Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda — Carlos García Gual / History of King Arthur and the Noble and Errant Knights of the … by Carlos García Gual

Sin duda de los mejores libros sobre Arturo y lo que conlleva, imprescindible. La historia del reino del fabuloso Arturo y sus errantes caballeros es la historia de un universo de ficción. El origen del mito artúrico, situándolo en su contexto histórico, y resumir luego la evolución del mismo en la tradición literaria europea.

Una ventana sobre ese mundo fantástico de fascinantes escenarios y magnánimas y seductoras figuras. El mito literario en torno del «rey que fue y que será» es el fruto de una compleja colaboración entre bardos celtas, cuenteros bretones, novelistas franceses, e ingleses y alemanes, que crearon en la Edad Media un universo fabuloso y romántico («romántico» viene de «roman») de una perdurable vitalidad y una mágica coherencia. Arturo, Ginebra, Lanzarote, Galván, Perceval, Galaad, Cay, Merlín, Morgana, Mordred, y otros personajes de la corte de Camelot, son figuras espléndidas e inolvidables. La tradición literaria los perfila y los prestigia más o menos. (Gawain, Gauvain, Galván, es un personaje que se va desgastando, desde su abolengo céltico; Lanzarote, en cambio, es un héroe inventado por Chrétien de Troyes que se engrandece más y más…

Por un extraño avatar histórico, los ingleses consideran las leyendas artúricas como un mito nacional, mientras que en Francia, cuyos novelistas primeros romancearon las historias, sólo los eruditos y lectores de textos medievales andan bien informados sobre este mundo. La tradición literaria —y el fervor británico hacia la obra de T. Malory— explica este fenómeno.

Contrastemos por un momento las dos imágenes: la del Arturo de este relieve románico y la de Arturo como el mejor rey de la Cristiandad —codeándose con Carlomagno y con el conquistador de Jerusalén—, imágenes que distan largo trecho en el tiempo y su recepción histórica. Entre la una y la otra discurre el caudaloso río de las leyendas artúricas, una fabulosa literatura de ficción que ha convertido su figura en el centro de un universo mítico de universal resonancia, de extraña y perdurable fascinación.
El rey Arturo, con su corte fastuosa, se convierte en el eje de ese mundo de ficciones románticas. Con su prestigio novelesco atrae a su órbita novelesca a tramas que en su origen eran independiente, como la leyenda de Tristán e Isolda.
La gran época de creación abarca apenas un siglo, el que va desde la aparición de la Historia Regum Britanniae en 1136 hasta la composición del gran Ciclo en prosa o Vulgata artúrica, concluida hacia 1230. Pero la vigencia de los libros de caballerías, cuyo arquetipo son estos textos artúricos, se extiende mucho más.

¿Qué quiere decir, pues, que hubo un Arturo real, histórico? Tan sólo que en las luchas de finales del siglo V entre los bretones y los invasores anglosajones hubo un guerrero que por su heroica actitud y algunos famosos hechos de armas impresionó a sus compatriotas y dejó, tras su muerte violenta en aquella época de turbios encuentros, un rastro que se fue haciendo legendario en la memoria popular. Ese personaje evocado con nostalgia por los bretones se llamó Arturo. Y tal vez combatió en la última batalla en que éstos obtuvieron la victoria, en el monte Badon; y acaso suplantó luego al general Ambrosius Aurelianus como jefe del ataque espectacular contra las odiadas tropas de los invasores sajones, en la batalla en que perecieron casi mil enemigos. Pero sobre esta figura, tal vez histórica, la fantasía celta fue amontonando trazos mitológicos de muy varia procedencia. La silueta de un posible caudillo militar de finales del siglo V —no un rey, sino un invicto guerrero—, quedó sumergida bajo la desbordada saga del mítico Arturo.

A través de la Historia Regum Britanniae; como Arturo, el héroe belicoso y aventurero, se entroniza como un rey magnífico de la Gran Bretaña, un magnánimo monarca que por sus conquistas y sus fastos supera al propio emperador de Roma y al que sólo detiene en su marcha triunfal la fatídica catástrofe: la traición de Mordred y el cruel combate de Camlann. La historia de Arturo es una excelente muestra de este talento literario de Geoffrey. En sus trazos se unen los recuerdos legendarios, los empeños épicos y la fantasía novelesca del clérigo instruido en las historias y leyendas clásicas. Ya en el libro séptimo Geoffrey ha evocado la figura del profeta y mago Merlín, que va a pesar en la biografía fantástica del gran Arturo, que ya desde su nacimiento está rodeada de prodigios.
Precisamente en su lucha contra el poder político de Roma, en los avances británicos sobre el suelo continental, tras la sumisión de toda Gran Bretaña y la conquista de Irlanda, se enfatiza una idea brillante: Arturo fue más que un monarca independiente, fue un verdadero Emperador.

En contacto con las leyendas bretonas él introduce dos motivos de largo porvenir: la Tabla Redonda y la floresta de Broceliande. En torno a la gran Mesa Redonda se reúnen en pie de igualdad los mejores caballeros, venidos de muy diversas tierras, para adquirir prez y honores y aprender cortesía y ver prodigios y contar hazañas. En cuanto al bosque de Broceliande, retiro de Merlín melancólico y lugar de extraños encuentros y aventuras misteriosas, el propio Wace cuenta que lo visitó, aunque no presenció ningún prodigio: «Fui allí a ver maravillas. Vi el bosque, vi la región. Busqué las maravillas, pero no las encontré».

«En el mundo de los Plantagenets y los Capetos en el que la monarquía se burocratiza, se rodea de hombres venidos de la Iglesia pero de bajo nacimiento, y sobre todo de esos nuevos intelectuales, los Magistri, los maestros de las escuelas urbanas, e incluso a veces de mercaderes y burgueses, donde se olvida cada vez más la jerarquía feudal, la novela cortés exalta un monarca que, en torno a la Tabla Redonda, no es a menudo más que un primus ínter pares, que no brilla tanto por su proeza como por la de sus caballeros, pero que, frente a la pujante codicia de los nuevos ricos, de la avaritia, encarna el ideal caballeresco de magnificencia y generosidad, de largesse. Un rey del don en un mundo del acaparamiento y del cálculo. Un rey que no conoce fronteras, sino que acoge en su corte a todo buen caballero, de cualquier nación. La civilización cortés es en principio una civilización de la generosidad y de la universalidad.

La imagen de Arturo como monarca ejemplar está puesta en relieve en diversos lugares de las novelas. Es un paradigma ético, de nobleza y generosidad, que prescinde de los rasgos nacionalistas e incluso de los rasgos más personales (que tenía en la Historia Regum Britanniae), para trasformarse en la figura de un soberano cortés que «mientras vivió y reinó / a todos los príncipes superó / en cortesía y en proeza / en valor y en generosidad»
La nostalgia está ya en los mismos comienzos del género, en las primeras novelas de este romanticismo medieval.
El mundo de la novela caballeresca es también el del amor cortés. La fine amor, ese «juego sutil», inventado en la Occitania por los trovadores, es recogido por los novelistas para dar pasión y colorido sentimental a su mundo cortesano. Y no sólo es el amor como juego y retórica cortesana, sino también el amor fatal, el terrible amor compulsivo y desbocado, que puede oponerse a las más fuertes barreras de la sociedad, esa pasión fogosa y que la razón no puede sujetar, lo que aparecerá en las novelas.

El reino de Arturo es, oportunamente, una construcción fabulosa y conservadora de los antiguos usos y costumbres, es decir, un mundo ajeno a todas esas amenazas que entenebrecen el porvenir histórico de los caballeros en el mundo real. En ese ámbito misterioso encuentran los caballeros errantes la posibilidad de mostrar su valer. Tiene todavía un lugar para la proeza y la gloria del caballero andante, gracias a las aventuras y maravillas que aguardan al paladín. Pero en la realidad histórica de la Europa contemporánea, cuando ya incluso la gran empresa de la Cruzada se siente como una vasta desilusión y un fracaso, no queda espacio para tales hechos de armas; o, al menos, no hay un lugar significativo. Es la nostalgia lo que insufla espiritualidad y fantasía en el espíritu cortés. El caballero que sale al ancho mundo a buscar aventuras es un héroe ocioso, sin una función histórica precisa, es un héroe que va en busca de un destino de gloria que el contexto histórico le escatima. Por eso su punto de partida y su lugar de regreso es la corte de Arturo, que representa el centro bullicioso donde tales triunfos son sancionados mediante la exaltación y la publicación de sus proezas.

El Cuento del Graal es la historia novelesca de una educación: la del joven Perceval, que sale de su adolescencia ingenua y selvática para formarse en el mundo de la caballería. Es una novela centrada sobre la evolución espiritual de su protagonista, el primer Bildungsroman de la literatura europea.

En El cuento del Grial se insinúa un nuevo horizonte de aventura; con Perceval aparece un tipo de héroe que va más allá del caballero cortés. La novela de Chrétien será, en cierto modo, víctima del mito que ella misma suscita. Recargado de valores simbólicos, el Grial aparece como una imagen fascinante, un señuelo divino tras el cual se ha de empeñar lo mejor de la caballería artúrica en una búsqueda que trasciende sus propias fuerzas, porque es ante todo una empresa espiritual, una esforzada y ascética peregrinación hacia un símbolo religioso que trasciende toda la gloria mundana.
Estas dos tendencias: la de ampliar el marco de la historia del Grial y la de infundir a todos los episodios de la búsqueda un sentido alegórico, culmina en el gran ciclo novelesco del Lanzarote-Grial, también denominado la Vulgata artúrica, compuesto por cinco novelas: La Historia del Santo Grial, Merlín, Lanzarote, Búsqueda del Santo Grial, y La muerte de Arturo.

En la interpretación que La Búsqueda del Santo Grial propone de la más alta empresa caballeresca, queda, negada la función redentora de la caballería como clase social. Para el público de estas novelas medievales la caballería era la culminación de un esfuerzo civilizador, la flor de la historia, idealizada y representada por unas figuras ejemplares. Pero para una proeza tan espiritual como la del Grial era insuficiente el coraje y la destreza aristocráticas; sólo el afán de perfección, la entrega a un ascetismo por enteró religioso, la castidad y la más estricta devoción conducen al éxito en tal terreno.

Este drama, (Parzival) barroco y recargado de simbolismos, auroleado de una confusa metafísica, significa la última reinterpretación romántica del mito, alejado del ambiente caballeresco y artúrico.
¿Qué es el Grial? ¿Un plato ancho y plano, como indica la etimología de «graal»? ¿Una copa identificada con el Santo Cáliz, recipiente de la sangre de Cristo? ¿Una piedra preciosa de mágicas virtudes? El vaso santo o el celeste carbunclo refulge con misterioso prestigio en la trama novelesca. Pero para la historia de Perceval no importa mucho la forma que tome el objeto mistérico. La pregunta que el elegido debe formular en su presencia no es, desde luego, qué es el Grial, sino esta otra: «¿a quién sirve el Grial?». Así como ante la lanza sangrante debe preguntar: «¿por qué sangra la lanza?». (Y así quebrará el maleficio).
Los dos motivos aparecen luego disociados en la mayoría de los textos: la lanza sangrienta es identificada por Robert de Boron con la lanza que hirió el costado de Cristo en la cruz, pero ni Chrétien ni Wolfram reparan en tal identificación. En el Parzival la lanza alivia en una ocasión las heridas de Anfortas, y con ella cura el héroe a su malherido tío. Pero queda disociada del rutilante carbunclo que es «una maravilla del paraíso» y la más preciosa reliquia de la tierra.
El término graal, un vocablo común, pero de uso poco frecuente en francés, significaba sencillamente «un plato ancho y poco profundo», como lo define hacia 1230 el monje Helinand de Floidmon.
Caben interpretaciones mistéricas de la búsqueda del Grial. Prefiero olvidarlas. Acaso cada uno tiene su propia búsqueda y su Grial.

Con La muerte del rey Arturo (La mort le roi Artu) concluye el ciclo novelesco de la Vulgata artúrica. Después del Lanzarote y de La búsqueda del Grial, esta tercera novela cierra el relato de las aventuras de Lanzarote y los famosos caballeros de la Tabla Redonda, y cuenta el fin del reinado de Arturo.

La narración novelesca cobra un aire de gran drama épico, y la prosa ágil y rápida de Malory sirve para expresar esa tragedia con singular destreza, porque rehúye la retórica y la afectación de lenguaje. La rueda de la Fortuna ha dado un giro total: Arturo se había elevado a la mayor gloria y va a ser hundido. Flotan angustiosos presentimientos. El rey trata de evitar la catástrofe e intenta aún llegar a un acuerdo con Mordred, el traidor. Antes de la batalla, que se presiente como la última batalla, ambos enemigos, padre e hijo, tratan de evitar la carnicería final. Ambos se encuentran con sus mejores hombres en medio del campo de batalla y van a firmar las treguas.
Un final espléndido para una larga historia, contada de cabo a rabo. Una misteriosa mano ha recobrado, surgiendo del fondo del lagó, la espada Excalibur que el rey extrajo de la roca. Como el brillo de la espada, también la caballería se sumerge en la memoria, y queda sólo la esperanza de un cierto retorno del héroe.

Tras el amplio lapso de la segunda mitad del siglo XVII y todo el XVIII, reaparece en Inglaterra el interés, renovado y mantenido ahora con un ímpetu poético y una curiosa vertiente ética, por el mundo de la caballería medieval, y, en especial, por el mundo artúrico. Esa resurrección del texto de Malory, que será uno de los libros más leídos —bien en su forma original, bien en resúmenes y modernizaciones, e incluso en ediciones para jóvenes— durante todo el siglo XIX es un efecto del romanticismo. Pero es justo darle un lugar de honor en esta recuperación a quien fue el primer paladín de esta literatura (y de su trasfondo ideológico), a Sir Walter Scott.

Undoubtedly the best books about Arturo and what it entails, essential. The story of the kingdom of the fabulous Arthur and his errant knights is the story of a universe of fiction. The origin of the Arthurian myth, situating it in its historical context, and then summarizing its evolution in the European literary tradition.

A window on that fantastic world of fascinating scenarios and magnanimous and seductive figures. The literary myth about the “king who was and will be” is the fruit of a complex collaboration between Celtic bards, Breton storytellers, French novelists, and English and German, who created in the Middle Ages a fabulous and romantic universe («romantic »Comes from« roman ») of enduring vitality and magical coherence. Arturo, Geneva, Lanzarote, Galván, Perceval, Gilead, Cay, Merlin, Morgana, Mordred, and other characters of the court of Camelot, are splendid and unforgettable figures. The literary tradition shapes them and prestige more or less. (Gawain, Gauvain, Galván, is a character that is wearing out, from his Celtic ancestry, Lanzarote, however, is a hero invented by Chrétien de Troyes that is enlarged more and more …

By a strange historical avatar, the English consider the Arthurian legends as a national myth, while in France, whose first novelists romance stories, only the scholars and readers of medieval texts are well informed about this world. The literary tradition – and the British fervor towards the work of T. Malory – explains this phenomenon.

Let us contrast for a moment the two images: that of Arthur in this Romanesque relief and that of Arthur as the best king of Christianity -decading with Charlemagne and with the conqueror of Jerusalem-, images that are far away in time and their historical reception . Between the one and the other runs the mighty river of the Arthurian legends, a fabulous literature of fiction that has turned its figure into the center of a mythical universe of universal resonance, of strange and lasting fascination.
King Arthur, with his lavish court, becomes the axis of that world of romantic fictions. With its novelistic prestige it attracts its fictional orbit to plots that were originally independent, such as the legend of Tristan and Isolde.
The great era of creation spans only a century, ranging from the appearance of the Historia Regum Britanniae in 1136 to the composition of the great prose cycle or Arthurian Vulgate, completed around 1230. But the validity of the books of chivalry, whose archetype These are the arturic texts, it extends much more.

What does it mean, then, that there was a real, historical Arturo? Only in the struggles of the late fifth century between the Britons and the Anglo-Saxon invaders there was a warrior who by his heroic attitude and some famous weapons made an impression on his compatriots and left, after his violent death at that time of shady encounters, a trace that became legendary in popular memory. That character evoked with nostalgia for the Bretons was called Arturo. And perhaps he fought in the last battle in which they won, on Mount Badon; and perhaps he then supplanted General Ambrosius Aurelianus as head of the spectacular attack against the hated troops of the Saxon invaders, in the battle in which almost a thousand enemies perished. But on this figure, perhaps historical, the Celtic fantasy was accumulating mythological traces of very different origin. The silhouette of a possible military leader of the late fifth century – not a king, but an undefeated warrior – was submerged under the overflowing saga of the mythical Arturo.

Through the History Regum Britanniae; like Arturo, the warlike and adventurous hero, is enthroned as a magnificent king of Great Britain, a magnanimous monarch who, by his conquests and his pomp, surpasses the emperor of Rome himself and who only stops the fateful catastrophe in his triumphal march: Mordred’s betrayal and Camlann’s cruel combat. The story of Arturo is an excellent example of this literary talent of Geoffrey. In their strokes are joined the legendary memories, the epic efforts and the fictional fantasy of the cleric educated in the stories and classic legends. Already in the seventh book Geoffrey has evoked the figure of the prophet and magician Merlin, who will weigh in the fantastic biography of the great Arthur, who since his birth is surrounded by prodigies.
Precisely in its fight against the political power of Rome, in the British advances on the continental soil, after the submission of all Great Britain and the conquest of Ireland, a brilliant idea is emphasized: Arturo was more than an independent monarch, it was a true Emperor.

In contact with the Breton legends he introduces two long-term reasons: the Round Table and the Broceliande forest. Around the great Round Table, the best knights, coming from very diverse lands, gather together on equal footing to acquire prez and honors and learn courtesy and see prodigies and tell feats. As for the forest of Broceliande, retirement of melancholic Merlin and place of strange encounters and mysterious adventures, Wace himself tells that he visited him, although he did not witness any prodigy: “I went there to see wonders. I saw the forest, I saw the region. I looked for the wonders, but I did not find them ».

“In the world of the Plantagenets and the Capetians in which the monarchy becomes bureaucratized, it is surrounded by men coming from the Church but from a low birth, and above all from those new intellectuals, the Magistri, the masters of the urban schools, and even sometimes of merchants and bourgeoisie, where the feudal hierarchy is increasingly forgotten, the polite novel exalts a monarch who, around the Round Table, is often only a primus inter pares, who does not shine so much for his a feat like that of his knights, but which, in the face of the vigorous greed of the new rich, of avaritia, embodies the chivalric ideal of magnificence and generosity, of largesse. A king of the gift in a world of hoarding and calculation. A king who knows no borders, but welcomes in his court every good knight, of any nation. The civil civilization is in principle a civilization of generosity and universality.

The image of Arthur as an exemplary monarch is highlighted in various places in the novels. It is an ethical paradigm, of nobility and generosity, that dispenses with the nationalist traits and even the most personal traits (which it had in the Historia Regum Britanniae), to become the figure of a courteous sovereign who “while he lived and reigned all princes surpassed / in courtesy and in prowess / in courage and in generosity »
Nostalgia is already in the very beginnings of the genre, in the first novels of this medieval romanticism.
The world of the chivalric novel is also that of courtly love. The fine love, that “subtle game”, invented in Occitan by the troubadours, is picked up by the novelists to give passion and sentimental coloring to their courtly world. And it is not only love as game and courteous rhetoric, but also fatal love, the terrible compulsive and unbridled love, which can oppose the strongest barriers of society, that fiery passion and that reason can not hold, what will appear in the novels.

The kingdom of Arturo is, opportunely, a fabulous and conservative construction of the ancient uses and customs, that is, a world alien to all those threats that darken the historical future of the knights in the real world. In this mysterious area the wandering knights find the possibility of showing their worth. He still has a place for the prowess and glory of the knight-errant, thanks to the adventures and wonders that await the paladin. But in the historical reality of contemporary Europe, when even the great enterprise of the Crusade feels like a vast disappointment and a failure, there is no room for such acts of arms; or, at least, there is no significant place. It is the nostalgia that inspires spirituality and fantasy in the courteous spirit. The gentleman who goes out to the wide world to look for adventures is an idle hero, without a precise historical function, he is a hero who goes in search of a destiny of glory that the historical context spares him. That is why his starting point and his place of return is the court of Arturo, which represents the bustling center where such triumphs are sanctioned by the exaltation and publication of his exploits.

The Tale of the Graal is the novel story of an education: that of the young Perceval, who comes out of his naive and jungle adolescence to be trained in the world of chivalry. It is a novel centered on the spiritual evolution of its protagonist, the first Bildungsroman of European literature.

In El cuento del Graial a new horizon of adventure is insinuated; with Perceval appears a type of hero that goes beyond the polite gentleman. Chrétien’s novel will be, in a certain way, a victim of the myth that it arouses. Charged with symbolic values, the Grail appears as a fascinating image, a divine lure after which the best of the Arthurian cavalry must be pledged in a quest that transcends its own strength, because it is first and foremost a spiritual enterprise, an effort and ascetic pilgrimage to a religious symbol that transcends all worldly glory.
These two tendencies: to expand the framework of the Grail history and to infuse all the episodes of the search with an allegorical sense, culminates in the great novelistic cycle of the Lanzarote-Grail, also called the Arthurian Vulgate, composed of five novels : The History of the Holy Grail, Merlin, Lanzarote, Search of the Holy Grail, and The Death of Arthur.

In the interpretation that The Quest for the Holy Grail proposes of the highest chivalric enterprise, the redeeming function of chivalry as a social class is denied. For the public of these medieval novels, the cavalry was the culmination of a civilizing effort, the flower of history, idealized and represented by exemplary figures. But for a feat as spiritual as the Grail, aristocratic courage and skill were inadequate; only the desire for perfection, the surrender to an asceticism by religious knowledge, chastity and the strictest devotion lead to success in such a field.

This drama, (Parzival) baroque and overloaded with symbolism, auroleated by a confused metaphysics, means the last romantic reinterpretation of the myth, far from the chivalric and Arthurian atmosphere.
What is the Grail? A wide and flat plate, as the etymology of “graal” indicates? A cup identified with the Holy Chalice, recipient of the blood of Christ? A gemstone of magic virtues? The holy glass or the celestial carbuncle refulges with mysterious prestige in the fictional plot. But for the history of Perceval it does not matter much what form the mystery object takes. Of course, what is the Grail, but this one: “Who does the Grail serve?” Just as before the bleeding spear, he must ask: “Why does the spear bleed?” (And this will break the spell).
The two motifs are then dissociated in most of the texts: the bloody spear is identified by Robert de Boron with the spear that struck the side of Christ on the cross, but neither Chrétien nor Wolfram notice such identification. In the Parzival the spear relieves the wounds of Anfortas once, and with it he cures the hero to his badly wounded uncle. But it is dissociated from the sparkling carbuncle that is “a wonder of paradise” and the most precious relic of the earth.
The term graal, a common word, but infrequently used in French, simply meant “a wide and shallow dish,” as defined by 1230 the monk Helinand of Floidmon.
There are mysterious interpretations of the search for the Grail. I prefer to forget them. Perhaps each one has his own search and his Grail.

With the death of King Arthur (La mort le roi Artu) concludes the fictional cycle of the Arthurian Vulgate. After the Lanzarote and the search for the Grail, this third novel closes the story of the adventures of Lanzarote and the famous knights of the Round Table, and tells the end of Arthur’s reign.

The fictional narrative takes on an air of great epic drama, and Malory’s quick and quick prose serves to express that tragedy with singular skill, because it avoids rhetoric and the affectation of language. The Wheel of Fortune has taken a total turn: Arturo had risen to the greatest glory and is going to be sunk. Anguished forebodings float. The king tries to avoid the catastrophe and still tries to reach an agreement with Mordred, the traitor. Before the battle, which is felt as the last battle, both enemies, father and son, try to avoid the final butchery. Both meet their best men in the middle of the battlefield and will sign truces.
A splendid ending for a long story, told from beginning to end. A mysterious hand has recovered, emerging from the bottom of the lag, the sword Excalibur that the king extracted from the rock. Like the brightness of the sword, the cavalry is also immersed in memory, and there remains only the hope of a certain return of the hero.

After the long lapse of the second half of the seventeenth century and the entire eighteenth century, interest reappeared in England, renewed and maintained now with a poetic impetus and a curious ethical aspect, by the world of medieval cavalry, and, especially, by the Arthurian world. That resurrection of Malory’s text, which will be one of the most read books -well in its original form, in summaries and modernizations, and even in editions for young people- throughout the 19th century is an effect of romanticism. But it is fair to give a place of honor in this recovery to who was the first champion of this literature (and its ideological background), Sir Walter Scott.

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