Historia de la estupidez humana — Paul Tabori / The Natural History of Stupidity by Paul Tabori

Este es simplemente un magnífico libro sobre esta cuestión que dicho sea de paso no es baladí, el escritor se muestra sátiro y esa es su grandeza.
Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza.
La estupidez, que reviste formas tan variadas como el orgullo, la vanidad, la credulidad, el temor y el prejuicio.

Oscar Wilde conserva su validez: “No hay más pecado que el de estupidez”. Pues la estupidez es, en considerable proporción, el pecado de omisión, la perezosa y a menudo voluntaria negativa a utilizar lo que la Naturaleza nos ha dado, o la tendencia a utilizarlo erróneamente. Debemos subrayar, aunque parezca una perogrullada, que conocimiento y sabiduría no son conceptos idénticos, ni necesariamente coexistentes. Hay hombres estúpidos que poseen amplios conocimientos.
La estupidez es esencialmente miedo, nos dice el doctor Feldmann. Es el temor a la crítica; el temor a otras personas, o al propio yo.Por supuesto, la estupidez tiene diferentes formas y manifestaciones. Algunas personas son estúpidas sólo en su círculo familiar inmediato, o con ciertas relaciones, o en público. Algunos son estúpidos sólo cuando necesitan hablar; otros, cuando se ven obligados a escribir. Todas estas “estupideces limitadas” pueden combinarse.
Estúpido no es el hombre que no comprende algo, sino el que lo comprende bastante bien, y sin embargo procede como si no entendiera.

El Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam es la más aguda sátira y el más profundo análisis de la tontería humana. En la epístola de introducción, dirigida a Tomás Moro, el autor nos explica cómo compuso su libro, durante sus “últimos viajes de Italia a Inglaterra”. Una atractiva imagen: el rollizo holandés, que avanzaba al trote corto de su cabalgadura, deja atrás el mediodía abundoso y claro, y se acerca al septentrión turbulento y helado, cavilando sobre la eterna estupidez de la humanidad, a la que nunca odió, y por el contrario compadeció y comprendió perfectamente.

“Quizás la forma más costosa de estupidez es la del papeleo. El costo es doble: la burocracia no solamente absorbe parte de la fuerza útil de trabajo de la nación, sino que al mismo tiempo dificulta el trabajo del sector no burocrático. Si se utilizara en textos escolares y libros de primeras letras un décimo del papel que consumen los formularios, Libros Blancos y reglamentaciones, se acabaría para siempre con el analfabetismo. Cuántas iniciativas frustradas, cuántas relaciones humanas destruidas a causa de la “insolencia de los empleados”, a causa del desarrollo múltiple y parasitario del papeleo.

La ley es el fundamento del mundo”, dice una antigua saga. Pero también, y con mucha frecuencia, la ley ha hecho el papel del tonto. En nuestros días, un juicio consume quizás menos tiempo que en la época de Dickens, pero cuesta cinco veces más. Los abogados viven sobre todo gracias a la estupidez de la humanidad; pero ellos mismos impulsan el proceso cuando ahogan en verborrea legal lo que es obvio, demoran lo deseable y frustran el espíritu creador.

A medida que nos aproximamos a la época moderna, se acentúan el poder y la influencia del oro. En el siglo XVIII Inglaterra dejó de lado la armadura del guerrero y vistió la chaqueta del empleado de la casa de cambio. La India, con todas sus maravillas y sus terrores, debió sufrir la conquista. Holanda se convirtió en enorme astillero para sus mercaderes. Ambas naciones identificaron la política con el oro. El oro se convirtió en poder estatal, conquistador, soberano y civilizador… El príncipe de mercaderes que sube las escaleras de la Bolsa con un paraguas bajo el brazo, puede financiar al Gran Mogol, destronar rajás y equipar ejércitos enteros. En las oficinas revestidas de paneles de la Casa de la India se fusionan reinos lejanos y se trazan y borran las fronteras de dominios fabulosos. El mercader que fuma su pipa de arcilla a la puerta de su oscura oficina de Ámsterdam llega a los mismos mercados; y aquí es un comerciante en pimienta, y allí un príncipe… Ciertamente, estos hombres no inmovilizaban sus capitales, y sea cual fuere la opinión que nos merezcan a la luz de las modernas concepciones económicas…
Pero piénsese en el oro, el más esquivo, el más vengativo, el más seductor de todos los dioses. Cuando no se lo busca, sus pepitas ruedan a los pies del viajero, se acumulan en las orillas de los ríos, y el metal revela sus ricas vetas al golpe casual de pico. Perseguido, centellea un instante, como una mujer juguetona… y luego se oculta para siempre, sin dejar rastros. ¡Cuán a menudo un campo de oro se convierte en zona estéril, desaparece el polvo de oro de los ríos, y en las anchas vetas de las minas el mineral se extingue súbitamente!
Mientras los españoles, obsesionados por la manía del oro, perseguían los tesoros de los caciques, llegaron a California. Allí revisaron cada choza, cada aldea, cada pueblo indígena… pero no hallaron oro. Sin embargo, les hubiera bastado inclinarse, pues las partículas de oro estaban bajo las plantas de sus pies. Sońaban con el fabuloso Eldorado, y no sabían que ya estaban en él. ¡Cómo habrá gozado el espíritu del oro con la broma cruel que jugó a sus adoradores!

El oro es un burlador, un bribón y un charlatán. Siempre logró fantástica publicidad, y lo rodearon mitos y leyendas que hallaron un público dispuesto y tontos a granel. Las antiguas crónicas abundan en relatos sobre los sorprendentes milagros del oro; y algunos de ellos han llegado hasta nuestros días.
“Eldorado” fue sólo el más notable ejemplo de las innumerables leyendas nacidas en torno del oro y de sus desequilibrados y absurdos perseguidores. Se buscaba oro por doquier: en las montañas, en el desierto, en la selva… y aun bajo el mar. ¡Piénsese en el dinero y las vidas sacrificados al galeón Tobermory, hundido en las proximidades de la isla de Mull, que ha resistido los intentos realizados durante tres siglos para recuperar el supuesto tesoro de la Armada! ¡Piénsese en las expediciones a la isla de los Cocos, en la búsqueda del tesoro de los piratas! Súmese el costo en vidas humanas y en esfuerzo échese la cuenta en dinero, si así se lo prefiere-y el balance será índice de la estupidez humana, siempre dispuesta a ganar que la tontería merece siempre.

Pocos son los hombres inmunes al orgullo más o menos inocente de su genealogía. Nos gusta hablar de nuestros padres y de nuestros abuelos, sin que para el caso importe si fueron santos o pecadores. Para los que no han conseguido distinguirse, la genealogía familiar es a menudo un factor vital. Y aún hay quienes como aquel horrible extrovertido, Mr. Bounderby, en Hard Times experimentan una suerte de maligno orgullo a la inversa en el hecho de venir del arroyo, aunque sabemos que en el caso de Mr. Bounderby ello era pura imaginación.
Se ha dicho de la genealogía que es la ciencia de los snobs, y ciertamente, en su nombre se han cometido los más extrańos crímenes intelectuales (y también reales). Nadie negará que se trata de un tema fascinante; es también muy amplio, y en relación con el problema de la estupidez humana sólo necesitamos examinar un aspecto: el de esos antropoides que trepan a los árboles genealógicos ajenos; es decir, los “Fabricantes de antepasados nobles”. No aludo con esto a los genealogistas serios y reputados, como los eruditos editores del Debrett, de los que hay muchos, sino más bien a esas serviles criaturas que han utilizado sus conocimientos y su capacidad literaria para elucubrar fantásticas tablas genealógicas de príncipes y de nobles. A través de la manipulación de enorme masa de hechos, han procurado demostrar que, por ejemplo, los antepasados de su patrocinador lucharon en Troya contra los griegos… o fueron reyes y profetas del Antiguo Testamento.

La manufactura de árboles genealógicos se convirtió en ocupación literaria más y mas popular. Era un buen método de ganar dinero. No menos de cincuenta y nueve autores trabajaron en la genealogía de la casa de Brandeburgo. Consagraron extraordinaria laboriosidad al importante material, reunieron todas las fuentes imaginables, revisaron archivos, y exploraron cementerios. El resultado final fue publicado con este esplendoroso título: Brandenburgischer Ceder-Hain (Bosquecillo de cedros brandenburgués). Un trabajo similar fue el Trophaeum Domus Estorás, ricamente ilustrado con grabados, que establece el origen de la familia húngara de los Esterhazy en… ¡Atila, el “azote de Occidente”, el rey de los hunos!
Prueba significativa de la vanidad humana el hecho de que alguna gente, en su anhelo de hallar antecesores ilustres, no se oponga a que el vínculo sea fruto del amor adúltero o del nacimientos de bastardos. “La sangre real a nadie ensucia”, declaraban (lo mismo que los serviles cortesanos cuyas esposas eran amantes del rey). Esta particular mentalidad explica la fantástica genealogía que algunos “leales” cortesanos presentaron a Napoleón.
Los genealogistas del bonapartismo comenzaron con la leyenda del Hombre de la Máscara de Hierro.
En aquellos tiempos aún se creía que el misterioso prisionero de la Bastilla, que sólo podía aparecer con el rostro cubierto por una máscara de hierro, no era otro que el que había sido el hermano mellizo de Luis XIV. Afirmábase que había sido sepultado en la Bastilla porque, habiendo nacido pocos minutos antes que el Rey Sol, tenía mayores derechos al trono. El barón Gleichen fue aún más lejos. Sostuvo que el Hombre de la Máscara de Hierro era el verdadero rey, y que Luis era hijo del culpable amor de la reina con Mazarino.

La nueva aristocracia adquirió hermosos nombres, pero aún carecía de antecedentes y de árboles genealógicos. Era preciso remediar esta situación; los nuevos e impresionantes nombres necesitaban el respaldo de una firme reivindicación del título nobiliario. Así, comenzó a prestarse atención a las respectivas historias familiares, y se procuró tomar nota de todos los Smith, Jones y Miller que habían sido famosos, sin hablar de los Schmidt, los Wolfy los Müller (Pido disculpas: se trata de los Schmidius, los Wolfius y los Müllerus). Goez, superintendente de Lubeck, escribió un libro sobre los Schmidt famosos, y lo tituló De clanis Schmidiis. (Se publicaron obras semejantes en Inglaterra, en Estados Unidos, y sobre todo en Escocia.)

Dice un proverbio turco: “Si Alá te da autoridad, también te dará la inteligencia necesaria para que sepas mandar”. Como muchos proverbios, éste es al mismo tiempo peligroso y falso. Por lo que se refiere a la burocracia, la adquisición de autoridad muy frecuentemente determina la pérdida de la inteligencia, la atrofia de la mente y un estado crónico de estupidez.
Nadie negará que los funcionarios gubernamentales son seres humanos. Y no cabe duda de que la mayoría son excelentes esposos, padres afectuosos y buenos ciudadanos. Pero, sea cual fuere la edad del sujeto, o el país en que desempeńan sus funciones, tan pronto se apoderan de un escritorio y de un mueble para archivo de papeles le ocurre algo misterioso y terrible. La letra reemplaza al espíritu, el precedente anula a la iniciativa, y la norma se sobrepone a la piedad y a la comprensión. Hay muchas excepciones, pero cada una de ellas constituye la confirmación de la regla. Las oficinas gubernamentales son viveros de estupidez, y desempeńan el mismo papel que las aguas estancadas en el caso del mosquito anopheles. Es inevitable: aún el burócrata más inteligente sucumbe a la infección.

Dickens tiene el mérito de haber identificado a la burocracia con ineficacia y estupidez. En la figura inmortal de Bumble creó el arquetipo del burócrata torpe y miope, y desde entonces el personaje ha hecho una carrera. La cálida indignación de Dickens le quitó al burócrata toda su vanidad y autosuficiencia, aunque no lo mató, porque de hecho es inmortal. Carlyle fue aún más violento en su ataque a la burocracia, que odiaba tanto que a veces perdió todo sentido de la proporción (aunque también fue capaz de demostrar practicidad). Enfurecido por las reglas y regulaciones del Museo Británico, fundó con varios amigos una gran institución, la Biblioteca de Londres, cuyos suscriptores podían llevar libros a casa (un privilegio que la biblioteca del Museo Británico todavía niega a sus lectores).

En cierto sentido, las democracias occidentales son afortunadas, porque en ellas es posible ventilar públicamente las estupideces cometidas por la burocracia. A veces la presión se logra a través de la opinión pública, y luego ciertas situaciones se remedian. (Aunque a menudo son soluciones tardías e inadecuadas). Pero en los países totalitarios, las víctimas no pueden perseguir ese recurso (o al menos su uso está severamente restringido). En los países comunistas, la llamada “autocrítica marxista” generalmente es un arma usada contra aquellos que (voluntaria o involuntariamente) han dejado la línea del partido; y aunque Pravda e Izvestia publican una columna de abusos y estupideces burocráticas, en general, el poderoso aparato estatal solo puede ser atacado por razones políticas nunca debido a su ineficacia. Porque la burocracia es la nueva clase dominante; el líder del partido ha reemplazado al noble y el capitalista. En muchos casos se ha convertido en una clase hereditaria, ya que los funcionarios comunistas se preocupan por obtener excelentes salarios para los miembros de su familia.
No es necesario señalar que la burocracia comunista es ineficaz. Los rusos siempre tuvieron la dokumenti manía, y muchos planes quinquenales se ahogaron en un mar de papeles.

El arquetipo clásico del ciudadano humilde que se defiende de las fuerzas ciegas e intangibles de la burocracia es el buen soldado Schweik, el héroe cómico de nuestro tiempo. Enfrentar la estupidez con la estupidez; pero el suyo es una especie de idiotez inspirada, con la que trata de garantizar su propia supervivencia. Y su astucia es mucho mayor que la de los héroes de Kafka, que luchan contra las fuerzas ciegas identificadas por algunos críticos con la formidable burocracia de los Habsburgo, y por otros con el pecado original de la humanidad. Schweik sobrevive y siempre sobrevivirá, porque la burocracia no puede atrapar a un sujeto tan resbaladizo ni envolver a un individuo cuya pasividad es la expresión de la agilidad más completa.

De todos los desastres naturales sufridos durante la Edad Media, las plagas de animales fueron las más espectaculares y las más temidas. Langostas, orugas, escarabajos, serpientes, ranas, ratas, ratones, topos … parecían romper el equilibrio de la Naturaleza periódicamente, y estas pequeñas plagas se combinaron para devastar regiones enteras. Las cosechas se arruinaron, y el hambre a menudo se vio afectada. La ciencia medieval no podría hacer nada. La gente no recibió ayuda de los eruditos, y recurrieron al cielo y la religión.
Así que los ataques repentinos y despiadados solo pueden explicarse por la acción de una fuerza demoníaca y sobrehumana.

El problema fue creado por la estupidez de los legisladores, que aceptaron un número excesivo de excepciones a la ley; lo que realmente les interesaba era terminar la prisión por deudas contraídas con acreedores privados. Pero incluso hoy la gente puede ser encarcelada “por falta de pago de cualquier suma sumariamente recuperada ante los magistrados”.
Pero la característica más particular es la discriminación entre las deudas con personas privadas y las deudas con el Estado. Las deudas privadas no se extinguen por el hecho de cumplir una pena de prisión; los impuestos no pagados o la negativa a mantener a las personas dependientes del acusado, que por esa razón se convierten en la carga del Estado, pueden expiarse unas pocas semanas en prisión. Esto significa que el Estado, que de ese modo ha aumentado la deuda ofreciendo un hogar y alimentos gratuitos al deudor, se declara dispuesto a perdonar y olvidar.

Nada refleja la estupidez humana tan cabal y perfectamente como la manía de pleitear. Los hombres y las mujeres que pleitean incansablemente, sin la menor esperanza de éxito, a menudo sin razones de carácter material que lo justifiquen, años y años absortos en una disputa de menor cuantía, son gente que a menudo está al borde de la locura. Pero en muchos casos adoptan esa actitud absurda y suicida por simple estupidez.

No era cosa fácil de obtener ni siquiera para el rico. Los libros mágicos que explicaban la preparación del Electrum Magicum, afirmaban que no era posible el éxito, a menos que se aplicaran rigurosamente ciertas reglas muy complejas.
La primera afirmaba que todo el proceso debía ser, aún en los más mínimos detalles, de carácter marcial. El cielo, el aire, el estado de la atmósfera, el día, la hora y el minuto, el lugar, los implementos y el fuego-y aún el alma, la moral y la voz del artesano-debían conformarse al espíritu de Marte. La forja y el martillo, las tenazas y el fuelle también debían ser manufacturados bajo las constelaciones apropiadas; con ese fin, debía buscarse el consejo de un astrónomo reputado. Marte, la estrella del Dios de la Guerra, desempeñaba el papel fundamental en todos los detalles astrológicos.
Pero ¿Cómo asegurar la “marcialidad” del fuego?
Muy sencillamente. El fuego provocado por el rayo era el único que merecía el calificativo de “marcial”, pues caía del cielo con tremendo poder destructivo, acompańado por horrísono trueno. Por lo tanto, era preciso esperar hasta que el rayo incendiara un árbol o un trozo de madera, transportar el fuego a casa, alimentarlo cuidadosamente en algún recipiente, y mantenerlo hasta que llegaba el exacto período astrológico que debía presidir la forja de la armadura.
Los siete metales debían ser fundidos en siete diferentes constelaciones; ciertamente, una dura prueba de paciencia. Pero ni siquiera esto bastaba. También el propio armero, como ya hemos dicho, debía hallarse de humor “marcial”. Su trabajo debía elevarse sobre el tedio de las tareas cotidianas, y era preciso que se sintiera inflamado de pasiones vigorosas y guerreras. Lo cual no era difícil de conseguir, si durante la ejecución del trabajo se recitaban versos heroicos… y en voz tan alta como fuera posible. El ritmo vigoroso y marcial transformaría la brasa de la emoción marcial en llama constante y perdurable.

Aquí entraban en acción las espadas mágicas.
Las leyendas de la Edad Media abundan en estas espadas milagrosas. Apenas había héroe que no poseyera algún arma de este tipo… irresistible e indestructible. La mayoría tenía nombres especiales: Balmung, de Sigfrido; Durandal, de Rolando; Escalibur, del rey Arturo; Joyeuse, de Carlomagno; Courtin, de Ogier; Haute Clere, de Oliviero… y así por el estilo. Y quienes se hacían eco de las leyendas no se detenían a pensar que las virtudes marciales y el coraje guerrero de los héroes perdía por lo menos el cincuenta por ciento de su valor… pues los triunfos eran mérito principal de sus respectivas espadas.
Con el fin de forjar una espada de esta clase era preciso combinar ciertos elementos más o menos horribles.
Era indispensable que la hoja hubiera servido ya para matar a un hombre. La vaina debía forjarse con el rayo de una rueda que el verdugo hubiese usado para romper los huesos de un condenado. Se fabricaba la empuńadura con el hierro de una cadena utilizada en un ahorcamiento. Debía forrarse la vaina con tela empapada en sanguis menstruus primus virginis… En general, y sin necesidad de que ofrezcamos mayores detalles, el lector advertirá que la receta parecía la obra de un desequilibrado.

El homunculus, el ser humano creado por el hombre, comenzó con Paracelso a rondar las cuevas de los alquimistas. Hasta entonces sólo existían vagas concepciones. Paracelso suministró las primeras instrucciones detalladas sobre el método a seguir. Este hombre fabuloso, en cuyo cerebro pareciera que se hubiesen combinado una docena de formas intelectuales-que fue ora médico de éxito, ora charlatán, ora brillante inventor, o confuso adepto de las ciencias ocultas-resumió en su obra De natura rerum los conocimientos de la época sobre el homunculus:
Se ha discutido mucho si la naturaleza y la ciencia nos han dado los medios de crear un ser humano sin ayuda de mujer. En mi opinión, es empresa perfectamente posible y que no contradice las leyes naturales. He aquí cómo debe procederse: colóquese buena cantidad de simiente humana en un alambique. Una vez sellado éste, se lo mantendrá durante cuarenta días a una temperatura igual a la temperatura interior del caballo” (es decir, debía enterrarse el alambique en estiércol de caballo) “hasta que empiece a fomentar, a vivir y a moverse. En ese punto ya tendrá forma humana, pero será transparente e insustancial. Durante otras cuarenta semanas deberá ser alimentada cuidadosamente con sangre humana y mantenida en el mismo lugar cálido, y al cabo de ese período se tendrá un nińo vivo y auténtico, como el que nace de mujer, pero mucho más pequeńo. Es lo que denominamos homunculus. Debe ser atendido con cuidado y diligencia, hasta que crezca lo suficiente, y comience a mostrar indicios de inteligencia.”

La institución del cicisbeo se distinguía de las relaciones comunes, más o menos públicas, más o menos toleradas, en que estaba organizada y legalizada; pues cuando se discutían los contratos matrimoniales, uno de los aspectos importantes del acuerdo era el número de cicisbeos que podría aceptar la futura esposa. Desafiar la tradición hubiera sido fatal… tan fatal como oponerse a los dictados de la moda. En toda la historia de Génova sólo se conoce el caso de un hombre valeroso que se atrevió a adoptar esa actitud: el marqués Spinola, a quien la muy vulgar pasión que experimentaba por su prometida le movió a insistir que se incluyera en el contrato una cláusula contraria a la venerable costumbre. Exigió franca y desvergonzadamente que, mientras durara el matrimonio, la esposa no aceptara ningún cicisbeo; por su parte, se comprometía a no asumir ese papel en el servicio de ninguna mujer.
La estúpida moda se extendió de Génova a otras ciudades italianas. Los autores contemporáneos se sintieron un tanto desconcertados ante la difusión de esta manía, y al fin no se les ocurrió otra excusa que la idea de que toda la institución representaba realmente un progreso general de las costumbres, pues impedía que los jóvenes nobles se dedicaran a placeres y a ocupaciones más viciosos.

Los más sombríos capítulos de la folie erotique corresponden a la combinación del sexo con la religión. No es éste el lugar apropiado para escribir una historia de las diversas sectas y religiones, desde los Jumpers (Saltarines) a los anabaptistas, de los “Convulsionistas” a los “Tembladores” o Holly Rollers… para no referirnos sino a un tipo especial de cisma que sigue el principio fundamental de “servir a Dios mediante la danza”. Cuando la folie erotique se combinó con la manía religiosa, el resultado fue una revuelta contra el ascetismo de las iglesias establecidas, o la aplicación más extremada aún de esos mismos principios ascéticos.
Las protestas francas contra los dogmas ascéticos tienen diferentes explicaciones. La motivación es a menudo de carácter sofístico. Pero, con excepciones relativamente poco numerosas, todas coinciden en un punto: la importancia de la satisfacción sexual. Aunque parezca extrańo, esta opinión no excluye la idea de que sexo y pecado son términos idénticos. Pero los sectarios agravaban la cosa con la afirmación de que el pecado estaba permitido, y aun era necesario y deseable, en interés de la salvación.
El fundador de una de las más horribles sectas rusas, los Chisleniki, afirmaba lo siguiente: “Los hombres deben ser salvados del pecado. Pero si no pecan, no pueden ser salvados. Por consiguiente, el pecado es el primer paso en el camino de la salvación”. Taxas Maxim, el campesino de Shemenov que estableció este curioso principio, lo transformó en uno de los principales dogmas teológicos de su secta. Otro apóstol ruso, el misterioso monje Serafín, declaró en 1872: “Sólo en el pecado es posible hallar la verdadera salvación del alma. Cuanto más se peca, más glorioso es el mérito del Salvador”. Con toda franqueza estos sectarios llamaban al pecado la “puerta de acceso a la gloria del Otro Mundo”.

Durante los siglos posteriores no faltaron imitadores que profesaron las mismas creencias y siguieron las mismas prácticas. Los Paterniani o Venustiani afirmaban que Dios y Satán compartían la responsabilidad de la creación de la humanidad. Dios era responsable de la parte superior de nuestro cuerpo; y el diablo, de la parte inferior. De ello se deducía naturalmente que los “órganos satánicos” del hombre debían ser aplicados al “trabajo del Diablo”.
En el siglo XIV, los Lothardi concibieron un dogma más particular aún. Afirmaron que los hombres debían llevar una vida moral… mientras estuvieran al nivel del suelo. Pero a la profundidad de tres elles (un elle equivalía a siete décimos de yarda) las normas morales perdían validez. Por consiguiente, se reunían en recintos subterráneos, donde realizaban terribles orgías: salvajes flagelaciones, toda clase de perversiones sexuales, asesinatos y suicidios.
Los Lothardi se caracterizaron por lo extremado de sus puntos de vista y por sus retorcidos razonamientos. Pero muchas sectas aceptaron y aprobaron el pecado y la perversión por otras razones de carácter general.
Algunas sectas-por ejemplo, los Euquitas-convirtieron al acto sexual en parte de su ritual religioso. Los Euquitas asesinaban a los niños engendrados en estas orgías, recogían la sangre de los infantes y quemaban los cuerpos en una hoguera; luego, se mezclaban las cenizas con la sangre recogida, y se preparaba un horrible brebaje. (Osellus, que relata la ceremonia, agrega que el propósito del asesinato de los inocentes era “destruir el sello adherido fuertemente al alma humana y evitada por los demonios del mal, para que dichos demonios pudieran entrar sin inconveniente en los cuerpos, y concertarse libremente con ellos.

Los skoptsi fueron una de las más horribles sectas que el mundo conoció. Representan quizás el último grado de la locura humana. Como casi todas las sectas modernas, los skoptsi también tuvieron sus antecesores en los primeros tiempos del cristianismo. Por lo que sabemos, Orígenes y Leoncio de Antioquía fueron los primeros cristianos que se castraron; el árabe Valerio reivindicó la dudosa distinción de haber organizado una secta sobre la idea de la castración. Estos sectarios se convirtieron en peligro público; no se contentaban con castrar a sus propios fieles, y hacían víctimas por doquier, entre individuos completamente ajenos a tales ideas religiosas. En un año de cosecha particularmente “rica” castraron a 690 hombres. La idea de que la extirpación del órgano sexual pecaminoso era grata a Dios (idea conocida ya en los tiempos precristianos), nunca desapareció totalmente de la vida de las sectas. Pero aparte de la horrible institución de la castración con “fines musicales” (durante mucho tiempo los eunucos representaron sobre la escena papeles femeninos, y los nińos castrados formaban los coros de la iglesia) esta idea sólo halló expresión en una serie de tragedias individuales.

Se ha calculado que la población de los Estados Unidos gasta ciento cincuenta millones de dólares anuales en astrólogos, adivinos y otros charlatanes. Esta maravillosa presunción de los hombres, los cuales empiezan por aplicar nombres arbitrarios a las estrellas del cielo, y luego extraen trascendentales conclusiones de esa nomenclatura arbitraria, constituye una de las más notables pruebas de la inmortalidad de la estupidez.
Pero la astrología es sólo uno de los variados métodos con los que se procura penetrar los misterios del futuro. En la antigüedad y durante el medioevo se conocieron cien distintas formas de adivinación, veintenas de métodos aplicados a la predicación del futuro. Sólo tenían una característica común: jamás daban resultado. Cuando acertaban, lo debían a mera coincidencia, o gracias al tipo de profecía estilo Macbeth, en la que ciertas cosas ocurren gracias a la deformación voluntaria de los hechos. He aquí una lista parcial:

Dafnomancia-adivinación por medio del laurel.
Cleromancia-adivinación mediante dados, huesos, etc. o echando suertes.
Botanomancia-adivinación por medio de las plantas.
Pegomancia-adivinación por medio de las fuentes.
Sicomancia-adivinación mediante hojas de sicomoro.
Xi1omancia-adivinación por medio de hojas caídas.
Espodomancia-adivinación mediante cenizas.
Geomancia-adivinación por medio de arena.
Commiomancia-adivinación mediante cebollas.
Alectriomancia-adivinación por medio de peleas de gallos.

En realidad, cualquier cosa podía servir de fundamento al arte adivinatorio: el pan, los dados, las llaves, las lámparas, los pájaros, los nombres, las flechas, las ratas, las hojas de zanahoria, el queso, la sal, los números, los ojos, el dinero, los espejos, el fuego, el incienso, los huevos, los accidentes, la cera, el agua (con agua se practicaban diez clases diferentes de adivinación), la poesía, los topos… Como se ve, era posible elegir. Y muchos métodos sobreviven aún en nuestros días.

Nada mejor que mencionar la colección más inútil del mundo. La organizó un hombre llamado Frank Damek, residente en Chicago. Comenzó su colección en 1870. Se trataba de formar un juego completo de naipes… pero cada naipe debía ser hallado por él en la calle. Es difícil establecer cómo concibió tan absurda idea, pero lo cierto es que mostró notable tenacidad. Al principio fue bastante fácil. Al cabo de diez ańos sólo le faltaban quince figuras del mazo. Pero entonces la empresa se tornó más difícil. La suerte pareció abandonarlo. Algunos ańos halló en las calles de Chicago hasta tres de los naipes que le faltaban; luego pasaban los ańos y no encontraba una sola. Al fin, sólo le faltaban tres cartas: la sota de bastos, el tres de espadas y el dos de oros. Un día creyó que el propio Satán le estaba haciendo una broma, y que el mazo de cartas que alguien había dejado sobre el borde de un muro era nada más que un espejismo. Pero eran cartas absolutamente reales. Allí estaban la sota de bastos y el tres de espadas, pero… sí, era una broma del demonio: la única carta que faltaba era el dos de oros. Pasaron los ańos; Damek encaneció. Al fin, veinte años después de comenzar la colección, un día inolvidable del ańo 1890, la suerte le sonrió. ¡A sus pies estaba el dos de oros, y el espectáculo le pareció más bello que la más hermosa muchacha del mundo!
Nadie negará que el hombre de Chicago formó la colección más inútil del mundo.

El origen de la estupidez puede hallarse en la infancia, en la duda y también en la vida de los instintos. O la víctima es ignorante, y está insegura de que sus deseos sean ética y socialmente correctos, o sus emociones y sus deseos chocan entre sí, y este conflicto provoca la duda que influye todas las funciones mentales, domina los procesos del pensamiento y por lo tanto engendra estupidez.
Es el fenómeno que denominamos “ambivalencia”.
Tiene muchas formas: odio y amor, actividad y pasividad, características masculinas y femeninas que luchan unas con otras. Estas fuerzas opuestas pero de igual intensidad convierten al espíritu en permanente campo de batalla. La estupidez libera al hombre de este doloroso estado; y aunque la estupidez es esencialmente una condición dolo, rosa, el sufrimiento es en ella menor que cuando se padecen los tormentos de la duda. Por consiguiente, a la frívola pregunta: “¿Hace bien ser estúpido?”, a veces podemos responder afirmativamente.
Sin embargo, el hombre psicológicamente sano no puede ser estúpido. La estupidez es un problema de carácter médico… y por consiguiente, la estupidez es curable. Suponiendo, naturalmente, que alguien quiera ser curado.
… pero LA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

This is simply a magnificent book on this question that by the way is not trivial, the writer is satyr and that is his greatness.
Some are born stupid, others reach the state of stupidity, and there are individuals to whom stupidity adheres them. But most are stupid not because of the influence of their ancestors or their contemporaries. It is the result of a hard personal effort. They play the fool’s part. Actually, some stand out and make the perfect and perfect fool. Naturally, they are the last to know, and one resists putting them on notice, for ignorance of stupidity equals bliss.
Stupidity, which takes forms as varied as pride, vanity, credulity, fear and prejudice.

Oscar Wilde retains its validity: “There is no sin but that of stupidity.” For stupidity is, in considerable proportion, the sin of omission, the lazy and often voluntary refusal to use what Nature has given us, or the tendency to use it erroneously. We must underline, although it seems a truism, that knowledge and wisdom are not identical concepts, nor necessarily coexisting. There are stupid men who have extensive knowledge.
Stupidity is essentially fear, Dr. Feldmann tells us. It is the fear of criticism; the fear of other people, or the self itself. Of course, stupidity has different forms and manifestations. Some people are stupid only in their immediate family circle, or with certain relationships, or in public. Some are stupid only when they need to talk; others, when they are forced to write. All these “limited stupidities” can be combined.
Stupid is not the man who does not understand something, but he who understands it quite well, and yet proceeds as if he does not understand.

The Eulogy of the Madness of Erasmus of Rotterdam is the sharpest satire and the deepest analysis of human foolishness. In the introductory epistle, addressed to Tomás Moro, the author explains how he composed his book, during his “last trips from Italy to England”. An attractive image: the plump Dutchman, who was advancing at the short trot of his horse, leaves behind the clear and abundant midday, and approaches the turbulent and frozen north, pondering on the eternal stupidity of humanity, which he never hated, and On the contrary, he pitied and understood perfectly.

“Perhaps the most expensive form of stupidity is paperwork. The cost is twofold: the bureaucracy not only absorbs part of the useful labor force of the nation, but at the same time hinders the work of the non-bureaucratic sector. If a tenth of the paper consumed by the forms, White Papers and regulations, would be used in school textbooks and books of first letters, illiteracy would end forever. How many failed initiatives, how many human relationships destroyed because of the “insolence of employees”, because of the multiple and parasitic development of paperwork.

The law is the foundation of the world, “says an ancient saga, but also, and very often, the law has played the role of the fool.Today, a trial consumes perhaps less time than in Dickens’s time, but it costs Five times more, lawyers live above all thanks to the stupidity of humanity, but they themselves drive the process when they drown in legal verbiage what is obvious, delay what is desirable and frustrate the creative spirit.

As we approach the modern era, the power and influence of gold are accentuated. In the eighteenth century England put aside the warrior’s armor and wore the jacket of the employee of the exchange house. India, with all its wonders and its terrors, must have suffered conquest. Holland became a huge shipyard for its merchants. Both nations identified politics with gold. Gold became state power, conqueror, sovereign and civilizing … The prince of merchants who climbs the stairs of the Stock Exchange with an umbrella under his arm, can finance the Great Mogul, dethrone rajas and equip entire armies. In the paneled offices of the House of India distant kingdoms are merged and the borders of fabulous domains are drawn and erased. The merchant who smokes his clay pipe at the door of his dark office in Amsterdam comes to the same markets; and here is a merchant in pepper, and there a prince … Certainly, these men did not immobilize their capitals, and whatever opinion they deserve us in the light of modern economic conceptions …
But think of gold, the most elusive, the most vengeful, the most seductive of all the gods. When it is not sought, its nuggets roll at the feet of the traveler, accumulate on the banks of the rivers, and the metal reveals its rich veins at the casual blow of a peak. Persecuted, it sparkles for a moment, like a playful woman … and then it is hidden forever, without leaving traces. How often a field of gold becomes a sterile zone, the gold dust of the rivers disappears, and in the broad veins of the mines the mineral suddenly extinguishes!
While the Spaniards, obsessed with the gold mania, pursued the treasures of the caciques, they arrived in California. There they checked every hut, every village, every indigenous village … but they did not find gold. However, it would have been enough for them to bend, since the gold particles were under the soles of their feet. They dreamed about the fabulous Eldorado, and they did not know they were already in it. How the spirit of gold will have enjoyed the cruel joke that played its adorers!

Gold is a mocker, a rascal and a charlatan. He always achieved fantastic publicity, and was surrounded by myths and legends that found a willing audience and bulk fools. The ancient chronicles abound in stories about the amazing miracles of gold; and some of them have reached our days.
“Eldorado” was only the most notable example of the countless legends born around gold and its unbalanced and absurd persecutors: gold was sought everywhere: in the mountains, in the desert, in the jungle … and even under the sea. Think of the money and lives sacrificed to the Tobermory galleon, sunken in the vicinity of the island of Mull, which has withstood the attempts made over three centuries to recover the supposed treasure of the Navy! Think of the expeditions to the island of Cocos, in search of the treasure of the pirates! Add the cost in human lives and in effort, count the money, if you prefer – and the balance will be an index of human stupidity, always willing to win that foolishness Always deserves

Few men are immune to the more or less innocent pride of their genealogy. We like to talk about our parents and our grandparents, without it being important whether they were saints or sinners. For those who have not been able to distinguish themselves, family genealogy is often a vital factor. And there are still those who like that horrible extrovert, Mr. Bounderby, in Hard Times experience a kind of malignant pride in the reverse of coming from the stream, although we know that in the case of Mr. Bounderby it was pure imagination.
It has been said of the genealogy that it is the science of the snobs, and certainly, in its name the most strange intellectual crimes (and also real ones) have been committed. Nobody will deny that it is a fascinating subject; it is also very broad, and in relation to the problem of human stupidity we need only examine one aspect: that of those anthropoids who climb the alien genealogical trees; that is, the “Manufacturers of noble ancestors”. I do not allude with this to serious and reputable genealogists, like the learned editors of Debrett, of whom there are many, but rather to those servile creatures who have used their knowledge and their literary ability to elucidate fantastic genealogical tables of princes and nobles . Through the manipulation of enormous mass of facts, they have tried to show that, for example, the ancestors of their sponsor fought in Troy against the Greeks … or they were kings and prophets of the Old Testament.

The manufacture of family trees became a more and more popular literary occupation. It was a good method to earn money. No less than fifty-nine authors worked on the genealogy of the house in Brandenburg. They consecrated extraordinary materiality to the important material, gathered all imaginable sources, reviewed archives, and explored cemeteries. The final result was published with this splendid title: Brandenburgischer Ceder-Hain (Brandenburger Cedar Grove). A similar work was the Trophaeum Domus Estorás, richly illustrated with engravings, which establishes the origin of the Hungarian family of the Esterhazy in … Attila, the “scourge of the West”, the king of the Huns!
Significant proof of human vanity is the fact that some people, in their desire to find illustrious ancestors, do not oppose the bond being the fruit of adulterous love or the birth of bastards. “Real blood no one messes with,” they declared (as did the servile courtiers whose wives were lovers of the king). This particular mentality explains the fantastic genealogy that some “loyal” courtiers presented to Napoleon.
The genealogists of Bonapartism began with the legend of the Man in the Iron Mask.
In those days it was still believed that the mysterious prisoner of the Bastille, who could only appear with his face covered by an iron mask, was none other than the one who had been the twin brother of Louis XIV. It was said that he had been buried in the Bastille because, having been born a few minutes before the Sun King, he had greater rights to the throne. Baron Gleichen went even further. He argued that the Man in the Iron Mask was the true king, and that Luis was the son of the queen’s guilty love with Mazarin.

The new aristocracy acquired beautiful names, but still lacked antecedents and genealogical trees. This situation had to be remedied; the new and impressive names needed the support of a firm vindication of the nobiliary title. Thus, attention began to be paid to the respective family histories, and efforts were made to take note of all Smith, Jones and Miller who had been famous, not to mention the Schmidt, the Wolfy and the Müller (I apologize: this is the Schmidius, the Wolfius and the Müllerus). Goez, superintendent of Lubeck, wrote a book about the famous Schmidt, and called it De clanis Schmidiis. (Similar works were published in England, in the United States, and especially in Scotland.)

A Turkish proverb says: “If Allah gives you authority, it will also give you the necessary intelligence so that you know how to command.” Like many proverbs, this one is both dangerous and false. As far as bureaucracy is concerned, the acquisition of authority very often determines the loss of intelligence, the atrophy of the mind and a chronic state of stupidity.
No one will deny that government officials are human beings. And there is no doubt that most of them are excellent spouses, affectionate parents and good citizens. But, whatever the age of the subject, or the country in which they perform their duties, as soon as they seize a desk and a piece of furniture for filing papers, something mysterious and terrible happens to them. The letter replaces the spirit, the precedent annuls the initiative, and the norm is superimposed on piety and understanding. There are many exceptions, but each one of them constitutes the confirmation of the rule. Government offices are nurseries of stupidity, and play the same role as stagnant waters in the case of the anopheles mosquito. It is inevitable: even the most intelligent bureaucrat succumbs to infection.

Dickens has the merit of having identified the bureaucracy with inefficiency and stupidity. In the immortal figure of Bumble he created the archetype of the clumsy and myopic bureaucrat, and since then the character has made a career. Dickens’s warm indignation robbed the bureaucrat of all his vanity and self-sufficiency, though he did not kill him, because he is in fact immortal. Carlyle was even more violent in his attack on the bureaucracy, which he hated so much that he sometimes lost all sense of proportion (although he was also able to show practicality). Enraged by the rules and regulations of the British Museum, he founded with several friends a large institution, the London Library, whose subscribers could bring books home (a privilege that the library of the British Museum still denies its readers).

In a sense, Western democracies are fortunate, because in them it is possible to publicly vent the stupidities committed by the bureaucracy. Sometimes pressure is achieved through public opinion, and then certain situations are remedied. (Although they are often late and inadequate solutions.) But in totalitarian countries, victims can not go after that resource (or at least its use is severely restricted). In communist countries the so-called “Marxist self-criticism” is generally a weapon used against those who (voluntarily or involuntarily) have left the line of the party; and although Pravda and Izvestia publish a column of abuses and bureaucratic stupidities, in general the powerful state apparatus can only be attacked for political reasons never because of its inefficiency. For bureaucracy is the new ruling class; the party leader has replaced the noble and the capitalist. In many cases it has become a hereditary class, as communist officials worry about getting excellent sinecures for their family members.
It is not necessary to point out that the communist bureaucracy is ineffective. The Russians always had the dokumenti mania, and many five-year plans were drowned in a sea of ​​papers.

The classic archetype of the humble citizen who defends himself against the blind and intangible forces of the bureaucracy is the good soldier Schweik, the comic hero of our time. Confront stupidity with stupidity; but his is a kind of inspired idiocy, with which he tries to ensure his own survival. And his cunning is much greater than that of the heroes of Kafka, who fight against blind forces identified by some critics with the formidable Habsburg bureaucracy, and by others with the original sin of humanity. Schweik survives and will always survive, because the bureaucracy can not catch such a slippery subject, nor wrap up an individual whose passivity is the expression of the most thorough agility.

Of all the natural disasters suffered during the Middle Ages, animal pests were the most spectacular and most feared. Locusts, caterpillars, beetles, snakes, frogs, rats, mice, moles … seemed to break the balance of Nature periodically, and these little pests combined to devastate entire regions. Crops were ruined, and hunger was often suffered. Medieval science could do nothing. The people did not get help from the scholars, and they turned to heaven and religion.
So sudden and ruthless attacks could only be explained by the action of a demonic and superhuman force.

The problem was created by the stupidity of the legislators, who accepted an excessive number of exceptions to the law; for what really interested them was to end the prison for debts contracted with private creditors. But even today people can be imprisoned “for lack of payment of any sum summarily recovered before magistrates.”
But the most particular feature is the discrimination between debts with private persons and debts with the State. Private debts are not extinguished by the fact of serving a prison sentence; the unpaid taxes or the refusal to keep people dependent on the accused, which for that reason become the burden of the State, can be expiated by a few weeks in prison. This means that the State, which has thereby increased the debt by offering free home and food to the debtor, declares itself willing to forgive and forget.

The problem was created by the stupidity of the legislators, who accepted an excessive number of exceptions to the law; What really interested them was to end the prison for debts contracted with private creditors. But even today people can be imprisoned “for lack of payment of any sum summarily recovered before the magistrates”.
But the most particular characteristic is the discrimination between the debts with private persons and the debts with the State. Private debts are not extinguished by the fact of serving a prison sentence; the unpaid taxes or the refusal to keep the dependents of the accused, who for that reason become the burden of the State, can expiate a few weeks in prison. This means that the State, which has thus increased the debt by offering a home and free food to the debtor, declares itself willing to forgive and forget.

Nothing reflects human stupidity as perfectly and perfectly as the mania for litigation. The men and women who tirelessly plead, without the slightest hope of success, often without reasons of a material nature to justify it, years and years absorbed in a small dispute, are people who are often on the verge of madness. But in many cases they adopt that absurd and suicidal attitude by simple stupidity.

It was not easy to obtain even for the rich. The magical books that explained the preparation of Electrum Magicum, affirmed that success was not possible, unless certain very complex rules were applied rigorously.
The first affirmed that the whole process should be, even in the smallest details, of a martial nature. The sky, the air, the state of the atmosphere, the day, the hour and the minute, the place, the implements and the fire-and even the soul, the moral and the voice of the craftsman-had to conform to the spirit of Mars. The forge and the hammer, the tongs and the bellows also had to be manufactured under the appropriate constellations; to that end, the advice of a reputed astronomer should be sought. Mars, the star of the God of War, played the fundamental role in all the astrological details.
But how to ensure the “martial” of fire?
Very simply. The fire caused by the lightning was the only one that deserved the qualification of “martial”, because it fell from the sky with tremendous destructive power, accompanied by horrendous thunder. Therefore, it was necessary to wait until the beam burned a tree or a piece of wood, transport the fire home, feed it carefully in a container, and keep it until the exact astrological period that the armor forge had to preside.
The seven metals were to be fused into seven different constellations; Certainly, a hard test of patience. But even this was not enough. Also the gunsmith himself, as we have said, should be in a “martial” mood. His work had to rise above the tedium of daily tasks, and it was necessary that he feel inflamed with vigorous and warlike passions. Which was not difficult to achieve, if during the execution of the work heroic verses were recited … and in voice as high as possible. The vigorous and martial rhythm would transform the ember of martial emotion into a constant and lasting flame.
Here the magic swords came into action.
The legends of the Middle Ages abound in these miraculous swords. There was hardly a hero who did not possess any weapon of this kind … irresistible and indestructible. Most had special names: Siegfried’s Balmung; Durandal, by Rolando; Escalibur, by King Arthur; Joyeuse, of Charlemagne; Courtin, of Ogier; Haute Clere, by Oliviero … and so on. And those who echoed the legends did not stop to think that the martial virtues and the heroic courage of the heroes lost at least fifty percent of their value … because the triumphs were the main merit of their respective swords.
In order to forge a sword of this kind it was necessary to combine certain more or less horrible elements.
It was indispensable that the blade had already served to kill a man. The scabbard had to be forged with the spoke of a wheel that the executioner had used to break the bones of a condemned man. The handle was made with the iron of a chain used in a hanging. The scabbard should be lined with cloth soaked in sanguis menstruus primus virginis … In general, and without needing to offer more details, the reader will notice that the recipe seemed the work of an unbalanced one.

The homunculus, the human being created by man, began with Paracelsus to prowl the caves of the alchemists. Until then there were only vague conceptions. Paracelso provided the first detailed instructions on the method to be followed. This fabulous man, in whose brain it seemed that a dozen intellectual forms had been combined-who was now a successful doctor, now a charlatan, now a brilliant inventor, or a confused adept of the occult sciences-summarized in his work De natura rerum the knowledge of the time about the homunculus:
It has been much discussed whether nature and science have given us the means to create a human being without the help of a woman. In my opinion, it is perfectly possible and does not contradict natural laws. Here is how to proceed: place a good quantity of human seed in a still. Once this one is sealed, it will be kept for forty days at a temperature equal to the interior temperature of the horse “(that is, the alembic should still be buried in horse manure)” until it begins to encourage, live and move. At that point it will already have a human form, but it will be transparent and insubstantial. For another forty weeks it must be carefully fed with human blood and kept in the same warm place, and after that period you will have a live and authentic child, like the one born to a woman, but much smaller. It is what we call homunculus. It must be attended to with care and diligence, until it grows enough, and begins to show signs of intelligence. ”

The institution of cicisbeo was distinguished from the common, more or less public, more or less tolerated, in which it was organized and legalized; for when marriage contracts were discussed, one of the important aspects of the agreement was the number of Cicisbeos that the future wife could accept. Defying the tradition would have been fatal … as fatal as opposing the dictates of fashion. Throughout the history of Genoa, only the case of a courageous man who dared to adopt that attitude is known: the Marquis Spinola, whom the very vulgar passion he experienced for his fiancée moved him to insist that a clause be included in the contract contrary to the venerable custom. He frankly and shamelessly demanded that, while the marriage lasted, the wife would not accept any cicisbeo; On the other hand, she undertook not to assume that role in the service of any woman.
The stupid fashion spread from Genoa to other Italian cities. The contemporary authors were somewhat disconcerted by the spread of this mania, and in the end they could not come up with any other excuse than the idea that the whole institution really represented a general progress in morals, since it prevented young noblemen from devoting themselves to pleasures and more vicious occupations.

The darkest chapters of the erotic folie correspond to the combination of sex with religion. This is not the appropriate place to write a history of the various sects and religions, from the Jumpers (Saltarines) to the Anabaptists, from the “Convulsionists” to the “Shakers” or Holly Rollers … not to refer but to a special type of schism that follows the fundamental principle of “serving God through dance”. When the erotic folie was combined with religious mania, the result was a revolt against the asceticism of established churches, or even more extreme application of those same ascetic principles.
Frankish protests against ascetic dogmas have different explanations. The motivation is often of a sophistical nature. But, with relatively few exceptions, they all agree on one point: the importance of sexual satisfaction. Although it seems strange, this opinion does not exclude the idea that sex and sin are identical terms. But the sectarians aggravated the thing with the claim that sin was permitted, and was still necessary and desirable, in the interest of salvation.
The founder of one of the most horrible Russian sects, the Chisleniki, affirmed the following: “Men must be saved from sin, but if they do not sin, they can not be saved.” Therefore, sin is the first step in the path of sin. the Salvation”. Taxas Maxim, the peasant of Shemenov who established this curious principle, transformed it into one of the main theological dogmas of his sect. Another Russian apostle, the mysterious monk Serafin, declared in 1872: “Only in sin is it possible to find the true salvation of the soul: the more it is sinned, the more glorious is the merit of the Savior.” Quite frankly, these sectarians called sin the “gateway to the glory of the Other World.”

During the subsequent centuries there were plenty of imitators who professed the same beliefs and followed the same practices. The Paterniani or Venustiani affirmed that God and Satan shared the responsibility of the creation of humanity. God was responsible for the upper part of our body; and the devil, from the bottom. From this it was naturally deduced that the “satanic organs” of man must be applied to the “work of the Devil”.
In the fourteenth century, the Lothardi conceived a still more particular dogma. They affirmed that men should lead a moral life … while they were at ground level. But at the depth of three elles (one elle was equivalent to seven tenths of a yard) the moral standards lost validity. Therefore, they met in underground rooms, where they performed terrible orgies: wild floggings, all kinds of sexual perversions, murders and suicides.
The Lothardi were characterized by the extreme of their points of view and by their twisted reasonings. But many sects accepted and approved sin and perversion for other reasons of a general nature.
Some sects-for example, the Euquitas-turned the sexual act into part of their religious ritual. The Euquitas assassinated the children engendered in these orgies, collected the blood of the infants and burned the bodies in a bonfire; then, the ashes mixed with the collected blood, and a horrible brew was prepared. (Osellus, who recounts the ceremony, adds that the purpose of the murder of the innocents was “to destroy the seal strongly attached to the human soul and avoided by the demons of evil, so that these demons could enter the bodies without inconvenience, and freely arrange with them.

The skoptsi were one of the most horrible cults the world knew. They represent perhaps the last degree of human madness. Like almost all modern sects, the Skoptsi also had their ancestors in the early days of Christianity. For all we know, Origen and Leontius of Antioch were the first Christians to be castrated; the Arab Valerio claimed the dubious distinction of having organized a sect on the idea of ​​castration. These sectarians became public danger; they did not content themselves with castrating their own faithful, and they made victims everywhere, among individuals completely oblivious to such religious ideas. In a particularly “rich” harvest year, they castrated 690 men. The idea that the extirpation of the sinful sexual organ was pleasing to God (an idea already known in pre-Christian times), never completely disappeared from the life of the sects. But apart from the horrible institution of castration with “musical purposes” (for a long time the eunuchs performed female roles on the scene, and the castrated children formed the choirs of the church) this idea only found expression in a series of individual tragedies.

It has been calculated that the population of the United States spends one hundred and fifty million dollars annually on astrologers, fortune-tellers and other charlatans. This marvelous presumption of men, who begin by applying arbitrary names to the stars of heaven, and then draw far-reaching conclusions from that arbitrary nomenclature, constitutes one of the most remarkable proofs of the immortality of stupidity.
But astrology is just one of the various methods with which it seeks to penetrate the mysteries of the future. In antiquity and during the Middle Ages hundred different forms of divination were known, scores of methods applied to the preaching of the future. They only had one common characteristic: they never worked. When they were right, they owed it to mere coincidence, or thanks to the type of Macbeth-style prophecy, in which certain things happen thanks to the voluntary deformation of the facts. Here is a partial list:

Daphnomancy-divination by means of the laurel.
Cleanacy-divination by dice, bones, etc. or casting lots.
Botanomancy-divination by means of plants.
Pegomancy-divination by means of sources.
Psychomancy-divination through sycamore leaves.
Xiomaniac-divination by means of fallen leaves.
Espodomancia-divination by ashes.
Geomancy-divination by means of sand.
Commiomancy-divination by onions.
Alectriomancy-divination by means of cockfights.

In fact, anything could serve as a foundation for divinatory art: bread, dice, keys, lamps, birds, names, arrows, rats, carrot leaves, cheese, salt, numbers , the eyes, the money, the mirrors, the fire, the incense, the eggs, the accidents, the wax, the water (ten different kinds of divination were practiced with water), the poetry, the moles … As you can see, it was possible to choose. And many methods survive even today.

Nothing better than to mention the most useless collection in the world. It was organized by a man named Frank Damek, a resident of Chicago. He began his collection in 1870. It was about forming a complete set of cards … but each card had to be found by him in the street. It is difficult to establish how he conceived such an absurd idea, but the truth is that he showed remarkable tenacity. At the beginning it was quite easy. After ten years, only fifteen figures were missing from the deck. But then the company became more difficult. Luck seemed to abandon it. Some years he found in the streets of Chicago up to three of the cards that he lacked; Then the years passed and I could not find a single one. In the end, he only needed three cards: the jack of clubs, the three of spades and the two of golds. One day he thought that Satan himself was making a joke, and that the deck of cards that someone had left on the edge of a wall was nothing more than a mirage. But they were absolutely real letters. There were the jack of clubs and the three of spades, but … yes, it was a joke of the devil: the only letter that was missing was the two of golds. Years passed; Damek went gray. At last, twenty years after starting the collection, an unforgettable day of the year 1890, luck smiled on him. At his feet was the two of golds, and the show seemed more beautiful than the most beautiful girl in the world!
No one will deny that the man from Chicago formed the most useless collection in the world.

The origin of stupidity can be found in childhood, in doubt and also in the life of the instincts. Either the victim is ignorant, and she is unsure whether her desires are ethically and socially correct, or her emotions and desires collide with each other, and this conflict provokes the doubt that influences all mental functions, dominates thought processes and so both breeds stupidity.
It is the phenomenon we call “ambivalence”.
It has many forms: hatred and love, activity and passivity, masculine and feminine characteristics that fight with each other. These opposing forces but of equal intensity make the spirit a permanent battlefield. Stupidity frees man from this painful state; and although stupidity is essentially an idle condition, pink, the suffering is in it less than when you suffer the torments of doubt. Therefore, to the frivolous question: “Does it do well to be stupid?”, Sometimes we can answer affirmatively.
However, the psychologically healthy man can not be stupid. Stupidity is a problem of a medical nature … and therefore, stupidity is curable. Assuming, of course, that someone wants to be cured.
… but HUMAN STUPIDITY HAS NO END

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