Crónicas del cáncer — George Johnson / The Cancer Chronicles: Unlocking Medicine’s Deepest Mystery by George Johnson

Este es un magnífico libro donde el autor intenta desmitificar en la medida de lo posible lo que significa y conlleva esa palabra, su mujer Nancy fue víctima de la enfermedad y en un estudio muy didáctico a través de la paleontología y la historia intenta dar una explicación a través de La humanidad. Sus vivencias personales hacen que no puedas dejar de leer y pese a que se plantean muchos interrogantes la esperanza y el esfuerzo del autor son más que un estímulo y de agradecer absolutamente.

Una de las preguntas más espinosas sobre el cáncer es en qué medida es intemporal e inevitable —algo que surge espontáneamente en el organismo— y en qué medida lo han originado la contaminación, los productos químicos industriales y otras creaciones humanas. Formarse una idea aproximada de la frecuencia del cáncer en épocas anteriores podría aportar pistas importantes, pero solo si se dispusiera de más datos. Rothschild, espoleado su interés tras el estudio del tumor fosilizado de Bunge, empezó a buscar otras muestras.
La duda más preocupante era qué puede extrapolarse acerca del cáncer en los dinosaurios —y el origen último de la enfermedad— a partir de las escasas pruebas de que se disponen. Si se incluyeran en la muestra solo los cien hadrosaurios propensos a los tumores, su tasa de cáncer óseo sería del uno por ciento, más o menos la misma que en los esqueletos humanos. Pero cabe preguntarse cuántos especímenes más existen en espera de ser descubiertos. Solo uno más con un tumor maligno duplicaría la tasa de cáncer. Por último, se planteó la duda de cuántos cánceres podrían haberse propagado a partes no examinadas del esqueleto o a los órganos blandos: cánceres que nunca alcanzaron el hueso. Con la descomposición de los tejidos, las pruebas desaparecieron.

El cáncer es un fenómeno en el que una célula empieza a dividirse descontroladamente y a acumular daños genéticos. Sus hijas, nietas y bisnietas siguen engendrando sus propias proles, subpoblaciones de células rivales, cada una con una combinación de rasgos distinta. Las contendientes más fuertes —aquellas que han desarrollado la capacidad de crecer más deprisa o de envenenar a sus vecinas o de usar la energía de forma más eficiente— tendrán ventaja. Pero cabía la posibilidad de que, antes de poder imponerse —proponían los autores—, sucumbieran a los «hipertumores»: grupos de células cancerosas más débiles que, de manera oportunista, intentan subirse al carro. Estos parásitos chupan energía continuamente, destruyendo el tumor o como mínimo manteniéndolo a raya. En animales grandes y longevos, el cáncer se desarrolla a un ritmo gradual, y eso da tiempo a que se formen las sanguijuelas. De hecho pueden contraer más tumores, pero estos tienen muchas menos probabilidades de desarrollarse hasta un tamaño perceptible.

Cada comida plantea un cálculo de probabilidades: el alcohol aumenta el riesgo de ciertos tipos de cáncer (el de boca, esófago), pero puede disminuir el riesgo de cáncer renal.
«Los compuestos naturales de la granada pueden prevenir el crecimiento del cáncer de mama hormonodependiente»
«El té verde podría modificar el efecto del tabaco en el riesgo de cáncer de pulmón»
«El consumo de refrescos puede aumentar el riesgo de cáncer de páncreas»
«El extracto del melón amargo redujo el crecimiento celular en el cáncer de mama»
«El extracto de algas puede dar esperanzas en el tratamiento del linfoma no-Hodgkin»
«El café puede proteger de los cánceres de cerebro y cuello»
«La fresa puede ralentizar el crecimiento precanceroso en el esófago»

Se afirma a menudo que dos tercios de los casos de cáncer pueden prevenirse: un tercio eliminando el tabaco, otro tercio haciendo más ejercicio e ingiriendo alimentos más sanos. Pero no hay apenas pruebas que relacionen ninguna dieta en particular con el cáncer.
Igual de dudosa es la mitología en torno a los antioxidantes, como las vitaminas C y E, que se consumen a través de la fruta, la verdura y ciertos comprimidos, y se untan en la cara en forma de cremas antienvejecimiento. Lo que se pretende es contrarrestar la acción de los radicales libres: el producto de la combustión celular que devora el interior de las células. No está nada claro que el organismo necesite ayuda en este terreno.
Hasta ahora el mayor estudio prospectivo sobre dieta y salud ha puesto de manifiesto que comer fruta y verdura tiene, en el mejor de los casos, un efecto mínimo en la prevención del cáncer. Hay indicios de posibles beneficios respecto a unos cuantos cánceres, pero nada a la altura de las expectativas iniciales.

Lo que para el paciente es una crisis para el médico es rutina; aun así, a mí esta manera de proceder me parece una auténtica idiotez. Fuimos de laboratorio en laboratorio, y regresamos a recoger los resultados. Nancy tenía claro que no era algo producido por arañazo gato pero nos aferramos a la esperanza.
Para comportarse en armonía, nuestras células intercambian continuamente señales químicas, departiendo sobre cuándo empezar a multiplicarse y crear tejido nuevo. Cuando una célula recibe esta información, reacciona enviando instrucciones a su núcleo, el controlador central, para que active la combinación apropiada de genes: para que pulse los botones adecuados, toque un arpegio con las teclas de un piano. Una célula cancerosa es una célula que, a partir de una decisión solipsista, se ha retirado de esa conversación. Sucesos aleatorios —desencadenados por un rayo cósmico, una sustancia química cancerígena o la pura mala suerte— debían de haber alterado el ADN de una de las células de Nancy, induciéndola a perder el contacto con la realidad. Tal vez el problema había comenzado con la mutación de un gen que envía a la célula señales para indicarle que es hora de dividirse. Otra mutación podría haber modificado los receptores moleculares que responden a esas señales, volviéndolos hipersensibles. Preparados para reaccionar a la más mínima, se disparan prematuramente. En cualquier caso, la célula empieza a multiplicarse más deprisa que las células circundantes.

Mucho antes de los tiempos de Galeno, los discípulos de Hipócrates, comiendo cangrejos, quizá notaran las similitudes entre la forma en que el parásito invade a su huésped y la manera en que el cáncer forma metástasis.
Sea cual sea la razón del nombre, los textos griegos antiguos describen lo que parece cáncer de útero y de mama. Impulsados por la fe en la magia simpática, algunos médicos trataban los tumores colocando encima un cangrejo vivo. También recomendaban polvos y ungüentos (a veces a base de cangrejo pulverizado) o la cauterización (cerraban la úlcera quemando). En cuanto a los pacientes con tumores internos, Hipócrates advertía que lo mejor era no tocarlos: «Con tratamiento no tardan en morir, en tanto que sin tratamiento viven durante largo tiempo». Este es uno de los principios del juramento hipocrático: «Evitaré todo mal».
Con Galeno las referencias son aún más precisas. Escribió un libro sobre los tumores e incluyó los malignos en una categoría de excrecencia llamada «praeter naturam» —preternatural—, que significa ajeno a la naturaleza. El carcinoma, escribió, es «un tumor maligno y endurecido, ulcerado o no ulcerado». Descubrió que el cáncer de mama era el más corriente y se daba con mayor frecuencia después de la menopausia.

Nature Reviews Cancer en el que dos egiptólogos llegaban a la conclusión de que «los tumores malignos son sorprendentemente poco comunes en tiempos antiguos». En un comunicado de prensa de su universidad, uno de los autores, A. Rosalie David, afirmó lo siguiente:
En las sociedades industrializadas, el cáncer es la segunda causa de muerte por detrás solo de los accidentes cardiovasculares. Pero en la antigüedad era muy infrecuente. No hay nada en el medio ambiente natural que pueda causar cáncer, así que debe de ser una enfermedad provocada por el hombre, atribuible a la contaminación y los cambios en la dieta y la forma de vida.

Un discípulo de Müller, Rudolf Virchow, dio el siguiente paso, acogiéndose a la máxima Omnis cellula e cellula: todas las células surgen de otras células, incluidas las cancerosas. Pero cuando llegó el momento de explicar cómo se propagaba el cáncer a través de los vasos, tropezó. Se planteó detenidamente la posibilidad de que el proceso pudiera implicar «una diseminación de células desde los propios tumores». Pero consideró más verosímil la idea de la metástasis como «transmisión de jugos». Virchow creyó asimismo que todo cáncer procedía del tejido conectivo, cosa que, como ahora sabemos, solo es cierta en el caso de los sarcomas.
Además de la sangre, existe otro canal que pueden seguir las semillas: por los vasos linfáticos desde el tumor, dándose a conocer, como ocurrió en el caso de Nancy, cuando empiezan a congregarse dentro de un ganglio linfático. No recuerdo haber estudiado el sistema linfático en el colegio, ese primitivo sistema de alcantarillado semejante a un insecto. Desprovisto de corazón, drena lentamente unos desechos acuosos y transparentes
desde los intersticios de las células, desechos que se filtran a su paso por los ganglios linfáticos. Impulsada y atraída por medio de la contracción de músculos y las presiones osmóticas, la linfa llega por fin a la impetuosa corriente sanguínea, comunicándose con las venas en el cuello y los hombros. La evolución, a su manera oportunista, ha encontrado otro uso para los canales linfáticos: el transporte de las células inmunológicas llamadas linfocitos. Estas se reúnen en los ganglios, reproduciéndose rápida y copiosamente al enfrentarse a tejido ajeno: bacterias, virus, células cancerosas, enemigos que destruir.
Las células malignas encuentran un camino al torrente sanguíneo cuando un tumor adquiere la capacidad de iniciar la angiogénesis, desarrollando sus propios capilares. Los tumores también pueden aprender a inducir la linfangiogénesis, creando conexiones con el sistema linfático. Incluso pueden transmitir señales a un ganglio linfático cercano con instrucciones para que produzca más vasos a fin de dar cabida a la inminente invasión. Se recluta así el sistema linfático, ese componente clave de las defensas inmunológicas del organismo. La primera señal es un tumor —un bulto— que crece en un ganglio linfático, la barrera cuya finalidad es impedir tales ataques. Eso es lo que sucedió a Nancy.

«El noventa por ciento del cáncer es medioambiental», oíamos decir una y otra vez. Algunas de las advertencias tenían un sesgo conspiratorio: las empresas que fabricaban productos químicos cancerígenos también creaban los fármacos utilizados en los tratamientos de quimioterapia. Se beneficiaban del cáncer por partida doble. Esa clase de retórica era extremista, pero el mensaje general era muy verosímil. Muchos productos químicos manufacturados se consideran cancerígenos. Se encuentran entre los agentes conocidos y sospechosos incluidos en el Informe sobre carcinógenos de 499 páginas del Programa Nacional de Toxicología. Según el grado de exposición, los trabajadores de industrias que utilizan o producen estas sustancias asumen un riesgo mayor para la salud. Conforme las sustancias químicas se difundieran por la atmósfera, forzosamente se pondrían de manifiesto graves efectos en el público, primero en el presente y cada vez más año tras año con la acumulación de genes rotos.
Cualquier caso específico de cáncer tiene múltiples causas: medioambientales (en el sentido más amplio), además de las predisposiciones hereditarias y la escurridiza influencia de la mala suerte. Pero para la población en general las sustancias químicas vertidas por las fábricas o los aditivos polisilábicos contenidos en los alimentos eran por lo visto una parte menor de la ecuación. Eran un componente —«hay demasiada ignorancia para que pueda justificarse la complacencia», mucha mayor importancia tenía nuestra forma de vida y el efecto de esta en la tendencia natural de una célula a desmandarse y reafirmar su imperativo darwiniano. Lo más revelador de todo es que Doll y Peto descubrieron que el cáncer no aumentaba rápidamente, como uno habría esperado si era cierto que estábamos sometidos a una eflorescencia de agresiones recién inventadas. Una vez dejados de lado el cáncer de pulmón y otros tumores malignos estrechamente relacionados con el tabaco (orales, laríngeos, esofágicos y otros), y tenido en cuenta el envejecimiento demográfico, la mortalidad por cáncer entre personas menores de 65 años había disminuido regularmente en casi todas las categorías desde 1953.
La incidencia de algunos cánceres parecía estar aumentando, sobre todo entre los ancianos y los grupos minoritarios. Quizá lo que Doll y Peto atribuyeron a diagnósticos mejores en realidad eran indicios de venenos cancerígenos que se acumulaban uniformemente y entrarían en erupción pasados unos años en un devastador brote de cáncer. Cuando los índices de cáncer de pulmón empezaron a incrementarse en las primeras décadas del siglo XX, el dato se descartó también como fruto de mejores diagnósticos. Solo con el paso del tiempo quedó claro el verdadero horror que estábamos infligiéndonos a nosotros mismos.

Cada cáncer cuenta una historia distinta. Durante muchos años, el cáncer de pulmón disminuyó entre los hombres por el efecto retardado del abandono del tabaco. Las mujeres empezaron a fumar más tarde en el siglo, y por tanto su índice siguió aumentando. Solo en fecha reciente han dado un giro descendente. Un pico en el cáncer de mama en el último cuarto del siglo XX —incluidos los tumores in situ de lento crecimiento que, según algunos médicos, no deberían clasificarse como cáncer— puede explicarse por las mejoras en el diagnóstico y una menarquía más temprana. La disminución reciente puede deberse en parte a una caída en el uso de la terapia de reemplazo hormonal durante la menopausia. Los índices crecientes de melanoma, que empezaron a darse mucho antes de descubrirse el agujero en la capa de ozono, suelen atribuirse a la popularidad de los baños de sol, los salones de bronceado y la ropa más escueta que protege menos la piel de los rayos ultravioleta. Otra razón puede hallarse en los viajes internacionales. La gente de climas septentrionales, con la piel más clara, ahora tiene una mayor tendencia a pasar parte de su tiempo en lugares más soleados. Lo que puede parecer un aumento de tumores malignos en la infancia.

Todo tumor es único, un ecosistema de células en competencia que se desarrollan sin cesar adaptándose a nuevas amenazas. Atacar un cáncer con una combinación de fármacos aumenta las probabilidades de matarlo. En el caso de Nancy, la triple arremetida fue especialmente feroz. Inicialmente se creyó que el origen de su metástasis era el adenocarcinoma endometrioide, el cáncer de útero más corriente y con un índice de supervivencia bastante alto. Pero cuando enviaron del laboratorio de patología el informe posquirúrgico, la cosa se complicó. De todos los ganglios linfáticos extirpados, solo dos parecían cancerosos, y el adenocarcinoma hallado en el endometrio se consideró de grado bajo, lo cual significaba que las células no habían experimentado muchas mutaciones y seguían bien diferenciadas. En su mayor parte semejaban aún células endometriales. La invasión en el revestimiento del útero era superficial. Nada de eso tenía sentido. ¿Cómo era posible que un cáncer de voluntad tan débil hubiera formado metástasis tan deprisa?.

Quizás el cáncer no sea solo cuestión de genes rotos. Cabe la posibilidad de que las perturbaciones en una célula —los carcinógenos, la dieta e incluso el estrés— redistribuyan las etiquetas epigenéticas sin causar directamente mutaciones en el ADN.

La insulina y otras hormonas estrechamente relacionadas conocidas como IGF (factores de crecimiento análogos a la insulina) pueden estimular a una célula cancerosa, alimentando la expansión de tumores e incluso fomentando la angiogénesis. La insulina interviene asimismo en la regulación de las hormonas sexuales. Además, un aumento de insulina acelera la acumulación de grasa corporal y las células adiposas sintetizan estrógenos. La insulina, los estrógenos, la obesidad, el cáncer… todo está ligado en el mismo nudo metabólico.
Tiene su lógica que se hayan desarrollado relaciones como estas. Una mujer debe estar bien alimentada para producir niños sanos. En tiempos de hambruna, no hay energía excedente que almacenar, y la maquinaria metabólica reacciona disminuyendo la disponibilidad de estrógenos. No son buenos tiempos para concebir. Cuando hay más alimentos disponibles, la grasa se acumula —energía que la madre necesitará durante el embarazo y la lactancia— y se liberan más estrógenos, estimulando la ovulación y, después de la concepción, la producción de leche materna. He aquí la base de la «misteriosa simpatía» que se planteó Ramazzini hace más de tres siglos. Pero en una civilización donde la comida abunda, y demasiado, la simpatía se altera.

Comprender el cáncer requerirá nada menos que comprender la mecánica más profunda de la célula humana. Una de las estrellas participantes invocó la lucha contra la esclavitud y los triunfos del movimiento por los derechos civiles. «¿Y si nadie hubiese salido en defensa de la libertad en la lucha antiesclavista… y si nadie hubiese plantado cara a la injusticia» El cáncer era algo contra lo que manifestarse o a lo que oponerse con una sentada.

Se llevan a cabo interminables investigaciones en laboratorios sobre la forma en que las ondas podrían afectar la mitosis, la expresión del ADN y otras funciones celulares, o alterar la eficiencia de la barrera sangre-cerebro o potenciar carcinógenos conocidos. Los resultados son contradictorios y poco concluyentes. Un estudio demostró que la metabolización de la glucosa, el proceso normal mediante el cual las células convierten el azúcar en energía, era más elevada en las zonas del cerebro que se hallan cerca del lugar donde uno mantiene la antena de su teléfono móvil cuando habla. Sea cual sea el significado clínico de esto, se desconoce, y pronto lo contradijo otro estudio según el cual se suprimía la actividad de la glucosa. Unos cuantos estudios —los atípicos— han insinuado que la exposición crónica a las microondas podía elevar el riesgo de tumores en animales de laboratorio. Pero los experimentos se ven superados en número por aquellos que no detectan efecto alguno.

La entropía puede prevenirse: la propia vida se compone de cauces de orden que avanzan contra la corriente de la marea entrópica. Con nuestras herramientas y nuestra inteligencia, podemos conseguir pequeñas victorias y mantener la muerte a distancia durante un tiempo. Pero es la marea la que acabará imponiéndose.

«Siempre había creído que las palabras “tiene usted un cáncer” eran las peores que podía uno oír —nos dijo—, pero me equivocaba. “Hemos encontrado más tumores” es mucho peor… Creo que ahora me doy cuenta de lo vil y malévolo que es el cáncer. Los médicos siguen persiguiéndolo por todo el cuerpo.»
Con suficiente información —demográfica, geográfica, conductual, dietética—, podemos reducir el grupo de quienes corren el mayor riesgo respecto a ciertos cánceres. En el futuro, los escáneres genómicos y proteómicos y tecnologías aún desconocidas quizá permitan estrechar aún más el grupo. Pero no podemos ir más allá de cierto punto. Si una persona en particular contrae cáncer o no, siempre será básicamente fruto del azar.
La célula no sabe que tiene ARN o ADN o telómeros o mitocondrias. No sabe que A se combina con T y C y G. Ni que CTG representa el aminoácido leucina, ni que GCT representa la alanina: esas cuentas moleculares ensartadas para crear las proteínas. No hay etiquetas, no hay un alfabeto genético escrito en ningún sitio. No hay instrucciones. Todo ello sencillamente funciona de algún modo. Y cuando no funciona, despotricamos contra la máquina.

This is a magnificent book where the author tries to demystify as much as possible what that word means and carries, his wife Nancy was a victim of the disease and in a very didactic study through paleontology and history tries to give an explanation through humanity. His personal experiences make you unable to stop reading and despite many questions are raised the hope and effort of the author are more than a stimulus and absolutely grateful.

One of the most thorny questions about cancer is the extent to which it is timeless and inevitable – something that arises spontaneously in the body – and to what extent pollution, industrial chemicals and other human creations have caused it. Forming a rough idea of ​​the frequency of cancer in earlier times could provide important clues, but only if more data were available. Rothschild, spurred on by interest in the study of Bunge’s fossilized tumor, began looking for other samples.
The most worrisome question was what can be extrapolated about cancer in dinosaurs – and the ultimate origin of the disease – from the scant evidence available. If only one hundred hadrosaurs prone to tumors were included in the sample, their bone cancer rate would be one percent, more or less the same as in human skeletons. But one wonders how many more specimens are waiting to be discovered. Only one more with a malignant tumor would double the cancer rate. Finally, the question was raised about how many cancers could have spread to unexamined parts of the skeleton or to the soft organs: cancers that never reached the bone. With the decomposition of tissues, the tests disappeared.

Cancer is a phenomenon in which a cell begins to divide uncontrollably and accumulate genetic damage. His daughters, granddaughters and great-granddaughters continue to father their own proles, subpopulations of rival cells, each with a different combination of traits. The strongest contenders – those who have developed the ability to grow faster or poison their neighbors or use energy more efficiently – will have an advantage. But there was a chance that, before they could impose themselves -proposed the authors-, they succumbed to the “hypertumors”: groups of weaker cancer cells that opportunistically tried to get on the car. These parasites suck energy continuously, destroying the tumor or at least keeping it at bay. In large and long-lived animals, the cancer develops at a gradual pace, and that gives time for the leeches to form. In fact, they can get more tumors, but they are much less likely to develop to a noticeable size.

Each meal raises a probability calculation: alcohol increases the risk of certain types of cancer (mouth cancer, esophagus), but may decrease the risk of kidney cancer.
«The natural compounds of pomegranate can prevent the growth of hormone-dependent breast cancer»
«Green tea could modify the effect of tobacco on the risk of lung cancer»
«The consumption of soft drinks may increase the risk of pancreatic cancer»
«Bitter melon extract reduced cell growth in breast cancer»
«Seaweed extract can give hope in the treatment of non-Hodgkin’s lymphoma»
«Coffee can protect from brain and neck cancers»
«Strawberry can slow precancerous growth in the esophagus».

It is often claimed that two thirds of cancer cases can be prevented: one third eliminating tobacco, another third exercising more, and eating healthier foods. But there is hardly any evidence linking any particular diet to cancer.
Equally dubious is the mythology around antioxidants, such as vitamins C and E, which are consumed through fruit, vegetables and certain tablets, and are spread on the face in the form of anti-aging creams. What is intended is to counteract the action of free radicals: the product of cellular combustion that devours the interior of cells. It is not at all clear that the organism needs help in this area.
So far the largest prospective study on diet and health has shown that eating fruit and vegetables has, at best, a minimal effect on cancer prevention. There are indications of possible benefits regarding a few cancers, but nothing up to the initial expectations.

What for the patient is a crisis for the doctor is routine; Even so, to me this way of proceeding seems like a real idiocy. We went from lab to lab, and came back to collect the results. Nancy was clear that it was not something produced by cat scratch but we cling to hope.
To behave in harmony, our cells continually exchange chemical signals, discussing when to begin to multiply and create new tissue. When a cell receives this information, it reacts by sending instructions to its core, the central controller, to activate the appropriate combination of genes: to press the appropriate buttons, play an arpeggio with the keys of a piano. A cancer cell is a cell that, from a solipsistic decision, has withdrawn from that conversation. Random events-triggered by a cosmic ray, a carcinogenic chemical or pure bad luck-must have altered the DNA of one of Nancy’s cells, inducing her to lose contact with reality. Perhaps the problem had begun with the mutation of a gene that sends signals to the cell to indicate that it is time to divide. Another mutation could have modified the molecular receptors that respond to these signals, making them hypersensitive. Prepared to react to the smallest, they shoot prematurely. In any case, the cell begins to multiply faster than the surrounding cells.

Long before the time of Galen, the disciples of Hippocrates, eating crabs, may have noticed the similarities between the way the parasite invades its host and the way cancer metastasizes.
Whatever the reason for the name, the ancient Greek texts describe what appears to be uterine and breast cancer. Driven by faith in sympathetic magic, some doctors treated the tumors by placing a live crab on top. They also recommended powders and ointments (sometimes based on powdered crab) or cauterization (they closed the ulcer by burning). As for patients with internal tumors, Hippocrates warned that it was best not to touch them: “With treatment, they soon die, while without treatment they live for a long time.” This is one of the principles of the Hippocratic Oath: “I will avoid all evil.”
With Galen the references are even more precise. He wrote a book on tumors and included the malignant in a category of excrescence called “praeter naturam” -preternatural-, which means alien to nature. The carcinoma, he wrote, is “a malignant and hardened tumor, ulcerated or not ulcerated.” He discovered that breast cancer was the most common and occurred more often after menopause.

Nature Reviews Cancer in which two Egyptologists came to the conclusion that “malignant tumors are surprisingly rare in ancient times.” In a press release from his university, one of the authors, A. Rosalie David, stated the following:
In industrialized societies, cancer is the second cause of death behind only cardiovascular accidents. But in ancient times it was very uncommon. There is nothing in the natural environment that can cause cancer, so it must be a disease caused by man, attributable to pollution and changes in diet and lifestyle.

A disciple of Müller, Rudolf Virchow, took the next step, embracing the maxim Omnis cellula e cellula: all cells arise from other cells, including cancer cells. But when it came time to explain how cancer spread through the vessels, he stumbled. The possibility that the process could involve “a dissemination of cells from the tumors themselves” was carefully considered. But he considered the idea of ​​metastasis as “transmission of juices” more plausible. Virchow also believed that all cancer came from the connective tissue, which, as we now know, is only true in the case of sarcomas.
In addition to the blood, there is another channel that the seeds can follow: the lymphatic vessels from the tumor, becoming known, as happened in the case of Nancy, when they begin to congregate within a lymph node. I do not remember studying the lymphatic system in school, that primitive sewer system similar to an insect. Devoid of heart, it drains slowly some aqueous and transparent waste
from the interstices of the cells, waste that seeps through the lymph nodes. Driven and attracted by the contraction of muscles and osmotic pressures, the lymph finally reaches the impetuous bloodstream, communicating with the veins in the neck and shoulders. Evolution, in its opportunistic way, has found another use for lymphatic channels: the transport of immune cells called lymphocytes. These gather in the ganglia, reproducing quickly and copiously when facing foreign tissue: bacteria, viruses, cancer cells, enemies to destroy.
Malignant cells find a way into the bloodstream when a tumor acquires the ability to initiate angiogenesis, developing its own capillaries. Tumors can also learn to induce lymphangiogenesis, creating connections with the lymphatic system. They can even transmit signals to a nearby lymph node with instructions to produce more vessels to accommodate the impending invasion. This recruits the lymphatic system, that key component of the body’s immune defenses. The first sign is a tumor – a lump – that grows in a lymph node, the barrier whose purpose is to prevent such attacks. That’s what happened to Nancy.

“Ninety percent of cancer is environmental,” we heard saying over and over again. Some of the warnings had a conspiratorial bias: companies that manufactured cancer-causing chemicals also created the drugs used in chemotherapy treatments. They benefited from cancer twice over. That kind of rhetoric was extremist, but the general message was very plausible. Many manufactured chemicals are considered carcinogenic. They are among the known and suspected agents included in the 499-page Carcinogen Report of the National Toxicology Program. According to the degree of exposure, workers in industries that use or produce these substances assume a greater risk to health. As chemical substances spread through the atmosphere, it would inevitably show serious effects on the public, first in the present and increasingly year after year with the accumulation of broken genes.
Any specific case of cancer has multiple causes: environmental (in the broadest sense), in addition to hereditary predispositions and the elusive influence of bad luck. But for the general population the chemical substances discharged by the factories or the polysyllabic additives contained in the food were apparently a minor part of the equation. They were a component – “there is too much ignorance so that complacency can be justified”, much more important was our way of life and its effect on the natural tendency of a cell to get out of hand and reaffirm its Darwinian imperative. Most revealing of all is that Doll and Peto discovered that cancer did not increase rapidly, as one would have expected if it were true that we were subject to an efflorescence of newly invented assaults. Once lung cancer and other malignancies closely related to tobacco (oral, laryngeal, esophageal, and others) were left aside, and demographic aging was taken into account, cancer mortality among people under 65 had decreased regularly in almost all categories since 1953.
The incidence of some cancers appeared to be increasing, especially among the elderly and minority groups. Perhaps what Doll and Peto attributed to better diagnoses were actually indications of carcinogenic poisons that uniformly accumulated and would erupt after a few years in a devastating outbreak of cancer. When the rates of lung cancer began to increase in the first decades of the 20th century, the data was also ruled out as the result of better diagnoses. Only with the passage of time was it clear the true horror that we were inflicting ourselves.

Each cancer tells a different story. For many years, lung cancer decreased among men because of the delayed effect of smoking cessation. Women started smoking later in the century, and therefore their index continued to rise. Only recently have they taken a downward turn. A peak in breast cancer in the last quarter of the 20th century – including slow-growing in situ tumors that, according to some doctors, should not be classified as cancer – can be explained by improvements in diagnosis and earlier menarche. The recent decline may be due in part to a drop in the use of hormone replacement therapy during menopause. The increasing rates of melanoma, which began to occur long before the hole in the ozone layer was discovered, are usually attributed to the popularity of sunbathing, tanning salons and the more sparse clothing that protects the skin from lightning less ultraviolet. Another reason can be found in international travel. People from northern climates, with lighter skin, now have a greater tendency to spend part of their time in sunnier places. What may seem an increase of malignant tumors in childhood.

Every tumor is unique, an ecosystem of competing cells that develop endlessly adapting to new threats. Attacking a cancer with a combination of drugs increases the chances of killing it. In Nancy’s case, the triple attack was especially fierce. Initially it was believed that the origin of its metastasis was endometrioid adenocarcinoma, the most common uterine cancer and with a very high survival rate. But when they sent the postsurgical report from the pathology laboratory, things got complicated. Of all the excised lymph nodes, only two appeared cancerous, and the adenocarcinoma found in the endometrium was considered low grade, which meant that the cells had not experienced many mutations and remained well differentiated. For the most part, they still resembled endometrial cells. The invasion in the lining of the uterus was superficial. None of that made sense. How was it possible that a cancer of such weak will had metastasized so quickly?

Maybe cancer is not just a matter of broken genes. It is possible that disturbances in a cell – carcinogens, diet and even stress – redistribute epigenetic labels without directly causing mutations in DNA.

Insulin and other closely related hormones known as IGF (insulin-like growth factors) can stimulate a cancer cell, feeding tumor expansion and even promoting angiogenesis. Insulin also intervenes in the regulation of sex hormones. In addition, an increase in insulin accelerates the accumulation of body fat and adipose cells synthesize estrogen. Insulin, estrogen, obesity, cancer … everything is linked in the same metabolic node.
It has its logic that relationships like these have developed. A woman must be well nourished to produce healthy children. In times of famine, there is no surplus energy to store, and the metabolic machinery reacts by decreasing the availability of estrogen. These are not good times to conceive. When more food is available, fat builds up – energy that the mother will need during pregnancy and breastfeeding – and more estrogens are released, stimulating ovulation and, after conception, the production of breast milk. Here is the basis of the “mysterious sympathy” that Ramazzini raised more than three centuries ago. But in a civilization where food abounds, and too much, sympathy is altered.

Understanding cancer will require nothing less than understanding the deeper mechanics of the human cell. One of the participating stars invoked the fight against slavery and the triumphs of the civil rights movement. “What if nobody had come out in defense of freedom in the anti-slavery struggle … and if no one had stood up to injustice” Cancer was something to express itself against or to oppose with a sit-in.

Endless laboratory investigations are conducted on how waves might affect mitosis, DNA expression and other cellular functions, or alter the efficiency of the blood-brain barrier or enhance known carcinogens. The results are contradictory and inconclusive. One study showed that the metabolization of glucose, the normal process by which cells convert sugar into energy, was higher in areas of the brain that are close to where you keep your mobile phone’s antenna when you speak. Whatever the clinical significance of this is, it is unknown, and was soon contradicted by another study according to which glucose activity was suppressed. A few studies – the atypical ones – have suggested that chronic exposure to microwaves could raise the risk of tumors in laboratory animals. But the experiments are outnumbered by those who do not detect any effect.

Entropy can be prevented: life itself consists of channels of order that advance against the current of the entropic tide. With our tools and our intelligence, we can achieve small victories and keep death at a distance for a while. But it is the tide that will eventually prevail.

“I had always believed that the words” you have a cancer “were the worst you could hear, he told us, but I was wrong. “We have found more tumors” is much worse … I think now I realize how vile and malevolent cancer is. The doctors are still chasing him throughout the body.
With enough information – demographic, geographic, behavioral, dietetic – we can reduce the group of those who are most at risk for certain cancers. In the future, genomic and proteomic scanners and still unknown technologies may allow the group to be further narrowed. But we can not go beyond a certain point. If a person in particular gets cancer or not, it will always be basically the result of chance.
The cell does not know that it has RNA or DNA or telomeres or mitochondria. He does not know that A is combined with T and C and G. Ni that CTG represents the amino acid leucine, nor that GCT represents alanine: those molecular beads strung together to create the proteins. There are no labels, there is no genetic alphabet written anywhere. There are no instructions. All this simply works in some way. And when it does not work, we rant against the machine.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .