Repensar la anarquía — Carlos Taibo / Rethink The Anarchy by Carlos Taibo (spanish book edition)

Este libro sigue la corriente de David Graeber y es un complemento perfecto, el libro es digno de ser leído en cuanto a otras alternativas al modelo oficial pero más centrado en España y Latinoamérica.

Salta a la vista que asistimos a un notable reverdecer de las ideas y de las prácticas libertarias. Los movimientos correspondientes, que muchas veces han sido dados por muertos, muestran una sorprendente capacidad de supervivencia que en último término bebe acaso de un hecho insorteable: nos hallamos ante una corriente del pensamiento y de la acción cuya presencia constante puede certificarse desde tiempos inmemoriales. El interés por el anarquismo es cada vez mayor en un momento en el que la palabra crisis resuena por todas partes y, con ella, una conciencia creciente en lo que hace a la corrosión terminal del capitalismo y al colapso general que bien puede ser su compañero.

En cierto sentido nos hallamos ante dos paradojas interrelacionadas. La primera recuerda que mientras, por un lado, el anarquismo encuentra problemas de ubicación innegablemente graves en las sociedades en las que nos ha tocado mal vivir, por el otro se antoja cada vez más necesario para encarar las miserias de esas sociedades. La segunda subraya que la debilidad de las organizaciones identitariamente anarquistas se hace valer al tiempo que se aprecia, sin embargo, el enorme ascendiente, más general, del proyecto libertario.

En ese cuerpo de ideas y experiencias se aprecia con frecuencia un discurso lúcido y reflexivo que obliga a recelar de una visión, muy extendida, que no ve en el anarquismo sino un ente amorfo lastrado por su condición emocional e irracional, impulsiva y novelesca, romántica y propicia al desaliento.

Los elementos principales que moldearían el cuerpo doctrinal del anarquismo. Los mencionaré: el rechazo de todas las formas de autoridad y explotación, y entre ellas las que se articulan alrededor del capital y del Estado, la defensa de sociedades asentadas en la igualdad y la libertad, y la postulación, de resultas, de la libre asociación desde abajo.
Es frecuente, ciertamente, que los anarquistas se hayan definido antes sobre la base de aquello que rechazaban —el Estado, el capitalismo, la desigualdad, la sociedad patriarcal, la guerra, el militarismo, la represión en todos los órdenes, la autoridad— que de resultas de aquello que defendían.
Los anarquistas han mostrado de siempre un manifiesto recelo ante los programas cerrados que tanto gustan a quienes por lo común no han sacado nunca adelante programa alguno o, más aún, han violentado éste desde partidos e instituciones. Tampoco arrastran ninguna pretensión de construir una teoría científica, toda vez que acatar esta última acarrea, en un grado u otro, aceptar también una autoridad que se encarga de gestionarla. En este orden de cosas el anarquismo es más bien, como lo sugiere a menudo en sus textos David Graeber, un impulso inspirador y creativo que procura preservar —agregaré— una actitud abierta ante la diversidad y la diferencia —aun a sabiendas de lo complicado que es imponer la no imposición—, y al respecto recela de las normas de aplicación universal.

Cuando se asevera que necesitamos líderes parece estar identificándose un proceso biológico que, por ello, es natural, racional e insorteable. Semejante necesidad tiene, sin embargo, un carácter ideológico e inducido, y no es sino un producto más de las reglas de un sistema interesado y eficientemente empeñado en reproducirse. El rechazo de los líderes no es, entonces, un capricho: estos últimos retratan cabalmente la condición del modelo que padecemos.

Muchas de las críticas recibidas por el pensamiento libertario no se refieren al sentido general del proyecto que promueve, sino, de manera más precisa, a su viabilidad. Es extremadamente frecuente que se señale, en particular, la condición presuntamente utópica de aquél, alejada de las posibilidades reales que ofrecen —se nos dice— las sociedades humanas.
La primera réplica que ese argumento merece asume la forma de una reivindicación franca de la utopía. Esta —responden los libertarios— no tiene un carácter negativo, cual es el que Marx y Engels atribuyeron, sin ir más lejos, a los socialistas utópicos. Dando un paso más, Peter Marshall sostiene con tino que el anarquismo es utópico en el sentido de que imagina permanentemente un mundo que puede ser, pero es al mismo tiempo muy realista en la medida en que sus cimientos se asientan en tradiciones de ayuda mutua hondamente asentadas.

Las cosas como fueren, lo cierto es que, pese a lo dicho, en el mundo libertario hay una defensa franca de la democracia directa. Esa defensa se asienta en un rechazo de la delegación y la representación, en la postulación de organizaciones sin coacciones ni liderazgos, y en el repudio de cualquier tipo de gobierno. Para ser hacedero, todo lo anterior exige, por lógica, un previo y activo proceso de descentralización, de descomplejización y de reducción del tamaño de las comunidades políticas.
A menudo olvidamos que la democracia directa tiene, en el pensamiento libertario, un correlato inevitable: el que proporciona la acción directa. Graeber ha aseverado al respecto que mientras el marxismo tiende a ser una reflexión teórica o analítica sobre la estrategia revolucionaria, el anarquismo significa, antes bien, una reflexión ética sobre la praxis revolucionaria.
Entenderé por acción directa aquella que protagonizamos nosotros mismos, sin mediaciones ajenas —partidos, burocracias, gobiernos— y encaminada a controlar autogestionadamente la vida propia, de tal manera que retengamos en todo momento y en plenitud la capacidad de decisión al respecto. La propuesta correspondiente reclama autoorganizarse al margen de las instituciones, exige eludir intermediarios e instrucciones que llegan de fuera.
El vínculo entre acción directa y propaganda por el hecho obliga a concluir, de cualquier modo, que la primera no puede quedarse en una mera acción simbólica o estética: debe conducir, antes bien, a cambios palpables, materiales, en la realidad.

El Estado es un enemigo mayor. La percepción correspondiente parte de una certeza: la de que aquél, como tuvo a bien señalarlo una y otra vez Proudhon, no es en modo alguno una instancia natural y neutra que imparte justicia y protege a los débiles. La idea de que el Estado nos protege la han alentado, con singular empeño, en las últimas décadas dos proyectos moribundos: el de la socialdemocracia y el del sindicalismo de pacto. Y no puede sino preocupar que quienes dicen contestar el capitalismo la recojan indemne, sin someterla a discusión alguna.
Porque el Estado no es una institución autónoma que vive al margen del capital.
Tampoco faltan las expresiones del discurso libertario que, obsesionadas —volveré a la carga— con el Estado, dejan en un segundo plano el capitalismo o ninguna atención prestan a fenómenos anteriores a este último, como es el caso de la sociedad patriarcal. No olvidemos que determinadas corrientes del pensamiento libertario, como el anarcoprimitivismo, parecen entender que la causa mayor de males y problemas no es el Estado, sino algo precedente que lo sustentaría: la propia civilización humana que conocemos. Desde esta atalaya, contentarse con una crítica del Estado sería a menudo contestar la epidermis y eludir lo que está en el fondo.

El pensamiento libertario concluye que no hay posibilidad alguna de autonomía y de autogestión dentro del capitalismo, con lo que, por lógica, se impone salir de este último. Hacerlo, en fin, no reclama por necesidad ningún esquema determinista como el planteado por el Marx.
El ciudadanismo postularía un conjunto de derechos que beneficiarían a los ciudadanos en general, de tal suerte que cualquier elemento vinculado con la lucha de clases tendría difícil acomodo en el proyecto correspondiente. Sería en esencia una propuesta articulada por gentes claramente insertas en la lógica del sistema y, como tal, a poco más aspiraría que a gestionar éste de forma civilizada. La segunda descripción, estrechamente ligada con la anterior, considera que el ciudadanismo, contento con cuestionar algunos elementos precisos de la realidad que padecemos, se opondría en esencia a cualquier contestación franca del sistema como un todo.

El anarcosindicalismo —y con él fórmulas más o menos afines— sigue siendo, sean cuales sean sus deficiencias, el principal instrumento de manifestación de la voluntad anticapitalista en el mundo libertario. Ofrece las perspectivas de intervención más ambiciosas y visibles, como lo revela una comparación de sus activos, por superficial que sea, con los que aportan los llamados, y por definición fragmentados, grupos de afinidad. Exhibe una dimensión práctica, de intervención real en la sociedad —y no sólo en el mundo del trabajo—, de la que carecen otras manifestaciones orgánicas del magma libertario.

El pensamiento libertario se muestra receloso del rigor y la utilidad de las teorías preestablecidas y los procesos deterministas. De resultas, no da mayor crédito a la idea de que la realidad de hoy conduce inexorablemente al comunismo libertario o a algo similar. Recalca una y otra vez, eso sí, que la igualdad no puede generarse a través de instrumentos —el Estado, en lugar singular— que rezuman por definición jerarquía y desigualdad. Es impensable que una sociedad libre surja de las decisiones de una burocracia separada presuntamente portadora de conocimientos y virtudes especiales. En el meollo de la mayoría de los proyectos libertarios se aprecia, además, la huella del federalismo proudhoniano, esto es, la defensa de una sociedad articulada federalmente desde abajo, en la que, con la comuna como unidad básica, la descentralización y la autogestión son procedimientos que permiten contrarrestar los efectos de la concentración del poder y de las decisiones que llegan de arriba. Por detrás se barrunta, claro, una defensa cabal de la autonomía plena de los individuos y de las instancias que conforman, de la mano de acuerdos libres y voluntarios.

A menudo colocamos bajo la etiqueta general de republicanos a muchas gentes que, desde la perspectiva de una inapelable revolución social, pelearon por otros horizontes. «La policía republicana es como la monárquica, de la misma manera que la tiranía republicana es igual que la de la monarquía. La policía no ha cambiado; nunca cambiará. Su misión era, es y seguirá siendo la persecución de los trabajadores y de los pobres», rezaba en 1932, con impecable lucidez, un editorial de Solidaridad Obrera.

Los gobiernos de izquierda en América Latina han contribuido —unos más, otros menos— a mejorar la situación de las clases populares, desde una perspectiva libertaria parece inevitable mantener al respecto todas las cautelas. Y entre ellas una principal: la que nace de la certeza de que, con los mimbres desplegados por esos gobiernos, es extremadamente difícil que se asienten en el futuro sociedades marcadas por la igualdad, la autogestión, la desmercantilización y el respeto de los derechos de los integrantes de las generaciones venideras. Nada me gustaría más que equivocarme.

En nuestros días es fácil apreciar una relación fluida entre el feminismo radical y el anarquismo. Muchas feministas libertarias han subrayado que en realidad la mayoría de las feministas radicales son, inconscientemente, anarquistas. «El anarquismo intuitivo de las mujeres, si se agudiza y clarifica, es un increíble salto adelante en la lucha por la liberación humana».

«Guardaos de creer que la Anarquía es un dogma, una doctrina inatacable, indiscutible, venerada por sus adeptos como El Corán lo es por los musulmanes. No: la libertad absoluta que reivindicamos desarrolla nuestras ideas sin cesar, las eleva hacia horizontes nuevos —adaptándose a los cerebros de los diversos individuos— y las expele lejos de los cuadros estrechos de toda reglamentación y de toda codificación. Nosotros no somos “creyentes”»
El radicalismo merece crédito siempre y cuando el ejercicio en cuestión no se convierta en un teatro de apariencias, paradójicamente cómodo para el poder. Y nos sobra el conocimiento de quienes han defendido dogmáticamente la pureza anarquista para después, y al final, marchar a otro lugar. Porque, al cabo, es muy difícil ser muy puro durante mucho tiempo.

Sobran las razones para concluir que la propuesta libertaria tiene hoy más peso y sentido que nunca. A los ojos de cada vez más personas parece hacerse manifiesto que tenemos que contestar todos los poderes, con los protagonizados por el Estado y el capital en lugar prominente. Debemos hacerlo, por añadidura, desde la perspectiva de organizaciones en las que, sin líderes, primen la autogestión y la acción directa, colocando al tiempo en primer plano los derechos de las mujeres, los de los integrantes de las generaciones venideras y los de los castigados habitantes de los países del sur. A la lógica del beneficio privado y de la acumulación debemos contraponer la de la solidaridad, el apoyo mutuo y la autocontención, en un escenario marcado por una doble conciencia: la de las limitaciones que arrastramos, por un lado, y la de que formamos parte del sistema que queremos echar abajo, por el otro. Termino con una cita, de Emma Goldman, con la que rematé la antología de pensadores libertarios que publiqué en 2010. Dice así: “Considero que el anarquismo es la más hermosa y práctica filosofía nunca concebida, tanto en su aplicación a la expresión individual como en la relación que establece entre el individuo y la sociedad. Además, estoy tan segura de que el anarquismo es tan vital y se halla tan cerca de la naturaleza humana que nunca morirá…”

This book follows the current David Graeber and is a perfect complement, the book is worth reading about other alternatives to the official model but more focused on Spain and Latin America.

It is obvious that we are witnessing a remarkable revival of ideas and libertarian practices. The corresponding movements, which many times have been given for dead, show an amazing capacity for survival that ultimately drinks from an insurmountable fact: we are faced with a current of thought and action whose constant presence can be certified from time immemorial. The interest in anarchism is growing at a time when the word crisis resounds everywhere and, with it, a growing awareness of the terminal corrosion of capitalism and the general collapse that may well be its companion. .

In a certain sense, we are faced with two interrelated paradoxes. The first recalls that while, on the one hand, anarchism finds undeniably serious location problems in the societies in which we have had a hard time living, on the other it seems increasingly necessary to face the miseries of those societies. The second emphasizes that the weakness of identitarily anarchist organizations is asserted while, at the same time, the enormous, more general ascendancy of the libertarian project is appreciated.

In that body of ideas and experiences, a lucid and reflective discourse is frequently seen, which forces one to be suspicious of a vision, very widespread, that does not see anarchism but an amorphous entity burdened by its emotional and irrational, impulsive and romantic, romantic and encourages discouragement.

The main elements that would shape the doctrinal body of anarchism. I will mention them: the rejection of all forms of authority and exploitation, and among them those that are articulated around capital and the State, the defense of societies based on equality and freedom, and the postulation, as a result, of the free association from below.
It is frequent, certainly, that the anarchists have been defined before on the basis of what they rejected – the state, capitalism, inequality, patriarchal society, war, militarism, repression in all orders, authority – that as a result of what they defended.
The anarchists have always shown a clear mistrust of the closed programs that so much like those who usually have never taken any program forward or, even worse, have violated it from parties and institutions. Nor do they carry any pretension to build a scientific theory, since to comply with the latter leads, in one degree or another, also accept an authority that is responsible for managing it. In this order of things, anarchism is rather, as David Graeber often suggests, an inspiring and creative impulse that seeks to preserve – I will add – an open attitude towards diversity and difference – even knowing how complicated it is it is to impose non-imposition, and in this respect it is suspicious of the norms of universal application.

When it is asserted that we need leaders, a biological process seems to be identifying, which is therefore natural, rational and unbearable. However, such a need has an ideological and induced nature, and is only a product of the rules of an interested system that is efficiently committed to reproducing itself. The rejection of the leaders is not, then, a whim: the latter portray fully the condition of the model that we suffer.

Many of the criticisms received by libertarian thinking do not refer to the general meaning of the project it promotes, but, more precisely, to its viability. It is extremely frequent to point out, in particular, the allegedly utopian condition of the former, far from the real possibilities offered, we are told, by human societies.
The first reply that this argument deserves takes the form of a frank claim to utopia. This – the libertarians reply – does not have a negative character, which is what Marx and Engels attributed, without going any further, to the utopian socialists. Going a step further, Peter Marshall wisely maintains that anarchism is utopian in the sense that it permanently imagines a world that can be, but is at the same time very realistic insofar as its foundations are based on traditions of mutual help settled.

Things as they were, the certain thing is that, in spite of what has been said, in the libertarian world there is a frank defense of direct democracy. That defense is based on a rejection of the delegation and representation, in the nomination of organizations without coercion or leadership, and in the repudiation of any type of government. To be done, all of the above requires, logically, a prior and active process of decentralization, decomplexization and reduction of the size of political communities.
We often forget that direct democracy has, in libertarian thought, an inevitable correlate: that which provides direct action. Graeber has asserted in this regard that while Marxism tends to be a theoretical or analytical reflection on revolutionary strategy, anarchism means, rather, an ethical reflection on revolutionary praxis.
I will understand by direct action that which we carry out ourselves, without outside mediations – parties, bureaucracies, governments – and aimed at self-managed control of one’s own life, in such a way that we retain at all times and in full the capacity of decision in this regard. The corresponding proposal claims self-organization outside the institutions, demands to evade intermediaries and instructions that come from outside.
The link between direct action and propaganda for the fact requires concluding, in any way, that the first can not remain in a mere symbolic or aesthetic action: it must lead, rather, to palpable, material changes in reality.

The State is a greater enemy. The corresponding perception comes from a certainty: the one that, as Proudhon saw fit to point it out again and again, is not in any way a natural and neutral instance that imparts justice and protects the weak. The idea that the State protects us has been encouraged, with singular effort, in the last decades two dying projects: that of social democracy and that of pact trade unionism. And he can not help but worry that those who claim to answer capitalism will pick it up unscathed, without subjecting it to any discussion.
Because the State is not an autonomous institution that lives outside capital.
Nor are the expressions of libertarian discourse that, obsessed -I will return to the burden- with the State, leave capitalism in the background or pay no attention to phenomena prior to the latter, as is the case of patriarchal society. Let us not forget that certain currents of libertarian thought, such as anarchoprimitivism, seem to understand that the greatest cause of evils and problems is not the State, but something precedent that would sustain it: the human civilization itself that we know. From this watchtower, contenting with a critique of the state would often be to answer the epidermis and elude what is in the background.

The libertarian thought concludes that there is no possibility of autonomy and self-management within capitalism, with which, logically, it is necessary to leave the latter. To do so, in short, does not claim by necessity any deterministic scheme such as the one posed by Marx.
Citizenship would postulate a set of rights that would benefit citizens in general, in such a way that any element linked to the class struggle would have a difficult accommodation in the corresponding project. It would be in essence a proposal articulated by people clearly inserted in the logic of the system and, as such, a little more would aspire to manage it in a civilized way. The second description, closely linked to the previous one, considers that citizenship, happy to question some precise elements of the reality that we suffer, would be opposed in essence to any frank contestation of the system as a whole.

Anarcho-syndicalism -and with it more or less related formulas- remains, whatever its deficiencies, the main instrument of manifestation of the anti-capitalist will in the libertarian world. It offers the most ambitious and visible perspectives of intervention, as revealed by a comparison of its assets, however superficial, with those who bring the calls, and by definition fragmented, affinity groups. It exhibits a practical dimension, of real intervention in society -and not only in the world of work-, which other organic manifestations of the libertarian magma lack.

Libertarian thought is suspicious of the rigor and usefulness of pre-established theories and deterministic processes. As a result, it does not give more credence to the idea that today’s reality inexorably leads to libertarian communism or something similar. It emphasizes again and again, that yes, that the equality can not be generated through instruments – the State, in singular place – that ooze by definition hierarchy and inequality. It is unthinkable that a free society emerges from the decisions of a separate bureaucracy presumably carrying special knowledge and virtues. At the heart of most libertarian projects is the imprint of Proudhonist federalism, that is, the defense of a federally articulated society from below, in which, with the commune as a basic unit, decentralization and self-management they are procedures that counteract the effects of the concentration of power and the decisions that come from above. Behind, of course, a full defense of the full autonomy of the individuals and of the instances that make up, of the hand of free and voluntary agreements.

Often we put under the general label of republicans many people who, from the perspective of an unappealable social revolution, fought for other horizons. “The republican police is like the monarchy, in the same way that the republican tyranny is the same as that of the monarchy. The police have not changed; never change. Its mission was, is and will continue to be the persecution of the workers and the poor, “in 1932, with an impeccable lucidity, an editorial of Solidaridad Obrera was praying.

The leftist governments in Latin America have contributed – some more, others less – to improve the situation of the popular classes, from a libertarian perspective it seems inevitable to keep all precautions in this regard. And among them a main one: the one born of the certainty that, with the wickers deployed by these governments, it is extremely difficult to settle in the future societies marked by equality, self-management, de-commodification and respect for the rights of the members of future generations. Nothing I would like more than to be wrong.

In our days it is easy to appreciate a fluid relationship between radical feminism and anarchism. Many libertarian feminists have stressed that in reality most radical feminists are, unconsciously, anarchists. “The intuitive anarchism of women, if sharpened and clarified, is an incredible leap forward in the struggle for human liberation.”

“Beware of believing that Anarchy is a dogma, an unassailable, indisputable doctrine, venerated by its followers as the Koran is by Muslims. No: the absolute freedom that we claim develops our ideas incessantly, elevates them to new horizons – adapting to the brains of different individuals – and expels them away from the narrow frames of all regulation and all codification. We are not “believers” »
Radicalism deserves credit as long as the exercise in question does not become a theater of appearances, paradoxically comfortable for power. And we have the knowledge of those who have defended dogmatically the anarchist purity for later, and in the end, go to another place. Because, after all, it is very difficult to be very pure for a long time.

There are many reasons to conclude that the libertarian proposal has more weight and meaning than ever before. In the eyes of more and more people it seems to become clear that we have to answer all the powers, with those carried out by the State and the capital in a prominent place. We must do it, in addition, from the perspective of organizations in which, without leaders, self-management and direct action prevail, placing at the forefront the rights of women, those of the members of future generations and those of the punished inhabitants of the southern countries. To the logic of private benefit and accumulation we must contrast that of solidarity, mutual support and self-containment, in a scenario marked by a double conscience: that of the limitations that we drag, on the one hand, and that we are part of of the system that we want to take down, on the other. I finish with an appointment, by Emma Goldman, with which I finished the anthology of libertarian thinkers that I published in 2010. It says: “I consider that anarchism is the most beautiful and practical philosophy ever conceived, both in its application to individual expression and In the relationship that he establishes between the individual and society, I am also so sure that anarchism is so vital and so close to human nature that it will never die … “

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