La CIA y La Guerra Fría Cultural — Frances Stonor Saunders / The Cultural Cold War: The CIA and the World of Arts and Letters by Frances Stonor Saunders

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Este es otro interesante libro que desvelan los hilos de la propaganda oficial y que nos habla de la cruzada por parte de la CIA de imponer su modelo por encima de todo frente al temible comunismo.
Durante los momentos culminantes de la guerra fría, el Gobierno de Estados Unidos invirtió enormes recursos en un programa secreto de propaganda cultural en Europa occidental. Un rasgo fundamental de este programa era que no se supiese de su existencia. Fue llevado a cabo con gran secreto por la organización de espionaje de Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia. El acto central de esta campaña encubierta fue el Congreso por la Libertad Cultural, organizado por el agente de la CIA, Michael Josselson, entre 1950 y 1967. Sus logros fueron considerables y su propia duración no fue el menor de ellos. En su momento álgido, el Congreso por la Libertad Cultural tuvo oficinas en 35 países, contó con docenas de personas contratadas, publicó artículos en más de veinte revistas de prestigio, organizó exposiciones de arte, contaba con su propio servicio de noticias y de artículos de opinión, organizó conferencias internacionales del más alto nivel y recompensó a los músicos y a otros artistas con premios y actuaciones públicas. Su misión consistía en apartar sutilmente a la intelectualidad de Europa occidental de su prolongada fascinación por el marxismo y el comunismo, a favor de una forma de ver el mundo más con el «concepto americano».
El resultado fue una red de personas, notablemente compenetrada, que trabajó codo con codo con la Agencia para promover una idea: que el mundo precisaba una pax americana, una nueva época ilustrada, a la que se bautizaría como «el Siglo Americano».
El consorcio que construyó la CIA —consistente en lo que Henry Kissinger calificó como «aristocracia dedicada al servicio de esta nación en nombre de unos principios que están más allá de los enfrentamientos entre los partidos»— fue el arma secreta con la que lucharían los Estados Unidos durante la guerra fría, un arma que, en el campo cultural, tuvo un enorme radio de acción. Tanto si les gustaba como si no, si lo sabían como si no, hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta. Sin sentirse amenazado por nadie y sin ser detectado durante más de veinte años, el espionaje estadounidense creó un frente cultural complejo y extraordinariamente dotado económicamente, en Occidente, para Occidente, en nombre de la libertad de expresión. A la vez que definía la guerra fría como «batalla por la conquista de las mentes humanas»
fue acumulando un inmenso arsenal de armas culturales: periódicos, libros, conferencias, seminarios, exposiciones, conciertos, premios.
Entre los miembros de este consorcio había un surtido grupo de intelectuales radicales y de izquierda cuya fe en el marxismo y en el comunismo se había hecho añicos ante la evidencia del totalitarismo estalinista.

En 1996, aparecieron en el New York Times una serie de artículos que sacaban a la luz una amplia serie de actividades secretas llevadas a cabo por el espionaje estadounidense. A medida que empezaron a inundar las primeras páginas de los periódicos los relatos de intentonas de golpes de Estado y de asesinatos políticos (casi siempre chapuceros), la CIA quedó como un elefante solitario, que arrasaba a su paso la vegetación de la política internacional, sin tener que responder ante nadie de sus hecho. Entre las más notorias de estas revelaciones de capa y espada se publicaron los detalles de cómo el gobierno estadounidense había recurrido a las vacas sagradas de la cultura de Occidente para conferir peso intelectual a sus acciones.
La teoría de que muchos intelectuales habían sido movidos por los dictados de los políticos estadounidenses y no por sus propios e independientes principios, generó un amplio malestar. La autoridad moral de que disfrutaron los intelectuales durante el momento álgido de la guerra fría quedaba seriamente bajo sospecha y fue, con frecuencia, objeto de escarnio. La «consensocracia» se estaba desmoronando, su componente fundamental era insostenible. A medida que se fue desintegrando, el propio relato se fue fragmentando, parcializando, modificando, a veces de manera increíble, por fuerzas de la derecha y de la izquierda que querían hacer encajar sus datos con sus propios objetivos. Paradójicamente, las circunstancias que hicieron posibles las revelaciones contribuyeron a que quedase oscurecido su auténtico significado. En tanto que la obsesiva campaña anticomunista de Estados Unidos en Vietnam le llevó al borde del colapso social, y fue causa de escándalos de gran trascendencia como el de los papeles del Pentágono o el Watergate, era difícil mantener el interés o la indignación en el asunto de la Kulturkampf, que en comparación, parecía algo sin importancia.

La propuesta estadounidense ya se había articulado en la doctrina Truman y en el Plan Marshall. Ahora, se inauguraba una nueva fase de la guerra fría, con la creación de la Agencia Central de Inteligencia, la primera organización de inteligencia estadounidense en tiempos de paz. Creada por la Ley de Seguridad Nacional de 26 de julio de 1947, se pretendía que la Agencia coordinase la inteligencia militar y diplomática. De importancia fundamental, aunque en un lenguaje extremadamente impreciso, fue la autorización recibida para llevar a cabo «servicios de incumbencia mutua», sin especificar y «Otros cometidos y tareas», que dispusiera el Consejo de Seguridad Nacional (creado por la misma ley). «En ningún otro lugar de la Ley de 1947, se autorizaba explícitamente a la CIA a recopilar información o a intervenir de forma secreta en los asuntos de otros países —se decía, más tarde, en un informe gubernamental—. Pero la elástica frase “otros cometidos” fue utilizada por sucesivos presidentes para que la Agencia realizase espionaje, acciones secretas, operaciones paramilitares, y para recopilar información técnica».
La creación de la CIA marcó una revisión radical de los tradicionales paradigmas de la política estadounidense. Los términos en los que se estableció la Agencia institucionalizaron conceptos como «la mentira necesaria» y la «negación creíble» como estrategias legítimas en tiempo de paz, y, a la larga crearon una capa invisible del gobierno cuyo potencial para el abuso, en el propio país y en el extranjero, no se veía coartado por nada, al no tener que responder ante nadie.

La campaña de la Cominform para convencer a los hombres cultos de Europa de que el único triunfo que quería la URSS era el de la «paz», se vio seriamente socavada por importantes acontecimientos que tuvieron lugar en 1949. El despiadado trato al que sometió a Tito, presidente de Yugoslavia, cuya negativa a sacrificar los intereses nacionales a favor de un afianzamiento de la hegemonía soviética en los Balcanes había abierto una agria polémica entre Moscú y Belgrado.

La libertad cultural no salió barata. Durante los siguientes diecisiete años, la CIA invertiría decenas de millones de dólares en el Congreso por la Libertad Cultural y en proyectos relacionados. Con este tipo de empresas, la CIA, en realidad, actuaba como Ministerio de Cultura de los Estados Unidos.
Un rasgo importante de las acciones emprendidas por la Agencia para movilizar la cultura como arma de la guerra fría era la sistemática organización de una red de «grupos» privados y «amigos», dentro de un oficioso consorcio. Se trataba de una coalición de tipo empresarial de fundaciones filantrópicas, empresas y otras instituciones e individuos que trabajaban codo con codo con la CIA, como tapadera y como vía de financiación de sus programas secretos en Europa occidental. Además, con estos «amigos» se podía contar para defender los intereses del gobierno en Estados Unidos y en el extranjero, en tanto que parecían hacerlo exclusivamente por iniciativa propia. Si bien mantenían su estatus «privado», estos individuos e instituciones, en realidad, actuaban aportando el capital de riesgo de la guerra fría, por cuenta de la CIA.
Tanta importancia como Nelson Rockefeller tenía su hermano David. Controlaba el comité de donaciones de la Chase Manhattan Bank Foundation, fue vicepresidente y, luego, presidente del propio banco, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, presidente del Comité Ejecutivo de la International House[*], y amigo personal de Allen Dulles y Tom Braden. «A menudo me reunía, más o menos oficialmente con David, con el permiso de Allen, para comentar lo que hacíamos —recordaba Braden—. Pensaba igual que nosotros, y apoyaba con fuerza todo lo que hacíamos. Era de la misma opinión que yo de que la única manera de ganar la guerra fría, era la nuestra. A veces, David me daba dinero para cosas que no figuraban en nuestro presupuesto. Me entregó muchísimo dinero para asuntos en Francia. Recuerdo que me dio 50.000 dólares para alguien dedicado a promover la unidad europea entre los grupos juveniles. Este individuo me presentó su proyecto, se lo conté a David, y David me dio, sin más, un cheque de 50.000 dólares. La CIA ni se enteró». Estas transacciones por libre le dieron un nuevo significado a la práctica del corso por cuenta del gobierno, y fueron un inevitable subproducto de la semiprivatización de la política exterior estadounidense durante estos años de la guerra fría. De estas mismas prácticas procederían posteriores desastres como el de Oliver North. La comparación es muy pertinente: de igual modo que el principal artífice del Irangate, «Con su mi rada firme, su inexorable sentido del deber y su palpable convicción de que el fin justifica los medios»[26], estos tempraneros amigos de la CIA, nunca se vieron afligidos por la menor sombra de duda sobre ellos mismos o sobre sus fines.

El Comité Americano por la Libertad Cultural fue fundado en Nueva York, en 1951. Su principal impulsor era Sidney Hook, primer presidente y que, según Lawrence de Neufville, era «consultor contratado» de la CIA. Irving Kristol, otro antiguo alumno del City College de Nueva York, era su director ejecutivo, por lo cual recibía un salario anual de 6.500 dólares. El sueldo subió a 8.500, en 1954, al ser sustituido Kristol por Sol Stein, que procedía directamente del Servicio de Información[*] de los Estados Unidos, donde había trabajado en una sección dedicada al análisis ideológico. El Comité, como representante oficial de Estados Unidos en el Congreso, pretendía reflejar la amplia coalición de posiciones liberales y de centro izquierda, que conformaban la organización matriz. Pero en tanto el Congreso había logrado excluir a los activistas de la línea más dura, como Koestler, no pudo hacer lo mismo con el Comité Americano, que pronto se escindiría a partes iguales entre moderados y radicales.
La fascinación por el poder se manifestaba en grado sumo en el Comité Americano, culminando en 1952, con un simposio de Partisan Review que confirmó una nueva relación entre los intelectuales y el país. El simposio recibió el nombre de «Nuestro país y nuestra cultura», y fue tomando cuerpo conforme se iban publicando números de la revista. Su objetivo, escribieron los directores, era «examinar el hecho aparente de que los intelectuales americanos consideran en la actualidad a América y a sus instituciones de una nueva manera. Hasta hace poco más de una década, se solía pensar que Estados Unidos era hostil al arte y a la cultura. Desde entonces, la marea ha comenzado a cambiar de dirección, y muchos escritores e intelectuales se sienten hoy más cerca de su país y de su cultura… Políticamente, se reconoce que el tipo de democracia que existe en los Estados Unidos tiene un valor intrínseco y auténtico: no es meramente un mito capitalista, sino una realidad que ha de defenderse frente al totalitarismo ruso… Europa ya no es considerada como un santuario; ya no asegura la rica experiencia cultural que inspiraba y justificaba la crítica hacia todo lo americano. La rueda ha dado la vuelta por completo, y hoy América es la protectora de la civilización occidental»
Al subvencionar publicaciones en Estados Unidos, la CIA estaba actuando en contra de sus propios estatutos legales, que le prohibían apoyar a organizaciones nacionales. En el caso de Partisan Review y de New Leader, había dos convincentes razones para pasar por alto esa sutileza legal: en primer lugar, las revistas servían de cabeza de puente ideológico para los intelectuales americanos y europeos que estaban de acuerdo en el anticomunismo, pero separados por diferencias geopolíticas y culturales; en segundo lugar, el apoyo financiero dado era lo que Josselson calificaba como «escudo» contra la previsible «indignación» de Partisan Review y de New Leader cuando descubriesen —como pronto harían— que su situación en el mercado de las ideas pronto se las habría de ver con un serio competidor.

McCarthy surge en un momento en que muchos europeos estaban en guardia ante la evidencia del «repugnante paralelismo» entre Estados Unidos y la Unión Soviética. «El veneno cruza el Atlántico como una especie de espantoso viento dominante»[1], escribió la esposa de un joven diplomático americano en Francia, en el apogeo de la campaña de McCarthy. El senador de Wisconsin compensaba su escaso intelecto con una potente voz y una inveterada falta de honradez (su cojera, afirmaba, era resultado de una herida de guerra, aunque en realidad se la produjo al resbalarse en la escalera). Mamaine Koestler le encontraba repelente, y le calificaba de «matón de peludas garras» (aunque creía que estaba haciendo un buen trabajo denunciando a los «infiltrados»). Richard Rovere escribió que ningún otro político de la época tenía un «acceso más seguro y veloz a los lugares oscuros de la mente norteamericana». A principios de los años cincuenta, McCarthy despotricaba sobre «una gran conspiración, a escala tan inmensa y una infamia tan negra que empequeñece cualquier acontecimiento anterior en la historia de los hombres». Envalentonado por los juicios de Alger Hiss, de los Rosenberg y de otros agentes prosoviéticos en los Estados Unidos, que conferían cierta credibilidad a sus obsesiones orwellianas, Joe McCarthy acusó incluso al general George Catlett Marshall de favorecer la política del Kremlin.

Lejos de hacer mella en la CIA, McCarthy contribuiría, en última instancia, al reforzamiento de su prestigio. Gracias a él, se reforzó la reputación de la CIA como una especie de paraíso para los «librepensadores» de la política exterior. Richard Bissell, que entró en la Agencia en enero de 1954, la recordaba como «Un lugar donde aún existía fermento intelectual y desafíos, y donde pasaban cosas [mientras] que gran parte del desafío y de la sensación de estar avanzando habían desparecido de otras instancias del gobierno». Su director, Allen Dulles, salió más fuerte que nunca. Según Tom Braden, «El poder afluyó sobre él, y a través de él, a la CIA, en parte porque su hermano era secretario de Estado, en parte porque su reputación de gran espía durante la segunda guerra mundial le rodeaba como un halo misterioso, y en parte porque su antigua pertenencia al prestigioso bufete de abogados de Nueva York, Sullivan y Cromwell, impresionaba a los abogados de pueblo del Congreso». Ahora, ante el ataque de McCarthy a la Agencia, Dulles había ganado, y «SU victoria aumentó enormemente la respetabilidad de lo que la gente de entonces llamaba “la causa” del anticomunismo. “No os unáis a los que queman libros”, había dicho Eisenhower. Así no se luchaba contra el comunismo. La forma correcta era la CIA»

En contraste con el Comité Americano, cuyo fracaso en adoptar una posición coherente en un único e importante tema aceleró su inminente fenecimiento, el Congreso en Europa, a mediados de los cincuenta, había establecido y marcado claramente su territorio. Bajo el firme brazo de Josselson, se había creado la reputación de ser una seria alianza de intelectuales empeñados en demostrar la falibilidad del mito soviético y la superioridad de la democracia occidental como marco de la investigación cultural y filosófica. En tanto que la composición de su círculo más íntimo (o «aparato») permaneció inalterada, el Congreso podía alardear ahora de contar entre sus filas con numerosos y eminentes intelectuales y artistas.
Julian Huxley, Mircea Eliade, André Malraux, Guido Piovene, Gerbert Read, Allen Tate, Lionel Trilling, Robert Penn Warren, W. H. Auden, Thomton Wilder, Jayaprakash Narayan; estos y otras muchas luminarias honraron las páginas de Encounter, Preuves, y multitud de otras revistas creadas o afiliadas al Congreso.
La historia intelectual de los Estados Unidos había oscilado durante las dos décadas anteriores desde la izquierda, golpeando a la derecha y desde la derecha, golpeando a la izquierda, y el espectáculo de ver a los hombres despedazándose sus entrañas de esta manera, resultaba poco edificante. Ambas facciones divididas en reinos de taifas intelectuales siempre en disputa desconocían una verdad importante: el maximalismo en política, en forma de macartismo o de anticomunismo liberal, o estalinismo, no tenía nada que ver con izquierdas o derechas, sino con la negativa a dejar que la historia nos diga la verdad. «Está tan corrupto que ni siquiera sabe que lo está —dijo Jason Epstein, con aire intransigente—. Cuando esta gente habla de “contrainteligencia”, lo que hacen es crear un sistema de valores falso y corrupto para apoyar cualquier ideología con la que estén comprometidos en ese momento. Con lo único con lo que en realidad están comprometidos es con el poder, y con la introducción de estrategias zaristas-estalinistas en la política americana. Están tan corruptos que probablemente no saben que lo están. Son pequeños y mentirosos burócratas de partido. La gente que no cree en nada, que sólo están contra algo, no deberían hacer cruzadas o iniciar revoluciones.

Dar apoyo a artistas de izquierda era algo habitual para los Rockefeller. En una ocasión en que se puso en cuestión su decisión de promover al revolucionario mexicano Diego Rivera (que había gritado «¡Muerte a los gringos!» a las puertas de la embajada americana), Abby Aldrich Rockefeller había afirmado que los rojos dejarían de ser rojos «Si valorásemos y reconociésemos sus méritos artísticos». Pronto tendría lugar una exposición monográfica de Rivera, la segunda en la historia del MoMA. En 1933, Nelson Rockefeller había supervisado la realización por parte de Rivera del encargo del mural del recientemente erigido Rockefeller Center. Un día en que contemplaba los trabajos de Rivera, Nelson advirtió que una de las figuras tenía los inconfundibles rasgos de Vladimir Ilich Lenin. Con la mayor educación, pidió a Rivera que lo eliminara. Rivera, educadamente, se negó. Cumpliendo órdenes de Nelson, rodearon de guardias el mural mientras a Rivera se le entregaba un cheque por el monto total (21.000 dólares), y se le dio una notificación oficial de que su encargo quedaba anulado. En febrero de 1934, el mural, que casi había sido terminado, fue destruido con martillos neumáticos.

A finales de los cincuenta, la CIA había llegado a considerar a Encounter como su estandarte, coincidiendo con la opinión que Josselson tenía de la revista como «nuestro mayor activo». En la jerga de la Agencia, un «activo» era «todo recurso a disposición de la Agencia para ser usado en función operativa o de apoyo». El principio operativo de la Agencia, tal y como fue establecido por Tom Braden, obligaba a que a las organizaciones receptoras de sus ayudas no se les exigiese que «apoyasen todos los aspectos de la política oficial americana». Esto significaba que en un órgano como Encounter podía tener cabida un programa izquierdista. Pero mientras «era de izquierdas en el sentido de que expresaba ciertas opiniones de izquierda… no era en absoluto la tribuna libre que pretendía ser», según el filósofo británico Richard Wollheim. «Creo que su efecto era dar la impresión de que publicaban todo el espectro de opiniones políticas. Pero invariablemente, existía un punto en el que cortaban, especialmente en lo tocante a ciertos aspectos de la política exterior estadounidense. Se hacía con bastante habilidad: se publicaban opiniones críticas hacia los Estados Unidos, pero nunca eran verdaderamente críticas». Así es como, según Tom Braden, debería funcionar Encounter: «Era propaganda en el sentido de que con frecuencia no se desviaba de lo que el Departamento de Estado diría que era la política exterior de EE UU». Cuando Braden ofrecía cierto grado de flexibilidad, claro está que no pretendía que Encounter tuviese la libertad de denunciar todos y cada uno de los aspectos de la política oficial estadounidense, pero eso, precisamente, es lo que se disponía a hacer la revista en 1958.

El prestigio del Partido Laborista había alcanzado su cima al final de la segunda guerra mundial, proporcionándole una aplastante victoria en las elecciones generales de 1945, en las que salió derrotado Churchill. Pero en el amargo invierno de 1947, el entusiasmo estaba declinando, y la guerra fría había abierto una importante fisura en el partido. La izquierda se dividía entre los antiestalinistas y los que justificaban a la Unión Soviética, en tanto que la derecha del partido estaba empeñada en derrotar al comunismo. Este último grupo se organizaba en torno a la revista Socialist Commentary, y entre sus miembros más prominentes estaba Denis Healey, Anthony Crosland, Rita Rinden y Hugh Gaitskell. Fue este grupo —llamados «revisionistas» por su empeño en modernizar el Partido Laborista, lo cual incluía la abolición de la famosa defensa de las nacionalizaciones de la Cláusula IV— el que ofrecía a la CIA el gancho que buscaba para uncir al pensamiento político británico a sus designios para Europa. Estos fueron establecidos por sucesivos documentos políticos estadounidenses, como la consolidación de la Alianza Atlántica, y de la Comunidad de Defensa Europea, y la creación del Mercado Común, objetivos que requerían que los países de Europa sacrificaran ciertos derechos nacionales a favor de la seguridad colectiva. Pero como sabían perfectamente los estrategas de Washington, Inglaterra en particular se agarraba con todas sus fuerzas a sus propios hábitos de soberanía. Como concluía apesadumbradamente un informe del Departamento de Estado, «no se puede decir que el Reino Unido esté renunciando de buen grado a ciertos derechos soberanos en aras de la seguridad colectiva [excepto aquellos] que se ha visto obligada a ceder.

El informe Katzenbach ha sido ampliamente citado como instrumento por el cual el gobierno le prohibía a la CIA en el futuro este tipo de actividades. Pero la CIA hizo una interpretación bien diferente de lo que podían hacer en la era post-Katzenbach. Según el Informe del Comité Especial sobre Actividades Gubernamentales de Inteligencia de 1976, el subdirector de Planes, Desmond FitzGerald hizo llegar la siguiente instrucción a todas las oficinas operativas, después de la publicación del informe: «A. Las relaciones encubiertas con organizaciones mercantiles de los EE UU no están prohibidas; repito, no están prohibidas. B. Está permitida la financiación encubierta en el extranjero de organizaciones internacionales con sede en otros países».
Dicho de otro modo, en el campo de las operaciones internacionales encubiertas, nada había cambiado. Así, cuando la CIA decidió seguir financiando al Forum World Features (resultado indirecto del Congreso por la Libertad Cultural) después de 1967, lo hizo sin impedimento alguno. Aunque Johnson adoptó el informe Katzenbach como política oficial del gobierno, nunca se publicó como orden ejecutiva ni se incluyó en ninguna ley. No tenía estatus legal. Leyendo entre líneas (y observando que no había unas conclusiones claras), un editorial de The Nation calificaba al informe de «hipócritamente oportuno», «evasivo por definición», y concluía: «El grandilocuente eslogan de Mr. Johnson, “la Gran Sociedad”, empieza a sonar como una de las más cínicas manifestaciones de los monarcas borbónicos».
Diez años después, en una investigación gubernamental criticaba el hecho de que «Muchas de las restricciones adoptadas por la CIA como respuesta a los acontecimientos de 1967, parecen ser medidas de seguridad destinadas a impedir que se hagan públicos ciertos datos que pongan en peligro las operaciones más delicadas de la CIA. No suponen una nueva concepción de los límites que se deben establecer en una sociedad libre».

Una vez leído el libro viene a mi cabeza la cita de Ramón de Campoamor
“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira,
todo es según el color del cristal con que se mira.”

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This is another interesting book that reveals the threads of official propaganda and tells us about the crusade by the CIA to impose its model above all in front of the fearsome communism.
During the height of the Cold War, the United States Government invested enormous resources in a secret program of cultural propaganda in Western Europe. A fundamental feature of this program was that it was not known of its existence. It was carried out with great secrecy by the United States intelligence organization, the Central Intelligence Agency. The central act of this covert campaign was the Congress for Cultural Freedom, organized by the CIA agent, Michael Josselson, between 1950 and 1967. His achievements were considerable and his own duration was not the least of them. At its height, the Congress for Cultural Freedom had offices in 35 countries, had dozens of people hired, published articles in more than twenty prestigious magazines, organized art exhibitions, had its own news and articles service. opinion, organized international conferences of the highest level and rewarded musicians and other artists with prizes and public performances. Its mission was to subtlely separate the Western European intelligentsia from its long fascination with Marxism and communism, in favor of a way of seeing the world more with the «American concept».
The result was a network of people, remarkably blended, who worked side by side with the Agency to promote an idea: that the world needed a Pax Americana, a new enlightened era, which would be baptized as «the American Century.»
The consortium that built the CIA – consistent with what Henry Kissinger called «an aristocracy dedicated to the service of this nation in the name of principles that are beyond the confrontations between the parties» – was the secret weapon with which the States would fight. United during the cold war, a weapon that, in the cultural field, had a huge radius of action. Whether they liked it or not, if they knew it or not, there were few writers, poets, artists, historians, scientists or critics in post-war Europe whose names were not, in one way or another, linked to this covert enterprise. Without feeling threatened by anyone and undetected for more than twenty years, US espionage created a complex and extraordinarily economically endowed cultural front, in the West, for the West, in the name of freedom of expression. At the same time it defined the cold war as «battle for the conquest of human minds»
was accumulating an immense arsenal of cultural weapons: newspapers, books, conferences, seminars, exhibitions, concerts, awards.
Among the members of this consortium was an assortment of radical and left-wing intellectuals whose faith in Marxism and communism had been shattered by the evidence of Stalinist totalitarianism.

In 1996, a series of articles appeared in the New York Times that brought to light a wide range of secret activities carried out by US espionage. As the first pages of the newspapers began to flood the stories of attempted coups and political assassinations (almost always sloppy), the CIA remained like a lone elephant, which razed the vegetation of international politics in its wake, without having to answer to anyone of their done. Among the most notorious of these swashbuckling revelations were the details of how the US government had turned to the sacred cows of Western culture to confer intellectual weight on their actions.
The theory that many intellectuals had been moved by the dictates of American politicians and not by their own independent principles, generated widespread discomfort. The moral authority enjoyed by intellectuals during the height of the cold war was seriously under suspicion and was often the object of derision. The «consensuscracy» was crumbling, its fundamental component was unsustainable. As it was disintegrating, the story itself was fragmented, biased, modified, sometimes incredibly, by forces of the right and the left that wanted to fit their data with their own objectives. Paradoxically, the circumstances that made the revelations possible contributed to obscuring their authentic meaning. While the US’s obsessive anti-communist campaign in Vietnam brought it to the brink of social collapse, and it was the cause of scandals of great significance such as the Pentagon or Watergate papers, it was difficult to maintain interest or outrage in the matter. of the Kulturkampf, which in comparison, seemed unimportant.

The American proposal had already been articulated in the Truman doctrine and the Marshall Plan. Now, a new phase of the cold war was inaugurated, with the creation of the Central Intelligence Agency, the first American intelligence organization in times of peace. Created by the National Security Law of July 26, 1947, it was intended that the Agency coordinate military and diplomatic intelligence. Of fundamental importance, although in an extremely imprecise language, was the authorization received to carry out «services of mutual concern», without specifying and «Other tasks and tasks», to be provided by the National Security Council (created by the same law) . «Nowhere else in the 1947 Act was the CIA explicitly authorized to collect information or secretly intervene in the affairs of other countries,» it was later said in a government report. But the elastic phrase «other tasks» was used by successive presidents for the Agency to conduct espionage, secret actions, paramilitary operations, and to collect technical information ».
The creation of the CIA marked a radical revision of the traditional paradigms of US policy. The terms in which the Agency was established institutionalized concepts such as «the necessary lie» and «credible denial» as legitimate strategies in time of peace, and, in the long run, created an invisible layer of government whose potential for abuse, in the own country and abroad, was not constrained by anything, to not have to respond to anyone.

The Cominform campaign to convince the educated men of Europe that the only triumph the USSR wanted was that of «peace» was seriously undermined by important events that took place in 1949. The ruthless treatment it subjected to Tito, president of Yugoslavia, whose refusal to sacrifice national interests in favor of a consolidation of Soviet hegemony in the Balkans had opened a bitter controversy between Moscow and Belgrade.

Cultural freedom did not come cheap. During the next seventeen years, the CIA would invest tens of millions of dollars in the Congress for Cultural Freedom and in related projects. With this type of company, the CIA, in fact, acted as the Ministry of Culture of the United States.
An important feature of the actions undertaken by the Agency to mobilize culture as a weapon of the cold war was the systematic organization of a network of private «groups» and «friends», within an informal consortium. It was a business-like coalition of philanthropic foundations, companies and other institutions and individuals who worked side by side with the CIA, as a cover and as a means of financing their secret programs in Western Europe. Moreover, these «friends» could be counted on to defend the interests of the government in the United States and abroad, while they seemed to do so exclusively on their own initiative. While maintaining their «private» status, these individuals and institutions, in fact, acted by providing the risk capital of the Cold War, on behalf of the CIA.
As important as Nelson Rockefeller had his brother David. He controlled the donation committee of the Chase Manhattan Bank Foundation, was vice president and then president of the bank itself, a member of the Council on Foreign Relations, president of the Executive Committee of the International House [*], and personal friend of Allen Dulles and Tom Braden. «I often met, more or less officially with David, with Allen’s permission, to discuss what we were doing,» Braden recalled. He thought the same way we did, and he strongly supported everything we did. He was of the same opinion as me that the only way to win the cold war was ours. Sometimes David would give me money for things that were not in our budget. He gave me a lot of money for affairs in France. I remember that he gave me $ 50,000 for someone dedicated to promoting European unity among youth groups. This guy introduced me to his project, I told David, and David gave me a check for $ 50,000. The CIA did not even know about it ». These free transactions gave a new meaning to the practice of privateering on behalf of the government, and were an inevitable by-product of the semiprivatization of US foreign policy during these years of the cold war. Subsequent disasters such as Oliver North’s would follow from these same practices. The comparison is very pertinent: just as the main architect of Irangate, «With his firm hand, his inexorable sense of duty and his palpable conviction that the end justifies the means» [26], these early friends of the CIA , they were never afflicted by the slightest shadow of doubt about themselves or their ends.

The American Committee for Cultural Freedom was founded in New York in 1951. Its main promoter was Sidney Hook, the first president and who, according to Lawrence de Neufville, was a «contracted consultant» to the CIA. Irving Kristol, another former student at City College of New York, was its executive director, for which he received an annual salary of $ 6,500. The salary rose to 8,500, in 1954, when Kristol was replaced by Sol Stein, who came directly from the Information Service [*] of the United States, where he had worked in a section devoted to ideological analysis. The Committee, as the official representative of the United States in the Congress, intended to reflect the broad coalition of liberal and center-left positions that formed the parent organization. But while Congress had succeeded in excluding hardline activists such as Koestler, it could not do the same with the American Committee, which would soon split equally between moderate and radical.
The fascination with power manifested itself to the highest degree in the American Committee, culminating in 1952, with a symposium of Partisan Review that confirmed a new relationship between the intellectuals and the country. The symposium was called «Our country and our culture», and it was taking shape as they were publishing issues of the magazine. Its goal, the directors wrote, was «to examine the apparent fact that American intellectuals now consider America and its institutions in a new way. Until a little more than a decade ago, it used to be thought that the United States was hostile to art and culture. Since then, the tide has begun to change direction, and many writers and intellectuals today feel closer to their country and culture … Politically, it is recognized that the type of democracy that exists in the United States has an intrinsic value and authentic: it is not merely a capitalist myth, but a reality that must be defended against Russian totalitarianism … Europe is no longer considered a sanctuary; it no longer ensures the rich cultural experience that inspired and justified the criticism towards everything American. The wheel has completely turned around, and today America is the protector of Western civilization »
By subsidizing publications in the United States, the CIA was acting against its own statutes, which prohibited it from supporting national organizations. In the case of Partisan Review and New Leader, there were two convincing reasons to ignore that legal subtlety: first, magazines served as the ideological bridgehead for American and European intellectuals who agreed on anti-communism, but separated by geopolitical and cultural differences; secondly, the financial support given was what Josselson qualified as a «shield» against the foreseeable «outrage» of Partisan Review and New Leader when they discovered – as they would soon do – that their situation in the market of ideas would soon have come to them. to see with a serious competitor.

McCarthy comes at a time when many Europeans were on guard against the evidence of the «disgusting parallelism» between the United States and the Soviet Union. «The poison crosses the Atlantic as a kind of dreadful dominant wind» [1], wrote the wife of a young American diplomat in France, at the height of the McCarthy campaign. The Wisconsin senator compensated for his meager intellect with a powerful voice and an inveterate dishonesty (his limp, he claimed, was the result of a war wound, though in reality it was caused by slipping on the stairs). Mamaine Koestler found him a repellent, and called him a «hairy-clawed bully» (although he thought he was doing a good job denouncing the «infiltrators»). Richard Rovere wrote that no other politician of the time had a «safer and faster access to the dark places of the American mind.» In the early fifties, McCarthy ranted about «a great conspiracy, on such an immense scale and such black infamy that it belittles any previous event in the history of men.» Encouraged by the trials of Alger Hiss, the Rosenbergs, and other pro-Soviet agents in the United States, who conferred some credibility on his Orwellian obsessions, Joe McCarthy even accused General George Catlett Marshall of favoring Kremlin policy.

Far from making a dent in the CIA, McCarthy would ultimately contribute to the reinforcement of his prestige. Thanks to him, the reputation of the CIA was reinforced as a kind of paradise for the «freethinkers» of foreign policy. Richard Bissell, who joined the Agency in January 1954, remembered it as «A place where intellectual ferment and challenges still existed, and where things happened [while] much of the challenge and feeling of progress had disappeared from others. Government instances ». Its director, Allen Dulles, came out stronger than ever. According to Tom Braden, «Power flowed over him, and through him, to the CIA, partly because his brother was Secretary of State, partly because his reputation as a great spy during the Second World War surrounded him like a mysterious halo, and in part because his former membership of the prestigious New York law firm, Sullivan and Cromwell, impressed the town attorneys of Congress. » Now, before McCarthy’s attack on the Agency, Dulles had won, and «His victory greatly increased the respectability of what the people of the time called» the cause «of anti-communism. «Do not join those who burn books,» Eisenhower had said. That is how you did not fight against communism. The correct way was the CIA »

In contrast to the American Committee, whose failure to adopt a coherent position on a single important issue accelerated its imminent demise, Congress in Europe, in the mid-fifties, had clearly established and marked its territory. Under the firm arm of Josselson, the reputation of being a serious alliance of intellectuals bent on demonstrating the fallibility of the Soviet myth and the superiority of Western democracy as a framework for cultural and philosophical research had been created. While the composition of its most intimate circle (or «apparatus») remained unchanged, Congress could now boast of having among its ranks numerous eminent intellectuals and artists.
Julian Huxley, Mircea Eliade, Andre Malraux, Guido Piovene, Gerbert Read, Allen Tate, Lionel Trilling, Robert Penn Warren, W. H. Auden, Thomson Wilder, Jayaprakash Narayan; These and many other luminaries honored the pages of Encounter, Preuves, and many other magazines created or affiliated with the Congress.
The intellectual history of the United States had oscillated during the previous two decades from the left, hitting the right and from the right, striking to the left, and the spectacle of seeing the men tearing their insides in this way, was unedifying . Both factions divided into kingdoms of intellectual taifas always in dispute were unaware of an important truth: maximalism in politics, in the form of McCarthyism or liberal anticommunism, or Stalinism, had nothing to do with the left or right, but with the refusal to let History tells us the truth. He is so corrupt that he does not even know he is, said Jason Epstein, with an intransigent air. When these people talk about «counterintelligence», what they do is create a false and corrupt value system to support whatever ideology they are committed to at that moment. With the only thing they are really committed to is power, and with the introduction of Czarist-Stalinist strategies in American politics. They are so corrupt that they probably do not know they are. They are small and lying party bureaucrats. People who do not believe in anything, who are just against something, should not do crusades or start revolutions.

Supporting artists on the left was common for the Rockefellers. On one occasion when his decision to promote the Mexican revolutionary Diego Rivera (who had shouted «Death to the gringos!» At the doors of the American embassy) was questioned, Abby Aldrich Rockefeller had claimed that the reds would no longer be reds «If we valued and recognized their artistic merits.» Soon there would be a monographic exhibition by Rivera, the second in the history of MoMA. In 1933, Nelson Rockefeller had supervised the realization by Rivera of the commission for the mural of the recently erected Rockefeller Center. One day when he was contemplating Rivera’s work, Nelson noticed that one of the figures had the unmistakable features of Vladimir Ilyich Lenin. With the greatest education, he asked Rivera to eliminate him. Rivera, politely, refused. On Nelson’s orders, the mural was surrounded by guards while Rivera was given a check for the full amount ($ 21,000), and was given official notice that his order was canceled. In February 1934, the mural, which had almost been finished, was destroyed with pneumatic hammers.

By the late 1950s, the CIA had come to regard Encounter as its standard, coinciding with Josselson’s opinion of the magazine as «our greatest asset.» In the jargon of the Agency, an «asset» was «any resource available to the Agency to be used in an operational or support function». The operating principle of the Agency, as established by Tom Braden, required that the organizations receiving their aid not be required to «support all aspects of official American policy.» This meant that a leftist program could be accommodated in an organ like Encounter. But while «it was left-wing in the sense that it expressed certain leftist opinions … it was not at all the free rostrum it purported to be,» according to the British philosopher Richard Wollheim. «I think that its effect was to give the impression that they published the whole spectrum of political opinions. But invariably, there was a point where they cut, especially in regard to certain aspects of US foreign policy. It was done with enough skill: critical opinions were published towards the United States, but they were never truly critical ». This is how, according to Tom Braden, Encounter should work: «It was propaganda in the sense that it often did not deviate from what the State Department would say was the foreign policy of the United States.» When Braden offered a certain degree of flexibility, of course he did not intend that Encounter had the freedom to denounce each and every aspect of official US policy, but that is precisely what the magazine was about to do in 1958.

The prestige of the Labor Party had reached its peak at the end of the Second World War, providing an overwhelming victory in the general elections of 1945, in which Churchill was defeated. But in the bitter winter of 1947, enthusiasm was declining, and the Cold War had opened a major rift in the party. The left was divided between the anti-Stalinists and those who justified the Soviet Union, while the right of the party was determined to defeat communism. This last group was organized around the magazine Socialist Commentary, and among its most prominent members was Denis Healey, Anthony Crosland, Rita Rinden and Hugh Gaitskell. It was this group – called «revisionists» for their efforts to modernize the Labor Party, which included the abolition of the famous defense of the Nationalizations of Clause IV – that offered the CIA the hook it sought to unite British political thought to his designs for Europe. These were established by successive US policy documents, such as the consolidation of the Atlantic Alliance, and of the European Defense Community, and the creation of the Common Market, objectives that required European countries to sacrifice certain national rights in favor of collective security. . But as the strategists of Washington knew perfectly well, England in particular clung with all its might to its own habits of sovereignty. As a Department of State report sadly concluded, «it can not be said that the United Kingdom is willingly renouncing certain sovereign rights for the sake of collective security [except those] that it has been forced to give up.

The Katzenbach report has been widely cited as an instrument by which the government prohibited the CIA in the future this type of activities. But the CIA made a very different interpretation of what they could do in the post-Katzenbach era. According to the Report of the Special Committee on Governmental Intelligence Activities of 1976, the deputy director of Plans, Desmond FitzGerald, sent the following instruction to all the operational offices, after the publication of the report: «A. Covert relationships with commercial organizations in the US are not prohibited; I repeat, they are not prohibited. B. Covert financing abroad of international organizations based in other countries is allowed. »
In other words, in the field of covert international operations, nothing had changed. Thus, when the CIA decided to continue funding the Forum World Features (indirect result of the Congress for Cultural Freedom) after 1967, it did so without hindrance. Although Johnson adopted the Katzenbach report as official government policy, it was never published as an executive order or included in any law. I did not have legal status. Reading between the lines (and noting that there were no clear conclusions), an editorial in The Nation called the report «hypocritically opportune,» «evasive by definition,» and concluded: «The grandiloquent slogan of Mr. Johnson,» the Great Society «, Begins to sound like one of the most cynical manifestations of the Bourbon monarchs».
Ten years later, in a government investigation criticized the fact that «Many of the restrictions adopted by the CIA in response to the events of 1967, seem to be security measures designed to prevent certain data from being made public that would endanger the operations most delicate of the CIA. They do not suppose a new conception of the limits that must be established in a free society ».

Once read the book comes to my head the appointment of Ramón de Campoamor
«In this treacherous world, nothing is true or false,
everything is according to the color of the glass with which one looks. «

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