¿Por qué los alemanes?, ¿Por qué los judíos?, las causas del Holocausto — Götz Aly

Este es un muy interesante libro que habla sobre un tema que siempre estará en el candelero, el holocausto, se dio en Alemania, los judíos, a partir de un interesante estudio nos acercamos a los motivos que hicieron fraguase el acontecimiento.

Entre 1800 y 1933, la falta de seguridad del nacionalismo alemán condujo a los conocidos excesos de fanfarronesca nerviosa. Pensemos si no en la fundación del segundo imperio alemán, que se tuvo que escenificar en 1871 en suelo del enemigo histórico, concretamente en el Salón de los Espejos del palacio de Versalles, ya que el imperio recién creado carecía de un centro administrativo reconocido. Pensemos también en la arenga con la que el emperador Guillermo II despidió, en el verano de 1900, a los soldados de la marina alemana que se dirigían a China para sofocar una sublevación: «¡Plantaos frente al enemigo y caerá él solo!». Y, sobre todo, «¡que ningún chino vuelva a atreverse a mirar de reojo a un alemán!». En 1933, durante la celebración del 44.° cumpleaños de Hitler, los alemanes se vieron agasajados con cumplidos como el de ser «el primer pueblo del globo terráqueo». Alguien que se expresa en estos términos carece de equilibrio interior.

La palabra Holocausto contiene todo el horror causado por los alemanes. Ellos encerraron a los judíos europeos en casas, guetos y campos de concentración. Cientos de miles perecieron allí de hambre, frío y enfermedades. A los que quedaron vivos, los alemanes y sus ayudantes los deportaron (en camiones, trenes o a pie) a destinos donde les esperaban pelotones de fusilamiento y cámaras de gas. Algunos de los que iban a morir habían tenido que cavar antes sus fosas comunes o encender los crematorios y llenarlos.
Los alemanes tomaron una senda que acabó en el abismo de la barbarie. En ningún momento lo hicieron obligados, pero, en cualquier caso, optaron por esa vía. El objetivo de mi investigación no es generar ninguna controversia en torno a cuestiones puntuales. Mi intención es comprender, desde su lógica interna, el proceso histórico que desembocó en el imperio del terror entre los años 1933 y 1945 y provocó el asesinato de judíos europeos, y aportar algunas respuestas a dos preguntas que siembran tanto desconcierto: ¿por qué los alemanes?, ¿por qué los judíos?.
Más del 80 por 100 de los judíos establecidos en Alemania hasta 1933 tenían la ciudadanía alemana, es decir, eran alemanes. Así se consideraban en su gran mayoría y no pocos se sentían orgullosos de ello. La diferencia entre judíos y no judíos la limito a las tradiciones religiosas. Sin embargo, el libro trata de una época en la que se hablaba, simple e indistintamente, de alemanes, cristianos y judíos sin importar la distinción religiosa, nacional o racial, disfrutaran o no los judíos de derechos civiles.

La normativa municipal prusiana, que tan importante fue para la emancipación económica de los judíos, fue redactada e introducida por el barón Karl vom und zum Stein. Ocho años después, en 1816, el mismo Vom Stein barajó en público la idea de expulsar a los judíos para «poblar con ellos la costa del norte de África». ¿Cómo pudieron pasar ambas cosas por la misma cabeza reformista alemana? La explicación es que Vom Stein no soportaba a los judíos y provocó su equiparación económica como de pasada, por motivos estructurales y bajo el presagio de la ocupación francesa. Tras la derrota de Napoleón, con el fortalecimiento de los poderes dinásticos y al abrigo del espíritu del tiempo, Vom Stein abrazó el ideario de la pureza nacional y la monarquía cristiana legitimada por la gracia de Dios. Durante esa época no dejó de advertir de los peligros de un «grupo formado por gentuza, judíos, nuevos ricos y sabios fantasiosos» que pondría a los campesinos liberados de la servidumbre «bajo el yugo de los judíos y los usureros».
En la era de restauración posterior al congreso de Viena de 1814-1815, el gobierno prusiano estrechó todavía más las restricciones existentes y, en 1822, impidió a los ciudadanos judíos el acceso a puestos académicos «debido a las controversias demostradas en el ejercicio de esta profesión». En las convulsas décadas de 1830 a 1849, Prusia relajó algunas limitaciones para los judíos. La emancipación en los estados confederados alemanes hallaría su plasmación jurídica después de 1860. Los dos párrafos determinantes de la ley «referente a la igualdad de derechos de las confesiones», que entró en vigor el 3 de julio de 1869 en la Confederación Alemana del Norte y en 1871 para toda Alemania, decían lo siguiente: «Todas las restricciones derivadas de la variedad de confesiones religiosas y que afecten a los derechos civiles y ciudadanos quedan revocadas por la presente ley. En particular, la capacitación para participar en los órganos de representación comunal y estatal, así como para ejercer cargos públicos, será independiente de la confesión religiosa».
Tras unos modestos intentos en torno a 1870, la predisposición para admitir a judíos en el servicio público y militar sufrió un nuevo retroceso a partir de 1880. En el año 1900 ya no había ningún judío en la mayoría de las administraciones estatales.

En el siglo XIX, muchos alemanes lucharon a favor de los derechos de los judíos y se enfrentaron al antisemitismo. Su esfuerzo y valentía a menudo se olvidan en la actualidad, eclipsados por los posteriores crímenes. Se ha borrado de la memoria pública que, en el congreso de Berlín de 1878, el canciller imperial Bismarck abogó con insistencia por la equiparación legal de los derechos de los judíos en Rumanía, Bulgaria y Serbia. Bismarck «no descansó hasta que tuvo la palabra de cada uno de los asistentes» y proclamó «la igualdad de derechos de todas las confesiones de un modo tan solemne e irrefutable como nunca antes se había hecho en el mundo».

Fichte subraya la aspiración de los judíos de obtener derechos humanos y generosidad del prójimo. Sin embargo, ve la necesidad de proteger a la mayoría cristiana de ellos, pero no con el asesinato, sino a través de la reeducación («cambiarles las cabezas») o el exilio («para protegernos de ellos, no se me ocurre otro medio que el de conquistarles su tierra prometida y enviarlos a todos allí»). Mas tarde, Fichte se distanció de su desconsiderado planteamiento y así lo demostró con su conducta.
Nada impide calificar a Wilhem Marr de antisemita. De hecho, él introdujo la palabra «antisemitismo» en el vocabulario mundial. Sin embargo, tampoco se debería ocultar que, políticamente, proviene de las primeras filas de los revolucionarios de 1848 y que esta misma biografía prodemocrática se repite en no pocos antijudíos alemanes. El teólogo y político berlinés Adolf Stoecker fue otro precursor del antisemitismo, pero también lo fue del sistema de seguros sociales que, hasta hoy, se considera una de las grandes conquistas del pueblo alemán. Como se verá, los antisemitas intercedieron en favor del derecho de voto libre, secreto y universal; apostaron por la construcción de ciudades jardín y fundaron cooperativas de consumidores. Tales ambivalencias popularizaron el antisemitismo. Quien hoy las ignora en favor de una imagen clara de la historia, renuncia a la posibilidad de comprender, en toda su complejidad, los antecedentes históricos alemanes del Holocausto.

Tanto los nacionalrevolucionarios como los nacionalrománticos alemanes coincidían en una cosa: despreciaban a los judíos e impedían a toda costa su emancipación. Así lo revelan las octavillas y poemas políticos de demócratas como Ernst Moritz Arndt, Friedrich Ludwig Jahn, Jakob Friedrich Fries y, más tarde, August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. La revisión crítica de las burschenschaften (fraternidades universitarias nacionalistas) y del festival de Wartburg de 1817, donde se ensalzó el nacionalismo con la quema de libros, confirma el testimonio pesimista que Saul Ascher y Heinrich Heine, por ejemplo, ofrecieron a sus contemporáneos demócratas alemanes.
Según los estatutos del asociacionismo alemán impulsado por Ernst Moritz Arndt, a las asociaciones nacionalrevolucionarias también podían acceder únicamente los cristianos, nunca los judíos. Poco después de 1815, la urburschenschaft de Jena, la primera fraternidad universitaria creada, incluyó en sus estatutos fundacionales el párrafo antes apenas refutado, según el cual solo podía ser miembro «un alemán y cristiano».

La parsimonia temerosa y el chovinismo alemán tan poco seguro de sí mismo no se deberían reducir simplemente a una consecuencia del carácter nacional. Ambos fenómenos se pueden atribuir a una misma raíz histórica: la división religiosa y feudal del país. Esta fractura hizo posible la diversidad cultural que, hasta hoy, forma parte de la tan valorada riqueza de Alemania y condujo (ese fue el precio) a una sucesión prácticamente infinita de guerras dinásticas y religiosas, autolesiones, daños económicos duraderos y pobreza generalizada. Para la memoria colectiva de los alemanes, la guerra de los Treinta Años supone el terrible apogeo de una discordia fraternal casi eterna. Las atrocidades y los horrores, que aquí solo se señalan a título estadístico, se tradujeron en una disminución de la población del 50 por 100 en las zonas rurales y del 30 por 100 en las urbanas. Los campos quedaron yermos y cientos de ciudades y miles de pueblos acabaron reducidos a escombros y cenizas. Pasaron décadas hasta que los supervivientes y sus hijos pudieron empezar a recuperarse económicamente y conseguir un mínimo bienestar.
Los alemanes carecían de integración nacional, de respaldo común, de instituciones adultas y aceptadas para poder interceptar y amortiguar las masivas transformaciones que trajeron consigo la industrialización, la internacionalización de los mercados y el aumento de la población en el siglo XIX.

Con sus landsmannschaften y peculiaridades regionales, Alemania estaba hecha para ser una República Federal. Sin embargo, el federalismo en la Alemania del siglo XIX significaba reconocer las antiguas soberanías principescas. Por ello, los republicanos tuvieron que hacer constar en su programa la implantación de un estado central unitario. Los liberales económicos luchaban por la unificación de las unidades de medida, peso y moneda y por el fin de la soberanía arancelaria feudal, mientras que los liberales políticos consumían sus fuerzas buscando el espíritu de unidad nacional de todos los pueblos alemanes. Ambas corrientes perdían de vista lo esencial: la libertad civil individual y una sociedad abierta sostenida por el espíritu liberal. Así se entiende por qué tantos liberales se decidieron en 1866 por el estado pequeñoalemán de Bismarck organizado inicialmente en el librecambio y el antiproteccionismo.

En el artículo «Unsere Aussichten», Heinrich von Treitschke describía a los inmigrantes judíos del este como una «tropa de esforzados mozalbetes que venden pantalones», cuyos «hijos y nietos controlarán en un futuro los parqués y los diarios de Alemania». El ilustre historiador germanista condenaba en su texto la «taimada» aparición de la «laboriosa tropa de los talentos semitas de tercera fila» y su «desprecio obstinado» por los alemanes cristianos.

Los manifiestos del Partido Alemán Social Antisemita y de la Unión Pangermánica fueron la base teórica en la que se basaría, a partir de 1920, el programa del NSDAP. En 1912, Claß ya incluyó algunos detalles burocráticos en su plan: «Sometimiento de los judíos residentes al derecho de extranjería y bloqueo de la inmigración judía. Judío es todo aquel que el 18 de enero de 1871 pertenecía a la comunidad religiosa judía, así como todos los descendientes de personas que eran entonces judías, incluso si solo un progenitor es judío; exclusión del ejercicio de cargos públicos y del servicio militar; prohibición para dirigir o trabajar en periódicos y bancos públicos alemanes; prohibición de propiedad de fincas y de la carga de estas con hipotecas judías. En concepto de la protección de la que disfrutan como forasteros, deberán pagar el doble de impuestos». Claß también citaba como motivos de sus reclamaciones «la ventaja educativa» y el «talento» que habían permitido a los judíos su rápido ascenso social en detrimento de la mayoría cristiana: «Pero a la masa le ha costado tanto familiarizarse que, actualmente, capas enteras de la sociedad se hallan totalmente desconectadas».

La teoría de la raza nació entre los límites de la biología, la medicina, la antropología y la etnología. Desde mediados del siglo XIX, sus defensores fueron adoptando de modo progresivo el paradigma de las diferencias de rango inalterables entre los distintos grandes grupos humanos. Para muchos habitantes de las potencias coloniales europeas y ciudadanos blancos de Estados Unidos, esta teoría les llegó en el momento más oportuno, tanto política como económicamente. Si se podía demostrar desde la biología (o sea, científicamente) que había grupos de personas a las que se podía negar el derecho a recibir el mismo trato que a las demás, jurídicamente se podría conseguir que los derechos humanos no amparasen en el futuro a los «aborígenes» y «salvajes» de las colonias y a los «negros» deportados a Estados Unidos. En este sentido, la teoría de la raza perseguía un objetivo muy claro: legitimar la discriminación, largamente practicada, de los no europeos más o menos esclavizados. El imperio alemán, como no tenía colonias dignas de mención, no podía utilizar la teoría de la raza con estos fines.

El cerebro golpeado de Chamberlain popularizó la teoría de la raza y la hizo presentable en sociedad. Hasta a Su Alteza Imperial Guillermo II le apasionaban estos disparates germanófilos y veneraba a Chamberlain como su «aliado y compañero en la lucha por Germania contra Roma, Jerusalén, etc.», tal como le comunicó por escrito. El káiser recomendaba a sus oficiales la lectura de los Grundlagen des 19. Jahrhunderts («Fundamentos del siglo XIX») de Chamberlain, referencia del antisemitismo racial, que también leía en voz alta a sus hijos y cuyo recuerdo resonaba cuando escribió sus memorias en 1922: «Solo Chamberlain ha conseguido explicar y predicar a la sorprendida nación alemana la germanidad en toda su magnificencia». Pero, al igual que haría Hitler más tarde en su testamento político, puntualizó: «Sin embargo, como demuestra el derrumbamiento de la nación alemana, el esfuerzo ha sido en vano».

El tratado de Versalles, conllevó el problema principal era otro. El tratado de paz bloqueaba la recuperación económica de Europa porque impedía la cura de las heridas materiales de la guerra y dificultaba el restablecimiento del optimismo, también en detrimento de los vencedores. El economista John Maynard Keynes ya lo advirtió durante las negociaciones en París. Keynes era miembro de la delegación británica en calidad de representante del Tesoro, pero a los pocos meses abandonó las reuniones bajo protesta porque, en su opinión, el tratado llevaría a Alemania y Europa a la ruina económica y política. En el otoño de 1919 redactó una crítica de los dictados de paz (dirigida también, por otro lado, a Austria y Hungría) en la que reprochaba a los vencedores por haber esclavizado a una generación de alemanes y haber asumido, por puro egoísmo, «la humillación de millones de seres humanos y el rapto de toda una nación». La crítica iba dirigida especialmente a Francia, pero no fue escuchada.

Se equivocan aquellos que califican la República de Weimar de «incapaz» o «agónica». El problema fue, precisamente, el contrario: con sus logros, la República de Weimar fomentó el ascenso social y generó unas expectativas de vida mejor que, al final, debido a presiones internas y externas, no se pudieron cumplir.

El antisemitismo basado en estas premisas pudo aguantar bajo la superficie en los años ostentosos del imperio alemán y en la primera fase victoriosa de la guerra, pero cuando llegó la derrota de 1918, estalló con gran violencia. Lo que hoy se califica elegantemente de antisemitismo en épocas de crisis, Michel lo describió utilizando el ejemplo de una horda precivilizada que sufre una derrota contra una tribu superior y se desahoga con la víctima débil que tiene más a mano: «Han perdido la guerra. El miedo está presente. Los pequeños miserables deprimidos se acuclillan sobre las ruinas de la Alemania imperial. Ni siquiera hay buena cerveza … La tribu se inquieta y se arma. Hay que vengar la derrota. El culpable no se puede palpar. La tribu se desilusiona. Necesita un poco de furia. El sacrificio colectivo es una de las mejores drogas. La tribu sale en enjambres. Encuentra al forastero, el judío. Baila a su alrededor aullando por el placer de haber encontrado un objeto asible y reconocible para su orgía del desencanto. La tribu lo rodea, lo arrastra y lo pasa de mano en mano, las mazas se levantan para golpearle. ¡Hurra, casi como en 1914!».

Gabriel Riesser escribió en 1831 lo siguiente acerca de la discriminación constante y, a menudo, socialmente deseada de los judíos alemanes: «Solo a un pueblo de vasallos puede gustarle la servidumbre de unos pocos; solo una nación débil y cobarde puede buscar en su diferencia con respecto a un pequeño grupo de oprimidos un medio para mantener viva su conciencia de sí misma, un estímulo para su propia debilidad patológica». Ludwig Bamberger describió en 1880 el antisemitismo políticamente organizado como el resultado «de una sensación confusa de uno mismo». En 1928, el escritor y sionista vienés Heinrich York-Steiner se refirió a los «desde siempre intensos sentimientos antisemitas» de los alemanes como consecuencia de su «debilidad política y nacional». Cuatro años más tarde, el mismo autor emitió un juicio en unos términos aún más claros: «El antisemitismo alemán no es la consecuencia de un sentimiento desmesurado de raza nacional, sino la reacción a lo inconsciente de una conciencia étnica inconstante y enfermiza. El sentimiento alemán de nación es el más inseguro de todas las naciones de Europa».

Desde su primer día de trabajo en 1933, el nuevo gobierno liderado por Hitler empezó a hacer sitio para la descendencia aria: hasta 1938 se dedicó a expulsar a los judíos de todos los campos profesionales; el programa de autarquía económica liberó a los agricultores de la presión de los mercados mundiales; pronto se expandieron el aparato estatal, la economía y el ejército; y el programa de ampliación imperialista del espacio vital prometía incontables posibilidades de futuro. En Mi lucha, Hitler esbozó en los siguientes términos los objetivos del estado nacionalsocialista: «Su fin descansa en la conservación y la promoción física y mental de los seres vivos iguales». Por ello, el estado Alemán del futuro debía reunir los «elementos germánicos primigenios» y «elevarlos a la posición dominante».

“No todos los alemanes abrazaron las ideas nacionalsocialistas ni lo hicieron inmediatamente. Entre 1920 y 1932, distintas asociaciones trataron de ganarse a las masas desde su propia cosmovisión, pero todas ellas compartían cuatro elementos en los que basaban su credo: en primer lugar, explicaban el mundo a partir de un único principio reduccionista; en segundo lugar, abogaban por una estricta separación del exterior, considerado enemigo; en tercer lugar, elevaban a sus seguidores pobres o amenazados por la pobreza a la calidad de elegidos, superiores a la mayoría y amos del futuro; y, en cuarto lugar, prometían un porvenir radiante que se conquistaría tras un breve período de lucha final en el que, si hiciera falta, se sacrificarían muchas víctimas. Debido a estas fuertes similitudes no exclusivamente externas, los contenidos de las nuevas doctrinas políticas de salvación marcaron la pauta y se hicieron intercambiables. Al fin y al cabo, su atractivo no se debía a ningún objetivo concreto, sino a la confianza redentora (representada por organizaciones fuertes y dirigentes enérgicos) que esas visiones del mundo transmitían a los muchos espíritus perdidos e inseguros de sí mismos.

Los alemanes, en su práctica mayoría, aguantaron y lucharon hasta el amargo final, cuando la violencia militar los liberó de sí mismos el 8 de mayo de 1945. Habían aceptado las ofertas sacrílegas de los dirigentes de su nación. Durante años, habían sacado provecho de la expropiación de los judíos, habían aceptado la esterilización obligatoria y la muerte forzosa de sus parientes enfermos e indefensos, habían presenciado las deportaciones de los judíos, habían oído alguna cosa y huyeron por la salida que les habían ofrecido: no tenéis permiso para saber nada de todo esto, ¡olvidad rápido! Por ello, después ya no fueron capaces de explicarse a sí mismos ni a los demás lo sucedido. Desde el más profundo convencimiento, pensaban: no lo sabíamos.

Una crisis no se declara por culpa de una crisis, ni una guerra, por culpa de una guerra. Lo mismo ocurre con el Holocausto. Los que se limitan a decir que el antisemitismo alemán, causante del asesinato en masa de seis millones de personas, es una consecuencia del antisemitismo, en realidad están imaginando lo peor.
A principios del siglo XIX, las demandas de «unidad de la nación alemana» y «emancipación democrática del pueblo» fueron de la mano por poco tiempo. El hábitat alemán, fragmentado en pequeños estados feudales y culturalmente ilimitado (dicho en positivo: abierto) en toda su periferia, carecía de la personalidad estatal única que sí tenían, por ejemplo Francia y el Reino Unido. La unión política fue un ideal durante mucho tiempo y, por ello, los precursores de la libertad tuvieron que serlo también de la unidad.

En Alemania, los judíos no tuvieron que lidiar con un único adversario, sino con cinco corrientes antijudías de distinta índole: en primer lugar, con el tradicional prejuicio de motivación religiosa; en segundo, con las fuerzas estamentales temerosas del progreso; en tercer lugar, con una burguesía más ansiosa de protección estatal que de libertad; en cuarto, con la hostilidad hacia los extranjeros de los nacionalrevolucionarios alemanes que reducían el concepto de pueblo-nación a la unión exclusiva de religión, historia común e idioma; y en quinto lugar, con los románticos cristianoalemanes de aspiraciones reformistas. Las distintas variantes que adoptó la oposición a los judíos compartían un mismo sentimiento de temor a los cambios, falta de autoconfianza.

El antisemitismo de los alemanes fue impulsado por la envidia, el miedo al fracaso, el rencor y la codicia, esas fuerzas del mal que el hombre teme e intenta comprender civilizadamente desde que el mundo existe. Los alemanes, un pueblo absolutamente sujeto a la tradición cristiana y jurídica, eran conscientes de los bajos instintos de su rechazo a los judíos. Y se sentían avergonzados. Ello los predispuso a mostrarse sensibles a una teoría de la raza. La ciencia biopolítica sublimó el odio como conocimiento, la carencia como ventaja, y justificó la toma de medidas legales. Así, millones de alemanes pudieron delegar en el estado sus vergonzosas agresiones motivadas por sentimientos de inferioridad. Y así, los que ejercían el poder exculparon al individuo y transformaron la maldad individual en la necesidad suprapersonal de llevar a cabo la «solución final del problema judío».
Caín mató a Abel porque se sintió postergado y tratado injustamente por Dios. El primer asesinato de la historia de la humanidad se cometió por envidia y deseo de igualdad. El pecado mortal de la envidia.
Un suceso estructuralmente parecido al Holocausto se puede repetir. Si queremos reducir ese peligro, deberemos tener en cuenta las complejas premisas del género humano y no creer que los antisemitas de ayer fueron personas completamente distintas de nosotros.

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