Haciendo Historia — John H. Elliott / History In The Making by John H. Elliott

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Este es un magnífico libro de un gran hispanista británico donde nos vislumbra su interés por el estudio de nuestro país, España, sus comienzos de descubrimiento de nuestro país en un camión por España y Portugal, durmiendo al raso por olivares, su perfeccionamiento del castellano en Santiago de Compostela y el enamoramiento profundo de la ciudad, más tarde el estudio del conde duque de Olivares e irse a Barcelona y sus raíces con Cataluña.

Por lo que hace al estudio de la historia, el fenómeno del «hispanismo» puede considerarse, al menos en parte, como la expresión de un sentimiento de que los intelectuales extranjeros podrían compensar algunas de las deficiencias de la investigación autóctona. En la práctica, las percepciones del atraso de la erudición española no coincidían necesariamente con la realidad. La España del siglo XX produjo algunos historiadores muy eminentes, algunos de los cuales estaban alcanzando la plenitud de sus facultades cuando yo empezaba mis investigaciones. Entre ellos se encontraban los especialistas en historia económica Ramón Carande y Felipe Ruiz Martín, Maravall…

La interpretación de España para lectores extranjeros, pues, implica cuestionar y afrontar un conjunto de estereotipos profundamente arraigados. El reto permanente es hacer comprensible España a un público internacional cuyo conocimiento del país puede estar limitado a unas pocas imágenes distorsionadas o bien que se pregunta por qué hay necesidad de preocuparse por España en absoluto. «¿Por qué España?» es una pregunta que tenía que responderme a mí mismo incluso al intentar responderla a otros. Mi propia respuesta, según se ha desarrollado a lo largo de los años, es que se trata de un país infinitamente fascinante, cuya historia, compuesta por sorprendentes éxitos e igualmente asombrosos fracasos, abarca temas de relevancia universal. He aquí un país y un pueblo cuyo pasado vio la construcción y posterior desconstrucción de complejas relaciones religiosas y étnicas al estar en la encrucijada de los mundos del cristianismo, el judaísmo y el islam, un país que tomó la delantera entre las potencias europeas en conquistar y gobernar un inmenso imperio de ultramar y que ha intentado con insistencia, sin llegar a conseguirlo nunca del todo, reconciliar las exigencias contrapuestas de la unidad y la diversidad en su propio territorio, y un país cuyos logros religiosos, culturales y artísticos a lo largo de los siglos han realizado una contribución riquísima, aunque a menudo controvertida, a la civilización humana. El hispanismo por sí mismo no basta.

Una nación ha sido definida por Benedict Anderson como «una comunidad política imaginada»: «imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión». Esa imagen crea, como lo hizo en Cataluña, un sentimiento de mutua solidaridad frente a vecinos y pueblos más lejanos que, ya sean hostiles o no, son percibidos como diferentes.
Ni el síndrome del pueblo escogido ni el síndrome de la víctima inocente son propicios para escribir buena historia. El primero inclina a un planteamiento del pasado concebido en términos esencialistas, según el cual los logros nacionales se ven como derivados de las características especiales (espirituales, biológicas o raciales) inherentes a un pueblo y dirigidos a alcanzar los objetivos que se han fijado para ellos mismos dentro de un marco de pensamiento providencial o mesiánico. El efecto del segundo es imputar todas las desgracias de la comunidad a otras e ignorar o desatender deficiencias más cerca de casa.

Cataluña presenta un caso especialmente interesante debido a su importancia en la Edad Media como miembro dinámico de la Corona de Aragón y fuerza motriz en la construcción de su imperio en el Mediterráneo. La Cataluña medieval, junto con Aragón y Valencia, creó un conjunto impresionante de instituciones representativas diseñadas para garantizar que la relación entre el príncipe y su pueblo estuviera firmemente basada en un contrato recíproco.

La historia británica se trató como historia inglesa esencialmente, mientras que la historia española quedó subsumida bajo la historia de Castilla. Durante las últimas décadas estas narrativas comúnmente aceptadas han sido sometidas a un proceso de desconstrucción. Lo que antes era principalmente historia inglesa se ha convertido en la historia de las islas Británicas (o incluso, según cierta formulación, simplemente de «las Islas»), mientras que la historia de España se ha desglosado en la de sus diferentes regiones.
Este proceso de desconstrucción histórica ha tenido un efecto beneficioso al obligar a un replanteamiento creativo de las llamadas historias «nacionales» que privilegiaban la parte dominante del Estado-nación a expensas de las demás. No obstante, también entraña el riesgo de generar una imagen del pasado no menos distorsionada. La fragmentación política es portadora del virus de la fragmentación histórica. Ya hay una nueva generación en la España oriental que corre el peligro de alcanzar la madurez bajo la impresión de que la historia de su territorio natal se detiene en las orillas del río Ebro.

Años de trabajo sobre la revuelta catalana de 1640 le llevaron por vías de investigación histórica imprevistas y me dieron una serie de oportunidades de comprender mejor la naturaleza de la historia española y también europea que de otro modo se me podrían haber escapado. Me introdujeron en la espinosa cuestión de la nacionalidad y la identidad colectiva y me obligaron a lidiar con cuestiones de historia política, cultural y económica que me hicieron entender mejor las sociedades de la Europa moderna y las tensiones que las podían conducir por el camino de la revolución.
La realeza ocupaba un lugar primordial en el funcionamiento del sistema político en esas sociedades monárquicas y jerárquicamente organizadas, cuyo orden social y político se consideraba una réplica de un orden cósmico regulado y ordenado por un Creador omnipotente. El lenguaje extravagante con que un Richelieu o un Olivares se dirigían a sus monarcas, el servilismo y pura humillación de quienes servían al soberano o ganaban acceso a la presencia real, era un vivo reflejo del punto de vista imperante sobre el carácter y origen divinos de la autoridad real, una perspectiva que llegaría a ser cuestionada e impugnada, pero que durante mucho tiempo seguiría impregnando las sociedades monárquicas de la Europa moderna.

La búsqueda de las causas de la decadencia (romana, española, británica) suele asumir con demasiada facilidad las características de un juego de salón histórico, en que una variedad de causas posibles (económicas, demográficas, sociales, políticas) desfilan y a continuación se colocan en orden, según las tendencias del autor y el carácter de la época. Una dificultad de este planteamiento es que el mismo concepto de decadencia o declinación (la palabra latina declinatio o inclinatio) está envuelto en confusión e incertidumbre.
La Guerra Civil llevó al poder a un régimen reaccionario que, inspirándose en la tradición conservadora y clerical, trató de invertir los términos del debate al proponer que era el resto del mundo, y no España, el que no marchaba al paso. Pero a pesar de los pronunciamientos altisonantes del régimen sobre la fidelidad de España a los valores eternos, el sentimiento de inferioridad persistía y con él una narrativa del pasado de la nación sobre la que se cernía como un fantasma la sombra de la decadencia. En los años cincuenta el «problema de España» constituía el centro de un acalorado debate entre dos gigantes de la historia en el exilio, Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, sobre los orígenes del temperamento nacional español y la estructura de la historia de España. Auténticos herederos de la generación del 98, los dos por igual daban por supuesta la excepcionalidad española y proponían explicaciones esencialistas centradas en la psique nacional. Su batalla se libró sobre qué periodo del pasado español engendró esa psique.
El tema de la decadencia, y en particular de la decadencia moral, no era de ningún modo propiedad exclusiva de España en el siglo XVII, pero la intensidad de los problemas que pesaban sobre ella y el contraste entre sus dificultades actuales y la serie de éxitos que la habían convertido en la potencia dominante en Europa en el siglo anterior hicieron a los españoles del siglo XVII especialmente susceptibles ante presuntos síntomas de decadencia.

La transformación de España desde su transición a la democracia en los años posteriores a 1975 ha influido profundamente en el modo en que una nueva generación de historiadores españoles ve y escribe la historia de su país. Su respuesta a los cambios producidos en su propia sociedad muestra que los países atenazados por una psicosis de decadencia no están condenados necesariamente a ella para toda la eternidad. Como consecuencia de un cambio de actitudes, las tribulaciones de la España del siglo XVII y de la Monarquía Hispánica ya no se sitúan automáticamente dentro de un marco de decadencia. Incluso la historia de la segunda mitad de esa centuria (considerada convencionalmente el punto más bajo de la decadencia) se está reescribiendo actualmente como una historia de resistencia frente a circunstancias adversas.

La centuria de «decadencia» de España también fue el Siglo de Oro de sus artes. Desde cualquier punto de vista el siglo XVII español fue una era de creatividad cultural extraordinaria y los logros artísticos y la talla de su pléyade de artistas y escritores plantean cuestiones de interés histórico general. ¿Qué relación, si hay alguna, existe entre la situación política y económica de un país y el vigor, o falta de él, de su vida cultural? ¿Hasta qué punto se limitan los artistas creativos a expresar los valores y preocupaciones de la sociedad en que viven y hasta qué punto los forjan en realidad? Y sobre todo, ¿pueden los historiadores tomar las obras de arte como una guía fiable del carácter de la época y la sociedad que les interesa, o bien son las artes esencialmente autónomas y se mueven en respuesta a sus propios ritmos internos?…

Inglaterra se embarcó en la toma y colonización de territorio americano más de un siglo después que Castilla. Se trató, además, de una centuria de cambios que transformaron Europa, como consecuencia de la reforma protestante, la intensificación de rivalidades nacionales y el hecho, no menos importante, de que, hacia finales de siglo, la conquista de un imperio americano rico en plata había convertido a España en la potencia dominante en Europa. La perspectiva de los ingleses sobre la colonización en ultramar no podía dejar de reflejar esas influencias. Su religión, su cultura y su política se habían visto profundamente afectadas en su conjunto por los cambios. Por añadidura, tenían ante sí el ejemplo español cuando se embarcaron en su empresa colonial. Allí donde lo siguieron conscientemente, o incluso en los casos en que se negaron a ello también conscientemente, sus esfuerzos ejemplificaron la importancia para el comparatista de incorporar la histoire croisée a su labor.
Toda exposición y análisis histórico es en esencia una búsqueda del mayor grado posible de probabilidad en la exploración e interpretación del pasado. Aunque «en ciencia no existen los talismanes», como dijo Marc Bloch, el método comparado que propugnó tan convincentemente es una entre las numerosas herramientas a disposición del historiador que pretenda alcanzar tan difícil objetivo.

J. H. Hexter dividió a los historiadores en «agrupadores» y «fragmentadores». «A los historiadores que son fragmentadores —explica— les gusta señalar divergencias, percibir diferencias y establecer distinciones. Rehúyen los sistemas de historia y las reglas generales y siempre tienen en mente una lista de excepciones a casi cualquier regla que pudieran encontrar. No les incomoda ni lo confuso ni lo fortuito en el pasado, sino que más bien les agrada». Los «agrupadores», por otra parte, preferirían ver desaparecer lo confuso y lo fortuito. En vez de fijarse en las diferencias, «observan las semejanzas; en lugar de la separación, la conexión. El historiador agrupador quiere poner el pasado en cajas, todo él, y además en no demasiadas, para después atarlas todas en un bonito paquete»
Ladurie realizó una distinción comparable, que dividía a los historiadores en paracaidistas y buscadores de trufas. Según me explicó posteriormente, al aludir a los paracaidistas no estaba pensando, como se supone generalmente, a los que echan una mirada a vuelo de pájaro, sino a los soldados franceses que batían extensas áreas de territorio en la Guerra de Argelia de los años sesenta. Unos historiadores, como esos paracaidistas, cubren mucho terreno, mientras que otros, como los buscadores de trufas, excavan para descubrir un tesoro enterrado.

La hipótesis de una sola civilización atlántica que abarcaría ambos lados del océano parece pues una propuesta todavía más dudosa que la de una civilización mediterránea, la cual, aún dividida religiosamente entre cristianos y musulmanes, poseía por lo menos muchos rasgos comunes como consecuencia de bordear las orillas de un mar cerrado. Pero, si bien el Atlántico no es el Mediterráneo y por tanto carecía de algunas de las posibilidades para compartir rasgos comunes originadas por la relativa proximidad dentro de un espacio cerrado, ello no excluye necesariamente la noción del mundo atlántico como unidad de estudio viable, siempre y cuando pensemos en él como un mundo cuyo grado de integración ha fluctuado y va a seguir fluctuando en el tiempo y en respuesta a influencias y necesidades variables.
Nada de todo esto significa por sí mismo que la historia atlántica no sea practicable, pero sugiere que sería imprudente que los historiadores atlánticos reivindicaran derechos hegemónicos. Había mundos más allá del Atlántico y cantidades cada vez mayores de mercaderes, soldados, marineros, oficiales y clérigos europeos se desplazaron hacia esos mundos y desde ellos, a menudo cruzando el Atlántico de ida y de vuelta, pero también trasladándose a Asia y África.

El hundimiento y la desaparición de los imperios europeos de ultramar en el transcurso del siglo XX, la desintegración del imperio soviético y el tambaleo del poder estadounidense se han combinado para dar a la historia imperial un nuevo plazo de vida, ya que los imperios propiamente dichos han cesado de ser una experiencia vivida y se han transformado en fenómenos históricos. La historia imperial vivió por algún tiempo bajo una sombra durante las décadas centrales del siglo XX, en parte debido al descrédito del imperio en el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial y en parte debido a su tendencia institucional pasada de moda. Desde entonces, sin embargo, nuevas perspectivas históricas han hecho evidente que sigue teniendo potencial. Durante las últimas décadas los historiadores y los antropólogos se han esforzado con cierto éxito por recuperar la «visión de los vencidos» y devolver su pasado a la «gente sin historia».

Establecer una distinción entre la historia global que trata de situar la historia nacional o imperial en un contexto mundial y la historia global considerada como historia del proceso, o avance, de la globalización. Actualmente se echa luz sobre ambas llevando a cabo conexiones y estableciendo comparaciones y a veces simplemente mediante la yuxtaposición imaginativa, por ejemplo mostrando una serie de viñetas de vistas y escenarios de diversos lugares del globo para evocar una imagen de qué aspecto tenía el mundo y cómo actuaba en un momento dado del pasado. Este planteamiento tiene todas las virtudes y defectos de la tendencia actual a favor de la historia conectada, de la cual es ejemplo la historia atlántica. A veces las conexiones proporcionan percepciones nuevas e inesperadas de cómo entraron en contacto las personas y las civilizaciones y cómo se vieron afectadas sus actitudes y sus conductas.
Desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX el mundo occidental derivó su ventaja de su superioridad militar y tecnológica y en este sentido la globalización puede considerarse como un reflejo de sus intentos de exportar o imponer sus propios productos, cultura y valores. Aun así, el proceso de transmisión fue irregular, el grado de aceptación desigual y las consecuencias a menudo resultaron contraproducentes.

La modernidad no es singular, sino plural, como reconocía S. N. Eisenstadt cuando escribía sobre «modernidades múltiples», y la «modernidad» no se debería identificar mecánicamente con la occidentalización. Las sociedades toman sus propios caminos y se doblan a los vientos de sus propias tradiciones, aun cuando (como ocurre cada vez más en un mundo conectado por la transmisión casi instantánea de información) les afecten e influyan las modas, tendencias y movimientos globales. Interpretar el mundo contemporáneo es una parte legítima y deseable de la labor histórica, pero no constituye su totalidad, y es necesaria una buena disposición y una capacidad para ver ese mundo desde una variedad de puntos de vista y con una conciencia de las alternativas (benignas o perniciosas, según la perspectiva adoptada) respecto al paradigma dominante.

Citando a T.S.Eliot:
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?

La buena historia seguirá dependiendo, como siempre ha dependido, de algo más que acumulación de información y el despliegue de conocimiento. La aproximación de todo historiador al pasado viene condicionada por su temperamento y experiencia personal, pero ningún historiador es una isla y la sabiduría se adquiere, al menos en parte, de la lectura y reflexión sobre la obra de historiadores pasados y presentes y participando conscientemente en una empresa colectiva que abarca generaciones y está comprometida con lograr una mejor apreciación tanto del mundo que ya ha desaparecido como del mundo tal como lo conocemos hoy en día.

Queda mucho por hacer. Todavía queda una gran cantidad por aprender sobre los temas que he tocado en las páginas de este libro, como la capacidad de supervivencia del imperio global español y las maneras concretas en que interactuaban la política, la cultura y la sociedad en los mundos hispánico y europeo modernos. Grandes posibilidades aguardan al historiador con el suficiente coraje…

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This is a magnificent book by a great British hispanist where we can see his interest in the study of our country, Spain, his beginnings of discovery of our country in a truck through Spain and Portugal, sleeping in the open through olive groves, his perfecting of Castilian in Santiago de Compostela and the deep infatuation of the city, later the study of the Count Duke of Olivares and go to Barcelona and its roots with Catalonia.

As regards the study of history, the phenomenon of «Hispanism» can be considered, at least in part, as the expression of a feeling that foreign intellectuals could compensate for some of the deficiencies of indigenous research. In practice, the perceptions of the backwardness of Spanish scholarship did not necessarily coincide with reality. The Spain of the twentieth century produced some very eminent historians, some of whom were reaching the fullness of their faculties when I began my investigations. Among them were the specialists in economic history Ramón Carande and Felipe Ruiz Martín, Maravall …

The interpretation of Spain for foreign readers, then, implies questioning and confronting a set of deeply rooted stereotypes. The permanent challenge is to make Spain understandable to an international audience whose knowledge of the country may be limited to a few distorted images or who wonders why there is a need to worry about Spain at all. «Why Spain?» Is a question that I had to answer myself even when trying to answer it to others. My own answer, as it has developed over the years, is that it is an infinitely fascinating country, whose history, composed of surprising successes and equally amazing failures, covers issues of universal relevance. Here is a country and a people whose past saw the construction and subsequent deconstruction of complex religious and ethnic relations at the crossroads of the worlds of Christianity, Judaism and Islam, a country that took the lead among European powers in conquering and to govern an immense overseas empire and that has tried with insistence, without ever succeeding at all, to reconcile the conflicting demands of unity and diversity in its own territory, and a country whose religious, cultural and artistic achievements throughout Over the centuries they have made a rich, albeit often controversial, contribution to human civilization. Hispanism by itself is not enough.

A nation has been defined by Benedict Anderson as «an imagined political community»: «imagined because even the members of the smallest nation will never know the majority of their countrymen, they will not see them or even hear about them, but in the The image of their communion lives in each person’s mind ». This image creates, as it did in Catalonia, a feeling of mutual solidarity in the face of distant neighbors and peoples who, whether hostile or not, are perceived as different.
Neither the syndrome of the chosen people nor the syndrome of the innocent victim are propitious to write a good story. The first leans towards an approach of the past conceived in essentialist terms, according to which national achievements are seen as derived from the special characteristics (spiritual, biological or racial) inherent in a people and aimed at achieving the objectives that have been set for them. themselves within a framework of providential or messianic thinking. The effect of the second is to impute all the misfortunes of the community to others and ignore or neglect deficiencies closer to home.

Catalonia presents an especially interesting case due to its importance in the Middle Ages as a dynamic member of the Crown of Aragon and a driving force in the construction of its empire in the Mediterranean. Medieval Catalonia, together with Aragon and Valencia, created an impressive set of representative institutions designed to ensure that the relationship between the prince and his people was firmly based on a reciprocal contract.

British history was treated as essentially English history, while Spanish history was subsumed under the history of Castile. During the last decades these commonly accepted narratives have been subjected to a process of deconstruction. What was formerly mainly English history has become the history of the British Isles (or even, according to a certain formulation, simply of «the Islands»), while the history of Spain has been broken down into that of its different regions.
This process of historical deconstruction has had a beneficial effect by forcing a creative rethinking of the so-called «national» histories that privileged the dominant part of the nation-state at the expense of the others. However, it also entails the risk of generating an image of the past that is no less distorted. Political fragmentation carries the virus of historical fragmentation. There is already a new generation in eastern Spain that is in danger of reaching maturity under the impression that the history of its native territory stops on the banks of the Ebro River.

Years of work on the Catalan revolt of 1640 took him through unforeseen historical research and gave me a series of opportunities to better understand the nature of Spanish and European history that otherwise could have escaped me. They introduced me to the thorny question of nationality and collective identity and forced me to deal with issues of political, cultural and economic history that made me better understand the societies of modern Europe and the tensions that could lead them down the path of revolution.
Royalty occupied a primordial place in the functioning of the political system in those monarchical and hierarchically organized societies, whose social and political order was considered a replica of a cosmic order regulated and ordered by an omnipotent Creator. The extravagant language with which a Richelieu or an Olivares addressed their monarchs, the servility and sheer humiliation of those who served the sovereign or gained access to the royal presence, was a vivid reflection of the prevailing view of the divine character and origin of the real authority, a perspective that would come to be questioned and contested, but that for a long time would continue to permeate the monarchical societies of modern Europe.

The search for the causes of decadence (Roman, Spanish, British) tends to assume too easily the characteristics of a historical saloon game, in which a variety of possible causes (economic, demographic, social, political) parade and then are placed in order, according to the tendencies of the author and the character of the time. One difficulty with this approach is that the very concept of decadence or decline (the Latin word declinatio or inclinatio) is shrouded in confusion and uncertainty.
The Civil War brought to power a reactionary regime that, inspired by the conservative and clerical tradition, tried to invert the terms of the debate by proposing that it was the rest of the world, and not Spain, that did not march at the pace. But despite the high-sounding pronouncements of the regime on the fidelity of Spain to eternal values, the feeling of inferiority persisted and with it a narrative of the past of the nation over which the shadow of decadence hovered like a ghost. In the fifties the «problem of Spain» was the center of a heated debate between two giants of history in exile, Américo Castro and Claudio Sánchez Albornoz, on the origins of the Spanish national temperament and the structure of the history of Spain. Authentic heirs of the generation of ’98, both equally took for granted the Spanish exceptionality and proposed essentialist explanations centered on the national psyche. His battle was fought over what period of the Spanish past spawned that psyche.
The theme of decadence, and in particular of moral decadence, was by no means exclusive property of Spain in the seventeenth century, but the intensity of the problems that weighed on it and the contrast between its current difficulties and the series of successes that they had made it the dominant power in Europe in the previous century made Spaniards of the seventeenth century especially susceptible to presumed symptoms of decay.

The transformation of Spain since its transition to democracy in the years after 1975 has profoundly influenced the way in which a new generation of Spanish historians see and write the history of their country. His response to the changes produced in his own society shows that countries gripped by a decadent psychosis are not necessarily condemned to it for all eternity. As a consequence of a change in attitudes, the tribulations of seventeenth-century Spain and the Spanish Monarchy are no longer automatically placed within a framework of decadence. Even the history of the second half of that century (conventionally considered the lowest point of decadence) is currently being rewritten as a history of resistance in the face of adverse circumstances.

The century of «decadence» of Spain was also the Golden Age of his arts. From any point of view the Spanish 17th century was an era of extraordinary cultural creativity and the artistic achievements and the stature of its pleiad of artists and writers raise questions of general historical interest. What relationship, if any, exists between the political and economic situation of a country and the vigor, or lack of it, of its cultural life? To what extent are creative artists limited to expressing the values ​​and concerns of the society in which they live and to what extent do they actually forge them? And above all, can historians take the works of art as a reliable guide to the character of the time and society that interests them, or are the arts essentially autonomous and move in response to their own internal rhythms? …

England embarked on the taking and colonization of American territory more than a century after Castile. It was also a century of changes that transformed Europe, as a consequence of the Protestant reform, the intensification of national rivalries and the fact, no less important, that, towards the end of the century, the conquest of an American empire rich in Silver had made Spain the dominant power in Europe. The perspective of the English on colonization overseas could not fail to reflect those influences. His religion, his culture and his politics had been deeply affected as a whole by the changes. In addition, they had before them the Spanish example when they embarked on their colonial enterprise. Wherever they consciously followed him, or even in the cases where they consciously refused to do so, his efforts exemplified the importance for the comparatist of incorporating histoire croisée into his work.
All historical exposition and analysis is in essence a search for the highest possible degree of probability in the exploration and interpretation of the past. Although «in science there are no talismans,» as Marc Bloch said, the comparative method he so convincingly advocated is one among the many tools available to the historian who intends to achieve such a difficult goal.

J. H. Hexter divided historians into «groupers» and «fragmenters.» «Historians who are fragmentators,» he explains, «like to point out divergences, perceive differences and establish distinctions. They shun the history systems and the general rules and always have in mind a list of exceptions to almost any rule they might find. It does not bother them, neither confused nor fortuitous in the past, but rather they like them ». The «groupers», on the other hand, would prefer to see the confused and fortuitous disappear. Instead of looking at the differences, «they observe the similarities; instead of separation, the connection. The grouping historian wants to put the past in boxes, all of it, and also not too many, then tie them all in a nice package »
Ladurie made a comparable distinction, which divided historians into paratroopers and truffle seekers. As he explained later, referring to the paratroopers was not thinking, as is generally supposed, those who take a bird’s eye view, but the French soldiers who were beating extensive areas of territory in the Algerian War of the 1960s . Historians, like those paratroopers, cover a lot of ground, while others, like truffle seekers, dig to discover a buried treasure.

The hypothesis of a single Atlantic civilization that would encompass both sides of the ocean thus seems a proposal even more doubtful than that of a Mediterranean civilization, which, although divided religiously between Christians and Muslims, possessed at least many common features as a consequence of skirting the shores of a closed sea. But, while the Atlantic is not the Mediterranean and therefore lacked some of the possibilities for sharing common features caused by relative proximity within a closed space, this does not necessarily exclude the notion of the Atlantic world as a viable unit of study, always and when we think of it as a world whose degree of integration has fluctuated and will continue to fluctuate in time and in response to varying influences and needs.
None of this in itself means that Atlantic history is not practicable, but suggests that it would be unwise for Atlantic historians to claim hegemonic rights. There were worlds beyond the Atlantic and increasing numbers of merchants, soldiers, sailors, officers, and European clerics moved to and from these worlds, often crossing the Atlantic back and forth, but also moving to Asia and Africa.

The collapse and disappearance of overseas European empires in the course of the twentieth century, the disintegration of the Soviet empire and the staggering of American power have combined to give imperial history a new term of life, since the empires themselves They have ceased to be a lived experience and have been transformed into historical phenomena. Imperial history lived for a time under a shadow during the middle decades of the 20th century, partly due to the discredit of the empire in the post-World War II period and partly due to its outmoded institutional tendency. Since then, however, new historical perspectives have made it clear that it still has potential. During the last decades historians and anthropologists have tried with some success to recover the «vision of the vanquished» and to return their past to the «people without history».

Establish a distinction between global history that tries to situate national or imperial history in a global context and global history considered as a history of the process, or advance, of globalization. At present light is being shed on both of them making connections and establishing comparisons and sometimes simply by imaginative juxtaposition, for example showing a series of vignettes of views and scenarios from different places of the globe to evoke an image of what the world looked like and how it acted. at a given moment in the past. This approach has all the virtues and defects of the current trend in favor of connected history, of which Atlantic history is an example. Sometimes connections provide new and unexpected insights into how people and civilizations came into contact and how their attitudes and behaviors were affected.
From the late eighteenth century to the early twentieth century the Western world derived its advantage from its military and technological superiority and in this sense globalization can be considered as a reflection of its attempts to export or impose its own products, culture and values. Even so, the transmission process was irregular, the degree of acceptance unequal and the consequences often turned out to be counterproductive.

Modernity is not singular, but plural, as S. N. Eisenstadt recognized when writing about «multiple modernities», and «modernity» should not be mechanically identified with Westernization. Societies take their own paths and bend to the winds of their own traditions, even though (as it happens more and more in a world connected by the almost instantaneous transmission of information) they are affected and influenced by fashions, trends and global movements. Interpreting the contemporary world is a legitimate and desirable part of historical work, but it does not constitute its totality, and a willingness and ability to see that world from a variety of points of view and with an awareness of alternatives (benign) is necessary or pernicious, according to the perspective adopted) with respect to the dominant paradigm.

Quoting T.S.Eliot:
Where is the wisdom we have lost in knowledge?
Where is the knowledge we have lost in information?

The good story will continue to depend, as has always been the case, on something more than the accumulation of information and the unfolding of knowledge. The approximation of every historian to the past is conditioned by his temperament and personal experience, but no historian is an island and wisdom is acquired, at least in part, from reading and reflecting on the work of past and present historians and consciously participating in a collective enterprise that spans generations and is committed to achieving a better appreciation of both the world that has already disappeared and the world as we know it today.

There is much to do. There is still a lot to learn about the topics that I have touched in the pages of this book, such as the ability of the Spanish global empire to survive and the concrete ways in which politics, culture and society interacted in the Hispanic and European worlds. modern Great possibilities await the historian with enough courage …

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