Israel, Entre La Guerra Y La Paz — Shlomo Ben-Ami / Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy by Shlomo Ben-Ami

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Partiendo de la experiencia del autor, sin duda me parece un libro muy interesante y por momentos arriesgado sobre Israel y lo que rodea a ese estado pero imprescindible.

El movimiento nacional del pueblo judío nació en un tiempo en que el nacionalismo fermentaba en todo el continente europeo. No sorprende pues que el sueño de Moshé Hess del renacimiento nacional en Jerusalén, tal como se expone en su libro Roma y Jerusalén, estuviera inspirado en las lecciones del Risorgimento italiano. La conexión simbiótica entre la política sionista y la herencia europea aparece como un rasgo constante —si bien no exento de problemas y dificultades— en cada una de las etapas del Movimiento Sionista. El Oriente árabe y musulmán ha estado tradicionalmente alimentado por el temor de una conspiración de Occidente contra la herencia del Islam; el sionismo forma parte de esta «conspiración».
El idioma nacional y la literatura son el principal rasgo distintivo del nacionalismo moderno; y fue adoptado por los judíos basándose en su experiencia europea. Parece pues que el tan conocido temor de Guershom Shalom, expresado en una carta a Rosenzweig fechada a finales de 1920, de que el hebreo moderno no lograría sobrevivir despojado de santidad y convertido en un utensilio nacional, no tiene razón de ser.
El sueño del renacimiento de la lengua hebrea no fue desde luego el único ingrediente del incipiente nacionalismo judío. La juventud sionista sostuvo también sueños de una sociedad utópica y una ideología a través de la cual se intentó realizar la idea nacional.

Se puede incluso afirmar que muchos de los obstáculos en la política israelí hasta hoy son el resultado del modo de vida del histórico shtetl (el gueto judío) y de los patrones de conducta de los tribunales de rabanim y tsadiquim, tomados de la vida judía del Este de Europa y proyectados sobre los sinuosos senderos de la política sionista.
Así pues, el socialismo utópico y el socialismo de un estado sionista recogían la herencia revolucionaria de Europa del Este, principalmente de Rusia (la posterior URSS).
Israel nunca experimentó una socialdemocracia tal como se entiende en Europa occidental, cuna de la Revolución Industrial, donde el socialismo fue un movimiento de protesta y una lucha revolucionaria o profesional en pos de una sociedad más igualitaria y en contra de la expoliación capitalista.
El principal reto de la política israelí sigue siendo rehabilitar la conexión con la herencia liberal y constitucional del Occidente democrático.

El régimen de Ben-Gurión mantuvo unos evidentes patrones políticos y culturales jacobinos. Si tomamos por ejemplo la cuestión tan fundamental en el sionismo de la absorción de la inmigración, encontraremos un sorprendente parecido con la actitud de la Francia centralista para con sus inmigrantes. En ambos casos se esperó de los inmigrantes que abandonasen sus tradiciones y fueran absorbidos por una cultura nacional suprema.
Actualmente, mientras Israel se ve envuelta en conversaciones de paz con el mundo árabe, el modelo europeo una vez más surge como una posible utopía en la construcción de un Oriente Medio pacífico. No solamente las lecciones aprendidas por la Unión Europea como tales, sino también los procesos que se llevan a cabo entre las naciones-estado de Europa, deberían ser posiblemente considerados en contextos de futuros desafíos a Israel y esta zona. Con la ansiada normalización del estilo de vida israelí, con la erosión del omnipotente poder de los grandes partidos políticos en favor de la sociedad civil y dado el ejemplo del Occidente democrático, Israel empieza a acercarse a nuevos focos de referencia.

Los ciudadanos se consideran víctimas del poder hostil de una clase política profesional que entiende un solo lenguaje y practica el arte de escurrir el bulto siempre que hace falta. Dudan cada vez más si tienen cabida sus voces en los sistemas post-democráticos.
Otro dilema europeo, compartido también con otras sociedades —Israel es un posible caso—, es que, a pesar del progreso económico, deben hacer frente a una crisis de identidad política. El estado del bienestar se tambalea bajo la presión de los imperativos económicos; y los compases ideológicos que hemos utilizado para guiar nuestra vida socioeconómica no parece que vayan a ser tan fiables por más tiempo.
En consecuencia, relegando las cuestiones nacionales y patrióticas a una posición secundaria y dada la existencia de partidos amorfos y carentes de ideología y la creciente alienación ciudadana, podrían desencadenarse cambios en Israel de la misma manera que podría cambiar radicalmente su cultura política, de una forma bastante más acorde con la nueva cultura política en Occidente en general. La política en Israel, a su vez, debería empezar a desprenderse de las prácticas de movilización nacionalista.

El historiador español Amador de los Ríos apuntó acertadamente que dicha expulsión fue una grave «interrupción, enormemente perniciosa además, en el desarrollo de nuestra cultura nacional». Al fin y a la postre, los rechazados judíos fueron «sustituidos» económicamente por los financieros genoveses y alemanes que vinieron a España, donde amontonaron ron grandes fortunas, convirtiéndose en banqueros del imperialismo español. Fue en la esfera cultural donde el judío expatriado dejó un vacío profundo, que no ha sido nunca realmente llenado. Al expulsar a los judíos, España rechazó denominó «la capacidad mental del pueblo hispano-judío y su especial talante y talento para las obras del intelecto».
La quiebra de la vida judía en España y la consecuente diáspora sefardí en el mundo entero, estuvieron sin duda ligadas al brote de fanatismo religioso de la España cristiana. Una de las expresiones del creciente espíritu de intolerancia que acabaría por producir la expulsión fueron las disputas religiosas que, a partir del siglo XII, empezaron a adquirir un nuevo sentido. Hasta entonces, había predominado la idea agustiniana de que la existencia misma de la humillada sinagoga judía era un testimonio vindicatorio de la cristiandad. Después, la intención fue claramente la conversión de los judíos; y cualquier medio era legítimo en esta nueva fase de las relaciones judeo-cristianas en España. La expulsión de los judíos fue una consecuencia directa de este estallido de extremismo eclesiástico, al que se añadió una presión popular en aumento contra el decisivo papel desempeñado por los judíos en el sistema económico español. Y también la monarquía.
La expulsión creó la diáspora española, cuyo vínculo emocional y cultural con España fue siempre un lazo fuerte y vital. Los judíos fueron expatriados prácticamente de todos los países de Europa; pero muy raramente, por no decir nunca, dejó la expulsión en nuestro espíritu colectivo un impacto y una memoria tan profundos como los producidos por la conmoción de 1492. Ello sólo puede explicarse por la especial intensidad de la vida judía en España, y el carácter único del bagaje de tradiciones y legados que los judíos sefardíes se llevaron en su traumática marcha a través de la cuenca mediterránea, los Países Bajos y el Nuevo Mundo, donde las comunidades de Recife, Curaçao y Nueva Amsterdam mantuvieron vivas viejas tradiciones y sentimientos.
La conservación del judeo-español, o ladino, como lingua franca de los judíos españoles, habría sido inconcebible sin los hondos sentimientos de los sefardíes con relación a España, y sin la necesidad de preservar una común y definida identidad. El ladino es un español precolombino; la lengua que los conquistadores llevaron consigo al Nuevo Mundo era exactamente la misma que los judíos sefardíes portaron al exilio. Era la reminiscencia de España y sus paisajes, el sabor de la vida antes de la catástrofe de la expulsión y la dispersión. Desde Tánger a Salónica, desde Curaçao a Monastir, y desde Alepo a los guetos del África hispana, el dialecto judeo-español fue prácticamente la lingua franca de la comunidad sefardí, la lengua de un anhelo nostálgico y de la comunicación cotidiana.

La actitud en España con respecto a los judíos es, pese a todo, contradictoria, llena de paradojas. Por consiguiente, para ser justo y exacto, es importante destacar que España es probablemente uno de los contados países europeos donde no hay actualmente un significativo movimiento cultural o político de derechas antisemita. Éste es posiblemente uno de los prodigios de la presente realidad española: a dos decenios de la muerte de Franco, la extrema derecha no tiene peso en la vida política del país. No hay lepenismo en España. Por consiguiente, los sentimientos antijudíos, aunque quizás estén difundidos en la cultura popular, no tienen apoyo institucional alguno, ni, desde luego, futuro político de ninguna clase.
Sería no obstante injusto insistir de modo excesivo en las tendencias antisemitas de la vida española. El filosemitismo, o más bien el filosefardismo, ha constituido un fenómeno no menos sobresaliente, y se inspira, sin duda, en el recuerdo de un pasado común, y guarda relación con la idea generalizada de que el judío sefardí es portador en su deambular de una parte esencial del alma española, de una porción importante de su bagaje cultural. Es esta afinidad profunda, casi innata, con el sefardismo, lo que explica la frecuente y entrañable intervención de los gobiernos españoles a favor de los judíos perseguidos en Europa.

El Likud, o más bien su principal núcleo ideológico, Herut, no es una derecha capitalista —el capitalismo en Israel ha sido un capitalismo del Estado, un «capitalismo laborista» y «socialista»—, sino una derecha nacionalista, populista y tradicionalista. Paradójicamente, la protesta social en Israel suele canalizarse a través de una alternativa de derecha que reemplace al odiado «establishment laborista». Los comunistas tenían un fuerte color asionista, y por ello eran, y son, considerados ilegítimos; y otros partidos de izquierda —como Meretz, que en el tema de los territorios está situado claramente a la izquierda del Partido Laborista— despiertan una imagen de preocupación burguesa e intelectual indiferente a los asuntos sociales.

El Holocausto no sólo reivindica la necesidad de un estado judío soberano e independiente, sino que al mismo tiempo subraya una de las tensiones más esenciales de la nueva sociedad israelí, la tensión entre el judío diaspórico perseguido y aniquilado y el judío israelí, el hombre nuevo del renacimiento nacional. El sabra, el israelí nacido en Israel, es retratado por la joven literatura hebrea como quien lleva sobre sus robustas espaldas la carga de la derrota histórica del judío diaspórico.
La nueva nación se inspiró en la quiebra del judaísmo europeo; los israelíes movilizaron el Holocausto al servicio de la raison d’état; de hecho se llevó a cabo una «nacionalización del Holocausto». El Estado de Israel, para vivir, necesitaba alejarse del legado del fracaso judío en el Holocausto, pero al mismo tiempo lo utilizaba como el instrumento de mayor legitimidad del nuevo Estado judío.

La mitología nacional israelí necesitaba de la Shoá para afianzar el abismo sagrado entre el judío y el israelí. El ejército israelí formado por jóvenes cuya identidad es la del guerrero victorioso —el israelismo se destacaría por dos cualidades fundamentalmente antijudías: la guerra y la agricultura— es la respuesta a Auschwitz. «Hemos llegado cincuenta años tarde», decía el jefe del ejército israelí, el general Barak, en una ceremonia de conmemoración a las puertas del infierno de Auschwitz-Birkenau; como si la existencia del Estado de Israel pudiera haber cambiado algo fundamental en los orígenes y en el desarrollo de la guerra mundial.
La Shoá es, pues, no sólo una herida de una envergadura meta-histórica, es también un agente presente en la configuración de nuestra identidad y una posible explicación de no pocos de los complejos espirituales y políticos de la vida israelí.

La Shoá es aún una herida abierta entre Israel y Europa, un nudo de complejos. Las difíciles relaciones políticas entre Israel y Europa no responden sólo a posturas políticas divergentes. Debajo de ellas subyace un trasfondo histórico, una relación enormemente complicada entre judaísmo y «europeísmo». La actitud israelí hacia Europa nunca pudo estar libre de la pesada carga histórica que desde tiempos inmemoriales acompañó nuestra simbiótica relación de amor-odio, afinidad y rechazo.
Si bien es verdad que el complejo de culpabilidad colectiva de los europeos jugó un cierto, aunque modesto, papel en la creación del Estado de Israel, en la conciencia israelí Europa sigue siendo el continente de los pogromos y del Holocausto.

El Homo Israelicus era idealmente representado como un hombre joven, de constitución robusta, seguro de sí y comprensivo bajo condiciones extremas, ingenioso hombre de acción, soldado que es al mismo tiempo constructor de la nación. Son reveladoras en este contexto las palabras ya citadas de S. Yizhar en Los días de Ziklag, cuando afirmaba que su generación tenía necesidad de «callos en las manos, no de un toque de gracia en el alma».

El problema árabe-israelí, además de ser un conflicto político de los más agudos, es también un choque de culturas, un conflicto de imágenes y percepciones presente desde los primeros días del sionismo, a finales del siglo XIX. Los pioneros y soñadores judíos tenían una visión romántica e ingenuamente bien intencionada del mundo árabe, mientras que los árabes oscilaban entre la desorientación, el rechazo y la demonización de los pioneros sionistas, la punta de lanza de una civilización occidental inaceptable.
Curiosamente, el sector de los musulmanes pobres, quienes precisamente se habían beneficiado con los primeros asentamientos judíos, en general tenían una buena predisposición hacia los judíos, mientras que los árabes cristianos les eran hostiles.
Los propagandistas y simpatizantes árabes persistieron en la acusación de que Israel es un enclave de la civilización occidental en Oriente Medio, una sucursal de intrusos europeos creada por supervivientes de la brutalidad nazi. Evidentemente, éste es un argumento falaz, puesto que más del 50% de la población israelí de hoy desciende de judíos que vivían en países árabes, y que escaparon de la brutalidad árabe. La población israelí la forman refugiados descendientes de dos opresiones: la europea nazi y la árabe. Tal como reconoció el escritor árabe Sabri Jirys, el mundo árabe es el responsable directo de la expulsión de los judíos hacia Israel.

La esencia del conflicto palestino-israelí, caracterizado como una disputa prolongada, consiste en que ha sido total y absoluto desde sus comienzos. No se trata de una simple disputa por fronteras o territorios, sino de una lucha por derechos y recuerdos. En ocasiones los israelíes se vieron afectados no sólo por los reclamos territoriales de los palestinos, sino por el recuerdo que chocaba frontalmente con el de los israelíes. La legitimidad se basa en el recuerdo, y por tanto se trata de una guerra por el pilar más fundamental de la existencia nacional: recuerdo y legitimidad. Es una guerra de imágenes, imágenes contrapuestas y endemoniadas.

Israel se convirtió en el dueño absoluto de los cielos de Oriente Medio permitiendo así a su ejército conseguir la humillación total e incondicional de los ejércitos árabes, probablemente la victoria más contundente registrada en los anales de la historia militar contemporánea. Seis días después de que comenzara la contienda, los ejércitos israelíes acampaban en las orillas del canal de Suez en el sur, el río Jordán en el este y los Altos del Golán en el norte.
Pero ganar la guerra no significa ganar la paz. La debilidad estratégica de Israel radicó siempre en su incapacidad de convertir victorias militares en arreglos políticos.
Efectivamente, si el proceso de paz en la zona se tambalea, las repercusiones para los regímenes árabes pueden ser nefastas.
El efecto traumático de la muerte de Rabin, sobre todo en la sociedad israelí, no paralizó el proceso de paz, pero le dio un ritmo y unos enfoques diferentes. Con Netanyahu, el proceso entraría en una etapa de sofocamiento. Desde luego, el legado de quien es ya un mártir de la paz seguirá vivo hasta que prevalezca en esta zona la paz entre Israel y la totalidad del mundo árabe.

Desde hace muchos años los árabes de Jerusalén disfrutan de autonomía en lo referente a religión, educación, comunicaciones, economía y comercio, salud y bienestar social. En la actualidad existe una autonomía funcional en los siguientes aspectos:
El estímulo de la identidad cultural, idiomática, religiosa y de las comunicaciones se encuentra en manos de los palestinos.
La moneda es israelí, pero el dinar jordano es una divisa aceptada y legal en la parte oriental de la ciudad.
El sistema educativo funciona con contenidos palestinos y jordanos. La Universidad El-Kuds, en la parte oriental de la ciudad, tampoco depende de la Comisión de Educación Superior de Israel.
El sistema de transporte de Jerusalén oriental (las líneas de autobuses, el nivel del servicio, los precios y la población de usuarios) está organizado por los palestinos.
En la práctica, el control, aunque no la soberanía, del Monte del Templo se encuentra en manos del Wakf musulmán.

La consolidación de la paz regional requiere que los países ribereños intensifiquen sus intercambios culturales y educativos, y también los niveles de contacto humano.
La crisis de la conciencia europea frente a las inmigraciones, tanto del Norte de África como de la Europa del Este, emana de la esencia de las sociedades europeas como espacios históricos y culturales homogéneos con tendencia a resistir, y eventualmente rechazar, corrientes multiétnicas y multiculturales. La heterogeneidad étnica y nacional de los países del Este y, desde luego, de la URSS, ha sido un factor importante en su desintegración.
Un problema adicional que parece preocupar a la diplomacia egipcia es la supuesta capacidad nuclear de Israel. Los árabes en general tienden a considerar a Israel como un «estado cruzado de alta tecnología» dirigido por una elite científica. Entienden que la paz no será permanente y total hasta que no se negocie seriamente el tema nuclear. E incluso en un Oriente Medio desnuclearizado, los árabes no abandonarán sus reticencias en relación con la seguridad regional, pues la infraestructura científica de Israel quedará intacta, y su ventaja seguirá siendo evidente.
Israel, por otra parte, no puede permitirse el lujo de abandonar su ambigüedad nuclear precisamente por lo impredecible de la zona, y por el hecho de que el proceso de paz actual no incluye aún a enemigos tan radicales como Irán e Irak.
Ningún gobierno israelí se arriesgará a erosionar su poder autónomo de disuasión de forma prematura. Es prácticamente inconcebible que el establishment militar israelí abandone, a corto plazo, los elementos no territoriales de su superioridad militar. Tampoco parece que las potencias occidentales estén dispuestas a frenar sus negocios de venta de armamento, cada vez más y más exótico, a la zona.

Como consecuencia del colapso de la Unión Soviética, el concepto de balance of power haya perdido su exclusividad como instrumento de estabilidad global, el camino wilsoniano hacia un nuevo orden mundial será preferible al de su gran crítico Theodore Roosevelt, el protagonista de una política de poder y equilibrios, y desde luego a toda tentación «cartaginense».

Israel se encuentra en una encrucijada. Aunque lugar común, nunca antes fue tan real. Los caminos alternativos se encuentran en cada área que escojamos: el desafío de la paz o la precipitación hacia una guerra con el mundo árabe; la transición de una economía cerrada, «sionista», a una economía más abierta, proceso que va acompañado de un acelerado debilitamiento de los lazos de solidaridad social y cohesión nacional; la necesidad de llegar a un nuevo equilibrio en las relaciones con el judaísmo de la Diáspora; los cambios en la estructura del régimen de gobierno en Israel, al tiempo que decae la importancia de los partidos como escenario del discurso político y el paso de una nacionalidad israelí movilizada y combatiente a una nueva forma de nacionalismo pluralista, multicultural y multiétnico, en el que el elemento aglutinador no es el enemigo común sino el lugar que ocupa cada grupo en el sueño israelí de los años venideros.
Israel no es dos pueblos: es numerosos pueblos. La sociedad que fue ideada por los padres fundadores como un crisol —en cuyo centro se encontraba el israelí, el sabra, el joven nacido en Israel, criatura de origen divino que combinaba maravillosamente la condición de guerrero con la de labriego, que en lugar de necesitar lunares en el alma, como el judío diaspórico, veneraba las callosidades de sus manos— es hoy multiétnica y multicultural. La imagen mitológica del israelí se quebró y su lugar fue ocupado por numerosos «israelíes», todos ellos legítimos: judíos y árabes, ultraortodoxos y religiosos-nacionales, tradicionalistas, laicos y miembros de «comunidades étnicas»: orientales, inmigrantes, asquenazíes.
La fragmentación del «israelismo» es la fragmentación de la sociedad en culturas, distintos acentos del habla y, particularmente, modos de referencia distintos y enfrentados sobre la forma que debe adquirir el Estado judío. No es ninguna novedad el que una sociedad de inmigrantes se convierta en un mosaico de identidades: Estados Unidos es un ejemplo de ello.
Pero a diferencia del ejemplo estadounidense —el ethos norteamericano, basado en la libertad
individual y en la aspiración constante a la prosperidad, se apoya en sólidos pilares constitucionales que aglutinan y cohesionan a esa gigantesca sociedad—, las fracturas que se van profundizando en la sociedad israelí indican que no queda ya un ethos colectivo que comprometa a los israelíes en su totalidad.

En un mundo que avanza rápidamente hacia un mayor nivel de cooperación internacional, el reto para todos los pueblos de Oriente Medio es sintonizar con el espíritu de la distensión. Fuimos —judíos y árabes— la cuna de la civilización; si lo queremos, podemos desarmar a los demonios del extremismo y del odio y convertir nuestra castigada zona en tierra de promisión.

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Starting from the experience of the author, without a doubt it seems to me a very interesting and at times risky book about Israel and what surrounds that state but essential.

The national movement of the Jewish people was born at a time when nationalism was fermenting throughout the European continent. It is not surprising, then, that Moshe Hess’s dream of the national renaissance in Jerusalem, as expounded in his book Rome and Jerusalem, was inspired by the lessons of the Italian Risorgimento. The symbiotic connection between the Zionist policy and the European heritage appears as a constant feature -although not without problems and difficulties- in each of the stages of the Zionist Movement. The Arab and Muslim East has traditionally been fueled by fear of a Western conspiracy against the legacy of Islam; Zionism is part of this «conspiracy.»
The national language and literature are the main distinguishing feature of modern nationalism; and was adopted by the Jews based on their European experience. It seems that the well-known fear of Gershom Shalom, expressed in a letter to Rosenzweig dated to the end of the 1920s, that modern Hebrew would not manage to survive stripped of sanctity and become a national tool, has no reason to be.
The dream of the rebirth of the Hebrew language was certainly not the only ingredient of incipient Jewish nationalism. The Zionist youth also held dreams of a utopian society and an ideology through which the national idea was attempted.

It can even be said that many of the obstacles in Israeli politics up to now are the result of the way of life of the historical shtetl (the Jewish ghetto) and of the behavior patterns of the courts of rabanim and tsadiquim, taken from the Jewish life of the Eastern Europe and projected onto the sinuous paths of Zionist politics.
Thus, utopian socialism and the socialism of a Zionist state picked up the revolutionary heritage of Eastern Europe, mainly Russia (the later USSR).
Israel never experienced a social democracy as it is understood in Western Europe, cradle of the Industrial Revolution, where socialism was a movement of protest and a revolutionary or professional struggle for a more egalitarian society and against capitalist plunder.
The main challenge of the Israeli policy continues to be to rehabilitate the connection with the liberal and constitutional inheritance of the democratic West.

Ben-Gurion’s regime maintained evident Jacobin political and cultural patterns. If we take for example the fundamental issue in Zionism of the absorption of immigration, we will find a striking resemblance to the attitude of centralist France towards its immigrants. In both cases immigrants were expected to abandon their traditions and be absorbed by a supreme national culture.
Currently, while Israel is involved in peace talks with the Arab world, the European model once again emerges as a possible utopia in the construction of a peaceful Middle East. Not only the lessons learned by the European Union as such, but also the processes that take place between the nation-states of Europe, should possibly be considered in contexts of future challenges to Israel and this area. With the long-awaited normalization of the Israeli lifestyle, with the erosion of the omnipotent power of the major political parties in favor of civil society and given the example of the democratic West, Israel begins to approach new focal points.

Citizens consider themselves victims of the hostile power of a professional political class that understands a single language and practices the art of draining the bundle whenever it is needed. They doubt more and more if their voices have a place in post-democratic systems.
Another European dilemma, shared also with other societies – Israel is a possible case – is that, despite economic progress, they must face a crisis of political identity. The welfare state falters under the pressure of economic imperatives; and the ideological compasses that we have used to guide our socioeconomic life do not seem to be so reliable any longer.
Consequently, relegating national and patriotic issues to a secondary position and given the existence of amorphous and lacking ideological parties and the growing alienation of citizens, changes could be unleashed in Israel in the same way that it could drastically change their political culture in a way rather more in line with the new political culture in the West in general. Politics in Israel, in turn, should begin to shed nationalist mobilization practices.

The Spanish historian Amador de los Ríos correctly pointed out that this expulsion was a serious «interruption, enormously pernicious in addition, in the development of our national culture.» In the end and in the end, the rejected Jews were «replaced» economically by the Genoese and German financiers who came to Spain, where they piled up great fortunes, becoming bankers of Spanish imperialism. It was in the cultural sphere where the expatriate Jew left a deep void, which has never been really filled. In expelling the Jews, Spain rejected the term «the mental capacity of the Spanish-Jewish people and their special spirit and talent for the works of the intellect.»
The bankruptcy of Jewish life in Spain and the consequent Sephardic diaspora throughout the world were undoubtedly linked to the outbreak of religious fanaticism in Christian Spain. One of the expressions of the growing spirit of intolerance that would eventually produce the expulsion were the religious disputes that, beginning in the 12th century, began to acquire a new meaning. Until then, the Augustinian idea that the very existence of the humiliated Jewish synagogue was a vindicatory testimony of Christianity had predominated. Afterwards, the intention was clearly the conversion of the Jews; and any means was legitimate in this new phase of Judeo-Christian relations in Spain. The expulsion of the Jews was a direct consequence of this outbreak of ecclesiastical extremism, to which was added increasing popular pressure against the decisive role played by the Jews in the Spanish economic system. And also the monarchy.
The expulsion created the Spanish diaspora, whose emotional and cultural link with Spain was always a strong and vital link. The Jews were expatriated from virtually every country in Europe; but very rarely, to say the least, left the expulsion in our collective spirit an impact and a memory as profound as those produced by the commotion of 1492. This can only be explained by the special intensity of Jewish life in Spain, and the character unique in the baggage of traditions and legacies that the Sephardic Jews took in their traumatic march through the Mediterranean basin, the Netherlands and the New World, where the communities of Recife, Curaçao and New Amsterdam kept old traditions and feelings alive.
The preservation of Judeo-Spanish, or Ladino, as the lingua franca of the Spanish Jews, would have been inconceivable without the deep feelings of the Sephardim in relation to Spain, and without the need to preserve a common and definite identity. Ladino is a pre-Columbian Spanish; the language that the conquerors brought with them to the New World was exactly the same as the Sephardic Jews carried into exile. It was the reminiscence of Spain and its landscapes, the taste of life before the catastrophe of expulsion and dispersion. From Tangier to Thessaloniki, from Curaçao to Monastir, and from Aleppo to the ghettos of Spanish Africa, the Judeo-Spanish dialect was practically the lingua franca of the Sephardic community, the language of a nostalgic longing and of daily communication.

The attitude in Spain regarding the Jews is, however, contradictory, full of paradoxes. Therefore, to be fair and accurate, it is important to note that Spain is probably one of the few European countries where there is currently no significant cultural or political movement of anti-Semitic rights. This is possibly one of the prodigies of the present Spanish reality: two decades after Franco’s death, the extreme right has no weight in the political life of the country. There is no lepenismo in Spain. Therefore, anti-Jewish sentiments, although they may be widespread in popular culture, have no institutional support, nor, of course, a political future of any kind.
It would be unfair, however, to insist excessively on the anti-Semitic tendencies of Spanish life. Filosemitism, or rather philosephism, has constituted a phenomenon no less outstanding, and is undoubtedly inspired by the memory of a common past, and is related to the generalized idea that the Sephardic Jew is a carrier in his wanderings. an essential part of the Spanish soul, of an important portion of its cultural baggage. It is this deep, almost innate affinity with Sephardicism, which explains the frequent and endearing intervention of Spanish governments in favor of persecuted Jews in Europe.

The Likud, or rather its main ideological core, Herut, is not a capitalist right-capitalism in Israel has been a capitalism of the state, a «labor capitalism» and «socialist» -but a nationalist right, populist and traditionalist. Paradoxically, social protest in Israel is often channeled through a right-wing alternative that replaces the hated «Labor establishment.» The Communists had a strong Asionist color, and for that reason they were, and are, considered illegitimate; and other left-wing parties – like Meretz, which is clearly on the left of the Labor Party on the subject of territories – awakens an image of bourgeois and intellectual concern indifferent to social issues.

The Holocaust not only vindicates the need for a sovereign and independent Jewish state, but at the same time underlines one of the most essential tensions of the new Israeli society, the tension between the persecuted and annihilated Jewish diaspora and the Israeli Jew, the new man of the national renaissance. The sabra, the Israeli born in Israel, is portrayed by the young Hebrew literature as carrying on its sturdy back the burden of the historical defeat of the diasporic Jew.
The new nation was inspired by the bankruptcy of European Judaism; the Israelis mobilized the Holocaust in the service of the raison d’etat; in fact a «nationalization of the Holocaust» was carried out. The State of Israel, to live, needed to move away from the legacy of Jewish failure in the Holocaust, but at the same time used it as the instrument of greater legitimacy of the new Jewish State.

The Israeli national mythology needed the Shoah to strengthen the sacred abyss between the Jew and the Israeli. The Israeli army made up of young people whose identity is that of the victorious warrior – Israelism would be highlighted by two fundamentally anti-Jewish qualities: war and agriculture – it is the answer to Auschwitz. «We have arrived fifty years late,» said the head of the Israeli army, General Barak, in a commemoration ceremony at the gates of the Auschwitz-Birkenau hell; as if the existence of the State of Israel could have changed something fundamental in the origins and the development of the world war.
The Shoah is, then, not only a wound of a meta-historical scope, it is also an agent present in the configuration of our identity and a possible explanation of not a few of the spiritual and political complexes of Israeli life.

The Shoah is still an open wound between Israel and Europe, a knot of complexes. The difficult political relations between Israel and Europe do not respond only to divergent political positions. Beneath them lies a historical background, a hugely complicated relationship between Judaism and «Europeanism.» The Israeli attitude towards Europe could never be free of the heavy historical burden that from time immemorial accompanied our symbiotic relationship of love-hate, affinity and rejection.
While it is true that the collective guilt complex of Europeans played a certain, albeit modest, role in the creation of the State of Israel, in the Israeli conscience Europe remains the continent of pogroms and the Holocaust.

The Homo Israelicus was ideally represented as a young man, of robust constitution, sure of himself and understanding under extreme conditions, ingenious man of action, soldier who is at the same time builder of the nation. The words already mentioned by S. Yizhar in The Days of Ziklag are revealing in this context, when he affirmed that his generation needed «calluses in their hands, not a touch of grace in the soul».

The Arab-Israeli problem, besides being a political conflict of the most acute, is also a clash of cultures, a conflict of images and perceptions present from the early days of Zionism, at the end of the 19th century. The Jewish pioneers and dreamers had a romantic and naively well-intentioned vision of the Arab world, while the Arabs oscillated between the disorientation, rejection and demonization of the Zionist pioneers, the spearhead of an unacceptable Western civilization.
Interestingly, the sector of the poor Muslims, who had benefited precisely from the first Jewish settlements, generally had a good predisposition towards the Jews, while the Christian Arabs were hostile to them.
Arab propagandists and sympathizers persisted in the accusation that Israel is an enclave of Western civilization in the Middle East, a branch of European intruders created by survivors of Nazi brutality. Evidently, this is a fallacious argument, since more than 50% of the Israeli population today is descended from Jews who lived in Arab countries, and who escaped Arab brutality. The Israeli population is formed by refugees descended from two oppressions: the European Nazi and the Arab. As the Arabic writer Sabri Jirys recognized, the Arab world is directly responsible for the expulsion of the Jews towards Israel.

The essence of the Israeli-Palestinian conflict, characterized as a protracted dispute, is that it has been total and absolute since its inception. It is not a simple dispute over borders or territories, but a struggle for rights and memories. At times, the Israelis were affected not only by the territorial claims of the Palestinians, but by the memory that clashed frontally with that of the Israelis. Legitimacy is based on memory, and therefore it is a war for the most fundamental pillar of national existence: remembrance and legitimacy. It is a war of images, opposing and devilish images.

Israel became the absolute owner of the skies of the Middle East thus allowing his army to achieve the total and unconditional humiliation of the Arab armies, probably the most forceful victory recorded in the annals of contemporary military history. Six days after the war began, Israeli armies camped on the banks of the Suez Canal in the south, the Jordan River in the east and the Golan Heights in the north.
But winning the war does not mean winning the peace. Israel’s strategic weakness was always rooted in its inability to turn military victories into political arrangements.
Indeed, if the peace process in the area falters, the repercussions for the Arab regimes can be dire.
The traumatic effect of Rabin’s death, especially in Israeli society, did not paralyze the peace process, but it gave it a different rhythm and approaches. With Netanyahu, the process would enter a phase of suffocation. Of course, the legacy of one who is already a martyr of peace will remain alive until peace prevails in this area between Israel and the entire Arab world.

For many years the Arabs of Jerusalem enjoy autonomy in religion, education, communications, economy and commerce, health and social welfare. At present, there is functional autonomy in the following aspects:
The stimulation of cultural, idiomatic, religious and communications identity is in the hands of the Palestinians.
The currency is Israeli, but the Jordanian dinar is an accepted and legal currency in the eastern part of the city.
The education system works with Palestinian and Jordanian content. The El-Kuds University, in the eastern part of the city, also does not depend on the Higher Education Commission of Israel.
The transport system of East Jerusalem (bus lines, service level, prices and user population) is organized by the Palestinians.
In practice, control, though not sovereignty, of the Temple Mount is in the hands of the Muslim Wakf.

The consolidation of regional peace requires that the coastal countries intensify their cultural and educational exchanges, and also the levels of human contact.
The crisis of European consciousness in the face of immigration from both North Africa and Eastern Europe emanates from the essence of European societies as homogeneous historical and cultural spaces with a tendency to resist, and eventually reject, multi-ethnic and multicultural currents . The ethnic and national heterogeneity of the countries of the East and, of course, of the USSR, has been an important factor in their disintegration.
An additional problem that seems to worry Egyptian diplomacy is Israel’s supposed nuclear capability. Arabs in general tend to see Israel as a «hi-tech cross-state» led by a scientific elite. They understand that peace will not be permanent and total until the nuclear issue is seriously negotiated. And even in a denuclearized Middle East, Arabs will not abandon their reservations about regional security, because Israel’s scientific infrastructure will remain intact, and its advantage will remain evident.
Israel, on the other hand, can not afford to abandon its nuclear ambiguity precisely because of the unpredictability of the area, and because the current peace process does not yet include such radical enemies as Iran and Iraq.
No Israeli government will risk eroding its autonomous deterrent power prematurely. It is practically inconceivable that the Israeli military establishment abandons, in the short term, the non-territorial elements of its military superiority. Neither does it seem that the Western powers are willing to stop their business selling arms, increasingly more exotic, to the area.

As a consequence of the collapse of the Soviet Union, the concept of balance of power has lost its exclusivity as an instrument of global stability, the Wilsonian path towards a new world order will be preferable to that of its great critic Theodore Roosevelt, the protagonist of a politics of power and equilibria, and certainly to all «Carthaginian» temptations.

Israel is at a crossroads. Although commonplace, never before was it so real. The alternative paths are found in each area that we choose: the challenge of peace or the precipitation towards a war with the Arab world; the transition from a closed economy, «Zionist», to a more open economy, a process that is accompanied by an accelerated weakening of ties of social solidarity and national cohesion; the need to reach a new balance in relations with the Judaism of the Diaspora; the changes in the structure of the government regime in Israel, while the importance of the parties as a scenario of political discourse and the passage of a mobilized and combatant Israeli nationality to a new form of pluralistic, multicultural and multiethnic nationalism, in the that the unifying element is not the common enemy but the place that each group occupies in the Israeli dream of the coming years.
Israel is not two peoples: it is numerous peoples. The society that was devised by the founding fathers as a melting pot-in whose center was the Israeli, the sabra, the young man born in Israel, a creature of divine origin who marvelously combined the condition of warrior with that of laborer, who instead of need polka dots in the soul, like the diasporic Jew, venerated the calluses of their hands – today is multiethnic and multicultural. The mythological image of the Israeli was broken and its place was occupied by numerous «Israelis», all legitimate: Jews and Arabs, ultra-Orthodox and religious-nationals, traditionalists, laymen and members of «ethnic communities»: Orientals, immigrants, Ashkenazi.
The fragmentation of «Israelism» is the fragmentation of society into cultures, different accents of speech and, particularly, different and conflicting ways of reference about the form that the Jewish State should acquire. It is no novelty that a society of immigrants becomes a mosaic of identities: the United States is an example of this.
But unlike the American example – the American ethos, based on freedom
individual and in the constant aspiration to prosperity, rests on solid constitutional pillars that agglutinate and unite this gigantic society-, the fractures that are deepening in Israeli society indicate that there is no longer a collective ethos that engages the Israelis in its entirety

In a world that is rapidly moving towards a higher level of international cooperation, the challenge for all the peoples of the Middle East is to tune into the spirit of detente. We were – Jews and Arabs – the cradle of civilization; if we want, we can disarm the demons of extremism and hatred and turn our punished zone into a land of promise.

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