Yo no — Joachim Fest / Not Me: Memoirs of a German Childhood by Joachim Fest

Este es un magnífico libro en cuanto al rechazo al nazismo como actitud moral, la tarea que me he impuesto es la de recordar. Al igual que le ocurre a cualquier persona, la mayor parte de mis vivencias y experiencias ha caído en el olvido. Nuestra memoria está trabajando sin cesar, aparta algunas cosas, las sustituye por otras o las cubre con nuevas experiencias. El proceso nunca termina; si echo la vista atrás y miro el largo camino recorrido, surgen un sinfín de imágenes, todas revueltas. En el momento en que ocurrieron no las relacioné con algo en concreto, y es años después cuando he descubierto el hilo oculto de mi vida.

A través de la familia y los diálogos con su padre, persona cabal nos adentra en la situación de Alemania. Ni siquiera la «banda de criminales» que estaba en el poder.
Repitió la expresión «banda de criminales», y si hubiéramos sido algo mayores seguramente habríamos notado el desgarro con que lo decía.
«Un Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometido a la tan extendida costumbre de mentir». Eso sonaba, naturalmente, algo grandilocuente. En realidad, sólo quería mantenernos a nosotros al margen de la hipocresía establecida por decreto.

El mundo en el que crecimos estaba totalmente politizado; todas las conversaciones y casi todas las decisiones personales que se tomaban venían determinadas por las circunstancias dominantes. Bien es cierto que conozco a algunos de mis contemporáneos que en esa época crecieron en Berlín y se tomaron las cosas de otra manera. Desde el punto de vista político, ellos solamente percibieron el «rezo popular» que se llevaba a cabo en algunos colegios de manera colectiva los días de fiesta del nacionalsocialismo, el uniforme de las HJ y los cánticos corales, como por ejemplo el de los gansos silvestres, que con estridente griterío zumbaban por la noche.
La situación en Alemania, seguramente era el cuento más bonito del mundo, y al mismo tiempo el más inverosímil. «Pero sólo un cuento. ¡La libertad no funciona así! ¡Y un cuento alemán!
Como las composiciones musicales como Fidelio.

La tensión en la familia y con el régimen se plasmaba en el día a día, durante este ataque de ira insólitamente intenso de mi padre, mi madre se levantó de la mesa, pero se quedó de pie junto a la puerta. Tras una breve pausa se dirigió hacia él y le puso las manos sobre los hombros. «Te lo ruego, Hans —dijo en voz baja—. Tenemos invitados». Mis amigos estaban como petrificados, pero era evidente que mi padre aún no había terminado. «Nadie puede sentirse libre de culpa —volvió a exclamar—, ni siquiera el odio más justificado da la absolución.
¿Qué es eso, a fin de cuentas? El odio es demasiado poco. ¡Acabemos ya de una vez con la palabrería! ¡Sólo tenéis que liberaros de la culpa!».
La escena finalizó cuando mis dos hermanas, asustadas por el escándalo, aparecieron por la puerta en camisón y llorando. Mi padre las acompañó a su dormitorio con palabras tranquilizadoras y volvió poco después a la mesa disculpándose. Mientras recogía sus cubiertos del suelo, dijo que se reafirmaba en cada una de sus palabras. Su disculpa sólo se refería a los gritos que había proferido y a la pérdida de autocontrol.

En consonancia con la confusión de la época, se puede decir que yo tuve ante mí a dos padres. Uno era el que surgió en los años de Hitler, el hombre de los años treinta propenso a la cólera y al humor ácido, y el otro, el de la personalidad físicamente lastrada por el cautiverio ruso y menguada en su ingenio. Su sarcasmo, que había supuesto una satisfacción durante nuestra juventud y que en parte había sido también una especie de enseñanza, volvió a aflorar en muy contadas ocasiones y muy poco a poco. Desde siempre le habían gustado a mi padre las frases breves, aforísticas. Recuerdo lo que decía ante cualquier decisión arbitraria tomada por gente que no era nada y que de repente se había crecido: «Soporta a los clowns». Muy pronto se convirtió en una máxima familiar que para nosotros adquirió un significado muy expresivo. En cualquier caso, y de acuerdo con su afición a utilizar máximas como guías para la vida, nos recomendó la expresión como axioma para los años siguientes.
Mi madre, en cambio, que en cuestiones políticas no pensaba distinto de mi padre, lo tenía mucho más difícil para vivir el día a día. Para ella, la familia estaba por encima de los principios; una muestra de ello es la disparidad de criterios que durante años resultó imperceptible para nosotros y que solamente estalló una vez.

«¿Qué es la verdad?», quise saber entonces, y una y otra vez tropezaba con una opinión de Sigmund Freud. La verdad biográfica inalterable, le escribía a Arnold Zweig, a pesar de todos los esfuerzos, «es imposible de lograr»

This is a magnificent book about the rejection of Nazism as a moral attitude, the task that I have imposed is to remember. As it happens to any person, most of my experiences and experiences have fallen into oblivion. Our memory is working without ceasing, separating some things, replacing them with others or covering them with new experiences. The process never ends; If I look back and look at the long road traveled, a myriad of images emerge, all revolted. At the time they occurred I did not relate them to anything in particular, and it is years later when I discovered the hidden thread of my life.

Through family and dialogues with his father, a thorough person takes us into the situation in Germany. Not even the “gang of criminals” that was in power.
He repeated the expression “band of criminals,” and if we had been somewhat older we would surely have noticed the tear with which he said it.
“A State that turns everything into a lie should not enter our house. At least in the bosom of my family, I do not want to be subjected to the widespread habit of lying. ” That sounded, of course, something grandiloquent. Actually, he just wanted to keep us out of the hypocrisy established by decree.

The world in which we grew up was totally politicized; all the conversations and almost all the personal decisions that were made were determined by the prevailing circumstances. It is true that I know some of my contemporaries who grew up in Berlin at that time and took things differently. From the political point of view, they only perceived the “popular prayer” that was carried out in some schools collectively on National Socialist holidays, the JS uniform and the choral songs, such as the geese wild, which with shrill screaming buzzed at night.
The situation in Germany was probably the most beautiful story in the world, and at the same time the most unlikely. «But only one story. Freedom does not work like that! And a German story!
Like musical compositions like Fidelio.

The tension in the family and with the regime was reflected in the day to day, during this attack of unusually intense anger of my father, my mother got up from the table, but stood by the door. After a short pause, he walked towards him and placed his hands on her shoulders. “I beg of you, Hans,” he said softly. We have guests ». My friends were like petrified, but it was clear that my father was not finished yet. “No one can feel free of guilt,” he said again, “not even the most justified hatred of absolution.
What is that, after all? Hate is too little. Let’s finish once and for all with the verbiage! You only have to free yourself from guilt! ”
The scene ended when my two sisters, scared by the scandal, appeared by the door in a nightgown and crying. My father accompanied them to his bedroom with reassuring words and returned a short time later to the table apologizing. While picking up his cutlery from the floor, he said he reaffirmed himself in each of his words. His apology only referred to the screams he had uttered and the loss of self-control.

In keeping with the confusion of the time, it can be said that I had two parents before me. One was the one that emerged in the years of Hitler, the man of the thirties prone to anger and acid humor, and the other, the personality physically burdened by Russian captivity and diminished in his wit. His sarcasm, which had been a satisfaction during our youth and partly had also been a kind of teaching, came back on very few occasions and very little by little. My father had always liked short, aphoristic phrases. I remember what he said before any arbitrary decision taken by people who were nothing and who had suddenly grown up: “Support the clowns.” Very soon it became a family maxim that for us acquired a very expressive meaning. In any case, and in accordance with his love of using maxims as guides for life, he recommended the expression as an axiom for the following years.
My mother, on the other hand, who in political matters did not think different from my father, had it much more difficult to live day to day. For her, the family was above the principles; a sample of this is the disparity of criteria that for years was imperceptible to us and that only broke out once.

“What is the truth?” I wanted to know then, and again and again I stumbled upon an opinion of Sigmund Freud. The inalterable biographical truth, he wrote to Arnold Zweig, despite all efforts, “it is impossible to achieve”

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