Geopolítica una Re-visión de la Política Mundial — John Agnew / Geopolitics: Re-visioning World Politics by John Agnew

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La globalización, que empezó en los años ochenta cuando terminó la Guerra Fría, empezó a ofrecer la posibilidad de un mundo estructurado de una forma muy distinta. Por ejemplo, cuando cayó el Muro de Berlín en noviembre de 1989, también lo hizo el supuesto geopolítico del Este soviético contra el Oeste estadounidense que había caracterizado la política mundial durante los anteriores cuarenta años. Parece también que el bienestar económico nacional depende cada vez más de conexiones favorables con una economía mundial que ya no es dominada completamente por las políticas de los Estados más poderosos.

El mundo es activamente «espacializado», dividido, etiquetado, clasificado por geógrafos políticos, otros académicos y líderes políticos en una clasificación de lugares de mayor o menor «importancia». Este proceso aporta el marco geográfico en que las elites políticas y la sociedad en general se desenvuelven en el mundo en busca de su propia identidad e intereses.
La imaginación geopolítica moderna es un sistema de visualización del mundo con hondas raíces históricas en el descubrimiento europeo de la totalidad del mundo. Se trata de una imagen elaborada del mundo y no de una imagen sencilla y espontánea que nazca de una mera contemplación del mundo desde el «sentido común». La imaginación geopolítica moderna, al ser un sistema de teoría y práctica, no ha existido ni existe en el vacío. Se empezó a desarrollar en una Europa que estaba aceptando tanto un nuevo papel global como la desintegración de la imagen del orden universal basada en la religión que había preponderado anteriormente entre los intelectuales y líderes europeos. Una característica fundamental de la modernidad europea es la insistencia en hacerse cargo del mundo.

Todo lo que se ve y se conoce es una perspectiva, adoptada desde un punto de vista determinado. Desde este punto de vista, la objetividad real no estaría en la difusión de una única perspectiva condicionada por una determinada experiencia histórica sino en el recurso a tantos ojos —perspectivas— como sea posible. No existe la perspectiva única objetiva.
La segunda característica de la visualización global es que el mundo situado más allá del horizonte es caótico y peligroso.

El cristianismo desempeñó un importante papel en las imágenes autoreferenciales de los europeos, pero alrededor del siglo XVIII comenzó a perder protagonismo. Para entonces Europa se concebía cada vez más como un centro de innovación artística e intelectual, factor que se había vinculado a una sensación de progreso material palpable, dando lugar todo ello a que se considerara que Europa era una nueva civilización. Esta conciencia no sólo produjo un creciente sentimiento de superioridad europea, sino que también dio origen a la idea de que existían «niveles» de civilización, con Europa a la cabeza, aunque existía la posibilidad de que otras regiones pudiesen alcanzar su grandeza si seguían los pasos de los europeos. Otros lugares y pueblos sólo se entenderían adecuadamente en relación con esta jerarquía cultural global.

La gran división, entre Oriente y Occidente, trajo consigo otras divisiones más pequeñas, especialmente cuando las diferencias locales eran descubiertas en el transcurso de la exploración, mercantilización y conquista. Se desarrolló todo un acervo popular de saber taxonómico, que distinguía unas razas, regiones y naciones de otras según se situaran respecto a la diferenciación global más abstracta, la de Oriente y Occidente. Incluso dentro de Europa, la distinción entre Europa Oriental y Occidental fue importante.
La política mundial ha llegado a ser lo que es por la manera en que el «mundo» ha sido analizado en los últimos quinientos años.

El imperialismo, entendido como los razonamientos y las prácticas de la imaginación geopolítica moderna que surge a raíz de los primeros encuentros con pueblos no europeos (y por sus extensiones, como los Estados Unidos), ha sobrevivido al fin del colonialismo. Ejemplos como Australia e Italia.

La estructura del sistema internacional tiene tres características importantes: 1) es anárquica, sin una autoridad superior a otra; 2) todos los Estados desempeñan las mismas funciones y son unidades equivalentes, y 3) existe una distribución desigual de recursos y posibilidades entre Estados. A partir de estas características fundamentales extrae las siguientes conclusiones: que en todo momento la forma del sistema en su totalidad está determinada por la cantidad y la calidad de las relaciones entre las Grandes Potencias (aquellas con más recursos y posibilidades) y que el equilibrio del poder entre estas Grandes Potencias es el mecanismo clave de la política mundial. Desde este punto de vista, por tanto, desde 1945 hasta 1990 el sistema internacional fue un equilibrio de poder bipolar entre dos Grandes Potencias (los Estados Unidos y la Unión Soviética) en contraste, por ejemplo, con la multipolaridad de principios del siglo XIX en Europa. El motor del sistema es el miedo a ser dominado por los otros. Así pues, los Estados se conciben como actores unitarios que intentan maximizar su status en relación con los otros.

La incertidumbre acerca de las acciones políticas futuras y de los cambios macroeconómicos (aranceles, tasas de interés, etc.) también supone un incentivo para que los propietarios no depositen sus recursos en un Estado sino que los repartan más.

El mundo se ha apartado de la estricta asociación entre derechos de propiedad y acumulación de capital con la territorialidad del Estado. Hoy en día una serie de factores no territoriales determinan la competitividad de las empresas en muchos sectores: el acceso a tecnología, las estrategias de marketing, la receptividad hacia los consumidores o las técnicas de gestión flexibles. Todos estos constituyen ahora los recursos de las compañías, y no los territorios. Las compañías crecen a través del despliegue de sus recursos internos de la manera más eficaz posible. Y los Estados compiten unos con otros para atraer estos recursos muebles (propiedad) a sus territorios.

Alasdair Gray (1993) logra transmitir muy claramente lo que está en cuestión:
No, ni mi peor enemigo podría acusarme jamás de ser un nacionalista escocés. Yo no apruebo Escocia o Irlanda —ninguna de las dos Irlandas— o Inglaterra, Argentina, Pakistán, Bosnia, etcétera. En mi opinión, las naciones, como las religiones y las instituciones políticas, han quedado obsoletas debido a la tecnología moderna. Como Margaret Thatcher dijo una vez tan acertadamente, «No existe nada semejante a la sociedad», ¿y qué es una nación sino un estupendo ejemplo de nuestra sociedad no-existente?

La migración internacional reciente se diferencia de la del pasado de dos maneras que desafían concretamente las concepciones tradicionales de la ciudadanía. Una es la concentración a largo plazo de comunidades de inmigrantes en determinadas ciudades y localidades sin alterar sus particularidades culturales, en vez de asimilarse a la «corriente principal» nacional. Esta situación se produce tanto por la mayor tolerancia y pluralismo cultural de los países receptores como por las mayores diferencias culturales existentes. Otra característica diferenciadora de la migración global contemporánea es la facilidad de movimiento de gente e ideas desde las áreas de origen a las de destino. Con las nuevas tecnologías de telecomunicación es relativamente fácil mantener vínculos por encima de las fronteras estatales y desarrollar apegos políticos y económicos sin necesidad de un llegar a un «compromiso final» con uno u otro Estado.

La desterritorialización de las monedas tiene tres aspectos: el auge de las transacciones en divisa extranjera dentro de territorios que hasta ahora han contado con «moneda territorial»; el rápido aumento del número de transacciones económicas que recurren a monedas supranacionales, y el uso creciente de monedas locales. Ninguno de ellos debe considerarse como un factor que vaya a acabar con las monedas territoriales existentes. El continuo desgaste de las monedas territoriales tendrá lugar sólo si los Estados continúan permitiéndolo. Sin embargo, el hecho de que todavía las monedas más «poderosas» encuentren ventajas en ese desgaste significa que probablemente continuará. Pero si se intensifica podría llegar un momento en el que incluso los Estados más poderosos encontrarán difícil resistir la erosión.

La jerarquía de las Grandes Potencias podría explicarse como resultado de la competencia por la primacía basada en dos axiomas relacionados con los Estados y sus atributos. El primero es que la diferencia relativa de poder entre Estados provoca que compitan entre sí para cambiar de status o adquirir poder. El segundo es que la competencia entre Estados tiene lugar en condiciones de anarquía internacional, es decir, en condiciones en las que hay poca o ninguna posibilidad de cooperación, y donde ganar lo es todo.
En primer lugar, tratar de obtener la supremacía fue adoptando diferentes formas en los diferentes períodos históricos. La combinación de elementos militares y económicos, por ejemplo, ha variado sustancialmente con el tiempo, debido en parte a las posibilidades cambiantes del mercantilismo y de la apertura de las economías al comercio. Y, lo que es más importante, la manera en que el período más reciente ha acabado con el desgaste de los poderes estatales podría indicar que es el principio del fin. Lo que parece cada vez más claro es que la concepción trascendental de la lucha por la supremacía, como característica de la imaginación geopolítica moderna, implica la proyección de una serie de prácticas y representaciones históricamente contingentes sobre la política mundial en general. Retrospectivamente, los dos supuestos geopolíticos que hacían plausible la búsqueda de la supremacía como elemento fundamental de la imaginación geopolítica moderna se manifiestan ahora como supuestos históricamente contingentes en vez de como supuestos con validez universal: 1) que el poder surge de las ventajas de la ubicación geográfica, el tamaño de la población y los recursos naturales y de su combinación en un modo de producción territorial; y 2) que el poder es enteramente un atributo de los Estados territoriales, y que estos tratan de monopolizarlo en competencia con otros Estados.

La gente corriente como las elites son cada vez más conscientes de la interdependencia global. Lenta e intermitentemente ha empezado a desarrollarse una sensación de destino global común, fomentado por el mayor acceso a información sobre lugares distantes y antes desconocidos. Pero está más relacionado con una sensación cada vez más profunda de la existencia de vínculos y enlaces en un mundo más interdependiente.

A diferencia de los Imperios europeos, en los cuales la «madre patria» europea estaba separada de la mayoría de sus colonias por grandes extensiones de agua, en Estados Unidos y Rusia no se daba una separación tan clara. Podían identificarse periferias y zonas de frontera pero no existían siempre límites físicos tan obvios. El problema se resolvió temporalmente con la designación de los Urales como el límite preciso entre la parte europea y la parte asiática del Imperio.

En Europa, los judíos fueron especialmente vulnerables al crecimiento del racismo científico. Las raíces del antisemitismo religioso en Europa eran profundas, se remontaban a la Edad Media. Pero el siglo XIX no sólo trajo un rápido avance de los judíos como grupo al propiciar su salida de los guetos (juderías) a la sociedad, sino que algunos grupos no judíos «experimentaron falta de raíces, fragmentación y alejamiento con respecto a un mundo que una vez había sido un mundo familiar y bien anclado» (Barnouw, 1990). En consecuencia, los judíos se convirtieron en blanco de odios y miedos para aquellos nostálgicos de un mundo que habían perdido y que carecían de buenas perspectivas en la nueva sociedad nacional-industrial. La demagogia no tardó en describir a los judíos como cosmopolitas sin raíces en un mundo europeo dividido en Estados-nación de estrechas miras no quedaba espacio para la diferencia dentro de los límites de los Estados. Los judíos eran peligrosos contaminadores de la homogeneidad nacional. Se consideraba que cada «raza» necesitaba su propio espacio. A los judíos se les describía desde un punto de vista «racial».

El vocabulario de la geopolítica que gira en torno a los Estados sigue siendo asegurado materialmente por las presiones de los grupos sociales que reaccionan ante la expansión de la globalización económica resucitando las identidades étnicas y locales o intentando resucitar los poderes del Estado. A las identidades nacionales sólidas les cuesta desaparecer. Los Estados siguen constituyendo la principal estructura de oportunidad para la mayoría de las formas de actividad política, aunque aumenten en número y ámbito las fuerzas contragubernamentales.

Hay una tensión inherente entre el mundo globalizado patrocinado por Estados Unidos —y que ahora también ha producido redes de terror global y de narcotraficantes internacionales— y el papel de EE UU como fuerza imperial de la política mundial. Aunque de momento no haya un rival claro de la hegemonía global de Estados Unidos, cada vez hay más posibilidades de que surja un mundo donde esa hegemonía sea puesta en cuestión si adopta un fundamento unilateral y coactivo. Así pues, es muy posible que este sea un momento adecuado para preguntarse si acaso la propia imaginación geopolítica moderna, que está en mayor o menor grado en la base de todos estos escenarios, no debería jubilarse de la escena global por caduca.
El mundo sigue estando controlado por otra máxima que ha perdurado siglos pero que hasta ahora nunca ha conseguido dar lugar a lo que promete: si vis pacem, para bellum («si quieres la paz, prepárate para la guerra»).

Sin duda un clásico y muy interesante libro más allá de aquellos que dicen es un término acuñado por Kissinger, un craso error sin duda. El término fue acuñado por el politólogo sueco Rudolf Kjellen en 1899.

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Globalization, which began in the 1980s when the Cold War ended, began to offer the possibility of a structured world in a very different way. For example, when the Berlin Wall fell in November 1989, so did the Soviet geopolitical assumption against the American West that had characterized world politics during the previous forty years. It also seems that national economic well-being depends more and more on favorable connections with a world economy that is no longer completely dominated by the policies of the most powerful states.

The world is actively «spatialized», divided, labeled, classified by political geographers, other academics and political leaders in a classification of places of greater or lesser «importance». This process provides the geographical framework in which political elites and society in general develop in the world in search of their own identity and interests.
The modern geopolitical imagination is a system of visualization of the world with deep historical roots in the European discovery of the whole of the world. It is an elaborate image of the world and not a simple and spontaneous image born of a mere contemplation of the world from «common sense». The modern geopolitical imagination, being a system of theory and practice, has not existed or exists in a vacuum. It began to develop in a Europe that was accepting both a new global role and the disintegration of the image of the universal order based on religion that had previously preponderated among European intellectuals and leaders. A fundamental characteristic of European modernity is the insistence on taking charge of the world.

Everything that is seen and known is a perspective, adopted from a determined point of view. From this point of view, the real objectivity would not be in the diffusion of a single perspective conditioned by a certain historical experience but in the recourse to as many eyes – perspectives – as possible. There is no single objective perspective.
The second feature of global visualization is that the world beyond the horizon is chaotic and dangerous.

Christianity played an important role in the self-referential images of Europeans, but around the 18th century it began to lose prominence. By then Europe was increasingly conceived as a center of artistic and intellectual innovation, a factor that had been linked to a sense of palpable material progress, leading all to consider that Europe was a new civilization. This awareness not only produced a growing sense of European superiority, but also gave rise to the idea that there were «levels» of civilization, with Europe at the top, although there was a possibility that other regions could achieve their greatness if they followed the European steps. Other places and peoples would only be adequately understood in relation to this global cultural hierarchy.

The great division, between East and West, brought with it other smaller divisions, especially when local differences were discovered in the course of exploration, commodification and conquest. A whole popular collection of taxonomic knowledge was developed, distinguishing races, regions and nations from others according to how they stand in relation to the most abstract global differentiation, that of the East and the West. Even within Europe, the distinction between Eastern and Western Europe was important.
World politics has become what it is by the way in which the «world» has been analyzed in the last five hundred years.

Imperialism, understood as the reasoning and practices of the modern geopolitical imagination that arises from the first encounters with non-European peoples (and by its extensions, like the United States), has survived the end of colonialism. Examples like Australia and Italy.

The structure of the international system has three important characteristics: 1) it is anarchic, without one authority superior to another; 2) all States perform the same functions and are equivalent units, and 3) there is an unequal distribution of resources and possibilities between States. From these fundamental characteristics it draws the following conclusions: that at all times the form of the system as a whole is determined by the quantity and quality of relations between the Great Powers (those with more resources and possibilities) and that the equilibrium of the Power among these Great Powers is the key mechanism of world politics. From this point of view, therefore, from 1945 to 1990 the international system was a balance of bipolar power between two Great Powers (the United States and the Soviet Union) in contrast, for example, with the multipolarity of the early nineteenth century in Europe. The engine of the system is the fear of being dominated by others. Thus, States are conceived as unitary actors that try to maximize their status in relation to others.

The uncertainty about future political actions and macroeconomic changes (tariffs, interest rates, etc.) also provides an incentive for owners not to deposit their resources in a State but to distribute them more.

The world has departed from the strict association between property rights and capital accumulation with the territoriality of the State. Nowadays a series of non-territorial factors determine the competitiveness of companies in many sectors: access to technology, marketing strategies, receptivity to consumers or flexible management techniques. All these now constitute the resources of the companies, and not the territories. Companies grow through the deployment of their internal resources in the most efficient way possible. And the States compete with each other to attract these movable resources (property) to their territories.

Alasdair Gray (1993) manages to convey very clearly what is in question:
No, not even my worst enemy could ever accuse me of being a Scottish nationalist. I do not approve Scotland or Ireland -one of the two Irlandas- or England, Argentina, Pakistan, Bosnia, et cetera. In my opinion, nations, such as religions and political institutions, have become obsolete due to modern technology. As Margaret Thatcher once said so aptly, «There is nothing like society,» and what is a nation but a wonderful example of our non-existent society?

Recent international migration differs from that of the past in two ways that specifically challenge traditional conceptions of citizenship. One is the long-term concentration of immigrant communities in certain cities and localities without altering their cultural particularities, instead of assimilating to the national «mainstream». This situation is caused both by the greater tolerance and cultural pluralism of the recipient countries and by the greater existing cultural differences. Another distinguishing feature of contemporary global migration is the ease of movement of people and ideas from the areas of origin to those of destination. With new telecommunication technologies, it is relatively easy to maintain links across state borders and develop political and economic attachments without the need to reach a «final commitment» with one or the other State.

The deterritorialization of currencies has three aspects: the rise of transactions in foreign currency within territories that have hitherto had «territorial currency»; the rapid increase in the number of economic transactions that resort to supranational currencies, and the increasing use of local currencies. None of them should be considered as a factor that will end the existing territorial currencies. The continuous erosion of the territorial currencies will take place only if the States continue to allow it. However, the fact that even the most «powerful» currencies find advantages in this erosion means that it will probably continue. But if it intensifies, there may come a time when even the most powerful states will find it difficult to resist erosion.

The hierarchy of the Great Powers could be explained as a result of the competition for primacy based on two axioms related to States and their attributes. The first is that the relative difference in power between states causes them to compete with each other to change status or acquire power. The second is that competition between states takes place under conditions of international anarchy, that is, in conditions where there is little or no possibility of cooperation, and where winning is everything.
In the first place, trying to obtain supremacy was adopting different forms in different historical periods. The combination of military and economic elements, for example, has varied substantially over time, due in part to the changing possibilities of mercantilism and the opening of economies to trade. And, more importantly, the manner in which the most recent period has ended the erosion of state powers could indicate that it is the beginning of the end. What seems increasingly clear is that the transcendental conception of the struggle for supremacy, as characteristic of the modern geopolitical imagination, involves the projection of a series of historically contingent practices and representations of world politics in general. In retrospect, the two geopolitical assumptions that made the pursuit of supremacy plausible as a fundamental element of the modern geopolitical imagination now manifest themselves as historically contingent assumptions rather than as suppositions with universal validity: 1) that power arises from the advantages of location geographic, the size of the population and natural resources and their combination in a territorial production mode; and 2) that power is entirely an attribute of the territorial States, and that they try to monopolize it in competition with other States.

Ordinary people like elites are increasingly aware of global interdependence. Slowly and intermittently a sense of common global destiny has begun to develop, fostered by greater access to information about distant and previously unknown places. But it is more related to an ever deeper sense of the existence of links and bonds in a more interdependent world.

Unlike the European empires, in which the European «mother country» was separated from most of its colonies by large stretches of water, in the United States and Russia there was no such clear separation. Peripheries and border areas could be identified but there were not always such obvious physical limits. The problem was temporarily resolved with the designation of the Urals as the precise boundary between the European part and the Asian part of the Empire.

In Europe, Jews were especially vulnerable to the growth of scientific racism. The roots of religious anti-Semitism in Europe were deep, dating back to the Middle Ages. But the nineteenth century not only brought a rapid advance of the Jews as a group by propitiating their exit from the ghettos (Jewish quarters) into society, but some non-Jewish groups «experienced a lack of roots, fragmentation and alienation from a world that once it had been a familiar and well-anchored world «(Barnouw, 1990). As a result, Jews became targets of hatred and fear for those nostalgic for a world they had lost and lacked good prospects in the new national-industrial society. The demagoguery soon described the Jews as cosmopolitans without roots in a European world divided into narrow nation-states there was no room for difference within the limits of the States. The Jews were dangerous polluters of national homogeneity. It was considered that each «race» needed its own space. Jews were described from a «racial» point of view.

The vocabulary of geopolitics that revolves around states continues to be materially secured by the pressures of social groups that react to the expansion of economic globalization by resurrecting ethnic and local identities or by trying to resuscitate the powers of the State. Strong national identities are hard to disappear. States continue to be the main opportunity structure for most forms of political activity, although anti-government forces are increasing in number and scope.

There is an inherent tension between the globalized world sponsored by the United States – and which has now also produced global terror networks and international drug traffickers – and the role of the United States as the imperial force of world politics. Although for the moment there is no clear rival to the global hegemony of the United States, there is an increasing possibility that a world will arise where that hegemony is put into question if it adopts a unilateral and coercive foundation. Thus, it is quite possible that this is an appropriate time to ask whether perhaps the modern geopolitical imagination, which is to a greater or lesser degree at the base of all these scenarios, should not retire from the global scene because it is out of date.
The world is still controlled by another maxim that has lasted centuries but that has never managed to give rise to what it promises: if vis pacem, for bellum («if you want peace, prepare for war»).

Undoubtedly a classic and very interesting book beyond those who say is a term coined by Kissinger, a gross error without a doubt. The term was coined by the Swedish political scientist Rudolf Kjellen in 1899.

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