La Era Del Acceso — Jeremy Rifkin / The Age of Access: The New Culture of Hypercapitalism, Where all of Life is a Paid-For Experience by Jeremy Rifkin

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Las relaciones sociales, nosotros mismos, estamos cambiando por el influjo de las nuevas formas de relacionarnos e interactuar, la tecnología y que suponen un cambio de hábitos y a partir de esta premisa brotan las ideas en este libro interesantísimo.

La palabra mercado apareció por vez primera en la lengua inglesa durante el siglo XII y hacía referencia al espacio físico establecido de manera precisa para que vendedores y compradores intercambiaran bienes y ganado. A finales del siglo XVIII el término ya se había desligado de cualquier tipo de referencia física y se utilizaba para describir el proceso abstracto de comprar y vender cosas. Es tan enorme la parte del mundo que conocemos que está vinculada al proceso de vender y comprar cosas en el mercado que no podemos imaginar ninguna otra manera de estructurar los asuntos humanos. El mercado es una fuerza omnipresente en nuestras vidas. Todos estamos profundamente afectados por sus caprichos y vaivenes. Su bonanza se transforma en nuestro bienestar. Si los mercados marchan bien, estamos de buen ánimo. Si se debilitan, nos desesperamos. El mercado es nuestro guía y consejero y a veces es la ruina de nuestra existencia.
Cuando nos hacemos mayores entramos en el lado oscuro del mercado con el aviso caveat emptor, «comprador, cuidado».Vivimos según las reglas de la mano invisible del mercado y continuamente ajustamos nuestras vidas al objetivo de comprar barato y vender caro. Aprendemos que adquirir y acumular propiedades es una parte integral de nuestra vida terrenal y que, al menos en cierta medida, lo que somos es reflejo de lo que poseemos. Las mismas nociones sobre la forma en que funciona el mundo se sustentan en buena medida en lo que llegarnos a considerar como el afán primordial de intercambiar bienes con otros y convertirnos en miembros de la sociedad que poseen propiedades.
Aceptamos el mercado con una devoción inquebrantable. Elogiamos sus bondades y criticamos a sus detractores.
En nuestro tiempo se están empezando a desintegrar los fundamentos de la vida moderna. Las instituciones que en cierto momento estimularon a los hombres a entrar en conflictos ideológicos, revoluciones y guerras se ven lentamente enterradas por el despertar de una nueva constelación de realidades económicas que están contribuyendo a que la sociedad reconsidere.
En esta nueva era, los mercados van dejando sitio a las redes y el acceso sustituye cada vez más a la propiedad. Las empresas y los consumidores comienzan a abandonar la realidad básica de la vida económica moderna: el intercambio mercantil de la propiedad entre compradores y vendedores. Esto no significa que la propiedad desaparezca en la venidera era del acceso. Antes al contrario. La propiedad continúa existiendo pero es bastante menos probable que se intercambie en el mercado. Los proveedores en la nueva economía se quedan con la propiedad y la ceden en leasing [alquiler con opción de compra; arrendamiento financiero], la alquilan o cobran una cuota de admisión, suscripción o derechos de inscripción por su uso a corto plazo. El intercambio de propiedad entre comprador y vendedor, el rasgo más importante del sistema moderno de mercado, se convierte en acceso inmediato entre servidores y clientes que operan en una relación tipo red. Los mercados se mantienen pero tienen un papel cada vez menor en los asuntos humanos.
En la economía-red, en lugar de intercambiar la propiedad, es más probable que las empresas accedan a la propiedad física y a la intelectual.

La riqueza ya no reside en el capital físico sino en la imaginación y la creatividad humana. Deberíamos señalar que el capital intelectual rara vez se intercambia. Por el contrario, los proveedores lo retienen rigurosamente y lo arriendan u ofrecen a otros la licencia de uso por un tiempo delimitado.
La era del acceso está gobernada por un nuevo conjunto de supuestos para los negocios que son muy diferentes de los que se utilizaban para conducirse en la era del mercado. En este nuevo mundo los mercados dejan lugar a las redes, los vendedores y compradores se sustituyen por proveedores y usuarios, y prácticamente todos los productos adquieren el rasgo del acceso.
Debido a que nuestras leyes e instituciones políticas está totalmente impregnadas de las relaciones de propiedad conectadas con el mercado, el desplazamiento de la propiedad al acceso también producirá enormes cambios en la forma en que los nos gobernaremos durante el próximo siglo. Incluso más importante que eso, en un mundo en el que las relaciones personales de propiedad se han considerado como una extensión del propio ser y «medida del hombre», la reducción de su importancia en el comercio sugiere un cambio importantísimo en la manera en que las generaciones futuras percibirán la naturaleza humana. Efectivamente, es muy probable que un mundo estructurado en torno a las relaciones de acceso produzca un tipo muy diferente de ser humano.

La vida de cada persona se convierte, de hecho, en un mercado de publicidad. En los círculos de negocios el nuevo término operativo es el «valor de la esperanza de vida» del cliente, la medida teórica de cuánto vale un ser humano si cada momento de su vida se transformara en una mercancía de una forma u otra en la esfera comercial.

Time Warner, Disney, Sony, Seagram, Microsoft, News Corporation, General Electric, Bertelsrnann A.G. y PolyGram—. Estas companias mediáticas multinacionales utilizan la nueva revolución digital que se produce en las comunicaciones para conectar el mundo y en ese proceso tiran de la esfera cultural de manera inexorable para meterla en la esfera comercial, donde se mercantiliza en forma de experiencias culturales preparadas para sus clientes, espectáculos comerciales de masas y entretenimiento u ocio personalizado.
Quizás hacia 2050, sólo se necesitará una parte tan pequeña como el 5 % de la población adulta para dirigir y mantener en funcionamiento la esfera industrial tradicional. Lo normal en casi todos los países será que las explotaciones agrícolas, las fábricas y oficinas funcionen casi sin mano de obra. Se darán nuevas oportunidades de empleo, para la mayoría, pero en el ámbito comercial del trabajo cultural pagado. De manera creciente la vida personal se convertirá en una experiencia por la que se paga, millones de personas tendrán empleo en la esfera comercial que atienda a los deseos y necesidades culturales.

La transformación del capitalismo desde un capitalismo industrial a otro cultural ya está amenazando muchos de nuestros supuestos básicos sobre lo que constituye la sociedad humana. Las viejas instituciones sustentadas en las relaciones de propiedad, en los intercambios mercantiles y en la acumulación material resultan desplazadas poco a poco, dejando su lugar a una era en la cual la cultura se convierte en el principal recurso comercial, el tiempo y la atención en las posesiones más valiosas, y en la cual la vida misma de cada individuo se convierte en el mercado fundamental.

Restaurar un equilibrio adecuado entre el ámbito cultural y el comercial será probablemente uno de los desafíos más importantes en la emergente era del acceso. Los recursos culturales en manos del comercio corren el riesgo de la sobreexplotación y el agotamiento, de igual manera que los recursos naturales lo sufrieron durante la era industrial. Uno de los primeros objetivos políticos en el nuevo siglo, en una economía-red global que se apoya de manera creciente en el acceso pagado a las experiencias culturales mercantilizadas, consiste en encontrar una forma sostenible de preservar y ampliar la rica diversidad cultural que es la fuente de vida de la civilización.

Las nociones de acceso y redes están comenzando a redefinir la dinámica social de manera tan potente como en los albores de la era moderna lo hicieron las ideas de propiedad y mercado. Hasta hace bien poco, la palabra acceso (acccess) se utilizaba en el mundo de habla inglesa solamente de forma esporádica y normalmente restringida a cuestiones relacionadas con la admisión a los espacios físicos. La octava edición del Concise Oxford Dictionary, en 1990, incluía por primera vez la acepción del término access como verbo, indicando así una utilización más amplia. Access es ahora una de las palabras más utilizadas en la vida social. Cuando las personas oyen la palabra acceso es probable que piensen en aperturas hacia una totalidad de nuevos mundos de posibilidades y oportunidades. El acceso se ha convertido en la etiqueta o símbolo general para la realización y el avance personal, de forma tan poderosa como la idea de democracia lo fue para generaciones previas.

Internet es una red de redes, y sus mensajes se pueden transmitir mediante las líneas telefónicas, el cable y los satélites. Para una sociedad conformada sobre la noción de propiedad, como dice James Gleick, el hecho más difícil de admitir.., es que (Internet) no es una cosa, no es una entidad, no es una organización; nadie es su propietario, nadie la mantiene operativa. Simple y llanamente son los ordenadores de todo el mundo conectados.

El rasgo esencial del comercio en el ciberespacio es la conectividad. Las redes electrónicas, por su propia naturaleza, derriban las paredes y las fronteras. A diferencia del mercado establecido en un lugar geográfico típico de la era industrial, que se sustentaba en la idea de compradores y vendedores soberanos que se relacionaban en transacciones discretas, cada uno independiente del otro, la economía del ciberespacio agrupa a las empresas en grandes redes de relaciones de interdependencia en cuyo seno comparten actividades e intereses.

El carácter físico de la economía se reduce. Si la era industrial se caracterizaba por la acumulación de capital y de propiedad física, en la nueva era lo estimable son las formas intangibles de poder que se presentan en paquetes de información y en activos intelectuales. El hecho es que se avanza en la desmaterialización de los productos físicos que durante largo tiempo fueron la medida de la riqueza en el mundo industrial.
En octubre de 1996, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadounidense, señalaba que se estaba produciendo un cambio muy poderoso en la economía de Estados Unidos y en la economía global, que aumentaba precisamente su ingravidez. Materiales de construcción nuevos y más ligeros, la miniaturización, la sustitución de los contenidos físicos por información y el papel expansivo de los servicios, todo ello contribuye a una contracción de los rasgos físicos de la producción económica.
En una economía global crecientemente ingrávida, el dinero utilizado para negociar las transacciones mercantiles y otros acuerdos financieros también se desmaterializa en forma de bits electrónicos capaces de viajar a la velocidad de la luz en forma cíe pura información. Hoy en día, menos del 10% del total de la disponibilidad monetaria se mantiene en la forma monetaria. Si se suman todos los billetes y monedas que están en circulación, el monto total no llega a los 400.000 millones de dólares. Además buena parte de ellos ya no circulan en Estados Unidos sino en otros países. Es muy probable que dentro de más o menos veinticinco años la moneda en forma física sea considerada una rareza, perteneciente a una era pasada en la que la actividad económica era de naturaleza más física y de forma más material.

La nueva era se nos presenta mas inmaterial e intelectual. Es un mundo de formas platónicas; de ideas, imágenes y arquetipos, de conceptos y ficciones. A diferencia de los individuos de la era industrial que se preocupaban por expropiar y dar nuevas formas a la materia, la primera generación de la era del acceso está mucho más preocupada por manipular la mente. En la era del acceso y de las redes, en la que las ideas constituyen la fuente principal del comercio, el objetivo soñado es adquirir el conocimiento de todo. Lo que ahora es el motor de la actividad comercial en cualquier industria es la posibilidad de expandir la propia presencia mental, estar conectado universalmente para poder actuar y transformar la conciencia humana.

La moderna franquicia ha cambiado fundamentalmente las relaciones entre los grandes y pequeños negocios en todo el país. hasta hace poco tiempo, los pequeños empresarios tenían escasa vinculación con las grandes empresas. Cada uno operaba más o menos en su propio ámbito, de manera separada e, incluso a veces, solapándose en los mismos espacios comerciales. Con la franquicia, las grandes empresas comienzan a crear pequeños negocios para que actúen como sus filiales locales. Los pequeños empresarios se convierten en subcontratistas de las grandes empresas, vinculándose entre sí en una red rígidamente definida por acuerdos contractuales. El empresario local cede su autonomía a cambio de obtener el acceso a la economía de escala que normalmente da a las grandes empresas una ventaja competitiva.
En la práctica todos los productos y servicios imaginables se realizan en régimen de franquicia.

Estamos simplemente en los comienzos de la discusión sobre los nuevos desafíos que plantea el estilo red de hacer negocios y sobre cómo deben afrontar este reto los poderes públicos. En la medida en que la economía global prosiga su metamorfosis desde la propiedad al acceso, todas estas cuestiones se pondrán inevitablemente en la palestra en todos los países.

Cuando prácticamente todo se convierte en un servicio, el capitalismo se transforma. Deja de ser un sistema que se apoya fundamentalmente en el intercambio de bienes para convertirse en uno que se sustenta en el acceso a segmentos de experiencia. Por ejemplo, si contratamos un servicio de aire acondicionado en vez de comprar un equipo de aire acondicionado, pagaremos por la experiencia de tener aire acondicionado. Por tanto, el nuevo capitalismo resulta más temporal que material. En vez de convertir en mercancías los lugares y las cosas e intercambiarlas en el mercado, ahora tratamos de asegurarnos el acceso al tiempo y a la pericia de otros y pedir prestado lo que necesitamos, tratando a cada cosa como una actividad o un proceso que compramos por un período de tiempo limitado. El capitalismo pierde su origen material y se transforma en un asunto de pura temporalidad.

En la vieja economía industrial, la fuerza de trabajo de cada persona se consideraba como una forma de propiedad que podía venderse en el mercado. En la nueva economía-red, la venta del acceso a las propias formas de vida y a la propia experiencia cotidiana, como aparece reflejada en las decisiones de compra, se convierte en algo igualmente codiciado y en un activo intangible que se demanda.

Hoy en día, la perspectiva del marketing gana influencia y las relaciones mercantilizadas con los consumidores se convierten en el negocio esencial de los negocios; controlar al cliente es ahora algo tan importante y tan urgente corno en tiempos en que dominaba la perspectiva de la manufactura lo fue el control sobre los trabajadores. Si el cronómetro y la cadena de montaje suministraron los medios técnicos para controlar a los trabajadores, hoy los bucles cibernéticos y los códigos de barras suministran los medios técnicos para proceder al control de los clientes. En el siglo venidero, la organización del consumo será tan importante como en el siglo pasado lo fue la organización de la producción. La idea central es convertir la totalidad de la experiencia personal en algo dependiente de los agentes comerciales. Aunque el usuario final está involucrado en el proceso, cada vez depende más de intermediarios que atienden o sirven a sus necesidades. Controlar al cliente significa exactamente esto:
ser capaz de mantener y dirigir su atención y gestionarle los mínimos detalles de todas sus experiencias vitales. Los agentes comerciales asumen el papel de cuidadores.

Entramos en una nueva era gobernada por la omnipresencia de las tecnologías de la comunicación digital y del comercio cultural. De hecho, la unión de ambas constituye un nuevo paradigma económico, muy poderoso. Nuestras vidas están cada vez más mediatizadas por los nuevos canales digitales de expresión humana. Dado que la comunicación es el medio a través del cual los seres humanos encuentran significados comunes y comparten los mundos que van construyendo, la mercantilizacion de la comunicación digital va de la mano con la mercantilización de las múltiples relaciones que conforman la experiencia vivida por los individuos y la comunidad: esto es, la vida cultural.
La vida cultural es una serie de experiencias que la gente comparte y, por tanto, plantea cuestiones de acceso e inclusión, o bien uno es miembro de una comunidad y una cultura, y disfruta entonces de acceso a sus redes compartidas de significado y experiencia, o bien está excluido. A medida que una cultura compartida se descompone en experiencias comerciales fragmentadas, los derechos de acceso se van trasladando del dominio común al ámbito comercial. El acceso ya no se basara en criterios intrínsecos —tradiciones, derechos de libre circulación familia y amistad, etnia, religión o sexo, sino en la posibilidad de pagar su valor de mercado.

Los megacentros y los destinos de entretenimiento, como las urbanizaciones de interés común y los espacios turísticos, se integran en un ambiente competitivo donde el éxito se mide por la posibilidad de acceder a la producción cultural y a las formas mercantilizadas de experiencia de vida. Estas y otras cuestiones relacionadas con el acceso probablemente ocuparan buena parte de la agenda política del siglo XXI, a medida que la sociedad debata quién puede acceder y quién será excluido de la nueva economía cultural.

La economía del entretenimiento, la economía de la fantasía y el juego, de intensas y placenteras experiencias de vida, es una fuerza omnipresente en las vidas de un número cada vez mayor de estadounidenses, cuyos intereses se están desplazando de los productos y servicios industriales a la producción cultural. La compra de acceso a experiencias de vida agradables y placenteras se ha convertido en un estilo de vida, especialmente entre las clases medias de todo el mundo. El meteórico ascenso de la economía del entretenimiento prueba la existencia de una generación en tránsito desde la acumulación de cosas a la acumulación de experiencias, desde las relaciones de propiedad a las relaciones de acceso. Los estadounidenses gastan cientos de miles de millones de dólares al año en el cine, el alquiler de vídeos, juguetes, equípamiento deportivo, espectáculos en directo, competiciones deportivas, apuestas, parques de atracciones, libros y revistas, discos y otras formas de entretenimiento y diversión.
La producción cultural será el principal terreno para el comercio global en el siglo XXI. En la era del acceso, la producción cultural asciende a la primera posición económica, mientras que la información y los servicios descienden a la segunda, la industria a la tercera, y la agricultura a la cuarta. En estos cuatro sectores proseguirá la metamorfosis de un sistema basado en relaciones de propiedad a otro fundado en el acceso. Los cuatro harán la mayor parte de sus negocios en redes que se extenderán a lo largo y ancho del mundo por el ciberespacio.

El nuevo y cada vez más importante papel del marketing es el de  la producción cultural. Los especialistas en marketing crean elaboradas fantasías y ficciones tejidas con piezas y pedacitos de la cultura contemporánea, y las venden corno experiencias de vida. El marketing fabrica la hiperrealidad. Su éxito viene determinado por su capacidad para hacer que la simulación o la falsificación sean más atractivas que (y un buen sucedáneo de) la realidad. Por ejemplo, aunque algunos consumidores de experiencia prefieren aventurarse en la auténtica naturaleza, muchos millones más eligen viajar al «Reino salvaje» de Disneylandia, donde pueden disfrutar de los animales en un entorno artificial.

La televisión y el ciberespacio se han convertido en los lugares donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, donde creamos buena parte de nuestras historias personales y colectivas. Por ello, la generación actual es muy dada a comparar los acontecimientos del «mundo real» con algo que vieron o experimentaron en la televisión.
El ordenador alienta la creación de una nueva forma relacional de conciencia, tal corno la imprenta fornentó la idea de autonomía. Es muy probable que una generación que está creciendo con el hipertexto, ímplicada en múltiples redes, se muestre favorable a un mundo comercial inmerso en la conectividad y las relaciones de acceso. La nueva conciencia computacional y el nuevo estilo comercial vienen de la mano. Con el tiempo se entretejerán en una espesa red.

Nos envuelven múltiples relaciones, algunas virtuales y otras reales. Nuestros teléfonos móviles, buzones de voz, faxes y correos electrónicos nos mantienen en comunicación instantánea con gente de todo el mundo. Nuestras redes —tanto sociales como económicas— nos implican en relaciones aún más variadas. Los anuncios y correos publicitarios, la radio, la televisión y el ciberespacio nos proporcionan aun más interacción. No queda apenas tiempo, cualquier momento libre se convierte en una oportunidad para establecer otra conexión. Vivimos en un mundo en el que atraer y mantener la atención resulta primordial, en el que no hay relación sin importancia. Una nueva máxíma sustituye al «pienso, luego existo» cartesiano: «Estoy conectado, luego existo». El viejo concepto de autonomía personal da paso a las relaciones múltiples, socavando aún más la idea de que unas fronteras discretas separan lo propio y lo ajeno.

A los jóvenes que han crecido frente a una pantalla, dentro de mundos virtuales, su naturaleza proteica y su conciencia teatral les será útil para afrontar la interpretación de los diferentes papeles que tendrán que representar en el escenario electrónico. Podemos estar seguros, por otra parte, de que los especialistas en marketing, publicistas e intermediarios culturales estarán listos para ofrecernos acceso de pago a todo tipo de novedosas mercancías culturales y experiencias de vida. Explorarán múltiples culturas en busca de fragmentos de experiencias culturales frescas que puedan explotar y mercantilizar. Retrocederán en la historia para encontrar líneas argumentales que les sirvan para crear nuevas experiencias entretenidas y excitantes. Ensalzarán la idea de que la biografía personal es la realidad más importante, creando mundos simulados donde cada cual pueda comprar su historia. hay millones de dramas personales que necesitan guión y representación. Cada uno supone un mercado para toda una vida, de enormes posibilidades comerciales.

Con la desregulación y comercialización de los sistemas mundiales de radio y televisión, por una parte, y de las telecomunicaciones, por otra, los Estados-nación van perdiendo paulatinamente su capacidad de supervisar y controlar las comunicaciones dentro de sus propias fronteras. Los gigantes de la comunicación están erigiendo una red mundial de telecomunicaciones que soslaya a aquellos, cambiando a la vez la propia naturaleza de la vida política.
Los gobiernos tuvieron sentido mientras nuestra actividad se desarrolló en un espacio geográfico. Pero al desespacializarse la vida social y económica, ¿seguirán teniendo la misma importancia? Cuando la implantación de las comunidades ya no es geográfica, sino que se definen, más bien, por los intereses que la gente comparte temporalmente, al interactuar en algún mundo virtual, ¿qué sentido tienen entonces ideas como solidaridad colectiva o lealtad a un país, que durante tanto tiempo se consideraron imprescindibles para mantener un sentimiento de cohesión nacional? Jean-Marie Guébenno, en su libro El fin de la democracia, afirma que «en la era de las redes, la inscripción de los ciudadanos en el cuerpo político pugna con la infinidad de conexiones que establecen fuera de éste. Por tanto, la política, lejos de ser el principio organizador de la vida en sociedad, se presenta como una actividad secundaria, si no como un artificio de escasa utilidad para la resolución de los problemas prácticos del mundo moderno».

Quienes ya carecían de derechos y posesiones se están convirtiendo en los desconectados de la era del acceso. La revista Tune analizaba su difícil situación en un reciente monográfico dedicado al ciberespacio. Sus editorialistas advertían que cl acceso al mundo electrónico será indispensable para desarrollar la propia «capacidad de vivir en una sociedad democrática».

Creer que las redes electrónicas y las relaciones comerciales pueden sustituir a las relaciones y comunidades tradicionales probablemente sea el talón de Aquiles de esta nueva era. Los valores y principios que articulan ambos estilos de vida son completamente distintos, casi irreconciliables. Las relaciones tradicionales se basan en una comunidad de origen, ya sea familiar, étnica, geográfica o espiritual. Su unidad se debe a una concepción común de su destino y sus obligaciones recíprocas. Y se sostienen gracias a una comunidad que tiene por misión mantener y reproducir los significados comunes que constituyen su cultura. Tanto las relaciones como la comunidad se consideran fines en sí mismos.
El carácter de las relaciones comerciales, por su parte, es siempre instrumental. Se sustentan en el acuerdo sobre el precio de intercambio. Son relaciones contractuales, no implican reciprocidad. Mientras éstas se mantengan, se mantendrá también la red de intereses comunes que se funda en ellas.

Para garantizar el acceso a la nueva economía-red mundial es necesario garantizar también el acceso a diversas culturas locales. Si no se refrenan, las fuerzas comerciales devorarán la esfera cultural, transformándola en fragmentos mercantilizados de entretenimiento comercial, experiencias de vida, diversión de pago y relaciones compradas. Perder el acceso a la rica diversidad cultural de miles de años de experiencias vividas sería tan devastador para nuestra supervivencia y desarrollo futuro como la pérdida de lo que queda de nuestra diversidad biológica. Restaurar el equilibrio ecológico entre cultura y comercio es uno de los retos centrales de esta proxma era. Las generaciones futuras tendrán que afrontarlo con la misma pasión y convicción que puso la generación actual en su empeño por equilibrar la economía de la naturaleza y la economía humana.
La era del acceso nos obligará a todos a plantearnos cuestiones fundamentales sobre cómo reestructurar nuestras relaciones fundamentales. Después de todo, el acceso consiste en establecer tipos y niveles de participación. La cuestión, por tanto, no es sólo quién tiene o no tiene acceso: se trata más bien de preguntarnos en qué mundos merece la pena implicarse, a qué tipos de experiencia vale la pena acceder. De la respuesta a estas preguntas dependerá la naturaleza de la sociedad que vamos a construir en el siglo XXI.

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Social relationships, ourselves, are changing due to the influence of new ways of relating and interacting, technology and that involve a change of habits and from this premise sprout the ideas in this interesting book.

The word market appeared for the first time in the English language during the twelfth century and referred to the physical space established in a precise manner for sellers and buyers to exchange goods and livestock. At the end of the 18th century the term had already been detached from any type of physical reference and was used to describe the abstract process of buying and selling things. The part of the world that we know is so huge is linked to the process of selling and buying things in the market that we can not imagine any other way of structuring human affairs. The market is an omnipresent force in our lives. We are all deeply affected by his whims and vagaries. Its bonanza is transformed into our well-being. If the markets are going well, we are in good spirits. If they weaken, we despair. The market is our guide and counselor and sometimes it is the ruin of our existence.
When we get older we enter the dark side of the market with the caveat emptor notice, «buyer, care». We live by the rules of the invisible hand of the market and continuously adjust our lives to the goal of buying cheap and selling expensive. We learn that acquiring and accumulating property is an integral part of our earthly life and that, at least to some extent, what we are is a reflection of what we possess. The same notions about how the world works are largely based on what we come to consider as the primordial desire to exchange goods with others and become members of society that own property.
We accept the market with an unwavering devotion. We praise his kindness and criticize his detractors.
In our time the foundations of modern life are beginning to disintegrate. The institutions that at one point stimulated men to enter into ideological conflicts, revolutions and wars are slowly buried by the awakening of a new constellation of economic realities that are contributing to society’s reconsideration.
In this new era, markets are leaving space for networks and access increasingly replaces property. Businesses and consumers begin to abandon the basic reality of modern economic life: the commercial exchange of property between buyers and sellers. This does not mean that the property disappears in the coming era of access. On the contrary. The property continues to exist but is much less likely to be exchanged in the market. The suppliers in the new economy keep the property and lease it in leasing [rent with purchase option; financial lease], rent or charge an admission fee, subscription or registration fees for short-term use. The exchange of property between buyer and seller, the most important feature of the modern market system, becomes immediate access between servers and customers operating in a network type relationship. Markets remain but have a diminishing role in human affairs.
In the network economy, instead of exchanging property, companies are more likely to access physical and intellectual property.
Wealth no longer resides in physical capital but in the imagination and human creativity. We should point out that intellectual capital is rarely exchanged. On the contrary, the suppliers retain it rigorously and lease it or offer to others the license of use for a limited time.

The age of access is governed by a new set of assumptions for business that are very different from those used to conduct themselves in the market age. In this new world, markets give place to networks, sellers and buyers are replaced by suppliers and users, and practically all products acquire the trait of access.
The age of access is governed by a new set of assumptions for business that are very different from those used to conduct themselves in the market age. In this new world, markets give place to networks, sellers and buyers are replaced by suppliers and users, and practically all products acquire the trait of access.
Because our laws and political institutions are totally imbued with property relations connected to the market, the shift from ownership to access will also produce enormous changes in the way we will govern ourselves during the next century. Even more important than that, in a world in which personal property relations have been seen as an extension of one’s own being and «measure of man,» the reduction of its importance in commerce suggests a major change in the way in which future generations will perceive human nature. Indeed, it is very likely that a world structured around access relationships produces a very different type of human being.

The life of each person becomes, in fact, an advertising market. In business circles the new operative term is the «value of life expectancy» of the client, the theoretical measure of how much a human being is worth if each moment of his life were transformed into a commodity in one form or another in the sphere commercial.

Time Warner, Disney, Sony, Seagram, Microsoft, News Corporation, General Electric, Bertelsrnann A.G. and PolyGram-. These multinational media companies use the new digital revolution that occurs in communications to connect the world and in that process they pull the cultural sphere inexorably to put it in the commercial sphere, where it is commercialized in the form of cultural experiences prepared for its clients , mass commercial shows and personalized entertainment or leisure.
Perhaps by 2050, only a fraction as small as 5% of the adult population will be needed to direct and maintain the traditional industrial sphere. The normal thing in almost all the countries will be that the agricultural exploitations, the factories and offices work almost without manpower. New employment opportunities will be given, for the majority, but in the commercial field of paid cultural work. Increasingly personal life will become an experience for which you pay, millions of people will have employment in the commercial sphere that caters to cultural needs and desires.

The transformation of capitalism from an industrial capitalism to a cultural one is already threatening many of our basic assumptions about what constitutes human society. The old institutions based on property relations, commercial exchanges and material accumulation are displaced little by little, leaving their place to an era in which culture becomes the main commercial resource, time and attention in the most valuable possessions, and in which the very life of each individual becomes the fundamental market.

Restoring a proper balance between the cultural and commercial spheres will probably be one of the most important challenges in the emerging access era. Cultural resources in the hands of trade risk overexploitation and depletion, just as natural resources suffered during the industrial era. One of the first political objectives in the new century, in a global economy-network that relies increasingly on paid access to commodified cultural experiences, is to find a sustainable way to preserve and expand the rich cultural diversity that is source of life of civilization.

The notions of access and networks are beginning to redefine social dynamics in a way as powerful as the ideas of property and market did at the dawn of the modern era. Until very recently, the word access (acccess) was used in the English-speaking world only sporadically and usually restricted to issues related to admission to physical spaces. The eighth edition of the Concise Oxford Dictionary, in 1990, included for the first time the meaning of the term access as a verb, thus indicating a wider use. Access is now one of the most used words in social life. When people hear the word access they are likely to think of openings to a whole new world of possibilities and opportunities. Access has become the general label or symbol for realization and personal advancement, in a way as powerful as the idea of ​​democracy was for previous generations.

The Internet is a network of networks, and its messages can be transmitted through telephone lines, cable and satellites. For a society formed on the notion of property, as James Gleick says, the most difficult fact to admit .., is that (Internet) is not a thing, it is not an entity, it is not an organization; No one is its owner, nobody keeps it operative. Simply and simply are the computers of the whole world connected.

The essential feature of commerce in cyberspace is connectivity. Electronic networks, by their very nature, tear down walls and borders. Unlike the market established in a geographical place typical of the industrial age, which was based on the idea of ​​sovereign buyers and sellers who were related in discrete transactions, each independent of the other, the economy of cyberspace groups companies into large networks of relationships of interdependence in which they share activities and interests.

The physical nature of the economy is reduced. If the industrial age was characterized by the accumulation of capital and physical property, in the new era what is estimable are the intangible forms of power that are presented in information packages and in intellectual assets. The fact is that progress is being made in the dematerialization of physical products that for a long time were the measure of wealth in the industrial world.
In October 1996, Alan Greenspan, president of the US Federal Reserve, pointed out that a very powerful change was taking place in the United States economy and in the global economy, which increased precisely its weightlessness. New and lighter building materials, miniaturization, the replacement of physical contents by information and the expansive role of services, all contribute to a contraction of the physical features of economic production.
In an increasingly weightless global economy, the money used to negotiate mercantile transactions and other financial arrangements also dematerializes in the form of electronic bits capable of traveling at the speed of light in the form of pure information. Today, less than 10% of the total monetary availability remains in the monetary form. If all the bills and coins that are in circulation are added up, the total amount does not reach 400,000 million dollars. In addition, most of them no longer circulate in the United States but in other countries. It is very likely that in about twenty-five years the currency in physical form is considered a rarity, belonging to a bygone era in which economic activity was more physical and more material in nature.

The new era presents itself to us as more immaterial and intellectual. It is a world of platonic forms; of ideas, images and archetypes, concepts and fictions. Unlike the individuals of the industrial age who were concerned with expropriating and giving new forms to matter, the first generation of the access era is much more concerned with manipulating the mind. In the age of access and networks, in which ideas are the main source of commerce, the dreamed objective is to acquire knowledge of everything. What is now the engine of commercial activity in any industry is the possibility of expanding one’s mental presence, being universally connected in order to act and transform human consciousness.

The modern franchise has fundamentally changed the relationships between large and small businesses throughout the country. Until recently, small entrepreneurs had little connection with large companies. Each one operated more or less in its own area, separately and sometimes even overlapping in the same commercial spaces. With the franchise, large companies begin to create small businesses to act as their local subsidiaries. Small entrepreneurs become subcontractors of large companies, linking each other in a network rigidly defined by contractual agreements. The local entrepreneur gives up his autonomy in exchange for gaining access to the economy of scale that normally gives large companies a competitive advantage.

In practice, all imaginable products and services are carried out under a franchise regime.
We are simply at the beginning of the discussion about the new challenges posed by the network of doing business style and how public authorities should face this challenge. To the extent that the global economy continues its metamorphosis from ownership to access, all these issues will inevitably come to the fore in all countries.

When practically everything becomes a service, capitalism is transformed. It ceases to be a system that relies fundamentally on the exchange of goods to become one that is based on access to segments of experience. For example, if we hire an air conditioning service instead of buying an air conditioner, we will pay for the experience of having air conditioning. Therefore, the new capitalism is more temporary than material. Instead of converting goods and things into merchandise and exchanging them in the market, we now try to ensure access to the time and expertise of others and borrow what we need, treating everything as an activity or process that we buy for a limited period of time. Capitalism loses its material origin and becomes a matter of pure temporality.

In the old industrial economy, the work force of each person was considered as a form of property that could be sold in the market. In the new network economy, the sale of access to one’s own ways of life and one’s own daily experience, as reflected in purchasing decisions, becomes equally coveted and an intangible asset that is demanded.

Nowadays, the perspective of marketing gains influence and the commercialized relations with the consumers become the essential business of the businesses; Controlling the customer is now something as important and as urgent as in the days when the perspective of manufacturing dominated what was the control over the workers. If the chronometer and the assembly line provided the technical means to control the workers, today the cybernetic loops and bar codes provide the technical means to proceed to the control of the clients. In the coming century, the organization of consumption will be as important as in the last century was the organization of production. The central idea is to turn the totality of personal experience into something dependent on commercial agents. Although the end user is involved in the process, each time more depends on intermediaries that serve or serve their needs. Controlling the customer means exactly this:
be able to maintain and direct your attention and manage the minimum details of all your life experiences. Commercial agents assume the role of caregivers.

We enter a new era governed by the omnipresence of digital communication and cultural commerce technologies. In fact, the union of both constitutes a new economic paradigm, very powerful. Our lives are increasingly mediated by the new digital channels of human expression. Given that communication is the medium through which human beings find common meanings and share the worlds they are building, the commercialization of digital communication goes hand in hand with the commodification of the multiple relationships that make up the experience lived by individuals. and the community: that is, cultural life.
Cultural life is a series of experiences that people share and, therefore, raises issues of access and inclusion, or one is a member of a community and a culture, and then enjoys access to their shared networks of meaning and experience, or it is excluded. As a shared culture breaks down into fragmented business experiences, access rights are transferred from the common domain to the commercial sphere. The access will no longer be based on intrinsic criteria -traditions, rights of free movement, family and friendship, ethnicity, religion or sex, but on the possibility of paying their market value.

Megacenters and entertainment destinations, such as urbanizations of common interest and tourist spaces, are integrated into a competitive environment where success is measured by the possibility of accessing cultural production and commercialized forms of life experience. These and other issues related to access will likely occupy a large part of the 21st century’s political agenda, as society debates who can access and who will be excluded from the new cultural economy.

The economy of entertainment, the economy of fantasy and play, of intense and pleasurable life experiences, is a pervasive force in the lives of an increasing number of Americans, whose interests are shifting from industrial products and services to cultural production. The purchase of access to pleasant and pleasurable life experiences has become a way of life, especially among the middle classes around the world. The meteoric rise of the entertainment economy proves the existence of a generation in transit from the accumulation of things to the accumulation of experiences, from property relations to access relations. Americans spend hundreds of billions of dollars a year on movies, video rentals, toys, sports equipment, live entertainment, sports competitions, betting, amusement parks, books and magazines, records and other forms of entertainment and entertainment. fun.
Cultural production will be the main ground for global trade in the 21st century. In the age of access, cultural production rises to the top economic position, while information and services descend to the second, industry to the third, and agriculture to the fourth. In these four sectors will continue the metamorphosis of a system based on property relations to another based on access. The four will do most of their business in networks that will spread throughout the world through cyberspace.

The new and increasingly important role of marketing is that of cultural production. Marketing specialists create elaborate fantasies and fictions woven with pieces and bits of contemporary culture, and sell them as life experiences. Marketing produces hyperreality. Their success is determined by their ability to make simulation or falsification more attractive than (and a good substitute for) reality. For example, although some experienced consumers prefer to venture into authentic nature, many millions more choose to travel to the «Wild Kingdom» of Disneyland, where they can enjoy animals in an artificial environment.

Television and cyberspace have become the places where we spend most of our time, where we create a good part of our personal and collective histories. Therefore, the current generation is very much given to comparing the events of the «real world» with something they saw or experienced on television.
The computer encourages the creation of a new relational form of consciousness, just as the printing press provided the idea of ​​autonomy. It is very likely that a generation that is growing with the hypertext, embedded in multiple networks, will be favorable to a commercial world immersed in connectivity and access relationships. The new computational awareness and the new commercial style come hand in hand. Over time they will be interwoven in a thick network.

We are surrounded by multiple relationships, some virtual and others real. Our mobile phones, voicemail, faxes and emails keep us in instant communication with people from all over the world. Our networks -both social and economic- involve us in even more varied relationships. Ads and emails, radio, television and cyberspace provide us with even more interaction. There is hardly any time, any free moment becomes an opportunity to establish another connection. We live in a world in which attracting and maintaining attention is paramount, in which there is no unimportant relationship. A new maxim substitutes the «I think, therefore I exist» Cartesian: «I am connected, therefore I exist». The old concept of personal autonomy gives way to multiple relationships, further undermining the idea that discrete borders separate the self and the alien.

Young people who have grown up in front of a screen, within virtual worlds, their protean nature and their theatrical awareness will be useful to face the interpretation of the different roles that they will have to represent in the electronic scenario. We can be sure, on the other hand, that the marketing specialists, publicists and cultural intermediaries will be ready to offer us payment access to all kinds of innovative cultural commodities and life experiences. They will explore multiple cultures in search of fragments of fresh cultural experiences that they can exploit and commercialize. They will go back in history to find story lines that will help them create new entertaining and exciting experiences. They will extol the idea that personal biography is the most important reality, creating simulated worlds where everyone can buy their story. There are millions of personal dramas that need script and representation. Each one is a market for a lifetime, with enormous commercial possibilities.

With the deregulation and commercialization of the world’s radio and television systems, on the one hand, and telecommunications, on the other, nation-states are gradually losing their ability to monitor and control communications within their own borders. The giants of communication are erecting a global telecommunications network that bypasses those, while changing the very nature of political life.
Governments made sense while our activity took place in a geographical space. But when social and economic life is de-spatialized, will they still have the same importance? When the implantation of the communities is no longer geographic, but is defined, rather, by the interests that people share temporarily, when interacting in a virtual world, what is the meaning of ideas such as collective solidarity or loyalty to a country, that for so long were considered essential to maintain a sense of national cohesion? Jean-Marie Guébenno, in his book The End of Democracy, states that «in the age of networks, the inscription of citizens in the body politic struggles with the infinity of connections that they establish outside of it. Therefore, politics, far from being the organizing principle of life in society, is presented as a secondary activity, if not as an artifice of little use for solving the practical problems of the modern world ».

Those who already lacked rights and possessions are becoming disconnected from the age of access. The magazine Tune analyzed its difficult situation in a recent monograph dedicated to cyberspace. Its editorialists warned that access to the electronic world will be indispensable to develop one’s «ability to live in a democratic society».

Believing that electronic networks and business relationships can replace traditional relationships and communities is probably the Achilles heel of this new era. The values ​​and principles that articulate both styles of life are completely different, almost irreconcilable. Traditional relationships are based on a community of origin, be it family, ethnic, geographic or spiritual. Their unity is due to a common conception of their destiny and their reciprocal obligations. And they are sustained thanks to a community whose mission is to maintain and reproduce the common meanings that constitute its culture. Both relationships and the community are considered ends in themselves.
The character of commercial relations, on the other hand, is always instrumental. They are based on the agreement on the exchange price. They are contractual relationships, they do not imply reciprocity. While these are maintained, the network of common interests that is founded on them will also be maintained.

To guarantee access to the new global network economy, it is also necessary to guarantee access to diverse local cultures. If they are not restrained, commercial forces will devour the cultural sphere, transforming it into commercialized fragments of commercial entertainment, life experiences, fun of payment and purchased relationships. Losing access to the rich cultural diversity of thousands of years of lived experience would be as devastating to our survival and future development as the loss of what is left of our biological diversity. Restoring the ecological balance between culture and commerce is one of the central challenges of this era. Future generations will have to face it with the same passion and conviction that the current generation put in their efforts to balance the economy of nature and the human economy.
The age of access will force all of us to ask fundamental questions about how to restructure our fundamental relationships. After all, access is about establishing types and levels of participation. The question, therefore, is not only who has or does not have access: it is more about asking ourselves in which worlds it is worth to get involved, to what types of experience it is worth to access. The nature of the society we are going to build in the 21st century will depend on the answer to these questions.

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