Somos el 99 % – una historia una crisis un movimiento – — David Graeber / The Democracy Project: A History, a Crisis, a Movement by David Graeber

Aunque versa en movimientos como Wall Street Occupy está contextualización puede darse en otras zonas geográficas. Un libro interesante sobre los mecanismos sociales y crear concienciación.

El poder nunca cede nada de forma voluntaria. Nuestras libertades, en la medida en que las tenemos, no nos las garantizaron unos padres fundadores grandiosos y sabios. Las tenemos porque gente como nosotros insistieron en el ejercicio de esas libertades, haciendo exactamente lo que nosotros estamos haciendo aquí, antes de que nadie estuviese dispuesto a reconocerles dichas libertades.
En ningún punto de la Declaración de Independencia ni de la Constitución se dice nada de que Estados Unidos sea una democracia. Y eso tiene un motivo. Hombres como George Washington se oponían abiertamente a la democracia.

Lo que se viene denominando Gran Recesión no ha hecho más que acelerar una transformación profunda en el sistema de clases estadounidense que ya llevaba décadas produciéndose. En los últimos tiempos, se ha debatido mucho sobre la erosión de la clase media estadounidense, aunque por lo general se obvia el hecho de que la «clase media» de este país nunca ha sido principalmente una categoría económica. Siempre ha estado relacionada con esa sensación de estabilidad y de seguridad ligada a la capacidad de asumir sencillamente que —se piense lo que se piense de los políticos— las instituciones que te rodean en el día a día, como la policía, el sistema educativo, los centros de salud e incluso los proveedores de crédito, están de tu parte. Por tanto, resulta difícil imaginar cómo alguien, tras sufrir la ejecución hipotecaria de su hogar familiar a manos de un «robot firmante»[3] ilegal, podría sentirse clase media, razonamiento aplicable independientemente de su horquilla de ingresos o nivel educativo.
La creciente sensación entre los estadounidenses de que las estructuras institucionales que les rodean no están en realidad ahí para ayudarles —e incluso que son fuerzas adversas en la sombra— es consecuencia directa de la financiarización del capitalismo. Quizá esta afirmación parezca extraña, porque estamos acostumbrados a pensar en las finanzas como algo muy alejado de nuestras preocupaciones cotidianas. La mayoría de la gente es consciente de que gran parte de los beneficios de Wall Street ya no se obtiene de los frutos de la industria ni del comercio, sino de la pura especulación…

Lo denominamos «capitalismo de mafias», que hacían inviable imaginar que el Gobierno estadounidense tuviera algo que ver con la voluntad del pueblo, ni siquiera con el consenso popular. En momentos como estos, cualquier despertar del impulso democrático no puede ser más que un deseo revolucionario.

Los fundadores del colectivo egipcio(movimiento 6 de abril) no solo se intercambiaron correspondencia con los veteranos de Otpor!, sino que muchos además habían volado a Belgrado en los inicios de la organización para asistir a seminarios sobre técnicas de resistencia no violenta.
A los activistas nos es imposible saber con certeza qué piensa la otra parte. Ni siquiera llegamos a saber exactamente quién es la otra parte: quién nos vigila, quién (si es que alguien lo hace) coordina las actividades de seguridad internacional contra nosotros. Pero uno no puede evitar especular.
El hecho de que las tácticas de acción directa democrática se hagan incontrolables una vez sueltas por el mundo es sintomático de su poder.

El problema era sacar esas ideas del gueto del activismo y llevarlas ante el gran público, ante personas que no estaban aún implicadas en ningún tipo de campaña política de base. Los medios de comunicación no servían de ayuda ninguna.

El 1% ostentaba la aplastante mayoría de los valores y otros instrumentos financieros y, además, hacía la mayor parte de las contribuciones a las campañas. En otras palabras, exactamente ese porcentaje de la población era el que podía convertir su riqueza en poder político y usar ese poder político para acumular aún más riqueza. También me llamó la atención que, dado que ese 1% era efectivamente lo que nosotros llamábamos «Wall Street», ahí teníamos la solución perfecta para nuestro problema: ¿Quiénes eran las voces excluidas y apartadas del sistema político y por qué las estábamos convocando?

Por primera vez en la memoria viva de la mayoría de nosotros, había surgido un movimiento auténtico de base por la justicia económica en Estados Unidos. Y, lo que es más, el sueño del contaminacionismo, del contagio democrático, estaba sorprendentemente empezando a funcionar. ¿Por qué?
Se ha debatido mucho sobre por qué los medios de comunicación nacionales trataron a Occupy de un modo tan distinto al usado con movimientos de protesta del pasado (en realidad, casi cualquiera desde la década de 1960). Los medios de comunicación sociales despertaron mucho interés, o quizá se viera necesario compensar la excesiva atención prestada durante años anteriores a grupos relativamente pequeños de simpatizantes del Tea Party. Sin duda, esos dos factores influyeron, pero de nuevo, el retrato inicial hecho por los medios de las protestas de Occupy fue tan alegremente despectivo como la imagen de lo que llamaron «Movimiento Antiglobalización» en 1999: una serie de muchachos confusos sin una idea clara de por qué estaban luchando. The New York Times, el periódico que se autoproclama como fuente de documentación histórica, no escribió absolutamente nada sobre la ocupación durante los primeros cinco días.
Los medios sociales tuvieron gran importancia.

El estallido de la «Revolución de Wall Street» en pleno corazón del imperio financiero mundial demuestra que el 99% de la población de todo el mundo sigue estando explotado y oprimido, independientemente de que pertenezcan a países desarrollados o en vías de desarrollo. En todo el mundo, hay personas a quienes les están desvalijando sus posesiones y arrebatando sus derechos. La polarización económica es ahora una amenaza común a todos nosotros. El conflicto entre el dominio popular y el de las élites se encuentra también en todos los países. Sin embargo, ahora la revolución democrática popular se topa con la represión no solo de la clase dominante, sino también de la élite mundial conformada a través de la globalización.

Históricamente, no es que las dificultades de los universitarios endeudados hayan sido el tipo de problema que podía apelar directamente a los corazones de, por ejemplo, los miembros del sindicato de trabajadores del transporte de Nueva York. Sin embargo, en aquel momento sí lo fueron: los líderes de dicho sindicato estuvieron entre los primeros y más entusiastas avalistas de la ocupación, con un ávido apoyo entre sus filas, pero además terminaron demandando al Departamento de Policía de Nueva York por requisar sus autobuses para realizar el arresto masivo de los activistas de OWS que bloquearon el puente de Brooklyn.

No obstante, creo que hay otro elemento, aún más crucial: la naturaleza cambiante del propio capitalismo.
Durante los últimos años se ha hablado mucho sobre la financiarización del capitalismo o, en algunas versiones, la financiarización de la vida diaria. En Estados Unidos y en buena parte de Europa, este fenómeno ha ido acompañado por la desindustrialización; la economía estadounidense ya no está dirigida por las exportaciones, sino por el consumo de productos en su mayoría manufacturados en el extranjero, pagados mediante varias formas de manipulación financiera. Normalmente, se habla de esto en términos de la dominación en la economía del llamado sector FIRE (finanzas, seguros y negocio inmobiliario).
La razón de que la industria del automóvil colapsara durante el desplome financiero de 2008 fue que empresas como Ford o General Motors llevaban para entonces años obteniendo casi todos sus beneficios no de la fabricación de automóviles, sino de su financiación. Incluso General Electrics recibía casi la mitad de sus beneficios de su sección financiera.

Medio siglo después, vivimos sin duda en un universo económico distinto. Las ganancias procedentes de la industria se han agotado. Los sueldos y los beneficios se han estancado o reducido y las infraestructuras están en ruinas.
No es que el 99% no esté pensando en la dignidad laboral. Todo lo contrario. Está ampliando nuestra concepción del trabajo significativo de forma que abarque todo aquello que hacemos y que no es para nosotros.

Tanto en asuntos cívicos como en los económicos, existía una generación de jóvenes con todos los motivos para sentir que habían hecho exactamente lo que se suponía que tenían que hacer según las normas y eso había sido peor que nada. Lo que Obama les robó fue precisamente lo que, como sabe todo el mundo, había prometido: la esperanza, la esperanza de ver realizado alguna vez en la vida un cambio significativo por medios institucionales. Si querían ver abordados sus problemas reales, si querían ver algún tipo de transformación democrática en Estados Unidos, iba a tener que ser por otros medios.

Una de las principales razones por las que OWS funcionó fue su radicalismo. De hecho, una de las cosas más destacables al respecto es que no era solo un movimiento popular, ni siquiera solo un movimiento radical, sino un movimiento revolucionario. Lo iniciaron anarquistas y socialistas revolucionarios y, en las primeras reuniones, cuando se trataban sus temas y principios básicos por primera vez, los socialistas revolucionarios eran de hecho la facción más conservadora. Los aliados de la corriente dominante minimizan la importancia de dichos orígenes; los comentaristas de derechas suelen argüir que si los estadounidenses de a pie entendieran «al menos» quiénes fueron los iniciadores de OWS, se dispersarían asqueados. De hecho, todo indica que los estadounidenses están más receptivos a acoger soluciones radicales —a cada lado del espectro político— de lo que están dispuestos a admitir los agentes mediáticos y oficiales con influencia en la creación de opción, pero además que son precisamente los aspectos más revolucionarios de OWS (su rechazo a reconocer la legitimidad de las instituciones políticas existentes, su disposición a desafiar las premisas básicas de nuestro sistema económico) los que están en el núcleo de sus apelaciones.

Entramos en un territorio que, efectivamente, es tabú para debatirse en público. La forma más fácil de ilustrarlo quizá sea señalando los siguientes hechos:
Estados Unidos gasta más en su ejército que todos los demás países de la Tierra juntos. Mantiene al menos dos millones y medio de tropas en 737 bases militares en el extranjero, desde Paraguay hasta Tayikistán, y, al contrario que el resto de potencias militares de la historia, conserva el poder de dirigir una fuerza letal en cualquier parte del planeta.
El dólar estadounidense es la moneda del comercio mundial y, desde la década de 1970, ha sustituido al oro como la moneda de reserva del sistema bancario global.
También desde esa década, Estados Unidos ha pasado a funcionar con un déficit comercial cada vez mayor por el que el valor de los productos que llegan al país desde el extranjero supera con creces el valor de lo que Estados Unidos envía fuera.
Por sí solos, es difícil imaginar que no haya ninguna relación entre estos hechos.

En gran parte del mundo, la gente considera Estados Unidos la cuna de una cierta filosofía de vida política, que implica, entre otras cosas, que somos básicamente seres económicos: que la democracia es el mercado mismo, y la libertad, el derecho de participar en el mercado, y que la creación de un mundo cada vez mayor de abundancia consumista es la única medida de éxito nacional. En la mayoría de partes del mundo esto ha llegado a conocerse como «neoliberalismo», y se ve como una filosofía entre tantas, cuyas virtudes son asunto de debate público. En Estados Unidos, nunca usamos esa palabra y solo podemos hablar de dichas cuestiones con términos propagandísticos: «libertad», «el libre mercado», «libre comercio», «empresas libres», «el modo de vida estadounidense». Es posible burlarse de esas ideas (de hecho, los estadounidenses lo hacen a menudo), pero desafiar los cimientos subyacentes requiere un replanteamiento radical de lo que significa ser estadounidense. Por fuerza, se trata de un proyecto revolucionario, además de extremadamente complicado. Las élites financiera y política que rigen el país se lo han jugado todo a la carta ideológica; han dedicado mucho más tiempo y energía a crear un mundo donde sea casi más más imposible cuestionar la idea del capitalismo que a crear una forma de capitalismo realmente viable.

El principio subyacente a la compra de influencias es que el dinero es poder y el poder es, en esencia, todo. Se trata de una idea que ha terminado impregnando todos los aspectos de nuestra cultura. El soborno se ha convertido, tal y como lo expondría un filósofo, en un principio ontológico: define nuestro sentido más básico de la realidad. Desafiarlo es, por tanto, desafiar todo.
Uso aquí la palabra «soborno» de un modo bastante consciente. De nuevo, el lenguaje que utilizamos resulta de lo más importante. Como nos recordó hace mucho George Orwell, uno sabe que está ante un sistema político corrupto cuando quienes lo defienden no pueden llamar a las cosas por su nombre. Según esa lógica, Estados Unidos, en la actualidad, es excepcionalmente corrupto. Mantenemos un imperio al que no podemos llamar imperio, extraemos tributos que no podemos llamar tributos y lo justificamos en términos de una ideología económica (neoliberalismo) a la que no podemos llamar de ninguna manera.

Lo que de verdad retrasó las cosas y llevó a muchos a creer que el movimiento estaba desapareciendo fue una concatenación poco afortunada de varios factores: el cambio repentino de tácticas policiales, que imposibilitó a los activistas crear algún tipo de espacio público gratuito en una ciudad estadounidense sin ser de inmediato atacados físicamente; el abandono de nuestros aliados liberales, que no se esforzaron nada por convertir esta nueva política en un problema público; y un repentino apagón mediático, que garantizó que muchos estadounidenses no tuvieran idea alguna de lo que estaba ocurriendo.
En un año, Occupy logró tanto identificar el problema (un sistema de poder de clases que ha fusionado de facto finanzas y Gobierno) como proponer una solución: la creación de una cultura auténticamente democrática. Es probable que tener éxito lleve mucho tiempo, pero los efectos serán históricos.

Esta rebelión permanente conduce a un resultado predecible. Al negar la legitimidad de la política democrática, los anarquistas minan su capacidad de influir en la vida de la gente. Ni movimiento por el salario mínimo ni debates sobre los impuestos de Bush para ellos. Los anarquistas no creen en el salario y, por supuesto, no creen en los impuestos. David Graeber, un antropólogo y figura líder en Occupy Wall Street, lo expresa de la siguiente manera: «Participando en debates políticos, lo mejor que se puede lograr es limitar el daño, dado que la principal premisa es contraria a la idea de que la gente gestione sus propios asuntos». La razón de que Occupy Wall Street no tenga agenda es que el anarquismo no da lugar a agendas. Lo único que hace un anarquista es poner un ejemplo o destrozar el orden existente a través de la violencia.

Este párrafo es típico: alterna análisis legítimos con una serie de agravios e insinuaciones calculados y diseñados para promover la violencia. Es cierto que los anarquistas, como he dicho, se negaron a acceder al sistema político como tal, pero la razón fue que el sistema en sí no era democrático, tras haber quedado reducido a un régimen de sobornos abiertos e institucionalizados, respaldado por la fuerza coercitiva.

Así, la democracia no viene definida necesariamente por una votación por mayoría; más bien, se identifica con el proceso de deliberación colectiva basado en el principio de la participación plena e igualitaria. Por su parte, es más probable que surja la creatividad democrática cuando se tiene una colección diversa de participantes, procedentes de tradiciones muy distintas, con una necesidad imperiosa de improvisar algún modo de regular sus asuntos comunes, sin ninguna autoridad dominante preexistente.

¿Qué es entonces el anarquismo?
En realidad, el término significa sencillamente «sin gobernantes». Al igual que en el caso de la democracia, hay dos formas distintas de contar la historia del anarquismo. Por un lado, se puede estudiar la historia de la palabra «anarquismo», acuñada por Pierre-Joseph Proudhon en 1840 y adoptada por un movimiento político en la Europa de finales del siglo XIX, que terminó asentándose con especial solidez en Rusia, Italia y España antes de extenderse al resto del mundo; y, por el otro, se puede analizar como una sensibilidad
política mucho más amplia.
El modo más fácil de explicar el anarquismo en cualquier sentido es decir que se trata de un movimiento político que aspira a generar una sociedad auténticamente libre, y que define «sociedad libre» como aquella en la que los humanos solo establecen relaciones entre sí que no dependan de la constante amenaza de la violencia para ponerse en práctica.

Toda persona que crea que tiene algo relevante que decir sobre una propuesta, ha de pensar detenidamente sus puntos de vista.
Deberán tenerse en cuenta las preocupaciones u objeciones importantes de cualquier persona y, si es posible, habrán de abordarse en la forma final de la propuesta.
Cualquiera que considere que una propuesta viola un principio fundamental compartido por el grupo deberá tener oportunidad de vetar («bloquear») dicha propuesta.
Nadie ha de estar obligado a aceptar una decisión a la que no ha dado su consentimiento.
Con el paso de los años, diversos grupos o individuos han desarrollado sistemas de procesos de consenso formal para garantizar estos fines. Estos sistemas adoptan numerosas formas distintas. No obstante, no es imprescindible disponer de un proceso formal. A veces es útil y otras, no. Con frecuencia, los grupos más pequeños pueden funcionar sin ningún procedimiento formal. De hecho, hay una variedad infinita de formas para tomar decisiones siguiendo el espíritu de esos cuatro principios.

Un problema común al que se enfrentan los grupos nuevos es, para empezar, cómo elegir cuál será el proceso de toma de decisiones. Esto puede parecer un enigma como el del huevo y la gallina. ¿Es necesaria una votación para decidir si funcionar por consenso, o se necesita un consenso para que el grupo funcione con votaciones por mayoría? ¿Cuál es el proceso por defecto?
Para averiguarlo, quizá sea útil dar un paso atrás y pensar en la naturaleza del grupo en cuestión. Estamos acostumbrados a pensar en los grupos como en un colectivo de gente con algún tipo de membresía formal. Si uno acepta unirse a un grupo que ya tiene una serie de normas (un sindicato o incluso una liga de softball amateur), acepta también ceñirse a dichas normas, por el mero hecho de unirse a él. Si se trata de un grupo que funciona con votaciones por mayoría, eso significa que se acepta estar vinculado a las decisiones mayoritarias.

Alguien hace una propuesta para una determinada acción.
La persona que modera pregunta si hay dudas aclaratorias para asegurarse de que todo el mundo entiende bien lo que se está proponiendo.
La persona que modera pregunta si hay alguna objeción:
durante el debate, quienes tengan objeciones pueden sugerir enmiendas amistosas a la propuesta que recojan dichas objeciones y la persona que haya planteado la propuesta las aceptará o no;
puede hacerse, o no, una toma de temperatura sobre la propuesta, una enmienda o la importancia de una objeción;
en el transcurso de este proceso, la propuesta podrá quedar frustrada, reformulada, combinada con otras, despedazada o aplazada para un debate posterior.
La persona que modera comprueba el consenso
preguntando si hay alguna retirada; al retirarse, una persona está diciendo «Esta idea no me gusta y no voy a participar de la acción, pero no voy a impedir que otros lo hagan»; quienes se retiren tengan la oportunidad de explicar por qué;
preguntando si hay algún bloqueo; un bloqueo no es un voto negativo, sino algo más parecido a un veto; quizá el mejor modo de entenderlo sea saber que el bloqueo permite a cualquier persona del grupo adquirir temporalmente el papel de tribunal supremo de justicia y derogar cualquier texto legislativo que considere inconstitucional o, en este caso, que viole los principios fundamentales de unidad o la razón de ser del grupo.

Una regla de oro: las decisiones han de tomarse a la menor escala, al menor nivel, posible. No hay que pedir aprobación de más arriba, a no ser que haya una necesidad apremiante de ello. ¿Y cuándo una necesidad se hace apremiante? ¿Cuáles son los criterios para decidir quién debe tener en realidad la oportunidad de intervenir en una cuestión y quién no?

La inspiración original de Occupy Wall Street fue la tradición no solo de la democracia directa, sino también de la acción directa. Desde una perspectiva anarquista, la democracia directa y la acción directa son, o deberían ser, dos aspectos de una misma cosa: la idea de que la forma de nuestra acción debe ofrecer un modelo en sí misma o, al menos, dejar vislumbrar cómo pueden organizarse las personas libres y, por tanto, cómo podría ser una sociedad libre.

Una de las grandes ironías del siglo XX fue que, siempre que una clase trabajadora políticamente movilizada lograba un mínimo de poder político, lo hacía bajo el liderazgo de cuadros de burócratas dedicados a este tipo de valores productivistas, valores que la mayoría de los trabajadores de verdad no compartían. Se podría llamar a esto «el trato productivista»: si se acepta la vieja idea puritana de que el trabajo es una virtud en sí mismo, se obtendrá la recompensa del paraíso consumista. Durante las primeras décadas del siglo, esta fue la principal distinción entre los sindicatos anarquistas y socialistas, y por eso los primeros siempre tendían a exigir mayores salarios y los últimos, menos horas (es bien sabido que los sindicatos anarquistas son los responsables de la jornada laboral de ocho horas).

Un fracaso auténticamente desastroso de la izquierda dominante ha sido su incapacidad para generar una crítica significativa a la burocracia. Creo que es la explicación más obvia de la imposibilidad de dicha izquierda, casi en todas partes, de aprovechar el fracaso catastrófico del capitalismo en 2008. En Europa, los partidos que lograron con éxito sacar provecho de la indignación popular fueron, en casi todos los casos, de la derecha. Esto se debe a que la izquierda moderada socialdemócrata había abrazado ya hacía mucho el mercado y la burocracia; la derecha (y, especialmente, la extrema derecha) no solo tuvo más fácil abandonar su fe ciega en las soluciones del mercado, sino que ya disponía de su crítica a la
burocracia. Se trata de una crítica ruda, obsoleta y en muchos aspectos irrelevante, pero al menos, existe. La izquierda dominante, tras rechazar a los hippies y las comunas durante los años sesenta, se quedó en efecto sin crítica ninguna.
No obstante, la burocracia llena todos los aspectos de nuestra vida de formas que nunca antes lo había hecho.

Finalizaremos citando una máxima de Robespierre, será utopía…

«¡El hombre ha nacido para la felicidad
y para la libertad y en todas partes es esclavo
e infeliz! ¡La sociedad tiene como fin la conservación
de sus derechos y la perfección de su ser; y por
todas partes la sociedad lo degrada y lo oprime!
¡Ha llegado el tiempo de recordarle sus
verdaderos destinos!»
MAXIMILIEN ROBESPIERRE

Although it deals with movements such as Wall Street Occupy, this contextualization can occur in other geographical areas. An interesting book about social mechanisms and raise awareness.

Power never yields anything voluntarily. Our liberties, insofar as we have them, were not guaranteed to us by some great and wise founding fathers. We have them because people like us insisted on exercising those freedoms, doing exactly what we are doing here, before anyone was willing to recognize those freedoms.
At no point in the Declaration of Independence or the Constitution is anything said that the United States is a democracy. And that has a reason. Men like George Washington were openly opposed to democracy.

What has been called the Great Recession has only accelerated a profound transformation in the American class system that had been taking place for decades. In recent times, there has been much debate about the erosion of the American middle class, although the fact that the “middle class” of this country has never been primarily an economic category is usually ignored. It has always been related to that feeling of stability and security linked to the ability to simply assume that -think what you think of politicians- the institutions that surround you on a daily basis, such as the police, the education system, Health centers and even credit providers are on your side. Therefore, it is difficult to imagine how someone, after suffering the foreclosure of their family home at the hands of an illegal “signing robot” [3], could feel that middle class, reasoning applicable regardless of their income or educational level.
The growing feeling among Americans that the institutional structures around them are not really there to help them – and even that they are adverse forces in the shadows – is a direct consequence of the financialization of capitalism. Perhaps this statement seems strange, because we are accustomed to think of finances as something very far from our daily concerns. Most people are aware that much of the benefits of Wall Street are no longer obtained from the fruits of industry or trade, but from pure speculation …

We call it “mafia capitalism,” which made it unfeasible to imagine that the US government had anything to do with the will of the people, not even with popular consensus. At times like these, any awakening of the democratic impulse can not be more than a revolutionary desire.

The founders of the Egyptian collective (movement April 6) not only exchanged correspondence with the veterans of Otpor !, but many had also flown to Belgrade at the beginning of the organization to attend seminars on non-violent resistance techniques.
It is impossible for activists to know with certainty what the other party thinks. We do not even know exactly who the other party is: who watches over us, who (if anyone does) coordinates the international security activities against us. But one can not avoid speculating.
The fact that the tactics of direct democratic action become uncontrollable once released by the world is symptomatic of its power.

The problem was to take those ideas out of the ghetto of activism and bring them before the public, before people who were not yet involved in any kind of grassroots political campaign. The media did not help any.

The 1% held the overwhelming majority of securities and other financial instruments and, in addition, made most of the contributions to the campaigns. In other words, exactly that percentage of the population was the one that could convert their wealth into political power and use that political power to accumulate even more wealth. I was also struck by the fact that, since that 1% was actually what we called “Wall Street”, we had the perfect solution for our problem: Who were the voices excluded and removed from the political system and why were we calling them together?

For the first time in the living memory of most of us, an authentic grassroots movement for economic justice in the United States had emerged. And, what is more, the dream of contaminationism, of democratic contagion, was surprisingly beginning to work. Why?
There has been a lot of debate about why the national media treated Occupy in a way so different from that used with protest movements from the past (actually, almost any since the 1960s). The social media aroused much interest, or it might be necessary to compensate for the excessive attention given in previous years to relatively small groups of Tea Party supporters. Undoubtedly, those two factors influenced, but again, the initial portrait made by Occupy’s protest media was as blithely derogatory as the image of what they called the “Anti-Globalization Movement” in 1999: a series of confused boys without an idea Clear why they were fighting. The New York Times, the newspaper that proclaims itself as a source of historical documentation, wrote absolutely nothing about the occupation during the first five days.
Social media was very important.

The outbreak of the “Wall Street Revolution” in the heart of the global financial empire shows that 99% of the world’s population is still exploited and oppressed, regardless of whether they belong to developed or developing countries. All over the world, there are people who are being robbed of their possessions and taking away their rights. Economic polarization is now a common threat to all of us. The conflict between the popular domain and that of the elites is also found in all countries. However, now the popular democratic revolution is faced with the repression not only of the ruling class, but also of the global elite conformed through globalization.

Historically, it’s not that the difficulties of indebted college students have been the kind of problem that could appeal directly to the hearts of, say, members of the New York transportation workers’ union. However, at that time they were: the leaders of that union were among the first and most enthusiastic guarantors of the occupation, with an avid support among their ranks, but also ended up suing the New York Police Department for confiscating their buses to carry out the mass arrest of the OWS activists who blocked the Brooklyn Bridge.

However, I think there is another element, even more crucial: the changing nature of capitalism itself.
During the last years there has been much talk about the financialization of capitalism or, in some versions, the financialization of daily life. In the United States and in a large part of Europe, this phenomenon has been accompanied by deindustrialization; The US economy is no longer driven by exports, but by the consumption of products mostly manufactured abroad, paid for through various forms of financial manipulation. Normally, this is talked about in terms of the domination in the economy of the so-called FIRE sector (finance, insurance and real estate).
The reason why the automobile industry collapsed during the financial crash of 2008 was that companies like Ford or General Motors had by that time been earning almost all of their profits not from car manufacturing, but from its financing. Even General Electrics received almost half of its profits from its financial section.

Half a century later, we live without a doubt in a different economic universe. The profits from the industry have been exhausted. Salaries and benefits have stagnated or been reduced and the infrastructures are in ruins.
It’s not that 99% are not thinking about work dignity. Quite the opposite. It is broadening our conception of meaningful work in a way that encompasses everything we do that is not for us.

In both civic and economic affairs, there was a generation of young people with every reason to feel that they had done exactly what they were supposed to do according to the rules and that had been worse than nothing. What Obama stole from them was precisely what, as everyone knows, he had promised: hope, the hope of seeing a significant change once in life through institutional means. If they wanted to see their real problems addressed, if they wanted to see some kind of democratic transformation in the United States, it would have to be by other means.

One of the main reasons why OWS worked was its radicalism. In fact, one of the most remarkable things about it is that it was not just a popular movement, not even just a radical movement, but a revolutionary movement. They were initiated by anarchists and revolutionary socialists and, in the first meetings, when their basic themes and principles were discussed for the first time, the revolutionary socialists were in fact the most conservative faction. The allies of the mainstream minimize the importance of these origins; Right-wing commentators often argue that if ordinary Americans understood “at least” who the initiators of OWS were, they would scatter disgustedly. In fact, everything indicates that Americans are more receptive to accepting radical solutions -to each side of the political spectrum- of what the media and official agents with influence in the creation of option are willing to admit, but also that they are precisely the The most revolutionary of OWS (their refusal to recognize the legitimacy of existing political institutions, their willingness to challenge the basic premises of our economic system) are at the core of their appeals.

We enter a territory that, indeed, is taboo to be debated in public. The easiest way to illustrate it may be by pointing out the following facts:
The United States spends more on its army than all the other countries on Earth together. It maintains at least two and a half million troops in 737 military bases abroad, from Paraguay to Tajikistan, and, unlike the rest of the military powers in history, it retains the power to lead a lethal force anywhere in the world.
The US dollar is the currency of world trade and, since the 1970s, has replaced gold as the reserve currency of the global banking system.
Also since that decade, the United States has started to operate with a growing trade deficit whereby the value of products arriving in the country from abroad far exceeds the value of what the United States sends out.
By themselves, it is difficult to imagine that there is no relationship between these facts.

In much of the world, people consider the United States the cradle of a certain philosophy of political life, which implies, among other things, that we are basically economic beings: that democracy is the market itself, and freedom, the right to participate in the market, and that the creation of a growing world of consumer wealth is the only measure of national success. In most parts of the world this has come to be known as “neoliberalism,” and it is seen as a philosophy among many, whose virtues are a matter of public debate. In the United States, we never use that word and we can only talk about these issues with propaganda terms: “freedom”, “the free market”, “free trade”, “free companies”, “the American way of life”. It is possible to make fun of those ideas (in fact, Americans do it often), but challenging the underlying foundation requires a radical rethinking of what it means to be American. By force, it is a revolutionary project, as well as extremely complicated. The financial and political elites that rule the country have played everything to the ideological charter; They have devoted much more time and energy to creating a world where it is almost more impossible to question the idea of ​​capitalism than to create a truly viable form of capitalism.

The principle underlying the purchase of influences is that money is power and power is, in essence, everything. It is an idea that has ended up permeating all aspects of our culture. Bribery has become, as a philosopher would put it, an ontological principle: it defines our most basic sense of reality. To challenge him is, therefore, to challenge everything.
I use the word “bribe” here quite consciously. Again, the language we use is most important. As George Orwell reminded us long ago, you know that you are facing a corrupt political system when those who defend it can not call things by their name. According to this logic, the United States, at present, is exceptionally corrupt. We maintain an empire that we can not call empire, we extract tributes that we can not call tributes and we justify it in terms of an economic ideology (neoliberalism) that we can not call in any way.

What really delayed things and led many to believe that the movement was disappearing was an unfortunate concatenation of several factors: the sudden change of police tactics, which made it impossible for activists to create some kind of free public space in a US city. without being immediately attacked physically; the abandonment of our liberal allies, who made no effort to convert this new policy into a public problem; and a sudden media blackout, which guaranteed that many Americans had no idea of ​​what was happening.
In one year, Occupy managed both to identify the problem (a system of class power that has merged de facto finance and government) and to propose a solution: the creation of a truly democratic culture. It is likely that success will take a long time, but the effects will be historic.

This permanent rebellion leads to a predictable outcome. By denying the legitimacy of democratic politics, anarchists undermine their ability to influence people’s lives. No movement for the minimum wage or debates about Bush’s taxes for them. Anarchists do not believe in salary and, of course, do not believe in taxes. David Graeber, an anthropologist and leading figure in Occupy Wall Street, puts it this way: “Participating in political debates, the best that can be achieved is to limit the damage, since the main premise is contrary to the idea that the people manage their own affairs ». The reason that Occupy Wall Street has no agenda is that anarchism does not lead to agendas. The only thing an anarchist does is set an example or destroy the existing order through violence.

This paragraph is typical: it alternates legitimate analyzes with a series of grievances and insinuations calculated and designed to promote violence. It is true that the anarchists, as I said, refused to accede to the political system as such, but the reason was that the system itself was not democratic, having been reduced to a regime of open and institutionalized bribes, backed by force coercive

Thus, democracy is not necessarily defined by a majority vote; rather, it is identified with the process of collective deliberation based on the principle of full and equal participation. On the other hand, democratic creativity is more likely to emerge when there is a diverse collection of participants, coming from very different traditions, with an imperative need to improvise some way of regulating their common affairs, without any preexisting dominant authority.

What, then, is anarchism?
Actually, the term simply means “without rulers.” As in the case of democracy, there are two different ways of telling the story of anarchism. On the one hand, we can study the history of the word «anarchism», coined by Pierre-Joseph Proudhon in 1840 and adopted by a political movement in Europe at the end of the 19th century, which ended up being established with special solidity in Russia, Italy and Spain before spreading to the rest of the world; and, on the other, it can be analyzed as a sensitivity
much wider policy.
The easiest way to explain anarchism in any sense is to say that it is a political movement that aspires to generate a genuinely free society, and that defines “free society” as one in which humans only establish relationships with each other that does not depend on the constant threat of violence to be put into practice.

Any person who believes that they have something relevant to say about a proposal, has to think carefully about their points of view.
The concerns or important objections of any person should be taken into account and, if possible, should be addressed in the final form of the proposal.
Anyone who considers that a proposal violates a fundamental principle shared by the group should have the opportunity to veto (“block”) such proposal.
No one should be forced to accept a decision to which they have not given their consent.
Over the years, various groups or individuals have developed systems of formal consensus processes to ensure these ends. These systems take many different forms. However, it is not essential to have a formal process. Sometimes it is useful and sometimes it is not. Often, smaller groups can function without any formal procedure. In fact, there is an infinite variety of ways to make decisions following the spirit of those four principles.

A common problem faced by new groups is, to begin with, how to choose the decision-making process. This may seem like an enigma like the chicken and the egg. Is a vote necessary to decide whether to work by consensus, or is a consensus needed for the group to function with majority voting? What is the default process?
To find out, it may be useful to take a step back and think about the nature of the group in question. We are used to thinking of groups as a group of people with some kind of formal membership. If you agree to join a group that already has a set of rules (a union or even an amateur softball league), you also agree to abide by those rules, by the mere fact of joining them. If it is a group that works with majority votes, that means that it is accepted to be linked to the majority decisions.

Someone makes a proposal for a certain action.
The moderator asks if there are clarifying doubts to make sure that everyone understands what is being proposed.
The moderator asks if there are any objections:
during the debate, those who have objections can suggest friendly amendments to the proposal that collect those objections and the person who has proposed the proposal will accept them or not;
it can be done, or not, a temperature intake on the proposal, an amendment or the importance of an objection;
in the course of this process, the proposal may be frustrated, reformulated, combined with others, shattered or postponed for a subsequent debate.
The person who moderates checks the consensus
asking if there is any withdrawal; when he retires, a person is saying “I do not like this idea and I will not participate in the action, but I will not prevent others from doing it”; those who retire have the opportunity to explain why;
asking if there is any blockage; a blockade is not a negative vote, but something more like a veto; perhaps the best way to understand it is to know that the blockade allows any person in the group to temporarily acquire the role of supreme court of justice and repeal any legislative text that it considers unconstitutional or, in this case, violates the fundamental principles of unity or reason to be from the group.

A golden rule: decisions have to be made at the smallest scale, at the lowest possible level. Do not ask for approval from above, unless there is a pressing need for it. And when a need becomes urgent? What are the criteria to decide who should actually have the opportunity to intervene in a question and who does not?

The original inspiration of Occupy Wall Street was the tradition not only of direct democracy, but also of direct action. From an anarchist perspective, direct democracy and direct action are, or should be, two aspects of the same thing: the idea that the form of our action must offer a model in itself or, at least, let glimpse how they can organize free people and, therefore, how could be a free society.

One of the great ironies of the twentieth century was that, whenever a politically mobilized working class achieved a minimum of political power, it did so under the leadership of cadres of bureaucrats dedicated to this type of productivist values, values ​​that the majority of workers in they really did not share. This could be called “the productivist treatment”: if one accepts the old Puritan idea that work is a virtue in itself, the reward of the consumerist paradise will be obtained. During the first decades of the century, this was the main distinction between the anarchist and socialist unions, and therefore the former always tended to demand higher wages and the latter, less hours (it is well known that the anarchist unions are responsible for the day eight-hour work).

A truly disastrous failure of the dominant left has been its inability to generate significant criticism of the bureaucracy. I think that is the most obvious explanation of the impossibility of this left, almost everywhere, to take advantage of the catastrophic failure of capitalism in 2008. In Europe, the parties that successfully managed to take advantage of the popular indignation were, in almost all cases, on the right. This is because the moderate social democratic left had long embraced the market and the bureaucracy; the right (and, especially, the extreme right) not only had easier to abandon its blind faith in market solutions, but it already had its criticism of the
bureaucracy. It is a harsh criticism, obsolete and in many ways irrelevant, but at least, it exists. The dominant left, after rejecting hippies and communes during the 1960s, remained in effect without any criticism.
However, the bureaucracy fills all aspects of our life in ways that it never had before.

We will end with a quote from Robespierre, it will be utopia …

«Man is born for happiness
and for freedom and everywhere is a slave
and unhappy! The society has as its goal the conservation
of his rights and the perfection of his being; and by
everywhere, society degrades and oppresses it!
The time has come to remind you of your
true destinations! »
MAXIMILIEN ROBESPIERRE

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