Grandes polvos de la historia — José Ignacio de Arana / Great Sexual Intercoise in The History by José Ignacio de Arana

Sin duda este es un libro lleno de curiosidades y donde habla de la importancia de las relaciones sexuales en una especie de “kamasutra” histórico, los conventos donde muchas novicias entraban por la vida asegurada y existía hasta sadomasoquismo. Nos adentra en la importancia del gallego en la sorna, el mito de Don Juan, junto al Quijote y la Celestina, los pilares de este país, qué decir de la invasión musulmana y un “polvo” a una niña equivocada.
Uno de los episodios fundamentales en la historia de España es el de la invasión musulmana de la península Ibérica, en realidad, un paso más en la hasta el momento imparable ambición expansionista del islam, religión surgida menos de un siglo antes en la aridez del desierto arábigo. La situación planteada al, en apariencia, sólido y brillante reino visigodo fue tan dramática, tan catastrófica y, sobre todo, tan brusca e inopinada, que no se podía encontrar una explicación lógica a lo sucedido. Por eso hubieron de surgir relatos legendarios que lo justificaran como consecuencia de factores fuera del alcance del control de los hombres. Traiciones, deslealtades, intereses militares y políticos; todo eso estaba bien como tramoya de la escenografía, pero en el fondo se encontraba el castigo divino a una pasión muy humana: la lascivia. Un hombre que pone sus ojos y lo que no son los ojos en el cuerpo de una mujer inadecuada o en un momento inoportuno. Y nació así la leyenda de Rodrigo, último rey de los godos, el rey que «perdió España».

¿Es cierto que fue impotente sexualmente aquel rey al que la historia pone siempre ese humillante y escabroso apellido? La cuestión ha conocido momentos de apasionado debate y otros, más prolongados, en que nadie pareció preocuparse de ella. De su respuesta en un sentido o en el contrario depende, sin embargo, nada menos que la legitimidad de origen de la dinastía que con pocas ramificaciones ha continuado reinando en España otros seis siglos más. En esas discusiones han terciado personas de escasos o muy parciales conocimientos en cada uno de los factores del problema. Gregorio Marañón, médico especialista en endocrinología e historiador, entre otros de sus enciclopédicos saberes, escribió en 1930 la obra Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, sin duda el mejor estudio de la personalidad del rey, de su posible defecto físico y de la época en la que transcurrieron los hechos y los personajes que le rodearon. Además, Marañón asistió, comisionado por la Real Academia de la Historia, a la exhumación en 1946 de los restos de Enrique IV, hasta entonces en paradero desconocido, que se encontraron, «en un escondrijo más que cripta». La conclusión a la que llegó Marañón es que Enrique padeció un complejo síndrome endocrinológico denominado displasia eunucoide con reacción acromegálica.

Los relatos mitológicos de todas las culturas están repletos de descripciones sobre seres mezcla de humano y animal. Esfinges, arpías, lumias, centauros, minotauros, sirenas, nereidas o tritones pueblan las páginas de la mitología y sus imágenes permanecen en la imaginación de los hombres y se representan en infinidad de obras de arte desde el origen de los tiempos. Otras veces los seres monstruosos no son de esta clase de híbridos, sino que su cuerpo muestra anomalías disparatadas dentro de las características propiamente humanas: cíclopes, diosas con seis u ocho brazos, dioses con dos cabezas o con un rostro a cada lado como Jano, orejudos que todo lo escuchan, mujeres con una docena de pechos, etc.
Me he referido a todos ellos como monstruos, pero no debe tomarse aquí este apelativo con un significado repulsivo, sino solo en sentido etimológico. La palabra monstruo deriva del verbo latino monere, «advertir», y ya san Isidoro de Sevilla en su célebre obra Etimologías, auténtica enciclopedia de todos los saberes altomedievales, el origen se debe al inconsciente colectivo.
La primera interrogación que se han hecho siempre ante el nacimiento de una criatura monstruosa o gravemente deforme ha sido, naturalmente, ¿por qué? Y las respuestas han sido de lo más variado y por lo general disparatadas; claro que hay que considerar que el conocimiento del desarrollo embrionario de los seres vivos, y por consiguiente de sus posibles anomalías, es algo que la ciencia alcanzó hace apenas doscientos años con solo algún previo apunte intuitivo de genios visionarios de la talla de Leonardo da Vinci. Veremos cómo la falta de entendimiento de este proceso ha llevado a cometer increíbles errores a personajes que, por otra parte, gozaban de un merecido prestigio como intelectuales y hasta develadores de las supersticiones de su época.
Una primera explicación se creyó encontrar en que los monstruos fueran el fruto de la unión carnal entre una mujer y un animal o entre uno de estos y un hombre. A ello contribuyó quizá el que ciertas malformaciones corporales semejen en efecto la presencia de partes de un animal, otro debido a procesos denominados “angiomas”.
Un caso que preocupó especialmente a Feijoo fue el de un niño nacido con dos cabezas, hecho ocurrido en la población gaditana de Medina-Sidonia. Al nacer esa criatura —en realidad, una pareja de siameses unidos prácticamente por todo el cuerpo menos por la cabeza— el sacerdote del lugar había derramado con urgencia agua bautismal sobre una de las cabezas. La criatura murió casi de inmediato y el problema planteado era de índole teológica: ¿estaban bautizados de esa forma los dos fetos, o solo aquel sobre el que se echó el agua bendita, o ninguno? Feijoo, tras describir con detalle a tan extraño ser, se inclinaba por la segunda opción, afirmando que es la cabeza la que define al ser humano independiente y poseedor de un alma santificable por el bautismo.

(La mujer barbuda de Ribera) Lo primero que llama la atención en esta escena es la tristeza que parece embargar a la madre y, sobre todo, a su marido, que aparece un poco detrás y en la penumbra, esa cualidad de la luz que tanto gustaba a Ribera y a los pintores de su época. Esa tristeza contrasta marcadamente con el gesto que descubrimos en casi cualquier otro lienzo que se ocupe de retratar a una madre lactante. En todos ellos la mirada de la madre o es de serenidad o de alegría e incluso en ocasiones de desafío al observador; pero nunca de congoja como la que se desprende de los ojos y de todo el semblante de doña Magdalena. No es para menos, podrá decirse, cuando se sirve de modelo como si fuera una atracción de feria, y como tal la siguen considerando la inmensa mayoría de quienes contemplan este cuadro en Toledo o en sus numerosas reproducciones gráficas.
Debemos saber que la criatura que aparece en el cuadro, con los labios muy cerca de un pecho de características absolutamente normales en una mujer lactante —turgente, de areola pigmentada y pezón prominente—, es el tercer hijo de este matrimonio y que aún habrían de tener otros dos más. Fue precisamente durante el embarazo de este tercero, con treinta y siete años, cuando se produjo la severa alteración hormonal —seguramente de las glándulas suprarrenales o quizá de la hipófisis— que provocó el hirsutismo facial de la mujer, pero que desde luego no afectó para nada a su capacidad galactopoyética, es decir, de secreción láctea, a la generativa ni, por lo que se deduce, a sus otras galanuras que la hacían sexualmente atractiva a su triste marido.

En el año 1951, Hollywood produjo una película que, en su momento, tuvo bastante éxito por la temática «del Oeste» y el atractivo que para las mujeres tenía su protagonista, Robert Taylor. La dirigió William Wellman sobre un guión escrito por el gran Frank Capra como una exaltación épica de la todavía reciente historia de la nación estadounidense. Su argumento era absolutamente absurdo para los españoles de la época de su estreno en nuestros cines, pero la acción que llenaba ese tipo de películas, exóticas de por sí para nuestra mentalidad, y los rasgos de uno de los actores fetiche del momento favorecieron esa buena acogida. Un ganadero californiano solicita a un aventurero que traiga hasta su pueblo, habitado casi en exclusiva por hombres llegados con la marea que supuso la colonización de aquel rico territorio, a un grupo de mujeres del más variado pelaje desde la lejana Chicago para que formen parejas con ellos.
“Caravana de mujeres” fue llevada a la España rural en lugares como Plan.

Casos más habitual el objeto en cuestión es una botella, muy a menudo, con una llamativa predilección quizá inducida por su forma peculiar, una botella de coca cola. El problema surge cuando tras la introducción se produce el vacío entre las paredes de la vagina y el orificio del recipiente y entonces este actúa como una ventosa, imposibilitando a partir de ese momento su extracción. El lector se asombraría ante el elevado número de estos casos que se conocen en cualquier servicio hospitalario. La solución tiene muy poco de arte y de ciencia médicas, pero es tan elemental que se le ocurre a casi cualquiera; menos, como es evidente, a la afectada. Consiste sencillamente en romper el fondo de la botella de un golpe, con lo que se elimina el vacío en su interior y el resto se desprende solo. Lo que desde luego no se elimina con tanta facilidad es la sensación de vergüenza que embarga a la mujer que se ha visto en esas circunstancias.

El arte, testimonio permanente de una cultura, ha tomado en España al toro y a su lidia por el hombre como motivo reiterado de inspiración. Literatos, pintores, escultores y hasta músicos han tratado la tauromaquia, en algunos casos con especial relieve dentro del conjunto de sus obras. Goya y Picasso son los más señeros ejemplos de artistas que han sentido fascinación por la tauromaquia y su simbología; sus respectivas series de grabados y pinturas sobre este tema se cuentan entre lo mejor de su creación y del arte universal.
El simbolismo sexual del toro es el que aparece más veces en las manifestaciones mitológicas y artísticas. El mito de Minotauro es harto representativo. Zeus regala al rey Minos de Creta un hermoso toro blanco para que lo sacrifique en su honor, pero la esposa de Minos, Pasífae, se enamora del animal y para consumar su unión pide al constructor Dédalo que le fabrique un disfraz de vaca.
El toro siempre tuvo un simbolismo masculino, de fuerza generadora. Hay que tener en cuenta, según se ha dicho en otras ocasiones, que el papel jugado por la mujer en el acto biológico de la reproducción ha sido ignorado hasta hace menos de trescientos años; era considerada como mero recipiente donde germinaba la semilla masculina, auténtica y al parecer única fuente de la vida. La cultura ibérica utilizó como tótem de fecundidad la imagen del toro, y la muestra son los numerosos verracos o toros ibéricos repartidos por campos y poblaciones casi seguro que con esa finalidad propiciatoria. Los de Guisando y el que adorna el puente romano de Salamanca —protagonista de un episodio de El Lazarillo— son los más popularmente conocidos, pero forman parte de un amplio conjunto repartido por más de la mitad de nuestra geografía.
La corrida de toros puede ser contemplada, si se quiere asistir, claro, desde varios puntos de vista. El primero, el más comúnmente percibido y apreciado por el espectador de todas las épocas, es el artístico; desde la arquitectura de muchos cosos taurinos, pasando por el multicolor espectáculo de los tendidos y la ropa de los toreros, hasta alcanzar la espléndida belleza del propio toro, uno de los animales más hermosos. Luego está la contemplación de un acto de valor, el de alguien que se enfrenta, a pecho descubierto o con la pequeña defensa de un engaño de tela, a un animal salvaje, porque eso es en definitiva el toro bravo; que se lo pregunten a los médicos de la enfermería de cualquier plaza, sea esta de máxima categoría o montada con talanqueras.
Este aspecto de la tauromaquia trae consigo una consecuencia que ya tiene alguna relación con la sexualidad que rodea e impregna la Fiesta. El torero, el matador, ha sido siempre objeto de especial atractivo sexual para muchas mujeres que ven en su figura la del hombre valeroso, expuesto a la muerte y que convive a diario con ella en actitud desafiante. Son signos que se asocian a un tipo de virilidad muy del gusto femenino cuando la mujer tiene una sexualidad sin pulir en demasía, bastante primitiva, la que hace a la hembra buscar al macho fuerte para la unión instintiva.
Se trata de los roles sexuales que desempeñan toro y torero en la representación mitológica que es, aunque muy escondida en su fondo, la lucha a muerte entre ambos. El papel masculino lo asume el toro. Es, dentro de la pareja, la parte agresiva, atacante, fuerte, la que lleva la iniciativa, al menos al principio, del encuentro. El torero es la mitad femenina. Su misma vestimenta lo sugiere: ropa brillante, con alamares, borlas, medias de color rosa, taleguilla ajustada que resalta las curvas de su cuerpo. Su actitud lo confirma: movimientos suaves, como una especie de baile.

El vocabulario que se gastaban los escritores del Siglo de Oro. No solo Francisco de Quevedo, lenguaraz impenitente, de pluma tan bien afilada y manejada como su espada, nos ha dejado versos y prosas de subidísimo tono. Lope, Góngora, Ruiz de Alarcón, hasta el en apariencia beatífico Cervantes, no se recatan de traer a colación los órganos y las funciones sexuales llamándolos siempre por su nombre llano, sin andarse con remilgos. Lo que sucede es que todas estas palabras y expresiones tienen su lugar en el habla común y cuando lo ocupan parece que se rebaja un tanto su sordidez. Es cuando se sacan de allí, al proferirlas sin venir a cuento, como se suele decir, cuando adquieren el tono obsceno y desagradable al oído educado. Y eso pasa demasiadas veces en el habla de muchas personas.
Sin duda, el lenguaje soez de tinte sexual, lo mismo que el escatológico, cumple una misión que podríamos definir como de válvula de escape para presiones psicológicas mantenidas a la fuerza en el hondón de cualquier individuo. En esas profundidades del subconsciente, a las que pretenden llegar el psicoanálisis y otras técnicas de estudio de lo que allí se cuece a más temperatura que en el horno de un alfarero, se encuentran muchas cuestiones con las que al hombre le cuesta enfrentarse directamente porque no las entiende bien o porque le provocan algún temor. La manera más fácil, y generalmente eficaz, de conjurar esos temores es la verbalización.
En nuestros días la sexualidad se exterioriza sin recato en sus formas más explícitas; parece que de la verbalización se ha pasado a la dramatización para exorcizar miedos instintivos. De cualquier modo, lo sexual seguirá naciendo de la intimidad de los genes y solo alcanzará su verdadera función y, no lo dudemos, su auténtica satisfacción en la intimidad de los cuerpos. Dos son uno y los espectadores sobran.

No doubt this is a book full of curiosities and where he talks about the importance of sexual relationships in a kind of historical “kamasutra”, the convents where many novices entered through the assured life and existed even sadomasochism. It delves us into the importance of Galician in sarcasm, the myth of Don Juan, along with Quixote and Celestina, the pillars of this country, what to speak of the Muslim invasion and a “dust” to a wrong girl.
One of the fundamental episodes in the history of Spain is the Muslim invasion of the Iberian Peninsula, in fact, one more step in the unstoppable expansionist ambition of Islam, a religion that emerged less than a century earlier in the arid desert. Arabic. The situation posed to the seemingly solid and brilliant Visigothic kingdom was so dramatic, so catastrophic and, above all, so abrupt and unexpected, that no logical explanation could be found for what happened. For that reason, legendary stories that justified it as a consequence of factors beyond the control of men must have emerged. Betrayals, disloyalty, military and political interests; all that was fine as a stage scene, but deep down there was the divine punishment of a very human passion: lasciviousness. A man who puts his eyes and what are not eyes on the body of an inadequate woman or at an inopportune moment. And the legend of Rodrigo was born, the last king of the Goths, the king who “lost Spain”.

Is it true that the king was always impotent to whom history always puts that humiliating and rough name? The question has known moments of passionate debate and others, more prolonged, in which nobody seemed to worry about it. However, nothing less than the legitimacy of origin of the dynasty that with few ramifications has continued to reign in Spain for another six centuries depends on its response in a sense or on the contrary. In these discussions have been people of limited or very partial knowledge in each of the factors of the problem. Gregorio Marañón, a specialist in endocrinology and historian, among others of his encyclopedic knowledge, wrote in 1930 the work Biological essay on Henry IV of Castile and his time, undoubtedly the best study of the personality of the king, its possible physical defect and of the time in which the events and the characters that surrounded him took place. In addition, Marañón attended, commissioned by the Royal Academy of History, to the exhumation in 1946 of the remains of Henry IV, hitherto unknown whereabouts, who were found, “in a hiding place rather than crypt.” The conclusion reached by Marañón is that Enrique suffered a complex endocrinological syndrome called eunucoid dysplasia with acromegalic reaction.

The mythological accounts of all cultures are replete with descriptions of mixed human and animal beings. Sphinxes, harpies, lumia, centaurs, minotaurs, mermaids, nereids or tritons populate the pages of mythology and their images remain in the imagination of men and are represented in countless works of art since the dawn of time. Other times the monstrous beings are not of this class of hybrids, but their body shows nonsensical anomalies within the properly human characteristics: cyclops, goddesses with six or eight arms, gods with two heads or with a face on each side like Janus, Eared that hear everything, women with a dozen breasts, etc.
I have referred to all of them as monsters, but this name should not be taken here with a repulsive meaning, but only in an etymological sense. The word monster derives from the Latin verb monere, “to warn”, and already Saint Isidore of Seville in his famous work Etymologies, authentic encyclopedia of all the knowledge altomedievales, the origin is due to the collective unconscious.
The first question that has always been asked about the birth of a monstrous or seriously deformed creature has been, naturally, why? And the answers have been very varied and usually crazy; Clear that it is necessary to consider that the knowledge of the embryonic development of living beings, and therefore of their possible anomalies, is something that science reached just two hundred years ago with only a previous intuitive note of visionary geniuses of the likes of Leonardo da Vinci . We will see how the lack of understanding of this process has led to committing incredible errors to characters who, on the other hand, enjoyed a deserved prestige as intellectuals and even revelers of the superstitions of their time.
A first explanation was thought to find in which the monsters were the fruit of the carnal union between a woman and an animal or between one of these and a man. Perhaps this contributed to the fact that certain bodily malformations in effect resemble the presence of parts of an animal, another due to processes called “angiomas”.
A case that worried Feijoo especially was that of a child born with two heads, a fact that occurred in the Cádiz town of Medina-Sidonia. At the birth of that creature-in fact, a pair of Siamese twins practically all over the body except for the head-the priest of the place had poured urgent baptismal water on one of the heads. The creature died almost immediately and the problem posed was of a theological nature: were the two fetuses baptized in this way, or only the one on which the holy water was poured, or none at all? Feijoo, after describing in detail such a strange being, was inclined towards the second option, affirming that it is the head that defines the independent human being and possessor of a soul sanctified by baptism.

(The bearded woman of Ribera) The first thing that draws attention in this scene is the sadness that seems to seize the mother and, above all, her husband, who appears a little behind and in the gloom, that quality of light that So much liked Ribera and the painters of his time. This sadness contrasts sharply with the gesture we discover in almost any other canvas that portrays a nursing mother. In all of them, the mother’s gaze is one of serenity or joy and sometimes even of challenge to the observer; but never of anguish like that which emerges from the eyes and from all the countenance of Dona Magdalena. It is not for less, it could be said, when it is used as a model as if it were a fair attraction, and as such it is still considered by the immense majority of those who contemplate this painting in Toledo or in its numerous graphic reproductions.
We must know that the creature that appears in the picture, with the lips very close to a chest of absolutely normal characteristics in a lactating woman -turgent, pigmented areola and prominent nipple-, is the third child of this marriage and that there would still be have two more. It was precisely during the pregnancy of this third, with thirty-seven years, when there was severe hormonal alteration-surely of the adrenal glands or perhaps the pituitary-that caused the facial hirsutism of the woman, but that certainly did not affect nothing to its galactopoietic capacity, that is to say, of milk secretion, to the generative one nor, by what it is deduced, to its other galanuras that made it sexually attractive to its sad husband.

In the year 1951, Hollywood produced a film that, at the time, was quite successful for the theme “of the West” and the attraction for women had its protagonist, Robert Taylor. It was directed by William Wellman on a script written by the great Frank Capra as an epic exaltation of the still recent history of the American nation. His argument was absolutely absurd for the Spaniards of the time of its premiere in our cinemas, but the action that filled that type of films, exotic in and of itself for our mentality, and the traits of one of the fetish actors of the moment favored that good reception. A California farmer asks an adventurer to bring his people, inhabited almost exclusively by men arrived with the tide that was the colonization of that rich territory, a group of women of the most varied hair from the distant Chicago to form couples with they.
“Caravan of women” was taken to rural Spain in places like Plan.

Most usual cases the object in question is a bottle, very often, with a striking predilection perhaps induced by its peculiar form, a bottle of coca cola. The problem arises when after the introduction there is a vacuum between the walls of the vagina and the orifice of the container and then it acts as a suction cup, making it impossible to extract it from that moment. The reader would be amazed at the high number of these cases that are known in any hospital service. The solution has very little art and medical science, but it is so elementary that it occurs to almost anyone; less, as is evident, to the affected. It consists simply in breaking the bottom of the bottle at one stroke, which eliminates the vacuum inside and the rest comes off alone. What is certainly not eliminated with such ease is the sense of shame that overwhelms the woman who has seen herself in those circumstances.

Art, the permanent testimony of a culture, has taken the bull in Spain and its fight for man as a reiterated motive of inspiration. Literates, painters, sculptors and even musicians have dealt with bullfighting, in some cases with special emphasis on the set of his works. Goya and Picasso are the most outstanding examples of artists who have been fascinated by bullfighting and its symbolism; their respective series of prints and paintings on this subject are counted among the best of their creation and universal art.
The sexual symbolism of the bull is the one that appears more often in the mythological and artistic manifestations. The myth of Minotauro is very representative. Zeus gives King Minos of Crete a beautiful white bull to sacrifice in his honor, but the wife of Minos, Pasiphae, falls in love with the animal and to consummate their union asks the builder Daedalus to make him a cow costume.
The bull always had a masculine symbolism, of generative force. It must be taken into account, as has been said on other occasions, that the role played by women in the biological act of reproduction has been ignored until less than three hundred years ago; It was considered a mere container where the masculine seed germinated, authentic and apparently the only source of life. The Iberian culture used as fertility totem the image of the bull, and the sample are the many boars or Iberian bulls scattered by fields and populations almost certainly with that propitiatory purpose. Those of Guisando and the one that adorns the Roman bridge of Salamanca -protagonist of an episode of El Lazarillo- are the most popularly known, but they are part of an ample group distributed by more than half of our geography.
The bullfight can be contemplated, if you want to attend, of course, from several points of view. The first, the one most commonly perceived and appreciated by the viewer of all times, is the artistic; from the architecture of many bullfighting costumes, through the multicolored spectacle of the bullfighters’ clothes and clothes, until reaching the splendid beauty of the bull itself, one of the most beautiful animals. Then there is the contemplation of an act of courage, that of someone who confronts, bare-chested or with the small defense of a deception of cloth, a wild animal, because that is ultimately the brave bull; to ask the doctors of the infirmary of any place, whether it is of the highest category or mounted with talanqueras.
This aspect of bullfighting brings with it a consequence that already has some relationship with the sexuality that surrounds and permeates the Fiesta. The bullfighter, the matador, has always been the object of special sexual attraction for many women who see in their figure that of the courageous man, exposed to death and who lives daily with her in a defiant attitude. They are signs that are associated with a type of virility very feminine taste when the woman has a sexuality unpolished in excess, quite primitive, which makes the female look for the strong male for instinctive union.
It deals with the sexual roles played by bull and bullfighter in the mythological representation that is, although very hidden in its background, the fight to the death between both. The male role is assumed by the bull. It is, within the couple, the aggressive, attacking, strong part that takes the initiative, at least at the beginning, of the encounter. The bullfighter is the feminine half. Her very dress suggests it: bright clothes, with alamares, tassels, pink stockings, tight satchel that highlights the curves of her body. His attitude confirms it: smooth movements, like a kind of dance.

The vocabulary that the writers of the Golden Age spent. Not only Francisco de Quevedo, an unrepentant language, with a pen as sharp and handled as his sword, has left us verses and prose of a very high tone. Lope, Góngora, Ruiz de Alarcón, even the seemingly beatific Cervantes, do not shy away from bringing up the sexual organs and functions by always calling them by their plain name, without being squeamish. What happens is that all these words and expressions have their place in common speech and when they occupy it it seems that their sordidness is somewhat reduced. It is when they get out of there, when they utter them without coming to mind, as they say, when they acquire the obscene and unpleasant tone in the educated ear. And that happens too many times in the speech of many people.
Undoubtedly, the vulgar language of sexual dye, as well as the eschatological language, fulfills a mission that we could define as an escape valve for psychological pressures maintained by force in the hollow of any individual. In those depths of the subconscious, to which psychoanalysis and other techniques of study of what is cooked at a higher temperature than in a potter’s kiln, there are many issues with which it is hard for man to face directly because he does not he understands them well or because they cause him some fear. The easiest, and usually effective, way to conjure those fears is verbalization.
In our days, sexuality is expressed without restraint in its most explicit forms; It seems that verbalization has gone to dramatization to exorcise instinctive fears. In any case, the sexual will continue to be born from the intimacy of the genes and will only reach its true function and, let us not doubt it, its authentic satisfaction in the intimacy of the bodies. Two are one and the spectators are left over.

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