Confesiones de un gánster económico — John Perkins / Confessions of an Economic Hit Man by John Perkins

Este es un magnífico libro sobre las experiencias vividas por este (EHM Economic Hit Man) y es un negociador de suculentos contratos, «Tu trabajo —dijo— consistirá en estimular a líderes de todos los países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se hacían multimillonarios.
Ejecutivos de las compañías estadounidenses más respetadas que contratan por sueldos casi de esclavos la mano de obra que explotan bajo condiciones inhumanas en los talleres de Asia. Empresas petroleras que arrojan despreocupadamente sus toxinas a los ríos de la selva tropical, envenenando adrede a humanos, animales y plantas, y perpetrando genocidios contra las culturas ancestrales. Laboratorios farmacéuticos que niegan a millones de africanos infectados por el VIH los medicamentos que podrían salvarlos. En Estados Unidos mismo, doce millones de familias no saben lo que van a comer mañana. El negocio de la energía ha dado lugar a una Enron. El negocio de las auditorías ha dado lugar a una Andersen. La quinta parte de la población mundial residente en los países más ricos tenía en 1960 treinta veces más ingresos que otra quinta parte, los pobladores de los países más pobres. Pero en 1995 la proporción era de 74:1. Estados Unidos gasta más de 87.000 millones de dólares en la guerra de Iraq, cuando Naciones Unidas estima que con menos de la mitad bastaría para proporcionar agua potable, dieta adecuada, servicios de salud y educación elemental a todos los habitantes del planeta.
¡Y nos preguntamos por qué nos atacan los terroristas!

En su afán de progresar hacia el imperio mundial, empresas, banca y gobiernos (llamados en adelante, colectivamente, la corporatocracia) utilizan su poderío financiero y político para asegurarse de que las escuelas, las empresas y los medios de comunicación apoyen tanto el concepto como su corolario no menos falaz. Nos han llevado a un punto en que nuestra cultura global ha pasado a ser una maquinaria monstruosa que exige un consumo exponencial de combustible y mantenimiento, hasta el extremo que acabará por devorar todos los recursos disponibles y finalmente no tendrá más remedio que devorarse a sí misma.
La corporatocracia no es una conspiración, aunque sus miembros sí suscriben valores y objetivos comunes. Una de las funciones de la corporatocracia estriba en perpetuar, extender y fortalecer el sistema continuamente. Las vidas de los «triunfadores» y sus privilegios.

Construir el imperio global es lo que se nos da mejor a los EHM. Somos una élite de hombres y mujeres que utilizamos las organizaciones financieras internacionales para fomentar condiciones por cuyo efecto otras naciones quedan sometidas a la corporatocracia que dirigen nuestras grandes empresas, nuestro gobierno y nuestros bancos. Al igual que nuestros semejantes de la Mafia, los EHM concedemos favores. Estos adoptan la apariencia de créditos destinados a desarrollar infraestructuras: centrales generadoras de electricidad, carreteras, puertos, aeropuertos o parques industriales. Una de las condiciones de estos empréstitos es que los proyectos y la construcción deben correr a cargo de compañías de nuestro país. Y el resultado es que, en realidad, la mayor parte del dinero nunca sale de Estados Unidos. En esencia, sencillamente se transfiere desde los emporios bancarios de Washington a las constructoras de Nueva York, Houston o San Francisco.
No obstante (y ésa es una salvedad esencial), cuando nosotros fracasamos interviene otra especie mucho más siniestra, la que nosotros, los gángsteres económicos, denominamos chacales. Esos sí son émulos más directos de aquellos imperios históricos que he mencionado. Los chacales siempre están ahí, agazapados entre las sombras. Cuando ellos actúan, los jefes de Estado caen, o tal vez mueren en «accidentes» violentos. Y si resulta que también fallan los chacales, como fallaron en Afganistán e Iraq, entonces resurgen los antiguos modelos. Cuando los chacales fracasan, se envía a la juventud estadounidense a matar y morir.

Trabajó para empresas como Main, formaba parte de un club reducido y selecto —dijo—. Se nos paga, y muy bien por cierto, para estafar miles de millones de dólares a muchos países de todo el mundo. Buena parte de tu trabajo consistirá en estimular a los líderes de esos países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se hacen inmensamente ricos.

Me preguntaba qué clase de mundo tendríamos si Estados Unidos y sus aliados hubiesen dedicado el dinero que gastaron en guerras coloniales, como la de Vietnam, a erradicar el hambre o a facilitar educación y servicios básicos de sanidad a todos, incluidos los nuestros. Me pregunté cómo se verían afectadas las generaciones del futuro si nos dedicásemos a eliminar las causas de la miseria y a proteger los acuíferos, los bosques y las comarcas naturales que además de proporcionarnos agua potable y aire puro aportan otras cosas que alimentan el espíritu tanto como el cuerpo. Yo no podía creer que nuestros padres fundadores hubiesen propuesto que el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad existiera sólo para los estadounidenses. En consecuencia, ¿por qué impulsábamos ahora estrategias tendentes a implantar valores imperialistas, como los que ellos habían combatido?

Nos cuenta su paso por la Indonesia de Suharto donde EE.UU. Pone un freno al comunismo aunque el país se hunda, el Panamá de Torrijos con la Standard Oil de Rockefeller y que decir de Arabia Saudí y la limpieza de dinero, en todo momento tuve presentes los verdaderos objetivos: maximizar la rentabilidad para las compañías estadounidenses y conseguir que Arabia Saudí dependiese cada vez más de Estados Unidos. No tardé mucho en comprender que lo uno iba estrechamente vinculado a lo otro. Casi todos los proyectos que realizar exigirían mantenimiento permanente y actualización continua, y eran de un carácter tan técnico que sería forzoso confiar a las contratistas originales esas tareas de conservación y modernización. Y, en efecto, conforme adelantaba en mi tarea, empecé a establecer dos listas para cada uno de los proyectos que planteaba: la primera, para los tipos de contratos de diseño y construcción a que podíamos aspirar y, la segunda, para los acuerdos a largo plazo en cuanto a servicios de asistencia técnica y administración. MAIN, Bechtel, Brown & Root, Halliburton, Stone & Webster y otras muchas compañías estadounidenses de proyectos y contratas cosecharían espléndidos beneficios durante varios decenios.
Más allá del terreno puramente económico, Arabia Saudí iba a quedar dependiente de nosotros por otro motivo muy distinto y bastante más recóndito. Era de prever que la modernización del acaudalado reino petrolero suscitaría reacciones adversas. Por ejemplo, enfurecería a los musulmanes conservadores. Israel y otros países vecinos se sentirían amenazados. El desarrollo económico de aquel país daría lugar al florecimiento de otra industria: la protección de la península árabe. Las compañías privadas especializadas en este género de actividades, así como los militares y la industria de defensa estadounidenses también podían aspirar a generosos contratos… acompañados, una vez más, de protocolos de servicio y administración a largo plazo. Su presencia exigiría otra fase de diseño y construcción de aeropuertos, emplazamientos de misiles, alojamientos para el personal y las demás infraestructuras asociadas a tal género de instalaciones.

El acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí transformó el reino, prácticamente, de la noche a la mañana. Las cabras fueron sustituidas por doscientos camiones compactadores de residuos, ultramodernos, pintados de amarillo y suministrados por Waste Management, Inc. bajo un contrato de 200 millones de dólares. Todos los sectores de la economía saudí fueron modernizados de manera similar, desde la agricultura y la energía hasta la educación y las comunicaciones. Como observó Thomas Lippman en 2003:
Un vasto y desértico paisaje de tiendas de nómadas y chozas de adobe de los campesinos ha sido reestructurado por los norteamericanos a su propia imagen y semejanza, desde el Starbucks de la esquina hasta las rampas…
La familia Bush y la Casa de Saud, que son las dos dinastías más poderosas del mundo, mantienen estrechos vínculos personales, de negocios y políticos desde hace más de veinte años […]
En el sector privado, los saudíes sacaron de dificultades a Harken Energy, la petrolera en que participaba George W. Bush. Más recientemente, el ex presidente H. W. Bush y su veterano aliado el ex secretario de estado James A. Baker III intervinieron cerca de los saudíes a fin de allegar fondos para el Carlyle Group, probablemente el fondo de inversiones privado más grande del mundo.
Días antes del 11-S, numerosos saudíes adinerados entre los que se encontraban varios miembros de la familia Bin Laden fueron sacados de Estados Unidos en aviones privados. Nadie dice haber autorizado esos vuelos y los pasajeros no fueron interrogados. ¿Tuvo eso algo que ver con las viejas relaciones entre la familia Bush y los saudíes?

Irán ilustraba más allá de toda duda que Estados Unidos era una nación dedicada a negar su verdadero papel en el mundo. Parecía incomprensible que estuviéramos tan mal informados en lo tocante al sha y a la oleada de cólera que iba a levantarse contra él. Ni siquiera supimos verlo nosotros, los de las compañías que como MAIN teníamos despachos y personal en el país. Yo albergaba la convicción de que tanto la NSA como la CIA estaban al corriente de lo que era obvio para Torrijos desde mucho antes, tal como él mismo me manifestó en nuestra entrevista de 1972. Pero nuestros servicios de información nos habían alentado intencionadamente a permanecer ciegos y sordos ante ello.

La explotación petrolera de la Amazonia ecuatoriana comenzó en serio hacia finales de la década de 1960 y produjo una fiebre compradora. De resultas de ella, el reducido club de las familias dueñas del país quedó en manos de la banca internacional. Habían arrojado sobre Ecuador un endeudamiento enorme, confiando en la promesa de los beneficios del petróleo. El país se llenó de carreteras, de parques industriales, de embalses hidroeléctricos, de sistemas de transporte y distribución y todavía proliferaban los proyectos de más centrales generadoras. Una vez más, la verdadera mina era la que encontraron las empresas de ingeniería y las constructoras.
Un hombre cuya estrella empezaba a ascender sobre el país andino constituía una excepción a esa regla de la corrupción política y la complicidad con la corporatocracia. Cerca de cumplir los cuarenta años, abogado y profesor universitario, Jaime Roídos tenía carisma y don de gentes. Tuve ocasión de tratarlo varias veces y en una de éstas, llevado por mi entusiasmo, me ofrecí como asesor gratuito y dispuesto a tomar el avión para Quito siempre que hiciese falta. En parte, lo dije en broma, pero no me habría importado hacerlo durante mis vacaciones, porque simpatizaba con él.
Denunció, por ejemplo, una siniestra complicidad del Summer Institute of Linguistics (SIL, un grupo misionero evangelista estadounidense) con las petroleras. A esos misioneros yo los conocía bien desde mis tiempos en el Peace Corps. Su organización se había presentado en Ecuador, lo mismo que en tantos otros países, con el pretexto de estudiar, inventariar y traducir las lenguas indígenas.
El SIL había trabajado asiduamente con los huaorani, una tribu de la cuenca amazónica, durante los primeros años de la explotación petrolera. En aquel momento empezó a hacerse evidente una pauta inquietante. Cada vez que los sismólogos transmitían a las oficinas centrales que las características de determinada región indicaban gran probabilidad de contener un yacimiento en el subsuelo, aparecían los del SIL para sugerir a los indígenas que dejaran sus tierras y pasaran a alojarse en las reservas de los misioneros, donde se les daría gratis alimento, cobijo, ropas, cuidados médicos y educación religiosa. Eso sí, a condición de donar las tierras a las compañías petroleras.
Según rumores asiduos, los misioneros del SIL practicaban varias técnicas turbias a fin de persuadir a los indígenas y conseguir que dejaran sus poblados para residir en las misiones. Una versión muy repetida era que les daban alimentos mezclados con laxantes… y luego les ofrecían medicinas para curar la supuesta epidemia de diarrea. Y que en todo el territorio huaorani lanzaban con paracaídas cestas de comida provistas de doble fondo, conteniendo transmisores de radio miniaturizados, cuyas emisiones eran sintonizadas por los militares de la base estadounidense de Shell con ayuda de avanzados receptores de comunicaciones. De esta manera, cuando a alguno de la tribu le mordía una serpiente venenosa, o caía gravemente enfermo, no tardaban en hacer acto de presencia los representantes del SIL provistos del antídoto o de los fármacos adecuados —a menudo, transportados por los helicópteros de las mismas compañías del petróleo.
En la plataforma de Roídos desempeñaba papel principal lo que se llamó «la política de hidrocarburos». Esta política se fundaba en la premisa de que el mayor recurso en potencia de Ecuador era el petróleo, y de que toda explotación futura de dicho recurso tendría que realizarse de manera que aportase el máximo beneficio al más amplio porcentaje de la población. Roídos creía firmemente en la obligación estatal de ayudar a los pobres y desvalidos. Confiaba en que la política de hidrocarburos pudiera servir de vector de la reforma social. Era necesario hilar fino, sin embargo, porque Roídos sabía que en Ecuador, como ocurría en tantos otros países, nunca saldría elegido sin contar con el apoyo de una parte, al menos, de las familias más influyentes.

MAIN era un ejemplo de compañía que no supo adaptarse al ambiente cambiante de la industria energética. En el extremo opuesto del espectro había aparecido otra compañía que a nosotros, los insiders, nos fascinaba: Enron. Con un crecimiento de los más rápidos del sector, surgida aparentemente de la nada, en seguida empezó a hacerse con los contratos más descomunales. A menudo las reuniones de negocios se inician con un rato de charla ociosa mientras los participantes buscan sus asientos, se sirven tazas de café y sacan los papeles de los portafolios. En aquellos días, estas tertulias solían girar alrededor de Enron. Ninguna de las personas ajenas a esta empresa tenía ni la menor idea de cómo eran posibles los milagros que realizaba. Los que estaban dentro, simplemente sonreían y callaban. Algunas veces, cuando se les insistía mucho, hablaban de nuevos planteamientos de gestión, de «financiación creativa» y de la política de contratar ejecutivos que supieran desenvolverse en los pasillos del poder de las capitales de todo el mundo.
A mí, todo esto me sonaba a nueva versión de las viejas técnicas del gangsterismo económico. El imperio global continuaba en marcha, sólo que a paso cada vez más rápido.
Nosotros los interesados en los temas del petróleo y del panorama internacional, teníamos otro tema que discutir con asiduidad: George W. Bush, el hijo del vicepresidente. Su primera compañía energética, Arbusto (la traducción al castellano de Bush), había sido un fracaso y tuvo que ser rescatada en 1984 mediante la fusión con Spectrum 7. Más tarde la misma Spectrum 7 se halló al borde de un percance y fue comprada en 1986 por Harken Energy Corporation. En cuanto a G. W. Bush, permaneció en el consejo administración por $120.000/año.
En 1989 Amoco estaba negociando con las autoridades de Bahrein unos derechos de perforación en la plataforma costera. Entonces el vicepresidente Bush salió elegido presidente. Poco después Michael Ameen —un asesor del departamento de Estado que tenía la misión de aconsejar a Charles Hostler, recién confirmado embajador estadounidense en Bahrein— logró que se iniciaran conversaciones entre el gobierno bahreiní y Harken Energy. Aunque Harken nunca había perforado fuera del territorio de Estados Unidos, ni mucho menos en el mar, finalmente consiguió los derechos exclusivos de perforación en Bahrein, cosa inaudita en todo el mundo árabe. En el transcurso de pocas semanas, la cotización de las acciones de Harken Energy subió más de un veinte por ciento, de 4,50 a 5,50 dólares por acción.
Hasta los más veteranos del sector se quedaron atónitos ante lo sucedido en Bahrein.

En esa época de mi vida llegué a comprender que realmente estábamos entrando en una nueva era de la economía mundial. La escalada de acontecimientos iniciada con los ministerios de Robert McNamara —el hombre cuyo ejemplo había sido una de mis inspiraciones— en la secretaría de Defensa y en la presidencia del Banco Mundial, excedía mis temores más pesimistas. El planteamiento económico keynesiano de McNamara y su doctrina del liderazgo agresivo prevalecían en todas partes. El concepto del gangsterismo económico se generalizaba para incluir a ejecutivos de todos los niveles en gran número de actividades distintas. Aun admitiendo que no los seleccionaba ni reclutaba la NSA, para el caso sus funciones eran de lo más similar.
Ahora la única diferencia consistía en que los gángsteres económicos de las corporaciones no se implicaban necesariamente en la utilización de fondos prestados por la banca internacional. Aunque la vieja especialidad, la mía, seguía prosperando, las nuevas derivaciones revestían algunos aspectos todavía más siniestros. Durante la década de 1980 surgieron de las filas del mando intermedio muchos hombres y mujeres jóvenes convencidos de que todos los medios justificaban el fin: mejorar la cuenta de resultados. El imperio global no era más que otro camino hacia la maximización del beneficio.

Recordé haber leído alguna vez que el World Trade Center había sido un proyecto lanzado por David Rockefeller en 1960, y que últimamente muchos lo consideraban una especie de albatros, una entidad fallida desde el punto de vista financiero, mal adaptada a las modernas tecnologías de la fibra óptica y de Internet, y agobiada por una dotación de ascensores ineficiente y demasiado costosa. La voz popular llamó David y Nelson a esas torres gemelas. Hasta que cayó el albatros.

(Venezuela) Se hundieron los precios del crudo y Venezuela no pudo pagar sus deudas. En 1989 el FMI impuso severas medidas de austeridad y Caracas fue presionada para colaborar con la corporatocracia de otras muchas maneras. La reacción venezolana fue violenta. En los disturbios murieron más de doscientas personas. Atrás quedaba la ilusión del petróleo como manantial inagotable de riqueza. Entre 1978 y 2003, la renta venezolana per cápita cayó más de un 40 por ciento.
A medida que cundía la pobreza se intensificó el resentimiento. Se registró una polarización de la sociedad, con enfrentamientos entre las clases medias y los pobres. Como tantas veces ha ocurrido en los países cuya economía depende de la producción petrolífera, hubo un cambio radical de los equilibrios demográficos. La contracción de la economía perjudicó a las clases medias y aumentó el número de pobres.
Esta nueva situación demográfica creó las condiciones para Chávez… y para el conflicto con Washington. Una vez en el poder, el presidente tomó iniciativas que fueron recibidas como otros tantos desafíos por la administración Bush. A pocas fechas del 11 de septiembre, Washington consideraba sus opciones. Los EMM habían fracasado. Tal vez sería hora de enviar a los chacales.

En defensa de sus intereses económicos y políticos, Estados Unidos […] viene apoyando a los regímenes autoritarios de Centroamérica y Suramérica desde los tiempos de la Guerra fría.
En la diminuta Guatemala y en 1954, la Agencia Central de Inteligencia montó un golpe para derribar el gobierno democráticamente elegido, y durante cuatro decenios respaldó luego a los sucesivos regímenes ultraderechistas frente a los pequeños grupos rebeldes de izquierdas. Hubo unas 200.000 víctimas entre la población civil.
En Chile, un golpe apoyado por la CIA contribuyó al acceso del general Pinochet al poder, que ocupó desde 1973 hasta 1990. En Perú, un frágil gobierno democrático investiga todavía la actuación de la Agencia durante una década en apoyo del hoy depuesto y exiliado presidente Alberto K. Fujimori y del malfamado jefe de sus servicios de espionaje, Vladimiro L. Montesinos.
Estados Unidos tuvo que invadir Panamá en 1989 para derribar a su narcodictador Manuel A. Noriega, quien había sido durante veinte años un valioso informante para la inteligencia estadounidense. En el afán de organizar una oposición armada contra el régimen izquierdista de Nicaragua por cualquier medio, incluida la venta de armas a Irán a cambio de dinero en efectivo, se llegó al enjuiciamiento de varios altos funcionarios de la administración Reagan.
Entre los investigados entonces figuraba Otto J. Reich, un veterano de las luchas latinoamericanas. El señor Reich nunca ha sido procesado oficialmente. Más tarde fue nombrado embajador de Estados Unidos en Venezuela, y actualmente desempeña por nombramiento presidencial directo el cargo de subsecretario de estado para los asuntos interamericanos. Con la caída del señor Chávez se ha colgado otra medalla.

El pistolerismo económico había fracasado y los chacales también. Venezuela en 2003 resultaba ser muy diferente de Irán en 1953. Yo me preguntaba si eso sería premonitorio, o una simple anomalía… y sobre todo, qué iba a hacer Washington en consecuencia.
En mi opinión se había evitado una crisis seria en Venezuela, al menos de momento, y se había salvado Chávez gracias a Saddam Hussein. La administración Bush no podía ocuparse de Afganistán, Iraq y Venezuela, todo al mismo tiempo. Por el momento, no le alcanzaban ni los recursos militares, ni los apoyos políticos. Pero yo sabía que tales circunstancias pueden cambiar en muy poco tiempo, y que el presidente Chávez tendría que enfrentarse a una oposición enconada en un próximo futuro. Con todo, lo ocurrido en Venezuela fue un recordatorio de que no habían cambiado mucho las cosas en los últimos cincuenta años… excepto los resultados.

El pueblo del cóndor que habita la Amazonia hace que parezca muy obvio lo siguiente: si deseamos plantearnos los interrogantes sobre qué cosa va a ser la naturaleza humana en este nuevo milenio, y sobre nuestro compromiso en cuanto a la evaluación de nuestras intenciones para los decenios próximos, entonces tendremos que abrir los ojos y encarar las consecuencias de nuestras obras —las obras del águila— en lugares como Iraq y Ecuador. Tendremos que darnos una sacudida para despertar. Nosotros, los que habitamos la nación más poderosa que ha conocido nunca el mundo, deberíamos dejar de pensar tanto en los desenlaces de las series televisivas, los resultados del fútbol, las cifras de los balances trimestrales y los índices diarios del Dow Jones, para ponernos a reconsiderar lo que somos y en qué han de ir a parar nuestros hijos. La alternativa de seguir dejando de plantearnos esas cuestiones importantes sencillamente resulta demasiado peligrosa.

La historia real es que estamos viviendo una mentira. Se ha creado un barniz que, como mi currículum en MAIN, oculta la fatídica corrupción subyacente. Pero hay otras estadísticas que son como radiografías y reflejan ese cáncer, al descubrir la terrorífica realidad de que el imperio más poderoso y más opulento de la historia tiene índices insufriblemente altos de suicidios, toxicomanías, divorcios, malos tratos a los niños, violaciones y asesinatos. Y lo mismo que un cáncer pernicioso, esos males extienden sus tentáculos en un radio cada vez más amplio, año tras año. El dolor, todos lo sentimos en nuestros corazones. Querríamos exigir el cambio a gritos, pero nos tapamos la boca con ambas manos para sofocar esos gritos y que nadie nos oiga.
Sería estupendo que pudiéramos culpar de todo eso a una conspiración, pero no hay tal. El imperio precisa de la eficacia de los grandes bancos, de las grandes compañías, de las administraciones —la corporatocracia—, pero no es una conspiración. La corporatocracia somos nosotros. Existe gracias a nosotros.
Las cosas no son lo que parecen. La NBC es una propiedad de General Electric. La ABC es de Disney. La CBS pertenece a Viacom, y la CNN forma parte del colosal conglomerado America On Line Time Warner. La mayoría de nuestros periódicos, revistas y casas editoriales pertenece a las gigantescas corporaciones internacionales y está manipulada por ellas. Los medios de comunicación son parte de la corporatocracia. Los funcionarios y los directores que controlan casi todos los órganos de opinión saben cuál es el lugar que les corresponde. En su vida profesional han aprendido que una de sus misiones más importantes consiste en perpetuar, fortalecer y desarrollar el sistema que se les ha legado. Ellos lo cumplen con gran eficacia, y si tropiezan con alguna oposición también saben ser despiadados. A usted le incumbe entonces la misión de distinguir la verdad que se oculta bajo el barniz y descubrirla. Hable con su familia y sus amigos. Difunda la palabra.

Un libro que sacará los colores a muchos humanos y donde el dinero llama al dinero y se demuestra que en estas latitudes la conciencia es una palabra en desuso. Más que interesante para dar luz a las sombras de nuestro mundo.

This is a magnificent book on the experiences lived by this (EHM Economic Hit Man) and is a negotiator of succulent contracts, “Your work,” he said, “will consist of encouraging leaders from all countries to join the extensive network. that promotes the commercial interests of the United States throughout the world. Ultimately these leaders end up trapped in the web of indebtedness, which guarantees their loyalty. We can use them whenever we need them to satisfy our political, economic or military needs. In return, they consolidate their political position because they bring industrial complexes, power plants and airports to their countries. And the owners of American engineering and construction companies became billionaires.
Executives of the most respected US companies that hire for labor wages that are exploited under inhumane conditions in the workshops of Asia. Oil companies that casually throw their toxins into the rivers of the rainforest, intentionally poisoning humans, animals and plants, and perpetrating genocides against ancestral cultures. Pharmaceutical laboratories that deny millions of Africans infected with HIV drugs that could save them. In the United States itself, twelve million families do not know what they are going to eat tomorrow. The energy business has led to an Enron. The audit business has led to an Andersen. One-fifth of the world’s population living in the richest countries had thirty times more income in 1960 than a fifth of the population of the poorest countries. But in 1995 the proportion was 74: 1. The United States spends more than 87,000 million dollars in the war in Iraq, when the United Nations estimates that less than half would be enough to provide drinking water, adequate diet, health services and basic education to all the inhabitants of the planet.
And we wonder why the terrorists attack us!

In their eagerness to progress towards the world empire, companies, banks and governments (collectively called the corporatocracy) use their financial and political power to ensure that schools, businesses and the media support both the concept and the its corollary no less fallacious. They have taken us to a point where our global culture has become a monstrous machine that demands an exponential consumption of fuel and maintenance, to the extent that it will eventually devour all available resources and finally have no choice but to devour itself. .
The corporatocracy is not a conspiracy, although its members do subscribe to common values ​​and objectives. One of the functions of the corporatocracy is to perpetuate, extend and strengthen the system continuously. The lives of the “winners” and their privileges.

Building the global empire is what gives us the best to the EHM. We are an elite group of men and women who use international financial organizations to promote conditions for which other nations are subject to the corporatocracy that our large companies, our government and our banks direct. Like our mafia fellows, the EHM grant favors. These adopt the appearance of credits destined to develop infrastructures: power generators, roads, ports, airports or industrial parks. One of the conditions of these loans is that projects and construction must be carried out by companies in our country. And the result is that, in reality, most of the money never leaves the United States. In essence, it is simply transferred from the banking emporia of Washington to the construction companies of New York, Houston or San Francisco.
However (and that is an essential caveat), when we fail, another much more sinister species intervenes, which we, the economic gangsters, call jackals. Those are more direct emulsions of those historical empires that I mentioned. The jackals are always there, crouching in the shadows. When they act, the heads of state fall, or perhaps they die in violent “accidents”. And if it turns out that jackals also fail, as they failed in Afghanistan and Iraq, then the old models reappear. When the jackals fail, the American youth is sent to kill and die.

He worked for companies like Main, he was part of a small and select club, “he said. We are paid, and very well indeed, to defraud billions of dollars to many countries around the world. A good part of your job will be to encourage the leaders of these countries to join the extensive network that promotes the commercial interests of the United States. Ultimately these leaders end up trapped in the web of indebtedness, which guarantees their loyalty. We can use them whenever we need them to satisfy our political, economic or military needs. In return, they consolidate their political position because they bring industrial complexes, power plants and airports to their countries. And the owners of American engineering and construction companies become immensely wealthy.

I wondered what kind of world we would have if the United States and its allies had spent the money they spent on colonial wars, such as Vietnam, to eradicate hunger or to provide education and basic health services to everyone, including ours. I wondered how the generations of the future would be affected if we were to eliminate the causes of misery and protect the aquifers, the forests and the natural regions that, in addition to providing us with clean water and fresh air, contribute other things that nourish the spirit as much as the body. I could not believe that our founding fathers had proposed that the right to life, freedom and the pursuit of happiness exist only for Americans. Consequently, why were we now pushing for strategies aimed at implanting imperialist values, like the ones they had fought for?

He tells us about his passage through Suharto Indonesia where the USA It puts a brake on communism even if the country collapses, Torrijos’s Panama with Rockefeller’s Standard Oil and what to say about Saudi Arabia and the cleanup of money, I always kept in mind the real objectives: maximize profitability for US companies and to make Saudi Arabia increasingly dependent on the United States. It did not take me long to understand that the one was closely linked to the other. Almost all the projects to be carried out would require permanent maintenance and continuous updating, and were of such a technical nature that it would be necessary to entrust the original contractors with those tasks of conservation and modernization. And, in fact, as I progressed in my task, I began to establish two lists for each of the projects that it proposed: the first, for the types of design and construction contracts that we could aspire to, and the second, for the agreements long term in terms of technical assistance and administration services. MAIN, Bechtel, Brown & amp; Root, Halliburton, Stone & amp; Webster and many other American project and contract companies would reap splendid benefits for several decades.
Beyond the purely economic terrain, Saudi Arabia was going to be dependent on us for another reason very different and much more recondite. It was to be foreseen that the modernization of the wealthy oil kingdom would provoke adverse reactions. For example, it would enrage conservative Muslims. Israel and other neighboring countries would feel threatened. The economic development of that country would lead to the flourishing of another industry: the protection of the Arabian Peninsula. Private companies specialized in this type of activity, as well as the military and the defense industry in the United States, could also aspire to generous contracts … accompanied, once again, by long-term service and administration protocols. Its presence would require another phase of design and construction of airports, missile sites, accommodation for personnel and other infrastructure associated with such a kind of facilities.

The agreement between the United States and Saudi Arabia transformed the kingdom, practically, overnight. The goats were replaced by two hundred ultramodern waste compactor trucks, painted yellow and supplied by Waste Management, Inc. under a $ 200 million contract. All sectors of the Saudi economy were modernized in a similar way, from agriculture and energy to education and communications. As Thomas Lippman observed in 2003:
A vast and desert landscape of nomadic tents and adobe huts of the peasants has been restructured by the Americans in their own image, from the Starbucks on the corner to the ramps …
The Bush family and the House of Saud, which are the two most powerful dynasties in the world, have maintained close personal, business and political ties for more than twenty years […]
In the private sector, the Saudis pulled Harken Energy, the oil company in which George W. Bush participated, from difficulties. More recently, former President H. W. Bush and his veteran ally former Secretary of State James A. Baker III intervened with the Saudis to raise funds for the Carlyle Group, probably the world’s largest private investment fund. .
Days before 9/11, numerous wealthy Saudis among whom were several members of the Bin Laden family were removed from the United States in private planes. No one claims to have authorized those flights and the passengers were not questioned. Did that have something to do with the old relations between the Bush family and the Saudis?

Iran illustrated beyond doubt that the United States was a nation dedicated to denying its true role in the world. It seemed incomprehensible that we were so misinformed about the shah and the wave of anger that was going to rise up against him. We did not even know how to see it ourselves, those of the companies that, like MAIN, had offices and personnel in the country. I had the conviction that both the NSA and the CIA were aware of what was obvious to Torrijos long before, as he himself told me in our 1972 interview. But our information services had intentionally encouraged us to remain blind and deaf to it.

The oil exploitation of the Ecuadorian Amazon began in earnest towards the end of the 1960s and produced a buying fever. As a result, the small club of the families that own the country remained in the hands of international banks. They had thrown enormous debt over Ecuador, trusting in the promise of the benefits of oil. The country was full of roads, industrial parks, hydroelectric dams, transport and distribution systems and the projects of more power plants were still proliferating. Once again, the real mine was the one found by engineering companies and construction companies.
A man whose star began to rise above the Andean country was an exception to that rule of political corruption and complicity with the corporatocracy. About turning forty, lawyer and university professor, Jaime Roídos had charisma and people skills. I had the opportunity to discuss it several times and in one of these, driven by my enthusiasm, I offered myself as a free advisor and willing to take the plane to Quito whenever necessary. In part, I said it in jest, but I would not have cared to do it during my vacation, because I liked him.
He denounced, for example, a sinister complicity of the Summer Institute of Linguistics (SIL, a US evangelist missionary group) with the oil companies. I knew those missionaries well from my time in the Peace Corps. His organization had been presented in Ecuador, as in so many other countries, under the pretext of studying, inventing and translating indigenous languages.
The SIL had worked assiduously with the Huaorani, a tribe of the Amazon basin, during the first years of oil exploitation. At that moment a disturbing pattern began to become evident. Every time the seismologists transmitted to the central offices that the characteristics of a certain region indicated a high probability of containing a deposit in the subsoil, those of the SIL appeared to suggest that the indigenous people leave their lands and move into the reserves of the missionaries. , where they would be given free food, shelter, clothes, medical care and religious education. Yes, on condition of donating the land to the oil companies.
According to regular rumors, the SIL missionaries practiced various murky techniques in order to persuade the Indians and get them to leave their villages to reside in the missions. A very repeated version was that they were given food mixed with laxatives … and then they were offered medicine to cure the supposed epidemic of diarrhea. And throughout the Huaorani territory, they parachuted food baskets equipped with double bottom, containing miniaturized radio transmitters, whose emissions were tuned by the military of the US base of Shell with the help of advanced communications receivers. In this way, when one of the tribe was bitten by a poisonous snake, or fell seriously ill, the representatives of the SIL provided the antidote or the appropriate drugs, often transported by the helicopters of the same oil companies.
On the Roídos platform, what was called “the hydrocarbon policy” played a leading role. This policy was based on the premise that Ecuador’s greatest potential resource was oil, and that any future exploitation of this resource would have to be carried out in such a way as to provide the maximum benefit to the broadest percentage of the population. Roídos firmly believed in the state’s obligation to help the poor and the destitute. He hoped that hydrocarbon policy could serve as a vector for social reform. It was necessary to spin fine, however, because Roídos knew that in Ecuador, as in so many other countries, he would never be elected without the support of at least one part of the most influential families.

MAIN was an example of a company that did not know how to adapt to the changing environment of the energy industry. At the opposite end of the spectrum had appeared another company that we, the insiders, fascinated us: Enron. With a growth of the fastest in the sector, apparently emerged from nothing, immediately began to take over the most outsized contracts. Business meetings often begin with a leisurely chat while the participants search for their seats, serve coffee cups and take out the papers from the portfolios. In those days, these gatherings used to revolve around Enron. None of the people outside this company had any idea how the miracles he performed were possible. Those inside were just smiling and shut up. Sometimes, when they were insisted a lot, they spoke of new approaches to management, of “creative financing” and of the policy of hiring executives who knew how to operate in the corridors of power in capitals around the world.
To me, all this sounded like a new version of the old techniques of economic gangsterism. The global empire was still under way, only at a faster and faster pace.
We, those interested in oil issues and the international panorama, had another issue to discuss with assiduity: George W. Bush, the son of the vice president. His first energy company, Bush (the translation to the Castilian of Bush), had been a failure and had to be rescued in 1984 by means of the fusion with Spectrum 7. Later the same Spectrum 7 was on the verge of a mishap and was bought in 1986 by Harken Energy Corporation. As for G. W. Bush, he remained on the board of administration for $ 120,000 / year.
In 1989, Amoco was negotiating with the Bahraini authorities for drilling rights on the coastal platform. Then Vice President Bush was elected president. Shortly after Michael Ameen – an adviser to the State Department whose mission was to advise Charles Hostler, recently confirmed US ambassador to Bahrain – managed to start talks between the Bahraini government and Harken Energy. Although Harken had never drilled outside of the United States, much less at sea, he finally got exclusive drilling rights in Bahrain, something unheard of in the entire Arab world. Over the course of a few weeks, the share price of Harken Energy rose more than twenty percent from $ 4.50 to $ 5.50 per share.
Even the most veteran of the sector were stunned by what happened in Bahrain.

At that time in my life I came to understand that we were really entering a new era of the global economy. The escalation of events that began with the ministries of Robert McNamara-the man whose example had been one of my inspirations-in the Secretary of Defense and in the presidency of the World Bank, exceeded my most pessimistic fears. McNamara’s Keynesian economic approach and his doctrine of aggressive leadership prevailed everywhere. The concept of economic gangsterism was generalized to include executives of all levels in a large number of different activities. Even admitting that he did not select them or recruit the NSA, for that matter his functions were the most similar.
Now the only difference was that the economic gangsters of the corporations were not necessarily involved in the use of funds lent by the international bank. Although the old specialty, mine, was still thriving, the new derivations had some even more sinister aspects. During the 1980s, many young men and women emerged from the ranks of middle management convinced that all means justified the end: improving the bottom line. The global empire was just another path to profit maximization.

I remembered having read once that the World Trade Center had been a project launched by David Rockefeller in 1960, and that lately many considered it a kind of albatross, a bankrupt entity from the financial point of view, poorly adapted to the modern technologies of the fiber optic and Internet, and burdened by an inefficient and too expensive provision of lifts. The popular voice called David and Nelson to those twin towers. Until the albatross fell.

(Venezuela) Oil prices plunged and Venezuela could not pay its debts. In 1989, the IMF imposed severe austerity measures and Caracas was pressured to collaborate with the corporatocracy in many other ways. The Venezuelan reaction was violent. In the riots more than two hundred people died. Gone was the illusion of oil as an inexhaustible source of wealth. Between 1978 and 2003, Venezuelan income per capita fell more than 40 percent.
As poverty spread, resentment intensified. There was a polarization of society, with clashes between the middle classes and the poor. As so many times has happened in countries whose economy depends on oil production, there was a radical change in the demographic balance. The contraction of the economy hurt the middle classes and increased the number of poor people.
This new demographic situation created the conditions for Chavez … and for the conflict with Washington. Once in power, the president took initiatives that were received as many other challenges by the Bush administration. A few dates from September 11, Washington considered its options. The EMMs had failed. Maybe it would be time to send the jackals.

In defense of its economic and political interests, the United […] States has been supporting the authoritarian regimes of Central and South America since the Cold War.
In tiny Guatemala and in 1954, the Central Intelligence Agency mounted a coup to overthrow the democratically elected government, and for four decades later backed the successive ultra-rightist regimes against the small leftist rebel groups. There were some 200,000 victims among the civilian population.
In Chile, a coup supported by the CIA contributed to General Pinochet’s access to power, which he held from 1973 to 1990. In Peru, a fragile democratic government is still investigating the agency’s performance for a decade in support of the now deposed and exiled president Alberto K. Fujimori and the ill-fated chief of his espionage services, Vladimiro L. Montesinos.
The United States had to invade Panama in 1989 to overthrow its narco-dictator Manuel A. Noriega, who had been a valuable informant for US intelligence for twenty years. In the eagerness to organize an armed opposition against the leftist regime of Nicaragua by any means, including the sale of arms to Iran in exchange for cash, several senior officials of the Reagan administration were prosecuted.
Among those investigated then was Otto J. Reich, a veteran of Latin American struggles. Mr. Reich has never been officially prosecuted. Later he was appointed ambassador of the United States in Venezuela, and currently serves as a direct presidential appointment the post of assistant secretary of state for inter-American affairs. With the fall of Mr. Chávez another medal has been hung.

The economic gunslinger had failed and the jackals too. Venezuela in 2003 turned out to be very different from Iran in 1953. I was wondering if that would be premonitory, or a simple anomaly … and above all, what Washington would do in consequence.
In my opinion, a serious crisis in Venezuela had been averted, at least for the time being, and Chávez had been saved thanks to Saddam Hussein. The Bush administration could not deal with Afghanistan, Iraq and Venezuela, all at the same time. For the time being, neither military resources nor political support reached him. But I knew that such circumstances can change in a very short time, and that President Chávez would have to face bitter opposition in the near future. However, what happened in Venezuela was a reminder that things had not changed much in the last fifty years … except the results.

The people of the condor that inhabits the Amazon make the following seem very obvious: if we want to ask ourselves the questions about what human nature is going to be in this new millennium, and about our commitment regarding the evaluation of our intentions for the decades next, then we will have to open our eyes and face the consequences of our works -the works of the eagle- in places like Iraq and Ecuador. We’ll have to give ourselves a shake to wake up. We, who inhabit the most powerful nation that the world has ever known, should stop thinking so much about the outcomes of the television series, the results of football, the figures of the quarterly balance sheets and the daily indices of the Dow Jones, to get us to reconsider what we are and what our children are going to end up with. The alternative of continuing to stop asking these important questions is simply too dangerous.

The real story is that we are living a lie. A varnish has been created that, like my CV in MAIN, hides the underlying fateful corruption. But there are other statistics that are like x-rays and reflect that cancer, to discover the terrifying reality that the most powerful and opulent empire in history has insufferably high rates of suicide, drug addiction, divorce, child abuse, rape and murder . And the same as a pernicious cancer, those evils spread their tentacles in an ever wider radius, year after year. Pain, we all feel it in our hearts. We would like to demand shouting, but we cover our mouths with both hands to stifle those cries and no one to hear us.
It would be great if we could blame all this on a conspiracy, but there is no such thing. The empire requires the efficiency of the big banks, the big companies, the administrations – the corporatocracy – but it is not a conspiracy. The corporatocracy is us. It exists thanks to us.
Things are not what they seem. The NBC is a property of General Electric. ABC is from Disney. The CBS belongs to Viacom, and CNN is part of the colossal America On Line conglomerate Time Warner. Most of our newspapers, magazines and publishing houses belong to the gigantic international corporations and are manipulated by them. The media are part of the corporatocracy. The officials and directors who control almost all the organs of opinion know where they belong. In their professional lives they have learned that one of their most important missions is to perpetuate, strengthen and develop the system that has been handed down to them. They fulfill it with great efficiency, and if they encounter any opposition they also know how to be ruthless. It is then your task to distinguish the truth that is hidden under the varnish and discover it. Talk with your family and your friends. Spread the word.

A book that will draw the colors of many humans and where money calls money and shows that in these latitudes consciousness is a word in disuse. More than interesting to give light to the shadows of our world.

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