Historias De La Inquisición — Juan Eslava Galán / Histories Of The Inquisition by Juan Eslava Galán

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Este es otro magnífico libro sobre una de las leyendas más negras de la Iglesia.

El fundamentalismo cristiano medieval convirtió al hereje en el máximo delincuente social. El Edicto de Verona (1184) estableció que los obispos, en sus visitas pastorales a parroquias, concederían audiencia a vecinos de confianza, buenos cristianos, que desearan colaborar con el sostenimiento de la fe denunciando a los feligreses sospechosos de herejía. El concilio de Narbona (1227) estableció que en cada parroquia hubiese testigos o testes synodales encargados de espiar las desviaciones doctrinales de la comunidad. La medida no dio el resultado apetecido. El mismo individuo que, cuando le robaban una gallina, era capaz de revolver Roma con Santiago para que la justicia prendiera al culpable y rescatara su patrimonio, se mostraba renuente a denunciar a un vecino sospechoso de herejía. La Iglesia se vio obligada a idear una figura jurídica desconocida en el derecho romano: la acusación por la autoridad.
La Inquisición medieval no sobrevivió a las herejías que persiguió. En el siglo XV, sus tribunales habían dejado prácticamente de funcionar, Pero, un siglo más tarde, el luteranismo y las contiendas religiosas favorecieron la creación de inquisiciones nacionales en algunos países de Europa, incluidos los protestantes. Una de las víctimas de las inquisiciones protestantes fue el científico español Miguel Servet, quemado en Ginebra por los calvinistas, en 1553, por negar el dogma de la Santísima Trinidad. Otra famosa víctima de la Inquisición fue el monje Savonarola, que había declarado al papa Alejandro VI simoniaco, hereje e incrédulo y había impuesto una férrea dictadura religiosa sobre la permisiva y alegre Florencia.

En la Europa actual, cuando los excesos del capitalismo generan malestar social, los nativos la toman con los emigrantes extranjeros, especialmente si son más notorios porque tienen la piel oscura y cocinan con aceite. En otras épocas, cuando algo iba mal, el chivo expiatorio eran los judíos. A finales del siglo XIV, las masas urbanas desheredadas andaban hambrientas y mohínas y el ambiente se iba caldeando peligrosamente. La tormenta estalló en 1391, provocada, quién sabe si deliberadamente, por el arcediano Martínez y otros predicadores populares especialistas en la soflama antisemita, ¿acaso no habían aceptado los judíos que la sangre del Salvador cayera sobre ellos y sobre sus hijos?
La conversión de aquellos a los que habían arrancado la barba a repelones propició la de muchos indecisos que habían puesto en remojo las suyas. El terreno estaba abonado para que san Vicente Ferrer y otros predicadores cosecharan cientos de conversiones en las amedrentadas sinagogas. Estos cristianos nuevos fueron llamados anusim, es decir, «forzados», por los judíos que se mantuvieron en su fe. Los conversos fueron tantos que los cristianos de pura cepa, los de toda la vida, nunca los asimilaron. Además sospechaban que estas conversiones no eran sinceras.
De la semilla de la sospecha, cultivada en el mantillo de la envidia, abonada de rencor, brotó la robusta certidumbre. Se divulgó la especie de que todos los conversos, y especialmente los ricos, seguían practicando el judaísmo en la clandestinidad. De este modo el innoble sentimiento de la envidia se disimuló en celo religioso y los cristianos de pura cepa pudieron justificar su rencor. Quizás esto explique popularidad Inquisición.

Dos razones, la una social, la otra política, aconsejaban a los reyes suprimir a los conversos. La devota Isabel tuvo además un móvil religioso: librar sus reinos de falsos cristianos, a los que consideraba una potencial amenaza para la religión. Por su parte, el nada devoto Femando tuvo dos razones particulares, una económica: apuntalar su escuálida cuenta corriente con el dinero confiscado a los conversos; y otra política: sortear las limitaciones impuestas a la autoridad real por los Fueros de Aragón. Una Inquisición a sueldo de la corona garantizaría el control político y social del reino.
¿Qué podía hacer el Papa, además de lamentarse? Femando abusaba de su concesión, le había dado la mano y él se había tomado el brazo, cierto. ¿Le revocaba el permiso y acababa de un plumazo con el abuso? Más valía no pensarlo siquiera: las consecuencias diplomáticas de semejante desautorización podían ser incalculables. Sólo cabía contrarrestar a la Inquisición otorgando a los confesores ordinarios, al cura amigo o vecino que cada cual tenía, la facultad de perdonar pecados contra la fe. Con lo cual, cuando la Inquisición cayera sobre el converso, éste podría exhibir su perdón y ya se sabe que no se puede juzgar a un hombre por un delito del que ya ha sido absuelto por un representante legal de la justicia divina, el sacerdote, en el tribunal de la penitencia.

La Inquisición disponía de miles de funcionarios jerárquicamente organizados en estructura muy centralizada. Prácticamente España era gobernada por cinco grandes consejos: Estado, Hacienda, Castilla, Aragón y la Inquisición. El ministro de la Inquisición, es decir, el inquisidor general era asistido por un máximo y todopoderoso tribunal de apelación, la Suprema, compuesto por seis miembros, dos de los cuales lo eran también del Consejo de Castilla, máximo organismo político. La Suprema se reunía a diario por la mañana y en días alternos por la tarde, salvando fiestas. Era la oficina por la que pasaban, para su visado y aprobación, las sentencias de los tribunales provinciales y, desde 1647, las de cualquier tribunal del reino. También era un puntilloso Consejo de Administración que controlaba al céntimo ingresos y gastos, y daba su visto bueno si el tribunal inquisitorial de Sevilla solicitaba permiso para adquirir un reloj.
Al margen de estos funcionarios de plantilla existían dos clases de colaboradores asociados, los calificadores y los familiares. Unos y otros eran indispensables para el funcionamiento de la máquina inquisitorial, Los calificadores eran teólogos peritos en temas de dogma y herejía. Siempre fueron clérigos pertenecientes a las órdenes intelectualmente prestigiosas; al principio, dominicos y franciscanos; después, jesuítas.
Los familiares de la Inquisición eran sus entusiastas afiliados con carnet, unos voluntarios sin sueldo, casi todos de extracción popular, menestrales en las ciudades.
Quizá convenga añadir a la lista de colaboradores del tribunal su pieza más terrible, el verdugo. La Inquisición no disponía de verdugo propio, pero contrataba los servicios del verdugo del lugar o el de alguna localidad próxima. Cuando se trataba de estrangular o quemar a los condenados a muerte, el asunto corría por cuenta de la autoridad civil.

Ignoramos si fray Tomás de Torquemada creía en la predestinación. El primer inquisidor general, el inevitable paradigma de todos los inquisidores, fue un predestinado incluso en la siniestra sonoridad de su apellido, que parece oler a chamusquina de carne hereje. Llorente, primer historiador del Santo Oficio, asegura que durante su mandato fueron quemadas más de diez mil personas y otras veintisiete mil sufrieron penas infamantes.
La gestión de Torquemada al frente de la primera Inquisición fue decisiva. Este eficiente funcionario redactó las primeras Instrucciones, que servirían de base al desarrollo institucional del Santo Oficio, le imprimió su carácter estatal y corrigió los abusos de los tribunales, revocando los nombramientos de algunos inquisidores indignos y moderando el rigor de otros.

El castillo de Triana, sede de la Inquisición sevillana, tenía treinta mazmorras, pero a veces había que alojar a sesenta reos. En estas circunstancias se habilitaban celdas en la residencia del propio fiscal, en la cárcel real e incluso en viviendas de familiares de la Inquisición. Otras veces se recurría al expediente de despachar los casos más rutinarios en un Auto de Fe o incluso se reconciliaba a los reos menores, de forma privada, en la propia capilla de la prisión.

A los cincuenta años de su creación, la Inquisición alcanzó su principal objetivo, es decir, la eliminación de la comunidad conversa. La expeditiva cirugía inquisitorial había extirpado aquel cáncer social del cuerpo del país. Además los judíos, considerados causa principal del contagio, habían sido expulsados del territorio nacional. Pero no era posible erradicar el virus por completo: un 6% de los españoles lo portaban. España contaba con unos ocho millones de habitantes y de ellos quizá medio millón eran descendientes de antiguos conversos. Habida cuenta de la sorprendente capacidad de esa minoría para trepar sin resbalón por la cucaña social, seguía existiendo el peligro de que estos conversos, sospechosos de criptojudaísmo, conquistasen nuevamente su antigua preeminencia.

El sambenito era un escaparate que mostraba la calidad del condenado. El reconciliado de levi lo llevaba liso; el reconciliado de vehementi con la cruz de san Andrés si era hereje formal, pero si no había recibido esta calificación, solamente lucía un trazo oblicuo, es decir, media cruz. Los relajados arrepentidos llevaban, además de las aspas, una coroza o capirote con aspas rojas; si el arrepentimiento se produjo después de la sentencia se añadían llamas hacia abajo, llamadas «fuego revuelto». Finalmente el relajado impenitente, el que ardería vivo, lucía llamas hacia arriba y entre ellas su propia figura pintada en medio del infierno e incluso acompañada de diablos.
El portador de sambenito tenía obligación de lucirlo los domingos y fiestas de guardar y de asistir con él a los actos públicos el tiempo que durase su condena.
Las torturas de la Inquisición no fueron nada originales. No hubo refinamientos sádicos. El tribunal se limitaba a aplicar las que comúnmente usaban los tribunales civiles, es decir, la llamada garrucha y el agua.
En la garrucha, el reo, con los brazos atados a la espalda, es izado con ayuda de una soga y se mantiene suspendido en el aire el tiempo que se tarda en recitar lentamente, por tres veces, el salmo Miserere (esta medición del tiempo por oraciones se empleaba también en las recetas, para calcular el tiempo de cochura de los alimentos). Cuando el inquisidor ha terminado su recitado mental, el reo ya tiene los miembros doloridos. Entonces, a una señal, el verdugo lo deja caer de golpe sin que llegue al suelo. El trampazo o tirón le produce dolores de muerte, particularmente si además lo han lastrado con pesos atados a los pies.
El agua es más dolorosa aún que la garrucha. El reo es tendido y atado sobre una mesa o potro levemente inclinado para que la cabeza quede más baja que los pies. Se le introduce en la boca un bostezo, artilugio de hierro que lo obliga a mantenerla abierta, y se cubre la cabeza con una fina toca de lino. A continuación se vierte lentamente agua sobre la boca de manera que arrastre el tejido hasta lo más profundo de la garganta. Después se puso de moda el potro y una variación que alargaba extremidades.

Los autos de fe eran ceremonias judiciales en las que se sentenciaba a los herejes. Por lo general se celebraban en iglesias o incluso en la capilla de la cárcel, con mínima ceremonia, rutinariamente. Éstos eran los despectivamente llamados autillos para distinguirlos del Auto Público General, la ceremonia solemne, el gran tinglado teatral que prestigia al Santo Oficio y escarmienta y edifica al pueblo.

Desde 1438 hasta finales del siglo XVIII, Europa padeció el horror de la caza de brujas. Esta persecución fue muy sangrienta en el norte de Europa y mucho menos en España y los otros países ribereños del Mediterráneo herederos de la cultura romana. Cerca de cuatrocientas mil personas fueron ejecutadas por delitos de brujería. Casi todas ellas eran mujeres, incluso niñas de hasta tres años de edad, acusadas de mantener relaciones sexuales con el diablo.
La brujería es la pervivencia de una antigua religión ctónica y matriarcal que se remonta al neolítico. Esta religión profesa el renacimiento o reencarnación y la capacidad del hombre para influir en su destino. En sus ceremonias, polariza la energía mental de la comunidad para alcanzar un éxtasis colectivo.
Al principio de la Edad Media, la Iglesia toleraba la brujería y la consideraba mera superstición de las gentes sencillas e ignorantes. Pero más adelante, a partir del siglo XII, la brujería adquirió cierta dimensión social como aglutinante de colectivos reprimidos, de siervos y mujeres. Entonces la Iglesia se combinó con el poder civil para perseguirla acusándola de rendir culto al diablo, lo que presupone apostasía y herejía. Además, a partir de santo Tomás, las indagaciones de célibes teólogos sobre el ángel caído condujeron a un descubrimiento sorprendente: los demonios cohabitan con mujeres.

Se supone que los brujos se reunían para celebrar una especie de misa sacrílega denominada aquelarre o sabbat cuyo principal sacramento consistía en copular con el diablo y con el resto de los asistentes en monstruosa promiscuidad.
Pedro de Valencia, dotado de admirable sentido común, escribió: «me inclino a entender que las juntas de hombres y mujeres tienen por fin el que han tenido y tendrán todos los tales en todos los siglos, que es la torpeza camal […] cometer fornicaciones, adulterios, sodomías […] al amparo de visiones que se producen mediante ungüentos, tóxicos y otras sustancias».
En España, a pesar de que las leyes de Castilla venían declarando herejes a los hechiceros desde 1370, se incoaron menos procesos por brujería que en otros países europeos y los habidos se circunscribieron principalmente a la comisa cantábrica, especialmente al País Vasco y a Navarra.

Los padres de la Iglesia y su celante clero enseñaron que el placer, especialmente el sexual, es pecado. No obstante, en la práctica, la Iglesia fue tolerante con los pecados de la carne hasta que el concilio de Trento impuso una estricta y represiva moral sexual. En consecuencia, la Inquisición amplió sus competencias a la represión de ciertos delitos sexuales.
Para el Santo Oficio, los pecadores sexuales se dividen principalmente en tres clases: fornicadores simples, bigamos y solicitadores. Otras especies más menudas incluyeron a los masturbadores, calificados de pecadores contra natura. A partir de entonces, los médicos dejaron de recomendar las fricciones vaginales a viudas y religiosas propensas a la histeria.
Fornicador simple era, potencialmente, casi cada hijo de vecino, particularmente en España, donde hay mucha falta de doctrina especialmente entre labradores y rústicos y dicen a tontas y sin saber lo que dicen y por ignorancia que tener acceso carnal un soltero y una soltera no es pecado y no con ánimo de hereticar. A eso el tribunal del Santo Oficio lo calificaba como fornicación simple.
Se había desarrollado un código sexual que determinaba qué actitudes entrañan pecado y cuáles son lícitas. Se llegó a sostener que la postura coital de la mujer sobre el hombre, entonces conocida como «meter la iglesia sobre el campanario», constituía pecado contra natura, incluso si era practicada dentro del matrimonio.
Los casos de bigamia eran bastante frecuentes. El concilio de Trento había sacralizado el matrimonio, y como no existía el divorcio, la única solución para escapar de una unión desafortunada consistía en desaparecer sin dejar rastro, poner tierra por medio, emigrar a otra región y rehacer la vida fundando una nueva familia.

La sodomía sólo fue competencia inquisitorial en Aragón, desde 1524. En Castilla correspondía a los tribunales civiles, que la castigaban con la hoguera siguiendo una venerable ley medieval ratificada en 1497 por los Reyes Católicos. Solamente en Sevilla fueron quemados cincuenta y cinco sodomitas entre 1578 y 1616.
En 1509 la Suprema recordó a sus tribunales que los casos de sodomía pertenecían a la jurisdicción civil. No obstante, cuando el Santo Oficio amplió su jurisdicción a diversos delitos sexuales contra natura, fatalmente hubo de ocuparse de los sodomitas.

Trento dejó a los curas enamorados en el mayor de los desamparos. Los mandos de la Iglesia, cardenales, obispos y abades, obedientes a las directrices del concilio, exigieron a la clase de tropa, curas y frailes, una castidad ejemplar. Bien se ve que habiendo alcanzado la edad en que las urgencias del sexo se hacen más llevaderas, no les dolía la miseria de los más jóvenes.
Ya no era posible mantener una barragana. Privados de mujer fija, muchos encauzaron sus perentorios ardores hacia la feligresía de sus parroquias, particularmente hacia sus hijas de confesión.

Cuando un solicitante sádico topaba con una hija de confesión masoquista, el resultado era un flagelante, variedad perversa de los solicitantes. Casi todos los flagelantes eran confesores que se deleitaban administrando personalmente la penitencia a hijas de confesión jóvenes y atractivas a saya levantada, con la carne descubierta, lo que daba pie a tocamientos y caricias que servían de aperitivo a más consistentes platos. La costumbre venía de antiguo. Ya las Cortes de 1563 habían solicitado, infructuosamente, que los frailes no ejecuten personalmente las penitencias que imponen a las monjas que confiesan y que no vivan en los conventos.
Los flagelantes no eran denunciados por sus víctimas sino por otros confesores a los que éstas confiaban el secreto. La Inquisición comenzó a ocuparse del tema a partir de 1606.

Los índices de libros prohibidos por la Inquisición desde 1559, resulta que no son tan rigurosos como los que en aquel tiempo imponían la Sorbona o el Índice romano. Además, estas prohibiciones afectaban más a las obras literarias que a las científicas. Por lo tanto, la decadencia quizá no sea imputable a una labor directa de la Inquisición sino a un ambiente nacional enrarecido por los problemas políticos y sociales que se venían encima. Lo que ciertamente adjudica una parcela de responsabilidad indirecta al Santo Oficio.
El tribunal prohibía menos que otros organismos censores europeos. Lo verdaderamente terrible fue la autocensura que se imponía el autor. Hablemos por ejemplo de Cervantes.

La Inquisición, como hoy las películas de terror, tuvo su remake y su segunda parte. Fernando VII regresó en 1814, y fue recibido por el pueblo cerril y reaccionario al grito de ¡Vivan las cadenas! Consecuentemente, repuso la Inquisición con el aplauso de la facción más conservadora del país y de una parte del clero que le preparaba el camino con inflamadas prédicas sobre la represión o santa Crueldad.
Otra vez los españoles tenían Inquisición, pero sus tribunales resultaban tan anacrónicos que sólo fueron un descarado instrumento policiaco al servicio del monarca en la represión de la canalla maldita liberal que había inundado Europa con perversas doctrinas designadas para derribar el orden establecido, tanto político como religioso. Ya va sonando familiar el mensaje.
El nuevo inquisidor general, Mier y Campillo, se puso a la tarea de limpiar España de la incredulidad y espantosa corrupción de costumbres.
Pero la Inquisición, como Drácula, regresó de la muerte para cobrarse nuevas víctimas. Tres años después de su segunda abolición, que parecía definitiva, un brusco cambio de rumbo de la política nacional, después de la nueva invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis, volvió a restaurarla. Fue un hecho tan escandaloso que conmocionó a los propios aliados franceses que lo habían propiciado.
En su nueva etapa, la Inquisición fue solamente el desacreditado matón al servicio de un rey impresentable, pero los nostálgicos reaccionarios que la aplaudían se empeñaban en que fuera algo más. Para demostrarlo, y para recuperar el respeto temeroso de la población, se atrevieron a inmolar a un hereje en 1826.

El espíritu inquisitorial ha sobrevivido enquistado, pero vivito y coleando, en algún cromosoma del carácter español.

Sin duda otro gran libro de este gienense universal. Recomendadísimo.

This is another magnificent book about one of the blackest legends of the Church.

Medieval Christian fundamentalism made the heretic the ultimate social delinquent. The Edict of Verona (1184) established that the bishops, in their pastoral visits to parishes, would grant an audience to trusted neighbors, good Christians, who wish to collaborate in sustaining the faith by denouncing the parishioners suspected of heresy. The Council of Narbonne (1227) established that in each parish there were witnesses or synodal testers charged with spying on the doctrinal deviations of the community. The measure did not give the desired result. The same individual who, when a hen was stolen, was able to revolve Rome with Santiago so that justice would take the culprit and rescue his patrimony, he was reluctant to denounce a neighbor suspected of heresy. The Church was forced to devise a legal figure unknown in Roman law: the accusation by authority.
The medieval Inquisition did not survive the heresies it persecuted. In the fifteenth century, its courts had practically ceased to function, but, a century later, Lutheranism and religious strife favored the creation of national inquisitions in some European countries, including Protestants. One of the victims of the Protestant inquisitions was the Spanish scientist Miguel Servet, burned in Geneva by the Calvinists, in 1553, for denying the dogma of the Holy Trinity. Another famous victim of the Inquisition was the monk Savonarola, who had declared Pope Alexander VI simoniac, heretic and incredulous and had imposed a strong religious dictatorship on the permissive and cheerful Florence.

In today’s Europe, when the excesses of capitalism generate social unrest, the natives take it with foreign emigrants, especially if they are more notorious because they have dark skin and cook with oil. In other times, when something went wrong, the scapegoat was the Jews. At the end of the fourteenth century, the disinherited urban masses were hungry and mohína and the environment was warming dangerously. The storm broke out in 1391, provoked, who knows if deliberately, by the Archdeacon Martinez and other popular preachers specialists in anti-Semitic soflama, had not the Jews accepted that the blood of the Savior fell on them and on their children?
The conversion of those who had torn the beard to repelions led to the many undecided who had soaked theirs. The land was fertilized so that St. Vincent Ferrer and other preachers could reap hundreds of conversions in the intimidated synagogues. These new Christians were called anusim, that is, «forced», by the Jews who remained in their faith. The converts were so many that the pure-bred Christians, those of a lifetime, never assimilated them. They also suspected that these conversions were not sincere.
From the seed of suspicion, cultivated in the mold of envy, fed with resentment, the robust certainty sprang up. The species was divulged that all converts, and especially the rich, continued to practice Judaism in hiding. In this way the ignoble feeling of envy was disguised in religious zeal and pure Christians could justify their resentment. Maybe this explains Inquisition popularity.

Two reasons, the one social, the other political, advised the kings to suppress the converts. The devout Elizabeth also had a religious motive: ridding her kingdoms of false Christians, whom she considered a potential threat to religion. On the other hand, the nothing-devoted Femando had two particular reasons, one economic: to prop up his squalid current account with the money confiscated from the converts; and another policy: to circumvent the limitations imposed on the royal authority by the Fueros de Aragón. An Inquisition in the pay of the crown would guarantee the political and social control of the kingdom.
What could the Pope do, besides lament? Fernando abused his concession, had given him his hand and he had taken his arm, true. Did he revoke the permit and finish with a stroke of abuse? It was better not to even think about it: the diplomatic consequences of such a disavowal could be incalculable. It was only possible to counteract the Inquisition by granting the ordinary confessors, the priest friend or neighbor that each one had, the ability to forgive sins against the faith. Whereupon, when the Inquisition fell on the convert, he could show his forgiveness and it is already known that a man can not be judged for a crime of which he has already been acquitted by a legal representative of divine justice, the priest, in the court of penance.

The Inquisition had thousands of officials hierarchically organized in a highly centralized structure. Practically Spain was governed by five great councils: State, Treasury, Castile, Aragon and the Inquisition. The Minister of the Inquisition, that is, the Inquisitor General was assisted by a maximum and all-powerful Court of Appeal, the Supreme Court, composed of six members, two of whom were also members of the Council of Castile, the highest political body. The Supreme met daily in the morning and on alternate days in the afternoon, saving parties. It was the office through which they passed, for their visa and approval, the judgments of the provincial courts and, since 1647, those of any court of the kingdom. It was also a punctilious Board of Directors that controlled the penny’s income and expenses, and gave its approval if the inquisitorial court of Seville requested permission to acquire a watch.
Apart from these staff officers, there were two types of associate collaborators, qualifiers and family members. Both were indispensable for the functioning of the inquisitorial machine. The qualifiers were expert theologians in matters of dogma and heresy. They were always clerics belonging to intellectually prestigious orders; at the beginning, Dominicans and Franciscans; later, Jesuits.
The relatives of the Inquisition were their enthusiastic affiliates with a card, some unpaid volunteers, almost all of popular extraction, mechanics in the cities.
Perhaps it is convenient to add to the list of collaborators of the court his most terrible piece, the executioner. The Inquisition did not have its own executioner, but it hired the services of the executioner of the place or of a nearby town. When it came to strangle or burn those condemned to death, the matter was the responsibility of the civil authority.

We do not know if Fray Tomás de Torquemada believed in predestination. The first general inquisitor, the inevitable paradigm of all the inquisitors, was a predestined one even in the sinister sound of his last name, which seems to smell like a heck of heretical flesh. Llorente, the first historian of the Holy Office, says that during his tenure more than ten thousand people were burned and another twenty-seven thousand suffered infamous punishments.
The management of Torquemada at the head of the first Inquisition was decisive. This efficient official drafted the first Instructions, which would serve as the basis for the institutional development of the Holy Office, printed its state character and corrected the abuses of the courts, revoking the appointments of some unworthy inquisitors and moderating the rigor of others.

The castle of Triana, seat of the Sevillian Inquisition, had thirty dungeons, but sometimes had to accommodate sixty inmates. In these circumstances cells were enabled in the residence of the prosecutor, in the royal prison and even in the homes of relatives of the Inquisition. Other times, the file was used to dismiss the most routine cases in an Auto de Fe or even to reconcile the minor inmates, privately, in the prison chapel itself.

Fifty years after its creation, the Inquisition achieved its main objective, that is, the elimination of the conversed community. The expeditious inquisitorial surgery had removed that social cancer from the body of the country. In addition, the Jews, considered the main cause of the contagion, had been expelled from the national territory. But it was not possible to eradicate the virus completely: 6% of Spaniards carried it. Spain had about eight million inhabitants and perhaps half a million of them were descendants of old converts. Given the surprising ability of that minority to climb without slipping through the social scourge, there was still the danger that these converts, suspected of cryptojudaism, would once again conquer their former pre-eminence.

The sanbenito was a showcase that showed the quality of the condemned. The reconciled Levi was wearing it smooth; the reconciled de vehementi with the cross of St. Andrew if he was a formal heretic, but if he had not received this qualification, he only wore an oblique stroke, that is, half a cross. The relaxed repentant had, in addition to the blades, a coroza or capirote with red blades; if repentance occurred after the sentence, flames were added down, called «fire scrambled.» Finally, the unrepentant relaxed, the one who would burn alive, showed flames upwards and between them his own figure painted in the middle of hell and even accompanied by devils.
The sambenito bearer had the obligation to wear it on Sundays and holidays to keep and attend public events with him for the duration of his sentence.
The tortures of the Inquisition were not original. There were no sadistic refinements. The court merely applied the ones commonly used by the civil courts, that is, the so-called garrucha and water.
In the garrucha, the prisoner, with his arms tied behind his back, is hoisted with the help of a rope and keeps suspended in the air the time it takes to recite slowly, three times, the Miserere Psalm (this time measurement by sentences was also used in recipes, to calculate the time of cooking of food). When the inquisitor has finished his mental recitation, the inmate already has aching limbs. Then, at a signal, the executioner drops it without hitting the ground. The snare or jerk causes death pangs, particularly if they have also weighed it with weights tied to the feet.
The water is even more painful than the garrucha. The inmate is stretched and tied on a table or slightly leaning colt so that the head is lower than the feet. A yawn is placed in his mouth, an iron contraption that forces him to keep it open, and he covers his head with a fine linen toque. Water is then slowly poured over the mouth so that it drags the tissue deep into the throat. Later the colt became fashionable and a variation that extended extremities.

The autos de fe were judicial ceremonies in which the heretics were sentenced. They were usually held in churches or even in the prison chapel, with minimal ceremony, routinely. These were the contemptuously called scops to distinguish them from the General Public Auto, the solemn ceremony, the great theatrical staging that gives prestige to the Holy Office and chastens and edifies the people.

From 1438 to the end of the eighteenth century, Europe suffered the horror of the witch hunt. This persecution was very bloody in the north of Europe and much less in Spain and the other countries bordering the Mediterranean heirs of the Roman culture. Nearly four hundred thousand people were executed for crimes of witchcraft. Almost all of them were women, including girls up to three years of age, accused of having sex with the devil.
Witchcraft is the survival of an ancient chthonic and matriarchal religion that dates back to the Neolithic. This religion professes rebirth or reincarnation and the ability of man to influence his destiny. In its ceremonies, it polarizes the mental energy of the community to achieve a collective ecstasy.
At the beginning of the Middle Ages, the Church tolerated witchcraft and considered it a mere superstition of simple and ignorant people. But later, from the twelfth century, witchcraft acquired a certain social dimension as an agglutination of repressed groups, serfs and women. Then the Church combined with the civil power to persecute her accusing her of worshiping the devil, which presupposes apostasy and heresy. In addition, starting with St. Thomas, the inquiries of celibate theologians about the fallen angel led to a surprising discovery: demons cohabit with women.

The sorcerers were supposed to gather to celebrate a kind of sacrilegious mass called sabbath or Sabbath whose main sacrament was to copulate with the devil and the rest of the assistants in monstrous promiscuity.
Pedro de Valencia, endowed with admirable common sense, wrote: «I am inclined to understand that the boards of men and women have at last the one they have had and will have all such in all the centuries, which is the cape awkwardness […] to commit. fornications, adulteries, sodomies […] under the protection of visions that are produced by ointments, toxins and other substances.
In Spain, despite the fact that the laws of Castile were declaring heretics to sorcerers since 1370, fewer trials were initiated for witchcraft than in other European countries and the laws were limited mainly to the Cantabrian comix, especially the Basque Country and Navarra.

The fathers of the Church and their clergy clergy taught that pleasure, especially sexual pleasure, is sin. However, in practice, the Church was tolerant of the sins of the flesh until the Council of Trent imposed a strict and repressive sexual morality. Consequently, the Inquisition extended its powers to the repression of certain sexual crimes.
For the Holy Office, sexual sinners are divided mainly into three classes: simple fornicators, bigamos and solicitors. Other smaller species included masturbators, qualified as sinners against nature. From then on, doctors stopped recommending vaginal frictions to widows and religious prone to hysteria.
Simple fornicator was, potentially, almost every neighbor’s son, particularly in Spain, where there is a great lack of doctrine especially among farmers and rustic people and they say to fools and without knowing what they say and because of ignorance that having a carnal access to a bachelor and an unmarried woman It is sin and not in the spirit of heretics. That’s what the tribunal of the Holy Office described as simple fornication.
A sexual code had been developed that determined which attitudes involve sin and which are lawful. It was argued that the coital posture of women over men, then known as «putting the church on the belfry», was a sin against nature, even if it was practiced within marriage.
The cases of bigamy were quite frequent. The Council of Trent had consecrated marriage, and since there was no divorce, the only solution to escape an unfortunate union was to disappear without leaving a trace, to put land in the middle, emigrate to another region and rebuild life by founding a new family.

Sodomy was only inquisitorial competence in Aragon, from 1524. In Castile corresponded to civil courts, which punished with the bonfire following a venerable medieval law ratified in 1497 by the Catholic Monarchs. Only in Seville were fifty-five sodomites burned between 1578 and 1616.
In 1509 the Supreme Court reminded its courts that the cases of sodomy belonged to the civil jurisdiction. However, when the Holy Office extended its jurisdiction to various sexual offenses against nature, it fatally had to take care of the Sodomites.

Trento left the priests in love in the greatest of homelessness. The commanders of the Church, cardinals, bishops and abbots, obedient to the directives of the council, demanded an exemplary chastity from the troop class, priests and friars. It is well seen that having reached the age when the urgencies of sex become more bearable, the misery of the younger ones did not hurt them.
It was no longer possible to maintain a barragana. Deprived of a fixed woman, many channeled their peremptory ardor towards the parishioners, particularly towards their daughters of confession.

When a sadistic applicant came across a daughter of masochistic confession, the result was a flagellant, perverse variety of the applicants. Almost all the flagellants were confessors who delighted in personally administering the penance to daughters of confession young and attractive to saya lifted, with the flesh uncovered, which gave rise to touching and caresses that served as an appetizer to more consistent dishes. The custom came from old. Already the Cortes of 1563 had unsuccessfully requested that the friars not personally execute the penances they impose on the nuns who confess and do not live in the convents.
Flagellants were not denounced by their victims but by other confessors to whom they confided the secret. The Inquisition began to take care of the subject as of 1606.

The indices of books forbidden by the Inquisition since 1559, it turns out, are not as rigorous as those that at that time imposed the Sorbonne or the Roman Index. In addition, these prohibitions affected literary works more than scientific ones. Therefore, the decline may not be attributable to a direct work of the Inquisition but to a national environment rarefied by the political and social problems that were coming. What certainly awards a plot of indirect responsibility to the Holy Office.
The court prohibited less than other European censor agencies. The truly terrible thing was the self-censorship imposed by the author. Let’s talk, for example, about Cervantes.

The Inquisition, like today’s horror movies, had its remake and its second part. Ferdinand VII returned in 1814, and was greeted by the wild and reactionary people shouting «Long live the chains! Consequently, he replaced the Inquisition with the applause of the most conservative faction in the country and of a part of the clergy who prepared the way for him with inflamed sermons on the repression or holy Cruelty.
Again the Spaniards had Inquisition, but their courts were so anachronistic that they were only a blatant police instrument in the service of the monarch in the repression of the cursed liberal bastard who had flooded Europe with perverse doctrines designed to overthrow the established order, both political and religious. . The message is already sounding familiar.
The new inquisitor general, Mier and Campillo, set about the task of cleaning Spain of disbelief and appalling corruption of customs.
But the Inquisition, like Dracula, returned from death to claim new victims. Three years after its second abolition, which seemed definitive, a sudden change of course of national policy, after the new French invasion of the Hundred Thousand Sons of St. Louis, restored it again. It was such a scandalous event that it shocked the French allies who had propitiated it.
In his new stage, the Inquisition was only the discredited thug in the service of an unpresentable king, but the nostalgic reactionaries who applauded her insisted that it be something else. To prove it, and to recover the fearful respect of the population, they dared to immolate a heretic in 1826.

The inquisitorial spirit has survived enquistado, but alive and kicking, in some chromosome of the Spanish character.

Undoubtedly another great book of this universal générale. Very recommended.

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