Desertores — Charles Glass / The Deserters: A Hidden History of World War II by Charles Glass

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Este es un muy interesante libro sobre la figura del desertor, 50.000 estadounidenses y 100.000 británicos desertaron.
Si Slovik fue el desertor con menos suerte del ejército de EE.UU., el único que fue ejecutado, probablemente Wayne Powers fue el más afortunado. El soldado de primera clase Wayne Powers era un conductor de camiones de veintitrés años de edad el día que desembarcó en Francia, tres días después del ataque del Día-D. En noviembre de 1944 conoció a una joven francesa de cabello oscuro llamada Yvette Beleuse en el pueblo de Mont d’Origny, al norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Powers, nacido en Chillicothe, Misuri, no hablaba una palabra de francés, e Yvette no hablaba inglés.
Como escribió posteriormente el diario France Soir, «ella le dio una sonrisa femenina tras meses de atroces combates». Mientras Powers transportaba suministros a la frontera belga, pocos días antes de la contraofensiva del Saliente, su camión fue secuestrado, presumiblemente por desertores. Solo, a pie e incapaz de reunirse con su unidad, regresó a Yvette. Incapaz de contraer matrimonio sin revelar su verdadera identidad a la policía, Powers se ocultó en casa de la familia Beleuse mientras Yvette trabajaba en una fábrica textil cercana. La pareja tuvo cinco hijos, a los que se les prohibió decir a nadie quién era su padre.

Sin duda en el ejército se habla de que matar es malo siendo la peor de las equivocaciones y durante la gran guerra se prohibió el desfile por Nueva York del 77 regimiento de Infantería, un feo enorme a los soldados diciendo desembarco de 30000 hombres colapsaría los muelles.
El libro nos habla de gente corriente como Weiss que se alista en el ejército. Del escocés Bain donde nos describe la crudeza del Alamein en un Túnez donde según se llega al grito de «wogs» (negratas) existe salvoconducto para todo, más allá de bautismos de fuego y los regimientos de Gordon Highlanders con sus sonidos de gaitas y kilts. El dirá «El olor de la guerra», escribió, «era el mismo en todas partes: ese aroma dulce pero penetrante de la cordita, el miedo y la putrefacción.»

Desertores aliados, así como personal de servicio y oficiales, colaboraban con el submundo criminal para chupar la sangre vital del soldado del frente. Muchos de los ladrones eran antiguos soldados de infantería, como señalaba la revista semanal del ejército, Yank:
Se ausentaron sin permiso de sus unidades, que, en su mayor parte, se trasladaban más allá de París, y se quedaron atrás, donde estaban el mercado y el dinero. Ascendieron a las categorías superiores y se convirtieron en estafadores. Algunos de ellos tenían historiales de delitos menores en su vida civil. Cuando les llegó la oportunidad de delinquir lucrativamente en su vida militar, la aprovecharon. Las mayores ganancias se daban con la gasolina y el transporte, más que con las raciones, de modo que la mayoría de las bandas de soldados se volcaron en esas mercancías.
Yank añadía que algunos combatientes «se ausentaban temporalmente del frente, regresaban a París buscando echar una cana al aire atraídos por las brillantes luces, el alcohol y las mujeres, y hallaban todo esto tan placentero que se olvidaban de regresar a sus unidades». A finales de septiembre de 1944, el oficial jefe de la Policía Militar del Ejército de los EE.UU. arrestó a veintisiete desertores estadounidenses que trabajaban en el mercado negro en París. Uno de ellos, que había sido conductor de camiones, poseía unos 51.000 francos franceses (unos 1.000 dólares) de la venta ilegal de gasolina.
Al carecer de suficientes policías militares para prevenir el hurto a gran escala, el ejército desvió soldados del combate para proteger trenes, convoyes y depósitos de suministros. Los soldados iban en los furgones de suministros, patrullaban los almacenes ferroviarios y montaban guardia en los depósitos. Para cualquier soldado del frente, hacer guardia en París era un bienvenido descanso de la batalla. A finales de septiembre, conforme la amenaza era cada vez mayor, el ejército comenzó a buscar guardias entre los soldados que acababan de ganar la batalla de cuarenta y un días por Brest.

La deserción de Weiss no significaba que fuera un fracasado. «Más bien», explicó, «parece que usted simplemente intentó reducir la amenaza de verse emocionalmente desbordado sin haber obtenido previamente las herramientas necesarias para enfrentarse a ello.» El vocabulario del análisis psicológico resultaba nuevo para Weiss. El psicólogo le dejó empaparse bien de sus palabras antes de concluir: «Alguien ha cometido un terrible error».
—¿Cuál, señor?
—Usted no debería estar en este sitio. Debería estar en un hospital.
Por aquella época, los oficiales de los Centros de Instrucción Disciplinaria informaban de que la mitad de los hombres condenados por deserción o ausencia sin permiso sufrían de «agotamiento por batalla».

La policía y algunos diarios culpaban a los desertores de lo que el Daily Telegraph llamó «una de las peores epidemias de gansterismo desde el fin de la guerra de 1914-1918». El Comisariado de la Policía Metropolitana de Londres informaba de un incremento del 34 por ciento en delitos graves desde 1938, el último año antes de la guerra. Los desertores eran responsables de un 9 por ciento de los delitos resueltos, una proporción notablemente alta para un colectivo de 20.000 hombres en una población de 47 millones. Billy Hill, un notable delincuente de la zona de Seven Dials, cerca de Covent Garden, recordaba que nunca había escasez de desertores para cometer atracos. Fueron los crímenes violentos de una minoría de desertores, más que la necesidad de soldados del ejército de posguerra, la que llevó a la policía a tomar medidas al respecto.
Entre finales de 1945 y comienzos de 1946, la policía bloqueaba secciones enteras de Londres para atrapar desertores, deteniendo a hombres con documentos sospechosos. El 14 de diciembre de 1945, más de dos mil policías londinenses, apoyados por PM británicos, estadounidenses y canadienses, lanzaron la Operation Dragnet («Operación Red de Arrastre»). Mientras acordonaban más de diez kilómetros cuadrados de Londres para comprobar documentos de identidad, unos ladrones entraron en una tienda y «se llevaron una caja fuerte con 800 dólares». De los 15.161 hombres trasladados para posteriores interrogatorios, sólo cuatro resultaron ser desertores: un oficial estadounidense y tres reclutas. El diario londinense Evening Star condenó a la policía por emplear tácticas «de la Gestapo.

Whitehead se sentía resentido por su baja deshonrosa del Ejército, que consideraba injusta para un soldado que había combatido y había sido condecorado. Creía que, si demostraba que lo habían herido, podría convencer a las autoridades de que su deserción había tenido origen en su problema clínico. En marzo de 1949, el doctor R. C. Kash, de Lebanon, Tennessee, lo examinó y escribió:
«Hallo una cicatriz de 2, 5 centímetros sobre una depresión de la que parece faltar el hueso en la región frontoparietal del cráneo. También hay algunas cicatrices en el dorso de la mano derecha y en la articulación del metacarpo y primera falange del dedo índice derecho, según él, a causa de heridas en un enfrentamiento a bayoneta calada.
Estas cicatrices no son viejas ni tampoco recientes. Creo razonable pensar que puedan datar de hace unos cuatro o cinco años».
En respuesta a la apelación de Whitehead a la Junta de Revisión y Clemencia del Pentágono, ésta revisó su historial. A su favor, señaló: «El solicitante tiene, por demás, un buen registro. Desembarcó en Francia el Día-D y combatió en Francia, Bélgica y Alemania». Por otra parte, los registros de la Junta comentan: «Asegura haber sido herido dos veces, pese a lo cual continuó combatiendo (… )

Weiss me dijo: «Mira todo lo que he tenido que hacer para restablecerme: he pasado años en el diván del psiquiatra. Me he convertido en psicólogo debido a ello, en términos de la guerra. Tuve que reacomodarlo todo de nuevo».
Weiss recordaba un grupo de edificios que comprendía los cuarteles, un calabozo y la capilla, que fue donde tuvo lugar su juicio. En 1944, la nieve cubrió el pueblo. La primavera de 2011 era despejada, casi cálida. La gente del pueblo nos dirigió a varios complejos de edificios, en los que pensaba que la 36ª podía haber tenido su cuartel. Uno de ellos era una gran escuela católica unida a una iglesia. Otro era el hospital local, cuya capilla quedaba junto al edificio principal. Weiss se los quedó mirando a ambos por turnos, caminó a su alrededor y concluyó que su memoria, habitualmente perfecta, sencillamente no estaba a la altura. No importaba. Había luchado en Italia y Francia, había ganado medallas, había desertado y lo habían confinado en algún lugar de aquel pueblo de los Vosgos. Había cumplido condena en el Centro de Instrucción Disciplinaria del Loira y en los confines de su memoria, donde revivió el juicio durante años. En cualquier caso, hallar la antigua sala del juicio era algo que yo le pedí que hiciera. Pensé que podía sacar a colación elementos de la historia que hubieran quedado fuera de la transcripción original.
Si la habitación en que tuvo lugar el juicio marcial del 7 de noviembre de 1944 era una clave, nunca la hallamos.

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It is a very interesting book on the figure of the deserter, 50,000 Americans and 100,000 British deserted.
If Slovik was the least fortunate deserter in the US Army, the only one who was executed, probably Wayne Powers was the luckiest. First-class soldier Wayne Powers was a twenty-three-year-old truck driver the day he landed in France, three days after the D-Day attack. In November 1944 he met a dark-haired French girl named Yvette Beleuse in the village of Mont d’Origny, in northern France, near the Belgian border. Powers, born in Chillicothe, Missouri, did not speak a word of French, and Yvette did not speak English.
As the France Soir newspaper later wrote, «she gave him a feminine smile after months of atrocious battles». While Powers was transporting supplies to the Belgian border, a few days before the Salient’s counteroffensive, his truck was hijacked, presumably by deserters. Alone, on foot and unable to reunite with his unit, he returned to Yvette. Unable to marry without revealing his true identity to the police, Powers hid in the house of the Beleuse family while Yvette worked in a nearby textile factory. The couple had five children, who were forbidden to tell anyone who their father was.

No doubt in the army there is talk that killing is bad being the worst of mistakes and during the great war the New York parade of the 77th Infantry regiment was forbidden, a huge ugly to the soldiers saying landing of 30,000 men would collapse the docks .
The book tells us about ordinary people like Weiss who enlist in the army. From the Scottish Bain where he describes the crudity of Alamein in a Tunisia where according to the cry of «wogs» (niggers) there is safe conduct for everything, beyond baptisms of fire and the Gordon Highlanders regiments with their sounds of bagpipes and kilts . He will say «The smell of war,» he wrote, «was the same everywhere: that sweet but penetrating aroma of cordite, fear and putrefaction.»

Allied defectors, as well as service personnel and officers, collaborated with the criminal underworld to suck the lifeblood of the soldier from the front. Many of the thieves were former infantrymen, as the weekly army magazine Yank pointed out:
They were absent without permission from their units, which, for the most part, moved beyond Paris, and stayed behind, where the market and money were. They ascended to the higher categories and became swindlers. Some of them had records of minor crimes in their civil life. When the opportunity came to them to profitably commit crimes in their military life, they took advantage of it. The biggest gains were with gasoline and transportation, rather than rations, so most of the bands of soldiers turned to these goods.
Yank added that some fighters «were temporarily absent from the front, returning to Paris looking for a drag in the air attracted by bright lights, alcohol and women, and found all this so pleasant that they forgot to return to their units.» At the end of September 1944, the chief officer of the Military Police of the US Army. He arrested twenty-seven American deserters who worked on the black market in Paris. One of them, who had been a truck driver, owned about 51,000 French francs (about $ 1,000) from the illegal sale of gasoline.
Lacking sufficient military police to prevent large-scale theft, the army diverted combat soldiers to protect trains, convoys and supply depots. The soldiers went in the supply trucks, patrolled the railway warehouses and stood guard in the warehouses. For any soldier on the front, standing guard in Paris was a welcome respite from the battle. At the end of September, as the threat grew, the army began looking for guards among the soldiers who had just won the forty-one-day battle for Brest.

Weiss’s defection did not mean he was a failure. «Rather,» he explained, «it seems that you simply tried to reduce the threat of being emotionally overwhelmed without having previously obtained the tools necessary to deal with it.» The vocabulary of psychological analysis was new to Weiss. The psychologist let him soak up his words before concluding: «Someone has made a terrible mistake.»
– What, sir?
-You should not be in this place. I should be in a hospital.
At that time, the officers of the Disciplinary Instruction Centers reported that half of the men convicted of desertion or absence without permission suffered from «exhaustion by battle».

The police and some newspapers blamed the defectors for what the Daily Telegraph called «one of the worst epidemics of gangsterism since the end of the 1914-1918 war.» The London Metropolitan Police Commissariat reported a 34 percent increase in serious crimes since 1938, the last year before the war. Defectors were responsible for 9 percent of the crimes solved, a remarkably high proportion for a collective of 20,000 men in a population of 47 million. Billy Hill, a notable criminal in the Seven Dials area near Covent Garden, recalled that there was never a shortage of deserters to commit robberies. It was the violent crimes of a minority of deserters, rather than the need for postwar soldiers, that led the police to take action.
Between the end of 1945 and the beginning of 1946, police blocked entire sections of London to catch deserters, arresting men with suspicious documents. On December 14, 1945, more than two thousand London police, supported by British, American and Canadian MPs, launched Operation Dragnet («Operation Red Drag»). While they cordoned off more than ten square kilometers of London to check identity documents, thieves entered a store and «took a safe with $ 800.» Of the 15,161 men transferred for further interrogation, only four turned out to be deserters: one US officer and three recruits. The London newspaper Evening Star condemned the police for employing tactics «of the Gestapo.

Whitehead resented his dishonorable discharge from the Army, which he considered unfair to a soldier who had fought and been decorated. He believed that, if he demonstrated that he had been wounded, he could convince the authorities that his desertion had originated in his clinical problem. In March of 1949, Dr. R. C. Kash, of Lebanon, Tennessee, examined it and wrote:
«I find a 2-centimeter scar on a depression that appears to be missing bone in the frontoparietal region of the skull. There are also some scars on the back of the right hand and in the metacarpal joint and first phalanx of the right index finger, according to him, because of wounds in a showdown with a fixed bayonet.
These scars are neither old nor recent. I think it is reasonable to think that they can date from about four or five years ago ».
In response to Whitehead’s appeal to the Pentagon Review and Clemency Board, the Pentagon reviewed its history. To his credit, he said: «The applicant has, moreover, a good record. He landed in France on D-Day and fought in France, Belgium and Germany. » On the other hand, the records of the Board comment: «He claims to have been wounded twice, despite which he continued to fight (…)

Weiss told me: «Look at everything I had to do to restore myself: I’ve spent years on the psychiatrist’s couch. I have become a psychologist because of it, in terms of war. I had to rearrange everything again ».
Weiss remembered a group of buildings that included the barracks, a dungeon and the chapel, which was where his trial took place. In 1944, snow covered the town. The spring of 2011 was clear, almost warm. The townspeople directed us to several building complexes, where I thought the 36th could have had its headquarters. One of them was a large Catholic school attached to a church. Another was the local hospital, whose chapel was next to the main building. Weiss looked at both of them in turn, walked around him and concluded that his memory, usually perfect, simply was not up to par. It did not matter. He had fought in Italy and France, he had won medals, he had deserted and they had confined him somewhere in that village of the Vosges. He had served time in the Disciplinary Instruction Center of the Loire and in the confines of his memory, where he revived the trial for years. In any case, finding the old courtroom was something I asked him to do. I thought I could bring up elements of the story that had been left out of the original transcript.
If the room in which the martial trial of November 7, 1944 took place was a key, we never found it.

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