¿Una Gran Ilusión? Ensayo Sobre Europa — Tony Judt / A Grand Illusion?: An Essay On Europe by Tony Judt

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Sin duda en el momento actual que está atravesando el continente, más allá de las ideas de humo y las falacias sobre el pensamiento europeo de nuestros dirigentes viene de nuevo a mi memoria este ensayo sobre Europa que surgió de una serie de conferencias del autor en Viena en la mitad de los 90 y no debe confundirse «euro-escéptico» con realista.

Constituye un error comprensible suponer, desde la retrospectiva, que la Europa occidental de la posguerra fue reconstruida por unos idealistas en un continente unido. Es indudable que existieron personas así, pertenecientes a organizaciones como el Movimiento por la Unidad Europea de 1947. Pero no tuvieron un impacto real visible. Curiosamente, fueron unos líderes británicos que no habrían de desempeñar ningún papel activo en la verdadera construcción de la unidad europea en años posteriores los que más tuvieron que decir sobre el tema de un continente unificado: en octubre de 1942, el primer ministro Winston Churchill le comentó a Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores, que «constituiría un desastre descomunal que el bolchevismo acabara con la cultura y la independencia de los antiguos Estados de Europa. Por difícil que resulte decirlo en este momento, confío en que la familia europea pueda actuar de forma unida, bajo un Consejo de Europa».

La entidad europea que comenzó a emerger en 1950 fue por tanto, en ciertos aspectos cruciales, un accidente. No fue algo predicho ni predecible, ni en su forma ni en sus integrantes. En septiembre de 1947 George Kennan había concluido que los europeos carecían tanto de cualquier capacidad de visión colectiva o acuerdo que el Departamento de Estado tendría que «decidir unilateralmente» qué era bueno para ellos. En aquel momento no estaba equivocado: en junio de 1948, cuando la Asamblea Nacional Francesa acordó aprobar el establecimiento de una autoridad federal alemana en las tres zonas occidentales de la Alemania ocupada (la francesa, la británica y la americana), lo hizo sólo por cuatro votos.
Por otra parte, la llegada de la CECA no significó en sí misma la existencia de una conciencia europea clara o firme ni siquiera por parte de sus socios. Como algunos comentaristas han observado, el Plan Schuman, firmado el 18 de abril de 1951, fue en realidad una especie de tratado de paz entre Francia y Alemania Occidental que institucionalizaba una importante aunque restringida interdependencia económica mutua, y poco más.

La verdadera función de la Política Agraria Común es, por tanto, política, no económica. En términos electorales, sin embargo, fue cada vez menos relevante; el número de votantes campesinos en los Estados de la Comunidad Europea registró una caída constante y marcada a lo largo de las décadas de 1950 y 1960.
El mito fundacional de la Europa moderna, que la Comunidad Europea fuera y siguiera siendo la semilla de una idea paneuropea más amplia. Sin este mito, todos los medios por los que esta «Europa» cobró vida —el Plan Marshall, la CECA, la planificación económica, la OCDE, las políticas agrarias comunes, etcétera, e incluso el Tribunal Europeo— no habrían pasado de ser un montón de soluciones prácticas a problemas concretos. En realidad, eran las condiciones necesarias para rehacer Europa, pero en sí mismas habrían resultado insuficientes. En cambio, la autosuficiente, autosatisfecha e incluso egoísta «Europa» centrada en Bruselas se convirtió en un faro para el resto del continente y una fuente de respeto y credibilidad para sí misma, debido a la promesa de que esta Europa no se limitaría a ser un Zollverein, una mera sociedad neomercantilista de ricos y famosos, ni una solución práctica y empírica a los dilemas económicos diarios. Esta Europa era la Europa de todos los europeos, aun cuando existieran impedimentos políticos prácticos para su inmediata integración en ella.

Dentro de Europa occidental, la división más prominente no era entre el este y el oeste, sino entre el norte y el sur. Para el siglo XVII, esta distinción era ya bastante pronunciada: los europeos del norte eran típicamente protestantes (luteranos, calvinistas o anglicanos), hablaban una lengua de origen germano y empezaban ya a dividirse en naciones-Estado. Los europeos del sur hablaban lenguas de origen latino y vivían en comunidades gobernadas todavía por emperadores o papas. Pero estas diferencias, que tanta importancia revisten en la historia interna de Francia y Alemania, o en la de los conflictos entre los gobernantes de Europa occidental, nunca adquirieron la relevancia de la división entre el este y el oeste. Esto se debió a que desde el principio mismo de la historia moderna, Europa occidental estuvo unida por unos vínculos comerciales y culturales que trascendían sus divisiones internas; desde el renacimiento urbano del siglo XII hasta la Ilustración del siglo XVIII, la historia de la mitad occidental de Europa fue una historia común y diferenciada.
El problema con la idea de la Europa «central» es que es una Europa claramente moderna, y carece de raíces profundas en el pasado de Europa. No pudo llegar a existir hasta las reformas políticas y económicas iniciadas por los últimos déspotas ilustrados, hay muchas «Europas», todas ellas con derecho a reclamar el título, pero ninguna con un monopolio sobre él.

En primer lugar, reconoce implícitamente que la Europa «del Este» en cierto modo no es tan Europa y está tratando de buscar su camino en ella.
En segundo lugar, «pensar en europeo» en la antigua Europa comunista del este conlleva unas implicaciones muy claras. En la medida en que el comunismo abogaba por una internacionalización artificial y forzada, una forma igualmente eficaz de oponerse a ella era enfatizar —o reenfatizar— la vigencia y preeminencia de la localidad o la nación, exaltar a los polacos, o a los húngaros o especialmente a los checos sobre el universalismo soviético. Y si el comunismo «internacional» era vulnerable a las críticas de los nacionalistas, también lo es «Europa».
A partir de 1989, el término «Europa» ha adquirido otras connotaciones poco halagüeñas en los antiguos Estados comunistas. El término no sólo evoca imágenes de intelectuales cosmopolitas, desarraigados, con el corazón en París y la cartera en Nueva York, sino que también denota el rico, privilegiado e insensible mundo del laissez-faire que ahora el oeste pretende imponer sin tener en cuenta la perturbación social y la inseguridad económica resultantes.
A los futuros pueblos «europeos» de antiguos Estados multinacionales, como los checos o los eslovacos, se les ha hecho sentir peor recibidos de lo que esperaban. Pero sigue existiendo la esperanza de que, aunque Europa nunca reconozca y aprecie del todo, en términos de igualdad, las cualidades distintivas de los otros europeos, al menos será fiel a sus propios principios y les concederá el derecho de unirse al resto del continente. Si no podemos ser parte de Europa, dirán éstos, al menos estaremos dentro de ella. ¿Es esto, también, una ilusión?.

Uno de los motivos de la actual y difícil situación reside en el hecho de que la Unión Europea no es tan próspera como antes.
El bienestar, en sus múltiples formas, es el gran logro de Europa occidental durante los últimos años. Es lo que distingue a la región, no sólo de Estados Unidos, donde prácticamente no existe ninguna provisión comunitaria para la salud y la protección de todos sus miembros, sino también de Europa del Este, donde estas provisiones a menudo no iban más allá de lo meramente formal. Además de sus incuestionables prestaciones sociales, el Estado del bienestar demostró ser particularmente eficaz como válvula de seguridad política; de no haber sido así, la reciente depresión económica podría haber tenido unas consecuencias desastrosas.
El principal riesgo al que se enfrentan los Estados del bienestar en Europa, más incluso que el desempleo, es el simple hecho de que la población está envejeciendo.
La política de la inmigración tardará en remitir, porque las personas de fuera constituyen una presencia permanente y muy visible en Europa occidental. Las migraciones intra e intercontinentales vuelven a ser un rasgo de la sociedad europea, y los temores y prejuicios locales garantizarán que continúen siendo vistas como un elemento desestabilizador y políticamente aprovechable; en décadas anteriores, la actitud similarmente hostil hacia los inmigrantes polacos, italianos o portugueses fue apagándose a medida que sus hijos, indiferenciables en cuanto a raza, idioma o color, se incorporaron al panorama social.
Además la brecha entre ricos y pobres está volviéndose agrandar… Todo esto nos suena hoy día.

La Europa actual presenta otro rasgo curiosamente premoderno. La mayoría de sus «ganadores», aquellas personas y lugares a los que les ha ido mejor desde el principio de esta unión y que asocian su prosperidad a una identidad enfáticamente europea, pueden describirse mejor no como naciones-Estado, sino como regiones. El historial más exitoso de la Europa contemporánea lo tienen Baden-Württemberg, en el suroeste de Alemania, la región Ródano-Alpes en Francia, Lombardía, Cataluña…
En todo caso, ya sean reales o inventadas, las regiones ricas de Europa occidental han descubierto un fuerte interés en asociarse unas con otras, bien directamente o a través de las instituciones europeas. Y, como es lógico, es un interés que las enfrenta todavía más a la vieja nación-Estado de las que siguen formando parte. Esta fuente de conflicto no es nueva. En Italia, el resentimiento de los ciudadanos del norte por compartir el país con un sur «parásito» es tan antiguo como el propio Estado. El separatismo nacionalista flamenco en Bélgica, que floreció bajo los nazis y por esa misma razón permaneció un tanto inactivo tras la guerra, se ha beneficiado en los últimos años del declive económico de la industrial Valonia; nosotros los flamencos, sostienen, reivindicamos no sólo una igualdad lingüística y una administración propia, sino nuestra propia identidad y Estado (no belga).
El rasgo común de la reivindicación separatista en estos casos es que «nosotros» somos «europeos» —ciudadanos del norte modernos, prósperos, que pagamos impuestos, mejor formados, lingüística y/o culturalmente diferentes— mientras que «ellos» —el rural, atrasado, perezoso, mediterráneo y subvencionado «sur»— de alguna forma lo son menos. El imperativo lógico de una identidad «europea» que se distingue de unos vecinos indeseables con quienes comparte un Estado supone mirar hacia una instancia de autoridad alternativa, elegir «Bruselas» antes que Roma, Madrid, Belgrado o incluso la propia Bruselas. El atractivo de la «Unión Europea» en estas circunstancias es el de la modernidad cosmopolita frente a las anticuadas, restrictivas (y, también se sugiere, artificiales e impuestas) limitaciones nacionales. Esto a su vez puede explicar la especial atracción de «Europa» para gran parte de la intelligentsia más joven de estos países.

Lamentablemente, no es el caso. Lejos de abrirse, desde 1989, «Europa» se ha dedicado constante aunque algo furtivamente a cerrarse en sí misma. Por las razones que he sugerido, la Unión Europea no puede prometer de forma realista a sus miembros un futuro tan seguro y tan próspero como su pasado.

Esta larga historia de expansión y contracción ayuda a explicar por qué el actual dilema de Europa occidental apenas resulta nuevo, y quizá fuera predecible desde hace tiempo. Herder, a mediados del siglo XVIII, ya advertía del murmullo de los «pueblos salvajes de Europa oriental», anunciando dos siglos de temor alemán a la inmersión demográfica. La anticipada «invasión» de la Europa meridional por parte de desesperados refugiados y buscadores de trabajo procedentes del norte de África, Oriente Medio y los Balcanes ha constituido un tema recurrente para ensayistas conservadores y nacionalistas de España, Francia e Italia durante tres décadas. Lo que quizá sea nuevo es que los europeos del norte y del sur hayan puesto en común no sólo sus recursos, sino también sus miedos. Francia y sus amigos del Mediterráneo han acordado mostrarse comprensivos con las preocupaciones alemanas sobre el futuro de Europa central, mientras que Alemania ha accedido a aumentar la ayuda «al sur» proporcionada por Europa, a fin de instar y apoyar a los países de la franja mediterránea no europea para que sus problemas permanezcan dentro de sus fronteras.
Advertida o no, la apoltronada y amnésica Europa del periodo 1949-1989 permaneció durante mucho tiempo ajena a las señales de crisis inminentes y pudo continuar realizando todo tipo de promesas futuras porque corría muy poco riesgo de que le tomaran la palabra. Es la rápida secuencia de los hechos acaecidos a partir de 1989 la que ha hecho que el subsiguiente proceso de repliegue parezca un tanto desagradable, cuando la compulsión de continuar manteniendo grandes perspectivas de futura expansión ha chocado con la necesidad de replegarse a la «fortaleza Europa». Sea lo que sea lo que esto signifique, indica claramente que en su forma más fuerte, la idea de Europa ha pasado a la historia.

Hoy en día, el debate sobre las perspectivas de Europa tiende a oscilar bastante ligeramente entre Pangloss y Casandra, esto es, entre la seguridad anodina y la profecía funesta. Existe la probabilidad de que la Unión Europea cumpla sus propias promesas de una unión aún más estrecha, a la vez que permanece abierta a nuevos miembros en las mismas condiciones, es en realidad mínima. Pero esto no quiere decir que todo lo conseguido hasta ahora vaya por ello a desmoronarse, o que no vaya a contar para nada. La Unión Europea constituye un logro muy notable, si bien no tanto como algunos de sus defensores sugieren. Al fin y al cabo, ésta es la razón por la que casi todo el mundo quiere unirse a ella.

De ahora en adelante, Europa estará dominada por Alemania en una de estas tres posibles formas: la Europa occidental original (anterior a 1989), pero bajo liderazgo alemán —lo que sería la opción que, aunque a regañadientes, preferiría la mayoría de los políticos franceses y de la Europa mediterránea—; la Europa central progermana, en la que Alemania desempeñaría el papel benévolo dentro de una Unión ampliada conforme a la concepción de sus actuales dirigentes; y la Europa central antialemana, dentro de la cual Alemania sería considerada por sus vecinos del sur y del este como una carga y una amenaza más que como un beneficio. Las últimas dos opciones bien pueden acabar siendo una y la misma (como dice un chiste que se cuenta en Chequia, el país sólo se enfrenta a dos peligros en el futuro: que Alemania realice una gran inversión y compre la economía local, y que Alemania no lo haga, condenándola al estancamiento).

Si vemos la Unión Europea como una solución para todo, invocando la palabra «Europa» como un mantra, enarbolando el estandarte de «Europa» frente a los recalcitrantes herejes «nacionalistas» y gritando «¡abjurad, abjurad!», un día nos daremos cuenta de que, lejos de resolver los problemas de nuestro continente, el mito de «Europa» se habrá convertido en un impedimento para saber reconocerlos. Descubriremos que ha pasado a ser poco más que la forma políticamente correcta de hacer la vista gorda ante las dificultades locales, como si una mera invocación de la promesa de Europa sirviera para tapar los problemas y las crisis que realmente afectan a ese lugar. Pocos desearían negar la existencia ontológica de Europa, por decirlo así. Y existe una cierta ventaja autocumplida en hablar de ella como si realmente existiera en un sentido más profundo, más colectivo; el mero deseo puede ayudar a generar este pensamiento y de hecho ya lo hace en bastante medida. Pero hay algunas cosas que por sí mismo no puede lograr, algunos problemas que no puede solucionar. «Europa» es algo más que un concepto geográfico, pero no llega a ser una respuesta.

Un magnífico libro de vigente actualidad aunque pasen los años y que se puede leer muchas veces.

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No doubt at the present time that is crossing the continent, beyond the ideas of smoke and fallacies about the European thinking of our leaders comes back to my memory this essay on Europe that emerged from a series of lectures by the author in Vienna in the middle of the 90s and should not be confused «euro-skeptic» with realistic.

It is an understandable mistake to assume, from a retrospective point of view, that post-war Western Europe was reconstructed by idealists in a united continent. There is no doubt that such people existed, belonging to organizations such as the Movement for European Unity of 1947. But they did not have a real visible impact. Interestingly, it was British leaders who would not play any active role in the real construction of European unity in later years who had the most to say on the subject of a unified continent: in October 1942, Prime Minister Winston Churchill He told Foreign Minister Anthony Eden that «it would be a huge disaster for Bolshevism to destroy the culture and independence of the old European states. As difficult as it is to say at this moment, I am confident that the European family can act in a united way, under a Council of Europe ».

The European entity that began to emerge in 1950 was therefore, in certain crucial aspects, an accident. It was not predicted or predictable, neither in its form nor in its members. In September 1947 George Kennan had concluded that the Europeans lacked either any collective vision capability or agreement that the State Department would have to «decide unilaterally» what was good for them. At that time I was not wrong: in June 1948, when the French National Assembly agreed to approve the establishment of a German federal authority in the three western areas of occupied Germany (the French, the British and the American), it did so only for four votes.
On the other hand, the arrival of the ECSC did not mean in itself the existence of a clear or firm European conscience, not even on the part of its partners. As some commentators have observed, the Schuman Plan, signed on April 18, 1951, was actually a kind of peace treaty between France and West Germany that institutionalized an important though restricted mutual economic interdependence, and little else.

The true function of the Common Agricultural Policy is, therefore, political, not economic. In electoral terms, however, it was increasingly less relevant; The number of peasant voters in the States of the European Community registered a constant and marked decline throughout the 1950s and 1960s.
The founding myth of modern Europe, that the European Community was and remained the seed of a broader pan-European idea. Without this myth, all the means by which this «Europe» came to life – the Marshall Plan, the ECSC, economic planning, the OECD, common agricultural policies, et cetera, and even the European Court – would not have gone from being a Lots of practical solutions to specific problems. In reality, they were the necessary conditions to rebuild Europe, but in themselves they would have been insufficient. On the other hand, the self-sufficient, self-satisfied and even selfish «Europe» centered in Brussels became a beacon for the rest of the continent and a source of respect and credibility for itself, due to the promise that this Europe would not be limited to being a Zollverein, a mere neomercantilist society of rich and famous, or a practical and empirical solution to the daily economic dilemmas. This Europe was the Europe of all Europeans, even when there were practical political impediments to its immediate integration into it.

Within Western Europe, the most prominent division was not between east and west, but between north and south. By the seventeenth century, this distinction was already quite pronounced: Northern Europeans were typically Protestant (Lutherans, Calvinists or Anglicans), spoke a language of Germanic origin and were already beginning to divide into nation-states. Southern Europeans spoke languages ​​of Latin origin and lived in communities still ruled by emperors or popes. But these differences, which are so important in the internal history of France and Germany, or in the conflicts between the rulers of Western Europe, never acquired the relevance of the division between East and West. This was because from the very beginning of modern history, Western Europe was united by commercial and cultural ties that transcended its internal divisions; From the urban renaissance of the 12th century to the Enlightenment of the 18th century, the history of the western half of Europe was a common and differentiated history.
The problem with the idea of ​​»central» Europe is that it is a clearly modern Europe, and lacks deep roots in Europe’s past. It could not come to exist until the political and economic reforms initiated by the last enlightened despots, there are many «Europas», all with the right to claim the title, but none with a monopoly on it.

In the first place, it implicitly recognizes that Eastern Europe is in a way not so Europe and is trying to find its way into it.
Second, «thinking European» in the former Eastern Communist Europe has very clear implications. To the extent that communism advocated an artificial and forced internationalization, an equally effective way to oppose it was to emphasize – or re-emphasize – the validity and preeminence of the locality or the nation, to exalt the Poles, or the Hungarians or especially to the Czechs about Soviet universalism. And if «international» communism was vulnerable to criticism from nationalists, so is «Europe.»
Since 1989, the term «Europe» has acquired other unflattering connotations in the former communist states. The term not only evokes images of cosmopolitan intellectuals, uprooted, with the heart in Paris and the portfolio in New York, but also denotes the rich, privileged and insensitive world of laissez-faire that the West now intends to impose without taking into account the social disruption and resulting economic insecurity.
The future «European» peoples of former multinational states, such as the Czechs or the Slovaks, have been made to feel worse than they expected. But the hope remains that, although Europe will never fully recognize and appreciate, in terms of equality, the distinctive qualities of other Europeans, it will at least be true to its own principles and grant them the right to join the rest of the continent. If we can not be part of Europe, they will say, at least we will be inside it. Is this, too, an illusion?

One of the reasons for the current and difficult situation lies in the fact that the European Union is not as prosperous as before.
Welfare, in its many forms, is the great achievement of Western Europe in recent years. It is what distinguishes the region, not only from the United States, where there is practically no community provision for the health and protection of all its members, but also from Eastern Europe, where these provisions often went no further than merely formal. In addition to its unquestionable social benefits, the welfare state proved to be particularly effective as a political safety valve; had it not been so, the recent economic depression could have had disastrous consequences.
The main risk facing welfare states in Europe, even more than unemployment, is the simple fact that the population is aging.
Immigration policy will take a long time to return, because people from outside are a permanent and very visible presence in Western Europe. Intra and intercontinental migrations are once again a feature of European society, and local fears and prejudices will ensure that they continue to be seen as a destabilizing and politically profitable element; in previous decades, the similarly hostile attitude towards Polish, Italian or Portuguese immigrants was extinguished as their children, indistinguishable in terms of race, language or color, joined the social panorama.
In addition, the gap between rich and poor is becoming larger … All this sounds to us today.

Today’s Europe presents another curiously premodern feature. The majority of its «winners», those people and places who have fared better since the beginning of this union and who associate their prosperity with an emphatically European identity, can best be described not as nation-states, but as regions. Baden-Württemberg has the most successful history in contemporary Europe, in the southwest of Germany, the Rhône-Alpes region in France, Lombardy, Catalonia …
In any case, whether real or invented, the rich regions of Western Europe have discovered a strong interest in associating with each other, either directly or through the European institutions. And, as is logical, it is an interest that confronts them even more to the old nation-state of which they continue to be a part. This source of conflict is not new. In Italy, the resentment of northern citizens for sharing the country with a «parasitic» south is as old as the state itself. The Flemish nationalist separatism in Belgium, which flourished under the Nazis and for that very reason remained somewhat inactive after the war, has benefited in recent years from the economic decline of the industrial Wallonia; We, the flamencos, maintain, we claim not only a linguistic equality and an own administration, but our own identity and State (not Belgian).
The common feature of the separatist claim in these cases is that «we» are «Europeans» – modern, prosperous, well-educated, linguistically and / or culturally different citizens of the modern north, while «them» -the rural, backward, lazy, Mediterranean and subsidized «south» – somehow they are less so. The logical imperative of a «European» identity that differs from undesirable neighbors with whom a State shares means looking towards an instance of alternative authority, choosing «Brussels» before Rome, Madrid, Belgrade or even Brussels itself. The attractiveness of the «European Union» in these circumstances is that of cosmopolitan modernity versus the antiquated, restrictive (and, it is also suggested, artificial and imposed) national limitations. This in turn can explain the special attraction of «Europe» for much of the younger intelligentsia of these countries.

Unfortunately, this is not the case. Far from being opened, since 1989, «Europe» has devoted itself steadily, though somewhat furtively, to closing itself in on itself. For the reasons I have suggested, the European Union can not realistically promise its members a future as secure and as prosperous as its past.

This long history of expansion and contraction helps to explain why the current dilemma of Western Europe is hardly new, and perhaps it has been predictable for some time. Herder, in the mid-eighteenth century, already warned of the murmur of the «wild peoples of Eastern Europe,» announcing two centuries of German fear of demographic immersion. The anticipated «invasion» of southern Europe by desperate refugees and job seekers from North Africa, the Middle East and the Balkans has been a recurring theme for conservative and nationalist essayists in Spain, France and Italy for three decades. What is perhaps new is that the Europeans from the north and the south have shared not only their resources, but also their fears. France and its friends from the Mediterranean have agreed to be sympathetic to German concerns about the future of central Europe, while Germany has agreed to increase the aid «to the south» provided by Europe, in order to urge and support the countries of the strip non-European Mediterranean so that its problems remain within its borders.
Warned or not, the apologetic and amnesic Europe of the period 1949-1989 remained for a long time oblivious to the signs of impending crisis and was able to continue making all sorts of future promises because there was very little risk that they would take the floor. It is the rapid sequence of events since 1989 that has made the subsequent withdrawal process seem somewhat unpleasant, when the compulsion to continue maintaining great prospects for future expansion has clashed with the need to retreat to the «Fortress Europe». » Whatever that means, it clearly indicates that in its strongest form, the idea of ​​Europe has gone down in history.

Today, the debate on the prospects of Europe tends to oscillate rather slightly between Pangloss and Cassandra, that is, between anodyne security and a deadly prophecy. There is a likelihood that the European Union will fulfill its own promises of an even closer union, while remaining open to new members under the same conditions, is actually minimal. But this does not mean that everything that has been achieved so far is going to fall apart, or that it will not count at all. The European Union is a very remarkable achievement, although not as much as some of its advocates suggest. After all, this is the reason why almost everyone wants to join her.

From now on, Europe will be dominated by Germany in one of three possible ways: the original Western Europe (pre-1989), but under German leadership – which would be the option that, although reluctantly, would prefer most politicians French and Mediterranean Europe-; the central pro-German Europe, in which Germany would play the benevolent role within an enlarged Union according to the conception of its current leaders; and central anti-German Europe, within which Germany would be considered by its southern and eastern neighbors as a burden and a threat rather than a benefit. The last two options may well end up being one and the same (as a joke in the Czech Republic says, the country only faces two dangers in the future: Germany making a large investment and buying the local economy, and Germany do not do it, condemning it to stagnation).

If we see the European Union as a solution for everything, invoking the word «Europe» as a mantra, brandishing the banner of «Europe» against the recalcitrant «nationalist» heretics and shouting «abjurad, abjurad!», One day we will give ourselves account that, far from solving the problems of our continent, the myth of «Europe» will have become an impediment to know how to recognize them. We will discover that it has become little more than the politically correct way of turning a blind eye to local difficulties, as if a mere invocation of the promise of Europe were to cover up the problems and crises that really affect that place. Few would wish to deny the ontological existence of Europe, so to speak. And there is a certain self-fulfilling advantage in speaking of it as if it really existed in a deeper, more collective sense; mere desire can help generate this thought and in fact it already does so to a large extent. But there are some things that he himself can not achieve, some problems that he can not solve. «Europe» is more than a geographical concept, but it does not become an answer.

A magnificent book of current relevance although the years pass and that can be read many times.

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