Cambiaron nuestra vida -inventos cotidianos del S.XX- — Vicente Fernández de Bobadilla / Changed our lives-everyday events of the XXth century- by Vicente Fernández de Bobadilla (spanish book edition)

Este es un interesante libro en cuanto al miedo a las nuevas tecnologías y la desaparición de las hasta entonces habituales, sin embargo si hay algo que esta revolución nos ha demostrado, es que muchas veces no basta con tener una buena idea, sino con lanzarla en el momento adecuado (estos días, por ejemplo, vuelve a hablarse de cobrar por el acceso a los periódicos digitales, algo que se intentó sin éxito hace apenas diez años); hoy, la combinación de soportes de lectura más ligeros y cómodos, de una mayor penetración de la Internet de banda ancha y –claro- de una disposición más amplia de contenidos han vuelto a poner a los ebook en primera fila, y en esta ocasión, parece, vienen para quedarse. Un libro muy didáctico sobre faxes, ordenadores personales más allá de Apple, IBM y que son algo común en el día a día

El fax no es ni siquiera un invento del siglo XX. De hecho, su creación es incluso anterior al teléfono. Y el responsable fue Alexander Bain, nacido en 1811 en un pueblecito de Escocia, que pasaría a trabajar en su juventud como ayudante de un relojero. Dotado de una creatividad de lo más fértil, y de un interés por la investigación que le fue despertado, según él mismo declaró, tras asistir a los doce años a una charla pública sobre ciencia, a lo largo de su vida desarrollaría varios inventos –a él le debemos también el primer reloj eléctrico– incluida su “máquina de facsímil”, patentada en 1843.
Esta máquina de facsímil no fue concebida como un complemento al teléfono,si al telégrafo.

El mes de julio de 2002 fue declarado oficialmente por los profesionales del sector informático como una fecha para la historia: la fecha en que se vendió el ordenador personal número 1.000 millones. La cifra, mirándolo bien, casi daba vértigo, pero ya se ha superado: según el estudio elaborado por la consultora Gartner, en 2008 se llegó a los 1.000 millones de PCs en funcionamiento sobre la superficie de la Tierra, una cifra que se doblará para principios del año 2014, en parte debido no sólo al creciente abaratamiento de estas máquinas, sino también a su adopción cada vez más rápida por las economías emergentes

La televisión es probablemente el que lleva más tiempo en funcionamiento; a España llegó de manera oficial el 28 de octubre de 1956, hace más de medio siglo. Muy escasas cosas, desde luego nada que haya sido creado por la mano del hombre, pueden aguantar tanto tiempo sin cambios.
¿En qué se parece un televisor a una botella de ketchup? La pregunta tiene truco, aunque va muy en serio. La respuesta es: son dos buenos ejemplos de artículos de consumo que inciden de forma directa en su entorno. Puede que esta historia haya surgido de las procelosas aguas de las leyendas del marketing, pero desde hace tiempo circula la teoría de que, al ser uno de los elementos más consumidos en los hogares estadounidenses (y, por extensión, en los del mundo occidental), la botella de ketchup de la casa Heinz fue utilizada por muchos fabricantes de frigoríficos como unidad de medida para determinar la altura de las baldas interiores. Es un caso de artículo que influye en su entorno inmediato. La televisión hace algo similar, pero a mayor escala: se convierte en el foco central de la habitación donde se encuentra, y aquí sí que no hay ninguna leyenda de por medio. La mayoría de los muebles están situados tomándola como punto de referencia, y como el salón es la dependencia de la casa donde se coloca la televisión la mayor parte de las veces, la conclusión es clara.

Si hay algo con lo que acabó para siempre la llegada de la televisión privada fue con la costumbre de programar a ciegas, en la idea de que el resignado público se tragaría cualquier cosa que le echaran. Ahora la programación se realizaba pensando en el público más que en ninguna otra cosa, en ofrecerle lo que más pudiera gustarle… y se programaba con la vista puesta en la cadena de al lado, que a su vez tenía la vista puesta en la de uno. No es que existiera competencia, es que se luchaba con un denuedo nunca visto. Y fue este espíritu de pelea feroz lo que, en los primeros años de la televisión privada, inauguró una serie de costumbres no demasiado recomendables.
Pero hubo otra, más notable y, desde luego, mucho más controvertida: la contraprogramación, es decir, cambiar a última hora la oferta prometida para ese día (o para esa noche, pues esta maniobra suele estar reservada a las horas de mayor audiencia), en un intento de superar a un programa de éxito seguro emitido por la competencia. La estrategia más habitual en los primeros años era colocar algún éxito de taquilla, pero no tardaron en aflorar las quejas de los telespectadores, ante lo que consideraban, como mínimo, una falta grave de formalidad y además, una desperdicio de buenas películas. Y es que los efectos de la contraprogramación, después de todo, son más que discutibles, pues no sirve de mucho…
La transición más importante es, indudablemente, la que marcará la llegada de la TDT, pero hay otras tendencias que llevan ya algún tiempo entre nosotros, y que cobrarán mayor importancia en un futuro, si no próximo, sí razonablemente cercano. En todas ellas está presente la selección personalizada de programas. Y en todas ellas está presente el pago, lo cual es lógico. (pay per view) “pago por visión”.

El Walkman ha significado muchas cosas en muchos terrenos, no sólo en el tecnológico. Presentado hace ya treinta años, hace tiempo que dejó atrás la cinta casete para adoptar otros soportes musicales, y su concepción como aparato portátil de alta fidelidad se ha mostrado más que idónea para esta era de sonido digital y canciones descargadas de Internet; de hecho, si no se hubiera inventado entonces, la actual proliferación de formatos digitales de grabación y su aceptación masiva por parte de los consumidores haría necesario (o, más bien, inevitable) crearlo ahora. Pero el Walkman, antes que ninguna otra cosa, significó un paso histórico en la tecnología, la portabilidad.
Más allá del éxito comercial de su pequeño reproductor, más allá de haber colocado auriculares en las cabezas de todo el mundo oriental y occidental, Akio Morita declaró que una de las mayores alegrías de su vida había sido que Walkman hubiera sido aceptada en todo el mundo como una palabra inglesa. Auriculares en todas las orejas, y una palabra nueva en todas las bocas; buen resumen para la historia de ese pequeño aparato en cuyo éxito se jugó su carrera.

El primer vídeo doméstico apareció en 1972: fue el Philips N1500. Pero el primer vídeo merecedor de tal nombre había sido el VR1000, presentado por la empresa estadounidense Ampex en 1956, aunque con un aspecto que no tiene nada que ver con los magnetoscopios actuales y que más bien le garantizaría un puesto de honor en el cuadro de mandos de cualquier nave espacial de las que proliferaban en las películas de ciencia ficción de la época… suponiendo que cupiera dentro.
Aquí, de todos modos, cabe hacerse una pregunta: si la televisión estaba ya en funcionamiento desde 1936 (a España llegó oficialmente en 1956), y a mediados de los años sesenta podíamos disfrutar de la posibilidad de grabar música y programas de radio gracias a la cinta casete, ¿cómo tardó tanto en aparecer un soporte equivalente adaptado al mundo de la imagen?
La respuesta está en la existencia de varios problemas técnicos. Uno era el tamaño de la cinta para grabar: las primeras medían más de cinco centímetros de ancho (más de lo que miden hoy día algunos reproductores de DVD). Otro era la capacidad de grabación: grabar audio en cinta requería mucha menos capacidad.
Empezo la guerra por cuota de mercado (Vhs, Betamax), pero la maniobra definitiva del VHS fue el ataque a Estados Unidos. Al igual que Japón, Norteamérica contaba entonces –lo sigue haciendo ahora- con el sistema de televisión NTSC (National Television System Committee), mientras que en Europa teníamos el Pal. La diferencia de calidad entre ambos sistemas, a favor del Pal, era más que notable: de hecho, el americano era tan poco fiable… España se convirtió en el país europeo donde llegó a haber mayor penetración de Betamax: más del 50 por 100 del mercado, en un rasgo que cabría atribuir no tanto a un atávico espíritu quijotesco como a una lamentable desinformación a la hora de comprar.

Que había una multitud de usuarios potenciales lo demuestran las cifras de venta de unos aparatos que, en un principio, costaban alrededor de 600 euros (100.000 pesetas) de hace veinte años. No tardamos en situarnos como el cuarto país de Europa en adquisición de magnetoscopios, sólo por detrás de Inglaterra, Alemania Occidental y Francia. En 1984, apenas cinco años después de la aparición de los primeros modelos, ya existían en España 700.000 vídeos domésticos.
Si en 1978 España contaba con 4.000 salas de cine, en 1988 sólo quedaban 1.882. En 1978, el cine tuvo 220 millones de espectadores; diez años después apenas 70.
El motivo principal por el cual la gente seguía yendo al cine era la inmediatez, poder ver lo último. Pero al mismo tiempo, las propias productoras sabían que no contaban con mucho tiempo para exhibir sus estrenos, o corrían el riesgo de solapar la presencia de la película en las pantallas y en el videoclub. Los tiempos en los cuales un éxito cinematográfico podía durar hasta un año en la pantalla habían pasado definitivamente, y los grandes estrenos no podían quedar constreñidos a tres o cuatro salas de las grandes capitales. La nueva estrategia era: más copias en menos tiempo.

La llegada del disco compacto produjo un efecto que podríamos llamar de “amplificación” en los equipos de música: un equipo normal, al incorporarle un reproductor de CD, parecía ganar en calidad de sonido. Pero el DVD ha provocado exactamente el efecto contrario; la imagen es tan clara y el sonido tan diáfano, que de repente, nuestro viejo televisor, al que tan pocas pegas pusimos en la época del VHS, parece insuficiente para contener tanta maravilla… el auge de ventas de que han gozado en los últimos años las pantallas panorámicas y los equipos de cine en casa ha estado directamente relacionado con las prestaciones del DVD. Y, a medida que se vayan abaratando las pantallas de plasma o los proyectores domésticos, se contará con mejores maneras de sacarle todo el partido al formato digital.

Los locos de la alta fidelidad formaban, y forman, un mundo bastante limitado y cerrado en sí mismo. Este es un punto fundamental si queremos comprender la revolución que supuso el disco compacto: la inmensa mayoría de la gente, la masa de los consumidores de sonido, no aspiraba a la perfección. Se conformaba con lo que tenía, siempre y cuando sonara razonablemente bien. Y lo que tenía era, por lo general, un equipo común y corriente, que ofrecía un sonido también común y corriente. Los soportes eran, principalmente, el disco de vinilo y la cinta casete.
El último espaldarazo lo obtuvieron en 1981, cuando las 29 casas fabricantes que constituían la Digital Audio Disc Conference, decidieron apoyar el sistema frente a las alternativas presentadas por Telefunken y JVC.
Pero, hasta que se llegó al producto finalizado, durante los años de desarrollo aparecieron no pocos inconvenientes; la mayoría eran de carácter técnico. Philips y Sony tenían una ventaja sobre otros fabricantes de electrónica e informática: contaban con sus propios sellos musicales (Polygram en el caso de Philips, CBS/Sony Records en el de los japoneses), lo que les permitiría poner en el mercado las grabaciones digitales al mismo tiempo que los reproductores. Y fue una suerte, porque el resto de la industria discográfica no acogió inicialmente al CD con los brazos abiertos. Jerry Moss, presidente de A& M Records, que anunció que semejante tecnología, al permitir la elaboración de copias de idéntica calidad que los originales, sería una mina para los piratas. Apenas veinte años le bastaron a Moss para convertirse en uno de los grandes visionarios del siglo.
Un CD no podía competir con un disco de vinilo en calidez de sonido, o incluso en calidad… siempre y cuando éste estuviera en perfectas condiciones y sonara en un equipo preparado para extraerle todas sus virtudes y ninguno de sus defectos. Pero el círculo de perfeccionistas capaces de conseguir semejante proeza era apenas anecdótico comparado con los millones de personas que sólo veían beneficios en la calidad y la facilidad del manejo de los compactos. Su reino no era de este mundo.
El compacto grabable, llamado CD-R, salió al mercado en 1996. Con él, la industria cedía a los particulares el poder para crear copias digitales por su cuenta, sin pararse a pensar excesivamente en las consecuencias. Al fin y al cabo, sólo se trataba de facilitarles un medio para las copias de seguridad de sus programas.

El otro gran bastión del mundo musical aguantó mejor la embestida del CD: mientras el elepé se extinguía, la cinta casete continuó disfrutando de unos niveles muy elevados de venta. De hecho, las cifras de adquisición de casetes no dejaron de subir a lo largo de la década de los 80, y en 1992, todavía se seguían vendiendo más cintas (más de 21 millones) que discos compactos (20 millones). Y es que la cinta contaba con dos cosas a su favor: una, que admitía la grabación; otra, que, debido a su pequeño tamaño, podía transportarse y utilizarse tanto en reproductores de música portátiles (el otro gran éxito de los ochenta) como en automóviles. Pero las cosas cambiaban muy deprisa: la llegada del CD grabable supuso un primer golpe, aunque tanto las grabadoras como los compactos vírgenes eran por el momento demasiado caros como para suponer una competencia seria. En cuanto a la portabilidad, lo cierto es que desde los mismos comienzos del CD existían tanto modelos portátiles como para coche, pero como suele ocurrir con las primeras generaciones de tecnología, dejaban bastante que desear.
“No hay que dejarse engañar por que, de momento, las tiendas y grandes superficie continúen ofreciendo compactos en su sección de música; el espacio físico que les dedican es cada día menor. Paralelamente, la industria legal de descargas y streaming en la Red no ha dejado de crecer en los últimos años y, aunque sigue llevando las de perder frente a las descargas ilegales, su volumen de negocio no deja de aumentar. Algunas estimaciones calculan que 2010 será el año en que el volumen de venta de música en la red igualará al de compra de compactos. A partir de ahí, sólo cabe esperar una aceleración en la cuesta abajo del soporte plateado.
Internet quedará entonces como el servicio musical definitivo, que ofrecerá sin salir de casa –o sin soltar el móvil- las grabaciones clásicas más prestigiosas, el último lanzamiento del grupo de moda o a los grandes del jazz. Pero el disco compacto no desaparecerá exactamente: más bien, podría decirse que se quedará sin combustible. Las novedades ya no se presentarán en este formato, pero todos tenemos en casa una generosa compactoteca a la que seguiremos recurriendo en busca de algunas de nuestras grabaciones más queridas.

Los mandos a distancia son sobre todo aplicados al aparato para el que fueron creados, el televisor, son otra cosa mucho más importante: son un arma. Un arma que sembró el pánico entre programadores y publicitarios, y alteró para siempre la forma de ver y de hacer televisión. Pero sus verdaderos antecedentes nos llevan hasta la Primera Guerra Mundial, cuando el ejército alemán utilizó ondas de radio para controlar a distancia lanchas a motor que lanzaban contra los barcos del enemigo. En la década de los 40 llegó su primera aplicación en la vida civil, con los primeros mandos creados para abrir la puerta del garaje. Pero su aplicación al entorno televisivo no tendría lugar hasta diez años después, gracias a la iniciativa de un directivo llamado Eugene McDonald.
McDonald era presidente de la empresa de electrónica Zenith Radio Corp., y su interés en el creciente nuevo medio de la televisión no era meramente económico; buscaba continuamente maneras de conseguir mejorar tanto los aparatos como –en la medida de lo posible- la programación. Y un buen sistema para ello, pensó, sería crear algún tipo de ingenio que liquidara esos enervantes e inacabables minutos de publicidad.
Importancia del sofá comenzó a notarse también en la aparición de un término acuñado en Estados Unidos, pero que no tardó en poder aplicarse igualmente a cualquier país occidental en el que hubiera un televisor, un mando a distancia, un sofá y un vago vocacional: el couch potato, literalmente “patata de sofá”, pero que podríamos traducir más libremente como “apalancado en el sofá” o, en plan comanche, “el que echa raíces en el sofá”. Es decir, reducir la actividad doméstica a pasarse la tarde y la noche plantado ante el televisor, trasegando cervezas y cambiando de canal cada dos por tres (cada dos por tres cervezas); en Estados Unidos, país de origen del fenómeno, la cosa alcanzó las proporciones descomunales características de la sociedad yanqui, y el movimiento de patatas llegó a tener revista propia (Tuber, se llamaba, por aquello de “tubérculo”) e incluso eslogan: cic semper potatum reclinus?.

Los primeros hornos microondas se comercializaron en Estados Unidos en una fecha tan lejana como el año 1967. Pero ya antes de su salida al mercado particular había modelos industriales que se utilizaban en cocinas de grandes instalaciones, como hospitales o cuarteles. Aunque la ciencia conocía desde hace mucho tiempo la existencia de las microondas y las utilizaba en campos muy diversos.
La aplicación de las microondas a la cocina es, pues, relativamente sencilla: primero se generan esas microondas, labor que corre a cargo del magnetrón presente en todos los hornos, de donde pasan al distribuidor situado en la parte superior de la cámara de cocción, que las dispersa de forma homogénea. El plato giratorio sobre el que se coloca la comida termina de asegurar que las microondas actúen de manera uniforme sobre los alimentos. Según el tiempo de exposición a las mismas, éstos pueden descongelarse, calentarse o asarse. En resumen, o eso pareció por aquel entonces, la casualidad había puesto en manos de los científicos la manera más eficaz de calentar comida que se hubiera inventado jamás.
El afán por ligar microondas y alta cocina provocó que a algún fabricante le saliera el tiro por la culata. Por ejemplo, para demostrar que el microondas era conocido, apreciado y utilizado por los gourmets más exigentes, la casa Moulinex no dudó en contratar a un reputado periodista y crítico gastronómico, que aparecía en varios anuncios televisivos explicando las bondades del producto: cómo era perfectamente válido para cocinar, cómo conservaba mejor que ningún otro sistema las vitaminas de los alimentos… el problema surgió cuando este mismo crítico fue preguntado sobre el microondas en una entrevista donde no había cheques de por medio y, con el aire de desprecio autosuficiente que utilizaba en buena parte de sus artículos, contestó que sí, que tenía uno en casa, pero “todavía ni lo he sacado de la caja”. La campaña no fue mucho más allá.

El móvil como elemento cotidiano convive con nosotros desde hace alrededor de quince años. Por tanto, todavía falta tiempo para que aparezca la primera generación de usuarios que lo han tenido a su disposición desde su nacimiento; los que hemos pasado nuestra infancia y adolescencia sin él seguimos siendo muchos, y no nos es difícil recordar cómo era el mundo de la telefonía antes de la llegada de los móviles: el teléfono de casa, y el del trabajo. Punto. El primero estaba situado habitualmente en una mesita específica en medio del pasillo, con un supletorio como mucho, que solía instalarse habitualmente en la cocina; el segundo estaba en la mesa de la oficina y compartía con el de casa aquel indefinido color gris verdoso (o verde grisáceo, según). Eran pesados, con disco para marcar –el teclado ya existía, pero no acababa de hacerse popular- y un único y poco imaginativo tono de timbre, en fin: un verdadero desastre.
Antecedentes, buscarlos en los teléfonos de campaña, aparecidos en 1943, durante la II Guerra Mundial, en las trincheras aliadas, completamente limitados según los estándares actuales –de un peso entre dos y tres kilos, tenían un alcance apenas superior a una milla, que servía para poco más que para hablar desde el frente al puerto de mando; escaso, pero útil- y, que en realidad no eran sino radiotransmisores dotados de un auricular idéntico al de los teléfonos analógicos.
1982 comenzó a funcionar el NMTS, el Nordic Mobile Telecommunication System, creado en los países del norte de Europa, -Suecia, Finlandia, Noruega-
En 1991, Japón se volvía loco por el Mova. Este era el nombre con el que se había bautizado un nuevo teléfono móvil distribuido por la operadora NTT, cuya demanda fue tan fuerte que se ocuparon de su fabricación las mayores empresas niponas de tecnología de consumo: NEC, Mitsubishi, Fujitsu y Matsushita. ¿El motivo? Sus 230 gramos de peso, que lo convertían en uno de los terminales más ligeros del mundo. El mismo año, la compañía estadounidense Motorola anunció la fabricación de un nuevo terminal, todavía más ligero que el Mova: 219 gramos.
La lucha por el tamaño había comenzado, y estaba claro que los demás fabricantes no tardarían en ofrecer sus nuevos modelos, bastante más transportables que los anteriores.
Pero lo más sorprendente del nuevo sistema eran dos nuevas siglas que, al menos al principio, sonaban literalmente a chino al usuario: el SIM y el SMS. El primero correspondía a Suscriber Identity Module, o Modulo de Identificación de Cliente, y consistía en una tarjeta, del mismo tamaño que las de crédito, con un chip insertado, que se introducía en el terminal GSM. Sin esa tarjeta (o mejor dicho, sin ese chip; el resto de la tarjeta era puro cartón), el teléfono no funcionaba. Más aún, tras encender el teléfono había que teclear un código especial de cuatro dígitos para poder utilizarlo; podría decirse que la verdadera personalidad del teléfono estaba en la tarjeta. Podíamos insertarla en cualquier terminal, y utilizarlo como si fuera el nuestro. En cuanto a las segundas siglas, significaban Short Message Service (Servicio de Mensajes Cortos), y consistían en un servicio de transmisión y recepción de mensajes alfanuméricos; los operadores, al ver que el canal de señalización del teléfono permitía algunas aplicaciones extra, idearon el envío y recepción de textos cortos -hasta 160 caracteres- enfocado al segmento profesional; de hecho, se pensó en él como una alternativa a los entonces muy extendidos buscapersonas.
El GSM se probó por primera vez en el mundo durante los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, y comenzó a dar servicio comercial en 1995. A pesar de que España fue el primer país europeo donde se probó esta tecnología, también fue uno de los últimos en adoptar su uso comercial, y ello fue así, según fuentes más que oficiosas, porque Telefónica no tenía una especial prisa en permitirlo, ya que ello supondría tener que ceder el paso a la primera competencia directa de su historia. Pero la elección, afortunadamente, no estaba en sus manos: en 1987 se había aprobado la Ley de Ordenación de Telecomunicaciones, y en 1994, el Reglamento del Servicio de Telefonía Móvil.
En un país con tanta– y tan merecida- fama de ruidoso como España, nadie se paraba a pensar que su flamante y recién estrenado teléfono móvil pudiera molestar al vecino, que si ponía esa cara de desagrado al oírlo era seguramente por pura envidia, porque el suyo seguro que no tenía antena integrada ni carcasa de titanio. Y los timbres no eran lo peor: luego estaba el volumen que mucha gente empleaba durante la conversación, que hacía pensar que verdaderamente no necesitaban móvil para hacerse oír en el otro extremo de la ciudad.
Sigue sin existir certeza científica sobre los efectos que estas radiaciones producen en el organismo humano y, si lo hacen, en qué cantidad. Y no ha sido por falta de informes, algunos de los cuales han sido encargados por las propias operadoras. Unos, como Mobile Phone and Health, realizado por un grupo independiente para el Ministerio de Sanidad del Reino Unido, aunque se reconocía incapaz de llegar a una conclusión definitiva, recomendó utilizar los móviles con precaución, y adquirir accesorios como un auricular manos libres para no tener continuamente el terminal junto a la cabeza. Finalmente, la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales acabaron estableciendo la Specific Absorption Rate (SAR, Indice Específico de Absorción), que establece los límites máximos de radiación.
La herramienta inicial que iba a abrir la red de redes a los teléfonos móviles se llamó WAP, siglas de Wireless Application Protocol (es decir, Protocolo de Aplicación sin Hilos) y fue planificada en 1997 por los principales fabricantes –Motorola, Nokia, Ericsson y Unwired Planet- cuando se reunieron para crear un protocolo único que permitiera acceder a Internet por medio de la telefonía. A grandes rasgos, este protocolo utiliza el lenguaje Wireless Markup Language, más conocido por sus siglas WML, del mismo modo que el HTML se utiliza para crear páginas web; el usuario solicita una página wap, y su operador realiza la petición de una pasarela que la codifica y la transmite a un servidor web especializado en contenidos para plataformas móviles; estos contenidos, al menos en un principio, se referían a servicios como cotizaciones de bolsa, información meteorológica, resultados de lotería o quinielas, cartelera de cine –con la posibilidad de sacar las entradas desde el móvil- fax y correo electrónico. Este conjunto de servicios se presentó poco menos que como un hito histórico: por primera vez, como muchos expertos habían vaticinado, Internet abandonaba el confinamiento del ordenador y se convertía en algo que podíamos llevar siempre con nosotros.

Internet está cada vez en más sitios; hace ya años que abandonó los límites del ordenador y se lanzó a todo tipo de dispositivos móviles, que ni siquiera cuentan con la navegación como su función principal, pero que la incorporan por si acaso. No sólo teléfonos y comunicadores portátiles, sino automóviles, electrodomésticos, sistemas de alarma, cajeros automáticos, y cualquier gadget en el que se pueda pensar quedará mucho más completo si se le incluye la posibilidad de conexión a la Red. 
Y mucho más completo, podríamos añadir, si se cuenta con conexiones decentes.
La Red del futuro inmediato nos promete maravillas: descarga al gusto de películas y series de televisión en tiempo real, compra a domicilio, trámites administrativos, libros electrónicos (este, sin ir más lejos)… pero para acceder a todos esos servicios prodigiosos, las conexiones actuales, aunque hayan aumentado poco a poco su velocidad, siguen quedándose un poco “cortas y se prometen insuficientes para aplicaciones inminentes, como la imagen en alta definición. Es imprescindible la banda ancha, pero banda ancha de verdad. Su popularización en los últimos años -como dijo el presidente de una compañía estadounidense “en cuanto un cliente prueba la banda ancha, la desea a toda costa”- y sus 9,1 millones de usuarios en nuestro país, no puede ocultar hechos como el que, en cuestión de precios, España es el segundo país de la Zona Euro y el tercero de la UE que paga más caro su acceso a la banda ancha.

El mundo móvil, desde luego, será uno de los principales campos de desarrollo de la Red de los próximos años, con protocolos como WiFi –nombre del estándar de transmisión 802.11b, desarrollado por el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEE), que se incorporó plenamente al mundo de las tecnologías sin cable en 1999- y su hermano mayor, WiMax, llevando la voz cantante. ¿Y los contenidos? Pues, como suele decirse, si yo tuviera la más mínima idea de por dónde iban a ir…
La verdadera pregunta no es exactamente cuándo llegarán hasta nosotros estas aplicaciones futuristas, sino más bien cuántas de ellas estaremos dispuestos a utilizar. Antes he mencionado la nevera inteligente, aquella que tendrá un registro completo y actualizado de los alimentos que contiene y los irá pidiendo por su cuenta al hipermercado a medida que vayan acabándose o caducando. Pero puede que esta función no sea demasiado popular. Algunas empresas de domótica realizaron estudios entre su público potencial, y descubrieron que a un número importante de usuarios no les entusiasmaba en exceso. Sí agradecerían saber en todo momento cuántos yogures o latas de cerveza van quedando –algo que, por otra parte, se sabe con sólo abrir la puerta-, pero a la hora de comprar nuevos suministros, eso es algo que les gustaría seguir decidiendo por su cuenta, y no se sienten tranquilos con una máquina haciéndolo en su lugar. Del mismo modo, aunque ya existen tenedores inteligentes dotados de sensores que nos indican el punto de cocción o la temperatura de un guiso, muchos cocineros no le encuentran a esta función ninguna utilidad.
No cabe duda de que se avecinan más cambios (probablemente los suficientes como para dar material a nuevos libros), tanto en casa como en el lugar de trabajo, en el entorno laboral y en nuestro ocio. Pero sería un error considerarlos como una marea inminente capaz de arrastrar, queramos o no, con todos nuestros gustos y costumbres actuales. Estarán allí, como accesorios de maravillosas prestaciones, para el que pueda y quiera comprarlos. Pero la última decisión seguirá siendo cosa de cada individuo. Nuestras vidas seguirán siendo, sobre todo y ante todo, nuestras.

This is an interesting book about the fear of new technologies and the disappearance of the usual ones, however if there is something that this revolution has shown us, it is often not enough to have a good idea, but to launch it in the right moment (these days, for example, talk about charging for access to digital newspapers, something that was tried without success just ten years ago); Today, the combination of lighter and more comfortable reading media, greater penetration of the broadband Internet and, of course, a wider range of content, has once again put ebook in the front row, and this time, It seems, they are here to stay. A very didactic book about faxes, personal computers beyond Apple, IBM and that are common in everyday life

The fax is not even an invention of the twentieth century. In fact, its creation is even before the phone. And the person in charge was Alexander Bain, born in 1811 in a little village in Scotland, who would go on to work in his youth as an assistant to a watchmaker. Endowed with a creativity of the most fertile, and an interest in the research that was awakened, as he said, after attending the age of twelve to a public talk on science, throughout his life develop several inventions -a he also owes him the first electric clock – including his “facsimile machine”, patented in 1843.
This facsimile machine was not conceived as a complement to the telephone, but to the telegraph.

The month of July 2002 was officially declared by professionals in the computer sector as a date for history: the date on which the 1,000 millionth personal computer was sold. The figure, looking at it well, almost gave vertigo, but it has already been overcome: according to the study prepared by the consultancy Gartner, in 2008 it reached the 1,000 million PCs in operation on the surface of the Earth, a figure that will double for early 2014, partly due not only to the growing cheapening of these machines, but also to their increasingly rapid adoption by emerging economies

Television is probably the one that has been in operation the longest; Spain officially arrived on October 28, 1956, more than half a century ago. Very few things, certainly nothing that has been created by the hand of man, can endure so long without changes.
How does a TV look like a bottle of ketchup? The question has a trick, although it is very serious. The answer is: they are two good examples of consumer items that have a direct impact on their environment. This story may have emerged from the stormy waters of marketing legends, but for a long time the theory has been that, being one of the most consumed elements in American homes (and, by extension, in those of the Western world) , the Heinz house ketchup bottle was used by many refrigeration manufacturers as a unit of measure to determine the height of the interior shelves. It is a case of an article that influences your immediate environment. Television does something similar, but on a larger scale: it becomes the central focus of the room where it is located, and here there is no legend in between. Most of the furniture is located taking it as a point of reference, and since the living room is the dependency of the house where the television is placed most of the time, the conclusion is clear.

If there is something that ended forever the arrival of private television was the custom of blind programming, in the idea that the resigned public would swallow anything that they cast. Now the programming was done thinking of the public more than anything else, to offer what you might like … and was scheduled with the view on the chain next to it, which in turn had its sights set on the one’s. It is not that there was competition, it is that it was fought with a boldness never seen. And it was this spirit of fierce fighting that, in the early years of private television, inaugurated a series of customs not too recommendable.
But there was another, more remarkable and, of course, much more controversial: the counterprogramming, that is, changing at the last minute the promised offer for that day (or for that night, since this maneuver is usually reserved for prime time) , in an attempt to overcome a secure success program issued by the competition. The most common strategy in the early years was to place some success at the box office, but soon the complaints of the viewers surfaced, before what they considered, at least, a serious lack of formality and also, a waste of good films. And the effects of counterprogramming, after all, are more than questionable, because it does not help much …
The most important transition is undoubtedly the one that will mark the arrival of DTT, but there are other trends that have been around for some time now, and that will become more important in the future, if not close, reasonably close. In all of them the personalized selection of programs is present. And in all of them the payment is present, which is logical. (pay per view) “pay per view”.

The Walkman has meant many things in many areas, not only in technology. Presented thirty years ago, it has long since left behind the cassette tape to adopt other musical supports, and its conception as a portable high-fidelity device has proved more than suitable for this era of digital sound and songs downloaded from the Internet; in fact, if it had not been invented then, the current proliferation of digital recording formats and their massive acceptance by consumers would make it necessary (or, rather, inevitable) to create it now. But the Walkman, before anything else, meant a historic step in technology, portability.
Beyond the commercial success of its small player, beyond having placed headphones on the heads of the entire Eastern and Western world, Akio Morita said that one of the greatest joys of his life had been that Walkman had been accepted worldwide as an English word. Headphones on all ears, and a new word in all mouths; good summary for the history of that small apparatus in whose success his career was played.

The first domestic video appeared in 1972: it was the Philips N1500. But the first video worthy of that name had been the VR1000, presented by the American company Ampex in 1956, although with an aspect that has nothing to do with the current video recorders and that would rather guarantee a place of honor in the box controls of any spaceship that proliferated in the science fiction movies of the time … assuming it fit inside.
Here, however, there is a question: if television was already in operation since 1936 (to Spain it officially arrived in 1956), and in the mid-sixties we could enjoy the possibility of recording music and radio programs thanks to the tape cassette, how did it take so long to appear an equivalent support adapted to the world of the image?
The answer lies in the existence of several technical problems. One was the size of the tape to record: the first measured more than five centimeters wide (more than what some DVD players now measure). Another was the recording capacity: recording audio on tape required much less capacity.
The war started by market share (Vhs, Betamax), but the definitive VHS maneuver was the attack on the United States. Like Japan, North America counted then – it continues doing it now – with the television system NTSC (National Television System Committee), while in Europe we had the Pal. The difference in quality between both systems, in favor of the Pal, was more than remarkable: in fact, the American was so unreliable … Spain became the European country where there was the highest penetration of Betamax: more than 50 per 100 of the market, in a feature that could be attributed not so much to an atavistic quixotic spirit as to an unfortunate disinformation when buying.

That there was a multitude of potential users is shown by the sales figures of some devices that, at first, cost around 600 euros (100,000 pesetas) twenty years ago. Soon we became the fourth country in Europe to acquire VTRs, only behind England, West Germany and France. In 1984, barely five years after the appearance of the first models, there were already 700,000 domestic videos in Spain.
If in 1978 Spain had 4,000 cinemas, in 1988 there were only 1,882. In 1978, the cinema had 220 million spectators; ten years later, only 70.
The main reason why people kept going to the movies was the immediacy, to see the latest. But at the same time, the producers themselves knew that they did not have much time to exhibit their premieres, or they ran the risk of overlapping the presence of the film on the screens and in the video store. The times in which a cinematographic success could last up to a year on the screen had definitely passed, and the big premieres could not be constricted to three or four halls of the big capitals. The new strategy was: more copies in less time.

The arrival of the compact disc produced an effect that we could call “amplification” in the music equipment: a normal equipment, when incorporating a CD player, seemed to gain in sound quality. But the DVD has caused exactly the opposite effect; the image is so clear and the sound so diaphanous, that suddenly, our old television, which so few hits we put in the time of the VHS, seems insufficient to contain so much wonder … the sales boom that they have enjoyed in the In recent years, the panoramic screens and home theater equipment has been directly related to the performance of the DVD. And, as plasma screens or domestic projectors become cheaper, there will be better ways to make the most of the digital format.

The locos of high fidelity formed, and form, a quite limited and closed world in itself. This is a fundamental point if we want to understand the revolution that the CD represented: the vast majority of people, the mass of consumers of sound, did not aspire to perfection. He settled for what he had, as long as it sounded reasonably well. And what I had was, in general, an ordinary equipment, that offered a common and ordinary sound too. The supports were, mainly, the vinyl record and the tape cassette.
The last accolade was obtained in 1981, when the 29 manufacturing houses that constituted the Digital Audio Disc Conference, decided to support the system against the alternatives presented by Telefunken and JVC.
But, until the finished product was reached, during the years of development appeared not few disadvantages; the majority were of a technical nature. Philips and Sony had an advantage over other electronics and computer manufacturers: they had their own music labels (Polygram in the case of Philips, CBS / Sony Records in the case of the Japanese), which would allow them to put digital recordings on the market at the same time as the players. And it was lucky, because the rest of the record industry did not initially welcome the CD with open arms. Jerry Moss, president of A & amp; M Records, which announced that such technology, by allowing the production of copies of identical quality that the originals, would be a mine for pirates. Barely twenty years was enough for Moss to become one of the great visionaries of the century.
A CD could not compete with a vinyl record in warmth of sound, or even in quality … as long as it was in perfect condition and it sounded in a team prepared to extract all its virtues and none of its defects. But the circle of perfectionists capable of achieving such a feat was hardly anecdotal compared to the millions of people who saw only benefits in the quality and ease of handling of the compacts. His kingdom was not of this world.
The compact recordable, called CD-R, came on the market in 1996. With it, the industry gave individuals the power to create digital copies on their own, without stopping to think too much about the consequences. After all, it was just a matter of providing them with a means to backup their programs.

The other great bastion of the musical world endured better the onslaught of the CD: while the LP went extinct, the cassette tape continued to enjoy very high levels of sales. In fact, the figures for the acquisition of cassettes did not stop rising during the 1980s, and in 1992, more tapes were still being sold (more than 21 million) than compact discs (20 million). And is that the tape had two things in its favor: one, which admitted the recording; another, which, due to its small size, could be transported and used both in portable music players (the other great success of the eighties) and in automobiles. But things changed very quickly: the arrival of the recordable CD was a first blow, although both the recorders and compact virgins were too expensive at the moment to suppose a serious competition. As for portability, the truth is that from the very beginning of the CD there were both portable models and cars, but as often happens with the first generations of technology, they left a lot to be desired.
“Do not be fooled by the fact that, at the moment, the stores and large surfaces continue offering compact in their music section; the physical space dedicated to them is less and less. At the same time, the legal download and streaming industry on the Internet has not stopped growing in recent years and, although it continues to lose out in the face of illegal downloads, its business volume continues to increase. Some estimates calculate that 2010 will be the year in which the sales volume of music on the network will equal that of buying compact ones. From there, we can only expect an acceleration in the downhill slope of the silver support.
The Internet will then be the definitive musical service, which will offer the most prestigious classical recordings, the latest release of the fashion group or the greats of jazz, without leaving the house or releasing the mobile phone. But the compact disc will not disappear exactly: rather, it could be said that it will run out of fuel. The news will no longer be presented in this format, but we all have at home a generous compact library that we will continue to use in search of some of our most beloved recordings.

The remote controls are mostly applied to the device for which they were created, the television, they are another much more important thing: they are a weapon. A weapon that sowed panic among programmers and advertisers, and altered forever the way of watching and making television. But its true antecedents take us to the First World War, when the German army used radio waves to remotely control motorboats that launched against enemy ships. In the 1940s its first application in civil life came, with the first controls created to open the garage door. But its application to the television environment would not take place until ten years later, thanks to the initiative of a manager named Eugene McDonald.
McDonald was president of the electronics company Zenith Radio Corp., and his interest in the growing new medium of television was not merely economic; I was continually looking for ways to improve both the devices and, as far as possible, the programming. And a good system for this, he thought, would be to create some kind of ingenuity that would liquidate those unnerving and endless minutes of publicity.
Importance of the sofa began to be noticed also in the appearance of a term coined in the United States, but it soon became equally applicable to any western country in which there was a television, a remote control, a couch and a vocational vague: couch potato, literally “sofa potato”, but that we could translate more freely as “leveraged on the sofa” or, as a plan Comanche, “the one that takes root on the sofa”. That is to say, to reduce the domestic activity to spend the afternoon and the night planted before the television, decanting beers and changing of channel every two by three (each two by three beers); in the United States, the country of origin of the phenomenon, the thing reached the extraordinary proportions characteristic of Yankee society, and the potato movement came to have its own magazine (Tuber, it was called, for that of “tubercle”) and even slogan: cic semper potatum reclinus ?.

The first microwave ovens were marketed in the United States as far back as 1967. But before their release into the private market there were industrial models that were used in kitchens of large facilities, such as hospitals or barracks. Although science knew for a long time the existence of microwaves and used them in very diverse fields.
The application of microwaves to the kitchen is, therefore, relatively simple: first those microwaves are generated, work that is in charge of the magnetron present in all the ovens, from where they pass to the distributor located in the upper part of the cooking chamber, that disperses them in a homogeneous way. The rotating plate on which the food is placed ends up ensuring that the microwaves act uniformly on the food. According to the time of exposure to them, they can be thawed, heated or roasted. In short, or so it seemed at that time, chance had placed in the hands of scientists the most effective way to heat food that had ever been invented.
The desire to link microwaves and haute cuisine caused some manufacturers to backfire. For example, to demonstrate that the microwave was known, appreciated and used by the most demanding gourmets, the Moulinex house did not hesitate to hire a renowned journalist and food critic, who appeared in several television ads explaining the benefits of the product: how it was perfectly valid for cooking, how better preserved than any other food vitamins … the problem arose when this same critic was asked about the microwave in an interview where there were no checks involved and, with the air of self-sufficient contempt that He used a lot of his articles, he answered yes, he had one at home, but “I still have not taken it out of the box”. The campaign did not go much further.

The mobile as a daily element has been with us for around fifteen years. Therefore, there is still time for the first generation of users who have had it at their disposal since birth; those of us who have spent our childhood and adolescence without him are still many, and it is not difficult for us to remember what the world of telephony was like before the arrival of cell phones: the home telephone and the work telephone. Point. The first was usually located on a specific table in the middle of the corridor, with an extra as much, which used to be installed usually in the kitchen; the second was on the office table and shared with the house that indefinite greenish gray (or grayish green, according to). They were heavy, with disc to mark – the keyboard already existed, but it did not finish becoming popular – and a unique and little imaginative tone of bell, in short: a true disaster.
Antecedents, to look for them in the field telephones, appeared in 1943, during the II World War, in the allied trenches, completely limited according to the current standards – of a weight between two and three kilos, had a reach hardly superior to a mile, that it served for little more than to speak from the front to the port of command; scarce, but useful- and, in reality, they were nothing more than radio transmitters equipped with an identical handset as the analog telephones.
1982 started the NMTS, the Nordic Mobile Telecommunication System, created in the northern European countries, -Southern, Finland, Norway-
In 1991, Japan went crazy over the Mova. This was the name with which a new mobile phone had been baptized distributed by the NTT operator, whose demand was so strong that the largest Japanese consumer technology companies, NEC, Mitsubishi, Fujitsu and Matsushita, took care of its manufacture. The reason? Its 230 grams of weight, which made it one of the lightest terminals in the world. The same year, the US company Motorola announced the manufacture of a new terminal, still lighter than the Mova: 219 grams.
The struggle for size had begun, and it was clear that other manufacturers would soon be offering their new models, quite more transportable than previous ones.
But most surprising of the new system were two new acronyms that, at least at the beginning, literally sounded Chinese to the user: the SIM and the SMS. The first corresponded to the Subscriber Identity Module, or Customer Identification Module, and consisted of a card, the same size as credit cards, with an inserted chip, which was inserted in the GSM terminal. Without that card (or rather, without that chip, the rest of the card was pure cardboard), the phone did not work. Moreover, after turning on the phone you had to type a special four-digit code to be able to use it; It could be said that the real personality of the phone was on the card. We could insert it in any terminal, and use it as if it were ours. As for the second acronyms, they meant Short Message Service (Service of Short Messages), and consisted of a service of transmission and reception of alphanumeric messages; the operators, seeing that the telephone signaling channel allowed some extra applications, devised the sending and receiving of short texts – up to 160 characters – focused on the professional segment; in fact, it was thought of as an alternative to the then widespread pagers.
GSM was tested for the first time in the world during the Olympic Games in Barcelona, ​​in 1992, and began to give commercial service in 1995. Although Spain was the first European country where this technology was tested, it was also one of the last to adopt its commercial use, and this was the case, according to more than informal sources, because Telefónica was not particularly in a hurry to allow it, since this would mean having to yield to the first direct competition in its history. But the election, fortunately, was not in their hands: in 1987 the Telecommunications Ordinance Law had been approved, and in 1994, the Regulation of the Mobile Telephone Service.
In a country with as much-and as deserved-fame as noisy Spain, no one stopped to think that his brand-new and brand new mobile phone could disturb the neighbor, that if he put that face of displeasure to hear it was probably out of sheer envy, because he sure did not have an integrated antenna or a titanium housing. And the bells were not the worst: then there was the volume that many people used during the conversation, which suggested that they really did not need a cell phone to be heard on the other side of the city.
There is still no scientific certainty about the effects that these radiations produce in the human organism and, if they do, in what quantity. And it has not been for lack of reports, some of which have been commissioned by the operators themselves. Some, such as Mobile Phone and Health, carried out by an independent group for the UK Ministry of Health, although they acknowledged that they were unable to reach a definitive conclusion, recommended using mobile phones with caution, and acquiring accessories such as a hands-free headset so as not to have the terminal continuously next to the head. Finally, the World Health Organization and other international organizations ended up establishing the Specific Absorption Rate (SAR), which establishes the maximum radiation limits.
The initial tool that was to open the network of networks to mobile phones was called WAP, the acronym for Wireless Application Protocol (ie, Wireless Application Protocol) and was planned in 1997 by the main manufacturers -Motorola, Nokia, Ericsson and Unwired Planet – when they met to create a unique protocol that allowed access to the Internet through telephony. Broadly speaking, this protocol uses the Wireless Markup Language, better known by its acronym WML, in the same way that HTML is used to create web pages; the user requests a wap page, and his operator makes the request for a gateway that encodes it and transmits it to a web server specialized in contents for mobile platforms; these contents, at least initially, referred to services such as stock quotes, meteorological information, lottery results or pools, movie listings – with the possibility of taking the tickets from the mobile phone – fax and email. This set of services was presented as nothing less than a historical milestone: for the first time, as many experts had predicted, the Internet abandoned the confinement of the computer and became something that we could always carry with us.

Internet is increasingly in places; For years now he has abandoned the limits of the computer and launched himself to all kinds of mobile devices, which do not even have navigation as their main function, but which incorporate it just in case. Not only portable telephones and communicators, but also cars, appliances, alarm systems, ATMs, and any gadget that you can think of will be much more complete if the possibility of connecting to the Internet is included.
And much more complete, we might add, if you have decent connections.
The Network of the immediate future promises us wonders: download to the taste of movies and TV series in real time, home shopping, administrative procedures, electronic books (this, without going any further) … but to access all those prodigious services, Current connections, although they have increased their speed little by little, are still a little “short and are promised insufficient for imminent applications, such as high definition image. Broadband is essential, but really broadband. Its popularity in recent years – as the president of a US company said “as soon as a customer tests broadband, he wants it at all costs” – and its 9.1 million users in our country, can not hide facts like that, in terms of prices, Spain is the second country in the Euro Zone and the third in the EU that pays its access to broadband more expensive.

The mobile world, of course, will be one of the main fields of development of the Network in the coming years, with protocols such as WiFi -name of the 802.11b transmission standard, developed by the Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEE), which He fully incorporated into the world of wireless technologies in 1999 – and his older brother, WiMax, took the lead. And the contents? Well, as they say, if I had the slightest idea where they were going …
The real question is not exactly when these futuristic applications will reach us, but rather how many of them we will be willing to use. Before I mentioned the smart fridge, the one that will have a complete and updated record of the food it contains and will ask for them on their own to the hypermarket as they finish or expire. But this function may not be too popular. Some home automation companies conducted studies among their potential audience, and discovered that a significant number of users were not overly enthusiastic. Yes, they would appreciate knowing at all times how many yogurts or beer cans are left – something that, on the other hand, you know by just opening the door -, but when it comes to buying new supplies, that is something they would like to continue deciding for their account, and do not feel at ease with a machine doing it instead. Similarly, although there are already smart forks equipped with sensors that indicate the cooking point or the temperature of a stew, many chefs do not find this function of any use.
There is no doubt that more changes are coming (probably enough to give material to new books), both at home and in the workplace, in the workplace and in our leisure. But it would be a mistake to consider them as an imminent tide capable of dragging, whether we like it or not, with all our current tastes and customs. They will be there, as accessories of wonderful benefits, for those who can and want to buy them. But the last decision will remain a thing of each individual. Our lives will continue to be, above all and above all, ours.

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