Voces de Chernóbil, crónica del futuro — Svetlana Alexiévich / Voices From Chernobyl:Chronicle Of Future by Svetlana Alexievich

La ganadora del premio Nobel de literatura nos arrastra a una novela desgarradora pero magnífica, esta novela que he releído varias veces explica a través de diferentes relatos de gente sencilla y anónima un relato desgarrador de más que una tragedia griega, una tragedia humana que fue Chernóbil y según lees prepárate a bajar a los infiernos, ningún cancerbero saldrá en tu ayuda e irás adentrándote en un horror de consecuencias bíblicas.

Belarús o Bielorrusia fue una de las grandes perdedoras y silenciosa. Antes de Chernóbil, por cada 100 000 habitantes de Belarús se producían cerca de 82 casos de enfermedades oncológicas. Hoy, las estadísticas son las siguientes: por cada 100 000 habitantes, hay 6000 enfermos. Esto quiere decir que se han multiplicado por 74.
En los últimos diez años, la mortalidad ha crecido en un 23,5 por ciento. De cada catorce personas, solo una muere de viejo y, por lo general, se trata de individuos en edad de trabajar, de entre cuarenta y seis y cincuenta años. En las regiones más contaminadas, tras un examen médico, se ha establecido que, de cada diez personas, siete están enfermas.

Imagínense un edificio de cinco plantas. Una casa sin habitantes, pero con sus enseres. Los muebles, la ropa, objetos que ya nadie podrá usar de nuevo nunca. Porque esta casa está en Chernóbil… Pues justamente en una de esas casas muertas de la ciudad las personas encargadas de llevar a cabo el juicio a los acusados de la avería nuclear ofrecían una pequeña conferencia a la prensa. En las más altas instancias, en el Comité Central del PCUS, se decidió que la causa debía examinarse en el propio lugar del delito. En el propio Chernóbil. El juicio se celebró en el edificio de la Casa de la Cultura local. En el banquillo de los acusados había seis personas: el director de la central atómica, Víktor Briujánov; el ingeniero jefe, Nikolái Fomin; el segundo ingeniero jefe, Anatoli Diátlov; el jefe del turno, Borís Rogozhkin; el jefe del taller del reactor, Alexandr Kovalenko, y el inspector del Servicio Estatal de Inspección de Energía Atómica de la URSS, Yuri Laushkin.
Los asientos destinados al público estaban vacíos.
Sentencia: a Víktor Briujánov, Nikolái Fomin y Anatoli Diátlov les cayeron diez años a cada uno. Para el resto, las penas fueron más cortas. En conclusión, Anatoli Diátlov y Yuri Laushkin murieron a consecuencia de las radiaciones. El ingeniero jefe Nikolái Fomin perdió la razón… En cambio, el director de la central, Víktor Briujánov, cumplió la condena de principio a fin: los diez años enteros. Lo fueron a recibir sus familiares y unos cuantos periodistas. El acontecimiento pasó desapercibido.
El exdirector vive en Kíev, donde trabaja de simple oficinista en una empresa.

La bajada a los infiernos de Ludmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasia (Vasili), fue a sofocar el incendio y encontró el infierno, ver cómo lo cuenta su mujer embarazada, es crudo, atroz, la compra de garrafas de leche y el visitar no a un ser humano y si a un elemento radiactivo, muestra los vínculos del amor son férreos.

¿De quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviéticas? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?
—Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su propia patria, han salvado la vida misma.

El horror se expresa a través de gentes anónimas, la redención es la muerte. Por la noche me duele todo. Se me doblan las piernas, noto como un hormigueo, son los nervios que corren por dentro. Entonces, agarro lo que encuentro a mano. Un puñado de grano. Y jrup, jrup. Y los nervios se me calman.
¡Cuánto no habré trabajado y padecido en esta vida! Pero siempre me ha bastado con lo que tenía y no quiero nada más. Al menos, si me muero, descansaré. Lo del alma no sé, pero el cuerpo se quedará tranquilo.

Nikolai define Chernóbil como la fábrica de los horrores con su hija Katiuskha, Mandé a mi hija con la mujer al hospital. Se les había cubierto todo el cuerpo de manchas negras. Las manchas salían, desaparecían y volvían a salir. Del tamaño de una moneda. Sin ningún dolor. Las examinaron a las dos. Y yo pregunté: «Dígame, ¿cuál es el resultado?». «No es cosa suya». «¿De quién, entonces?».
A nuestro alrededor todos decían: vamos a morir. Para el año 2000 los bielorrusos habrán desaparecido. Mi hija cumplió seis años. Los cumplió justo el día del accidente. Murió con 7 años.

Las abejas pasaron tres días sin salir; ni una. Allí se quedaron, dentro de la colmena. Aguardando. El abuelo que va de aquí para allá por el patio: ¿qué peste será esta? ¿Qué peste negra? Algo ha pasado en la naturaleza. Porque resulta que su sistema, como nos explicó al cabo de un tiempo un vecino que es maestro, es mejor que el nuestro; son más listas, porque enseguida se lo olieron. La radio y los periódicos aún no decían nada, y en cambio las abejas ya lo sabían. Solo al cuarto día salieron a volar.
Y las avispas. Había unas avispas, un avispero junto al zaguán, nadie las molestaba, y aquel día por la mañana desaparecieron. No se las vio ni vivas ni muertas. Y regresaron a los seis días. Eso es cosa de la radiación.

Nos pidieron que cazáramos un jabalí para una boda. ¡Un encargo! El hígado se te deshacía en las manos. De todos modos te lo encargan. Para una boda. Un bautizo…
—También cazábamos para los científicos. Una vez cada trimestre: dos liebres, dos zorras, dos gamos. Todos infestados. Pero, de todos modos, hasta cazamos para nosotros y comemos de eso. Al principio teníamos miedo, pero ahora ya nos hemos acostumbrado. Algo hay que comer; porque lo que es todos no cabremos en la Luna, ni en ningún otro planeta.
—No sé quién se compró un gorro de zorro en el mercado y se quedó calvo. Un armenio se compró un fusil barato sacado de una fosa y se murió. Medio mundo asusta al otro medio.

El mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres. ¿Lo ha notado? Ahora entre nosotros no se pone el acento en «yo soy bielorruso» o «soy ucraniano», «soy ruso»… Todos se llaman a sí mismos habitantes de Chernóbil. «Somos de Chernóbil». «Yo soy un hombre de Chernóbil». Como si se tratará de un pueblo distinto. De una nación nueva.

Slava Firsakova dice: “le estoy demostrando que el responsable de lo sucedido en Chernóbil no es la ciencia, sino el hombre. No es el reactor, sino el hombre. En cambio, en cuanto a las cuestiones políticas, no es a mí a quien hay que plantearlas. En eso se equivoca usted de puerta.”

Chernóbil. Ya no tendremos otro mundo más que este. Al principio, cuando arrancaban la tierra de debajo de los pies, soltábamos este dolor nuestro sin más; pero ahora te invade la evidencia de que no hay otro mundo: de que no hay adónde ir. La sensación de asentamiento trágico en esta tierra de Chernóbil. Una visión del mundo radicalmente distinta.
De la guerra había regresado la generación «perdida». ¿Recuerda a Remarque? Pero con Chernóbil vive la generación «desconcertada». Vivimos en el desconcierto. Lo único que no ha cambiado es el sufrimiento humano. Nuestro único capital. ¡Un tesoro que no tiene precio!
Llego a casa… después de todo eso. Mi mujer me escucha. Y luego me dice con voz queda: «Te quiero, pero no te daré a mi hijo. No se lo daré a nadie. Ni a Chernóbil, ni a Chechenia. ¡A nadie!». También en ella se ha instalado ya este miedo.

Hubo muchas muertes inexplicables. Inesperadas. A mi hermana le dolía el corazón. Y cuando oyó lo de Chernóbil presintió su final: «Vosotros sobreviviréis a esto, yo no». Murió al cabo de varios meses. Los médicos no se explicaban nada. Con su diagnóstico podía haber vivido muchos más años.
Contaban que a las ancianas les empezó a salir leche de los pechos, como a las parturientas. El término médico para este fenómeno es «relajación». Pero ¿y para los campesinos? Aquello era el fin del mundo. Un castigo de Dios.

Veías a una mujer joven sentada en un banco junto a su casa, dándole el pecho a su hijo. Comprobamos la leche del pecho: es radiactiva. ¡La Virgen de Chernóbil!…
Y a nuestra pregunta: «¿Qué se puede hacer?», nos respondían: «Hagan sus mediciones y miren la tele». Por la tele aparecía Gorbachov calmando los ánimos: «Se han tomado medidas urgentes». Yo le creía. Yo, un ingeniero, con veinte años de experiencia, buen conocedor de las leyes de la física. Porque lo que soy yo, sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo. Al menos por un tiempo. Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele.
Nos hemos acostumbrado a creer. Yo soy de la generación de la posguerra y estoy educado en esta creencia.

Chernóbil es la catástrofe de la mentalidad rusa. ¿No se ha parado a pensar en ello? Por supuesto, estoy de acuerdo con aquellos que escriben que no es el reactor lo que ha explotado, sino todo el sistema anterior de valores. Pero en esta explicación hay algo que me falta.
Quisiera referirme a lo que Chaadáyev fue el primero en señalar: nuestra hostilidad hacia el progreso. Nuestra actitud contraria hacia la técnica, hacia los instrumentos. Observe usted Europa. Desde la época del Renacimiento, Europa vive bajo el signo de una relación instrumental con el mundo. Una relación inteligente, racional. Que se traduce en un respeto hacia el artesano, hacia el instrumento que este sostiene en sus manos.
Hay un relato extraordinario de Leskov: Una voluntad de hierro. ¿De qué trata? Del carácter ruso: sobre el «puede que sí» o el «tal vez no». Este es el leitmotiv ruso.
El carácter alemán se refleja en su apuesta por el instrumento, por la máquina. ¿Y nosotros? ¿Nosotros? Por un lado, tenemos el intento de superar, de encauzar el caos, y por otro, nuestra elementalidad.

El pánico de los primeros días: unos salían corriendo a la farmacia y se llevaban el yodo; otros habían dejado de ir al mercado, de comprar allí la leche, la carne, especialmente la de vaca. En nuestra familia, aquellos días hacíamos lo posible por no economizar, comprábamos el salchichón más caro, confiando que estaría hecho de una carne buena. Pero al poco nos enteramos de que era justamente en el caro donde añadían la carne contaminada; al parecer, con el argumento de que lo compraban menos y de que lo comía menos gente. Nos encontramos indefensos. Aunque esto, como es natural, usted ya lo sabe. Quiero contarle otra cosa. Sobre nosotros, sobre que la nuestra fue una generación soviética.

Los científicos, que antes ocupaban el trono de los dioses, ahora se habían convertido en ángeles caídos. ¡En demonios! Y la naturaleza humana seguía siendo, tal como lo había sido en el pasado, un misterio para ellos.

Sin embargo no deja de sorprendernos la esencia del ser humano, al final de la excursión se ofrece a los amantes del turismo extremo un picnic con comida hecha a base de productos ecológicamente puros, vino tinto… y vodka ruso.
Les aseguramos que durante el día transcurrido en la zona recibirán ustedes una dosis inferior a la que les causaría una sesión de rayos X. Pero no se recomienda bañarse, comer el pescado o la caza capturados en la zona. Ni recoger bayas o setas y cocinarlos en una hoguera. Ni regalar a las damas flores del campo.
¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno.
Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados.

The winner of the Nobel Prize for literature draws us to a heartbreaking but magnificent novel, this novel that I have reread several times explains through different stories of simple and anonymous people a heartrending story of more than a Greek tragedy, a human tragedy that was Chernobyl and as you read prepare to go down into the underworld, no keeper will come to your aid and you will go into a horror of biblical consequences.

Belarus or Belarus was one of the big losers and silent. Before Chernobyl, about 100 cases of oncological diseases occurred in every 100,000 inhabitants of Belarus. Today, the statistics are as follows: for every 100,000 inhabitants, there are 6,000 patients. This means that they have multiplied by 74.
In the last ten years, mortality has grown by 23.5 percent. Of every fourteen people, only one dies of old age and, in general, it is about individuals of working age, between forty and six and fifty years old. In the most polluted regions, after a medical examination, it has been established that seven out of ten people are sick.

Imagine a five-story building. A house without inhabitants, but with their belongings. The furniture, the clothes, objects that no one will ever be able to use again. Because this house is in Chernobyl … Well, just in one of those dead houses in the city the people in charge of carrying out the trial of the defendants of the nuclear breakdown offered a small conference to the press. At the highest level, in the Central Committee of the CPSU, it was decided that the case should be examined in the place of the crime itself. In the Chernobyl itself. The trial was held in the building of the local House of Culture. There were six people on the defendants’ bench: the director of the nuclear power plant, Víktor Briujánov; the chief engineer, Nikolai Fomin; the second chief engineer, Anatoli Diátlov; the head of the turn, Boris Rogozhkin; the head of the reactor workshop, Alexandr Kovalenko, and the inspector of the State Service of Atomic Energy Inspection of the USSR, Yuri Laushkin.
The seats intended for the public were empty.

Sentence: Víktor Briujánov, Nikólai Fomin and Anatoli Diátlov each ten years. For the rest, the penalties were shorter. In conclusion, Anatoli Diátlov and Yuri Laushkin died as a result of radiation. The chief engineer Nikolai Fomin lost his mind … On the other hand, the director of the plant, Víktor Briujánov, fulfilled the sentence from beginning to end: the whole ten years. He was received by his relatives and a few journalists. The event went unnoticed.
The former director lives in Kiev, where he works as a simple clerk in a company.

The descent into hell of Ludmila Ignatenko, wife of the deceased firefighter Vasia (Vasili), went to put out the fire and found hell, see how his pregnant wife tells it, it is crude, atrocious, buying milk jugs and visiting not to a human being and if to a radioactive element, it shows the bonds of love are iron.

Who are we talking about, heroes or suicides? Of victims of Soviet ideas and education? It is not known why they eventually forget that these men saved their country. They have saved Europe. Who can imagine even if for a second the panorama had exploded the three remaining reactors?
– They are heroes. Heroes of the new story. They are compared to the heroes of the battles of Stalingrad or Waterloo, but they have saved something more important than their own homeland, they have saved life itself.

The horror is expressed through anonymous people, redemption is death. At night everything hurts. My legs bend, I feel like a tingling, are the nerves that run inside. Then, I grab what I find by hand. A handful of grain. And jrup, jrup. And my nerves calm down.
How much I will not have worked and suffered in this life! But I’ve always had enough with what I had and I do not want anything else. At least, if I die, I’ll rest. I do not know about the soul, but the body will remain calm.

Nikolai defines Chernobyl as the factory of horrors with his daughter Katiuskha, I sent my daughter with the woman to the hospital. Their bodies had been covered with black spots. The spots came out, disappeared and came out again. The size of a coin. Without any pain They examined them both. And I asked: “Tell me, what is the result?” “It’s not your thing.” «From whom, then?».
All around us all said: let’s die. By the year 2000 the Belarusians will have disappeared. My daughter turned six. He met them just the day of the accident. He died when he was 7 years old.

The bees spent three days without leaving; not even one. There they stayed, inside the hive. Waiting. The grandfather that goes from here to there in the courtyard: what plague will be this? What black plague? Something has happened in nature. Because it turns out that his system, as he explained to us after a while, a neighbor who is a teacher, is better than ours; They are smarter, because they immediately smelled it. The radio and newspapers still did not say anything, and instead the bees already knew it. Only on the fourth day they went flying.
And the wasps. There were some wasps, a hornet’s nest near the entrance hall, nobody bothered them, and that morning they disappeared. They were not seen alive or dead. And they returned after six days. That is a matter of radiation.

They asked us to hunt a boar for a wedding. A commission! The liver was falling apart in your hands. In any case, they entrust it to you. For a wedding. A baptism…
-We also hunted for scientists. Once every quarter: two hares, two foxes, two bucks. All infested. But, anyway, we even hunt for ourselves and eat of that. At first we were afraid, but now we have become accustomed. Something must be eaten; because what is all we will not fall on the Moon, or on any other planet.
-I do not know who bought a fox hat in the market and went bald. An Armenian bought an inexpensive rifle taken from a grave and died. Half the world scares the other half.

The world has split in two: we are the people of Chernobyl, and there are you, the rest of the men. Have you noticed? Now among us, the emphasis is not on “I am Belarusian” or “I am Ukrainian”, “I am Russian” … Everyone calls themselves inhabitants of Chernobyl. “We are from Chernobyl.” «I am a man from Chernobyl». As if it will be a different town. From a new nation.

Slava Firsakova says: “I am showing you that it is not science that is responsible for what happened in Chernobyl, it is man, it is not the reactor, it is man, but in terms of political issues, it is not me you have to pose them, in that you are mistaken for a door. ”

Chernobyl We will not have another world but this one. At the beginning, when they pulled the earth from under the feet, we released this pain of ours without further ado; but now you are invaded by the evidence that there is no other world: that there is nowhere to go. The feeling of tragic settlement in this land of Chernobyl. A radically different world view.
The “lost” generation had returned from the war. Remember Remarque? But with Chernobyl the “bewildered” generation lives. We live in bewilderment. The only thing that has not changed is human suffering. Our only capital. A treasure that has no price!
I get home … after all that. My wife listens to me. And then he says quietly: “I love you, but I will not give you my son. I will not give it to anyone. Not Chernobyl, not Chechnya. To nobody!”. This fear has already been installed in her.

There were many unexplained deaths. Unexpected. My sister’s heart ached. And when he heard about Chernobyl, he sensed his end: “You will survive this, I will not.” He died after several months. The doctors did not explain anything. With his diagnosis he could have lived many more years.
They told that the old women started to get milk from their breasts, like the parturients. The medical term for this phenomenon is “relaxation”. But for the peasants? That was the end of the world. A punishment from God.

You saw a young woman sitting on a bench next to her house, nursing her son. We check breast milk: it is radioactive. The Virgin of Chernobyl! …
And to our question: “What can be done?”, They responded: “Make your measurements and watch TV.” Gorbachev appeared on the television, calming the mood: “Urgent measures have been taken.” I believed him. I, an engineer, with twenty years of experience, well versed in the laws of physics. Because what I am, I knew that all living beings should be removed from that area. At least for a time. And yet, we made our measurements conscientiously and then watched TV.
We have become accustomed to believe. I am from the post-war generation and I am educated in this belief.

Chernobyl is the catastrophe of the Russian mentality. Have not you stopped to think about it? Of course, I agree with those who write that it is not the reactor that has exploded, but the entire previous system of values. But in this explanation there is something that I lack.
I would like to refer to what Chadayev was the first to point out: our hostility towards progress. Our opposite attitude towards technique, towards instruments. Observe Europe. Since the Renaissance, Europe lives under the sign of an instrumental relationship with the world. An intelligent, rational relationship. That translates into a respect towards the artisan, towards the instrument that he holds in his hands.
There is an extraordinary account of Leskov: A will of iron. What is it about? Of the Russian character: about the “may be” or the “maybe not”. This is the Russian leitmotiv.
The German character is reflected in his commitment to the instrument, to the machine. And we? US? On the one hand, we have the intention to overcome, to channel chaos, and on the other, our elementality.

The panic of the first days: some ran to the pharmacy and took the iodine; others had stopped going to the market, to buy milk there, meat, especially beef. In our family, those days we did our best not to economize, we bought the most expensive sausage, trusting that it would be made of good meat. But soon we found out that it was precisely in the expensive where they added the contaminated meat; apparently, with the argument that they bought less and that less people ate it. We are defenseless. Although this, of course, you already know. I want to tell you something else. About us, about ours being a Soviet generation.

The scientists, who formerly occupied the throne of the gods, had now become fallen angels. In devils! And human nature remained, as it had been in the past, a mystery to them.

However, the essence of the human being never ceases to amaze us, at the end of the excursion we offer lovers of extreme tourism a picnic with food made from ecologically pure products, red wine … and Russian vodka.
We assure you that during the day spent in the area you will receive a dose lower than what would cause an X-ray session. But it is not recommended to bathe, eat fish or game caught in the area. Nor pick berries or mushrooms and cook them in a bonfire. Nor give the ladies flowers of the field.
Do you think that all this is an insane idea? They are wrong, nuclear tourism is in great demand, especially among Western tourists. People travel to the place in search of new and powerful impressions. Sensations that are difficult to find in the rest of the world, already so excessively conditioned and accessible to man. Life becomes boring. And people want something eternal.
Visit the nuclear Mecca. And at moderate prices.

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