La secta del perro – vidas de los filósofos cínicos – — Carlos García Gual / The Dog’s Sect, Lives of Cynical Philosophers by Carlos García Gual

Me ha parecido un magnífico libro, breve pero muy interesante y con bastante énfasis actual, estos son buenos tiempos para el cinismo, inmejorables para el sarcasmo como forma crítica. El «malestar en la cultura» se nos ha vuelto tan agobiante, que lo más eficaz de nuestra sofisticada farmacopea nos estimula a renunciar a ella, la cultura, en la mayor medida posible, o más taimadamente, a consumirla en una forma abaratada y light, en píldoras de fórmula reconocida. El consumismo frenético y la propaganda ensordecedora de tantos productos nos invitan a comprarnos gafas y orejeras para ver y oír menos a fin de no embotarnos del todo. Tal vez lo más prudente sería escapar de la civilización que nos abruma, a la «naturaleza», o lo que nos hayan dejado de ella, de tanta perversión civilizadora y tanto progreso desconcertado.

Tal vez una característica del cinismo moderno sea la renuncia al escándalo con el que el cínico antiguo, con su personalidad agresiva, se enfrentaba, en solitario, a la sociedad de su entorno. Pues, a estas alturas, escandalizar a la sociedad actual, he ahí algo que parece imposible. Vivimos en una sociedad abierta y permisiva, que cuenta con implacables medios para marginar al provocador y ahogar cualquier protesta inconveniente con ayuda de los medios de comunicación. Hay un cinismo difuso y universal, pero bien solapado. Son muchos los cínicos, pero van sin el viejo manto y sin alforja, disimulados y consentidos. Como ya en Grecia, el cinismo que abomina de la civilización es una planta tardía de la cultura saciada de convencionalidad y retórica; su afán por la naturaleza y su desprecio por la urbanidad es un fenómeno urbano. Su feroz y ejemplar individualismo es una respuesta a la alienante represión general del «progreso».
El cinismo moderno, esa «mala conciencia ilustrada», busca también, como el antiguo, la senda de la felicidad, ya que no un «sendero de perfección». Pero, después de tantos libros, de tantas revoluciones, de tantas críticas filosóficas, está desencantado de todo, y no mantiene la actitud de desafío a las normas abiertamente. Es un cinismo resignado.

Quizás «Ser tonto y tener trabajo, eso es la felicidad», como lúcida y desvergonzada formulación del cinismo de nuestro siglo.

Para los griegos fue, desde antiguo, el perro el animal impúdico por excelencia, y el calificativo de «perro» evocaba ante todo ese franco impudor del animal. Era un insulto apropiado motejar de «perro» a quienes, por afán de provecho o en un arrebato pasional, conculcaban las normas del mutuo respeto, el decoro y la decencia. Al «perro» le caracterizaba la falta de aidós, que es «respeto» y «vergüenza». Simboliza la anaídeia bestial, franca y fresca.
La sociabilidad humana descansa sobre esos dos pilares; sobre ellos levanta la sociedad sus convenciones legales. Las leyes que encauzan los hábitos y regulan las pautas del comportamiento en un ámbito cívico son convenciones concretas y definidas históricamente, pero se sustentan en un reconocimiento universal de lo decente y lo justo, que caracteriza al hombre en tanto que humano. Eso es lo que Protágoras, en el diálogo de Platón, quiere decir. La educación se basa también en esos dos grandes sentimientos: el de la decencia y el de la justicia. Algo que los animales, los brutos, ignoran.
Y, dentro de los animales, parece que unos lo ignoran más que otros. En un extremo del dominio bestial están animales tan prudentes y civilizados como las hormigas y las abejas —no olvidemos que el atento Aristóteles también calificó a la abeja, como al hombre, de zóon politikón, «animal cívico»—. Disciplinadas, organizadas en comunidad, ejemplarmente laboriosas, las abejas son para algunos pensadores griegos un paradigma de civilidad. En el otro extremo, sin embargo, está el perro, pese a que no es una fiera salvaje, sino un compañero fiel del hombre, doméstico y domesticado. Pero el perro es muy poco gregario, es insolidario con los suyos, y está dispuesto a traicionar a la especie canina y pasarse del lado de los humanos, si con ello obtiene ganancias; es agresivo y fiero, o fiel y cariñoso, según sus relaciones… Así se denominaba a Diógenes.

Antístenes tiene un enorme aprecio por la educación, la paideía, que constituye «la más bella corona» para la vida y es para el alma lo mismo que la gimnasia es para el cuerpo; la educación es mucho mejor que la riqueza y diferencia a los que la tienen de los otros que viven como sonámbulos. Pero hay que escribir los conocimientos en el alma y no en los cuadernos de notas, para que no se pierdan. Son los bienes que sobrenadan con uno en cualquier naufragio.

El cosmopolitismo de Diógenes tiene, a primera vista, un aspecto negativo: el rechazo de la ciudadanía en cualquier polis concreta; es una nota del desarraigo que el exiliado intenta remediar con su empadronamiento en lo universal. Pero tiene también un aspecto positivo, y es para los cínicos un gran mérito el haber proclamado, antes que los estoicos, y antes de que las conquistas de Alejandro dieran a esa proclama valores más determinados, ese humanitarismo que da a todos los humanos una misma patria, como una misma es la naturaleza de los hombres. Una vez más tenemos la recurrencia a la physis como lo fundamental en la vida.
El cínico no renuncia a los placeres y la vida regalada porque vea en la mortificación un beneficio, o porque se sacrifique en espera de una compensación ulterior, o porque piense que el cuerpo ha de ser castigado. Tan solo lo hace porque no está dispuesto a vender su independencia y libertad a cambio de unos placeres inciertos o unas vanas e ilusorias promesas de poder. Diógenes es un asceta como Heracles es un atleta, entrenándose para resistir las amenazas y tentaciones contra la libertad, que se obtiene de la vida frugal, sin temores ni ambiciones ni compromisos afectivos. «Es un asceta en el sentido de que se ayuda a sí mismo mediante el distanciamiento y el manejo irónico de las obligaciones para cuya satisfacción la mayoría paga con su libertad» (P. Sloterdijk). Introduce como gran tema filosófico «la relación entre felicidad, liberación de la necesidad e inteligencia». En tal sentido «su pobreza espectacular es el precio de la libertad».

Con Crates de Tebas (368-288 a. C.) cobra el cinismo un rostro amable y sereno. En él las aristas cortantes de su ascética pierden algo de su dureza, y de su figura emana un aire de felicidad. Hay un equilibrio en su carácter y una filantropía. Le llamaron «el Perro», Crates es el primer cínico en sentido estricto. La agresiva personalidad de Diógenes encuentra en él un seguidor sereno que prolonga sus enseñanzas con un nuevo tono, más cordial.

El cinismo expone una progenie de formas bastardas de literatura, al margen de los moldes clásicos, provocando a risa y recordando en sus sátiras y parodias que el hombre no solo es el animal que ríe, sino también, como comentó Montaigne, el más ridículo y risible de los animales.

I thought it was a great book, brief but very interesting and with enough current emphasis, these are good times for cynicism, unbeatable for sarcasm as a critical form. The “discomfort in culture” has become so overwhelming, that the most effective of our sophisticated pharmacopoeia encourages us to renounce it, culture, to the greatest extent possible, or more slyly, to consume it in a cheapened and light way. , in pills of recognized formula. Frenzied consumerism and the deafening propaganda of so many products invite us to buy glasses and earmuffs to see and hear less so as not to make us completely dull. Perhaps the most prudent thing would be to escape from the civilization that overwhelms us, to “nature,” or whatever they have left us, from so much civilizing perversion and so much baffled progress.

Perhaps a characteristic of modern cynicism is the renunciation of the scandal with which the old cynic, with his aggressive personality, faced, alone, the society of his environment. Well, at this point, scandalize the current society, there is something that seems impossible. We live in an open and permissive society, which has relentless means to marginalize the provocateur and drown any inconvenient protest with the help of the media. There is a diffuse and universal cynicism, but well overlapped. There are many cynics, but they go without the old cloak and without saddlebags, disguised and spoiled. As in Greece, the cynicism that abhors civilization is a late plant of culture sated with conventionality and rhetoric; his eagerness for nature and his contempt for urbanity is an urban phenomenon. His fierce and exemplary individualism is a response to the alienating general repression of “progress.”
Modern cynicism, that “ill-enlightened conscience,” also seeks, like the old one, the path of happiness, since it is not a “path of perfection.” But, after so many books, of so many revolutions, of so many philosophical criticisms, he is disenchanted with everything, and he does not maintain the attitude of defiance of the norms openly. It is a resigned cynicism.

Perhaps “Being silly and having a job, that’s happiness”, as a lucid and shameless formulation of the cynicism of our century.

For the Greeks was, from ancient times, the dog the impudent animal par excellence, and the qualification of “dog” evoked above all that frank impudence of the animal. It was an appropriate insult to call a “dog” to those who, for the sake of profit or in a passionate outburst, violated the rules of mutual respect, decorum and decency. The “dog” was characterized by the lack of Aids, which is “respect” and “shame.” It symbolizes the bestial, frank and fresh anadery.
Human sociability rests on these two pillars; on them the society raises its legal conventions. The laws that guide the habits and regulate the patterns of behavior in a civic sphere are concrete and historically defined conventions, but are based on a universal recognition of what is decent and just, which characterizes man as a human being. That is what Protagoras, in Plato’s dialogue, means. Education is also based on those two great feelings: that of decency and that of justice. Something that animals, the brutes, ignore.
And, within the animals, it seems that some ignore it more than others. At one extreme of the bestial domain are animals as prudent and civilized as ants and bees-let us not forget that the attentive Aristotle also described the bee, like man, as zon politikon, “civic animal”. Disciplined, organized in community, exemplary laborious, bees are for some Greek thinkers a paradigm of civility. At the other extreme, however, is the dog, although it is not a wild beast, but a faithful companion of man, domestic and domesticated. But the dog is very gregarious, is unsupportive with his own, and is willing to betray the canine species and pass on the side of humans, if it gains profits; he is aggressive and fierce, or faithful and affectionate, according to his relationships … This is the name of Diogenes.

Antisthenes has an enormous appreciation for education, paideia, which is “the most beautiful crown” for life and is for the soul the same as gymnastics is for the body; education is much better than wealth and differentiates those who have it from others who live like sleepwalkers. But you have to write the knowledge in the soul and not in the notebooks, so they do not get lost. They are the goods that supernate with one in any shipwreck.

The cosmopolitanism of Diogenes has, at first sight, a negative aspect: the rejection of citizenship in any concrete polis; It is a note of the uprooting that the exile tries to remedy with his registration in the universal. But it also has a positive aspect, and it is a great merit for the cynics to have proclaimed, before the Stoics, and before Alexander’s conquests gave that proclamation more determined values, that humanitarianism that gives all humans the same Homeland, as one is the nature of men. Once again we have the recurrence to physis as fundamental in life.
The cynic does not renounce pleasures and the given life because he sees in mortification a benefit, or because he sacrifices himself in expectation of a subsequent compensation, or because he thinks that the body is to be punished. He only does so because he is not willing to sell his independence and freedom in exchange for uncertain pleasures or vain and illusory promises of power. Diogenes is an ascetic as Heracles is an athlete, training to resist the threats and temptations against freedom, which is obtained from the frugal life, without fears or ambitions or emotional commitments. “He is an ascetic in the sense that he helps himself through estrangement and the ironic handling of obligations for whose satisfaction the majority pays with his freedom” (P. Sloterdijk). It introduces as a great philosophical theme “the relationship between happiness, freedom from need and intelligence”. In this sense “his spectacular poverty is the price of freedom.”

With Crates de Tebas (368-288 BC) the cynicism acquires a gentle and serene face. In him the sharp edges of his asceticism lose some of their hardness, and his figure exudes an air of happiness. There is a balance in his character and a philanthropy. They called him “the Dog”, Crates is the first cynic in the strict sense. The aggressive personality of Diogenes finds in him a serene follower who prolongs his teachings with a new, more cordial tone.

Cynicism exposes a progeny of bastardized forms of literature, apart from the classical molds, provoking laughter and recalling in his satires and parodies that man is not only the animal that laughs, but also, as Montaigne commented, the most ridiculous and laughable of the animals.

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