El fraude de la Sábana Santa y las reliquias de Cristo — Juan Eslava Galán / The fraud of the Shroud and the relics of Christ by Juan Eslava Galán (spanish book edition)

Sin duda leer a este autor jienense, uno de los que más me gusta de nuestro país dicho sea de paso, siempre es gratificante y este libro lo leo cada cierto tiempo. Es un libro muy ameno, muy entretenido y divertido. Divertido porque pone en solfa multitud de reliquias que han adornado la historia del catolicismo en los últimos siglos. Y es por ello que entiendo que pueda parecer irreverente a ciertas sensibilidades. El criticar aspectos de una religión es un tema delicado, que genera debates apasionados, porque se contraponen dos posturas antagónicas. En este caso, por un lado, las reliquias cumplieron y cumplen un papel muy importante como soportes populares para el sostenimiento de la fe en mucha gente de carácter más bien humilde, pobre y de escasos medios culturales y espirituales. Y por el otro, el mundo en que vivimos hoy es hipercrítico y científico, que no acepta comulgar con ruedas de molino. Y es desde esa perspectiva desde donde parte la crítica del autor. Poniendo un ejemplo: ¿Puede un católico hoy en día creer que la paloma del Espíritu Santo dejó un huevo que se conserva como reliquia? ¿O que exista leche de la Virgen María? Estas cosas se creyeron en una época de una gran credulidad, sin duda alentada por la misma Iglesia, pero a fecha de hoy gran parte del mundo de las reliquias no se sostiene, más que nada porque la época y mentalidad que las generó ya no son las mismas que las de hoy en día.

En sus comienzos judaicos, el cristianismo fue muy enemigo de las reliquias. La religión judía abominaba de cuanto hubiera estado en contacto con un cadáver; recordemos la Biblia: «Quien toque a un cadáver será impuro durante siete días» (Núm. 19, 11). Como se sabe, o se va sabiendo, los cristianos no dejaron de ser judíos hasta, por lo menos, un siglo después de la muerte de Jesús, y aun así, durante mucho tiempo, continuaron observando las doctrinas higiénicas judaicas en lo que se refiere a la impureza de los difuntos. Ello determinó que no comenzaran a venerar reliquias hasta el siglo III, cuando tomaron su propio camino, más próximo a las religiones de los gentiles, especialmente de los griegos y romanos, entre los cuales sí era costumbre adorar reliquias y objetos sagrados.
Desde el siglo IV, los cristianos dieron en venerar reliquias de los santos y más especialmente las de Cristo, que se iban incorporando rápidamente al ávido mercado. El problema radicaba en que nadie había conservado reliquias de Jesús ni de ningún apóstol o santo anterior al siglo III, pero ello no impidió fabricarlas o «descubrirlas» (inventio) para atender a la creciente demanda. Así, una de las primeras peregrinas a los Santos Lugares, la monja Egeria, pudo fortalecer su fe con la contemplación de la piedra sobre la que Moisés rompió las primeras Tablas de la Ley; la zarza ardiente donde Dios se manifestó, que estaba todavía viva y echaba brotes; el horno donde los impíos israelitas fundieron el becerro de oro; y hasta la columna del palacio de Caifás donde azotaron a Jesús, que, por cierto, conservaba las marcas de las manos, de la barbilla y de la nariz del Salvador.
Circunstancia sorprendente y casi rayana en el milagro: el mercado nunca se saturó, sino todo lo contrario, la demanda se mantenía por encima de la oferta. Por espacio de varios siglos, potentados, santuarios e iglesias rivalizaron en la posesión de reliquias. En 1509, el príncipe elector Federico el Sabio legó a la iglesia palatina de Witemberg su colección de cinco mil cinco reliquias (muchas de ellas adquiridas por él personalmente en Tierra Santa). Entre las más importantes figuraban cinco gotas de la leche de la Virgen, cuatro cabellos y tres retalitos de su camisa.

La lucubración sobre el destino del prepucio de Cristo ha poblado de profundas cavilaciones las vigilias de muchos padres de la Iglesia. Durante más de un milenio ha planteado arduas preguntas de difícil respuesta a los concilios y asambleas de la Iglesia y ha dado mucho que meditar a las conciencias. Hoy, gracias al testimonio de la monjita Agnes Blannbekin (muerta en Viena en 1715), conocemos la verdad: el prepucio resucitó en la Resurrección, por lo tanto está en el cielo, felizmente reintegrado al cuerpo sacratísimo de Jesús.
Las revelaciones de sor Agnes constituyen la mejor demostración de que los prepucios que se veneran en los distintos santuarios de la cristiandad son, todos ellos, falsos.

La más famosa de las presuntas reliquias de Cristo, la Sábana Santa de Turín, es una pieza de lino de 432 cm por 110 cm en la que se distinguen una figura frontal y otra dorsal de un hombre desnudo a tamaño natural. El tejido se conserva aceptablemente bien, aunque presenta algunos agujeros de quemaduras convenientemente remendados.
Durante cinco siglos, el Santo Sudario de Turín no fue más venerado que la docena y media de sudarios, paños de Verónica, mortajas y otras presuntas reliquias de la Pasión del Señor dispersas por diversos santuarios de la cristiandad. Quizá una de las razones de esta inadvertencia estribe en que se ostensionaba, es decir, se mostraba, muy de tarde en tarde: en el siglo XIX, por ejemplo, sólo se celebraron cinco ostensiones. Pero en 1898 la reliquia se hizo, de pronto, famosa.
El misterio de la sagrada reliquia se había redoblado. Desde el descubrimiento de la fotografía de Cristo, el número de peregrinos había aumentado. No era posible ya contemplar la reliquia. Quizá no volviera a ostenderse (¿u ostentarse, quizá?) para aquella generación, pero a la fe de los devotos visitantes les bastaba con saber que en aquel estuche plateado se contenía el portento. La sabia arquitectura de la capilla-santuario, obra de Guarini, contribuía poderosamente a reforzar la espiritualidad del lugar. La Iglesia, admirable en tantos aspectos, nos sorprende, una vez más, con su innata habilidad para provocar emociones místicas mediante efectos especiales.
Los nuevos devotos de la Sábana Santa inventaron una nueva ciencia, la sindonología (aunque esta denominación sólo se divulgó muchos años después).
La palabra proviene del griego sindone, sábana, como se denomina la mortaja de Cristo en los Evangelios. El objeto de la sindonología es el estudio de la Sábana Santa. Un objeto limitadísimo, podría objetarse (pues se cifra únicamente en una pieza de tejido de lino).
Los sindonólogos, en su noble anhelo por ratificar históricamente la Sábana Santa, han recurrido frecuentemente a los Evangelios. Aquí, una vez más, surge el conflicto entre ciencia y fe. La fe es un estado de gracia que no debe confundirse con la historia, que es una ciencia.
La conclusión es evidente: Jesucristo no fue ni fantasma ni zombi. No existe explicación racional satisfactoria de la Resurrección. Por eso, la Iglesia, obrando con su habitual prudencia, ha elevado todo el asunto a la categoría de misterio, liberándonos del trabajo de intentar comprenderlo. Y ese misterio es, además, un dogma, lo que nos obliga, como cristianos, a aceptarlo. No hay más que hablar. Lo creemos a puño cerrado y punto.

El deán de Lirey, con engaño y maldad, movido por la avaricia, no con fines devocionales sino por codicia, proveyó su iglesia con un paño pintado con artificio, en el cual, de un modo ingenioso, estaba pintada una doble imagen de hombre por delante y por detrás, asegurando falsamente que era el sudario mismo en el que fue envuelto nuestro Salvador Jesucristo en el sepulcro, en el cual la imagen del Salvador con sus heridas había quedado impresa. Y esto fue divulgado no sólo en el reino de Francia sino en el mundo entero.
La Sábana Santa no ha podido ser un sudario porque la figura proyectada en ella no presenta prácticamente distorsión alguna, lo que prueba que se encontraba a cierta distancia del lienzo y que este estaba plano, quizá montado en un bastidor. De haber servido como mortaja presentaría una imagen grotesca y ancha resultante de aplanar una tela que se ha impreso envolviendo un volumen. Además, si el cadáver estaba tendido boca arriba sobre una superficie, el propio peso del cuerpo aplanaría las zonas corporales que descansaran sobre dicha superficie, especialmente los glúteos, y esta circunstancia no dejaría de reflejarse en el lienzo.

Durante cinco días sometieron la reliquia a toda clase de análisis: ultravioleta, espectrográfico, rayos infrarrojos, luz visible, rayos X… La literatura sindonológica se deleita deletreando expresiones como «espectrorreflexometría fotoeléctrica». De todo ello resultó la confirmación de lo que se sabía desde principios de siglo: que la imagen de la sábana es un negativo fotográfico y que no se trata de una pintura.
El más sustancial adelanto se produjo en el examen de las manchas de sangre. Después de complicados experimentos, el equipo llegó a la satisfactoria conclusión de que las manchas de la sábana eran de sangre.
Las manchas han sido siempre uno de los puntos débiles de la sindonología, y como tal ha requerido esfuerzos suplementarios de fe. La supuesta sangre de la sábana oscila «del marrón rojizo al bermellón y hasta casi al anaranjado, gama» de colores que, según los sindonólogos, corresponden «exactamente al abigarrado color de antiguas manchas de sangre desecada».

Sábanas Santas de Jerusalén, de Constantinopla, de Besanzón y de Turín. El reducido espacio de que disponemos no nos permite tratar por extenso las otras Sábanas Santas veneradas en Europa, así que nos limitaremos a mencionar, de pasada, las más conocidas. En Francia hay una media docena larga de ellas, casi todas derivadas de la que poseyó Carlomagno (presuntamente recibida de Jerusalén). Naturalmente la que mejores títulos esgrimía era la de Aquisgrán, por estar donde estaba. La de Cadouin (Dordoña), que se decía traída de Tierra Santa por el obispo de Tuy durante la primera Cruzada, era una pieza de lino de casi tres metros de larga por uno y pico de ancha. Una comisión interdisciplinaria la examinó en 1933 y, como la reliquia estaba en el mayor desamparo y no tenía cofradía sindonológica alguna que la respaldara, fue declarada falsa y retirada del culto.

1.ª La Verónica que actualmente guardan en Roma es la medieval, que no se perdió en el saqueo de 1527.
2.ª La Verónica romana es la copia que sustituyó a la quemada en 1527.
3.ª La Verónica medieval, o su copia de 1527, fue robada en 1608, durante un traslado, y la actual es una réplica (o réplica de réplica) de la medieval. Algún investigador sostiene que el ladrón fue un tal Pancracio Petrucci, que la pignoró diez años más tarde a un tal Antonio Fabrizio, el cual a su vez la donó a la iglesia de Manoppello, cerca de Pescara, donde todavía se venera.
¿Dónde reside la verdad? Sólo Dios lo sabe. Lo cierto es que, a partir del siglo XVII la Verónica, original o copia, se torna un objeto misterioso que sólo se exhibe de tarde en tarde, siempre con gran misterio, y queda encerrado en su nuevo relicario de la pilastra de San Pedro, donde aún hoy reside. La última ostensión pública se celebró en 1950, con ocasión del año santo.

El Santo Rostro de Jaén adquirió rápida notoriedad. Se conserva un contrato de 1546 por el que el pintor Francisco del Olivar se compromete a suministrar para Semana Santa veintitrés docenas y media de Verónicas labradas al óleo, de medio pliego cada una; y dos docenas de rostros de Cristo en papel de marca mayor y dos piezas de guadamecí que tengan ochocientas verónicas pequeñas y dos tablas doradas y diez verónicas en lienzo.
Es casi una industria.

La Cámara Santa de la catedral de Oviedo se conserva y venera, junto a la famosa Cruz de la Victoria, una pieza de tejido de lino rectangular (83 por 53 cm) que la tradición venera como el pañolón que cubrió el rostro de Cristo muerto. En él no se distingue figura alguna sino simplemente una serie de manchas parduscas en distintos tonos. Dado que no se trata del clásico paño de la Verónica ni de un mandylion, juzgamos prudente postular una clasificación separada dejando la última palabra a la pañolonología, disciplina complementaria de la sindonología, pero absolutamente independiente de ella.
El padre Solé, S. J., lo rechaza con un argumento contundente: el pañolón existe en Oviedo desde el siglo IX, cuando el original estaba «todavía en Constantinopla, en el tesoro del emperador, en el siglo XIII».

Una piadosa pero enteramente falsa leyenda sostiene que santa Elena, madre del emperador Constantino, encontró en 326 la cruz sobre la que habían ajusticiado a Jesucristo.
La leyenda presenta dos variantes. Según la primera, la emperatriz empleó a un equipo de obreros para excavar en el lugar del Santo Sepulcro. Según la segunda, un judío el que conocía el emplazamiento del sepulcro y santa Elena lo obligó, bajo grave coacción, a desenterrar la Santa Cruz. El excavador se llamaba Judas, y a raíz de los prodigios obrados por el sagrado madero se convirtió al cristianismo y adoptó el nombre de Ciríaco; es de suponer que en penitencia por su turbio pasado. A la muerte del anciano obispo de Jerusalén, Ciríaco había adelantado tanto en virtud y santidad que lo sucedió en el cargo.
Según las dos versiones de la leyenda, en el interior del Santo Sepulcro se descubrieron tres cruces idénticas, la de Cristo y las de los dos ladrones que murieron con él. ¿Cuál de ellas era la del Redentor? Santa Elena, fecunda en ardides, hizo que una señora agonizante se tendiera sobre cada una de las cruces. Las dos primeras no obraron prodigio alguno, pero al depositar a la moribunda sobre la tercera, ya con un pie en el otro mundo a causa del trasiego, se obró el milagro y la desahuciada, recobrando al punto la salud, se levantó tan rozagante y lozana como en sus mejores días y muy dispuesta a testimoniar el prodigio prolongando su estancia en este valle de lágrimas cuanto fuera necesario.
El milagro era más que suficiente, pero, por si no bastara, tendieron sobre la cruz de Cristo un cadáver…, ¡y el difunto resucitó!.
La invención de la Santa Cruz quedó desde entonces perpetuamente unida al nombre de santa Elena. Santa, por cierto, algo controvertida a causa de su turbio pasado. Según san Ambrosio, se cuenta que Elena fue en su adolescencia moza de establo, y que Constantino el Mayor, antes de ser proclamado rey, la desposó. ¡Buena moza de establo, sin duda debió de ser en su juventud quien después tan diligente se mostró en buscar y localizar el pesebre en el que fue reclinado el Señor!.

El principal aspecto negativo de la invención de la Santa Cruz fue la proliferación de reliquias que acarreó. Apenas transcurridos cinco lustros, Cirilo de Jerusalén lamentaba que el mundo estuviera lleno de astillas de la cruz de Cristo. Razón no le faltaba. No existe monasterio, iglesia o capilla en la cristiandad toda, especialmente si está bajo la advocación de la Santa Cruz, que no se precie o haya preciado de atesorar alguna muestra de la Vera Cruz, tronco, tarugo o astillita. Incluso relicarios portátiles y medallas al cuello circularon con presuntas virutas.
Hacer un catálogo detallado de los Lignum Crucis de una cierta importancia que se veneran en el orbe cristiano sería empresa de toda una vida, porque no hay reliquia más agradecida ni que cunda tanto. Fragmentos notables se veneran en la basílica de San Pedro de Roma, en Velletri (Italia); en la catedral de Notre Dame (París) y en Bolonia. Los fragmentos españoles más importantes son los de la capilla del Palacio Real de Madrid y el de Santo Toribio de Liébana (Santander). Este último, que pasa por ser el mayor trozo conocido después del romano, es un leño de sesenta y tres centímetros de longitud que, según la autorizada tradición, corresponde al brazo izquierdo de la cruz (lo que resulta incompatible con la apreciación sindonológica de que el patibulum completo está en Santa Croce).

Hasta donde nuestra información alcanza, son cuatro las Santas lanzas que existen actualmente, a saber: una en el Vaticano, a la que los actuales papas n o prestan gran atención; otra en París, supuestamente llevada de Palestina en el siglo XIII por san Luis; otra, en el museo del palacio Hofburg, en Viena (también llamado Casa del Tesoro), y la cuarta en Cracovia, Polonia. Esta última es una réplica de la vienesa que Otón III regaló a Boleslav el Bravo.
La Santa Lanza del Vaticano, hoy casi olvidada, fue en el pasado una reliquia íntimamente asociada a la Verónica. De hecho en el ordenamiento del culto de la Verónica por el papa Urbano VIII (1625).
La Santa Lanza, como objeto mágico, estaba unida al papado y, en último término, a una religión de origen judaico, el cristianismo, pero, al propio tiempo, la historia germana la había confirmado como talismán mágico de poder. Los nacionalistas alemanes la sometieron a una germanización radical con la incorporación de otras leyendas que aseguraban que el soldado Longinos era, en realidad, un auxiliar germano alistado en la legión romana. Incluso circularon copias de la carta que Longinos envió a su localidad natal de Zofingen, junto a Ellwangen, relatando la crucifixión de Jesús.
Se ha especulado bastante con las implicaciones mágicas de la Alemania hitleriana. Algunos opinan que los nazis repudiaban el humanismo grecolatino y el cartesianismo y la Ilustración, bases de la cultura europea, porque aspiraban a sustituir la religión cristiana por una Weltanschauung mágica, basada en las mitologías germánicas, la mística oriental y el predominio de la raza aria. La cruz sustituida por la esvástica. Ciertamente, en los mismos orígenes del partido nazi aparece un extraño grupo ocultista, el Thule Gesellschaft, al que pertenecían el comité y los primeros miembros del Partido Obrero Alemán, el corpúsculo del que partió Hitler para medrar en política. Otras fuentes aseguran que Hitler fue iniciado en la sociedad ocultista Vril o Logia Luminosa, fundada por Karl Haushofer en Berlín y que todas sus creencias sobre la trascendencia de la raza aria y la mística biológica de su misión procederían de esta sociedad. Se dice que el Vril mantuvo en Berlín, casi hasta el final de la guerra, un gabinete de lamas tibetanos, budistas japoneses e iniciados en otras sectas y sociedades orientales y occidentales. Vaya usted a saber. Según algunos, este Vril fue el germen del departamento de ocultismo de las SS (la Ahnenerbe). Las propias SS estaban concebidas como una orden semirreligiosa del nazismo y sus mentores, que aspiraban a concordar con la tecnología y la eficiencia alemanas, anduvieron interesados en el Grial y las filosofías orientales. Oficiales superiores de las SS Totenkopf, el Sicherheitsdienst y la Gestapo asistían a cursos de meditación trascendental y magia para potenciar sus capacidades.
El sanctasanctórum de la orden SS estaba en el castillo-santuario y casa de cursillos de Wewelsburg, que Heinrich Himmler hizo construir, con trabajo esclavo, en menos de un año, cerca de Paderborn.

Recapitulando: en la actualidad existen dos Santas Lanzas que pretenden ser la original, una en el Vaticano y otra en Viena. Los sindonólogos han calculado trabajosamente, a partir de la impronta de su sábana, que la Lanza de Longinos tenía una anchura de 4,4 por 1,4 cm. Con lo fácil que les hubiera resultado sumar las medidas de las Santas lanzas de Roma y de Viena y obtener la media aritmética dividiendo por dos. También le han puesto defectos a la lanzada de Longinos. Según Marvizón, en concordancia con el padre Ricci, «la hemorragia que ha producido la lanzada ha sido menor de la que se debería haber producido»

Existe desacuerdo entre diversos autores sobre el número de clavos de la cruz certificados de reliquias que circulan por esos mundos. Herrmann ha echado la cuenta, con rigor germánico, y le salen veintisiete (p. 167), pero puede que haya bastantes más dado que hasta tiempos relativamente recientes en la basílica de Santa Croce se vendían réplicas del Santo Clavo venerado en aquella iglesia.
La tradición occidental sostiene que santa Elena destruyó los clavos. Sin embargo desde tiempo inmemorial ha existido uno en la basílica romana de Santa Croce. Es de cabeza redonda y sección cuadrada y según unos mide 11,5 cm de longitud y 1 de lado, y según otros mide 125 mm de largo y 9 mm de lado. Le falta la punta. Algunos sindonólogos tienden a darlo por bueno dado que se parece algo al del crucificado de Givat Hamivtar
En la catedral de Milán hay otro Santo Clavo; en la capilla del palacio Real de Madrid, hay otro; y atado a la Santa Lanza de Viena hay un tercero.

Algunos pueblos de la Europa medieval, en especial aquellos que sólo habían sido superficialmente cristianizados, estaban convencidos de la existencia de calderos, copas o bandejas mágicos que suministraban alimentos a sus poseedores. Se comprende que el mito fuera especialmente apreciado por las famélicas tribus célticas y otros pueblos desfavorecidos que irrumpen en la historia europea lampando por un mendrugo.
En el siglo XII, estos objetos mágicos acabaron confundiéndose con el cáliz de la misa donde los misioneros cristianos obraban el prodigio de convertir pan y vino en carne y sangre. De este sincretismo surgieron los mitos del Santo Grial, el vaso, copa o escudilla que Jesucristo usó durante la Última Cena.
El mito del Grial, enriquecido con las aportaciones de poetas y fabuladores, ha mantenido íntegra su antigua fascinación incluso en el mundo moderno, tan tibio en la fe, a través del cine y de la literatura.
No pasaremos adelante sin manifestar nuestra más enérgica protesta por la excesiva cantidad de títulos que abusivamente está acumulando la ciudad adriática en detrimento de otras ciudades europeas y, muy especialmente, de algunas españolas. Por una parte se ufana de ser patria de Cristóbal Colón, cuyo origen genovés es unánimemente aceptado (y nadie se acuerda ya de las candidaturas españolas a patria del ilustre descubridor: Mahón, Albacete, Pontevedra, Barcelona, Mallorca, Galicia…). Por otra parte, el velo de la Verónica genovesa, la Santa Faz de la iglesia de San Bartolomé de los Armenios, que en la bibliografía internacional ningunea a las candidatas españolas (jiennense y alicantina). Y, por si esto fuera poco, finalmente, para remate, el cáliz de Cristo, el Santo Grial o sacro catino, en defensa de cuya legitimidad los genoveses pregonan de falso al valenciano. Esos ligures son insaciables. Se lo quedan todo.

Al margen del cáliz valenciano, cuya tradición no se remonta más allá de la Baja Edad Media, existen en España algunos griales que parecen pervivencias de ritos prehistóricos incorporados al cristianismo. En la iglesia de la Virgen de Nuria (Queralbs, Gerona) se venera un caldero de hierro al que los devotos recurren para sanar los males de cabeza. Ello se consigue introduciendo la cabeza en él al tiempo que se toca una campana. En el santuario de la Virgen de la Carrizosa (Ciudad Real) había un caldero similar, de bronce, que se perdió con los trasiegos de 1936. Los devotos besaban la vasija y le formulaban una petición que ella concedía siempre que el beso no hubiera coincidido en el lugar de un beso anterior. Hay que suponer, dado que se trataba de un culto ancestral, que la exploradísima vasija concedería escasos favores.
Un tercer caldero mágico existió, hasta que lo robaron en los años setenta, en el santuario de la Virgen de Cébrano (Carrea, Oviedo). También se introducía la cabeza y era mano de santo.
A esta lista cabe añadir el cáliz de la iglesia del Cebrero (Lugo), aunque este es de origen cristiano y más que un Grial es un cáliz milagroso.

El más famoso Grial es, sin duda, el que aparece en el ciclo novelesco del rey Arturo y sus caballeros, que, según una tardía leyenda medieval, se reunían en torno a una Mesa Redonda (con galicismo, Tabla Redonda) en un lugar de Gran Bretaña conocido por Camelot. Las hazañas del rey Arturo y sus paladines nutrieron una caudalosa mitología y han inspirado cantares de gesta, romances, óperas, novelas e incluso dibujos animados y más de una docena de guiones cinematográficos, el último de ellos del mago Spielberg.
El caso es que la leyenda no remonta más allá del siglo IX, cuando un tal Nennio, historiador muy dado a fantasear, mencionó a cierto caudillo celta, Arturo, que luchó contra los invasores sajones en el siglo VI. En realidad no está confirmado que este Arturo existiera, pero las figuras históricas también se falsifican como las reliquias y a veces por el mismo motivo: el fortalecimiento de la fe.
En la Inglaterra del siglo XII coexistían dos culturas: la de los normandos, que habían conquistado la isla en 1066, y la de los sometidos anglosajones. Los normandos dominantes hablaban francés y se deleitaban cantando las hazañas de Carlomagno y sus famosos pares. Los sajones autóctonos se inventaron su propio Carlomagno indígena agigantando la remota y confusa figura de aquel rey Arturo y fueron tejiendo en torno a su figura todo un ciclo nacional, que sería conocido como materia de Bretaña. Si los juglares recitaban las hazañas de Carlomagno y sus pares ante las sólidas chimeneas de los castillos normandos, en las cabañas sajonas, rebujados al calor del establo, los sajones recitaban las hazañas todavía más portentosas de Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda.
Sobre el fondo de la mítica sociedad artúrica fue creciendo, hasta cubrirla toda con su prodigiosa sombra, el mito del Santo Grial, que muy pronto surtió de argumentos incluso a los autores más cultos. Fueron ellos precisamente los que cristianizaron el material e inventaron una historia para justificar la presencia del cáliz de la Última Cena en la islas británicas. Nada más fácil.

Se ha especulado mucho sobre el sentido de los mitos griálicos cristianos. Para algunos son reflejo tardío de un antiguo ritual pagano de culto a la fecundidad. El Rey Pescador sería una especie de Adonis cuya herida acarrearía la esterilidad de la tierra. El Grial y la Lanza sangrante que lo precede serían símbolos sexuales igualmente relacionados con el culto a la fecundidad. La pregunta que el inocente caballero no se atreve a plantear sería la fórmula mágica requerida por esa iniciación. Es una explicación ingeniosa, aunque difícil de aceptar en todos sus extremos. Lo más probable es que no exista una intención clara y consciente detrás de las leyendas del Grial. Se formaron a partir de un brumoso entramado de tradiciones y mitos irlandeses y galeses y recibieron indudables influencias orientales cuyos caminos son difíciles de precisar.

Hoy, en la supuesta gruta de la Natividad, se sigue venerando un Santo Pesebre. Sobre esta gruta edificó una iglesia Constantino, pero dos siglos después estaba tan deteriorada que Justiniano la demolió para edificarla de nuevo y, aunque se salvó de la destrucción cuando la invasión de Cosroes II (porque en su portada principal estaban representados los tres Magos con atuendo persa), tampoco resistió el paso del tiempo y hubo de ser reedificada por tercera vez en tiempos de los cruzados. A ellos se debe la iglesia de cinco naves, con aspecto exterior de fortaleza, que hoy vemos.
Unas empinadas y angostas escaleras de piedra conducen a la cripta donde se venera el Santo Pesebre. También este reducido recinto ha sido objeto de disputa: el altar donde está la estrella de plata que supuestamente señala el lugar exacto de la Natividad, pertenece a los ortodoxos; la estrella de plata propiamente dicha es propiedad de los franciscanos, y la imagen de la Virgen que hay sobre el altar es patrimonio de los cristianos sirios.

La Vía Dolorosa es, según la tradición, el itinerario de la Primera Procesión; el camino que anduvo Jesús con la cruz a cuestas hasta el lugar de las ejecuciones. Es una calle abarrotada de tenderetes píos y de Santos Lugares, capillas y placas del Vía Crucis de diversas épocas, trazas y estilos. Sus tres iglesias (la de la Condena, la del Ecce Homo y la de la Flagelación) son obligada visita para los peregrinos.
La moderna crítica establece que el itinerario de Jesús camino del Calvario tuvo que ser distinto (dado que el famoso monte no pudo estar donde santa Elena o el obispo san Macario lo señalaron).

Without a doubt, to read this author from Jaén, one of the ones I like most about our country, by the way, is always rewarding and I read this book every so often. It is a very entertaining book, very entertaining and fun. Fun because it puts in solfa multitude of relics that have adorned the history of Catholicism in recent centuries. And that is why I understand that it may seem irreverent to certain sensibilities. Criticizing aspects of a religion is a sensitive issue, which generates passionate debates, because two opposing positions are opposed. In this case, on the one hand, the relics fulfilled and fulfill a very important role as popular supports for the support of the faith in many people of rather humble, poor character and of limited cultural and spiritual means. And on the other, the world we live in today is hypercritical and scientific, which does not accept communion with mill wheels. And it is from that perspective that the author’s criticism starts from. To give an example: Can a Catholic today believe that the dove of the Holy Spirit left an egg that is preserved as a relic? Or that there is milk of the Virgin Mary? These things were believed in a time of great credulity, no doubt encouraged by the Church itself, but to this day much of the world of relics is not sustained, more than anything because the era and mentality that generated them are no longer the same as those of today.

In its Jewish beginnings, Christianity was a great enemy of the relics. The Jewish religion abhorred anything that had been in contact with a corpse; Remember the Bible: “Whoever touches a corpse will be unclean for seven days” (Num.19, 11). As is known, or is known, Christians did not stop being Jews until, at least, a century after the death of Jesus, and even then, for a long time, they continued to observe the Jewish hygienic doctrines in regard to to the impurity of the deceased. This determined that they did not begin to venerate relics until the third century, when they took their own path, closer to the religions of the Gentiles, especially the Greeks and Romans, among whom it was customary to worship relics and sacred objects.
From the fourth century, Christians gave in venerating relics of the saints and more especially those of Christ, who were quickly incorporated into the avid market. The problem was that no one had preserved relics of Jesus or of any apostle or saint before the third century, but that did not prevent them from manufacturing or “discovering” them (inventio) to meet the growing demand. Thus, one of the first pilgrims to the Holy Places, the nun Egeria, was able to strengthen her faith with the contemplation of the stone on which Moses broke the first Tablets of the Law; the burning bush where God manifested, that was still alive and sprouted; the furnace where the wicked Israelites melted the golden calf; and even the column of the palace of Caiaphas where they beat Jesus, who, by the way, kept the marks of the hands, the chin and the nose of the Savior.
Surprising circumstance and almost bordering on the miracle: the market was never saturated, but on the contrary, demand remained above supply. For several centuries, potentates, sanctuaries and churches rivaled in the possession of relics. In 1509, Prince Elector Frederick the Wise bequeathed to the Palatine Church of Wittenberg his collection of five thousand five relics (many of them acquired personally by him in the Holy Land). Among the most important were five drops of the milk of the Virgin, four hair and three retalitos of his shirt.

The lucubration on the destiny of the foreskin of Christ has filled with deep cavities the vigils of many parents of the Church. For more than a millennium he has posed difficult questions of difficult response to the councils and assemblies of the Church and has given much to meditate on consciences. Today, thanks to the testimony of the nun Agnes Blannbekin (died in Vienna in 1715), we know the truth: the foreskin was resurrected in the Resurrection, therefore it is in heaven, happily reintegrated into the most sacred body of Jesus.
The revelations of Sr. Agnes are the best demonstration that the foreskins that are venerated in the various sanctuaries of Christianity are all false.

The most famous of the presumed relics of Christ, the Shroud of Turin, is a piece of linen of 432 cm by 110 cm in which there is a figure of the front and back of a naked man in full size. The fabric is conserved acceptably well, although it presents some suitably patched burn holes.
For five centuries, the Holy Shroud of Turin was no more venerated than the dozen and a half shrouds, cloths of Veronica, shrouds and other alleged relics of the Lord’s Passion scattered throughout various sanctuaries of Christianity. Perhaps one of the reasons for this inadvertence is that it was ostensible, that is to say, it was shown very late: in the nineteenth century, for example, only five ostensions were held. But in 1898 the relic became, suddenly, famous.
The mystery of the sacred relic had doubled. Since the discovery of the photograph of Christ, the number of pilgrims had increased. It was not possible to contemplate the relic. Perhaps he did not return to ostension (or show himself, perhaps?) For that generation, but the faith of visiting devotees was enough to know that in that silver case the portent was contained. The wise architecture of the shrine-sanctuary, the work of Guarini, contributed powerfully to reinforce the spirituality of the place. The Church, admirable in so many aspects, surprises us, once again, with her innate ability to provoke mystical emotions through special effects.
The new devotees of the Shroud invented a new science, the sindonology (although this denomination was only divulged many years later).
The word comes from the Greek sindone, sheet, as it is called the shroud of Christ in the Gospels. The object of the sindonology is the study of the Shroud. A very limited object, could be objected (because it is encrypted only in a piece of linen fabric).
The sindonólogos, in their noble desire to ratify the Shroud historically, have frequently resorted to the Gospels. Here, once again, the conflict between science and faith arises. Faith is a state of grace that should not be confused with history, which is a science.
The conclusion is clear: Jesus Christ was neither a ghost nor a zombie. There is no satisfactory rational explanation of the Resurrection. Therefore, the Church, acting with its usual prudence, has raised the whole issue to the category of mystery, freeing us from the work of trying to understand it. And that mystery is also a dogma, which forces us, as Christians, to accept it. There’s nothing more to speak of. We believe it with a closed fist and period.

The dean of Lirey, with deception and malice, moved by greed, not for devotional purposes but for greed, provided his church with a cloth painted with artifice, in which, in an ingenious way, was painted a double image of man by front and back, falsely assuring that it was the shroud itself in which our Savior Jesus Christ was wrapped in the tomb, in which the image of the Savior with his wounds had been imprinted. And this was disclosed not only in the kingdom of France but in the whole world.
The Holy Shroud could not be a shroud because the figure projected on it does not present practically any distortion, which proves that it was some distance from the canvas and that it was flat, perhaps mounted on a frame. If it had served as a shroud, it would present a grotesque and wide image resulting from flattening a fabric that has been printed enveloping a volume. Furthermore, if the corpse was lying face up on a surface, the body’s own weight would flatten the body areas resting on that surface, especially the buttocks, and this circumstance would not fail to reflect on the canvas.

For five days they submitted the relic to all kinds of analysis: ultraviolet, spectrographic, infrared rays, visible light, X-rays … The synodological literature delights in spelling expressions such as “photoelectric spectrreflexometry”. From all this it was the confirmation of what was known since the beginning of the century: that the image of the sheet is a photographic negative and that it is not a painting.
The most substantial advance occurred in the examination of bloodstains. After complicated experiments, the team came to the satisfactory conclusion that the spots on the sheet were blood.
The stains have always been one of the weak points of the sindonology, and as such it has required additional efforts of faith. The supposed blood of the sheet oscillates “from reddish brown to vermilion and almost to orange, range” of colors that, according to the sindonologists, correspond “exactly to the variegated color of old stains of dried blood”.

Santas sheets of Jerusalem, Constantinople, Besancon and Turin. The limited space available to us does not allow us to deal extensively with the other Holy Shrouds venerated in Europe, so we will limit ourselves to mention, in passing, the best known. In France there are a half dozen of them, almost all derived from the one Charlemagne possessed (presumably received from Jerusalem). Naturally the one that better titles used was the one of Aachen, to be where it was. That of Cadouin (Dordogne), which was said to have been brought from the Holy Land by the bishop of Tuy during the first Crusade, was a piece of linen almost three meters long by one and wide. An interdisciplinary commission examined it in 1933 and, as the relic was in the greatest distress and had no synodological guild to back it up, it was declared false and withdrawn from the cult.

1. The Veronica that currently kept in Rome is the medieval, which was not lost in the looting of 1527.
2.ª Veronica Romana is the copy that replaced the one burned in 1527.
3. The medieval Veronica, or its copy of 1527, was stolen in 1608, during a transfer, and the current one is a replica (or replica of replica) of the medieval one. Some researcher maintains that the thief was one Pancracio Petrucci, who piqued it ten years later to a certain Antonio Fabrizio, who in turn donated it to the church of Manoppello, near Pescara, where he is still venerated.
Where does the truth lie? God only knows. The truth is that, from the seventeenth century Veronica, original or copy, becomes a mysterious object that is only exhibited from time to time, always with great mystery, and is locked in its new reliquary of the pilaster of San Pedro, where he still resides today. The last public ostension was held in 1950, on the occasion of the holy year.

The Holy Face of Jaén acquired rapid notoriety. A contract of 1546 is kept by which the painter Francisco del Olivar undertakes to supply for Easter twenty-three and a half dozen Veronicas oil-cut, of half a sheet each; and two dozen faces of Christ on paper of major brand and two pieces of guadamecí that have eight hundred small veronicas and two golden tables and ten verónicas on canvas.
It’s almost an industry.

The Holy Chamber of the Cathedral of Oviedo is preserved and venerated, next to the famous Victoria Cross, a piece of rectangular linen fabric (83 by 53 cm) that tradition venerates as the shawl that covered the face of the dead Christ. In it no figure is distinguished but simply a series of brown spots in different shades. Since it is not the classic cloth of the Veronica or a mandylion, we think it prudent to postulate a separate classification leaving the last word to the pañolonología, complementary discipline of the sindonología, but absolutely independent of her.
Father Solé, S. J., rejects it with a convincing argument: the pañolón exists in Oviedo since the 9th century, when the original was “still in Constantinople, in the treasury of the emperor, in the thirteenth century”.

A pious but entirely false legend holds that St. Helena, mother of the emperor Constantine, found in 326 the cross on which they had executed Jesus Christ.
The legend has two variants. According to the first, the Empress used a team of workers to dig in the place of the Holy Sepulcher. According to the second, a Jew who knew the location of the tomb and Saint Helena forced him, under serious coercion, to dig up the Holy Cross. The excavator was called Judas, and as a result of the miracles wrought by the sacred wood he converted to Christianity and adopted the name of Ciriaco; Presumably in penance for his murky past. At the death of the old bishop of Jerusalem, Ciriacus had advanced so much in virtue and holiness that he succeeded him in office.
According to the two versions of the legend, three identical crosses were discovered inside the Holy Sepulcher, that of Christ and those of the two thieves who died with him. Which one was that of the Redeemer? Saint Helena, fruitful in tricks, caused an agonizing lady to lie down on each of the crosses. The first two did not act any wonder, but to deposit the dying on the third, and with one foot in the other world because of the transfer, the miracle was performed and the evicted, recovering to the point of health, rose so rozagante and She was as happy as she was in her best days and very willing to witness the prodigy, prolonging her stay in this valley of tears whenever necessary.

The miracle was more than enough, but, in case it was not enough, they laid a corpse on the cross of Christ … and the deceased was resurrected!
The invention of the Holy Cross was ever since perpetually linked to the name of Saint Helena. Santa, by the way, somewhat controversial because of his murky past. According to St. Ambrose, it is said that Elena was in her adolescence as a stable girl, and that Constantine the Elder, before being proclaimed king, married her. Good stable girl, no doubt it must have been in her youth who after so diligent showed herself in search and locate the manger in which the Lord was reclining !.

The main negative aspect of the invention of the Holy Cross was the proliferation of relics that it carried. Scarcely five years later, Cyril of Jerusalem lamented that the world was full of splinters of the cross of Christ. Reason was not lacking. There is no monastery, church or chapel in the whole of Christendom, especially if it is under the patronage of the Holy Cross, that does not value or has treasured to treasure any sample of the True Cross, trunk, tarugo or splinter. Even portable reliquaries and medals around the neck circulated with presumed chips.
Make a detailed catalog of the Lignum Crucis of a certain importance that is venerated in the Christian world would be a lifelong undertaking, because there is no more grateful relic or that so much. Notable fragments are venerated in the Basilica of Saint Peter in Rome, in Velletri (Italy); in the cathedral of Notre Dame (Paris) and in Bologna. The most important Spanish fragments are those of the chapel of the Royal Palace of Madrid and that of Santo Toribio de Liébana (Santander). The latter, which happens to be the largest piece known after the Roman, is a log of sixty-three centimeters in length that, according to the authoritative tradition, corresponds to the left arm of the cross (which is incompatible with the synononological assessment that the complete patibulum is in Santa Croce).

As far as our information is concerned, there are four Holy lances that currently exist, namely: one in the Vatican, to which the current popes do not pay much attention; another in Paris, supposedly taken from Palestine in the thirteenth century by St. Louis; another, in the Hofburg palace museum, in Vienna (also called Treasury House), and the fourth in Krakow, Poland. The latter is a replica of the Viennese that Otto III gave to Boleslav the Brave.
The Holy Lance of the Vatican, now almost forgotten, was in the past a relic intimately associated with Veronica. In fact in the ordering of the cult of Veronica by Pope Urban VIII (1625).
The Holy Lanza, as a magical object, was united to the papacy and, ultimately, to a religion of Jewish origin, Christianity, but, at the same time, Germanic history had confirmed it as a magical talisman of power. The German nationalists subjected it to a radical Germanization with the incorporation of other legends that assured that the soldier Longinos was, in fact, a German auxiliary enlisted in the Roman legion. They even circulated copies of the letter that Longinos sent to his native Zofingen, next to Ellwangen, relating the crucifixion of Jesus.
There has been considerable speculation about the magical implications of Hitler’s Germany. Some believe that the Nazis repudiated Greco-Roman humanism and Cartesianism and Enlightenment, the basis of European culture, because they aspired to replace the Christian religion with a magical Weltanschauung, based on Germanic mythologies, Eastern mysticism and the predominance of the Aryan race. . The cross replaced by the swastika. Certainly, in the very origins of the Nazi party, there appears a strange occultist group, the Thule Gesellschaft, to which the committee and the first members of the German Workers’ Party belonged, the corpuscle from which Hitler left to thrive in politics. Other sources claim that Hitler was initiated into the occult society Vril or Luminous Lodge, founded by Karl Haushofer in Berlin and that all his beliefs about the transcendence of the Aryan race and the biological mystique of his mission would come from this society. It is said that Vril maintained in Berlin, almost until the end of the war, a cabinet of Tibetan lamas, Japanese Buddhists and initiates in other sects and Eastern and Western societies. Go to know. According to some, this Vril was the germ of the department of occultism of the SS (the Ahnenerbe). The SS itself was conceived as a semirreligious order of Nazism and its mentors, who aspired to agree with German technology and efficiency, were interested in the Grail and Eastern philosophies. Senior officers of the SS Totenkopf, the Sicherheitsdienst and the Gestapo attended courses of transcendental meditation and magic to enhance their abilities.
The sanctum sanctorum of the SS order was in the castle-sanctuary and workshop house in Wewelsburg, which Heinrich Himmler had built, with slave labor, in less than a year, near Paderborn.

Recapitulating: currently there are two Santas Lanzas that claim to be the original, one in the Vatican and one in Vienna. The sindonólogos have calculated laboriously, from the imprint of his sheet, that the Lance of Longinos had a width of 4,4 by 1,4 cm. With how easy it would have been to add the measures of the Holy lances of Rome and Vienna and obtain the arithmetic mean by dividing by two. They have also put defects to the launch of Longinos. According to Marvizón, in agreement with Father Ricci, “the hemorrhage that the thrown has produced has been less than what should have been produced”

There is disagreement among various authors about the number of certified cross nails of relics that circulate in these worlds. Herrmann has taken the count, with Germanic rigor, and he comes out twenty-seven (p.167), but there may be many more since relatively recent times in the Basilica of Santa Croce sold replicas of the Holy Nail venerated in that church.
Western tradition holds that St. Helena destroyed the nails. However, since time immemorial there has been one in the Roman basilica of Santa Croce. It is of round head and square section and according to some it measures 11,5 cm of length and 1 of side, and according to others it measures 125 mm of length and 9 mm of side. It needs the tip. Some sindonólogos tend to take it for good since it is something similar to the one of the crucified one of Givat Hamivtar
In the cathedral of Milan there is another Holy Nail; in the chapel of the Royal Palace of Madrid, there is another; and tied to the Holy Lance of Vienna there is a third.

Some peoples of medieval Europe, especially those who had only been superficially Christianized, were convinced of the existence of cauldrons, cups or magic trays that supplied food to their owners. It is understandable that the myth was especially appreciated by the starving Celtic tribes and other disadvantaged peoples that break into European history, lampando for a crust.
In the 12th century, these magical objects ended up being confused with the chalice of the mass where the Christian missionaries worked the miracle of turning bread and wine into flesh and blood. From this syncretism arose the myths of the Holy Grail, the cup, cup or bowl that Jesus Christ used during the Last Supper.
The myth of the Grail, enriched with the contributions of poets and storytellers, has kept its ancient fascination intact even in the modern world, so warm in faith, through film and literature.
We will not go ahead without expressing our strongest protest for the excessive amount of titles that the Adriatic city is abusively accumulating to the detriment of other European cities and, especially, of some Spanish cities. On the one hand it boasts of being the home of Christopher Columbus, whose Genoese origin is unanimously accepted (and nobody remembers the Spanish candidacies to the fatherland of the illustrious discoverer: Mahón, Albacete, Pontevedra, Barcelona, ​​Mallorca, Galicia …). On the other hand, the veil of the Genoese Veronica, the Holy Face of the church of San Bartolomé de los Armenios, which in the international bibliography ignores the Spanish candidates (Jiennense and Alicante). And, as if this were not enough, finally, to finish off, the chalice of Christ, the Holy Grail or sacred catholic, in defense of whose legitimacy the Genoese proclaim the Valencian false. These Ligurians are insatiable. They keep everything.

Apart from the Valencian chalice, whose tradition does not go back beyond the Late Middle Ages, there are some grails in Spain that look like survivals of prehistoric rites incorporated into Christianity. In the church of the Virgin of Nuria (Queralbs, Gerona) is venerated an iron cauldron to which the devotees resort to heal the evils of the head. This is achieved by introducing the head in it while a bell is being played. In the sanctuary of the Virgen de la Carrizosa (Ciudad Real) there was a similar cauldron, made of bronze, that was lost with the trasiegos of 1936. The devotees kissed the vessel and made a request that she granted whenever the kiss had not coincided in the place of a previous kiss. It is necessary to suppose, since it was an ancestral cult, that the very exploited vessel would grant few favors.
A third magical cauldron existed, until it was stolen in the seventies, in the sanctuary of the Virgen de Cébrano (Carrea, Oviedo). The head was also introduced and it was the hand of a saint.
To this list we must add the chalice of the church of Cebrero (Lugo), although this is of Christian origin and more than a Grail is a miraculous chalice.

The most famous Grail is undoubtedly that which appears in the fictional cycle of King Arthur and his knights, who, according to a late medieval legend, gathered around a Round Table (with Gallicism, Round Table) in a place of Great Britain known for Camelot. The feats of King Arthur and his paladins nurtured a plentiful mythology and inspired epic poems, romances, operas, novels and even cartoons and more than a dozen film scripts, the last of them by magician Spielberg.
The fact is that the legend does not go back beyond the ninth century, when a certain Nennio, a historian very fond of fantasizing, mentioned a certain Celtic leader, Arturo, who fought against the Saxon invaders in the sixth century. In fact it is not confirmed that this Arturo existed, but the historical figures are also falsified as relics and sometimes for the same reason: the strengthening of the faith.
In the England of the twelfth century two cultures coexisted: that of the Normans, who had conquered the island in 1066, and that of the subject Anglo-Saxons. The dominant Normans spoke French and delighted in singing the exploits of Charlemagne and his famous peers. The native Saxons invented their own indigenous Charlemagne by aggravating the remote and confused figure of that King Arthur and were weaving around his figure a whole national cycle, which would be known as matter of Britain. If the minstrels recited the exploits of Charlemagne and his peers before the solid chimneys of the Norman castles, in the Saxon huts, squeezed into the heat of the stable, the Saxons recited the even more marvelous deeds of Arthur and his Knights of the Round Table.
Against the background of the mythical Arthurian society was growing, to cover it all with its prodigious shadow, the myth of the Holy Grail, which very soon supplied arguments even to the most cultured authors. They were the ones who Christianized the material and invented a story to justify the presence of the Last Supper chalice in the British Isles. Nothing easier.

There has been much speculation about the meaning of Christian Grail myths. For some, they are a late reflection of an ancient pagan ritual of fecundity cult. The Fisher King would be a kind of Adonis whose wound would bring the sterility of the earth. The Grail and the bleeding Lance that precedes it would be sexual symbols equally related to the cult of fertility. The question that the innocent gentleman does not dare to raise would be the magic formula required by that initiation. It is an ingenious explanation, although difficult to accept in all its extremes. Most likely, there is no clear and conscious intention behind the Grail legends. They were formed from a hazy framework of Irish and Welsh traditions and myths and received undoubted oriental influences whose ways are difficult to pin down.

Today, in the alleged cave of the Nativity, a Holy Crib is still venerated. On this cave he built a Constantine church, but two centuries later it was so deteriorated that Justinian demolished it to build it again and, although it was saved from destruction when the invasion of Khosrow II (because on its main cover were depicted the three Magi in costume Persian), did not withstand the passage of time and had to be rebuilt for the third time in times of the Crusaders. They are the church with five naves, with the appearance of a fortress, which we see today.
Some steep and narrow stone stairs lead to the crypt where the Holy Crib is venerated. Also this small enclosure has been object of dispute: the altar where is the silver star that supposedly indicates the exact place of the Nativity, belongs to the orthodox; the silver star proper is owned by the Franciscans, and the image of the Virgin on the altar is the heritage of Syrian Christians.

The Via Dolorosa is, according to tradition, the itinerary of the First Procession; the way that Jesus walked with the cross on his back to the place of the executions. It is a street full of pious stalls and holy places, chapels and plates of the Via Crucis of different times, traces and styles. Its three churches (the Condena, the Ecce Homo and the Flagellation churches) are a must for pilgrims.
The modern criticism establishes that the itinerary of Jesus on the way to Calvary had to be different (given that the famous mountain could not be where Saint Helena or the Bishop Saint Macarius pointed it out).

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