable. Andando el tiempo, la postura estadounidense pasará, de ser contraria a la proliferación, a adaptarse a ella y, si la administración puede escapar a su mentalidad de guerra fría, a buscar la forma en que promover la proliferación pueda servir a los intereses estadounidenses y occidentales. Sin embargo, en 1995 los Estados Unidos y Occidente seguían empeñados en una política restrictiva que, a la postre, está condenada al fracaso. La proliferación de armas nucleares y de otras de destrucción masiva es un fenómeno clave de la lenta pero inevitable difusión del poder en un mundo multicivilizatorio.

La mayoría de los emigrantes y refugiados de finales del siglo XX han pasado de una sociedad no occidental a otra. Sin embargo, la afluencia de emigrantes a las sociedades occidentales se ha aproximado en números absolutos a la emigración occidental del siglo XIX. En 1990, el número de inmigrantes se estimaba en 20 millones en los Estados Unidos, 15,5 millones en Europa y 8 millones en Australia y Canadá. La proporción de inmigrantes respecto a la población total alcanzaba del 7 al 8% en los principales países europeos. En los Estados Unidos, los inmigrantes constituían el 8,7% de la población en 1994, dos veces el porcentaje de 1970, y constituían el 25% de los habitantes de California y el 16% de los de Nueva York. Aproximadamente 8,3 millones de personas entraron en los Estados Unidos en los años ochenta, y 4,5 millones en los cuatro primeros años de los noventa.
Los nuevos inmigrantes procedían en su mayoría de sociedades no occidentales. En Alemania, los residentes extranjeros turcos se cifraban en 1.675 000 en 1990, y Yugoslavia, Italia y Grecia aportaban los mayores contingentes después de ellos. En Italia, las principales fuentes de procedencia eran Marruecos, los Estados Unidos (en gran parte italoamericanos que regresaban, presumiblemente), Túnez y Filipinas. A mediados de los años noventa, aproximadamente 4 millones de musulmanes vivían en Francia y hasta 13 millones en el conjunto de Europa Occidental.
La hostilidad europea es curiosamente selectiva. Pocos en Francia se preocupan acerca de un ataque violento desde el este —los polacos, después de todo, son europeos y católicos—. Y en su mayor parte, los inmigrantes africanos no árabes no son ni temidos ni menospreciados. La hostilidad se dirige mayoritariamente a los musulmanes. La palabra immigré es prácticamente sinónima de islam, actualmente la segunda religión importante de Francia, y refleja un racismo cultural y étnico profundamente enraizado en la historia francesa.
Mientras que a Europa el problema inmediato se lo plantean los musulmanes, quienes se lo plantean a los Estados Unidos son los mexicanos.
El cambiante equilibrio de poder entre civilizaciones hace que para Occidente sea cada vez más difícil lograr sus objetivos en cuanto se refiere a la proliferación armamentística, los derechos humanos, la inmigración y otras cuestiones. Para minimizar sus pérdidas en esta situación, Occidente tiene que manejar hábilmente sus recursos económicos, como zanahorias y palos, al tratar con otras sociedades, para alentar su unidad y coordinar sus políticas a fin de dificultar a otras sociedades que enfrenten a una sociedad occidental contra otra, y para ahondar y explotar las diferencias entre las naciones no occidentales. La capacidad occidental de seguir estas estrategias estará configurada por la naturaleza y la intensidad de sus conflictos con las civilizaciones que representan un desafío, por una parte, y por la medida en que pueda identificar y desarrollar intereses comunes con las civilizaciones oscilantes, por otra.

El problema subyacente para Occidente no es el fundamentalismo islámico. Es el islam, una civilización diferente cuya gente está convencida de la superioridad de su cultura y está obsesionada con la inferioridad de su poder. El problema para el islam no es la CIA o el Ministerio de Defensa de los Estados Unidos. Es Occidente, una civilización diferente cuya gente está convencida de la universalidad de su cultura y cree que su poder superior, aunque en decadencia, les impone la obligación de extender esta cultura por todo el mundo. Éstos son los ingredientes básicos que alimentan el conflicto entre el islam y Occidente.

Las relaciones entre las civilizaciones y sus Estados núcleo son complicadas, a menudo ambivalentes, y suelen cambiar. Por lo general, la mayoría de los países de una civilización cualquiera seguirán la guía del Estado central a la hora de moldear sus relaciones con países de otra civilización. Pero éste no será siempre el caso, y, obviamente, todos los países de una civilización no tienen las mismas relaciones con todos los países de una segunda civilización. Los intereses comunes, habitualmente un enemigo común perteneciente a una tercera civilización, pueden generar la cooperación entre países de civilizaciones diferentes. Obviamente, los conflictos pueden producirse dentro de las civilizaciones, particularmente en el islam. Además, las relaciones entre grupos situados a lo largo de líneas divisorias a veces difieren de forma significativa de las relaciones entre los Estados centrales de esas mismas civilizaciones. Sin embargo, las tendencias globales son evidentes, por lo que se pueden hacer generalizaciones plausibles acerca de lo que parecen ser los alineamientos y antagonismos que van surgiendo entre civilizaciones y Estados centrales. La bipolaridad relativamente simple de la guerra fría está dando paso a las relaciones mucho más complejas de un mundo multipolar y multicivilizacional.

Los Estados musulmanes han sido muy propensos a recurrir a la violencia en crisis internacionales, empleándola para resolver 76 del total de 142 crisis en que estuvieron implicados entre 1928 y 1979. En 25 casos la violencia fue el principal medio de afrontar la crisis; en 51 casos, los Estados musulmanes usaron la violencia además de otros medios. Cuando usaron la violencia, los Estados musulmanes utilizaron violencia de alta intensidad, recurriendo a una guerra en gran escala en el 41% de los casos.
La explosión demográfica en las sociedades musulmanas y la existencia de gran número de varones, a menudo desempleados, entre los quince y los treinta años, que constituye una fuente natural de inestabilidad y violencia, tanto dentro del islam, como contra no musulmanes. Sean cuales sean las demás causas que puedan intervenir, este factor por sí solo explicaría gran parte de la violencia musulmana en los años ochenta y noventa. Por consiguiente, el envejecimiento de esta generación hacia la tercera década del siglo XXI y el desarrollo económico de las sociedades musulmanas, si se dan y cuando se den, podrían llevar a una importante reducción de las propensiones musulmanas a la violencia y, por tanto, a un descenso generalizado en la frecuencia e intensidad de las guerras de línea de fractura.

El nacionalismo musulmán se está haciendo más extremista. Ya no tiene en cuenta otras sensibilidades nacionales; es propiedad, privilegio e instrumento político de la nación musulmana que predomina desde hace poco…
En la guerra entre culturas, la única perdedora es la cultura.

Las guerras yugoslavas conocieron una parecida movilización de apoyo exterior en gran escala por parte de cristianos occidentales, cristianos ortodoxos y musulmanes en favor de su pariente de civilización. Todas las grandes potencias de la ortodoxia, el islam y Occidente se implicaron profundamente. Tras cuatro años, la guerra civil española llegó a un final definitivo con la victoria de las fuerzas de Franco. Las guerras entre las comunidades religiosas de los Balcanes pueden calmarse e incluso detenerse temporalmente, pero nadie tiene probabilidades de anotarse una victoria decisiva, y sin victoria no hay final. La guerra civil española fue el preludio de la segunda guerra mundial. La guerra bosnia es un episodio sangriento más de un choque de civilizaciones en curso.

Occidente, atravesó una primera fase europea de desarrollo y expansión que duró varios siglos, y después una segunda fase americana en el siglo XX. Si Norteamérica y Europa renuevan su vida moral, construyen sobre su coincidencia cultural y desarrollan formas exclusivas de integración económica y política para complementar su colaboración en materia de seguridad en la OTAN, podrían generar una tercera fase euroamericana de prosperidad económica e influencia política occidentales. Una integración política significativa contrarrestaría en cierta medida la decadencia relativa en la proporción de Occidente respecto a la población, el producto económico y el potencial militar del mundo, y restablecería el poder de Occidente a los ojos de los líderes de otras civilizaciones. «Con su influencia comercial —advertía a los asiáticos el Primer ministro Mahathir—, la confederación UE-NAFTA podría dictar las condiciones al resto del mundo». Sin embargo, el que Occidente se una o no política y económicamente depende sobre todo de que los Estados Unidos se reafirmen en su identidad como nación occidental y definan su papel a escala mundial como líder de la civilización occidental.

La hegemonía norteamericana está retrocediendo, aunque sólo sea porque ya no es necesario proteger a los Estados Unidos contra una amenaza militar soviética del estilo de la guerra fría. La cultura, como hemos sostenido, sigue al poder. Si las sociedades no occidentales han de ser configuradas una vez más por la cultura occidental, tal cosa sólo sucederá como resultado de la expansión, despliegue e influencia del poder occidental. El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo.
El universalismo occidental es peligroso porque se basa en un espejismo, el de la centralidad de Occidente en la historia universal. Es peligroso para el mundo porque podría conducir a una gran guerra entre Estados centrales de diferentes civilizaciones, y es peligroso para Occidente porque podría llevar a la derrota de Occidente. Con el hundimiento de la Unión Soviética, los occidentales ven su civilización en una posición de dominio sin parangón, mientras que, al mismo tiempo, sociedades más débiles, asiáticas y musulmanas, entre otras, están empezando a cobrar fuerza.

En la era que viene, dicho brevemente, para evitar grandes guerras entre civilizaciones es preciso que los Estados centrales se abstengan de intervenir en conflictos que se produzcan dentro de otras civilizaciones. Ésta es una verdad que a algunos Estados, particularmente a los Estados Unidos, sin duda les resultará difícil de aceptar. Esta norma de abstención, según la cual los Estados centrales deben evitar intervenir en conflictos dentro de otras civilizaciones, es el primer requisito de la paz en un mundo multicivilizatorio y multipolar. El segundo requisito es la norma de mediación conjunta, según la cual los Estados centrales han de negociar unos con otros la contención o interrupción de las guerras de línea divisoria entre Estados o grupos de sus civilizaciones.
La aceptación de estas normas y de un mundo con mayor igualdad entre las civilizaciones no será fácil para Occidente o para aquellas civilizaciones que pueden aspirar a complementar o a suplantar a Occidente en su papel dominante.

En los años cincuenta, Lester Pearson advertía que los seres humanos estaban entrando en «una época en la que las diferentes civilizaciones tendrían que aprender a convivir en intercambio pacífico, aprendiendo unas de otras, estudiando cada una la historia e ideales, el arte y la cultura de las demás y enriqueciendo unas las vidas de las otras. La alternativa, en este pequeño mundo superpoblado, es el malentendido, la tensión, el choque y la catástrofe». El futuro de la paz y de la civilización depende de la comprensión y cooperación entre los líderes políticos e intelectuales de las principales civilizaciones del mundo. En el choque de civilizaciones, Europa y los Estados Unidos pueden permanecer asociados o no. En el choque máximo, el «verdadero choque» a escala planetaria, entre civilización y barbarie, también las grandes civilizaciones del mundo, con sus ricas realizaciones en el ámbito de la religión, el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la tecnología, la moralidad y la compasión, pueden asociarse o seguir separadas. En la época que está surgiendo, los choques de civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, y un orden internacional basado en las civilizaciones es la protección más segura contra la guerra mundial.

Under the subtitle of the reconfiguration of the world order, I think it is a great book and fundamental in that whenever it is read it is current and undoubtedly reread several times it is a book of the bedside. The present book is not, nor pretends to be, a work of social sciences. It tries to be rather an interpretation of the evolution of the global politics after the cold war. It aspires to offer a structure, a paradigm, to see the global politics, that is valid for the students and useful for the political decision-makers. The touchstone of its validity and usefulness is not whether it accounts for everything that is happening in global politics.

The years that followed the cold war witnessed the dawn of spectacular changes in the identities of the peoples, and in the symbols of said identities. Consequently, the global policy began to be reconfigured around cultural guidelines. The upside-down flags were a sign of the transition, but, increasingly, they wave high and right, and both the Russians and other peoples are mobilized and resolutely walk behind these and other symbols of their new cultural identities.
In the post-Cold War world, flags are important and also symbols of cultural identity, including crosses, half-moon, and even ways to cover their heads, because culture matters, and cultural identity is what it’s more meaningful to most people. People are discovering new identities, but often also old ones, and they walk resolutely under new, but often old, flags that lead to wars with new enemies, but often also old ones.
-for the first time in history, global politics is both multipolar and multicivilizational; economic and social modernization is not producing a universal civilization in a meaningful sense, nor the westernization of non-Western societies.
-the balance of power between civilizations is changing: the West is losing relative influence, Asian civilizations are increasing their economic, military and political strength, Islam is experiencing a population explosion of destabilizing consequences for Muslim countries and their neighbors, and civilizations are not Westerners generally reaffirm the value of their own cultures.
– a world order based on civilization is emerging; societies that share cultural affinities cooperate with each other; efforts to pass societies from one civilization to another are unsuccessful; and the countries are grouped around the leading or central states of their civilizations.
-the universalist pretensions of the West make it enter more and more into conflict with other civilizations, more seriously with Islam and China, while, at the local level, the wars in the fracture lines, especially between Muslims and non-Muslims. Muslims, generate “the solidarity of like-minded countries”, the threat of escalation and, therefore, the efforts on the part of the central States to stop such wars.
-The survival of the West depends on Americans reaffirming their Western identity and Westerners accept their civilization as unique and not universal, as well as joining them to renew it and preserve it against attacks from non-Western societies. Avoiding a world war between civilizations depends on world leaders accepting the nature of global politics, rooted in multiple civilizations, and cooperating for its maintenance.

The Islamic culture largely explains the inability of democracy to break through in much of the Muslim world. The new circumstances of the post-communist societies of Eastern Europe and the former Soviet Union are shaped by their identity, marked in turn by a civilization. Those with Western Christian heritages are progressing towards economic development and democratic politics; the prospects for economic and political advance in the orthodox countries are uncertain; In the Muslim republics, these perspectives are not promising.
The West is and will continue to be the most powerful civilization in the years to come. Seeing the decay of the West. Global politics has become multipolar and multicivilizational.

Although States remain the basic actors in world affairs, they also suffer losses of sovereignty, functions and power. Currently, international institutions affirm their right to judge and restrict the actions of States in their own territory. In some cases, especially in Europe, international institutions have assumed important functions previously performed by States and powerful international bureaucracies have been created whose activity directly affects each of the citizens. On a planetary scale, there has been a favorable tendency for state administrations to lose power also by delegating it to sub-state, regional, provincial and local political entities. In many states, including those belonging to the developed world, there are regional movements that promote significant autonomy or secession. The administrations of the States have largely lost the ability to control the flow of money entering and leaving their country and increasingly have greater difficulty in controlling the movements of ideas, technology, goods and people.

Each civilization is considered the center of the world and writes its history as the central drama of human history. Perhaps this can be said with more truth even from the West than from other cultures. However, such polarized points of view by a single civilization have a diminishing applicability and utility in a multicivilizational world.
The fundamental elements of any culture or civilization are language and religion. If a universal civilization is emerging, there should be tendencies toward the emergence of a universal language and a universal religion. That is what is often said about the language. “The language of the world is English,” in the words of the editor of the Wall Street Journal. This can mean two things, of which only one would support the argument in favor of a universal civilization. It could mean that a growing proportion of the world’s population speaks English. There is no evidence to support this claim, and the most reliable that actually exists, which admittedly can not be very precise, demonstrates precisely the opposite.
In the long run, however, Muhammad has the upper hand. Christianity is spread mainly through conversion, Islam through conversion and reproduction. The percentage of Christians in the world peaked in the 1980s, with approximately 30%, stabilized, is now declining and will probably be around 25% of the world’s population by 2025. As a result of their rates of population growth extremely high (see chapter 5), the proportion of Muslims in the world will continue to increase dramatically, reach 20% of the world’s population by the turn of the century, exceed the number of Christians a few years later, and probably represent around 30% of the world population by 2025.

The expansion of the West has promoted both the modernization and westernization of non-Western societies. The political and intellectual leaders of these societies have reacted to the impact of the West in one of these three ways, at least: to reject both modernization and westernization; accept both; accept the first and reject the second.
Modernization, in a nutshell, does not necessarily mean Westernization. Non-Western societies can be modernized and modernized without abandoning their own cultures and without indiscriminately adopting Western values, institutions and practices. The latter, of course, can be almost impossible: whatever the obstacles that non-Western cultures pose to modernization, they pale in the face of those posed to Westernization. As Braudel says, it would almost “be childish” to think that modernization or the “triumph of civilization in the singular” would lead to the end of the plurality of historical cultures incarnated for centuries in the great civilizations of the world. Modernization, on the other hand, strengthens those cultures and reduces the relative power of the West. In many ways, the world is becoming more modern and less Western.

The decadence of the West has three basic characteristics.
In the first place, it is a slow process. The progression of Western power lasted four hundred years. His regression could last as long. In the last decade of the eighties, the distinguished British scholar Hedley Bull affirmed that “the European or Western domination of the universal international society could be said to have reached its peak around the year 1900”.
Second, decadence does not advance by describing a straight line. It is very irregular, with pauses, setbacks and reaffirmation of Western power, followed by manifestations of its weakness. The open democratic societies of the West have great potential for renewal. Furthermore, unlike many civilizations, the West has had two main centers of power. The decline that Bull saw beginning in 1900 was essentially the decline of the European component of Western civilization. From 1910 to 1945, Europe was divided and worried about its internal economic, social and political problems. In the 1940s, however, the North American phase of Western domination began.
Third, power is the ability of a person or group to change the behavior of another person or group. Behavior can be changed through incentives, coercion or exhortation, which requires that whoever exercises power has economic, military, institutional, demographic, political, technological, social or other resources. Therefore, the power of a State or group is usually calculated by evaluating the resources available to it, compared to the other States or groups on which it tries to influence. The Western-controlled portion of most important (but not all) power resources reached its peak at the beginning of the 20th century.

The movements favorable to religious rebirth are antilaical, anti-universalist and, except in their Christian, anti-Western manifestations. They also oppose relativism, egotism and consumerism associated with what Bruce B. Lawrence has called “modernism,” as distinct from “modernity.” In general, they do not reject urbanization, industrialization, development, capitalism, science or technology, nor what all this means for the organization of society. In this sense, they are not anti-modern. They accept modernization, as Lee Kuan Yew observes, and “the inevitability of science and technology, and the change in lifestyles they bring with them,” but are “unresponsive to the idea of ​​being Westernized.” Neither nationalism nor socialism, says Al-Turabi, produced development in the Islamic world. “Religion,” however, “is the engine of development,” and a purified Islam will play a role similar to that of the Protestant ethic in Western history in contemporary times, since Islam is not a religion incompatible with development. of a modern state.
Indigenization and the rebirth of religion are global phenomena. However, they have been very evident in the cultural self-assertion and the challenges to the West from Asia and Islam. These have been the dynamic civilizations of the last quarter of the 20th century. The Islamic challenge is manifested in the widespread cultural, social and political resurgence of Islam in the Muslim world and the correlative rejection of Western values ​​and institutions. The Asian challenge is manifested in all the civilizations of East Asia -synnic, Japanese, Buddhist and Muslim- and underlines their cultural differences with respect to the West and, sometimes, the common elements they share, often identified with Confucianism. Both Asians and Muslims emphasize the superiority of their cultures over Western culture.

The western virus and cultural schizophrenia. While the leaders of Australia embarked on a search for Asia, those of other torn countries – Turkey, Mexico, Russia – tried to incorporate the West to their societies and their societies to the West. Until 1995, none of these efforts at cultural redefinition had succeeded. Historical experience clearly demonstrates the strength, resilience and viscosity of indigenous cultures and their ability to renew and resist, contain and absorb Western imports. Leaders imbued with the arrogance of thinking that they can remake their societies seem destined to fail. Although they can introduce elements of Western culture, they are incapable of suppressing or definitively eliminating the fundamental elements of their respective autochthonous culture. In contrast, the Western virus, once it has been introduced into a society, is difficult to eliminate. The virus persists, but it is not deadly; the patient survives, but is never healthy. Political leaders can make history, but they can not escape history. They generate torn countries; they do not create western societies. They spread to their respective countries a cultural schizophrenia that ends up becoming their constant and defining characteristic.

Muslim identity and unity have been the subject of deep interest, further stimulated by decolonization, population growth, industrialization, urbanization and a changing international economic order associated, among other things, with the oil wealth existing under Muslim lands. … Modern communications have strengthened and developed links between Muslim peoples. There has been a strong growth in the number of those making the pilgrimage to Mecca, which produces a more intense sense of common identity among Muslims from as far away as China and Senegal, Yemen and Bangladesh. An increasing number of students from Indonesia, Malaysia and the southern Philippines, and from Africa, are studying at universities in the Middle East and the Middle East, spreading ideas and making personal contacts that cross national borders.
The issues that increasingly weigh on the international agenda are those that separate the West from these other societies. Three of these issues demand the efforts of the West: 1) maintain its military superiority through non-proliferation and counterproliferation regulations regarding nuclear, biological and chemical weapons and the vectors to launch them; 2) promote Western political values ​​and institutions by pressuring other societies to respect human rights as conceived in the West and to adopt democracy according to Western criteria; and 3) protect the cultural, social and ethnic integrity of Western societies by restricting the number of non-Westerners admitted as immigrants or refugees. In all three areas, the West has had difficulties, and is likely to continue to have difficulties in defending its interests against those of non-Western societies.

In 1993, the main objectives of the West, as defined in the US position, went from non-proliferation to counterproliferation. This change was a realistic recognition that, to some extent, certain nuclear proliferation was inevitable. Over time, the US position will go, if it is contrary to proliferation, to adapt to it and, if the administration can escape its Cold War mentality, to look for ways in which promoting proliferation can serve US interests and Western However, in 1995, the United States and the West remained committed to a restrictive policy that, in the end, is doomed to failure. The proliferation of nuclear weapons and other weapons of mass destruction is a key phenomenon of the slow but inevitable diffusion of power in a multicivilizatory world.

Most migrants and refugees of the late twentieth century have passed from one non-Western society to another. However, the influx of emigrants to Western societies has approximated in absolute numbers the western emigration of the nineteenth century. In 1990, the number of immigrants was estimated at 20 million in the United States, 15.5 million in Europe and 8 million in Australia and Canada. The proportion of immigrants with respect to the total population reached from 7 to 8% in the main European countries. In the United States, immigrants constituted 8.7% of the population in 1994, twice the percentage of 1970, and constituted 25% of the inhabitants of California and 16% of those of New York. Approximately 8.3 million people entered the United States in the 1980s, and 4.5 million in the first four years of the 1990s.
The new immigrants came mostly from non-Western societies. In Germany, Turkish foreign residents numbered 1,675,000 in 1990, and Yugoslavia, Italy and Greece contributed the largest contingents after them. In Italy, the main sources of origin were Morocco, the United States (in large part Italian Americans returning, presumably), Tunisia and the Philippines. In the mid-nineties, approximately 4 million Muslims lived in France and up to 13 million in the whole of Western Europe.
European hostility is curiously selective. Few in France worry about a violent attack from the east – the Poles, after all, are European and Catholic. And for the most part, non-Arab African immigrants are neither feared nor belittled. The hostility is directed mainly to the Muslims. The word immigré is practically synonymous with Islam, currently the second most important religion in France, and reflects a cultural and ethnic racism deeply rooted in French history.
While to Europe the immediate problem is posed by Muslims, who raise it in the United States are Mexicans.
The changing balance of power among civilizations makes it increasingly difficult for the West to achieve its goals in terms of arms proliferation, human rights, immigration and other issues. To minimize its losses in this situation, the West has to skillfully manage its economic resources, such as carrots and sticks, in dealing with other societies, to encourage its unity and coordinate its policies in order to make it difficult for other societies to confront a Western society against another, and to deepen and exploit the differences among non-Western nations. The Western ability to follow these strategies will be shaped by the nature and intensity of their conflicts with civilizations that represent a challenge, on the one hand, and for the extent to which they can identify and develop common interests with oscillating civilizations, on the other.

The underlying problem for the West is not Islamic fundamentalism. It is Islam, a different civilization whose people are convinced of the superiority of their culture and are obsessed with the inferiority of their power. The problem for Islam is not the CIA or the Ministry of Defense of the United States. It is the West, a different civilization whose people are convinced of the universality of their culture and believe that their superior power, although in decline, imposes the obligation to extend this culture throughout the world. These are the basic ingredients that fuel the conflict between Islam and the West.

Relations between civilizations and their core states are complicated, often ambivalent, and often change. In general, most countries of any civilization will follow the guidance of the central State when it comes to shaping their relations with countries of another civilization. But this will not always be the case, and, obviously, all the countries of a civilization do not have the same relations with all the countries of a second civilization. Common interests, usually a common enemy belonging to a third civilization, can generate cooperation between countries of different civilizations. Obviously, conflicts can occur within civilizations, particularly in Islam. In addition, relationships between groups located along dividing lines sometimes differ significantly from the relationships between the central states of those same civilizations. However, global trends are evident, so plausible generalizations can be made about what appear to be the alignments and antagonisms that are emerging between civilizations and central states. The relatively simple bipolarity of the cold war is giving way to the much more complex relations of a multipolar and multicivilizational world.

The Muslim States have been very prone to resort to violence in international crises, using it to solve 76 of the total of 142 crises in which they were involved between 1928 and 1979. In 25 cases violence was the main means of dealing with the crisis; in 51 cases, Muslim states used violence in addition to other means. When they used violence, Muslim states used high intensity violence, resorting to a large-scale war in 41% of cases.
The demographic explosion in Muslim societies and the existence of a large number of men, often unemployed, between 15 and 30 years of age, which is a natural source of instability and violence, both within Islam and against non-Muslims. Whatever other causes may be involved, this factor alone would explain much of the Muslim violence in the 1980s and 1990s. Consequently, the aging of this generation towards the third decade of the 21st century and the economic development of Muslim societies, if they occur and when they occur, could lead to a significant reduction of Muslim propensities to violence and, therefore, to a generalized decrease in the frequency and intensity of the fracture line wars.

Muslim nationalism is becoming more extreme. It no longer takes into account other national sensitivities; it is the property, privilege and political instrument of the Muslim nation that has been predominantly …
In the war between cultures, the only loser is culture.

The Yugoslav wars saw a similar mobilization of external support on a large scale by Western Christians, Orthodox Christians and Muslims in favor of their kinsman of civilization. All the great powers of orthodoxy, Islam and the West were deeply involved. After four years, the Spanish civil war came to a definitive end with the victory of Franco’s forces. Wars between religious communities in the Balkans can calm down and even stop temporarily, but no one is likely to score a decisive victory, and without victory there is no end. The Spanish Civil War was the prelude to the Second World War. The Bosnian war is a bloody episode over a clash of civilizations in progress.

The West, went through a first European phase of development and expansion that lasted several centuries, and then a second American phase in the twentieth century. If North America and Europe renew their moral life, build on their cultural coincidence and develop exclusive forms of economic and political integration to complement their collaboration on security in NATO, they could generate a third Euro-American phase of economic prosperity and Western political influence. Significant political integration would counteract to some extent the relative decline in the West’s share of the population, the economic output and the military potential of the world, and restore the power of the West in the eyes of the leaders of other civilizations. “With its commercial influence,” Prime Minister Mahathir told Asians, “the EU-NAFTA confederation could dictate the conditions to the rest of the world.” However, whether the West joins politically or economically depends above all on the United States reaffirming its identity as a Western nation and defining its role on a global scale as the leader of Western civilization.

American hegemony is receding, if only because it is no longer necessary to protect the United States against a Soviet military threat of the Cold War style. Culture, as we have argued, follows power. If non-Western societies are to be shaped once again by Western culture, such a thing will only happen as a result of the expansion, deployment and influence of Western power. Imperialism is the necessary logical consequence of universalism.
Western universalism is dangerous because it is based on a mirage, that of the centrality of the West in universal history. It is dangerous for the world because it could lead to a great war between central states of different civilizations, and it is dangerous for the West because it could lead to the defeat of the West. With the collapse of the Soviet Union, Westerners see their civilization in a position of unparalleled dominance, while, at the same time, weaker societies, Asian and Muslim, among others, are beginning to gather strength.

In the coming era, said briefly, to avoid major wars between civilizations, it is necessary that the central states refrain from intervening in conflicts that occur within other civilizations. This is a truth that some States, particularly the United States, will undoubtedly find difficult to accept. This rule of abstention, according to which the central States must avoid intervening in conflicts within other civilizations, is the first requirement of peace in a multicivilizatory and multipolar world. The second requirement is the rule of joint mediation, according to which the central States have to negotiate with each other the containment or interruption of the wars of dividing lines between States or groups of their civilizations.
The acceptance of these norms and of a world with greater equality among civilizations will not be easy for the West or for those civilizations that can aspire to complement or supplant the West in its dominant role.

In the 1950s, Lester Pearson warned that human beings were entering “an era in which different civilizations would have to learn to live together in peaceful exchange, learning from each other, studying each history and ideals, art and culture of others and enriching the lives of others. The alternative, in this small overpopulated world, is misunderstanding, tension, shock and catastrophe. ” The future of peace and civilization depends on the understanding and cooperation between the political and intellectual leaders of the main civilizations of the world. In the clash of civilizations, Europe and the United States may remain associated or not. In the maximum shock, the “real clash” on a planetary scale, between civilization and barbarism, also the great civilizations of the world, with their rich achievements in the field of religion, art, literature, philosophy, science, Technology, morality and compassion, can be associated or remain separate. In the era that is emerging, clashes of civilizations are the greatest threat to world peace, and an international order based on civilizations is the safest protection against world war.

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