¿Por qué los alemanes?, ¿Por qué los judíos?, las causas del Holocausto — Götz Aly / Why the Germans? Why the Jews?: Envy, Race Hatred, and the Prehistory of the Holocaust by Götz Aly

Este es un muy interesante libro que habla sobre un tema que siempre estará en el candelero, el holocausto, se dio en Alemania, los judíos, a partir de un interesante estudio nos acercamos a los motivos que hicieron fraguase el acontecimiento.

Entre 1800 y 1933, la falta de seguridad del nacionalismo alemán condujo a los conocidos excesos de fanfarronesca nerviosa. Pensemos si no en la fundación del segundo imperio alemán, que se tuvo que escenificar en 1871 en suelo del enemigo histórico, concretamente en el Salón de los Espejos del palacio de Versalles, ya que el imperio recién creado carecía de un centro administrativo reconocido. Pensemos también en la arenga con la que el emperador Guillermo II despidió, en el verano de 1900, a los soldados de la marina alemana que se dirigían a China para sofocar una sublevación: «¡Plantaos frente al enemigo y caerá él solo!». Y, sobre todo, «¡que ningún chino vuelva a atreverse a mirar de reojo a un alemán!». En 1933, durante la celebración del 44.° cumpleaños de Hitler, los alemanes se vieron agasajados con cumplidos como el de ser «el primer pueblo del globo terráqueo». Alguien que se expresa en estos términos carece de equilibrio interior.

La palabra Holocausto contiene todo el horror causado por los alemanes. Ellos encerraron a los judíos europeos en casas, guetos y campos de concentración. Cientos de miles perecieron allí de hambre, frío y enfermedades. A los que quedaron vivos, los alemanes y sus ayudantes los deportaron (en camiones, trenes o a pie) a destinos donde les esperaban pelotones de fusilamiento y cámaras de gas. Algunos de los que iban a morir habían tenido que cavar antes sus fosas comunes o encender los crematorios y llenarlos.
Los alemanes tomaron una senda que acabó en el abismo de la barbarie. En ningún momento lo hicieron obligados, pero, en cualquier caso, optaron por esa vía. El objetivo de mi investigación no es generar ninguna controversia en torno a cuestiones puntuales. Mi intención es comprender, desde su lógica interna, el proceso histórico que desembocó en el imperio del terror entre los años 1933 y 1945 y provocó el asesinato de judíos europeos, y aportar algunas respuestas a dos preguntas que siembran tanto desconcierto: ¿por qué los alemanes?, ¿por qué los judíos?.
Más del 80 por 100 de los judíos establecidos en Alemania hasta 1933 tenían la ciudadanía alemana, es decir, eran alemanes. Así se consideraban en su gran mayoría y no pocos se sentían orgullosos de ello. La diferencia entre judíos y no judíos la limito a las tradiciones religiosas. Sin embargo, el libro trata de una época en la que se hablaba, simple e indistintamente, de alemanes, cristianos y judíos sin importar la distinción religiosa, nacional o racial, disfrutaran o no los judíos de derechos civiles.

La normativa municipal prusiana, que tan importante fue para la emancipación económica de los judíos, fue redactada e introducida por el barón Karl vom und zum Stein. Ocho años después, en 1816, el mismo Vom Stein barajó en público la idea de expulsar a los judíos para «poblar con ellos la costa del norte de África». ¿Cómo pudieron pasar ambas cosas por la misma cabeza reformista alemana? La explicación es que Vom Stein no soportaba a los judíos y provocó su equiparación económica como de pasada, por motivos estructurales y bajo el presagio de la ocupación francesa. Tras la derrota de Napoleón, con el fortalecimiento de los poderes dinásticos y al abrigo del espíritu del tiempo, Vom Stein abrazó el ideario de la pureza nacional y la monarquía cristiana legitimada por la gracia de Dios. Durante esa época no dejó de advertir de los peligros de un «grupo formado por gentuza, judíos, nuevos ricos y sabios fantasiosos» que pondría a los campesinos liberados de la servidumbre «bajo el yugo de los judíos y los usureros».
En la era de restauración posterior al congreso de Viena de 1814-1815, el gobierno prusiano estrechó todavía más las restricciones existentes y, en 1822, impidió a los ciudadanos judíos el acceso a puestos académicos «debido a las controversias demostradas en el ejercicio de esta profesión». En las convulsas décadas de 1830 a 1849, Prusia relajó algunas limitaciones para los judíos. La emancipación en los estados confederados alemanes hallaría su plasmación jurídica después de 1860. Los dos párrafos determinantes de la ley «referente a la igualdad de derechos de las confesiones», que entró en vigor el 3 de julio de 1869 en la Confederación Alemana del Norte y en 1871 para toda Alemania, decían lo siguiente: «Todas las restricciones derivadas de la variedad de confesiones religiosas y que afecten a los derechos civiles y ciudadanos quedan revocadas por la presente ley. En particular, la capacitación para participar en los órganos de representación comunal y estatal, así como para ejercer cargos públicos, será independiente de la confesión religiosa».
Tras unos modestos intentos en torno a 1870, la predisposición para admitir a judíos en el servicio público y militar sufrió un nuevo retroceso a partir de 1880. En el año 1900 ya no había ningún judío en la mayoría de las administraciones estatales.

En el siglo XIX, muchos alemanes lucharon a favor de los derechos de los judíos y se enfrentaron al antisemitismo. Su esfuerzo y valentía a menudo se olvidan en la actualidad, eclipsados por los posteriores crímenes. Se ha borrado de la memoria pública que, en el congreso de Berlín de 1878, el canciller imperial Bismarck abogó con insistencia por la equiparación legal de los derechos de los judíos en Rumanía, Bulgaria y Serbia. Bismarck «no descansó hasta que tuvo la palabra de cada uno de los asistentes» y proclamó «la igualdad de derechos de todas las confesiones de un modo tan solemne e irrefutable como nunca antes se había hecho en el mundo».

Fichte subraya la aspiración de los judíos de obtener derechos humanos y generosidad del prójimo. Sin embargo, ve la necesidad de proteger a la mayoría cristiana de ellos, pero no con el asesinato, sino a través de la reeducación («cambiarles las cabezas») o el exilio («para protegernos de ellos, no se me ocurre otro medio que el de conquistarles su tierra prometida y enviarlos a todos allí»). Mas tarde, Fichte se distanció de su desconsiderado planteamiento y así lo demostró con su conducta.
Nada impide calificar a Wilhem Marr de antisemita. De hecho, él introdujo la palabra «antisemitismo» en el vocabulario mundial. Sin embargo, tampoco se debería ocultar que, políticamente, proviene de las primeras filas de los revolucionarios de 1848 y que esta misma biografía prodemocrática se repite en no pocos antijudíos alemanes. El teólogo y político berlinés Adolf Stoecker fue otro precursor del antisemitismo, pero también lo fue del sistema de seguros sociales que, hasta hoy, se considera una de las grandes conquistas del pueblo alemán. Como se verá, los antisemitas intercedieron en favor del derecho de voto libre, secreto y universal; apostaron por la construcción de ciudades jardín y fundaron cooperativas de consumidores. Tales ambivalencias popularizaron el antisemitismo. Quien hoy las ignora en favor de una imagen clara de la historia, renuncia a la posibilidad de comprender, en toda su complejidad, los antecedentes históricos alemanes del Holocausto.

Tanto los nacionalrevolucionarios como los nacionalrománticos alemanes coincidían en una cosa: despreciaban a los judíos e impedían a toda costa su emancipación. Así lo revelan las octavillas y poemas políticos de demócratas como Ernst Moritz Arndt, Friedrich Ludwig Jahn, Jakob Friedrich Fries y, más tarde, August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. La revisión crítica de las burschenschaften (fraternidades universitarias nacionalistas) y del festival de Wartburg de 1817, donde se ensalzó el nacionalismo con la quema de libros, confirma el testimonio pesimista que Saul Ascher y Heinrich Heine, por ejemplo, ofrecieron a sus contemporáneos demócratas alemanes.
Según los estatutos del asociacionismo alemán impulsado por Ernst Moritz Arndt, a las asociaciones nacionalrevolucionarias también podían acceder únicamente los cristianos, nunca los judíos. Poco después de 1815, la urburschenschaft de Jena, la primera fraternidad universitaria creada, incluyó en sus estatutos fundacionales el párrafo antes apenas refutado, según el cual solo podía ser miembro «un alemán y cristiano».

La parsimonia temerosa y el chovinismo alemán tan poco seguro de sí mismo no se deberían reducir simplemente a una consecuencia del carácter nacional. Ambos fenómenos se pueden atribuir a una misma raíz histórica: la división religiosa y feudal del país. Esta fractura hizo posible la diversidad cultural que, hasta hoy, forma parte de la tan valorada riqueza de Alemania y condujo (ese fue el precio) a una sucesión prácticamente infinita de guerras dinásticas y religiosas, autolesiones, daños económicos duraderos y pobreza generalizada. Para la memoria colectiva de los alemanes, la guerra de los Treinta Años supone el terrible apogeo de una discordia fraternal casi eterna. Las atrocidades y los horrores, que aquí solo se señalan a título estadístico, se tradujeron en una disminución de la población del 50 por 100 en las zonas rurales y del 30 por 100 en las urbanas. Los campos quedaron yermos y cientos de ciudades y miles de pueblos acabaron reducidos a escombros y cenizas. Pasaron décadas hasta que los supervivientes y sus hijos pudieron empezar a recuperarse económicamente y conseguir un mínimo bienestar.
Los alemanes carecían de integración nacional, de respaldo común, de instituciones adultas y aceptadas para poder interceptar y amortiguar las masivas transformaciones que trajeron consigo la industrialización, la internacionalización de los mercados y el aumento de la población en el siglo XIX.

Con sus landsmannschaften y peculiaridades regionales, Alemania estaba hecha para ser una República Federal. Sin embargo, el federalismo en la Alemania del siglo XIX significaba reconocer las antiguas soberanías principescas. Por ello, los republicanos tuvieron que hacer constar en su programa la implantación de un estado central unitario. Los liberales económicos luchaban por la unificación de las unidades de medida, peso y moneda y por el fin de la soberanía arancelaria feudal, mientras que los liberales políticos consumían sus fuerzas buscando el espíritu de unidad nacional de todos los pueblos alemanes. Ambas corrientes perdían de vista lo esencial: la libertad civil individual y una sociedad abierta sostenida por el espíritu liberal. Así se entiende por qué tantos liberales se decidieron en 1866 por el estado pequeñoalemán de Bismarck organizado inicialmente en el librecambio y el antiproteccionismo.

En el artículo «Unsere Aussichten», Heinrich von Treitschke describía a los inmigrantes judíos del este como una «tropa de esforzados mozalbetes que venden pantalones», cuyos «hijos y nietos controlarán en un futuro los parqués y los diarios de Alemania». El ilustre historiador germanista condenaba en su texto la «taimada» aparición de la «laboriosa tropa de los talentos semitas de tercera fila» y su «desprecio obstinado» por los alemanes cristianos.

Los manifiestos del Partido Alemán Social Antisemita y de la Unión Pangermánica fueron la base teórica en la que se basaría, a partir de 1920, el programa del NSDAP. En 1912, Claß ya incluyó algunos detalles burocráticos en su plan: «Sometimiento de los judíos residentes al derecho de extranjería y bloqueo de la inmigración judía. Judío es todo aquel que el 18 de enero de 1871 pertenecía a la comunidad religiosa judía, así como todos los descendientes de personas que eran entonces judías, incluso si solo un progenitor es judío; exclusión del ejercicio de cargos públicos y del servicio militar; prohibición para dirigir o trabajar en periódicos y bancos públicos alemanes; prohibición de propiedad de fincas y de la carga de estas con hipotecas judías. En concepto de la protección de la que disfrutan como forasteros, deberán pagar el doble de impuestos». Claß también citaba como motivos de sus reclamaciones «la ventaja educativa» y el «talento» que habían permitido a los judíos su rápido ascenso social en detrimento de la mayoría cristiana: «Pero a la masa le ha costado tanto familiarizarse que, actualmente, capas enteras de la sociedad se hallan totalmente desconectadas».

La teoría de la raza nació entre los límites de la biología, la medicina, la antropología y la etnología. Desde mediados del siglo XIX, sus defensores fueron adoptando de modo progresivo el paradigma de las diferencias de rango inalterables entre los distintos grandes grupos humanos. Para muchos habitantes de las potencias coloniales europeas y ciudadanos blancos de Estados Unidos, esta teoría les llegó en el momento más oportuno, tanto política como económicamente. Si se podía demostrar desde la biología (o sea, científicamente) que había grupos de personas a las que se podía negar el derecho a recibir el mismo trato que a las demás, jurídicamente se podría conseguir que los derechos humanos no amparasen en el futuro a los «aborígenes» y «salvajes» de las colonias y a los «negros» deportados a Estados Unidos. En este sentido, la teoría de la raza perseguía un objetivo muy claro: legitimar la discriminación, largamente practicada, de los no europeos más o menos esclavizados. El imperio alemán, como no tenía colonias dignas de mención, no podía utilizar la teoría de la raza con estos fines.

El cerebro golpeado de Chamberlain popularizó la teoría de la raza y la hizo presentable en sociedad. Hasta a Su Alteza Imperial Guillermo II le apasionaban estos disparates germanófilos y veneraba a Chamberlain como su «aliado y compañero en la lucha por Germania contra Roma, Jerusalén, etc.», tal como le comunicó por escrito. El káiser recomendaba a sus oficiales la lectura de los Grundlagen des 19. Jahrhunderts («Fundamentos del siglo XIX») de Chamberlain, referencia del antisemitismo racial, que también leía en voz alta a sus hijos y cuyo recuerdo resonaba cuando escribió sus memorias en 1922: «Solo Chamberlain ha conseguido explicar y predicar a la sorprendida nación alemana la germanidad en toda su magnificencia». Pero, al igual que haría Hitler más tarde en su testamento político, puntualizó: «Sin embargo, como demuestra el derrumbamiento de la nación alemana, el esfuerzo ha sido en vano».

El tratado de Versalles, conllevó el problema principal era otro. El tratado de paz bloqueaba la recuperación económica de Europa porque impedía la cura de las heridas materiales de la guerra y dificultaba el restablecimiento del optimismo, también en detrimento de los vencedores. El economista John Maynard Keynes ya lo advirtió durante las negociaciones en París. Keynes era miembro de la delegación británica en calidad de representante del Tesoro, pero a los pocos meses abandonó las reuniones bajo protesta porque, en su opinión, el tratado llevaría a Alemania y Europa a la ruina económica y política. En el otoño de 1919 redactó una crítica de los dictados de paz (dirigida también, por otro lado, a Austria y Hungría) en la que reprochaba a los vencedores por haber esclavizado a una generación de alemanes y haber asumido, por puro egoísmo, «la humillación de millones de seres humanos y el rapto de toda una nación». La crítica iba dirigida especialmente a Francia, pero no fue escuchada.

Se equivocan aquellos que califican la República de Weimar de «incapaz» o «agónica». El problema fue, precisamente, el contrario: con sus logros, la República de Weimar fomentó el ascenso social y generó unas expectativas de vida mejor que, al final, debido a presiones internas y externas, no se pudieron cumplir.

El antisemitismo basado en estas premisas pudo aguantar bajo la superficie en los años ostentosos del imperio alemán y en la primera fase victoriosa de la guerra, pero cuando llegó la derrota de 1918, estalló con gran violencia. Lo que hoy se califica elegantemente de antisemitismo en épocas de crisis, Michel lo describió utilizando el ejemplo de una horda precivilizada que sufre una derrota contra una tribu superior y se desahoga con la víctima débil que tiene más a mano: «Han perdido la guerra. El miedo está presente. Los pequeños miserables deprimidos se acuclillan sobre las ruinas de la Alemania imperial. Ni siquiera hay buena cerveza … La tribu se inquieta y se arma. Hay que vengar la derrota. El culpable no se puede palpar. La tribu se desilusiona. Necesita un poco de furia. El sacrificio colectivo es una de las mejores drogas. La tribu sale en enjambres. Encuentra al forastero, el judío. Baila a su alrededor aullando por el placer de haber encontrado un objeto asible y reconocible para su orgía del desencanto. La tribu lo rodea, lo arrastra y lo pasa de mano en mano, las mazas se levantan para golpearle. ¡Hurra, casi como en 1914!».

Gabriel Riesser escribió en 1831 lo siguiente acerca de la discriminación constante y, a menudo, socialmente deseada de los judíos alemanes: «Solo a un pueblo de vasallos puede gustarle la servidumbre de unos pocos; solo una nación débil y cobarde puede buscar en su diferencia con respecto a un pequeño grupo de oprimidos un medio para mantener viva su conciencia de sí misma, un estímulo para su propia debilidad patológica». Ludwig Bamberger describió en 1880 el antisemitismo políticamente organizado como el resultado «de una sensación confusa de uno mismo». En 1928, el escritor y sionista vienés Heinrich York-Steiner se refirió a los «desde siempre intensos sentimientos antisemitas» de los alemanes como consecuencia de su «debilidad política y nacional». Cuatro años más tarde, el mismo autor emitió un juicio en unos términos aún más claros: «El antisemitismo alemán no es la consecuencia de un sentimiento desmesurado de raza nacional, sino la reacción a lo inconsciente de una conciencia étnica inconstante y enfermiza. El sentimiento alemán de nación es el más inseguro de todas las naciones de Europa».

Desde su primer día de trabajo en 1933, el nuevo gobierno liderado por Hitler empezó a hacer sitio para la descendencia aria: hasta 1938 se dedicó a expulsar a los judíos de todos los campos profesionales; el programa de autarquía económica liberó a los agricultores de la presión de los mercados mundiales; pronto se expandieron el aparato estatal, la economía y el ejército; y el programa de ampliación imperialista del espacio vital prometía incontables posibilidades de futuro. En Mi lucha, Hitler esbozó en los siguientes términos los objetivos del estado nacionalsocialista: «Su fin descansa en la conservación y la promoción física y mental de los seres vivos iguales». Por ello, el estado Alemán del futuro debía reunir los «elementos germánicos primigenios» y «elevarlos a la posición dominante».

No todos los alemanes abrazaron las ideas nacionalsocialistas ni lo hicieron inmediatamente. Entre 1920 y 1932, distintas asociaciones trataron de ganarse a las masas desde su propia cosmovisión, pero todas ellas compartían cuatro elementos en los que basaban su credo: en primer lugar, explicaban el mundo a partir de un único principio reduccionista; en segundo lugar, abogaban por una estricta separación del exterior, considerado enemigo; en tercer lugar, elevaban a sus seguidores pobres o amenazados por la pobreza a la calidad de elegidos, superiores a la mayoría y amos del futuro; y, en cuarto lugar, prometían un porvenir radiante que se conquistaría tras un breve período de lucha final en el que, si hiciera falta, se sacrificarían muchas víctimas. Debido a estas fuertes similitudes no exclusivamente externas, los contenidos de las nuevas doctrinas políticas de salvación marcaron la pauta y se hicieron intercambiables. Al fin y al cabo, su atractivo no se debía a ningún objetivo concreto, sino a la confianza redentora (representada por organizaciones fuertes y dirigentes enérgicos) que esas visiones del mundo transmitían a los muchos espíritus perdidos e inseguros de sí mismos.

Los alemanes, en su práctica mayoría, aguantaron y lucharon hasta el amargo final, cuando la violencia militar los liberó de sí mismos el 8 de mayo de 1945. Habían aceptado las ofertas sacrílegas de los dirigentes de su nación. Durante años, habían sacado provecho de la expropiación de los judíos, habían aceptado la esterilización obligatoria y la muerte forzosa de sus parientes enfermos e indefensos, habían presenciado las deportaciones de los judíos, habían oído alguna cosa y huyeron por la salida que les habían ofrecido: no tenéis permiso para saber nada de todo esto, ¡olvidad rápido! Por ello, después ya no fueron capaces de explicarse a sí mismos ni a los demás lo sucedido. Desde el más profundo convencimiento, pensaban: no lo sabíamos.

Una crisis no se declara por culpa de una crisis, ni una guerra, por culpa de una guerra. Lo mismo ocurre con el Holocausto. Los que se limitan a decir que el antisemitismo alemán, causante del asesinato en masa de seis millones de personas, es una consecuencia del antisemitismo, en realidad están imaginando lo peor.
A principios del siglo XIX, las demandas de «unidad de la nación alemana» y «emancipación democrática del pueblo» fueron de la mano por poco tiempo. El hábitat alemán, fragmentado en pequeños estados feudales y culturalmente ilimitado (dicho en positivo: abierto) en toda su periferia, carecía de la personalidad estatal única que sí tenían, por ejemplo Francia y el Reino Unido. La unión política fue un ideal durante mucho tiempo y, por ello, los precursores de la libertad tuvieron que serlo también de la unidad.

En Alemania, los judíos no tuvieron que lidiar con un único adversario, sino con cinco corrientes antijudías de distinta índole: en primer lugar, con el tradicional prejuicio de motivación religiosa; en segundo, con las fuerzas estamentales temerosas del progreso; en tercer lugar, con una burguesía más ansiosa de protección estatal que de libertad; en cuarto, con la hostilidad hacia los extranjeros de los nacionalrevolucionarios alemanes que reducían el concepto de pueblo-nación a la unión exclusiva de religión, historia común e idioma; y en quinto lugar, con los románticos cristianoalemanes de aspiraciones reformistas. Las distintas variantes que adoptó la oposición a los judíos compartían un mismo sentimiento de temor a los cambios, falta de autoconfianza.

El antisemitismo de los alemanes fue impulsado por la envidia, el miedo al fracaso, el rencor y la codicia, esas fuerzas del mal que el hombre teme e intenta comprender civilizadamente desde que el mundo existe. Los alemanes, un pueblo absolutamente sujeto a la tradición cristiana y jurídica, eran conscientes de los bajos instintos de su rechazo a los judíos. Y se sentían avergonzados. Ello los predispuso a mostrarse sensibles a una teoría de la raza. La ciencia biopolítica sublimó el odio como conocimiento, la carencia como ventaja, y justificó la toma de medidas legales. Así, millones de alemanes pudieron delegar en el estado sus vergonzosas agresiones motivadas por sentimientos de inferioridad. Y así, los que ejercían el poder exculparon al individuo y transformaron la maldad individual en la necesidad suprapersonal de llevar a cabo la «solución final del problema judío».
Caín mató a Abel porque se sintió postergado y tratado injustamente por Dios. El primer asesinato de la historia de la humanidad se cometió por envidia y deseo de igualdad. El pecado mortal de la envidia.
Un suceso estructuralmente parecido al Holocausto se puede repetir. Si queremos reducir ese peligro, deberemos tener en cuenta las complejas premisas del género humano y no creer que los antisemitas de ayer fueron personas completamente distintas de nosotros.

This is a very interesting book that talks about a topic that will always be in the spotlight, the holocaust, it was in Germany, the Jews, from an interesting study we approached the reasons that made the event forge.

Between 1800 and 1933, the lack of security of German nationalism led to the well-known excesses of nervous boasting. Let’s think about the foundation of the second German Empire, which had to be staged in 1871 on the soil of the historical enemy, specifically in the Hall of Mirrors of the Palace of Versailles, since the newly created empire lacked a recognized administrative center. Consider also the harangue with which the Emperor Wilhelm II dismissed, in the summer of 1900, the soldiers of the German navy who were heading to China to quell an uprising: “Plant against the enemy and fall alone!”. And, above all, «that no Chinese can dare to look askance at a German!». In 1933, during the celebration of Hitler’s 44th birthday, the Germans were treated to compliments such as being “the first people on the globe.” Someone who expresses himself in these terms lacks inner balance.

The word Holocaust contains all the horror caused by the Germans. They locked up European Jews in houses, ghettos and concentration camps. Hundreds of thousands perished there of hunger, cold and diseases. Those left alive, the Germans and their aides deported them (in trucks, trains or on foot) to destinations where firing squads and gas chambers awaited them. Some of those who were going to die had to dig their mass graves before or light the crematoria and fill them.
The Germans took a path that ended in the abyss of barbarism. At no time they made him obligated, but, in any case, they chose that route. The objective of my research is not to generate any controversy around specific issues. My intention is to understand, from its internal logic, the historical process that led to the empire of terror between 1933 and 1945 and caused the murder of European Jews, and provide some answers to two questions that sow such disconcerting: why Germans? Why Jews?
More than 80 percent of the Jews settled in Germany until 1933 had German citizenship, that is, they were Germans. Thus they were considered in their great majority and not few were proud of it. The difference between Jews and non-Jews is limited to religious traditions. However, the book is about a time when people spoke, simply and indistinctly, of Germans, Christians and Jews regardless of religious, national or racial distinction, whether Jews enjoyed civil rights or not.

Prussian municipal regulations, which were so important for the economic emancipation of the Jews, were drafted and introduced by Baron Karl vom und zum Stein. Eight years later, in 1816, Vom Stein himself shuffled in public the idea of ​​expelling the Jews to “populate with them the coast of North Africa.” How could both things pass through the same German reformist head? The explanation is that Vom Stein did not support the Jews and caused their economic equalization in passing, for structural reasons and under the omen of the French occupation. After the defeat of Napoleon, with the strengthening of the dynastic powers and sheltered from the spirit of time, Vom Stein embraced the ideology of national purity and the Christian monarchy legitimized by the grace of God. During that time he did not fail to warn of the dangers of a “group consisting of rabble, Jews, new rich and fanciful scholars” that would put the peasants freed from servitude “under the yoke of the Jews and the usurers.”
In the era of restoration after the Vienna congress of 1814-1815, the Prussian government further narrowed the existing restrictions and, in 1822, prevented Jewish citizens from accessing academic positions “because of controversies demonstrated in the exercise of this profession”. In the convulsive decades of 1830 to 1849, Prussia relaxed some limitations for the Jews. The emancipation in the German confederate states would find its legal embodiment after 1860. The two determining paragraphs of the law “concerning equal rights of confessions”, which came into force on July 3, 1869 in the North German Confederation and in 1871 for the whole of Germany, they said the following: “All the restrictions derived from the variety of religious confessions and that affect the civil and citizen rights are revoked by the present law. In particular, the training to participate in the bodies of community and state representation, as well as to hold public office, will be independent of religious confession ».
After some modest attempts around 1870, the predisposition to admit Jews into the public and military service suffered a new setback starting in 1880. In the year 1900 there was no Jew in most of the state administrations.

In the 19th century, many Germans fought for the rights of Jews and faced anti-Semitism. Their effort and courage are often forgotten today, eclipsed by subsequent crimes. It has been erased from the public memory that, at the Congress of Berlin in 1878, the imperial chancellor Bismarck insisted on the legal equalization of the rights of the Jews in Romania, Bulgaria and Serbia. Bismarck “did not rest until he had the word of each one of the assistants” and proclaimed “the equality of rights of all the confessions of a so solemn and irrefutable way that never before had been done in the world”.

Fichte emphasizes the aspiration of the Jews to obtain human rights and generosity from others. However, he sees the need to protect the Christian majority of them, but not with murder, but through reeducation (“change their heads”) or exile (“to protect ourselves from them, I can not think of another means that of conquering their promised land and sending them all there “). Later, Fichte distanced himself from his inconsiderate approach and demonstrated this with his behavior.
Nothing prevents qualifying Wilhem Marr as an anti-Semite. In fact, he introduced the word “anti-Semitism” into the world vocabulary. However, one should not hide that, politically, it comes from the first ranks of the revolutionaries of 1848 and that this same pro-democracy biography is repeated in many German anti-Jews. Berlin theologian and politician Adolf Stoecker was another forerunner of anti-Semitism, but so was the system of social insurance that, until today, is considered one of the great achievements of the German people. As will be seen, the anti-Semites interceded in favor of the right to free, secret and universal vote; They bet on the construction of garden cities and founded consumer cooperatives. Such ambivalences popularized anti-Semitism. Who today ignores them in favor of a clear picture of history, renounces the possibility of understanding, in all its complexity, the historical German background of the Holocaust.

Both the national revolutionaries and the German nationalists agreed on one thing: they despised the Jews and impeded their emancipation at all costs. This is revealed by the leaflets and political poems of Democrats such as Ernst Moritz Arndt, Friedrich Ludwig Jahn, Jakob Friedrich Fries and, later, August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. The critical review of the burschenschaften (nationalist university fraternities) and the Wartburg festival of 1817, where nationalism was extolled with the burning of books, confirms the pessimistic testimony that Saul Ascher and Heinrich Heine, for example, offered to their German Democratic contemporaries .
According to the statutes of the German associationism promoted by Ernst Moritz Arndt, the national-revolutionary associations could also be accessed only by Christians, never by Jews. Shortly after 1815, the urburschenschaft de Jena, the first university fraternity created, included in its founding statutes the paragraph that had been barely refuted, according to which only a “German and Christian” could be a member.

Fearful parsimony and German chauvinism so unsecured should not be reduced simply to a consequence of national character. Both phenomena can be attributed to the same historical root: the religious and feudal division of the country. This fracture made possible the cultural diversity that, up to now, is part of the highly valued wealth of Germany and led (that was the price) to a practically infinite succession of dynastic and religious wars, self-harm, lasting economic damage and widespread poverty. For the collective memory of the Germans, the Thirty Years’ War supposes the terrible apogee of an almost eternal fraternal discord. The atrocities and horrors, which are only indicated here for statistical purposes, resulted in a population decrease of 50% in rural areas and 30% in urban areas. The fields were barren and hundreds of cities and thousands of villages ended up reduced to rubble and ashes. Decades passed until the survivors and their children could begin to recover financially and achieve a minimum of well-being.
The Germans lacked national integration, common support, adult institutions and accepted to be able to intercept and cushion the massive transformations brought about by industrialization, the internationalization of markets and the increase of population in the nineteenth century.

With its landsmannschaften and regional peculiarities, Germany was made to be a Federal Republic. However, federalism in nineteenth-century Germany meant recognizing ancient princely sovereignties. For this reason, the republicans had to record in their program the implantation of a unitary central state. The economic liberals fought for the unification of the units of measurement, weight and currency and for the end of the feudal tariff sovereignty, while the political liberals consumed their forces looking for the spirit of national unity of all the German peoples. Both currents lost sight of the essential: individual civil liberty and an open society supported by the liberal spirit. Thus it is understood why so many liberals decided in 1866 for the small German state of Bismarck initially organized in free trade and antiprotectionism.

In the article “Unsere Aussichten”, Heinrich von Treitschke described Eastern Jewish immigrants as a “troop of hard-working young men who sell pants”, whose “children and grandchildren will control in the future the parquets and newspapers of Germany.” The illustrious Germanist historian condemned in his text the “sly” appearance of the “laborious troop of Semitic talents of the third rank” and their “obstinate contempt” by Christian Germans.

The manifestos of the German Social Anti-Semitic Party and the Pan-Germanic Union were the theoretical basis on which the program of the NSDAP would be based, starting in 1920. In 1912, Claß already included some bureaucratic details in his plan: “Submission of resident Jews to the right of aliens and blockade of Jewish immigration. Jew is anyone who on January 18, 1871 belonged to the Jewish religious community, as well as all descendants of people who were then Jews, even if only one parent is Jewish; exclusion from the exercise of public office and military service; prohibition to direct or work in German public newspapers and banks; prohibition of ownership of farms and the burden of these with Jewish mortgages. In terms of the protection they enjoy as foreigners, they must pay twice as much tax. ” Claß also cited as grounds for his claims “the educational advantage” and “talent” that had allowed the Jews their rapid social rise to the detriment of the Christian majority: “But the mass has had such a hard time getting to know that, at present, layers Whole society are totally disconnected. ”

The theory of race was born between the limits of biology, medicine, anthropology and ethnology. Since the mid-nineteenth century, its defenders were gradually adopting the paradigm of unalterable differences in rank between different large groups of people. For many inhabitants of the European colonial powers and white citizens of the United States, this theory came to them at the most opportune time, both politically and economically. If it could be demonstrated from biology (that is, scientifically) that there were groups of people who could be denied the right to receive the same treatment as others, legally it could be possible that human rights would not protect them in the future. the “aborigines” and “savages” of the colonies and the “blacks” deported to the United States. In this sense, the race theory pursued a very clear objective: to legitimize the long-practiced discrimination of non-European non-slaves. The German Empire, as it had no worth mentioning colonies, could not use the theory of race for these purposes.

Chamberlain’s beaten brain popularized the theory of race and made it presentable in society. Even at His Imperial Highness William II was passionate about these Germanophile nonsense and worshiped Chamberlain as his “ally and companion in the struggle for Germania against Rome, Jerusalem, etc.,” as he was told in writing. The Kaiser recommended to his officers the reading of the Grundlagen des 19. Jahrhunderts (“Foundations of the 19th century”) by Chamberlain, a reference of racial anti-Semitism, who also read aloud to his children and whose memory resonated when he wrote his memoirs in 1922 “Only Chamberlain has succeeded in explaining and preaching to the surprised German nation, Germanness in all its magnificence.” But, as Hitler would do later in his political testament, he said: “However, as the collapse of the German nation demonstrates, the effort has been in vain.”

The Treaty of Versailles, entailed the main problem was another. The peace treaty blocked the economic recovery of Europe because it prevented the healing of the material wounds of the war and made it difficult to reestablish optimism, also to the detriment of the victors. The economist John Maynard Keynes already warned him during the negotiations in Paris. Keynes was a member of the British delegation as representative of the Treasury, but after a few months he left the meetings under protest because, in his opinion, the treaty would lead Germany and Europe to economic and political ruin. In the autumn of 1919 he wrote a critique of the dictates of peace (also directed, on the other hand, to Austria and Hungary) in which he reproached the victors for enslaving a generation of Germans and having assumed, out of pure selfishness, « the humiliation of millions of human beings and the rapture of an entire nation ». The criticism was aimed especially at France, but it was not heard.

Those who qualify the Weimar Republic as “incapable” or “agonizing” are wrong. The problem was, precisely, the opposite: with its achievements, the Weimar Republic promoted social promotion and generated better life expectations that, in the end, due to internal and external pressures, could not be met.

Anti-Semitism based on these premises was able to endure under the surface in the ostentatious years of the German Empire and in the first victorious phase of the war, but when the defeat of 1918 came, it erupted with great violence. What is now elegantly described as anti-Semitism in times of crisis, Michel described it using the example of a pre-civilized horde that suffers a defeat against a superior tribe and ventures with the weakest victim at hand: “They have lost the war. Fear is present. The depressed little miserable ones squat on the ruins of imperial Germany. There is not even good beer … The tribe is worried and arms. You have to avenge defeat. The culprit can not be felt. The tribe is disappointed. It needs a bit of fury. Collective sacrifice is one of the best drugs. The tribe comes out in swarms. Find the stranger, the Jew. He dances around him, howling for the pleasure of having found an asible and recognizable object for his orgy of disenchantment. The tribe surrounds him, drags him and passes him from hand to hand, the maces are raised to hit him. Hooray, almost like in 1914! ».

Gabriel Riesser wrote in 1831 the following about the constant and often socially desired discrimination of German Jews: “Only a people of vassals may like the servitude of a few; only a weak and cowardly nation can seek in its difference from a small group of the oppressed a means to keep alive its self-consciousness, a stimulus to its own pathological weakness. ” Ludwig Bamberger in 1880 described politically organized anti-Semitism as the result “of a confused sense of oneself”. In 1928, the Viennese writer and Zionist Heinrich York-Steiner referred to the “always intense anti-Semitic feelings” of the Germans as a consequence of their “political and national weakness”. Four years later, the same author issued a judgment in even clearer terms: “German anti-Semitism is not the consequence of an excessive feeling of national race, but the reaction to the unconscious of an inconstant and sickly ethnic consciousness. The German feeling of nation is the most insecure of all the nations of Europe ».

From its first day of work in 1933, the new government led by Hitler began to make room for the Aryan descent: until 1938 he devoted himself to expelling Jews from all professional fields; the economic autarky program freed farmers from the pressure of world markets; soon the state apparatus, the economy and the army expanded; and the program of imperialist expansion of the living space promised countless possibilities for the future. In My Struggle, Hitler outlined the objectives of the National Socialist state in the following terms: “Its end rests in the conservation and physical and mental promotion of equal living beings.” Therefore, the German state of the future had to bring together the “primal Germanic elements” and “elevate them to the dominant position”.

Not all Germans embraced National Socialist ideas, nor did they immediately. Between 1920 and 1932, different associations tried to win the masses from their own worldview, but all of them shared four elements on which they based their creed: first, they explained the world from a single reductionist principle; second, they advocated a strict separation from the outside, considered an enemy; third, they elevated their followers who were poor or threatened by poverty to the status of elected, superior to the majority and masters of the future; and, fourthly, they promised a radiant future that would be conquered after a brief period of final struggle in which, if necessary, many victims would be sacrificed. Due to these strong similarities not exclusively external, the contents of the new political doctrines of salvation set the tone and became interchangeable. After all, its appeal was not due to any specific objective, but to the redeeming trust (represented by strong organizations and energetic leaders) that these worldviews transmitted to the many lost and insecure spirits of themselves.

The Germans, in their majority, endured and fought to the bitter end, when the military violence released them from themselves on May 8, 1945. They had accepted the sacrilegious offers of the leaders of their nation. For years, they had taken advantage of the expropriation of the Jews, had accepted the obligatory sterilization and the forced death of their sick and defenseless relatives, had witnessed the deportations of the Jews, had heard something and fled by the exit they had been offered. : You do not have permission to know anything about all this, forget it quickly! Therefore, afterwards they were not able to explain to themselves or to others what happened. From the deepest conviction, they thought: we did not know.

A crisis is not declared because of a crisis, or a war, because of a war. The same goes for the Holocaust. Those who limit themselves to saying that German anti-Semitism, which causes the mass murder of six million people, is a consequence of anti-Semitism, are actually imagining the worst.
At the beginning of the 19th century, the demands for “unity of the German nation” and “democratic emancipation of the people” went hand in hand for a short time. The German habitat, fragmented into small feudal states and culturally unlimited (said in positive: open) throughout its periphery, lacked the unique state personality that they did have, for example France and the United Kingdom. The political union was an ideal for a long time and, therefore, the precursors of freedom had to be also of unity.

In Germany, the Jews did not have to deal with a single adversary, but with five different anti-Jewish currents: first, with the traditional prejudice of religious motivation; in second, with the estates forces fearful of progress; third, with a bourgeoisie more anxious for state protection than for freedom; in fourth, with the hostility towards the foreigners of the German national revolutionaries that reduced the concept of town-nation to the exclusive union of religion, common history and language; and fifth, with the Christian-Christian romantics of reformist aspirations. The different variants adopted by the opposition to the Jews shared the same feeling of fear of change, lack of self-confidence.

The anti-Semitism of the Germans was driven by envy, fear of failure, resentment and greed, those forces of evil that man fears and tries to understand civilized since the world exists. The Germans, a people absolutely subject to the Christian and legal tradition, were aware of the low instincts of their rejection of the Jews. And they felt ashamed. This predisposed them to be sensitive to a theory of race. Biopolitical science sublimated hatred as knowledge, lack as an advantage, and justified the taking of legal measures. Thus, millions of Germans were able to delegate to the state their shameful aggressions motivated by feelings of inferiority. And thus, those who exercised power exonerated the individual and transformed the individual evil into the suprapersonal need to carry out the “final solution of the Jewish problem.”
Cain killed Abel because he felt delayed and treated unjustly by God. The first murder in the history of mankind was committed out of envy and desire for equality. The deadly sin of envy.
An event structurally similar to the Holocaust can be repeated. If we want to reduce this danger, we must take into account the complex premises of the human race and not believe that the anti-Semites of yesterday were completely different people from us.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.