Historias ocultadas del nacionalismo catalán — Javier Barraycoa / Hidden Histories Of Catalan Nationalism by Javier Barraycoa (spanish book edition)

Quizás este libro pueda levantar ampollas a ciertos lectores, pero todos sus libros me parecen interesantes, el nacionalismo político sea capaz de autojustificarse, elaborando argumentos formalmente históricos. El nacionalismo en general, debido al ambiente romántico y decimonónico en el que nació, ha sido un experto en elaborar lo que Eric Hobsbawm ha denominado la «invención de la tradición». El propio autor advierte que: «El término “tradición inventada” es usado en un sentido amplio, pero no de forma imprecisa. Incluye tanto “tradiciones” realmente inventadas, construidas y formalmente instituidas, como aquellas emergentes de una manera menos fácil de trazar, dentro de un periodo breve y fechable.

Una de las costumbres más arraigadas en Cataluña, por ejemplo, es escribir los dos apellidos unidos por una «i», siendo casi un signo de distinción y pedigrí escribirlos así. Sin embargo, el origen de esta costumbre viene del siglo XIV, cuando la nobleza catalana empezó a imitar la costumbre de la castellana que siempre unía con «y» sus dos apellidos. Hoy, en Cataluña, se toman como realidades multiseculares toda una serie de hechos que en realidad se han incorporado al imaginario catalanista sólo muy recientemente. Por el contrario, tradiciones muy arraigadas durante siglos, como las fiestas taurinas, son tomadas como elementos extraños.

El nacionalismo moderno pretende dotar al catalán de una identidad que nada tiene que ver con la identidad de los hombres que ocuparon estas tierras durante siglos. Peor aún, se puede sospechar que el innegable triunfo actual del catalanismo, más que reafirmar una identidad cultural, ha provocado un vaciamiento identitario, sólo sustituido por cuatro elementos simbólicos, tres agravios históricos y altas dosis de sentimentalismo.
El burro catalán, una especie muy apreciada por su calidad en muchas partes del mundo, estaba a punto de extinguirse. La historia de su salvación arranca de mucho antes que la aparición de la famosa pegatina. Joan Gassó, en la comarca del Bergadá, inició hace 40 años la labor de recuperación del garañón catalán que ya estaba prácticamente extinto. Consiguió, deambulando por los pueblos, juntar un grupo de treinta burras, muchas de ellas excesivamente viejas, y ningún macho cualificado para la monta. Desesperado y sin poder remontar la crianza, le llegaron noticias de que el ejército español aún tenía un semental en condiciones. En el antiguo Cuartel de Caballería de Hospitalet ciertamente había un burro catalán propicio para la reproducción. Los mandos militares se lo ofrecieron de buen grado y así, gracias al ejército español, se salvó la especie ahora reivindicada como símbolo por los nacionalistas. Esta anécdota no deja de ilustrar, incluso con cierto gracejo, lo fecunda que puede ser la colaboración, y la esterilidad de la aversión y el rechazo.

Al catalanismo se le puede aplicar aquello que el gran historiador J. H. Elliot refería a la revuelta catalana del siglo XVI: «Por sus divisiones internas, Cataluña se destruyó ella sola». Por eso, estudiar el catalanismo es estudiar un eterno conflicto de cómo definir lo que es o ha de ser Cataluña, qué significa el propio catalanismo y quién está legitimado para representarlo.
Se cumple aquello que sobre el catalanismo escribiera Ignacio Agustí en 1940: «Las tradiciones, la historia de Cataluña, se someten, desde la aparición del catalanismo político, a una elegantísima y delicadísima deserción paulatina […] Todo queda […] falto de exacto sentido».

La historia «oficial» del catalanismo, que el propio nacionalismo ha construido, quiere ver sus orígenes en un renacimiento literario del catalán, la llamada «Renaixença», de la que posteriormente se hablará con detalle. Este renacimiento se habría producido a principios del siglo XIX. Sin embargo, a lo largo de prácticamente todo ese siglo, ningún personaje que pudiéramos considerar «catalanista» utilizó el término «nación» para aplicarlo a Cataluña. Más bien, siempre que hablaban de «nación», era para referirse a España. Sólo a finales del XIX algunos catalanistas empezarán, con prudencia, a utilizar el término aplicado a Cataluña. La nomenclatura más habitual en todos los que encarnaron el movimiento literario a favor del catalán, era la de la Provincia para referirse a Cataluña (hoy llamarla así parecería un insulto).
«En la Cataluña de los siglos XVI y XVII, igual que en otras partes, el término nación no significaba gran cosa. Para empezar, era más bien raro o de uso poco frecuente». Curiosamente, sólo un andaluz que estudió profundamente el corpus político de la Cataluña medieval, Francisco Elias de Tejada, en su obra Las doctrinas políticas en la Catalunya medieval, apunta que en el siglo XIV el concepto de nación tenía «el sentido moderno de cuerpo político separado y no de simple comunidad etnográfica». Pero dos siglos después, preservando todavía Cataluña sus instituciones políticas, la palabra nación había caído prácticamente en desuso.

El primer gran partido político catalanista fue, como se ha indicado, la Lliga Regionalista. Entre sus impulsores estaban los primeros teóricos del nacionalismo, como Prat de la Riba, pero, bien fuera por estrategia, bien por necesidad, en sus primeros pasos, la Lliga no manifestó ningún nacionalismo especial.

La expresión pal de paller es utilizada frecuentemente en CiU para ilustrar cuál ha de ser su papel en la política catalana. El palo del pajar es el elemento en torno al cual se aúna la paja. Así, CiU aspira a construir la «Casa Gran» (la casa grande) del catalanismo donde quepan todos, donde todos los catalanistas de cualquier signo o creencia se agrupen en torno al partido. Este sentir ya estaba en el pensamiento de Prat de la Riba y en la idea de que la Lliga debía recoger (ligar) todo sentimiento catalanista, fuera de derechas o de izquierdas, tradicional o progresista.
Quien mejor lo expresó fue Eugeni d’Ors en unas confidencias a Rafael Olivar Bertrand, uno de los biógrafos de Prat de la Riba. D’Ors le confesaba: «Me permitirá que le aclare lo que yo denomino el secreto de Prat de la Riba. Se basa en tres capas que se superponían, alternaban o contemporizaban en la actuación de Prat: primera, capa regionalista, con las personas que él quería y necesitaba atraer para su causa, las fuerzas vivas industriales, comerciantes, propietarios y terratenientes; segunda, capa nacionalista, con él mismo, en la intimidad, que fue creciendo y creciendo hasta 1898, para eclipsarse, ocasionalmente, de tanto en tanto; tercera, capa imperialista, debida a la influencia que en él ejercían las jóvenes inteligencias que le rodeaban. Jóvenes a los que no les bastaba el nacionalismo porque lo consideraban estrecho, aspiraban a una política cultural claramente imperialista, de conquista, que es la que se puede leer en el último capítulo de La nacionalitat catalana». Prat de la Riba fue un genio de la ambigüedad y su carácter dejó impronta en sus sucesores, como Cambó, Pujol y tantos líderes catalanistas.

El catalanismo originalmente fue un movimiento literario y cultural contagiado de Romanticismo, pero sin ninguna intencionalidad ni finalidad política. Sólo a finales del siglo XIX se puede afirmar que apareciera el nacionalismo catalán en cuanto que expresión política. Fue, además, obra de un reducido número de jóvenes conservadores, dirigidos por Prat de la Riba, procedentes muchos de ellos de los ambientes monárquico-liberales.

El catolicismo catalanista, o el catalanismo cristiano, dotó de una mística al primer catalanismo que supuso un impulso inicial del cual viven los actuales radicales nacionalistas que, evidentemente, son profundamente laicistas. La identificación entre lo religioso y lo político rozaba a veces el escándalo.

En Cataluña un refrán reza: «Tants caps, tants barrets» (tantas cabezas, tantos gorros) y así es difícil, en medio de tanto individualismo, despertar y mantener una conciencia nacional.
Joaquín Samaruc ya advertía, en la década de los veinte del siglo XX, que: «No hay catalán bien nacido que no ame a Cataluña pero al pretender dar forma a este sentimiento, al quererle traducir en aspiraciones más o menos factibles, se han manifestado [en el catalanismo], desde el primer momento, las más profundas y enconadas diferencias».

El sueño de una Cataluña unida se ha trocado en un mundo nacionalista dividido y enfrentado hasta la saciedad. Y el amor a Cataluña no puede realizarse sin el odio a España. Todo ello lleva a que el famoso «seny» (sentido común) catalán haya fenecido. La política y la cultura catalana actuales son un constante sin sentido para todo aquel que conozca mínimamente la historia de Cataluña.

¿Quién podrá oponerse, en nombre de España, a la grandeza de España, si Cataluña es España?». Continúa argumentando Cambó que si se mira a Cataluña como algo que no es España, entonces todos los recelos y todos los deseos de combatirla están justificados. Los que crean (fuera de Cataluña) que Cataluña no es España, esos —para Cambó— son los verdaderos separatistas. Cambó fue uno de los políticos más fascinantes del siglo XX, capaz de mutar según conviniera. Fue nacionalista catalán, ministro monárquico, fundador de partidos políticos españoles como el Centro Constitucional, con Gabriel Maura, durante la República. Apoyó a Franco e hizo las declaraciones más españolistas durante la Guerra Civil, al igual que era capaz con sus discursos de emocionar al público más catalanista. Todo ello demuestra lo circunstancial de aquel catalanismo que acabó truncado con la Guerra Civil.

El catalanismo el que primero teorizó en sentido moderno sobre el hispanismo. Hasta tal punto su estructura conceptual fue novedosa que el padre del protofascismo español, Ernesto Giménez Caballero, tomó del catalanismo este concepto que luego tendría tanto peso en la obra de Ramiro Ledesma. Ernesto Giménez, en La Gaceta Literaria escribía: «Desde luego tiene razón Ortega y Gasset, al soñar que son precisas todas las diversidades previas, todos los regionalismos preliminares, todos los separatismos —sin asustarnos de esta palabra—, para poder tener un verdadero día el nodo central, un motivo de hacinamiento, de fascismo hispánico».

El poeta catalán (Joan Maragall) se refiere al sueño del separatismo y advierte que hay que alejarse de ese ideal para centrarse en la misión españolista. Avisa que esta tentación puede ser especialmente fuerte entre los jóvenes: «La juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña; no ve tierra como esta tierra; su pueblo como pueblo escogido, y la lengua que habla bella como ninguna.
Ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura: una humanidad de pequeñas nacionalidades puras que se agrupen por afinidades sin mezclarse, formando una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras […] [Sin embargo] Hay que vencer este sueño».

Lo que ninguna historia de la Renaixença recoge es que si hubo un verdadero difusor del catalán a lo largo del siglo XIX, fue san Antonio María Claret. Este santo escribió una parte muy importante de sus libritos de espiritualidad en catalán.

Las tesis catalanistas actuales no dejan de insistir en que el castellano se fue imponiendo a la fuerza en Cataluña. Pero ello no es cierto en ningún caso. El propio Prat de la Riba, en La nacionalitat catalana, incurre en contradicciones. Por un lado, denuncia que en el siglo XVIII empezó la decadencia del catalán; por otro lado, en la misma obra, dice que en el siglo XVIII se vieron lo primeros síntomas del renacimiento. El caso es que los propios catalanistas del siglo XIX, más que denunciar una imposición del castellano, se afligían por el sentimiento de que eran los propios catalanes, empezando por su clase dirigente, los que abandonaban el catalán. Incluso en un periódico no catalanista, Lo Vertader Catala, los redactores se quejaban en 1843 de que los catalanes «ya comenzaban a chapurrear la lengua castellana, especialmente en sus escritos».

El tratado de Corbeil (1258) es uno de los más importantes de la historia de España. En las historias nacionalistas apenas se le da importancia o, simplemente, es ignorado. Hasta la fecha del tratado, el territorio de la Marca Hispánica, los condados catalanes pertenecían legalmente a Francia. Es cierto que los condados catalanes se habían separado ya de facto de las relaciones de vasallaje del rey franco y en el tratado se reconoce esa realidad y se ceden los condados catalanes al rey de Aragón. Así, mal que Ies pese a los nacionalistas, Cataluña no se constituyó en una unidad política independiente que —posteriormente— se confederara con la Corona de Aragón, sino que pasó de ser legalmente un territorio francés a pertenecer a la Corona de Aragón.

Fue precisamente en la Casa de América, el 12 de octubre de 1911, la primera vez que se celebró en España la Fiesta de la Hispanidad. Esta iniciativa fue recogida y difundida por un periodista asturiano, José María González, iniciando una campaña para que se proclamara como fiesta nacional. Así, gracias al catalanismo, el doce de octubre se transformó en una fiesta nacional española.
El protagonismo catalán en la conquista se ha minimizado artificialmente. Sin embargo, con motivo del 500 aniversario del descubrimiento de América, la propia Generalitat de Cataluña publicó Els Catalans a les Indies, de Josep Mª Bernades, que ocupaba tres volúmenes. En principio, sorprendió que la Generalitat se volcara en la celebración del aniversario. Sin embargo, las críticas llegaron pronto, pues se había aprovechado esta obra, y otras, para presentar como catalanes a muchos valencianos que también participaron en la aventura americana. En el fondo, la clase política catalana, sea por revancha, sea por complejo, ha ido eliminando todo signo de hispanidad en Cataluña.

La exaltación patriótica en Cataluña volvería a aparecer con la crisis de las Islas Carolinas, cuando en 1885 los alemanes trataron de apoderase de ellas. Ciudades como Barcelona, Vic o Reus fueron testigos de manifestaciones españolistas. Cuando llegó la noticia de la Guerra contra Estados Unidos, el jueves 2 de abril de 1898, en el Liceo de Barcelona se estaba representando La Bohéme. En el Diario del conserje del Liceo se dejó escrito el ambiente y la conmoción que se originaron: «Concluido el tercer acto, la concurrencia reclamó que la orquesta tocara el Cádiz y la Marcha Real, siendo saludados ambos himnos con estruendosas salvas de aplausos y gritos de ¡Viva España! ¡Viva el Ejército! y ¡Viva Cuba española!…

Mientras la zarzuela florecía en España, en Cataluña se fue desarrollando una zarzuela propia con libretos tanto en castellano como en catalán. Recientemente se estrenó en Sabadell, en el Teatro de la Farándula, Romança sota la lluna de Joan de la Creu Ballester. Hacía más de setenta años que esta zarzuela catalana no se representaba. El esfuerzo de la sociedad de Los amigos de la Opera de esa ciudad por promover lírica catalana contrasta con el olvido absoluto de la administración pública. Por uno de esos absurdos, la administración catalana identifica zarzuela con españolismo e ignora la riqueza creativa que supuso durante un siglo el denominado teatro lírico catalán o «sarsuela catalana». Se puede recordar la obra de Santiago Rusiñol L’alegria quepassa, con música de Enríe Morera o Lo cant de la Marsellesa de Nicolau Manent. El Teatro del Liceo durante muchas décadas tuvo a bien representar zarzuelas tanto castellanas como catalanas desde el Barberillo de Lavapiés hasta Els pescadors de Sant Pol. Personalidades como Adriá Gual, Joaquim Pena, Enric Morera o Enrique Granados promovieron la lírica catalana componiendo títulos como El Comte Amau o La Santa Espina. Esta última tiene texto de Angel Guimerá y música de Enric Morera y de ella salió la famosa sardana La Santa Espina, que, junto a Els Segadors, son las dos canciones más paradigmáticas del nacionalismo catalán. Otra historia prácticamente desconocida es que la música de la famosa canción El novio de la muerte, que era parte de un cuplé y con el tiempo se convirtió en la canción más paradigmática de la legión, fue compuesta por un catalán. Se trataba de Joan Costa, que entusiasmado por el libreto del cuplé, le puso música en una semana. La canción se haría famosa por las interpretaciones de Lola Montes. Sobre este espíritu lírico del pueblo catalán, el nacionalismo ha mantenido un silencio sepulcral.

En el tardofranquismo y la primera transición, floreció la «Nova Cançó». Los cantautores catalanes aparecieron por doquier. Su antifranquismo militante les convirtió en mitos y triunfaron no sólo en Barcelona sino en toda España. Aún se pueden recordar los conciertos de Lluis Llach en Madrid que hoy serían inimaginables. Con la consolidación democrática, el genio artístico de los cantautores se apagó. El gobierno de Pujol intentó expandir el catalán a golpe de legislación y subvención, pero las leyes son malas musas.
Silencio absoluto en las instituciones catalanas. Si Dalí se hubiera declarado izquierdista, o siquiera ligeramente catalanista, le hubieran perdonado sus excentricidades. Sin embargo, no se le perdona que hubiera sido de los primeros intelectuales en abandonar Cataluña al estallar la contienda civil y que desde el extranjero apoyara a Franco.

Uno de los padres del catalanismo, Valentín Almirall, no demostró una especial aversión hacia el castellano. En su obra culminante, Lo catalanisme, llega a afirmar que la lengua castellana: «es una de la que más nos encantan y cautivan». Se quejaba no tanto del castellano sino de lo que él interpretaba como una imposición. Sorprendentemente, Almirall transmite una profunda contradicción que aún hoy padecen muchos catalanes. Por un lado, la admiración al castellano, y por otro, la necesidad de rechazarlo por tratarse de una lengua «impuesta».

Cuando se quiere reconstruir la historia del catalanismo, se incide en las disposiciones de los Borbones contra el catalán. Muchas de estas normas, que no fueron tantas, tienen su explicación más allá de las intenciones políticas. Es el caso de la disposición de Carlos III, en 1772, obligando a que los libros de cuentas se escribieran en castellano. En realidad, esta orden fue dictada por expresa petición de la Junta de Comercio valenciana, ya que cada comerciante, fuera valenciano, castellano, italiano o francés, llevaba las cuentas a su modo, y ello paralizaba las labores de la Junta. Años antes, en 1768, el mismo rey había firmado una Real Cédula por la que se obligaba a enseñar en castellano en todo el reino. Un estudioso del catalán, Albert Branchadell, en un libro interesante por la total ausencia de resentimiento hacia lo castellano, y titulado L’aventura del catala, concluye que los efectos de estas disposiciones eran prácticamente nulos.

La expresión «botifler» es uno de los peores insultos políticos que uno puede recibir en Cataluña. En un principio «botifler» es una variante de «botinflar» o «mofletudo». De ahí se tomó en el sentido de inflado, presumido o arrogante. Luego, la palabra devino en un mote despectivo contra los catalanes que se posicionaron a favor de Felipe V en la Guerra de Sucesión. Otros hacen venir la palabra de belle fleur (bella flor) en referencia a la flor de lis, símbolo de los Borbones, aunque esta teoría no tiene tanto peso. El insulto perduró en el tiempo y con este improperio vendría hoy a significarse que uno es un «traidor», un aliado de los invasores o, con otras palabras, uno que prefiere un gobernante foráneo que no el autogobierno. «Botifler» sería aquel que no sólo es poco patriota sino que se ha vendido al enemigo, un renegado. Por eso los separatistas más radicales suelen pintar las calles acusando de «botiflers» a los políticos no nacionalistas o a los partidos que dependen en su organización de las tierras más allá del Ebro.

Los Mossos, igual que eran monárquicos desde su origen, practicaron una especie de monarquía interna. Durante casi dos siglos, siempre mandó sobre los Mossos un miembro de la familia Veciana. Ello podría explicar por qué cuando llegó la II República, el Jefe de los Mossos no se posicionó ni con la República ni con Maciá. Hubo de ser un capitán, el famoso Escofet (que anteriormente había sido oficial de caballería del Ejército español), el que se pusiera a las órdenes de Maciá. Un mes después, Maciá lo nombraba Comandante. En 1932, Maciá extendió los Mossos por toda Cataluña y entre ellos se fueron infiltrando nacionalistas procedentes de partidos radicales como Estat Catala.

Si el catalanismo existe hoy es gracias a «Madrit» (Madrid). El fracaso del republicanismo federal permitió que el verdadero catalanismo político fuera forjado por conservadores y éstos sobrevivieron gracias a los constantes apoyos políticos de los conservadores españoles. La presencia pública y política del catalanismo arrancó en 1899, cuando se formó el gobierno de Francisco Silvela. Para ganarse el favor de la burguesía catalana, que ya asomaba como regionalista, nombró al General Polavieja como ministro de Guerra y a Manuel Duran y Bas como ministro de Justicia. Era un guiño a las fuerzas conservadoras de Cataluña, con la intención de ganárselas para su causa. Decidió también nombrar a hombres del entorno catalanista para ocupar cargos importantes.

El catalanismo, como cualquier otra ideología, no podría mantenerse si no reposara en algunas construcciones simbólicas logradas con más o menos acierto. En lo que se denomina la «construcción nacional» son fundamentales estos símbolos que configuran un imaginario colectivo. Entre ellos tenemos una bandera, un himno o un «baile nacional» y, lo que es más importante, un pasado-referencia de sucesivas «luchas por la independencia». El nacionalismo funciona con una máxima: lo que no pueda ser racionalizado y comprendido individualmente es asumido colectivamente en el orden simbólico o mitológico. Estos símbolos, aunque algunos reposan en antiquísimas tradiciones o en hechos históricos que han sido reinterpretados, fueron elaborados, en cuanto que parte del imaginario nacionalista, hace poco más de un siglo. Por tanto, hay que distinguir entre una verdadera tradición y la «tradición inventada», al decir de Eric Hobsbawm. Son cientos los casos que se podrían presentar. Por ejemplo, es parte del imaginario catalanista el tancament de caixes (el cierre de cajas).

La bandera catalana es sin duda el símbolo más potente del catalanismo. A diferencia de la ikurriña, no es la bandera de un partido que apenas tiene un siglo, sino que arrastra una fuerte tradición que la convierte en un símbolo más general y aceptado. Los orígenes de la bandera cuatribarrada se confunden en el pasado y no excluyen sus dosis de mitología.
A partir de 1880, se constata que la bandera cuatribarrada empieza a ser tomada por los incipientes catalanistas como un símbolo o enseña. Poco a poco, esta bandera desplazará a otras como la de Sant Jordi, que aún era cara a todos los catalanes. Así, los centros catalanistas se fueron engalanando de cuatribarradas. Pronto se empezaría a vivir una tensión por la nueva ostentación de la muy antigua bandera catalana. Por eso, todavía en 1887, quizá para mitigar tensiones, el presidente de la Asociación Catalanista de Reus, Bernat Torroja, escribía: «el pendón nacional [español] lleva los mismos colores que el glorioso pendón que con las rojas barras de Cataluña, consiguió tantos laureles […] es la misma bandera que Fernando el Católico llevó cuando la unión de los dos reinos».

La prueba más evidente de que los nacionalistas en el fondo rechazan la tradición de Cataluña, es que no pudieron contenerse e inventaron una nueva bandera. En la Constitución de La Habana, que ya se ha mencionado, se decretó una nueva bandera para Cataluña. A la cuatribarrada se le añadía un triángulo azul con una estrella, rememorando la bandera cubana, que a su vez se había copiado de la americana. Actualmente, grupos como las juventudes de la «moderada» Convergencia Democrática de Catalunya, ostentan esta enseña claramente separatista.
Otra bandera simbólica para el catalanismo, aunque menos conocida, es la bandera negra. El famoso 11 de setiembre, sobre las murallas de Barcelona se extendió una bandera negra. Este hecho ha sido interpretado de muchas formas, pero el caso es que dos siglos después un grupo paramilitar separatista decidió autodenominarse La bandera negra en relación con este hecho. Para los separatistas, la bandera negra sería un símbolo de no rendición y voluntad de mantener la lucha hasta la muerte. Sin embargo, en realidad, la enseña negra era una tradición medieval proveniente de las innumerables revueltas contra la autoridad real. Esta insignia se mostraba para manifestar el deseo de que, en caso de derrota, no se saqueara la población respectiva. En definitiva, era una forma de suplicar clemencia a la autoridad real por anticipado.

El «himno de Cataluña», Els Segadors, tiene una historia rocambolesca que ha pasado por muchas vicisitudes que pocos catalanes conocen. Como se expone un poco más abajo, en 1640 estalló una revuelta que con el tiempo ha sido mitificada hasta convertirse en uno de los referentes del catalanismo actual. Una serie de literatos decimonónicos impulsaron con sus escritos el imaginario popular respecto de este conflicto. Manuel Angelón publicaba, en 1857, Un corpus de sangre o los fueros de Cataluña; Víctor Balaguer, impregnado de Romanticismo, bautizó la revuelta con el nombre de «Guerra deis Segadors»; Frederic Soler (a) Pitarra compuso un drama Els Segadors, que popularizó aquellos hechos. Hay que señalar que los «rescatadores» literarios de la «Guerra deis Segadors» no eran precisamente catalanistas progresistas. Sin embargo, gracias a ellos, se recuperó la memoria de la revuelta de 1640, que había quedado hasta entonces prácticamente olvidada. En el siglo XVII corría una canción tabernaria sobre el Corpus de Sangre. Sería Milá y Fontanals quien la rescataría del olvido al recogerla en la segunda edición de su Romancerillo catalán (1882), quedando escrita en la métrica propia del romancero castellano.
Muchos catalanistas conservadores aceptaron el canto de Els Segadors (con una nueva letra) como canto de combate en los enfrentamientos callejeros contra los republicanos federales, que entonaban La Marsellesa en versión catalana como himno de Cataluña e identificaban El Segadors con un himno reaccionario.

A finales del siglo XIX, la sardana era desconocida para prácticamente la mayoría de catalanes. Era una danza originaria de Sant Feliu de Guixols, que rara vez se había visto en Barcelona, como no fuera con motivo de alguna fiesta o exposición, y a modo de curiosidad exótica.
Sin embargo, en 1906 la sardana ya había sido promocionada por los catalanistas y era tenida como «el baile nacional». Marfany indica que: «La idea de que la sardana era de siempre, desde la más remota antigüedad, el baile nacional, el de todos los catalanes, la expresión misma de la pura catalanidad, ya se había introducido, sutilmente, calladamente: “Procuremos que resucite de nuevo”, escribía un catalanista.
Pero el triunfo de la sardana no fue motivo de alegría para los catalanistas, pues en la medida en que se propagaba, lo hacía en consonancia con otros bailes que hoy llamaríamos de salón. Se hizo muy frecuente en las fiestas de los pueblos que se intercalara la sardana con otros bailes. Esto no gustaba al catalanismo.

En el pensamiento de Jordi Pujol se puede adivinar su postura frente a la inmigración. En sus primeros escritos se puede descubrir una cierta influencia de ese sutil pensamiento racial que inundó el catalanismo a lo largo del siglo XX. Cabe citar un texto ya famoso de su libro La immigració, problema i esperanza de Catalunya, (1976), donde afirma sin escrúpulos: «El hombre andaluz no es un hecho coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido […] es, generalmente, un hombre poco hecho, es un hombre que hace cientos de años pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de la comunidad».
La relación entre la lengua y la raza queda sutilmente establecida en uno de sus libros más paradigmáticos.

Cataluña es uno de los lugares del mundo en el que se tiene un registro de «Correbous» (corrida de toros) más antiguos. En la ciudad de Cardona está documentado un correbous de 1409, ahora hace seiscientos años, aunque presumiblemente se celebraban mucho antes. Además, el Principado cuenta con la segunda plaza de toros más antigua de España, en Olot, provincia de Gerona. Se tienen constancia escrita de corridas de toros en Gerona desde 1715 y, en 1819, se inauguraba en la ciudad la plaza del baluarte de Santa Ana. Existía una inveterada afición taurina en poblaciones tan catalanas como Ripoll, Camprodón, Figueras, Vallfogona, Sant Andreu de Llavaneras, Vic, Caldes de Montbu’i o Tortosa entre otras. Durante el siglo XIX, en la Cataluña profunda, más concretamente en la ciudad de Vic, se popularizó esta copla: «Aixó és la entrada bovina / que el Xora capitaneja / i la canalla toreja / al toro amb sa barretina» («Ésta es la entrada bovina / que el Xora capitanea / y los chicos torean / al toro con su barretina»). Deducimos que era costumbre correr los toros con la barretina bien puesta.
Muchos catalanistas creen que la fiesta de los toros, tal y como la presenciamos hoy, proviene de Andalucía y es una manifestación de «flamenquismo». Pero en realidad no es así. Buena parte de las normas vigentes, las formas de los paseíllos y tradiciones actuales se gestaron en las plazas catalanas, de Vascongadas y de Navarra. Uno de los primeros toreros catalanes de los que tenemos constancia biográfica, Pere Ayxelá «Peroy» (1824-1892), fue precisamente uno de los impulsores de la fiesta tal y como la conocemos hoy, y que posteriormente se extendería a Andalucía y otras regiones de España. Nacido en Torredembarra, aprendió a torear en Nimes e importó la forma de torear francesa, fusionándola con las formas de torear en España y readaptando el estilo que se estaba gestando en ese momento. Otro catalán, el banderillero Josep Bayard Cortés (1858-1906), introdujo importantes variaciones en el vestido de picador y renovó las técnicas del rejoneo y de la pica.
Era frecuente en Cataluña, debido a la gran afición, que las plazas fueran promovidas y pagadas por los propios aficionados, que pasaban a ser administradores o propietarios. Ya en el siglo XX se profesionalizaría el espectáculo y aparecerían empresarios taurinos. Sin lugar a dudas, el más importante de ellos fue Pedro Balañá Espinos (1883-1965). El apellido es conocido actualmente en Barcelona porque la familia regenta la mayor distribuidora de películas para salas de cine.

La persecución a los toros en Cataluña era tal que el matador catalán Serafín Marín, en una corrida en Barcelona realizó algo insólito. Salió al paseíllo tocado, en vez de con una montera, con una barretina. Mientras se escribían estas líneas el Parlamento autonómico aprobaba una ley antiturina. Será por ello que en Cataluña ha ocurrido algo que no ha pasado en el resto de España, la celebración de unos Premios Taurinos, los Premios Balañá, de gran resonancia. Este evento anual cuenta con la colaboración de numerosas asociaciones que han ido apareciendo para defender la Fiesta en Cataluña. Igualmente, en Francia han surgido asociaciones, promovidas por jóvenes, con el fin de defender la tradición taurina. Una de ellas ha sido fundada en Prats de Molió, pueblo francés desde el que Maciá pretendía invadir Cataluña y liberarla de España. Entre los sueños nacionalistas está el de recuperar el Rosellón.

Aunque los nacionalistas se aferran al Barça como seña de identidad que les enlaza con una historia centenaria, los orígenes del fútbol en Cataluña no tuvieron nada que ver con el nacionalismo. Revisando la historia de los clubs, casi todos fundados a principios del siglo XX, encontramos muchas sorpresas. Una de ellas, por ejemplo, es que uno de los primeros clubs fundados en Barcelona se llamaba el Madrid de Barcelona. Este pequeño club se asoció con otro, el Provenzal, para fundar el famoso Europa que llegó a ser el segundo club con más socios en Cataluña y uno de los diez fundadores de la Liga española en 1928. El Europa, en 1931, se fusionó con el Gracia FC, dando lugar al Catalunya FC., un equipo que sólo duró una temporada, aunque había pretendido ser el equipo insignia de Cataluña, a modo de símbolo del nacionalismo. Por una de esas ironías de la historia, el Gracia FC, en sus orígenes, se había denominado FC Espanya…
Su Club, con el tiempo, se fue catalanizando, incluso se ha catalanizado el nombre del fundador y hoy todo el mundo le conoce por Joan Gamper. Ello no quita que haya dejado su huella extranjerizante. Los colores que escogió para la camiseta fueron los del cantón (protestante) de Ticino y del club donde había jugado, el FC Basel. La fundación y presidencia del que sería uno de los clubs más importantes del mundo no salvaron a Hans Gamper de la desgracia. En 1930, agobiado por las deudas y problemas personales, decidió suicidarse. Un triste final del que nadie habla.

José Samitier Vilalta (1902-1972) es posiblemente el jugador del Barcelona más famoso de la historia del Club. Fue internacional y militó en las filas del Barça y, aunque ya nadie lo dice, se retiró jugando en el Real Madrid. Pasando por todos los escalafones del Club, fue entrenador del Barcelona y Secretario Técnico, y ese mismo puesto también lo ocupó en el Real Madrid. Por aquella época nadie le tildó de «traidor», como han hecho con jugadores como Figo.

Hoy se nos presenta la Guerra Civil como un enfrentamiento entre Cataluña y España, liderado por los catalanistas. El catalanismo, sin embargo, fue un títere de los acontecimientos y Companys apenas pudo dirigir nada, lo cual no excluye su responsabilidad. Incluso en el seno del catalanismo se había larvado una guerra civil que casi acaba con un golpe de Estado por parte de sectores radicales catalanistas contra el propio Companys. La cultura catalana, y por ende la catalanista, quedó deshecha no por el franquismo, sino por la revolución interna que vivía Cataluña.
Prácticamente desconocida y escasamente estudiada, es la creación de campos de trabajo en Cataluña durante la Guerra Civil. Durante muchos años hemos oído las críticas al franquismo por utilizar presos para construir el Valle de los Caídos. Pero las penurias que muchos catalanes sufrieron en la zona republicana, en diversos campos de trabajo, se ha mantenido en el olvido para el gran público. La creación legal de estos campos se debe al anarquista García Oliver. En una conferencia dictada el 31 de enero de 1937, en el Gran Teatro de Valencia, el dirigente anarquista declaraba, refiriéndose a los campos de trabajo en España, que: «Esa población penal de 100.000 fascistas, trabajando a pico y pala, nos ayudará a transformar nuestros campos en vergeles. Los causantes de la maldición que sobre nosotros ha caído tendrán que pagarla con su esfuerzo y trabajo».

Descubriendo, aunque sea a través de las prohibiciones puntuales, una gran cantidad de publicaciones en catalán.
Los primeros años tras la guerra, la prohibición del catalán en su uso público fue evidente. Se cambiaron los nombres de calles y plazas y el idioma en el que estaban escritos; los registros civiles y notariales debían realizarse en castellano; la lengua de la educación también fue el castellano; y los funcionarios públicos de las corporaciones debían usar la lengua castellana. Si uno piensa lo que pasó con el catalán, no se diferencia mucho de la situación del castellano en la actual Cataluña. Esto sí, el cambio ha sido ahora mucho más sutil y «democrático». Intentando sintetizar esos primeros años, cosa harto imposible, se podría decir que hubo un primer momento de presión contra el uso escrito del catalán. Sin embargo, la mayor parte de los conflictos vino, curiosamente, a causa de su uso por eclesiásticos en sus homilías o en pequeñas publicaciones parroquiales. Durante algunas celebraciones litúrgicas, a las que asistía alguna autoridad militar, si el sacerdote se dirigía a los fieles en catalán, entonces se liaba. Fuera de estos ámbitos, los conflictos fueron muy reducidos.
El Omnium Cultural, del que se volverá a hablar más adelante, fue una de las entidades fundadas durante el franquismo para promocionar la cultura catalana. La iniciativa fue desarrollada por empresarios catalanes y prohombres del catalanismo conservador como Félix Millet. Sin lugar a dudas, fue una de las instituciones primordiales para la promoción del catalán. Entre sus actividades se contaban las de formar a profesores para la enseñanza del catalán o la de dotar con dinero premios de literatura y ensayos en catalán. Salvo algunas excepciones, esta institución pudo funcionar durante el franquismo con el permiso de las autoridades.
También, lentamente, el catalán fue haciéndose presente en los medios de comunicación. En 1949, la Editorial Selecta realizaba un programa en Radio Barcelona, en el cual se hablaba de los libros publicados en catalán. En 1966, Radio Tarragona organiza a través de sus antenas unos cursos de catalán con profesores especializados. En catalán también se podía oír el programa L’Hora de Cataluña, de Salvador Escamilla. Este personaje fue uno de tantos catalanes perfectamente bilingüe, capaz de colaborar en el doblaje castellano de la película Mary Poppins. En 1952, por fin, aparece la primera película en catalán tras la época de la República. Se trata de una película dirigida por Ignasi Iquino y con guión de Rafael Sálvia, titulada El Judes.
Al final del franquismo, el catalán volvió a reaparecer oficialmente en la enseñanza. El artífice de este hecho fue un leridano, Joaquín Viola Sauret.

La primera anécdota digna de mencionarse es que el primer gran censor de Barcelona, en 1936, fue José Montagut Roca, que era catalanoparlante y no le hacía ascos a censurar textos en catalán o castellano. Se ha acusado al régimen franquista de una dura y estricta censura. Pero esta apreciación debe matizarse. Hace unos años, un barcelonés, refiriéndose a los años 60, se quejaba: «Era imposible encontrar un libro que hablase mal de Franco, pero por todas partes encontrabas libros marxistas». Y no estaba equivocado. Edicions 62, allá por los años sesenta, publicó los primeros textos legales de Marx tras la contienda civil. Le siguieron textos de Engels, Sartre, Marcuse o Russell. Entre 1960 y 1970, editoriales como Anagrama, Ariel o Grijalbo consolidaron la publicación de obras de marxistas en Cataluña y España. La historia de la editorial Anagrama no deja de ser divertida y la ha relatado su fundador, Jorge Herralde, en alguna entrevista.

Luís de Carreras ha sido un destacado militante de Convergencia Democrática de Cataluña desde los primeros tiempos. Su hermano, Francisco de Carreras, por el contrario, ha sido un también destacado militante del Foro Babel y defensor del castellano en Cataluña. Muchos prohombres de la Lliga hablaban en su casa en castellano. Luís de Carreras, hijo de Narcís de Carreras, uno de los hombres de Cambó, declaraba en una ocasión: «Alguna gente de la Lliga, siendo catalanistas, hablaba en castellano a sus hijos con la convicción de que si iban a Madrid y no sabían hablar en castellano no los entenderían y serían unos desgraciados. Pero después, los padres seguían pagando a la editorial no se qué o a la Abadía de Montserrat para que publicasen esto y aquello en catalán».

La burguesía catalana durante el franquismo podría resumirse en mantener un equilibrio prudente entre la adhesión no excesivamente manifiesta y la oposición lo suficientemente laxa. Entre sus miembros hubo algunos entusiastas del franquismo, muchos lo toleraron y pocos se opusieron. Y los que lo hicieron, lo realizaron sutilmente, a través del progresismo cristiano catalanista o bien a través de sus hijos, que militaban en el radicalismo de izquierdas.

Una nieta de Maragall, Anna Vidal Maragall, está casada con el quinto hijo de Pujol: Oriol Pujol Ferrusola. Las relaciones de parentesco se van complicando y exigen casi elaborar un árbol genealógico. Por ejemplo, se puede encontrar entre los miembros de la burguesía catalana a Esther Roca Maragall, que hilvana con sus apellidos dos famosos linajes políticos: es nieta de Miquel Roca y Junyent, y prima hermana de Pascual Maragall.
Esta relación entre «socialistas» y «catalanistas» viene de muy lejos. Juan Antonio Maragall Noble (tío de Pascual Maragall) fue miembro de las juventudes de la Lliga, luego pasó a la Acció Catalana (los hijos «progres» de los catalanistas de la época). Finalmente retornó a la Lliga.

No deja de ser sorprendente que los protagonistas de las Olimpiadas de Barcelona 92 tuvieran hundidas sus raíces en el franquismo. Desde Pascual Maragall, delfín del alcalde franquista Porcioles, a José María Samaranch. Sin embargo, otros personajes, protagonistas de la transición política, menesterosos antifranquistas, también tuvieron su lejano protagonismo. En 1965, se presentó desde el Ayuntamiento de Barcelona un plan urbanístico que afectaba a 400 hectáreas frente al litoral de la ciudad. El título del plan era: «Ciudad que no puede seguir viviendo de espaldas al mar». Años más tarde, ya en plena democracia, el ayuntamiento socialista presidido por Narcís Serra enarboló un eslogan muy semejante, presentando el mismo proyecto, pero como si fuera moderno y democrático. Narcís Serra, mucho antes, había sido uno de los protagonistas del asunto que ahora se relata.
El 18 de marzo de 1966 se constituyó la sociedad La Ribera SA, formada por las empresas que apoyaban el proyecto de reforma urbanística. Se deseaba transformar una zona industrial y de servicios, para convertirla en zona urbanizada y con viviendas. Los solares, una vez recalificados, adquirirían un precio exorbitante y supondrían un negocio. El gerente de dicha empresa era un viejo conocido nuestro: Miquel Roca i Junyent, que por aquel entonces compartía despacho con Narcís Serra. Las plusvalías esperadas eran tan importantes, que las asociaciones de vecinos y los colegios profesionales lograron más de 6.000 impugnaciones para frenar el proyecto. Otro de los motivos de indignación de los ciudadanos era ver cómo dos antifranquistas declarados se aprovechaban del franquismo para hacer negocios. El escándalo adquirió tales proporciones que finalmente se detuvo. Veinte años después, con la concesión de las Olimpiadas, los mismos protagonistas consiguieron llevar a cabo el proyecto. Esta vez, las asociaciones de vecinos, «ya democratizadas», fueron incapaces de la más mínima protesta.

La burguesía catalana se autoconstituyó en una casta y una parte de ella generó su propia ideología. Proveniente del conservadurismo más radical, la transmutación del progresismo religioso en su seno, el complejo ante un franquismo del que necesitaba, el afán por liderar espiritualmente un pueblo, llevó a que —ante la llegada de la democracia— la misma burguesía liderara buena parte de los partidos catalanes. Ciertos sectores eclesiásticos se dividieron entre los más próximos al socialismo y los más radicales nacionalistas. Poco a poco, la vitalidad espiritual de esta burguesía se fue apagando, en la medida que se alejaba de la fuente religiosa. La eclosión mística que se produjo entre el tardofranquismo y la primera transición, se ha trocado en burocratización y administración. En la misma medida en que Cataluña va perdiendo su fuelle económico y la vitalidad que la caracterizó durante dos siglos, en esa misma medida, los vástagos de esa burguesía se aferran a los cargos que les proporciona la política, siendo incapaces del más mínimo espíritu emprendedor.

Perhaps this book may raise blisters for certain readers, but all its books seem interesting to me, political nationalism is capable of self-justification, elaborating formally historical arguments. Nationalism in general, due to the romantic and nineteenth-century environment in which he was born, has been an expert in elaborating what Eric Hobsbawm has called the “invention of tradition”. The author himself warns that: “The term” invented tradition “is used in a broad sense, but not inaccurately. It includes both “traditions” really invented, built and formally instituted, as those emerging in a less easy to trace, within a short and datable period.

One of the most deeply rooted customs in Catalonia, for example, is to write the two surnames joined by an “i”, being almost a sign of distinction and pedigree to write them like that. However, the origin of this custom comes from the fourteenth century, when the Catalan nobility began to imitate the custom of the Castilian who always joined with “and” their two surnames. Today, in Catalonia, a series of events that have actually been incorporated into the Catalan imaginary only very recently are taken as multi-secular realities. On the contrary, traditions deeply rooted for centuries, such as bullfighting, are taken as strange elements.

Modern nationalism aims to endow Catalan with an identity that has nothing to do with the identity of the men who occupied these lands for centuries. Worse yet, it can be suspected that the current undeniable triumph of Catalanism, rather than reaffirming a cultural identity, has caused an identity gap, only replaced by four symbolic elements, three historical grievances and high doses of sentimentality.
The Catalan donkey, a species much appreciated for its quality in many parts of the world, was on the verge of extinction. The story of his salvation starts long before the appearance of the famous sticker. Joan Gassó, in the region of Bergadá, began 40 years ago the work of recovering the Catalan stallion that was practically extinct. He managed, wandering through the villages, to gather a group of thirty donkeys, many of them excessively old, and no male qualified to ride. Desperate and unable to overcome the upbringing, he received news that the Spanish army still had a stallion in conditions. In the old Cavalry Barracks of Hospitalet there was certainly a Catalan donkey suitable for reproduction. The military commanders willingly offered it to him and so, thanks to the Spanish army, the species now claimed as a symbol by the nationalists was saved. This anecdote does not stop to illustrate, even with a certain grace, the fruitfulness that collaboration can be, and the sterility of aversion and rejection.

Catalanism can be applied to what the great historian J. H. Elliot referred to the Catalan revolt of the sixteenth century: “By its internal divisions, Catalonia destroyed itself.” For this reason, to study Catalanism is to study an eternal conflict of how to define what Catalonia is or should be, what Catalanism itself means and who is entitled to represent it.
It is what Ignacio Agustí wrote about Catalanism in 1940: “The traditions, the history of Catalonia, are subjected, since the appearance of political Catalanism, to an extremely elegant and delicate desertion […] Everything is […] lacking in exact sense”.

The “official” history of Catalanism, which nationalism itself has built, wants to see its origins in a literary renaissance of Catalan, the so-called «Renaixença», which will be discussed in detail later. This rebirth would have occurred at the beginning of the 19th century. However, throughout practically all that century, no character that we could consider “Catalanist” used the term “nation” to apply it to Catalonia. Rather, whenever they spoke of “nation,” it was to refer to Spain. Only at the end of the 19th century some Catalanists began, with prudence, to use the term applied to Catalonia. The most common nomenclature in all those who incarnated the literary movement in favor of Catalan, was that of the Province to refer to Catalonia (today to call it that would seem an insult).
“In the Catalonia of the sixteenth and seventeenth centuries, as in other parts, the term nation did not mean much. To begin with, it was rather rare or infrequently used. ” Curiously, only one Andalusian who studied deeply the political corpus of medieval Catalonia, Francisco Elias de Tejada, in his work Political doctrines in medieval Catalonia, notes that in the fourteenth century the concept of nation had “the modern sense of body politic separate and not of simple ethnographic community ». But two centuries later, still preserving Catalonia’s political institutions, the word nation had practically fallen into disuse.

The first great Catalan political party was, as has been indicated, the Regionalist League. Among its promoters were the first theorists of nationalism, such as Prat de la Riba, but, whether by strategy or by necessity, in its first steps, the Lliga did not manifest any special nationalism.

The expression pal de paller is frequently used in CiU to illustrate what its role should be in Catalan politics. The stick of the haystack is the element around which the straw is united. Thus, CiU aspires to build the «Casa Gran» (the big house) of Catalanism where all fit, where all Catalans of any sign or belief are grouped around the party. This feeling was already in the thought of Prat de la Riba and in the idea that the Lliga should collect (link) all Catalanist sentiment, either on the right or on the left, traditional or progressive.
Who expressed it best was Eugeni d’Ors in confidences to Rafael Olivar Bertrand, one of the biographers of Prat de la Riba. D’Ors confessed: “He will allow me to clarify what I call the secret of Prat de la Riba. It is based on three layers that overlapped, alternated or temporized in the performance of Prat: first, regionalist layer, with the people he wanted and needed to attract for his cause, the industrial living forces, merchants, owners and landowners; second, nationalist layer, with himself, in the intimacy, which grew and grew until 1898, to eclipse, occasionally, from time to time; third, imperialist layer, due to the influence exercised by the young intelligences that surrounded him. Young people who were not enough nationalism because they considered it narrow, aspired to a cultural policy clearly imperialist, of conquest, which is what can be read in the last chapter of the Catalan nationality. Prat de la Riba was a genius of ambiguity and his character left an imprint on his successors, such as Cambó, Pujol and many Catalanist leaders.

Catalanism was originally a literary and cultural movement infected with Romanticism, but without any intentionality or political purpose. Only at the end of the 19th century can it be said that Catalan nationalism appeared as a political expression. It was also the work of a small number of young conservatives, led by Prat de la Riba, many of them from monarchist-liberal environments.

Catalan Catholicism, or Christian Catalanism, endowed the first Catalan nationalism with a mystique, which represented an initial impulse of the current nationalist radicals who are evidently profoundly secularists. The identification between the religious and the political sometimes touched the scandal.
In Catalonia a saying goes: “Tants caps, tants barrets” (so many heads, so many caps) and so it is difficult, in the midst of so much individualism, to awaken and maintain a national consciousness.
Joaquín Samaruc already warned, in the twenties of the twentieth century, that: “There is no Catalan well born that does not love Catalonia but in trying to give shape to this feeling, by wanting to translate it into more or less feasible aspirations, they have manifested [in Catalanism], from the first moment, the deepest and most bitter differences ».

The dream of a united Catalonia has changed into a nationalist world divided and confronted ad nauseam. And the love of Catalonia can not be achieved without hatred of Spain. All this leads to the famous “seny” (common sense) Catalan has died. Current Catalan politics and culture are a constant without meaning for anyone who knows the history of Catalonia minimally.

Who can oppose, on behalf of Spain, the greatness of Spain, if Catalonia is Spain? ». Cambó continues arguing that if you look at Catalonia as something that is not Spain, then all the misgivings and all the desires to fight it are justified. Those who create (outside of Catalonia) that Catalonia is not Spain, those – for Cambó – are the true separatists. Cambó was one of the most fascinating politicians of the twentieth century, capable of mutating as appropriate. He was Catalan nationalist, monarchic minister, founder of Spanish political parties such as the Constitutional Center, with Gabriel Maura, during the Republic. He supported Franco and made the most Spanish statements during the Civil War, just as he was able with his speeches to thrill the most Catalanist public. All this shows the circumstantiality of that Catalanism that ended truncated with the Civil War.

Catalanism that first theorized in a modern sense about Hispanism. To such an extent, his conceptual structure was novel that the father of Spanish proto-fascism, Ernesto Giménez Caballero, took from Catalanism this concept that would later have so much weight in the work of Ramiro Ledesma. Ernesto Giménez, in La Gaceta Literaria, wrote: “Of course, Ortega y Gasset is right, dreaming that all previous diversities, all preliminary regionalisms, all separatisms – without being scared of this word – are necessary to have a true day. the central node, a motif of overcrowding, of Hispanic fascism. ”

The Catalan poet (Joan Maragall) refers to the dream of separatism and warns that we must move away from that ideal to focus on the Spanish mission. He warns that this temptation can be especially strong among young people: «Catalan youth idolizes Catalonia above all else; he does not see land like this earth; his people as a chosen people, and the language that speaks beautiful like no other.
He sees in this Catalonia a great mission, for which he needs all its purity; he needs to concentrate and live exclusively his own life to be a model of peoples in the international life of a future humanity: a humanity of pure small nationalities that are grouped by affinities without mixing, forming a beautiful variety adapted to the different nature of the lands [… ] [However] We have to overcome this dream ».

What no history of the Renaixença collects is that if there was a true diffuser of Catalan throughout the 19th century, it was Saint Anthony Mary Claret. This saint wrote a very important part of his booklets of spirituality in Catalan.

The current Catalanist theses do not stop insisting that Castilian was imposed by force in Catalonia. But this is not true in any case. Prat de la Riba himself, in La nacionalitat catalana, incurs contradictions. On the one hand, it denounces that in the 18th century the decadence of Catalan began; On the other hand, in the same work, he says that in the eighteenth century the first symptoms of the Renaissance were seen. The fact is that the 19th-century Catalanists, rather than denouncing an imposition of Castilian, were afflicted by the feeling that it was the Catalans themselves, starting with their ruling class, those who abandoned Catalan. Even in a non-Catalan newspaper, Vertader Catala, the editors complained in 1843 that the Catalans “were already beginning to chant the Castilian language, especially in their writings.”

The Treaty of Corbeil (1258) is one of the most important in the history of Spain. In nationalist histories it is hardly given importance or simply ignored. Until the date of the treaty, the territory of the Hispanic Brand, the Catalan counties legally belonged to France. It is true that the Catalan counties had already de facto separated from the relations of vassalage of the Frankish king and in the treaty that reality is recognized and the Catalan counties are ceded to the King of Aragon. Thus, badly that despite the nationalists, Catalonia was not constituted into an independent political unit that – later – was confederated with the Crown of Aragon, but it went from being legally a French territory to belonging to the Crown of Aragon.

It was precisely in the House of America, on October 12, 1911, the first time that the Fiesta de la Hispanidad was celebrated in Spain. This initiative was collected and disseminated by an Asturian journalist, José María González, initiating a campaign to be proclaimed as a national holiday. Thus, thanks to Catalanism, on October 12 it became a Spanish national holiday.
The Catalan protagonism in the conquest has been artificially minimized. However, on the occasion of the 500th anniversary of the discovery of America, the Generalitat of Catalonia itself published Els Catalans a les Indies, by Josep Mª Bernades, which occupied three volumes. In principle, it surprised that the Generalitat turned to celebrate the anniversary. However, the criticism came soon, because he had taken advantage of this work, and others, to present as Catalans to many Valencians who also participated in the American adventure. In the end, the Catalan political class, whether for revenge or complex, has been eliminating all signs of Spanishness in Catalonia.

The patriotic exaltation in Catalonia would reappear with the crisis of the Caroline Islands, when in 1885 the Germans tried to seize them. Cities such as Barcelona, ​​Vic and Reus witnessed Spanish-style demonstrations. When the news of the War against the United States arrived, on Thursday, April 2, 1898, La Bohéme was being represented at the Liceo de Barcelona. In the Diary of the Concierge of the Liceo was left written the atmosphere and the commotion that originated: “Concluded the third act, the concurrence demanded that the orchestra played the Cadiz and the Royal March, both hymns being greeted with thunderous salutes of applause and shouts of ¡Viva España! Long live the Army! and Long live Spanish Cuba! …

While the zarzuela flourished in Spain, in Catalonia a zarzuela of its own was developed with scripts in both Spanish and Catalan. Recently it was premiered in Sabadell, in the Teatro de la Farándula, Romança sota la lluna by Joan de la Creu Ballester. It was more than seventy years ago that this Catalan zarzuela was not represented. The effort of the Society of Friends of the Opera of that city to promote Catalan lyric contrasts with the absolute oblivion of public administration. For one of these absurdities, the Catalan administration identifies zarzuela with Spanishism and ignores the creative wealth that the so-called Catalan lyric theater or “Catalan sarsuela” represented for a century. You can remember the work of Santiago Rusiñol L’alegria quepassa, with music by Enríe Morera or Lo cant de la Marsellesa by Nicolau Manent. The Theater of the Liceo for many decades saw fit to represent both Castilian and Catalan zarzuelas from Barberillo de Lavapiés to Els pescadors de Sant Pol. Personalities such as Adriá Gual, Joaquim Pena, Enric Morera and Enrique Granados promoted Catalan lyric composing titles such as El Comte Amau or The Holy Thorn. The latter has text by Angel Guimerá and music by Enric Morera and from it came the famous sardana La Santa Espina, which, together with Els Segadors, are the two most paradigmatic songs of Catalan nationalism. Another almost unknown story is that the music of the famous song The Boyfriend of Death, which was part of a cuplé and eventually became the most paradigmatic song of the legion, was composed by a Catalan. It was Joan Costa, who was enthusiastic about the libretto of the cuplé, he played it for a week. The song would become famous for the interpretations of Lola Montes. On this lyrical spirit of the Catalan people, nationalism has maintained a sepulchral silence.

In the tardofranquismo and the first transition, “Nova Cançó” flourished. The Catalan singer-songwriters appeared everywhere. Their militant anti-Francoism turned them into myths and triumphed not only in Barcelona but throughout Spain. You can still remember the concerts of Lluis Llach in Madrid that today would be unimaginable. With the democratic consolidation, the artistic genius of the singer-songwriters was extinguished. The government of Pujol tried to expand Catalan through legislation and subsidies, but the laws are bad muses.
Absolute silence in Catalan institutions. If Dalí had declared himself a leftist, or even a slightly Catalanist, he would have been forgiven for his eccentricities. However, he is not forgiven for the fact that he was one of the first intellectuals to leave Catalonia when civil strife broke out and that Franco supported Franco from abroad.

One of the parents of Catalanism, Valentín Almirall, did not show a special aversion to Castilian. In his culminating work, Lo catalanisme, he goes so far as to affirm that the Castilian language is “one of the ones we love and captivate the most”. He complained not so much about Castilian but about what he interpreted as an imposition. Surprisingly, Almirall conveys a profound contradiction that many Catalans still suffer today. On the one hand, admiration for Castilian, and on the other, the need to reject it because it is a “imposed” language.

When you want to reconstruct the history of Catalanism, you focus on the dispositions of the Bourbons against Catalan. Many of these norms, which were not so many, have their explanation beyond political intentions. This is the case of the disposition of Carlos III, in 1772, forcing the account books to be written in Spanish. Actually, this order was dictated by express request of the Valencian Trade Board, since each merchant, whether Valencian, Castilian, Italian or French, kept the accounts in their own way, and this paralyzed the work of the Board. Years before, in 1768, the same king had signed a Royal Certificate by which he was forced to teach in Castilian throughout the kingdom. A scholar of Catalan, Albert Branchadell, in an interesting book for the total absence of resentment towards Castilian, and entitled L’aventura del catala, concludes that the effects of these provisions were practically null.

The expression “botifler” is one of the worst political insults one can receive in Catalonia. In the beginning “botifler” is a variant of “botinflar” or “chubletudo”. From there it was taken in the sense of inflated, presumptuous or arrogant. Then, the word became a derogatory nickname against the Catalans who positioned themselves in favor of Felipe V in the War of Succession. Others make come the word of belle fleur (beautiful flower) in reference to the fleur de lis, symbol of the Bourbons, although this theory does not have so much weight. The insult lasted over time and with this insult today would mean that one is a “traitor”, an ally of the invaders or, in other words, one that prefers a foreign ruler than self-government. “Botifler” would be one who is not only patriotic but has sold himself to the enemy, a renegade. That is why the most radical separatists tend to paint the streets accusing “non-nationalist” politicians or “parties” that depend on their organization of lands beyond the Ebro.

The Mossos, like monarchists from their origin, practiced a kind of internal monarchy. For almost two centuries, he always sent a member of the Veciana family over the Mossos. This could explain why when the II Republic arrived, the Head of the Mossos did not position himself neither with the Republic nor with Maciá. There had to be a captain, the famous Escofet (who had previously been a cavalry officer of the Spanish Army), who was placed under the orders of Maciá. A month later, Maciá named him Comandante. In 1932, Maciá spread the Mossos throughout Catalonia and among them nationalists from radical parties such as Estat Catala were infiltrated.

If Catalanism exists today it is thanks to «Madrit» (Madrid). The failure of federal republicanism allowed that the true political Catalanism was forged by conservatives and these survived thanks to the constant political supports of the Spanish conservatives. The public and political presence of Catalanism started in 1899, when the government of Francisco Silvela was formed. To win the favor of the Catalan bourgeoisie, which was already emerging as a regionalist, he appointed General Polavieja as Minister of War and Manuel Duran y Bas as Minister of Justice. It was a nod to the conservative forces of Catalonia, with the intention of earning them for their cause. He also decided to appoint men from the Catalan environment to occupy important positions.

Catalanism, like any other ideology, could not be maintained if it did not rest on some symbolic constructions achieved with more or less success. In what is called the “national construction” these symbols are fundamental that make up a collective imaginary. Among them we have a flag, a hymn or a “national dance” and, what is more important, a past-reference of successive “struggles for independence”. Nationalism works with a maxim: what can not be rationalized and understood individually is assumed collectively in the symbolic or mythological order. These symbols, although some repose in ancient traditions or in historical facts that have been reinterpreted, were elaborated, as part of the nationalist imaginary, a little over a century ago. Therefore, we must distinguish between a true tradition and the “invented tradition”, according to Eric Hobsbawm. There are hundreds of cases that could be presented. For example, the tancament de caixes (the closing of boxes) is part of the Catalan imaginary.

The Catalan flag is without a doubt the most powerful symbol of Catalanism. Unlike the ikurriña, it is not the flag of a party that barely has a century, but it carries a strong tradition that makes it a more general and accepted symbol. The origins of the cuatribarrada flag are confused in the past and do not exclude their doses of mythology.
As of 1880, it is verified that the cuatribarrada flag begins to be taken by the incipient catalanistas like a symbol or it teaches. Little by little, this flag will displace others such as Sant Jordi, which was still expensive for all Catalans. Thus, the Catalanist centers were adorned with cuatribarradas. Soon it would begin to live a tension for the new ostentation of the very old Catalan flag. Therefore, still in 1887, perhaps to mitigate tensions, the president of the Catalan Association of Reus, Bernat Torroja, wrote: “the national flag [Spanish] has the same colors as the glorious banner that with the red bars of Catalonia, got so many laurels […] is the same flag that Ferdinand the Catholic carried when the union of the two kingdoms ».

The most evident proof that nationalists in the background reject the tradition of Catalonia, is that they could not contain themselves and invented a new flag. In the Constitution of Havana, which has already been mentioned, a new flag was decreed for Catalonia. A quadrilateral was added a blue triangle with a star, recalling the Cuban flag, which in turn had been copied from the American. Currently, groups such as the youth of the “moderate” Democratic Convergence of Catalonia, show this clearly separatist teaches.
Another symbolic flag for Catalanism, although less known, is the black flag. On the famous September 11, a black flag was spread over the walls of Barcelona. This fact has been interpreted in many ways, but the fact is that two centuries later a separatist paramilitary group decided to call itself the Black Flag in relation to this fact. For the separatists, the black flag would be a symbol of no surrender and will to maintain the fight until death. However, in reality, the black banner was a medieval tradition from the innumerable revolts against royal authority. This badge was shown to express the wish that, in case of defeat, the respective population would not be plundered. In short, it was a way of begging for clemency from the royal authority in advance.

The «anthem of Catalonia», Els Segadors, has a bizarre history that has gone through many vicissitudes that few Catalans know. As it is exposed a little more down, in 1640 a revolt broke out that with time has been mitificada until becoming one of the referring ones of the present Catalanism. A series of nineteenth century writers promoted with their writings the popular imaginary about this conflict. Manuel Angelón published, in 1857, A corpus de sangre or the fueros of Catalonia; Víctor Balaguer, impregnated with Romanticism, baptized the revolt with the name of «Guerra deis Segadors»; Frederic Soler (a) Pitarra composed a drama Els Segadors, which popularized those events. It should be noted that the literary “rescuers” of the “Guerra deis Segadors” were not exactly progressive Catalans. However, thanks to them, the memory of the revolt of 1640, which until then had been practically forgotten, was recovered. In the seventeenth century there ran a tabernary song about the Corpus de Sangre. It would be Milá and Fontanals who would rescue her from oblivion when she picked it up in the second edition of her Catalan Romancerillo (1882), being written in the metric of the Castilian romancero.
Many conservative Catalanists accepted the singing of Els Segadors (with a new lyrics) as a battle song in street confrontations against the federal republicans, who sang La Marseillaise in a Catalan version as the anthem of Catalonia and identified El Segadors with a reactionary hymn.

At the end of the 19th century, the sardana was unknown to practically the majority of Catalans. It was a dance originally from Sant Feliu de Guixols, which had rarely been seen in Barcelona, ​​as it was not for a party or exhibition, and as an exotic curiosity.
However, in 1906 the sardana had already been promoted by the Catalans and was considered “the national dance”. Marfany indicates that: “The idea that the sardana was always, from the remotest antiquity, the national dance, that of all the Catalans, the very expression of pure Catalanness, had already been introduced, subtly, quietly:” Let’s try let him be resurrected again, “wrote a Catalanist.
But the triumph of the sardana was not a reason for joy for the Catalans, because as it spread, it was in line with other dances that we would call today the hall. It became very frequent in the festivities of the villages that the sardana was interspersed with other dances. This did not like Catalanism.

In the thought of Jordi Pujol you can guess his position on immigration. In his first writings one can discover a certain influence of that subtle racial thought that flooded Catalanism throughout the 20th century. It is worth mentioning an already famous text of his book La immigració, problema i esperanza de Catalunya, (1976), where he states unscrupulously: “The Andalusian man is not a coherent fact, he is an anarchic man. He is a destroyed man […] he is, generally, a man who is not very well done, he is a man who, hundreds of years ago, goes hungry and lives in a state of ignorance and cultural, mental and spiritual misery. He is an uprooted man, incapable of having a broad sense of the community. ”
The relationship between language and race is subtly established in one of his most paradigmatic books.

Catalonia is one of the places in the world where you have a record of “Correbous” (bullfighting) older. In the city of Cardona a correbous of 1409 is documented, now six hundred years ago, although presumably they were celebrated much earlier. In addition, the Principality has the second oldest bullring in Spain, in Olot, province of Gerona. There is a written record of bullfights in Gerona since 1715 and, in 1819, the Plaza de la Baluarte de Santa Ana was inaugurated in the city. There was an inveterate bullfighting interest in such Catalan towns as Ripoll, Camprodón, Figueras, Vallfogona, Sant Andreu of Llavaneras, Vic, Caldes de Montbu’i or Tortosa among others. During the nineteenth century, in the deep Catalonia, more specifically in the city of Vic, this couplet was popularized: “Aixó is the bovine entrance / that the Xora capitaneja / i the rogue toreja / to the bull amb sa barretina” (“This is the bovine entrance / that the Xora capitanea / and the boys bullfight / the bull with his barretina »). We deduce that it was customary to run the bulls with the barretina well placed.
Many Catalans believe that the celebration of the bulls, as we see it today, comes from Andalusia and is a manifestation of «flamenquism». But really it’s not so. A good part of the current norms, the forms of the paseíllos and current traditions were developed in the squares of Catalonia, Vascongadas and Navarra. One of the first Catalan bullfighters of which we have biographical evidence, Pere Ayxelá «Peroy» (1824-1892), was precisely one of the promoters of the party as we know it today, and that later would extend to Andalusia and other regions from Spain. Born in Torredembarra, he learned to fight in Nimes and imported the French way of fighting, fusing it with the ways of fighting in Spain and adapting the style that was being developed at that time. Another Catalan, the banderillero Josep Bayard Cortés (1858-1906), introduced important variations in the picador dress and renewed the rejoneo and pica techniques.
It was frequent in Catalonia, due to the great hobby, that the places were promoted and paid by the fans themselves, who became administrators or owners. Already in the twentieth century the show would be professionalized and bullfighting businessmen would appear. Without a doubt, the most important of them was Pedro Balañá Espinos (1883-1965). The surname is currently known in Barcelona because the family runs the largest film distributor for movie theaters.

The persecution of the bulls in Catalonia was such that the Catalan matador Serafin Marin, in a bullfight in Barcelona did something unusual. He went out to the paseíllo touched, instead of a montera, with a barretina. While these lines were being written, the autonomous Parliament approved an anti-crime law. That is why in Catalonia something has happened that has not happened in the rest of Spain, the celebration of Bullfighting Awards, the Balañá Awards, of great resonance. This annual event has the collaboration of numerous associations that have been appearing to defend the Fiesta in Catalonia. In France, associations have also emerged, promoted by young people, in order to defend the bullfighting tradition. One of them was founded in Prats de Molió, a French town from which Maciá tried to invade Catalonia and free it from Spain. Among the nationalist dreams is to recover the Roussillon.

Although the nationalists cling to Barça as a sign of identity that links them to a centennial history, the origins of football in Catalonia had nothing to do with nationalism. Reviewing the history of clubs, almost all founded at the beginning of the 20th century, we find many surprises. One of them, for example, is that one of the first clubs founded in Barcelona was called the Madrid of Barcelona. This small club was associated with another, the Provencal, to found the famous Europe that became the second club with more partners in Catalonia and one of the ten founders of the Spanish League in 1928. The Europe, in 1931, was merged with el Gracia FC, giving rise to Catalunya FC., a team that only lasted one season, although it had pretended to be the flagship team of Catalonia, as a symbol of nationalism. For one of those ironies of history, Gracia FC, in its origins, had been called FC Espanya …
His Club, with time, went catalanizing, even the name of the founder was catalanized and today everyone knows him by Joan Gamper. This does not mean that it has left its foreignizing footprint. The colors he chose for the shirt were those of the canton (Protestant) of Ticino and the club where he had played, FC Basel. The foundation and presidency of what would be one of the most important clubs in the world did not save Hans Gamper from misfortune. In 1930, overwhelmed by debts and personal problems, he decided to commit suicide. A sad ending that no one talks about.

José Samitier Vilalta (1902-1972) is possibly the most famous Barcelona player in Club history. He was international and played in the ranks of Barça and, although no one says so, he retired playing at Real Madrid. Going through all the ranks of the Club, he was Barcelona coach and Technical Secretary, and that same position also occupied him at Real Madrid. At that time nobody called him a “traitor”, as they have done with players like Figo.

Today we are presented with the Civil War as a confrontation between Catalonia and Spain, led by the Catalans. Catalanism, however, was a puppet of events and Companys could hardly direct anything, which does not exclude its responsibility. Even in the bosom of Catalanism a civil war had arisen that almost ended with a coup d’etat by radical Catalanist sectors against the Companys. The Catalan culture, and therefore the Catalan one, was undone not by the Franco regime, but by the internal revolution that Catalonia lived.
Virtually unknown and scarcely studied, is the creation of work camps in Catalonia during the Civil War. For many years we have heard criticism of the Franco regime for using prisoners to build the Valley of the Fallen. But the hardships that many Catalans suffered in the Republican zone, in various fields of work, has remained in oblivion for the general public. The legal creation of these fields is due to the anarchist García Oliver. In a lecture delivered on January 31, 1937, in the Gran Teatro de Valencia, the anarchist leader declared, referring to the labor camps in Spain, that: “That penal population of 100,000 fascists, working with a pick and shovel, will help us to transform our fields into vergeles. Those who caused the curse that has fallen on us will have to pay for it with their effort and work “.

Discovering, even through specific prohibitions, a large number of publications in Catalan.
The first years after the war, the prohibition of Catalan in its public use was evident. The names of streets and squares and the language in which they were written were changed; the civil and notarial records had to be done in Spanish; the language of education was also Castilian; and the public officials of the corporations had to use the Spanish language. If one thinks what happened with Catalan, it is not very different from the situation of Spanish in present-day Catalonia. Yes, the change has now been much more subtle and “democratic”. Trying to synthesize those first years, something very impossible, it could be said that there was a first moment of pressure against the written use of Catalan. However, most of the conflicts came, curiously, because of their use by ecclesiastics in their homilies or in small parish publications. During some liturgical celebrations, attended by some military authority, if the priest addressed the faithful in Catalan, then he would get involved. Outside these areas, conflicts were very limited.
The Cultural Omnium, which will be discussed later, was one of the entities founded during the Franco era to promote Catalan culture. The initiative was developed by Catalan businessmen and leaders of conservative Catalanism such as Félix Millet. Undoubtedly, it was one of the primary institutions for the promotion of Catalan. Among its activities were to train teachers for the teaching of Catalan or to provide money with prizes for literature and essays in Catalan. With some exceptions, this institution was able to function during the Franco regime with the permission of the authorities.
Also, slowly, Catalan was making itself present in the media. In 1949, Editorial Selecta carried out a program on Radio Barcelona, ​​in which they talked about books published in Catalan. In 1966, Radio Tarragona organizes, through its antennas, Catalan courses with specialized teachers. In Catalan you could also listen to the program L’Hora de Cataluña, by Salvador Escamilla. This character was one of many Catalans perfectly bilingual, able to collaborate in the Spanish dubbing of the movie Mary Poppins. In 1952, finally, appears the first film in Catalan after the Republic. It is a film directed by Ignasi Iquino and written by Rafael Sálvia, entitled El Judes.
At the end of the Franco regime, Catalan officially reappeared in education. The architect of this fact was a Lleida, Joaquín Viola Sauret.

The first anecdote worthy of mention is that the first great censor of Barcelona, ​​in 1936, was José Montagut Roca, who was Catalan-speaking and was not disgusted with censoring texts in Catalan or Castilian. The Franco regime has been accused of strict and strict censorship. But this assessment must be qualified. A few years ago, a Barcelonan, referring to the 60s, complained: “It was impossible to find a book that spoke ill of Franco, but everywhere you found Marxist books.” And I was not wrong. Edicions 62, back in the sixties, published the first legal texts of Marx after the civil war. He was followed by texts by Engels, Sartre, Marcuse or Russell. Between 1960 and 1970, publishers such as Anagrama, Ariel and Grijalbo consolidated the publication of works by Marxists in Catalonia and Spain. The story of the Anagrama publishing house continues to be fun and has been told by its founder, Jorge Herralde, in some interview.

Luis de Carreras has been a prominent activist of the Democratic Convergence of Catalonia since the early days. His brother, Francisco de Carreras, on the other hand, has also been a prominent activist of the Babel Forum and defender of Spanish in Catalonia. Many men of the Lliga spoke at home in Spanish. Luís de Carreras, son of Narcís de Carreras, one of the men of Cambó, once said: “Some people of the Lliga, being Catalan, spoke in Spanish to their children with the conviction that if they went to Madrid and did not know Speaking in Spanish would not understand them and they would be miserable. But afterwards, the parents kept paying the publisher, I do not know what or the Abbey of Montserrat to publish this and that in Catalan. ”

The Catalan bourgeoisie during the Franco regime could be summed up in maintaining a prudent balance between non-manifest adhesion and sufficiently loose opposition. Among its members there were some enthusiasts of the Franco regime, many tolerated it and few opposed it. And those who did it, did it subtly, through Catalan Christian progressivism or through their children, who militated in the radicalism of the left.

A granddaughter of Maragall, Anna Vidal Maragall, is married to the fifth son of Pujol: Oriol Pujol Ferrusola. Relationships of kinship are complicated and almost require to develop a family tree. For example, Esther Roca Maragall can be found among the members of the Catalan bourgeoisie, who combines two famous political lineages with her surnames: she is the granddaughter of Miquel Roca and Junyent, and the first sister of Pascual Maragall.
This relationship between “socialists” and “Catalanists” comes from very far away. Juan Antonio Maragall Noble (uncle of Pascual Maragall) was a member of the youth of the Lliga, then went to the Acció Catalana (the “progressive” sons of the Catalans of the time). Finally returned to the Lliga.

It is surprising that the protagonists of the Olympics in Barcelona 92 ​​had their roots rooted in the Franco regime. From Pascual Maragall, dolphin of the Francoist mayor Porcioles, to José María Samaranch. However, other characters, protagonists of the political transition, needy anti-Franco, also had their distant role. In 1965, an urban plan that affected 400 hectares opposite the coast of the city was presented by the Barcelona City Council. The title of the plan was: “City that can not continue living with its back to the sea.” Years later, already in full democracy, the socialist town hall presided over by Narcís Serra enarboló a very similar slogan, presenting the same project, but as if it were modern and democratic. Narcís Serra, long before, had been one of the protagonists of the issue that is now related.
On March 18, 1966 the company La Ribera SA was formed, formed by the companies that supported the project of urban reform. We wanted to transform an industrial zone and services, to convert it into an urbanized area with housing. The plots, once requalified, would acquire an exorbitant price and would suppose a business. The manager of that company was an old acquaintance of ours: Miquel Roca i Junyent, who at that time shared an office with Narcís Serra. The expected capital gains were so important that the neighborhood associations and the professional associations achieved more than 6,000 challenges to stop the project. Another reason for the indignation of the citizens was to see how two declared anti-Francoists took advantage of the Franco regime to do business. The scandal took on such proportions that it finally stopped. Twenty years later, with the award of the Olympics, the same protagonists managed to carry out the project. This time, the neighborhood associations, “already democratized,” were incapable of the slightest protest.

The Catalan bourgeoisie self-constituted itself into a caste and a part of it generated its own ideology. From the most radical conservatism, the transmutation of religious progressivism in its midst, the complex before a Francoism that needed, the desire to lead a people spiritually, led to that – before the arrival of democracy – the same bourgeoisie led much of the Catalan parties. Certain ecclesiastical sectors were divided between those closest to socialism and the most radical nationalists. Little by little, the spiritual vitality of this bourgeoisie faded away, as it moved away from the religious source. The mystic emergence that took place between the tardofranquismo and the first transition, has been changed into bureaucratization and administration. To the same extent that Catalonia is losing its economic bellows and the vitality that characterized it for two centuries, to the same extent, the offspring of that bourgeoisie cling to the positions that the policy provides, being incapable of the slightest entrepreneurial spirit .

2 pensamientos en “Historias ocultadas del nacionalismo catalán — Javier Barraycoa / Hidden Histories Of Catalan Nationalism by Javier Barraycoa (spanish book edition)

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