Lo que la ciencia no sabe — Michel Henry / Science Doesn’t Know by Michel Henry

Este ensayo fue publicado en la revista mundo científico de 1988 y es muy interesante en cuanto a los designios del ser humano y la subordinación a la ciencia.
«Dios es la ciencia», decía Yvon Belaval, dando a entender con ello que la segunda había sustituido al primero: es la ciencia la que hoy detenta el saber, todo el saber concebible; y el Poder, todo el poder alcanzable por el hombre en este mundo. Porque lo cierto es que no sabríamos actuar sobre nuestro mundo si no conociéramos sus leyes. A este respecto, los progresos aterradores (con todas las connotaciones que entraña este calificativo) de la técnica, que prolonga el desarrollo científico y se apoya constantemente en él, son la espectacular ilustración de una mutación teórica y práctica que, ya desde ahora, quiere confiar al conocimiento objetivo de la naturaleza material el destino del hombre.

El desmoronamiento de todas las creencias y de todos los valores— subsiste alguna creencia es, precisamente, esta: la de que el saber científico constituye la única y verdadera forma del saber auténtico, verídico, objetivo; y que, por consiguiente, en él ha de basarse y guiarse la acción humana.
Si la ciencia constituye el único auténtico saber de que dispone el hombre ¿qué otra instancia más que ella podría servirnos de guía en el caso de que no exista otro saber distinto al suyo? Esta es la cuestión. No se trata en modo alguno de «criticar» la ciencia, de poner en la picota la validez de sus resultados.
1) ¿Constituye verdaderamente el saber científico el único saber que poseemos?
2) ¿Hemos de basar en él nuestra acción?
A la segunda pregunta ya se ha respondido negativamente. La ciencia no es «inocente»; pero ni la bomba atómica, ni las manipulaciones genéticas pueden imputársele porque ateniéndonos estrictamente a la realidad de los hechos, la ciencia no fija ningún objetivo a nuestra acción ni pretende en modo alguno asumir el papel de autoridad en este sentido. Pero, por otra parte, hay que reconocer esto:
Si la humanidad no poseyera otro saber que el de la ciencia, se encontraría en un desconcierto completo porque no sabría qué tiene que hacer ni podría saberlo. Ahora bien, ocurre que este desconcierto es, precisamente, el de nuestra época y corresponde a esta paradójica situación que es también la nuestra: ser dueños de un saber considerable y en continuo crecimiento, según progresos evidentes e impresionantes, y, al mismo tiempo, confesar una ignorancia total en cuanto a la finalidad de nuestra acción y a los valores que deben definirla.

El saber elemental de la vida es también el que da lugar a sus más altos logros, a la cultura en todas sus formas, al arte, a la ética, a las diversas expresiones de la espiritualidad. Porque el arte, por ejemplo, reintroduce lo que la ciencia galileana había puesto entre paréntesis, la sensibilidad, cuyos modos de cumplimiento más intensos aquel investiga. En cuanto a la ética —totalmente extraña al campo de la ciencia, tanto, que esta nada tiene por enseñarnos sobre lo que tenemos que hacer— encuentra su fuente en la vida y nada más que en ella. Es por esto que la vida, experimentada inmediatamente en su sufrimiento y en sus vivencias, sabe lo que es y lo que quiere ser, y sabe también lo que hay que hacer y cómo hacerlo, siendo así que su saber inmediato es también el de los modos de hacer, el de toda praxis posible. Después de todo, la vida se quiere a sí misma (por esto rechaza apasionadamente la muerte, rechazo que se halla en la base de todas las morales y, probablemente, de todas las religiones). Ante todo, y según el deseo de crecimiento que le es propio, quiere vivir; pero, también también amar…

Si nuestra vida invisible consigue mantenerse completamente fuera del mundo en que la ciencia investiga, y halla todo lo que puede hallar, no es, sin duda, una mera ilusión creer que la ciencia franqueará un día aquella. En cuanto a comprender cómo podemos mantener en esta vida inobjetivable y misteriosa un discurso que escape a la comprensión de la ciencia galileana y que, a la vez, presente un rigor comparable a ella, unas verdades necesarias, apriorísticas con el mismo título que las de la geometría, aunque esto es ya una cuestión distinta.

This essay was published in the scientific world magazine of 1988 and is very interesting in terms of the designs of the human being and the subordination to science.
“God is science,” said Yvon Belaval, meaning that the second had replaced the first: it is science that today holds knowledge, all conceivable knowledge; and the Power, all the power attainable by man in this world. Because the truth is that we would not know how to act on our world if we did not know its laws. In this regard, the appalling progress (with all the connotations that this qualification implies) of the technique, which prolongs scientific development and is constantly supported by it, is the spectacular illustration of a theoretical and practical mutation that, from now on, wants to entrust the destiny of man to the objective knowledge of material nature.

The crumbling of all beliefs and all values ​​- some belief subsists is precisely this: that scientific knowledge constitutes the only true form of authentic, true, objective knowledge; and that, consequently, human action must be based on it and guided.
If science is the only authentic knowledge available to man, what other instance than it could serve as a guide in the case that there is no other knowledge than his own? This is the question. It is not in any way to “criticize” science, to pillory the validity of its results.
1) Is scientific knowledge really the only knowledge we possess?
2) Are we to base our action on him?
The second question has already been answered negatively. Science is not “innocent”; but neither the atomic bomb nor the genetic manipulations can be imputed to it because, strictly adhering to the reality of the facts, science does not set any objective to our action nor does it pretend in any way to assume the role of authority in this sense. But, on the other hand, we must recognize this:
If humanity did not possess other knowledge than that of science, it would be in a complete confusion because it would not know what it has to do or could know. Now, it happens that this confusion is, precisely, that of our time and corresponds to this paradoxical situation that is also ours: to be masters of a considerable knowledge and in continuous growth, according to evident and impressive progress, and, at the same time, confess total ignorance regarding the purpose of our action and the values ​​that should define it.

The elementary knowledge of life is also what gives rise to its highest achievements, to culture in all its forms, to art, to ethics, to the various expressions of spirituality. Because art, for example, reintroduces what Galilean science had put in parentheses, sensitivity, whose more intense modes of compliance that investigates. As for ethics-totally foreign to the field of science, so much so that it has nothing to teach us about what we have to do-it finds its source in life and nothing else but in it. This is why life, experienced immediately in its suffering and experiences, knows what it is and what it wants to be, and also knows what needs to be done and how to do it, so that their immediate knowledge is also that of the ways of doing, that of all possible praxis. After all, life wants itself (this is why it passionately rejects death, rejection that is at the base of all morals and, probably, of all religions). First of all, and according to the desire for growth that is his own, he wants to live; but also also love …

If our invisible life manages to stay completely out of the world in which science investigates, and finds all that it can find, it is not, without a doubt, a mere illusion to believe that science will one day surpass that. As for understanding how we can maintain in this inobjective and mysterious life a discourse that escapes the understanding of Galilean science and that, at the same time, presents a rigor comparable to it, some necessary truths, a priori with the same title as those of geometry, although this is already a different issue.

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