Los niños de la estación del zoo — Christianne F. / Zoo Station Boys by Christianne F.

Esta es una novela que escribieron 2 periodistas alemanes y me parece una demoledora crítica social, que me he leído varias veces, me la suelo releer cada cierto tiempo y si es dura, cruel, pero es parte de la vida igualmente.

Los jóvenes y adolescentes son víctimas de la drogadicción, alcoholismo, prostitución, no a causa de las drogas en sí, sino que al frenesí de la vida deshumanizada de los tiempos modernos: consumismo excesivo, disolución de la familia, carencia de valores, y por sobretodo, un monstruoso egoísmo adulto que impide dedicarle el tiempo que se merecen aquellos niños o niñas que no pidieron venir al mundo.
En síntesis, está novela no está escrita con el fin de penalizar a los vendedores de drogas o intermediarios en particular si no que a la sociedad que hace proclive a las personas a caer en las garras de las drogas por carencias afectivas, tanto en el ámbito familiar, escolar y social.

No existe, en la actualidad, un libro más profundamente analítico de la descomposición moral y social de nuestro mundo moderno —citando casos de personas de la vida real—, que éste.

Después de mi primer “viaje” me sentía una más entre los otros. Fue espectacular. Tuve mucha suerte. Para la mayoría de las personas, el primer “viaje” era desagradable y les provocaba pánico. Pero yo me sentí espectacular… Tuve la impresión de haber aprobado un examen. Y después ocurrieron algunas cosas dentro del grupo. Se empezó a sentir una sensación de vacío. La hierba y los “viajes” ya no nos estimulaban realmente. Estamos habituados a sus efectos y aquello ya no nos provocaba sensaciones especiales, era como permanecer en la normalidad. Nada especial…

Nosotros los educadores fuimos los primeros en sorprendernos en observar la rapidez con que las drogas duras se habían empezado a imponer en la Comunidad Gropius. Durante la época del movimiento estudiantil discutimos acerca del uso de las drogas dulces para que surgiera una conciencia crítica en nuestro ambiente. Sin embargo, en el corto lapso de unos pocos meses, unas cincuenta personas de nuestro Hogar estaban involucradas con las drogas duras. Todo esto ocurrió como si nuestras tentativas de vigilancia, nuestros esfuerzos por persuadir a los jóvenes del peligro con argumentos, —en vez de recurrir a medidas disciplinarias—, fueron acogidas como una invitación a llegar “más lejos”, como una ratificación de nuestra impotencia en la lucha contra la droga.
Nuestro trabajo en el Hogar Social nos hizo constatar rápidamente que los Servicios Públicos se negaban todavía a admitir que la “epidemia de la droga” no se batía en retirada. Por el contrario, si el problema se hubiese atacado cuantitativamente como cualitativamente, no habría logrado alcanzar dimensiones comparables a la de los Estados Unidos.
La droga, es desde siempre, uno de los más horribles medios utilizados para impedir que los hombres tomen conciencia de que son víctimas de las revoluciones sociales. Este fue exactamente el rol que ejerció el alcohol durante largo tiempo entre las clases obreras. Durante los últimos decenios, otras drogas se han introducido en el mercado: los medicamentos psicotrópicos, en donde el comercio es legal y cada vez más fructífero. Abundan productos ilegales pero no menos rentables como la heroína y la cocaína.
De hecho, lo más asombroso no es el nombre de los toxicómanos, pero si el de aquellos que a pesar de sufrir enormes dificultades, no recurren a la droga. Este hecho es válido también para los jóvenes: al tomar cuenta de su situación, el aumento de la toxicomanía, la delincuencia, la violencia y la propagación de modas de orientación fascista, no deja de ser sorprendente que existan muchachos que no hayan caído en el vicio de la droga.

Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Entre dos nos trabajábamos a un cliente. Teníamos un montón de ventajas. Nos desempeñábamos en silencio. Nos vigilábamos mutuamente Cada una sabía dónde había aceptado ir la otra. Estando las dos nos sentíamos seguras, era más difícil que nos engañaran y nos podíamos defender mejor si un cliente no quería respetar las condiciones. Y por lo demás, todo funcionaba más rápido: una se ocupaba de arriba y la otra de abajo y el asunto quedaba terminado en dos tiempos y tres movimientos.

Christianne no parecía fatigada, la mayoría de las veces estaba alegre y llena de vida. La única cosa que había observado en el transcurso de las semanas anteriores era que a veces, cuando ella llegaba estresada partía directamente a su cuarto. Yo atribuí eso al hecho de que estaba con la conciencia sucia. Por llegar retrasada…
Cuando estuve un poco más calmada nos pusimos a reflexionar acerca de lo que debíamos hacer. Christianne me confesó que Detlev se drogaba también. Tenían que desintoxicarse juntos, de lo contrario, uno haría recaer al otro. Aquello era comprensible. Resolvimos comenzar de inmediato la abstinencia en casa.
Controlaba sus brazos, pero no volví a encontrar huellas de inyecciones. No le di más permiso para alojar en la casa de Detlev los fines de semana. Pero por otra parte, quería demostrarle que confiaba en ella. Entonces le permití que llegara más tarde los sábados por la noche. Yo estaba en guardia pero no sabía cómo hacerlo, qué actitud tomar, Me rompía la cabeza por intentarlo…

¡Si me hubiera podido hundir bajo la tierra, lo habría hecho! Lo único que sentía era angustia. Temor de que alguien me llamara por teléfono para decirme que mi hija estaba muerta. Me convertí en un manojo de nervios. No tenía deseos de nada, interés por nada, me esforzaba por desempeñarme en mi trabajo. No quise tomar una licencia por enfermedad. Comencé a tener problemas cardíacos, no podía mover el brazo izquierdo, el que se me adormecía por las noches. Mi estómago protestaba, me enfermé de los riñones, mi cabeza amenazaba con estallar. No era más que un atado de calamidades.
Fui a ver a un médico quién me asestó el golpe de gracia. Después de examinarme me dijo que todos mis malestares tenían un origen nervioso y me prescribió una receta de Valium. Cuando le conté porqué me encontraba en ese estado, me relató que hacía unos algunos días una chica había acudido a su consulta. Le confesó que se drogaba. Ella le preguntó cómo podía curarse.
“¿Y qué le dijo usted?” le pregunté.
Que lo siguiera haciendo” me respondió. “No tenía remedio” agregó.

El fracaso de la experiencia de Narconon me confirmó que la única solución para Christianne era trasladarla a un ambiente en donde no hubiera heroína. Era su única oportunidad de sobrevivir. Cuando su padre se la llevó a vivir con él, me dio la oportunidad de juzgar el pasado en forma analítica y meditar profundamente sobre el problema de Christianne. Llegué a la conclusión de que si se quedaba en Berlín, estaba condenada. Mi ex-marido tuvo la buena idea de asegurarme que ella estaba desintoxicada. No lo creí. Hacía mucho tiempo que temblaba por la vida de Christianne y jamás pensé que podía empeorar. Pero después de la muerte de Babsi no tuve nunca más un minuto de tranquilidad.
Decidí enviar a Christianne junto a mi familia sin importarme la decisión de su padre. Como Christianne vivía bajo su techo, el había obtenido temporalmente su tutela. Me dispuse a convencerlo. El no podía comprender el motivo. Quizás no había pasado por mi experiencia. También, quizás, porque no quería reconocer su fracaso.
Mientras tanto, recibí una notificación con la culpabilidad de Christianne por infringir la ley de estupefacientes. La señora Schipke, de la Brigada de Estupefacientes, me advirtió por teléfono. Me aconsejó no culpabilizarme sobre lo ocurrido. “¿Qué puede hacer usted si ella insiste en inyectarse… y volver a inyectarse sucesivamente…? Cada toxicómano decide su suerte?” Ella conocía muchos drogadictos que provenían de familias con apellido distinguido como Christianne, que debían comparecer ante un tribunal. “Usted no debería atormentarse”, me aseguró.

Pasé mis primeros cuatro días en casa de mi abuela con síndrome de abstención. Desde que fui capaz de levantarme, me vestía con el uniforme de los toxicómanos: chaqueta de piel, botas con tacones súper altos. Y salía a pasear al bosque con el perro de mi tía.
Todas las mañanas era el mismo cuento: me disfrazaba y me maquillaba como si fuera a la Estación del Zoo y después me iba a pasear por el bosque. Mis tacones altos se enterraban en la arena, tropezaba cada diez pasos, y a fuerza de caerme me había llenado de moretones. Pero cuando la abuela me propuso darme unos “zapatos para trajinar” los rechacé horrorizada— la sola expresión de “zapatos para caminar” me repugnaba.
En nuestra pandilla todo el mundo pensaba que era capaz de controlarse, de no sufrir el riesgo de engancharse. En todo caso, la situación era diferente y mejor en algunos sentidos, que la que había existido hacía tres o cuatro años en el Sector Gropius.
Si la droga nos brinda una cierta libertad, aquella no siempre es de la misma índole. Por ejemplo, nosotros no requeríamos de un lugar como la “Sound” ni de su música estridente.

This is a novel that was written by 2 German journalists and it seems to me a devastating social criticism, that I have read several times, I reread it every so often and if it is harsh, cruel, but it is part of life as well.

Young people and adolescents are victims of drug addiction, alcoholism, prostitution, not because of the drugs themselves, but because of the frenzy of the dehumanized life of modern times: excessive consumerism, dissolution of the family, lack of values, and Above all, a monstrous adult selfishness that prevents them from devoting the time they deserve to those children who did not ask to come into the world.
In short, this novel is not written in order to penalize drug dealers or intermediaries in particular, but rather to the society that makes people prone to fall into the clutches of drugs due to emotional deprivation, both in the field family, school and social.

There is currently no more deeply analytical book of the moral and social breakdown of our modern world-citing cases of real-life people-than this one.

After my first “trip” I felt one more among the others. It was spectacular. I was very lucky. For most people, the first “trip” was unpleasant and caused them to panic. But I felt spectacular … I had the impression of having passed an exam. And then some things happened within the group. It began to feel a sense of emptiness. The grass and the “trips” no longer really stimulated us. We are used to its effects and that no longer caused us special sensations, it was like staying normal. Nothing special…

We educators were the first to be surprised to see how quickly the hard drugs had begun to be imposed on the Gropius Community. During the student movement, we discussed the use of sweet drugs to create a critical awareness in our environment. However, in the short span of a few months, some fifty people from our Home were involved with hard drugs. All this occurred as if our attempts at vigilance, our efforts to persuade young people of danger with arguments, instead of resorting to disciplinary measures, were accepted as an invitation to reach “further”, as a confirmation of our impotence. in the fight against drugs.
Our work in the Social Home made us quickly realize that the Public Services still refused to admit that the “drug epidemic” was not retreating. On the contrary, if the problem had been attacked quantitatively as qualitatively, it would not have achieved dimensions comparable to that of the United States.
The drug, is always one of the most horrible means used to prevent men from becoming aware that they are victims of social revolutions. This was exactly the role that alcohol played for a long time among the working classes. During the last decades, other drugs have been introduced in the market: psychotropic medicines, where trade is legal and increasingly fruitful. Abundant but not less profitable products such as heroin and cocaine abound.
In fact, the most amazing thing is not the name of the drug addicts, but the one of those who, despite suffering enormous difficulties, do not resort to drugs. This fact is also valid for young people: when taking into account their situation, the increase in drug addiction, crime, violence and the propagation of fascist-oriented fashions, it is surprising that there are boys who have not fallen into vice of the drug.

Stella and I decided to dedicate ourselves to prostitution together. In the Zoo station all the conditions were given. Between us we worked for a client. We had a lot of advantages. We performed in silence. We watched each other Each knew where he had agreed to go the other. When we both felt safe, it was more difficult for us to be cheated and we could defend ourselves better if a client did not want to respect the conditions. And for the rest, everything worked faster: one was occupied on top and the other on the bottom and the matter was finished in two times and three movements.

Christianne did not seem fatigued, most of the time she was happy and full of life. The only thing she had observed in the course of the previous weeks was that sometimes, when she arrived stressed, she went straight to her room. I attributed that to the fact that I was with a dirty conscience. To get delayed …
When I was a little calmer, we began to reflect on what we should do. Christianne confessed to me that Detlev was also taking drugs. They had to detoxify together, otherwise one would relapse the other. That was understandable. We decided to start abstinence at home immediately.
He controlled his arms, but I did not find any traces of injections. I did not give him more permission to stay at Detlev’s house on weekends. But on the other hand, I wanted to show her that I trusted her. Then I allowed him to arrive later on Saturday nights. I was on guard but I did not know how to do it, what attitude to take, I broke my head for trying …

If I could have sunk under the earth, I would have done it! The only thing I felt was anguish. Fear that someone would call me on the phone to tell me that my daughter was dead. I became a bundle of nerves. I had no desire for anything, interest in anything, I tried hard to perform in my work. I did not want to take sick leave. I started having heart problems, I could not move my left arm, I was numbed at night. My stomach protested, I got sick from the kidneys, my head threatened to burst. It was nothing more than a bundle of calamities.
I went to see a doctor who gave me the coup de grace. After examining me he told me that all my discomforts had a nervous origin and he prescribed me a prescription for Valium. When I told him why I was in that state, he told me that a few days ago a girl had come to his office. He confessed that he was taking drugs. She asked him how he could be cured.
“And what did you say?” I asked.
I would keep doing it, “he replied. “I had no choice,” he added.

The failure of the Narconon experience confirmed to me that the only solution for Christianne was to move her to an environment where there was no heroin. It was his only chance to survive. When her father took her to live with him, she gave me the opportunity to judge the past in an analytical way and to meditate deeply on Christianne’s problem. I came to the conclusion that if she stayed in Berlin, she was doomed. My ex-husband had the good idea to make sure that she was detoxified. I did not believe it I had been trembling for the life of Christianne for a long time and I never thought that it could get worse. But after Babsi’s death I never had a minute of tranquility again.
I decided to send Christianne with my family without caring about her father’s decision. As Christianne lived under his roof, he had temporarily obtained his guardianship. I set out to convince him. He could not understand the reason. Maybe I had not gone through my experience. Also, maybe, because he did not want to acknowledge his failure.
In the meantime, I received a notification with the guilt of Christianne for breaking the drug law. Mrs. Schipke, of the Narcotics Brigade, warned me on the telephone. He advised me not to blame me for what happened. “What can you do if she insists on injecting herself … and injecting herself again …? Every drug addict decides his luck? “She knew many drug addicts who came from families with a distinguished family name such as Christianne, who had to appear in court. “You should not torment yourself,” he assured me.

I spent my first four days at my grandmother’s house with abstention syndrome. Since I was able to get up, I was dressed in the uniform of drug addicts: leather jacket, boots with super high heels. And I went out for a walk in the woods with my aunt’s dog.
Every morning was the same story: I would dress up and make up as if I were going to the Zoo Station and then I would go for a walk in the woods. My high heels were buried in the sand, I stumbled every ten steps, and by dint of falling I had been covered in bruises. But when the grandmother proposed to give me some “shoes to trajinar” I rejected them horrified – the only expression of “walking shoes” disgusted me.
In our gang everyone thought that he was capable of controlling himself, of not suffering the risk of getting hooked. In any case, the situation was different and better in some ways, than the one that had existed three or four years ago in the Gropius Sector.
If the drug gives us a certain freedom, that is not always of the same kind. For example, we did not require a place like “Sound” or its shrill music.

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