Esto Lo Cambia Todo — Naomi Klein / This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate by Naomi Klein

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Con el subtítulo del capitalismo contra el clima y ahora que está de moda París con su cumbre del cambio climático , me parece un magnífico, donde el negocio llama al negocio. Ahora la versión oficial sería: La mayoría de las proyecciones sobre el cambio climático presuponen que los cambios futuros —las emisiones de gases de efecto invernadero, los incrementos de las temperaturas y otros efectos como el aumento del nivel del mar— se producirán de forma gradual. Una determinada cantidad de emisiones se traducirá en una cantidad dada de subida de la temperatura que conducirá a su vez a una cierta cantidad de suave aumento gradual del nivel del mar. Sin embargo, el registro geológico referido al clima muestra momentos en los que una modificación relativamente pequeña de un elemento climático provocó alteraciones bruscas en el sistema en su conjunto. Dicho de otro modo, impulsar las temperaturas mundiales hasta más allá de determinados umbrales podría desencadenar cambios abruptos, impredecibles y potencialmente irreversibles que tendrían consecuencias enormemente perturbadoras y a gran escala. Llegados a ese punto, incluso aunque no vertiéramos CO2 adicional alguno a la atmósfera, se pondrían en marcha procesos imparables.

La economía mundial está elevando su ya de por sí arriesgada apuesta y está pasando de las fuentes convencionales de combustibles fósiles a versiones aún más sucias y peligrosas de las mismas: betún de las arenas bituminosas de Alberta, petróleo extraído mediante la perforación de aguas oceánicas profundas, gas obtenido por fracturación hidráulica (o fracking), carbón arrancado a base de detonar montañas, etcétera.
Mientras tanto, cada nuevo desastre natural «sobrealimentado» por toda esta dinámica genera toda una serie de instantáneas que recalcan la ironía de un clima que es cada vez más inhóspito incluso para las mismas industrias que más responsables han sido de su calentamiento. Así se vio, por ejemplo, durante las históricas inundaciones de 2013 en Calgary.
Convivir con esta especie de disonancia cognitiva es simplemente una parte más del hecho de que nos haya tocado vivir este discordante momento de la historia, en el que una crisis que tanto nos hemos esforzado por ignorar nos está golpeando en plena cara y, aun así, optamos por doblar nuestra apuesta precisamente por aquellas cosas que son la causa misma de la crisis.
Hay formas de evitar este desalentador futuro o, cuando menos, de hacerlo mucho menos aciago. El problema es que todas ellas implican también cambiarlo todo. Para nosotros, grandes consumidores, implican cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra. La buena noticia es que muchos de esos cambios no tienen nada de catastróficos. Todo lo contrario: buena parte de ellos son simplemente emocionantes.

El volumen del mercado de derivados climáticos se disparó multiplicándose por cinco: de un valor total de 9.700 millones a 45.200 millones de dólares). Las compañías de reaseguros internacionales están recaudando miles de millones de dólares en beneficios, procedentes en parte de la venta de nuevos tipos de planes de protección a países en vías de desarrollo que apenas han contribuido a crear la crisis climática actual, pero cuyas infraestructuras son sumamente vulnerables a los efectos de la misma.8
Y, en un arrebato de sinceridad, el gigante de la industria armamentística Raytheon explicó que «es probable que crezcan las oportunidades de negocio de resultas de la modificación del comportamiento y las necesidades de los consumidores en respuesta al cambio climático». Entre tales oportunidades se incluye no solo una mayor demanda de los servicios privatizados de respuesta a los desastres que ofrece la compañía, sino también «la demanda de sus productos y servicios militares ante la posibilidad de que aumente la preocupación por la seguridad a consecuencia de las sequías, las inundaciones y los temporales debidos al cambio climático».

Mucho más aterrador es el hecho de que un nutrido grupo de analistas situados dentro de la línea científica dominante hoy en día opinen que la trayectoria de emisiones que estamos siguiendo actualmente nos dirige hacia un ascenso de la temperatura media mundial superior a esos 4 °C. En 2011, la (por lo general) sobria Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicó un informe con una serie de proyecciones que venían a indicar que nos encaminamos en realidad hacia un calentamiento global de unos 6 °C (10,8 °F). Y según las palabras del propio economista en jefe de la AIE, «cualquier persona, incluso un alumno de primaria, sabe que esto tendrá implicaciones catastróficas para todos nosotros».

Los tres pilares de las políticas de esta nueva era son bien conocidos por todos nosotros: la privatización del sector público, la desregulación del sector privado y la reducción de la presión fiscal a las empresas, sufragada con recortes en el gasto estatal. Mucho se ha escrito sobre los costes reales de tales políticas: la inestabilidad de los mercados financieros, los excesos de los superricos y la desesperación de los pobres, cada vez más prescindibles para el sistema, así como el deterioro de las infraestructuras y los servicios públicos. Muy poco se ha dicho, sin embargo, de cómo el fundamentalismo del mercado ha saboteado sistemáticamente desde el primer momento nuestra respuesta colectiva al cambio climático, una amenaza que empezó a llamar a nuestra puerta justo cuando esa otra ideología alcanzaba su cenit.
Y lo ha saboteado, fundamentalmente, porque el dominio sobre la vida pública en general que la lógica del mercado conquistó en ese periodo hizo que las respuestas más directas y obvias para abordar el problema del clima parecieran heréticas desde el punto de vista político imperante.

Afirmar que el cambio climático es una conspiración dirigida a robarle la libertad a Estados Unidos es un ejercicio de tibieza y mesura comparado con el nivel general con el que se emplean el Instituto Heartland y sus colaboradores. En el transcurso de este congreso de dos días de duración, oigo comparar el ecologismo moderno con prácticamente todos los episodios de crímenes en masa recogidos a lo largo de la historia humana: desde la Inquisición católica hasta la Alemania nazi, pasando por la Rusia estalinista. Me entero también de que la promesa de campaña que hiciera Barack Obama para apoyar a las refinerías de biocombustibles de propietarios locales viene a ser algo muy parecido al plan autárquico con el que el Camarada Mao pretendía instalar «una caldera de hierro en el patio de todas las casas» (según Patrick Michaels, del Instituto Cato); de que el cambio climático es «un pretexto para instaurar el nacionalsocialismo» (según el exsenador republicano y exastronauta Harrison Schmitt, refiriéndose a los nazis); y de que los ecologistas son como los sacerdotes aztecas, dispuestos sacrificar a innumerables personas para aplacar a los dioses y cambiar el tiempo (según palabras de Marc Morano, de nuevo).

El geólogo australiano Bob Carter se pregunta incluso si se está produciendo realmente un calentamiento, mientras que el astrofísico Willie Soon admite que sí se ha producido cierto incremento térmico, pero asegura que no tiene nada que ver con las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que obedece en realidad a fluctuaciones naturales en la actividad del sol. Patrick Michaels (del Instituto Cato) les lleva la contraria al reconocer que es el CO2 el que de hecho está impulsando las temperaturas al alza, pero insiste en que las repercusiones de ese aumento son tan nimias que no deberíamos «hacer nada» al respecto. El desacuerdo es el alma de todo encuentro intelectual, pero en la conferencia del Heartland, un material tan descaradamente contradictorio como ese no suscita debate alguno entre los negacionistas: ni uno solo de ellos intenta defender su posición frente a la de los otros participantes, ni se esfuerza por dirimir quién está verdaderamente en lo cierto. De hecho, mientras los ponentes presentan sus gráficos sobre las temperaturas, da la impresión de que varios miembros del público (en el que predominan los asistentes de edad avanzada) se están quedando dormidos.

Uno de los hallazgos más interesantes de los múltiples estudios recientes de las percepciones sobre el clima es la conexión clara que existe entre la negativa a aceptar la base científica del cambio climático, por un lado, y el disfrute de privilegios sociales y económicos, por el otro. Los negadores del cambio climático no son solo conservadores, sino que, en su inmensa mayoría, son también blancos y varones, y ese es un grupo social con ingresos superiores a la media. Y sus miembros tienen también mayores probabilidades que otros adultos de sentirse muy seguros y convencidos de sus puntos de vista, por muy demostrablemente falsos que sean. En un muy comentado trabajo académico sobre este tema (que lleva el memorable título de «Cool Dudes», traducible como «Tipos impasibles», pero también como «Tipos estupendos»), los sociólogos Aaron McCright y Riley Dunlap descubrieron que, dentro del grupo de los varones blancos conservadores, los que decían estar muy seguros de su opinión sobre el calentamiento global tenían seis veces más probabilidades de creer que el cambio climático «nunca se producirá» que el resto de las personas adultas encuestadas.

Los negacionistas han ganado… el primer asalto, al menos. No me refiero a la batalla sobre la ciencia del clima; de hecho, su influencia en ese ámbito está ya muy de capa caída. Pero los negadores —y el movimiento político del que surgieron— han ganado la batalla sobre los valores que deben regir nuestras sociedades. Su ideal —que la codicia debe guiar nuestros pasos, o que, por citar al ya desaparecido economista Milton Friedman, «el gran error» fue «creer que es posible hacer el bien con el dinero de otras personas»— ha rehecho sustancialmente nuestro mundo durante las pasadas cuatro décadas y ha diezmado prácticamente todo poder que pudiera servirle de contrapeso. La ideología extrema del libre mercado se ha blindado en nuestras sociedades gracias a las duras condiciones políticas que acompañaron a los préstamos que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) concedieron en su momento y que tanto necesitaban los países receptores. Esa ideología dio forma al modelo de desarrollo orientado a la exportación que dejó repartidas por el mundo en vías de desarrollo múltiples zonas de libre comercio, y se incorporó también a incontables acuerdos comerciales.

Cuando los Gobiernos nacionales comenzaron a reunirse para debatir respuestas al cambio climático, fueron importantes y contundentes las voces que se alzaron desde los países en vías de desarrollo subrayando que lo fundamental del problema radicaba en el estilo de vida altamente consumista que predominaba en Occidente. En un discurso de 1989, por ejemplo, el entonces presidente de la India, R. Venkataraman, argumentó que la crisis medioambiental global era consecuencia del «consumo excesivo de toda clase de materiales» por parte de los países desarrollados y de la «industrialización a gran escala [de dichos países] destinada a sostener sus propios estilos de vida».Si los países ricos consumiesen menos, todo el mundo estaría más seguro.

Con la implantación del sistema del libre comercio internacional y de la producción deslocalizada como norma, las emisiones no solo trasladaron su foco de unos países a otros, sino que se multiplicaron. Como ya he mencionado, con anterioridad al auge de la era neoliberal, el crecimiento de las emisiones globales se había ido ralentizando y había pasado de unas tasas de incremento del 4,5% anual en la década de 1960 a aproximadamente un 1% por año en los noventa. Pero la entrada en el nuevo milenio marcó un acusado cambio de tendencia: entre 2000 y 2008, la tasa de crecimiento alcanzó el 3,4% anual, disparándose por encima de las proyecciones más pesimistas del IPCC en aquel entonces.
Para combatir el cambio climático, tenemos la necesidad real de iniciar una «relocalización» de nuestras economías, y de reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos. Pero la regla más básica del actual derecho mercantil internacional es que no se puede favorecer lo local o nacional sobre lo global o foráneo. Y ¿cómo podemos siquiera abordar la idea de la necesidad de incentivar las economías locales vinculando las políticas de creación de empleos verdes locales con las de fomento de las energías limpias cuando eso está simplemente prohibido por la política comercial? […] Si no tenemos en cuenta cómo está estructurada hoy la economía, nunca llegaremos realmente a la verdadera raíz del problema.

Como todos sabemos, la evolución del gasto público está siguiendo justamente el sentido contrario en casi todos los países del mundo menos en un puñado de las llamadas economías emergentes caracterizadas por un elevado ritmo de crecimiento. En América del Norte y Europa, la crisis económica que comenzó en 2008 sigue utilizándose como pretexto para rebajar la ayuda exterior y practicar recortes en los programas y las políticas relacionadas con el clima en el propio país. Por toda la Europa del sur se ha dado marcha atrás en políticas y regulaciones medioambientales diversas; el caso más trágico de todos ha sido el de España, que, ferozmente presionada para llevar a cabo la aplicación de políticas de austeridad, ha recortado drásticamente las subvenciones a los proyectos de renovables, lo que ha impulsado una vorágine de suspensiones de pagos y cierres de proyectos de producción de energía solar y de parques eólicos. También en el Reino Unido, durante el Gobierno de David Cameron, se han reducido las ayudas a las energías renovables.
Entonces, si damos por sentado que muchos Estados están sin blanca y que no es probable que recurran a la «flexibilización cuantitativa» (es decir, a la impresión de dinero).
Y aunque la demanda de renovables aumenta, el porcentaje de lo que las compañías de combustibles fósiles gasta en aquellas no deja de disminuir: en 2011, la mayoría de las «grandes» dedicó a las energías alternativas menos del 1 % de sus gastos totales. Solo Chevron y Shell gastaron en ellas un (por otra parte discretísimo) 2,5%. En 2014, Chevron redujo más aún su esfuerzo de gasto en ese sector. Según Bloomberg Businessweek, el personal de una división de renovables de esa compañía que casi había duplicado los beneficios que se le habían fijado como objetivo fue informado de que «la financiación de su iniciativa iba a agotarse», por lo que se le instaba «a buscar empleo en otra parte». Chevron también decidió vender negocios que habían desarrollado proyectos verdes para Gobiernos de diferentes niveles y para administraciones de distritos escolares. Antonia Juhasz, observadora de la industria petrolera, ha señalado en ese sentido que «uno no lo diría viendo su publicidad, pero lo cierto es que las grandes empresas petroleras del mundo o bien han desinvertido todo lo que tenían en energías alternativas, o bien han reducido significativamente esas inversiones para duplicarlas en la búsqueda y explotación de fuentes cada vez más peligrosas y destructivas de petróleo y gas natural».

Existe, además, una correlación simple y directa entre riqueza y emisiones: tener más dinero significa por lo general volar, conducir o incluso salir a navegar más a menudo, y requerir de suministro de electricidad y energía para más de un domicilio particular. Un estudio sobre los consumidores alemanes indica que los hábitos de viaje de la clase más acomodada tienen un impacto sobre el clima un 250% mayor que los de sus conciudadanos de ingresos más bajos.
Eso significa que todo intento de gravar la extraordinaria concentración de riqueza que se produce en la cima de la pirámide económica de nuestras sociedades (como tan convincentemente ha documentado Thomas Piketty.

La lección que cabe extraer de todo esto no es que la gente no quiera aceptar sacrificios ante la crisis climática, sino que se ha hartado de esta cultura del sacrificio asimétrico que pide a los individuos que paguen precios más elevados por opciones supuestamente verdes, mientras que las grandes empresas eluden tales regulaciones y, no solo se niegan a modificar su conducta, sino que continúan yendo a la carga con más actividades contaminantes. A la vista de este panorama, es perfectamente lógico que muchas personas pierdan buena parte de aquel entusiasmo que caracterizó los primeros tiempos del movimiento climático y que manifiesten que no harán más sacrificios hasta que las soluciones políticas que se pongan sobre la mesa sean percibidas como justas. Esto no significa que a la clase media vaya a salirle de balde todo esto. Para financiar los programas sociales imprescindibles para una transición que, además, sea justa, habrá que subir los impuestos de toda la población, salvo la más pobre. Pero si los fondos así recaudados se destinan a programas y servicios que reduzcan la desigualdad y consigan que las vidas de todos sean menos inseguras y precarias, las actitudes ciudadanas hacia los impuestos muy posiblemente variarán.

Si alguna lección cabe extraer de tan tremenda oportunidad perdida, es la siguiente: si queremos una acción climática de la escala y el ritmo requeridos por las circunstancias externas, la izquierda va a tener que aprender rápidamente de la derecha. Los conservadores han conseguido que la acción climática se estanque e, incluso, retroceda en medio de la crisis económica porque han reducido la cuestión del clima a una cuestión de economía; es decir, han antepuesto la necesidad urgente de proteger el crecimiento y el empleo en tiempos difíciles (¿¡cuándo no lo son!?) a todo lo demás. Los progresistas lo tendrían muy fácil para hacer lo mismo. Bastaría con que mostrasen que las soluciones reales a la crisis del clima son también nuestra mayor esperanza para construir un sistema económico más estable y equitativo, que refuerce y transforme el ámbito público, que genere abundante empleo digno y que ponga freno a la codicia de la gran empresa privada.
Las políticas que se limiten simplemente a intentar aprovechar el poder del mercado —gravando ligeramente o poniendo topes livianos al carbono, pero nada más… por no molestar— no serán suficientes. Si queremos estar a la altura de un desafío que nos obliga a modificar los cimientos mismos de nuestra economía, necesitaremos echar mano de todas las herramientas políticas que se guardan en los talleres de la democracia.

El terreno de la energía renovable es igualmente prometedor, sobre todo, porque genera más empleos por unidad de energía producida que los combustibles fósiles. En 2012, la Organización Internacional del Trabajo calculaba que unos 5 millones de puestos de trabajo se habían creado ya en el sector en todo el mundo, y eso solamente con los dispersos e inadecuados niveles actuales de compromiso de los Estados con la reducción de emisiones.10 Si se adecuara la política industrial a las recomendaciones derivadas de las proyecciones actuales de la ciencia del clima, el suministro energético procedente de la energía eólica, la solar y otras renovables (la geotérmica y la mareomotriz, por ejemplo) generaría un número elevadísimo de empleos en todos los países; concretamente, en todo lo relacionado con la fabricación, la construcción, la instalación, el mantenimiento y el funcionamiento de esos equipos y redes.
Estudios parecidos en Canadá han concluido que, con una inversión de 1.300 millones de dólares (la cantidad que el Gobierno canadiense se gasta en subvenciones a las compañías del petróleo y el gas), podrían crearse entre 17.000 y 20.000 puestos de trabajo en energías renovables, transportes públicos o eficiencia energética; esto es, entre seis y ocho veces más.
“Ninguna empresa privada en el mundo quiere quedarse sin negocio y cerrar; su objetivo es expandir su mercado. De ahí que, si hubiera que utilizar el gas natural como combustible de transición a corto plazo, tendría que ser una transición dirigida muy de cerca por la ciudadanía y orientada al interés de esta: los beneficios obtenidos con las ventas actuales deberían reinvertirse en tecnologías renovables para el futuro, y el sector debería tener restringida la libertad para permitirse el crecimiento exponencial que está experimentando actualmente gracias al boom del gas de esquisto (el que se extrae mediante fracturación hidráulica).
La solución no pasaría en ningún caso por la nacionalización energética sobre la base de los modelos existentes. Las grandes compañías petroleras de propiedad estatal (como la brasileña Petrobras, la noruega Statoil o Petrochina) son tan voraces en su búsqueda de depósitos de carbono de alto riesgo como sus competidoras directas privadas. Y en ausencia de un plan de transición creíble para aprovechar los beneficios de tales empresas poniéndolos al servicio del cambio hacia la energía renovable, el hecho de que el Estado sea un accionista principal de esas compañías tiene profundos efectos corruptores, pues genera una adicción a los petrodólares fáciles que dificulta aún más si cabe la introducción por parte de los dirigentes políticos de medidas que perjudiquen la rentabilidad de los combustibles fósiles.

Es verdad que el mercado es un motor fantástico de innovación tecnológica y que, si nada ni nadie coarta su capacidad, los departamentos de I+D seguirán ideando nuevos e impresionantes métodos para conseguir que los módulos solares y los aparatos eléctricos sean más eficientes, pero, al mismo tiempo, las fuerzas del mercado también impulsarán nuevas e innovadoras formas de sacar combustibles fósiles de fuentes de muy difícil acceso, como el subsuelo de los fondos oceánicos o los lechos duros de esquistos bituminosos, y esas innovaciones sucias harán que las verdes resulten esencialmente irrelevantes desde la perspectiva del cambio climático.

Pocos lugares de la Tierra encarnan más gráficamente que Nauru los resultados suicidas de haber basado nuestras economías en la extracción contaminante. Por culpa de la minería del fosfato, Nauru lleva medio siglo desapareciendo de dentro hacia fuera; y ahora, por culpa de nuestra minería colectiva de combustibles fósiles, está desapareciendo de fuera hacia dentro.
Pero lo que la historia de Nauru nos indica a las claras es que no existe nada que esté en medio de la nada; no hay nada que no «importe» ni nada que de verdad no desaparezca nunca.

Aunque desarrollado bajo la égida del capitalismo, hoy en día Gobiernos de todas las ideologías se adhieren a ese modelo de agotamiento de recursos como ruta hacia el desarrollo, y esa es la lógica que el cambio climático pone profundamente en cuestión.
El extractivismo es una relación no recíproca con la Tierra que está basada en la dominación: se trata simplemente de tomar sin dar nada a cambio. Es lo contrario de la administración o tutela responsable (stewardship), que consiste también en tomar, sí, pero preocupándonos al mismo tiempo de que la regeneración y la vida futura continúen. El extractivismo es la mentalidad de quienes, para sacar de la Tierra lo que buscan de ella, no tienen reparos en descabezar las cimas de montañas o en deforestar bosques primarios. Es reducir la vida a objetos para su uso por otras personas, sin darle integridad ni valor propio, convirtiendo ecosistemas vivos complejos en «recursos naturales», o montañas en «sobrecapa» (como llama la industria minera a los bosques, las rocas y los arroyos que se interponen a sus objetivos de excavadoras).

Lejos de percibir el cambio climático como una oportunidad para defender su utopía socialista (eso que tanto temen los negacionistas del cambio climático), SYRIZA prefirió no hacer mención alguna al mismo.
El propio líder del partido, Alexis Tsipras, así me lo reconoció abiertamente en una entrevista: «Somos un partido que siempre ha tenido el medio ambiente y el cambio climático entre nuestros temas de interés central, pero tras estos años de depresión en Grecia, nos hemos olvidado del cambio climático». Por lo menos, franqueza no le falta.

Las grandes organizaciones del movimiento verde convencional que mantienen fuertes filiaciones empresariales no niegan la realidad del cambio climático, por supuesto (muchas dedican grandes esfuerzos a acrecentar nuestro nivel de alarma sobre ese tema). Pero, aun así, muchos de esos grupos han impulsado sistemática y agresivamente aquellas respuestas al cambio climático que suponen una carga menos pesada (cuando no un beneficio directo) para los mayores emisores de gases de efecto invernadero del planeta, aun cuando algunas de esas políticas representen un detrimento directo para las comunidades que tratan de combatir sobre el terreno la expansión de los combustibles fósiles. En vez de proponer políticas que traten los gases de efecto invernadero como peligrosos contaminantes que requieren de regulaciones claras y efectivas que restrinjan las emisiones y favorezcan las condiciones propicias para una transición completa hacia las energías renovables, esas organizaciones han promovido intrincados sistemas basados en mecanismos de mercado que han tratado los mencionados gases como si fueran poco menos que abstracciones tardocapitalistas que se pueden comprar y vender (agrupadas en paquetes, incluso), con las que se puede especular y que se pueden mover de un lado a otro del globo con la misma facilidad que las divisas o los títulos de deuda basura.
Y muchos de esos mismos grupos ecologistas han abogado por el gas natural (uno de los principales combustibles fósiles) como supuesta solución al cambio climático, pese a que existen pruebas de que el metano que se libera con su extracción (sobre todo, a través del proceso de fracturación hidráulica) es un factor que puede influir en el incremento de los niveles de calentamiento del planeta en las próximas décadas hasta cotas catastróficas irrecuperables.

Las soluciones climáticas basadas en «mecanismos de mercado» que tantas de esas grandes fundaciones patrocinan y que muchos colectivos e individuos del movimiento verde también han hecho suyas han proporcionado un inestimable servicio al sector de los combustibles fósiles en su conjunto. Para empezar, han conseguido alterar lo que empezó como un debate franco y directo sobre la necesidad de abandonar progresivamente el consumo de esos combustibles y convertirlo, a base de inyectarle toda una nueva jerga especializada, en un asunto tan enrevesado que la cuestión del clima ha terminado resultando demasiado compleja y arcana para que los legos en la materia puedan comprenderla y seguirla. Este hecho ha debilitado seriamente el potencial para construir un movimiento de masas capaz de hacer frente a contaminadores muy poderosos.
El nuevo ecologismo no acepta la inevitabilidad de esa dicotomía excluyente y ha demostrado que, en muchos casos cruciales, es una falacia». En vez de tratar de prohibir las actividades dañinas, como la propia organización de Krupp había ayudado a conseguir con el DDT, el EDF se dedicaría a partir de entonces a firmar acuerdos de colaboración con empresas contaminadoras —«coaliciones de antiguos enemigos», las llamó él— para convencerlas de los ahorros de costes y los nuevos mercados que podrían descubrir si optaban por la senda de lo verde. Con el tiempo, Walmart, McDonald’s, FedEx y AT&T suscribieron colaboraciones destacadas con este «pionero» legendario del ecologismo.
El EDF decía sentirse orgulloso de anteponer los «resultados» a la ideología, pero lo cierto es que, bajo el liderazgo de Krupp, la organización adoptó un posicionamiento muy ideológico; eso sí, su ideología era el «pensamiento de grupo» (groupthink en inglés) dominante en aquel entonces, que priorizaba las soluciones privadas basadas en mecanismos de mercado por considerarlas inherentemente superiores a las meramente regulatorias.

No cuestiono las buenas intenciones de estos autodenominados pragmáticos en su deseo de proteger la Tierra de un calentamiento catastrófico. Pero entre los radicales del Instituto Heartland, que reconocen que el cambio climático representa una profunda amenaza para nuestros sistemas económico y social, y que por ello niegan su realidad científica, y quienes aseguran que el cambio climático precisa solamente de retoques menores en nuestro modo habitual de hacer las cosas y que, por lo tanto, se pueden permitir creer que sí es un fenómeno real, no está muy claro quiénes viven más engañados.

Durante un tiempo, a raíz del estreno/publicación en 2006 de Una verdad incómoda de Al Gore, dio la impresión de que el cambio climático iba a inspirar por fin la formación del movimiento transformador de nuestra era. La creencia general en la existencia y la gravedad del problema era elevada y el tema parecía omnipresente. Pero cuando se echa la vista atrás hacia esos años, lo que resulta realmente extraño es que toda aquella energía parecía proceder del nivel más alto de la sociedad. Durante la primera década del nuevo milenio, el diálogo sobre el clima fue algo sorprendentemente privativo de la élite, un tema típico de los grupos de debate de Davos y de las efectistas Conferencias TED, o de números «verdes» especiales de Vanity Fair, o de famosos y famosas llegando a la gala de los Oscar en vehículos híbridos. Pero tras toda esa fanfarria y espectáculo, no había prácticamente un movimiento mínimamente discernible como tal.

Para muchos ecologistas del movimiento verde convencional, Branson parecía un sueño hecho realidad: un multimillonario llamativo, adorado por los medios de comunicación, que saltaba a la palestra para mostrar al mundo que las compañías que mantenían líneas de negocio intensivas en el consumo de combustibles fósiles podían liderar el camino hacia un futuro verde usando el lucro mismo como la herramienta de transformación más potente. Alguien que, además, para demostrar que iba en serio, estaba poniendo impactantes cantidades de su propio dinero sobre la mesa. Como Branson explicó a la revista Time, «si el Estado no puede, tendrán que ser las propias empresas privadas [las que lo hagan]. Tenemos que convertir esto en una situación en la que todas las partes implicadas salgan ganando». En el fondo, eso era lo que organizaciones como el EDF llevaban diciendo desde la década de los ochenta: así justificaban su colaboración con los grandes contaminadores y sus intentos de implantación de los mercados de carbono. Pero nunca antes había habido una figura individual como aquella dispuesta a usar su propio imperio multimillonario como campo de pruebas. El propio relato personal de Branson sobre el impacto de aquella exposición de PowerPoint que le hizo personalmente Gore también parecía confirmar la idea —muy querida en numerosos círculos del movimiento verde— de que, para transformar la economía y alejarla de los combustibles fósiles, no hacía falta enfrentarse a los ricos y los poderosos, sino simplemente aproximarse a ellos con suficientes argumentos y datos persuasivos que apelaran a su conciencia humana.
Branson no era el primer gran filántropo verde. Ahí estaban ya hombres como el financiero Jeremy Grantham, que apoya económicamente a gran parte del movimiento ecologista estadounidense y británico —y que ha becado numerosas investigaciones académicas relacionadas con el tema— con recursos procedentes de Grantham, Mayo, Van Otterloo & Co., la gestora de inversiones de la que él es cofundador. Pero estos financiadores tendían a mantenerse entre bastidores, lejos del foco público. A diferencia de Branson, Grantham no ha tratado en ningún momento de convertir su propia firma financiera en demostración viva de que la búsqueda de ganancias económicas a corto plazo es perfectamente compatible con el aquietamiento de sus inquietudes personales individuales ante un colapso ecológico.

Tomemos el caso de Warren Buffett, por ejemplo. Durante un tiempo, también él parecía estar presentándose como candidato para el papel de «Gran Esperanza Verde», como, por ejemplo, cuando en 2007 declaró que «existe una probabilidad muy elevada de que el calentamiento global sea grave» y que, aunque haya una probabilidad también de que no lo sea, «hay que construir el arca antes de que empiece a llover. Si hay que equivocarse, que sea por defecto, a favor del planeta. Creemos un margen de seguridad para cuidar del único planeta que tenemos».14 Pero pronto quedó claro que Buffett no estaba interesado en aplicar esa lógica a sus propios activos empresariales. Todo lo contrario: Berkshire Hathaway se ha esforzado cuanto ha podido para garantizar que el diluvio llegue y descargue con la máxima virulencia.
Buffet es propietario de varias compañías suministradoras de electricidad y energía producida mediante la combustión de carbón y posee importantes cuotas accionariales en ExxonMobil y en el gigante de las arenas bituminosas Suncor. En 2009, Buffett hizo además su anuncio más significativo en ese sentido: su firma compraría por 26.000 millones de dólares la parte que aún no poseía de la compañía ferroviaria Burlington Northern Santa Fe (BNSF). Buffet calificó aquel acuerdo de adquisición (la mayor compra en la historia de Berkshire Hathaway) de «apuesta por el país». Pero era también una apuesta por el carbón: BNSF es una de las principales transportistas de ese mineral en Estados Unidos y uno de los más potentes motores impulsores de la tendencia a ampliar las exportaciones de carbón a China.
Bill Gates mantiene un parecido cortafuegos entre sus palabras y su dinero. Aunque él ha declarado públicamente la gran preocupación que le produce el cambio climático, la Fundación Gates tenía en diciembre de 2013 al menos 1.200 millones de dólares invertidos en dos gigantes del petróleo, BP y ExxonMobil, y esa no es más que la punta del iceberg de su cartera en activos del sector de los combustibles fósiles.
El enfoque adoptado por Gates con respecto a la crisis climática tiene muchos elementos en común con el de Branson. Cuando Gates tuvo su particular epifanía sobre el cambio climático, él también se apresuró a aventurarse por la senda de la búsqueda de un invento tecnológico futuro capaz de solucionar el problema de manera directa y eficaz, en vez de detenerse a valorar las respuestas viables que, por mucho que cuestionen el orden económico dominante, ya existen y son una realidad aquí y ahora.

Pensar que el capitalismo, y solo el capitalismo, puede salvar al mundo de una crisis creada por el propio capitalismo ha dejado de ser ya una teoría abstracta y ha pasado a convertirse en una hipótesis puesta a prueba una y mil veces en el mundo real. Así que podemos por fin dejar a un lado la teoría y examinar a fondo los resultados. Y a la vista están: los famosos y los conglomerados mediáticos que supuestamente se habían apuntado a promover los estilos de vida verdes porque eran lo más chic del momento y que los abandonaron hace tiempo por la siguiente moda pasajera; los productos verdes relegados al fondo de las estanterías de los supermercados en cuanto se presentaron los primeros signos de recesión; los emprendedores capitalistas que se suponía que iban a patrocinar un interminable desfile de innovaciones, pero que se han quedado muy lejos de eso; el mercado de emisiones carbónicas, lacrado por el fraude y por los ciclos de expansión y contracción, y que ha fracasado miserablemente en el empeño de reducir dichas emisiones; el sector del gas natural que supuestamente iba a servirnos de puente hacia las renovables y que, sin embargo, ha terminado devorando gran parte del mercado que habría correspondido a esas otras energías alternativas; y, sobre todo, el desfile de multimillonarios que iban a inventar una nueva forma de capitalismo ilustrado, pero que decidieron que, pensándolo mejor, el viejo capitalismo de siempre era demasiado rentable como para renunciar a él sin más.

Richard Branson acertó al menos en una cosa: nos mostró la clase de modelo audaz que tiene alguna oportunidad de funcionar en el apretado marco temporal que tenemos por delante y que es el consistente en desviar las ganancias obtenidas por nuestras industrias más sucias hacia el esperanzador y colosal proyecto de limpiar lo que ellas han ensuciado. Pero si algo ha demostrado Branson es que nada de eso sucederá de forma voluntaria o apelando al honor de nadie. Tendrá que ser legislado aplicando la dureza regulatoria, las subidas de impuestos y el encarecimiento de los cánones de explotación a los que esos sectores se han opuesto sin tregua.
Tras el crac de los mercados y ante los niveles cada vez más siniestros de desigualdad que se registran en nuestras sociedades, la mayoría de nosotros nos hemos dado ya sobrada cuenta de que los oligarcas forjados por la era de la desregulación y las privatizaciones en masa no van a usar su inmensa riqueza para salvar el mundo por el bien colectivo. Y, aun así, nuestra fe en las maravillas de la técnica perdura, anclada en esa especie de cuento de superhéroes que anida en nuestra conciencia y que nos hace tener fe en que, en el último instante, los mejores y más brillantes de nuestros cerebros vendrán a salvarnos del desastre.
He aquí el porqué de las esperanzas que muchos depositan en la geoingeniería y he aquí también lo que no deja de ser la más poderosa forma de pensamiento mágico que persiste en nuestra cultura.

Hace al menos medio siglo que circulan por el mundo de la ciencia y la tecnología planes diseñados para intervenir deliberadamente en el sistema climático a fin de contrarrestar los efectos del calentamiento global. De hecho, cuando el Comité Asesor en Ciencia del presidente de Estados Unidos publicó en 1965 el ya mencionado informe en el que advertía a Lyndon B. Johnson de la existencia del cambio climático, los autores del texto no aludieron a la posibilidad de rebajar las emisiones. Las únicas soluciones potenciales consideradas fueron métodos tecnológicos como la modificación de las nubes y el vertido de partículas reflectantes en los océanos.
Y mucho antes de que fuera considerada un arma potencial contra el calentamiento global, la modificación de las condiciones meteorológicas fue estudiada como posible arma a secas.

Así es como funciona la doctrina del shock: en el clima de desesperación que se vive en las crisis de verdad, toda oposición prudente y sensata a las que hasta entonces nos parecían conductas de alto riesgo se viene abajo y estas pasan temporalmente a resultarnos aceptables. Solo cuando no estamos inmersos en esos ambientes de crisis urgente, podemos evaluar racionalmente los aspectos éticos y los riesgos futuros vinculados al despliegue de las tecnologías de la geoingeniería en el contexto de una posible situación rápidamente cambiante.

No todos los defensores de la geoingeniería desestiman los graves peligros que los trabajos en ese campo podrían propiciar. Pero muchos se encogen de hombros y se limitan a recordarnos que la vida es riesgo, y que, del mismo modo que la geoingeniería está intentando arreglar un problema creado por la industrialización, seguro que habrá también alguna solución futura que resuelva los problemas que termine generando la geoingeniería.
Una versión de ese argumento del «ya lo arreglaremos más adelante» que ha cobrado cierto impulso y favor últimamente es la formulada por el sociólogo francés Bruno Latour. Él arguye que la humanidad no ha aprendido bien las lecciones del cuento moral prototípico sobre los peligros de jugar a ser Dios: el Frankenstein de Mary Shelley. Según Latour, la verdadera lección de la obra de Shelley no es, como se entiende habitualmente, que «no debemos importunar a la madre naturaleza», sino, más bien, que no debemos huir de los embrollos tecnológicos…
Si alguna ventaja tiene la geoingeniería, es que encaja perfectamente en nuestro más trillado relato cultural, ese en el que tantos de nosotros hemos sido adoctrinados por las religiones organizadas y que el resto hemos absorbido a partir de prácticamente todas las películas de acción realizadas en Hollywood. Me refiero a aquel que nos hace creer que, en el último momento, siempre habrá unos cuantos (los que de verdad importan) que nos salvaremos. Y puesto que nuestra religión laica es la tecnología, no será ningún dios quien nos salve, sino Bill Gates y su banda de supergenios de Intellectual Ventures. Escuchamos versiones particulares de ese relato cada vez que un anuncio publicitario nos cuenta que el carbón está a punto de convertirse en una fuente de energía «limpia», o que el carbono generado a partir de la explotación de las arenas bituminosas pronto será absorbido del aire y enterrado en las profundidades de la tierra, o que podremos atenuar la luz del poderoso sol como si no fuera otra cosa que una lámpara de araña con un dispositivo regulador de la intensidad luminosa. Y si alguno de los planes de la hornada actual no funciona, ese mismo relato nos invita a no preocuparnos y a pensar que alguna solución llegará justo a tiempo, aunque sea en el último instante posible.

El espíritu de Blockadia está presente y es visible incluso en las partes donde más duramente se deja sentir la represión del régimen chino; concretamente, en la zona donde los pastores de la Región Autónoma de Mongolia Interior se han rebelado contra los planes de las autoridades para convertir su región (rica en reservas de combustibles fósiles) en la «base energética» del país. «Cuando hace viento, terminamos cubiertos de polvo de carbón porque la mina es a cielo abierto. Y el nivel del acuífero no deja de descender año tras año —explicó el pastor Wang Wenlin a Los Angeles Times—. Ya no tiene sentido seguir viviendo aquí.» Los lugareños no han dejado de organizar numerosas protestas por toda la región, acciones valientes a las que el Estado ha respondido con una feroz represión que se ha saldado con la muerte de varios participantes en manifestaciones en el exterior de las minas y en bloqueos a los camiones de transporte del carbón.
Si la política energética de Obama consiste en apoyar «todas las opciones» (algo que, en la práctica, significa avanzar a toda máquina con la extracción de combustibles fósiles, complementada marginalmente por aportaciones de las energías renovables), Blockadia está respondiendo con una filosofía con la que no está dispuesta a transigir y que consiste en «no dar opción al extractivismo». Es una filosofía basada en el simple principio de que ya es hora de dejar de extraer venenos de las profundidades y de pasar (a toda velocidad) a propulsar nuestras vidas con las abundantes energías presentes en la superficie de nuestro planeta.

Otro factor que traspasa barreras es, por supuesto, el cambio climático; porque, si bien sigue habiendo bastantes personas que tienen la fortuna de vivir en lugares que no están (todavía) bajo la amenaza directa de la fiebre de las formas extremas de obtención de energía, nadie está a salvo de las consecuencias reales de unas condiciones meteorológicas cada vez más extremas ni del estrés psicológico de fondo que supone el saber que es muy posible que, cuando seamos viejos —y nuestros hijos pequeños hayan crecido—, el clima será significativamente más adverso y peligroso que el que disfrutamos en la actualidad. Como un vertido de petróleo que se extiende desde el mar hacia los pantanales costeros, las playas, los lechos fluviales y el propio fondo marino, y cuyas toxinas van repercutiendo en los ciclos vitales de incontables especies, las zonas de sacrificio creadas por nuestra dependencia colectiva de los combustibles fósiles están cerniéndose y expandiéndose sobre la Tierra como si de grandes sombras se trataran. Tras dos siglos fingiendo que podríamos poner en cuarentena los daños colaterales de este sucio hábito nuestro, endilgando los riesgos a otros, hoy ese juego se ha acabado: ahora todos estamos en la zona de sacrificio.

Durante décadas, el movimiento ecologista habló el lenguaje prestado de la evaluación de riesgos, y colaboró diligentemente con socios de la empresa privada y de la administración pública para tratar de hallar un equilibrio entre la reducción de los peligrosos niveles de contaminación y la necesidad de rentabilidad y crecimiento económicos. Esos supuestos sobre la existencia de unos niveles aceptables de riesgo se asumieron hasta tal punto que terminaron formando la base del debate oficial sobre el cambio climático. En aquella época se analizaba fríamente la acción necesaria para salvar a la humanidad del riesgo (muy real) de un caos climático frente al riesgo que dicha acción plantearía para el crecimiento del PIB, como si el crecimiento económico fuese a tener alguna importancia cuando el planeta estuviera convulsionado por una cadena de desastres meteorológicos en serie.
Pero la evaluación de riesgos ya no tiene cabida en Blockadia: se ha quedado al otro lado de las protecciones policiales y las barricadas. Y ha sido sustituida por un resurgimiento del principio de la precaución, que viene a decir que, cuando la salud humana y el medio ambiente corren un riesgo significativo, no hace falta contar con una certeza científica absoluta antes de actuar. Además, la carga de la prueba de que una determinada práctica es segura no debería recaer nunca sobre las personas o los colectivos que podrían ser dañados por la misma.
Blockadia está volviendo las tornas e insiste en que le corresponde a la industria demostrar que sus técnicas son seguras, algo que, en esta nueva era de formas extremas de obtención de energía, resulta sencillamente indemostrable para esas empresas. Por citar las palabras de la bióloga Sandra Streingraber: «¿Pueden ustedes aportar algún ejemplo de un ecosistema sobre el que se haya descargado un aluvión de venenos sin que de ello hayan resultado consecuencias terribles e inesperadas para los seres humanos?».
Las compañías productoras de combustibles fósiles, en definitiva, ya no tratan con esas grandes organizaciones del ecologismo convencional a las que podían callar con una donación generosa o con un programa de compensaciones de emisiones de carbono con el que tranquilizar sus conciencias. Las comunidades locales a las que se enfrentan ahora no tienen como objetivo principal de su lucha el sacar una mejor tajada de esas empresas, ya sea en forma de puestos de trabajo locales, mayores ingresos por cánones de extracción o mejores niveles de seguridad. Lo que cada vez más pretenden esas comunidades es simplemente decir que no. No al oleoducto. No a las perforaciones en el Ártico. No a los trenes cargados de carbón o petróleo. No a los transportes pesados. No a las terminales portuarias para la exportación. No a la fracturación hidráulica. Y no porque no quieran ninguna de esas cosas «al lado de sus casas», sino, como bien dicen los activistas franceses anti-fracking, porque no las quieren ni ici, ni ailleurs, «ni aquí ni en ninguna parte». En suma: nada de nuevas fronteras que conquistar para la economía del carbono.
La conservación «depende del afecto», y si cada uno de nosotros amara el lugar en el que vive lo suficiente como para defenderlo, no habría crisis ecológica alguna y no se daría por perdido ningún sitio consignándolo a la categoría de zona de sacrificio.91 Simplemente, no nos quedará más alternativa que adoptar métodos no venenosos para satisfacer nuestras necesidades.
Esta nitidez moral, después de tantas décadas de compadreo ecologista-empresarial, está suponiendo un auténtico shock para las industrias extractivas. El movimiento climático ha establecido por fin cuáles son sus puntos no negociables. Y esta fortaleza no solo está generando y consolidando una amplia y combativa resistencia frente a las compañías más responsables de la actual crisis del clima, sino que, también está consiguiendo para el movimiento ecologista algunas de las victorias más significativas que haya conseguido en décadas.

El llamamiento a «respetar los tratados» tiene que ir mucho más allá de una simple campaña para recaudar dinero destinado a financiar litigios en los tribunales. Los no nativos tendremos que ser aquellos buenos socios dispuestos a compartir tierras que nuestros antepasados se comprometieron a ser (por tratado) y no fueron; tendremos, pues, que cumplir las promesas que ellos hicieron, y que van desde proporcionar atención sanitaria y educación hasta generar oportunidades económicas que no hagan peligrar el derecho a vivir conforme a los modos de vida tradicionales. Porque las únicas personas que tendrán verdaderamente el poder de decir no al desarrollismo sucio a largo plazo serán aquellas que vean alternativas reales y esperanzadoras a su alcance. Y esto vale no solo para las cuestiones de política interna de los países ricos, sino también para las relaciones entre los países del norte posindustrial adinerado y el sur, que actualmente está en vías de rápida industrialización.

Se podría poner en práctica un cóctel de políticas que incluyera cualquiera de las medidas ya comentadas en el apartado «Quien contamina paga»: desde un impuesto sobre las transacciones financieras hasta la eliminación de las subvenciones a las compañías productoras de combustibles fósiles.
Lo que no podemos esperar es que las personas a quienes menor responsabilidad cabe atribuir por la crisis actual vayan a pagar toda la factura (o siquiera la mayor parte de la misma), porque con eso solo garantizaríamos que terminen yendo a parar a nuestra atmósfera común cantidades catastróficas de carbono. Al igual que el llamamiento a respetar los tratados y otros acuerdos para compartir la tierra con los pueblos indígenas que suscribimos en su momento, el cambio climático nos obliga también a comprobar cómo unas injusticias que muchos creían enterradas para siempre en el pasado están incidiendo en nuestra vulnerabilidad compartida al colapso climático global.
Ahora que muchas de las mayores reservas inaprovechadas de carbono yacen en el subsuelo de territorios controlados por algunos de los pueblos más pobres del planeta, y que las emisiones aumentan más rápidamente en las que, hasta fecha reciente, eran algunas de las zonas más desfavorecidas del mundo, no queda ya ninguna salida creíble hacia delante que no pase por enmendar las verdaderas raíces de la pobreza.

Solo los movimientos sociales de masas pueden salvarnos. Porque sabemos hacia dónde se encamina el sistema actual si no se le pone coto ni control. También sabemos, añadiría yo, cómo abordará ese sistema la realidad de los desastres relacionados con el clima: especulando con ellos e intensificando la barbarie para segregar a los perdedores de los ganadores. Para llegar a esa distopía, bastará con que sigamos embalados por el camino que ya llevamos. La única variable que falta por dilucidar es si emergerá algún poder que actúe como contrapeso que bloquee esa senda y que despeje al mismo tiempo el paso a otras sendas alternativas hacia destinos más seguros para todos nosotros. Si eso llega suceder, en fin, eso lo cambiará todo.

Tampoco el mundo actual se parece mucho al de finales de la década de 1980. El cambio climático, como hemos visto, saltó a la agenda pública en un ambiente de apoteosis del liberalismo económico y de triunfalismo de quienes anunciaban el «fin de la historia»: un momento ciertamente inoportuno. Pero se ha convertido en un asunto de vida o muerte en una coyuntura histórica muy distinta. Muchas de las barreras que paralizaron entonces una respuesta seria a la crisis están hoy sensiblemente desgastadas. La ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes, que le han restado buena parte de su anterior poder persuasivo (aunque no de su poder político y económico). Y las diversas formas de pensamiento mágico en las que tantas (y muy preciosas) energías se habían malgastado —desde la fe ciega en los milagros tecnológicos hasta el culto a los multimillonarios benevolentes— también están perdiendo su anterior influjo con bastante rapidez. Poco a poco, somos muchos los que vamos cayendo en la cuenta de que nadie va a venir a salvarnos de esta crisis, y de que, para que se produzca algún cambio, el liderazgo tendrá que brotar desde abajo, desde las propias bases de la sociedad.
Por otro lado, también estamos significativamente menos aislados los unos de los otros de lo que estábamos incluso hace tan solo una década. Las nuevas estructuras edificadas sobre los escombros del neoliberalismo —los medios sociales, las cooperativas de trabajadores, los mercados de frutas y hortalizas directas del productor, los bancos locales de bienes compartidos, etcétera— nos han ayudado a encontrar comunidades donde hasta hace poco no existía nada más que la fragmentación característica de la vida posmoderna.

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With the subtitle of capitalism against the climate and now that Paris is in fashion with its climate change summit, it seems to me a magnificent one, where the business calls the business. Now the official version would be: Most projections on climate change presuppose that future changes – greenhouse gas emissions, increases in temperatures and other effects such as sea level rise – will occur gradually . A certain amount of emissions will result in a given amount of temperature rise that will in turn lead to a certain amount of gentle gradual rise in sea level. However, the geological record referred to the climate shows moments in which a relatively small modification of a climatic element caused abrupt changes in the system as a whole. In other words, boosting global temperatures beyond certain thresholds could trigger abrupt, unpredictable and potentially irreversible changes that would have enormously disturbing and large-scale consequences. At that point, even if we did not pour any additional CO2 into the atmosphere, unstoppable processes would start up.

The world economy is raising its already risky bet and is moving from conventional sources of fossil fuels to even more dirty and dangerous versions of them: bitumen from the oil sands of Alberta, oil extracted by drilling deep ocean waters , gas obtained by hydraulic fracturing (or fracking), coal started by detonating mountains, etcetera.
Meanwhile, each new natural disaster “overfed” by all this dynamics generates a series of snapshots that emphasize the irony of a climate that is increasingly inhospitable even for the same industries that have been most responsible for its warming. This was seen, for example, during the historic 2013 floods in Calgary.
Living with this kind of cognitive dissonance is simply one more part of the fact that we have had to live this jarring moment in history, in which a crisis that we have tried so hard to ignore is hitting us in the face and, even so, We chose to double our bet precisely for those things that are the very cause of the crisis.
There are ways to avoid this daunting future or, at least, to make it much less unfortunate. The problem is that all of them also involve changing everything. For us, big consumers, they involve changing how we live and how our economies work, and even changing the stories we have to justify our place on Earth. The good news is that many of these changes are not catastrophic at all. Quite the opposite: a good part of them are simply exciting.

The volume of the market of climatic derivatives shot up multiplying by five: from a total value of 9,700 million to 45,200 million dollars). International reinsurance companies are raising billions of dollars in profits, coming in part from the sale of new types of protection plans to developing countries that have barely contributed to creating the current climate crisis, but whose infrastructures are highly vulnerable to the effects of it.8
And, in an outburst of sincerity, arms industry giant Raytheon explained that “business opportunities are likely to grow as a result of changing behavior and consumer needs in response to climate change.” Such opportunities include not only increased demand for privatized disaster response services offered by the company, but also “the demand for its military products and services in the face of increased security concerns as a result of droughts, floods and storms due to climate change ».

Much more frightening is the fact that a large group of analysts located within the dominant scientific line today think that the trajectory of emissions that we are currently following directs us towards a rise in the global average temperature above that 4 ° C. In 2011, the (usually) sober International Energy Agency (IEA) published a report with a series of projections that came to indicate that we are really heading towards a global warming of about 6 ° C (10.8 ° F) ). And according to the IEA’s own chief economist, “anyone, even a primary student, knows that this will have catastrophic implications for all of us.”

The three pillars of the policies of this new era are well known to all of us: the privatization of the public sector, the deregulation of the private sector and the reduction of fiscal pressure on businesses, borne by cuts in state spending. Much has been written about the real costs of such policies: the instability of financial markets, the excesses of the superrich and the desperation of the poor, increasingly dispensable for the system, as well as the deterioration of infrastructure and public services . Very little has been said, however, of how market fundamentalism has systematically sabotaged our collective response to climate change from the start, a threat that began to knock on our door just as that other ideology reached its zenith.
And it has sabotaged it, fundamentally, because the dominance over public life in general that the logic of the market conquered in that period made the most direct and obvious responses to address the climate problem seem heretical from the prevailing political point of view.

To affirm that climate change is a conspiracy aimed at stealing freedom from the United States is an exercise of lukewarmness and moderation compared to the general level with which the Heartland Institute and its collaborators are employed. In the course of this two-day conference, I hear modern environmentalism compared to practically all episodes of mass crimes collected throughout human history: from the Catholic Inquisition to Nazi Germany, to Stalinist Russia. I also learn that Barack Obama’s campaign promise to support local-owned biofuels refineries is very similar to the autarchic plan with which Comrade Mao intended to install “an iron boiler in the courtyard of all the houses »(according to Patrick Michaels, from the Cato Institute); that climate change is “a pretext to establish National Socialism” (according to former Republican ex-senator Harrison Schmitt, referring to the Nazis); and that the ecologists are like the Aztec priests, willing to sacrifice countless people to placate the gods and change the time (according to Marc Morano’s words, again).

The Australian geologist Bob Carter wonders whether a warming is actually taking place, while astrophysicist Willie Soon admits that there has been some thermal increase, but says that it has nothing to do with greenhouse gas emissions, but that actually obeys to natural fluctuations in the activity of the sun. Patrick Michaels (of the Cato Institute) contradicts them by recognizing that it is CO2 that is actually driving upward temperatures, but insists that the repercussions of this increase are so insignificant that we should not “do anything” about it. Disagreement is the soul of every intellectual encounter, but in the Heartland conference, a material as blatantly contradictory as that does not provoke any debate among the deniers: not one of them tries to defend his position against the other participants, nor He strives to settle who is truly right. In fact, while the presenters present their graphs on the temperatures, it gives the impression that several members of the public (in which the elderly assistants predominate) are falling asleep.

One of the most interesting findings of the multiple recent studies of climate perceptions is the clear connection between the refusal to accept the scientific basis of climate change, on the one hand, and the enjoyment of social and economic privileges, on the other hand, other. The climate change deniers are not only conservatives, but, in their immense majority, they are also white and male, and that is a social group with higher than average incomes. And its members are also more likely than other adults to feel very confident and convinced of their views, however demonstrably false they may be. In a much-commented academic work on this subject (which bears the memorable title of “Cool Dudes”, translatable as “Impassive Types”, but also as “Super Dudes”), sociologists Aaron McCright and Riley Dunlap discovered that, within the group Of conservative white males, those who said they were very sure of their opinion on global warming were six times more likely to believe that climate change “will never happen” than the rest of the adult respondents.

The deniers have won … the first round, at least. I do not mean the battle over climate science; in fact, its influence in that area is already very much in the doldrums. But the deniers – and the political movement from which they emerged – have won the battle over the values ​​that should govern our societies. His ideal – that greed must guide our steps, or that, to quote the now defunct economist Milton Friedman, “the big mistake” was “to believe that it is possible to do good with other people’s money” – has substantially remade our world during the past four decades and has decimated virtually all power that could serve as a counterweight. The extreme ideology of the free market has been shielded in our societies thanks to the harsh political conditions that accompanied the loans that the World Bank and the International Monetary Fund (IMF) granted at the time and which the recipient countries so badly needed. That ideology shaped the export-oriented development model that left multiple free trade zones scattered throughout the developing world, and was also incorporated into countless trade agreements.

When national governments began to meet to discuss responses to climate change, the voices that rose from the developing countries were important and compelling, stressing that the fundamental issue was the highly consumerist lifestyle that predominated in the West. In a 1989 speech, for example, the then president of India, R. Venkataraman, argued that the global environmental crisis was a consequence of “excessive consumption of all kinds of materials” by developed countries and “industrialization” large scale [of those countries] destined to sustain their own lifestyles. “If rich countries consumed less, everyone would be more secure.

With the implementation of the system of international free trade and delocalised production as a rule, emissions not only moved their focus from one country to another, but multiplied. As I have already mentioned, before the neoliberal era, the growth of global emissions had slowed down and had gone from growth rates of 4.5% per year in the 1960s to approximately 1% per year in the nineties. But the entry into the new millennium marked a sharp change in trend: between 2000 and 2008, the growth rate reached 3.4% per year, shooting above the most pessimistic projections of the IPCC at that time.
To combat climate change, we have a real need to initiate a “relocation” of our economies, and to reflect on what we are buying and how we are doing it, and on how what we buy is produced. But the most basic rule of current international trade law is that you can not favor the local or national over the global or foreign. And how can we even address the idea of ​​the need to incentivize local economies by linking local green job creation policies with those of fostering clean energy when that is simply prohibited by commercial policy? […] If we do not take into account how the economy is structured today, we will never really reach the real root of the problem.

As we all know, the evolution of public spending is following precisely the opposite direction in almost all the countries of the world except in a handful of so-called emerging economies characterized by a high rate of growth. In North America and Europe, the economic crisis that began in 2008 continues to be used as a pretext to reduce foreign aid and cut the programs and policies related to climate in the country. Throughout southern Europe, there has been a reversal of diverse environmental policies and regulations; the most tragic case of all has been that of Spain, which, fiercely pressured to carry out the application of austerity policies, has drastically cut subsidies to renewable projects, which has driven a whirlwind of suspensions of payments and closures of projects for the production of solar energy and wind farms. Also in the United Kingdom, during the Government of David Cameron, aid to renewable energies has been reduced.
Then, if we assume that many States are without a target and that they are not likely to resort to “quantitative easing” (that is, to the printing of money).
And although the demand for renewables increases, the percentage of what fossil fuel companies spend on those is constantly decreasing: in 2011, most of the “big” companies devoted less than 1% of their total expenses to alternative energies. Only Chevron and Shell spent on them (at least discreetly) 2.5%. In 2014, Chevron further reduced its spending effort in that sector. According to Bloomberg Businessweek, the staff of a renewables division of that company that had almost doubled the profits that had been targeted was informed that “the funding of their initiative was going to run out,” so he was urged “to look for a job elsewhere. ” Chevron also decided to sell businesses that had developed green projects for governments of different levels and for school district administrations. Antonia Juhasz, observer of the oil industry, has pointed out in that sense that “one would not say seeing its publicity, but the truth is that the big oil companies of the world either have divested everything they had in alternative energies, or they have significantly reduced those investments to double them in the search and exploitation of increasingly dangerous and destructive sources of oil and natural gas.

There is also a simple and direct correlation between wealth and emissions: having more money usually means flying, driving or even going out to sail more often, and requiring the supply of electricity and energy for more than one private home. A study of German consumers indicates that the travel habits of the wealthiest class have an impact on climate 250% greater than those of their fellow citizens with lower incomes.
That means that any attempt to tax the extraordinary concentration of wealth that occurs at the top of the economic pyramid of our societies (as Thomas Piketty has so convincingly documented).

The lesson that can be drawn from all this is not that people do not want to accept sacrifices in the face of the climate crisis, but that they have had enough of this culture of asymmetric sacrifice that asks individuals to pay higher prices for supposedly green options, while the big companies avoid such regulations and, not only refuse to modify their behavior, but they continue to carry the burden with more polluting activities. In view of this panorama, it is perfectly logical that many people lose much of that enthusiasm that characterized the early days of the climate movement and that they will not make more sacrifices until the political solutions put on the table are perceived as fair. . This does not mean that all this is going to come out of the middle class. To finance the essential social programs for a transition that, moreover, is fair, we will have to raise the taxes of the entire population, except for the poorest. But if the funds thus raised are allocated to programs and services that reduce inequality and make everyone’s lives less insecure and precarious, citizen attitudes toward taxes will very likely vary.

If any lesson can be drawn from such a tremendous lost opportunity, it is this: if we want a climatic action of the scale and rhythm required by external circumstances, the left will have to learn quickly from the right. The conservatives have managed to stall the climate action and, even, back in the middle of the economic crisis because they have reduced the climate issue to a question of economy; that is, they have put the urgent need to protect growth and employment in difficult times (when they are not!) to everything else. Progressives would have it easy to do the same. It would be enough to show that the real solutions to the climate crisis are also our greatest hope to build a more stable and equitable economic system, that reinforces and transforms the public sphere, that generates abundant decent employment and that curbs the greed of the large private company.
Policies that simply try to take advantage of the power of the market – by tapping lightly or by putting light caps on carbon, but nothing more … by not bothering – will not be enough. If we want to live up to a challenge that forces us to change the very foundations of our economy, we will need to use all the political tools that are stored in the workshops of democracy.

The terrain of renewable energy is equally promising, above all, because it generates more jobs per unit of energy produced than fossil fuels. In 2012, the International Labor Organization estimated that some 5 million jobs were already created in the sector worldwide, and that only with the dispersed and inadequate current levels of commitment of the States with the reduction of emissions. 10 If the industrial policy were adapted to the recommendations derived from the current projections of climate science, the energy supply from wind, solar and other renewable energies (geothermal and tidal, for example) would generate a very high number of jobs in all countries; specifically, in everything related to the manufacture, construction, installation, maintenance and operation of these equipment and networks.
Similar studies in Canada have concluded that, with an investment of 1,300 million dollars (the amount that the Canadian Government spends on subsidies to oil and gas companies), could create between 17,000 and 20,000 jobs in renewable energy, public transport or energy efficiency; that is, between six and eight times more.
“No private company in the world wants to run out of business and close; Your goal is to expand your market. Hence, if natural gas were to be used as a transition fuel in the short term, it would have to be a transition that is very closely targeted by citizens and oriented to the interest of the latter: the benefits obtained with current sales should be reinvested in renewable technologies for the future, and the sector should have restricted the freedom to allow the exponential growth that it is currently experiencing thanks to the shale gas boom (which is extracted by hydraulic fracturing).
The solution would not under any circumstances pass through energy nationalization based on existing models. Large state-owned oil companies (such as Brazil’s Petrobras, Norway’s Statoil or Petrochina) are as voracious in their search for high-risk carbon deposits as their private direct competitors. And in the absence of a credible transition plan to take advantage of the benefits of such companies by putting them at the service of the change towards renewable energy, the fact that the State is a major shareholder of these companies has profound corrupting effects, as it generates an addiction to the easy petrodollars that make it even more difficult for politicians to introduce measures that harm the profitability of fossil fuels.

It is true that the market is a fantastic engine of technological innovation and that, if nothing or nobody limits its capacity, the R & D departments will continue to devise new and impressive methods to make solar modules and electrical appliances more efficient, but At the same time, market forces will also drive new and innovative ways of extracting fossil fuels from very difficult sources, such as the subsoil of the ocean floor or the hard beds of oil shale, and these dirty innovations will make the green ones turn out to be essentially irrelevant from the perspective of climate change.

Few places on Earth embody more graphically than Nauru the suicidal results of having based our economies on polluting extraction. Because of phosphate mining, Nauru has been disappearing from the inside out for half a century; and now, because of our collective mining of fossil fuels, it is disappearing from the outside inwards.
But what the Nauru story clearly tells us is that there is nothing in the middle of nowhere; there is nothing that does not “matter” or anything that really never disappears.

Although developed under the aegis of capitalism, nowadays governments of all ideologies adhere to this model of depletion of resources as a route to development, and that is the logic that climate change puts profoundly in question.
Extractivism is a non-reciprocal relationship with the Earth that is based on domination: it is simply about taking without giving anything in return. It is the opposite of stewardship, which also consists in taking, yes, but at the same time worrying that regeneration and future life will continue. Extractivism is the mentality of those who, to get what they want from Earth, have no qualms about decapitating mountain tops or deforesting primary forests. It is reducing life to objects for use by other people, without giving it integrity or self-worth, turning complex living ecosystems into “natural resources,” or mountains into “overlays” (as the mining industry calls forests, rocks, and streams that stand in the way of your bulldozer targets).

Far from perceiving climate change as an opportunity to defend its socialist utopia (something that climate change deniers fear so much), SYRIZA preferred not to mention it.
The leader of the party, Alexis Tsipras, admitted to me openly in an interview: “We are a party that has always had the environment and climate change among our central issues, but after these years of depression in Greece, we we have forgotten about climate change ». At least, frankness is not lacking.

The large organizations of the conventional green movement that maintain strong business affiliations do not deny the reality of climate change, of course (many devote great efforts to increase our level of alarm on that issue). But even so, many of these groups have systematically and aggressively pushed those responses to climate change that pose less of a burden (if not a direct benefit) to the greatest emitters of greenhouse gases on the planet, even though some of these policies represent a direct detriment to communities trying to fight on the ground the expansion of fossil fuels. Instead of proposing policies that treat greenhouse gases as dangerous pollutants that require clear and effective regulations that restrict emissions and favor conditions conducive to a complete transition to renewable energies, these organizations have promoted intricate systems based on mechanisms of market that have treated the aforementioned gases as if they were little more than late-capitalist abstractions that can be bought and sold (grouped in packages, even), with which one can speculate and move from one side of the globe to the other with the same ease that currencies or junk debt securities.
And many of these same environmental groups have advocated natural gas (one of the main fossil fuels) as a supposed solution to climate change, despite the existence of evidence that the methane that is released through its extraction (especially through the hydraulic fracturing process) is a factor that can influence the increase of global warming levels in the coming decades to irrecoverable catastrophic levels.

The climate solutions based on “market mechanisms” that so many of these large foundations sponsor and that many collectives and individuals of the green movement have also endorsed have provided an invaluable service to the fossil fuel sector as a whole. To begin with, they have managed to alter what started as a frank and direct debate on the need to progressively abandon the use of these fuels and convert it, by injecting a whole new specialized jargon, into such a convoluted issue that the climate issue has ended up being too complex and arcane so that the laymen in the matter can understand it and follow it. This fact has seriously weakened the potential to build a mass movement capable of dealing with very powerful polluters.
The new environmentalism does not accept the inevitability of this exclusive dichotomy and has shown that, in many crucial cases, it is a fallacy. ” Instead of trying to ban harmful activities, as the Krupp organization itself had helped to achieve with DDT, the EDF would then engage in signing collaboration agreements with polluting companies – “coalitions of former enemies”, he called them he- to convince them of the cost savings and new markets that they could discover if they opted for the green path. Over time, Walmart, McDonald’s, FedEx, and AT & T subscribed outstanding collaborations with this legendary “pioneer” of environmentalism.
The EDF claimed to be proud of putting the “results” before the ideology, but the truth is that, under the leadership of Krupp, the organization adopted a very ideological position; Of course, their ideology was the dominant “group thought” (groupthink in English) at that time, which prioritized private solutions based on market mechanisms, considering them inherently superior to the purely regulatory ones.

I do not question the good intentions of these self-styled pragmatists in their desire to protect the Earth from catastrophic warming. But among the radicals of the Heartland Institute, who recognize that climate change represents a profound threat to our economic and social systems, and that therefore deny their scientific reality, and who say that climate change requires only minor adjustments in our usual way of doing things and that, therefore, they can allow themselves to believe that it is a real phenomenon, it is not very clear who live the most deceived.

For a time, following the release / publication in 2006 of An Inconvenient Truth by Al Gore, it seemed that climate change was finally going to inspire the formation of the transforming movement of our era. The general belief in the existence and the seriousness of the problem was high and the subject seemed omnipresent. But when you look back at those years, what is really strange is that all that energy seemed to come from the highest level of society. During the first decade of the new millennium, the dialogue on climate was something surprisingly exclusive to the elite, a typical theme of the Davos debate groups and the TED Conferences, or special “green” issues of Vanity Fair, or of celebrities and celebrities arriving at the Oscar gala in hybrid vehicles. But after all that fanfare and show, there was practically no minimally discernible movement as such.

For many environmentalists of the conventional green movement, Branson seemed a dream come true: a striking billionaire, adored by the media, who jumped to the fore to show the world that companies that maintained lines of business intensive in the consumption of fossil fuels they could lead the way to a green future using profit itself as the most powerful transformation tool. Someone who, in addition, to show that he was serious, was putting shocking amounts of his own money on the table. As Branson explained to Time magazine, “if the State can not, they will have to be private companies [the ones that do it]. We have to turn this into a situation in which all the parties involved win ». In the end, this was what organizations such as the EDF had been saying since the 1980s: they justified their collaboration with the big polluters and their attempts to implement carbon markets. But never before had there been an individual figure like that willing to use his own multi-million dollar empire as a testing ground. Branson’s own personal account of the impact of that PowerPoint presentation made personally by Gore also seemed to confirm the idea – very dear in many circles of the green movement – that in order to transform the economy and away from fossil fuels, it did not it is necessary to confront the rich and the powerful, but simply to approach them with sufficient arguments and persuasive data that appeal to their human conscience.
Branson was not the first great green philanthropist. There were already men like the financier Jeremy Grantham, who financially supports a large part of the US and British environmental movement – and who has received numerous scholarship related to the subject – with resources from Grantham, Mayo, Van Otterloo & amp; Co., the investment manager of which he is co-founder. But these funders tended to stay behind the scenes, far from the public focus. Unlike Branson, Grantham has never tried to turn his own financial firm into a living demonstration that the pursuit of short-term economic gain is perfectly compatible with the quieting of his individual personal concerns in the face of an ecological collapse.

Take the case of Warren Buffett, for example. For a while, he also appeared to be running for the role of “Great Green Hope”, as, for example, when in 2007 he declared that “there is a very high probability that global warming is serious” and that, although there is a probability also that it is not, “you have to build the ark before it starts to rain. If you have to make a mistake, let it be by default, in favor of the planet. We create a margin of safety to take care of the only planet we have. “14 But it soon became clear that Buffett was not interested in applying that logic to his own business assets. Quite the opposite: Berkshire Hathaway has worked hard to ensure that the flood reaches and discharges with maximum virulence.
Buffet is the owner of several companies that supply electricity and energy produced through the combustion of coal and owns significant shares in ExxonMobil and the oil sands giant Suncor. In 2009, Buffett also made his most significant announcement in that regard: his firm would buy for 26,000 million dollars the part it did not have yet of the railway company Burlington Northern Santa Fe (BNSF). Buffett called that acquisition agreement (the largest purchase in the history of Berkshire Hathaway) a “bet on the country.” But it was also a commitment to coal: BNSF is one of the main carriers of this mineral in the United States and one of the most powerful drivers of the trend to expand coal exports to China.
Bill Gates maintains a similar firewall between his words and his money. Although he has publicly declared that climate change is a major concern, in December 2013 the Gates Foundation had at least 1.2 billion dollars invested in two oil giants, BP and ExxonMobil, and that is just the tip of the iceberg. of its portfolio in assets of the fossil fuel sector.
The approach adopted by Gates regarding the climate crisis has many elements in common with that of Branson. When Gates had his particular epiphany about climate change, he also hastened to venture on the path of finding a future technological invention capable of solving the problem directly and effectively, instead of stopping to assess the viable answers that, however much they question the dominant economic order, they already exist and are a reality here and now.

To think that capitalism, and only capitalism, can save the world from a crisis created by capitalism itself has ceased to be an abstract theory and has become a hypothesis tested a thousand times in the real world. So we can finally put the theory aside and thoroughly examine the results. And in sight are: the celebrities and the media conglomerates that supposedly had aimed to promote green lifestyles because they were the most chic of the moment and that they left them long ago for the next fad; the green products relegated to the bottom of supermarket shelves as soon as the first signs of recession appeared; the capitalist entrepreneurs who were supposed to sponsor an endless parade of innovations, but who have fallen far short of that; the carbon emissions market, closed by fraud and cycles of expansion and contraction, and which has failed miserably in the effort to reduce these emissions; the sector of natural gas that was supposed to serve as a bridge to renewable energies and that, nevertheless, ended up devouring a large part of the market that would have corresponded to these other alternative energies; and, above all, the parade of billionaires who were going to invent a new form of enlightened capitalism, but who decided that, thinking about it, the old capitalism was always too profitable to renounce it without further ado.

Richard Branson made at least one thing: he showed us the kind of audacious model that has some chance to work in the tight time frame that lies ahead of us, which is to divert the profits obtained by our dirtiest industries to the hopeful and colossal project to clean up what they have messed up. But if anything has shown Branson is that none of that will happen voluntarily or appealing to anyone’s honor. It will have to be legislated by applying the regulatory hardness, the tax increases and the increase in the fees of exploitation to which those sectors have opposed without truce.
After the crash of the markets and the increasingly sinister levels of inequality that are registered in our societies, most of us have already realized that the oligarchs forged by the era of deregulation and mass privatizations are not They will use their immense wealth to save the world for the collective good. And, even so, our faith in the wonders of the technique endures, anchored in that kind of tale of superheroes that nests in our conscience and that makes us have faith that, at the last moment, the best and brightest of our brains they will come to save us from disaster.
Here is the reason for the hopes that many place in geoengineering and here too what is still the most powerful form of magical thinking that persists in our culture.

At least half a century ago, plans designed to deliberately intervene in the climate system to counteract the effects of global warming circulate in the world of science and technology. In fact, when the Advisory Committee on Science of the President of the United States published in 1965 the aforementioned report in which he warned Lyndon B. Johnson of the existence of climate change, the authors of the text did not allude to the possibility of reducing emissions . The only potential solutions considered were technological methods such as the modification of clouds and the discharge of reflective particles in the oceans.
And long before it was considered a potential weapon against global warming, the modification of weather conditions was studied as a possible weapon to dry.

This is how the doctrine of shock works: in the climate of despair that is experienced in the crisis of truth, any prudent and sensible opposition to what until then seemed high-risk behaviors collapses and these temporarily become acceptable. Only when we are not immersed in these urgent crisis environments can we rationally evaluate the ethical aspects and future risks linked to the deployment of geoengineering technologies in the context of a rapidly changing situation.

Not all geoengineering advocates dismiss the serious dangers that work in this field could cause. But many shrug their shoulders and just remind us that life is risky, and that, just as geoengineering is trying to fix a problem created by industrialization, there will certainly be some future solution to solve the problems that end up generating geoengineering
A version of that “we’ll fix it later” argument that has gained some momentum and favor lately is that formulated by the French sociologist Bruno Latour. He argues that humanity has not learned well the lessons of the prototypical moral tale about the dangers of playing God: Mary Shelley’s Frankenstein. According to Latour, the real lesson of Shelley’s work is not, as is commonly understood, that “we must not bother Mother Nature”, but, rather, that we should not flee from the technological entanglements …
If geoengineering has any advantage, it fits perfectly into our most trite cultural narrative, the one in which so many of us have been indoctrinated by organized religions and the rest we have absorbed from practically all the action films made in Hollywood . I mean the one that makes us believe that, at the last moment, there will always be a few (those that really matter) that will save us. And since our secular religion is technology, it will not be any god who saves us, but Bill Gates and his band of supergenios of Intellectual Ventures. We hear particular versions of that story every time a commercial tells us that coal is about to become a source of “clean” energy, or that the carbon generated from the exploitation of the tar sands will soon be absorbed from the air. and buried in the depths of the earth, or that we can dim the light of the mighty sun as if it were nothing other than a chandelier with a regulating device of luminous intensity. And if any of the plans of the current batch does not work, that same story invites us not to worry and to think that a solution will arrive just in time, even at the last possible moment.

The spirit of Blockadia is present and is visible even in the parts where the repression of the Chinese regime is most strongly felt; Specifically, in the area where the pastoralists of the Autonomous Region of Inner Mongolia have rebelled against the authorities’ plans to convert their region (rich in fossil fuel reserves) into the country’s “energy base”. “When it’s windy, we end up covered in coal dust because the mine is open pit. And the level of the aquifer does not stop decreasing year after year, “Pastor Wang Wenlin explained to the Los Angeles Times. It does not make sense to continue living here. “The locals have not stopped organizing numerous protests throughout the region, courageous actions to which the State has responded with a fierce repression that has resulted in the death of several participants in demonstrations in the region. outside of the mines and in blockages to the coal transport trucks.
If Obama’s energy policy consists of supporting “all options” (something that, in practice, means moving forward with the extraction of fossil fuels, supplemented marginally by contributions from renewable energies), Blockadia is responding with a philosophy with which it is not willing to compromise and which consists of “not giving extractive option”. It is a philosophy based on the simple principle that it is time to stop extracting poisons from the depths and passing (at full speed) to propel our lives with the abundant energies present on the surface of our planet.

Another factor that goes beyond barriers is, of course, climate change; because, although there are still many people who have the fortune to live in places that are not (yet) under the direct threat of the fever of the extreme forms of obtaining energy, nobody is safe from the real consequences of weather conditions Increasingly extreme and the underlying psychological stress of knowing that it is very possible that when we are old and our young children have grown up, the climate will be significantly more adverse and dangerous than we currently enjoy. Like an oil spill that extends from the sea to the coastal marshes, beaches, river beds and the seabed itself, and whose toxins are affecting the life cycles of countless species, the sacrifice areas created by our collective dependence of fossil fuels are hovering and expanding over the Earth as if they were big shadows. After two centuries pretending that we could quarantine the collateral damage of this dirty habit of ours, laying the risks on others, today that game is over: now we are all in the zone of sacrifice.

For decades, the environmental movement spoke the borrowed language of risk assessment, and collaborated diligently with partners in private enterprise and public administration to try to strike a balance between reducing the dangerous levels of pollution and the need for profitability and economic growth. These assumptions about the existence of acceptable levels of risk were assumed to such an extent that they ended up forming the basis of the official debate on climate change. At that time, the necessary action to save humanity from the (very real) risk of a climate chaos was analyzed coldly against the risk that such action would pose for GDP growth, as if economic growth were to have some importance when the planet was convulsed by a chain of serial meteorological disasters.
But the risk assessment has no place in Blockadia: it has remained on the other side of the police protection and the barricades. And it has been replaced by a resurgence of the precautionary principle, which goes to say that when human health and the environment run a significant risk, it is not necessary to have absolute scientific certainty before acting. In addition, the burden of proof that a certain practice is safe should never fall on people or groups that could be harmed by it.
Blockadia is turning the tables and insists that it is up to the industry to demonstrate that its techniques are safe, something that, in this new era of extreme forms of obtaining energy, is simply unprovable for these companies. To quote the words of biologist Sandra Streingraber: “Can you provide any example of an ecosystem on which a flood of poisons has been discharged without resulting in terrible and unexpected consequences for human beings?”
The companies that produce fossil fuels, in short, no longer deal with those large organizations of conventional environmentalism that could be silenced by a generous donation or a program of carbon offsets to reassure their consciences. The local communities they face now do not have the main objective of their struggle to get a better slice of these companies, either in the form of local jobs, higher income from extraction fees or better levels of security. What these communities increasingly seek is simply to say no. Not the pipeline. No to drilling in the Arctic. No trains loaded with coal or oil. Not to heavy transports. No to port terminals for export. No to hydraulic fracturing. And not because they do not want any of those things “next to their houses”, but, as the anti-fracking French activists say, because they do not want them, neither, nor ailleurs, “neither here nor anywhere”. In sum: no new frontiers to conquer for the carbon economy.
Conservation “depends on affection”, and if each of us loved the place where he lives enough to defend it, there would be no ecological crisis and no site would be lost, consigning it to the category of slaughter area.91 Simply, we will have no alternative but to adopt non-poisonous methods to meet our needs.
This moral clarity, after so many decades of ecclesiastical-business compadreo, is a real shock for the extractive industries. The climate movement has finally established what its non-negotiable points are. And this strength is not only generating and consolidating a broad and combative resistance against the most responsible companies of the current climate crisis; it is also achieving for the environmental movement some of the most significant victories that it has achieved in decades.

The call to “respect treaties” has to go far beyond a simple campaign to raise money to finance litigation in the courts. The non-natives will have to be those good partners willing to share land that our ancestors promised to be (by treaty) and were not; We will therefore have to fulfill the promises that they made, ranging from providing health care and education to generating economic opportunities that do not endanger the right to live in accordance with traditional ways of life. Because the only people who will truly have the power to say no to long-term dirty developmentalism will be those who see real and hopeful alternatives at their fingertips. And this applies not only to the domestic policy issues of the rich countries, but also to the relations between the countries of the wealthy post-industrial north and the south, which is currently in the process of rapid industrialization.

A cocktail of policies could be put into practice that included any of the measures already mentioned in the section “Who pollutes pays”: from a tax on financial transactions to the elimination of subsidies to companies producing fossil fuels.
What we can not hope for is that the people to whom less responsibility can be attributed for the current crisis will pay the entire bill (or even most of it), because with that we would only guarantee that they end up going to our common atmosphere catastrophic amounts of carbon. Like the call to respect the treaties and other agreements to share the land with the indigenous peoples that we signed at the time, climate change also forces us to see how injustices that many believed buried forever in the past are affecting our shared vulnerability to global climate collapse.
Now that many of the largest untapped reserves of carbon lie in the subsoil of territories controlled by some of the poorest people on the planet, and that emissions increase more rapidly in what, until recently, were some of the most disadvantaged areas of the world. world, there is no longer any credible way forward that does not go through to amend the true roots of poverty.

Only social movements of the masses can save us. Because we know where the current system is heading if it is not checked or controlled. We also know, I would add, how that system will deal with the reality of climate-related disasters: speculating with them and intensifying barbarism to segregate the losers of the winners. To get to that dystopia, it will be enough for us to continue packed along the path we have already taken. The only variable that remains to be elucidated is whether a power will emerge that acts as a counterweight that blocks that path and at the same time clears the way to other alternative paths towards safer destinations for all of us. If that happens, in the end, that will change everything.

Nor is the current world much like that of the late 1980s. Climate change, as we have seen, jumped to the public agenda in an atmosphere of apotheosis of economic liberalism and triumphalism of those who announced the “end of history” : a certainly inopportune moment. But it has become a matter of life or death at a very different historical juncture. Many of the barriers that then paralyzed a serious response to the crisis are today noticeably worn out. The ideology of the free market has been discredited after decades of growing inequality and corruption, which have subtracted much of its previous persuasive power (though not from its political and economic power). And the various forms of magical thinking in which so many (and very precious) energies had been wasted – from blind faith in technological miracles to the cult of benevolent billionaires – are also losing their earlier influence quite quickly. Little by little, there are many of us who are realizing that nobody is going to come to save us from this crisis, and that, in order for any change to take place, the leadership will have to sprout from below, from the very foundations of the society.
On the other hand, we are also significantly less isolated from each other than we were even just a decade ago. The new structures built on the rubble of neoliberalism – social media, workers ‘cooperatives, producers’ direct fruit and vegetable markets, local shared-property banks, etc. – have helped us find communities where until recently there was no nothing more than the characteristic fragmentation of postmodern life.

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