En defensa del decrecimiento -sobre el capitalismo crisis y barbarie- — Carlos Taibo.

Este es otro libro interesante pero puedo decir que no comparto ciertos postulados como el del ” cambio climático” que es eso sí un negocio, eso sí merece ser la pena leído más allá de catastrofismos predicados.

La crisis que afecta al capitalismo global y a sus dimensiones de explotación y depredación está teniendo, bien que no siempre con perfiles cristalinos, un efecto saludable: el de permitir que una parte de la población empiece a hacerse preguntas directas y crudas en lo que respecta a las limitaciones —al sinsentido, por decirlo mejor— de las respuestas oficiales, neoliberales como keynesianas, a esa crisis. No sólo eso: pese a la censura a la que se han entregado los medios de incomunicación del sistema, cada vez es más evidente que esa crisis que hemos dado en calificar de financiera es la menos importante de cuantas tenemos entre manos, arrinconada como se nos presenta —antes o después se hará claro— por los efectos delicadísimos del cambio climático y del encarecimiento, insorteable, de las materias primas energéticas que hoy utilizamos.

No nos queda más remedio que acometer, sin embargo, un ejercicio de realismo anticipatorio que, desde el pesimismo de la inteligencia, intente aportar siquiera sea una miga de optimismo de la razón. Y debemos hacerlo, por añadidura, en la certeza de que los primeros responsables de lo que ocurre somos nosotros mismos: difícilmente podremos reclamar cambios radicales si nos mostramos incapaces de introducirlos en nuestra vida cotidiana. En las palabras de Gandhi, «encarna tú mismo el cambio que te gustaría ver en el mundo».

La crisis ha puesto de manifiesto miserias, la mayoría de esas miserias hunde sus raíces en dos fenómenos decisivos: si el primero es la primacía rotunda de la especulación en las relaciones económicas contemporáneas, el segundo lo aporta una general desregulación que se ha orientado a propiciar la desaparición de toda norma que establezca alguna restricción en el funcionamiento de los capitales. A lo anterior se han sumado otros procesos muy delicados, y entre ellos una espectacular aceleración en las fusiones de esos capitales, una ambiciosa deslocalización que, a través del traslado de empresas enteras a otros escenarios, busca las más de las veces la explotación de una mano de obra barata y, en fin, un notable crecimiento en las capacidades de las redes del crimen organizado.
La globalización ha aspirado con descaro a gestar una especie de paraíso fiscal de escala planetaria, de tal suerte que los capitales, y sólo los capitales, puedan moverse a su antojo, sin ninguna restricción, arrinconando a los poderes políticos tradicionales y desentendiéndose por completo de cualquier consideración de cariz humano, social o medioambiental. Con semejantes mimbres era inevitable que condujese a un escenario de crisis indeleblemente marcado por un caos general y que anulase el despliegue de la innegable capacidad de adaptación a los retos más dispares que el capitalismo demostró en el pasado; la pérdida, en otras palabras, de los mecanismos de freno bien puede haber dado al traste con el propio capitalismo.

La primacía de la dimensión especulativo-financiera en la globalización en curso —en los últimos años las operaciones de naturaleza estrictamente especulativa han movido sesenta veces más recursos que aquellas que implicaban la compraventa efectiva, material, de bienes y servicios— no debe alimentar la ilusión óptica de que las secuelas medioambientales han resultado ser menores. Aunque el capitalismo industrial ha perdido peso relativo, su presencia absoluta no ha dejado de acrecentarse.

«La mayoría de los detractores de la globalización comparte con los partidarios de ésta la idea de que el mundo occidental es portador de valores universales: el progreso, la razón, la ciencia, la democracia, los derechos del hombre. Lo que importa» —se nos suele decir— «es que de todo ello se beneficie el conjunto de la humanidad». Frente a ese ejercicio de etnocentrismo hay que recordar, con el mentado Latouche, que romper con la occidentalización implica abandonar el camino del desarrollo, incluido el sostenible, dejar de lado el imaginario económico y economicista, y salir, por ende, del universalismo occidental

Nos adentra en el negocio del cambio climático, los combustibles, el crecimiento de la demanda energética ha sido imparable en los últimos decenios, como lo ilustra el hecho de que aquélla se incrementase un 48 por ciento entre 1970 y 2000. Si nada lo evita —por ejemplo, la crisis en la que nos hemos adentrado—, según la Agencia Internacional de la Energía el crecimiento será de un 52 por ciento entre 2000 y 2030. No hay, por lo demás, y en los hechos, ningún sustituto creíble del petróleo. Los agrocarburantes no parecen ser, en particular, una alternativa solvente frente a los derivados del petróleo, y ello no sólo porque sus balances energéticos son negativos o escasamente positivos[59]: más importante es el efecto que ejercen en materia social, en la forma de desestructuración de muchas sociedades y en la de encarecimiento de los precios de los alimentos. Entre los analistas del sistema, parece ser que la única respuesta a los problemas energéticos es la que pasa por descubrir nuevas fuentes de energía, nunca por reducir en serio el consumo de ésta.

El petróleo es vital para asegurar el funcionamiento de formidables maquinarias militares. Los tres últimos decenios del siglo XX se vieron marcados, en lo que al petróleo atañe, por dos procesos de interés. Si, por un lado, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) desarrolló una incipiente resistencia frente a las imposiciones ejercidas desde el Norte y pasó a determinar en buena medida los precios internacionales del crudo, por el otro las políticas de racionalización del consumo energético asumidas por muchos países occidentales no parece que diesen demasiados resultados; no alteraron, en cualquier caso, una situación caracterizada por una permanente preocupación en lo que respecta a la obtención de garantías de suministro.

La energía atómica no es siquiera una buena solución de transición. La experiencia sugiere que las que se plantearon como tales en el pasado no sólo se asentaron en el tiempo y, por tanto, dejaron de ser transitorias: trabaron en los hechos el despliegue de energías alternativas llamadas a permitir la satisfacción de las necesidades con fuentes renovables. Lo que al cabo hace la industria nuclear es rechazar cualquier horizonte de transformación real de nuestras sociedades: sólo importa el negocio que se deriva de la preservación del capitalismo realmente existente.

El problema superpoblación, no hay planes que garanticen que se puede hacer frente, en términos de alimentación, agua, sanidad y educación, al incremento que en términos absolutos está llamada a experimentar la población, en particular en los países más pobres. Y ello seguirá siendo así aun en el caso de que la fertilidad disminuya notablemente, toda vez que continuará verificándose un crecimiento inercial vinculado con la composición de edad de la población.

«El dominio del tiempo es una forma básica de poder —quizá, incluso, la forma básica de poder—. Poder sobre otros (compraventa del tiempo de trabajo); pero también poder sobre uno mismo (autodominio para gobernar mi tiempo vital de acuerdo con mis propios deseos e intereses, en una época en que la industria de producción de contenidos de consciencia se gloría de mantener a la gente pegada a las pantallas tantas horas al día».”

Interesante como se utiliza la connotación de desarrollo, la mejor demostración de las miserias que acompañan al desarrollo es la letanía que obliga a vincular éste con los adjetivos sostenible y duradero. La inanidad de tales adjetivos se revela a través del hecho de que hay quien ha hablado, con un punto de ironía, de la necesidad de postular una «sostenibilidad sostenible». En realidad ocurre algo parecido con el término desarrollo local, que no acierta a esconder cómo gracias a él, y en muchos casos, lo local ha pasado a responder obscenamente a los intereses de los poderes económicos y financieros. Como señala Latouche, lo de desarrollo insostenible tenía al menos la virtud de recordar que el proceso debía terminar, por lógica, en algún momento, algo que no puede decirse, en cambio, de lo de desarrollo sostenible.

Los países pobres deben acometer un puñado de tareas: romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte, reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la identidad propia, reapropiarse de ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica y restaurar, en fin, el honor perdido[317]. La contestación del crecimiento y el desarrollo no pueden acarrear, en cualquier caso, una nueva colonización occidental.

Los sistemas que padecemos —los que son ya una realidad— configuran una formidable maquinaria de producción de indiferencia moral y, de forma más general, de deslegitimación de los preceptos morales. A esos sistemas no es ajeno tampoco un procedimiento que invita a aprovechar la desgracia ajena para mejorar la posición propia, como ocurrió con muchos de quienes en principio eran testigos, sin más, de lo que ocurría con los judíos en la Alemania nazi.
La noción de espacio vital remite a un concepto común en la cultura europea propia de la era del imperialismo. La expresión alemana Lebensraum, acuñada en 1901 por el geógrafo Friedrich Ratzel, formaba parte del arsenal teórico del nacionalismo germano desde antes de la irrupción del nazismo y bebía de una combinación de darwinismo social y geopolítica imperialista asentada en la creencia de que el mundo extraeuropeo era un espacio colonizable por los grupos biológicamente superiores.

Limitémonos en este caso a señalar que algunas de las contingencias geográficas que identifica el informe del Pentágono antes glosado pueden conducir al despliegue de medidas que, en su deseo de preservar grandes espacios geográficos para los intereses de las minorías directoras en los países del Norte, provoquen un franco renacimiento de políticas de espacio vital. Como veremos más adelante, y por rescatar un ejemplo, una dimensión relevante de la estrategia que abraza el Estado de Israel hunde sus raíces en esas políticas.

No faltan los expertos que concluyen que, en ausencia de respuestas conscientes y contundentes, sólo un desastre económico de perfiles planetarios podría retrasar, en virtud de un proceso mecánico, la manifestación de la crisis ecológica global.

En términos generales, parece que puede afirmarse que la búsqueda de una mayor eficiencia energética no es, por sí sola, suficiente: la eficiencia rebaja los costos, con lo que al cabo estimula la inversión y el consumo de recursos, de tal suerte que, «con cada segunda ganancia, parte de la primera se pierde». Así los hechos, parece justificada la afirmación de Vaclav Smil: «Cualesquiera que las ganancias del futuro puedan ser, la evidencia histórica es clara: la mayor eficiencia en el empleo de la energía conduce a un uso mayor, y no a un uso menor, de ésta».

José Luis Sampedro solía señalar —como siempre con tino— que cuando las sociedades son muy complejas es preciso buscar mecanismos que permitan resolver sus muchos problemas. Uno de esos mecanismos, forjado en el mundo occidental en los últimos siglos y profundamente injusto —agrega—, es, naturalmente, el mercado. A la luz de algunos argumentos que expresamos en el capítulo segundo, tenemos derecho a preguntarnos, sin embargo, si es saludable aceptar, como inevitable, la configuración y el asentamiento de esas sociedades complejas o si, por el contrario, hay razones poderosas para rechazarlas y, de resultas, buscar otros horizontes.

Una hambruna global que es ya una realidad, la miseria vinculada con el automóvil, el consumo doméstico de energía, la vivienda y sus avatares, y, en suma, unas comunicaciones ferroviarias que —como veremos— tienen su miga.
Una más de las víctimas de la crisis del momento es la hambruna global que se anuncia desde tiempo atrás y que se antoja ya una realidad.

Como se está viendo en estos momentos, más allá del affaire “Volkswagen”, hay motivos sobrados para recelar de que esos nuevos automóviles sean realmente menos contaminantes. Quienes saben de estas cosas dicen que contaminan menos por el tubo de escape pero mucho más a través del aire acondicionado o de la calefacción que llevan. Al margen de esto, la fabricación de esos coches es ecológicamente más dañina que la de los viejos. Hay que preguntarse, de cualquier modo, cuándo nuestros gobernantes exhortarán a sus conciudadanos a dejar de comprar automóviles, que es literalmente lo que tienen que hacer. O, lo que es lo mismo, cuándo tendrán el coraje de enfrentarse de una vez por todas a los intereses de la industria automovilística.

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