¿El capital contra el siglo XXI? — José Ignacio González Faus / The Capital Against the XXI Century? by José Ignacio González Faus (spanish book edition)

Partiendo del éxito del libro de Thomas Piketty en el 2014, intenta dar su visión desde el lado teológico a dicho libro, el horizonte del libro de Piketty es la convicción de que el mundo lleva actualmente una dinámica que irá produciendo unos pocos ricos cada vez más ricos, y masas de pobres cada vez más pobres. Ya en la situación actual, una gran mayoría vive y trabaja para una minoría, y parece que las cosas aún van a empeorar. Esto es lo que le preocupa como economista y constituye la primera gran novedad de su libro, que, por otro lado (y como suele ocurrir en casi todos los campos humanos), empalma con las raíces primeras de la ciencia económica.
La teología cristiana tiene también mucho que decir sobre igualdad y desigualdad entre los humanos. La igualdad no es un tema meramente económico, sino profundamente humano y radicalmente cristiano.

El sistema, dejado a sí mismo, ¿camina hacia una distribución justa e ideal o hacia unas diferencias cada vez mayores?. La tesis oficial que se enseña en las escuelas es que esa distribución es algo estable y se reparte aproximadamente entre dos tercios para el trabajo y un tercio para el capital. Los hechos desmienten esta tesis: en la primera mitad del siglo XX, tanto las dos guerras como la revolución soviética llevaron las ganancias de los capitales privados a niveles históricamente bajos.
Piketty aclara que «la desigualdad del capital es mucho más doméstica que internacional, enfrenta más a los ricos y a los pobres en el seno de cada país que a los países entre sí» (59). Detalle que conviene no olvidar, porque su olvido se presta a excusas fáciles.

Entre 1900 y 1980, Europa y América concentraron entre el 70 y el 80% de la producción mundial de bienes y servicios. Desde entonces, ese porcentaje va disminuyendo; y en 2010 llega al 50% (alrededor de un 25% para cada uno), que ya había sido el nivel de 1860. Lo más probable es que siga bajando hasta llegar a un 20-30%, que era el nivel que tenían a comienzos del XIX. Pues ese crecimiento solo había sido posible porque, tras la revolución industrial, Europa y los EE. UU. alcanzaron una producción por habitante dos o tres veces superior al promedio mundial, cosa que parece ya definitivamente periclitada.
Tanto la tendencia igualatoria entre los países como el (aún previsible) crecimiento de la población no dejan nada claro que vayan a acabarse las desigualdades: abren posibilidades para que disminuyan, pero también para que crezcan.
Me permito comentar que, si esas posibilidades dependen de las libertades humanas, entonces las desigualdades crecerán, como sugiere el resto de los análisis de Piketty.

La estructura profunda del capital es la misma hoy que hace dos siglos, pese a mil diferencias y complicaciones concretas (capital rural o inmobiliario, industrial o financiero…): el capital está para aumentarse.
«No existe ninguna fuerza natural que necesariamente reduzca la importancia del capital y de los ingresos resultantes de la propiedad del capital a lo largo de la historia».
Esta tesis me parece fundamental y decisiva: al capital o se le controla o nos controlará él. Veamos cómo sigue desarrollándola Piketty:
«En las décadas de la posguerra pensábamos que el triunfo del capital humano sobre el capital en el sentido tradicional (tierras, inmobiliario y financiero) era un proceso natural e irreversible, debido tal vez a la tecnología y a fuerzas puramente económicas…». Pero incluso entonces «algunos ya decían que las fuerzas propiamente políticas eran las centrales…».
«El avance hacia la racionalidad económica y tecnológica no implica forzosamente un progreso hacia la racionalidad democrática y meritocrática. La principal razón de ello es simple: la tecnología, así como el mercado, no conoce ni límite ni moral. Desde luego, la evolución tecnológica provocó necesidades cada vez más importantes de calificaciones y competencias humanas. Sin embargo, también incrementó la necesidad de edificios, viviendas, oficinas, equipos de todo tipo… Y el valor total de todos esos elementos de capital no humano (inmobiliario, profesional, industrial, financiero) creció casi tan rápido como la producción y el ingreso nacional en el largo plazo…
«si verdaderamente se desea fundar un orden social más justo y racional, basado en la utilidad común, no basta con recurrir a los caprichos de la tecnología»

Países con una gran democratización de la educación no consiguieron aminorar las diferencias entre los salarios: estos crecieron, pero sin que disminuyera la desigualdad entre ellos. En cambio, en otros países (EE. UU.), la diferencia entre los salarios comenzó a aumentar justo en el momento en que (por el coste ingente de la universidad) disminuía el número de titulados universitarios.
Por tanto, el famoso discurso norteamericano sobre la meritocracia contrasta con la realidad de los orígenes sociales de los afortunados, que instala una desigualdad de oportunidades ya en el punto de partida.
Con palabras de Piketty: «el hecho central es que en todos los países ricos —incluso Europa continental y Japón— este grupo tuvo a lo largo del período 1990-2010 incrementos espectaculares en su poder adquisitivo, mientras que el del promedio de la población se había estancado». «El enorme aumento de los precios inmobiliarios y bursátiles desde la década de 1970-80, sobre todo entre los años 1990-2000, explica una parte significativa del ascenso de la relación capital-ingreso, aunque, una vez más, menos importante que… la reducción estructural de la tasa de crecimiento»
Asistimos hoy al despliegue de los superejecutivos. Y este no se explica solo por factores económicos, sino por otros de las ciencias sociales (psicología, sociología…).
De hecho, «las sociedades estadounidense y británica se volvieron mucho más tolerantes con remuneraciones extremas a partir de 1970… Hoy en día, las remuneraciones de varios millones de euros siguen molestando mucho más en Suecia, Alemania, Francia Japón o Italia que en los EE. UU. o en el Reino Unido».
Piketty no habla, como Juan Pablo II, de «injusticia estructural», pero sí da a entender que en nuestro capitalismo hay inmoralidades intolerables (y peligrosas) que no dependen solo de deméritos personales, sino de «instituciones y reglas». Una de ellas puede ser la prioridad del capital sobre el trabajo (cuando lo humano sería lo contrario). Y entonces, si estamos en una situación estructuralmente injusta, es normal que de ahí nazcan como hongos los casos de corrupción personal que hoy no paran de sorprendernos.

«La democracia real y la justicia social exigen instituciones específicas propias, que no son simplemente las del mercado y que tampoco pueden reducirse a las instituciones parlamentarias y democráticas».
“La idea conforme a la cual la libre competencia permite poner fin a la sociedad de la herencia y llegar a un mundo cada vez más meritocrático es una ilusión peligrosa”.

«Desde 1980, las fortunas a nivel mundial aumentaron, en promedio, un poco más rápidamente que los ingresos», y «las mayores riquezas se incrementaron un poco más rápidamente que el promedio de los patrimonios».
raduciendo esto en cifras, significa que entre 1987 y 2013 el número de multimillonarios por cada cien millones de habitantes adultos del planeta (unos 4500 millones) pasó de 5 a 30 (unos 1400 individuos en total); y su riqueza total pasó de 300.000 millones a 5,4 billones de dólares.
La fortuna-promedio de ese grupo tuvo un incremento promedio del 6,4% anual por encima de la inflación, sin que la crisis económica les afectara mucho en conjunto.
Finalmente, dentro de este grupo de indeseables, las fortunas más altas aumentan más rápidamente que las otras.

Piketty cree que, si bien es posible soñar que la renta petrolífera podría permitir en cierta medida adquirir el resto del planeta para después vivir de las rentas del capital correspondiente, eso sería imposible respecto de China e India: «una mera fantasía». Y aduce estas dos razones: a) mientras que los países petrolíferos están casi despoblados, India y China tienen una enorme población, con sus necesidades elementales mal satisfechas en términos, no ya de inversión, sino de consumo. Y b) los países europeos son mucho más ricos de lo que piensan: hacia 2010, la suma de la totalidad de fortunas libres de deudas alcanzaba los 10 billones de euros, mientras que la totalidad de activos poseídos por China es de unos 3 billones.
El verdadero peligro para nuestro planeta no está en esa especie de amenaza internacional, sino en «un proceso en el que los países ricos serían poseídos por sus propios multimillonarios o —de manera más general— en el que el conjunto de los países sería propiedad, de manera cada vez más masiva, de los multimillonarios y demás archimillonarios del planeta».

Piketty cree que «el impuesto progresivo es un elemento esencial para el Estado social» y aboga por «una progresividad más marcada». Pero, otra vez, lamenta que los impuestos progresivos, cuando existieron, se debieran más a las guerras y al temor ante la revolución bolchevique que al espíritu democrático. Cree también que «todos los ingresos demasiado elevados son sospechosos, pero lo son más si son producto del capital»; y por eso lamenta que hoy estos segundos «son los que se benefician de un régimen más favorable, sobre todo en los países europeos. «El nivel óptimo de la tasa impositiva más alta en los países desarrollados, sería [= debería ser] superior a. 80%». Esa tasa «aplicada sobre los ingresos superiores al medio millón o al millón de dólares no solo no perjudicaría el crecimiento estadounidense, sino que permitiría distribuir mejor y limitar… comportamientos económicamente inútiles (e incluso nocivos)». El impuesto progresivo desempeña entonces un doble papel: en tasas muy altas (que el autor llama «confiscatorias») permite poner fin a las «remuneraciones indecentes». En otras que no llegan a tanto (y unidas a lo que se obtenga del otro 90% de los menos ricos), permite contribuir a la financiación del Estado social.”
La historia de ese impuesto en el siglo XX sugiere que afrontamos «un riesgo real de desviación oligárquica y que no incita al optimismo», pues «en la actualidad los impuestos han llegado a ser regresivos en la cima de la jerarquía de los ingresos en la mayor parte de los países; o están a punto de serlo».
El impuesto progresivo sobre el ingreso, el impuesto progresivo sobre las sucesiones y este impuesto progresivo sobre el capital «constituyen, a mi parecer, los tres componentes esenciales de un sistema fiscal ideal». Si los estados no se financian con impuestos, habrán de hacerlo con deuda pública. Y esta permite que lo que muchos ricos deberían darle al gobierno como impuestos lo conviertan en lucrativos préstamos. Ya hemos vivido un siglo de impresionante deuda pública en casi todos los países ricos. Y la consecuencia paradójica de ello es que, en el mundo rico, «son sus gobiernos lo que son pobres».

Siempre es preferible un poco más de inflación a un poco más de austeridad. Esto parece claro. Pero el afán por la austeridad nace de otras ideas o situaciones previas.
a) La austeridad tiene que ver con el tema de los bancos centrales y su papel, al que nuestro autor dedica unas reflexiones demasiado técnicas para resumirlas aquí. Destacaré solo tres cosas: que Piketty cree que los Bancos Centrales están todavía traumatizados por la política «extremadamente conservadora» que adoptaron al comienzo de la crisis de los años 30. Que «los bancos centrales no crean riqueza como tal, sino que la redistribuyen». Y, finalmente, que, aun así, con frecuencia «los inversionistas no saben qué hacer con el dinero líquido prestado a tasas nulas o casi nulas por las autoridades monetarias, por lo que prefieren prestarlo de nuevo por un rendimiento irrisorio a los gobiernos, considerados más seguros».

El euro es una moneda poco europea por:
La falsa idea de que los bancos centrales debían ser absolutamente independientes del poder público y no tener más objetivo que una inflación baja, olvidando los otros objetivos de pleno empleo y crecimiento económico. Y, además, porque sus estatutos impiden al BCE ser acreedor de los préstamos públicos (el BCE presta únicamente a los bancos privados, para que éstos presten a los gobiernos de la zona euro a una tasa mucho más elevada). La falsedad de esos presupuestos fue puesta de relieve por la crisis de 2008.
b.2.) Por otro lado, la falta de unión política hace que el BCE haya de enfrentarse a 17 deudas públicas nacionales diferentes y 17 gobiernos distintos. Hasta 2008, las tasas de interés fueron rigurosamente las mismas para los distintos países.
Además, es imposible resolver el problema de las deudas europeas en un parlamento donde un buen número de miembros no pertenecen a la zona euro y no les interesa ese tema. Por eso aboga el autor por «un verdadero parlamento presupuestario de la zona euro».
Lo preocupante de Europa no es que haya mucha deuda pública, puesto que hay mucha riqueza privada. Lo preocupante es que «el capital nacional está exageradamente mal repartido, con una riqueza privada apoyada en la pobreza pública». Eso tiene como consecuencia que «actualmente gastemos mucho más en intereses de la deuda de lo que invertimos, por ejemplo, en enseñanza superior».

Nuestro capitalismo no es solo avaro, sino además machista: la mujer es discriminada económicamente no solo por ser trabajadora, sino por ser mujer: de manera sistemática suele cobrar en torno a un 20% menos que el varón; y encima, si es madre, todavía menos. Hay pocos ejemplos más hirientes de hasta qué punto nuestro sistema es egoísta y piensa solo en sí mismo.
El dinero acaba convirtiéndose en el mayor impedimento para una relación sana, por estas dos razones: a) porque es un medio que puede conseguirlo todo: en las comunidades donde él reina, deja de ser un simple medio para convertirse en fin: ya no hay nada (ni hombre ni mujer) que no pueda conseguirse con dinero. Y además, b), en las comunidades donde él reina, el dinero se convierte en la mayor fuente de autoestima y honorabilidad, en casi la única manera de obtener aquello que los seres humanos más hambrean y necesitan: el reconocimiento y la aprobación de los demás.
El dinero es profundamente idólatra: la primera gran idolatría que narra la Biblia es la adoración del becerro de oro (Ex 32). La expresión es enormemente acertada y sugestiva, porque, por un lado, pone el oro a la altura de Dios, pero, por otro, sustantiva el oro como mera creación humana con figura de animal.
Por todo ello, el dinero rompe la igualdad, que es el objetivo mayor de Dios entre los hombres como expresión de la fraternidad. Pero resulta, además, que el dinero acaba haciendo esclavo al ser humano y le priva de la verdadera libertad.
El dinero, pues, no es malo en sí mismo: es un recurso práctico y resulta indispensable para adquirir lo necesario.

a. El capitalismo no es intrínsecamente inhonesto, pero está lleno de graves defectos y necesita una profunda reforma (Pedro Vila Creus).
b. No tiene sentido discutir si el capitalismo es intrínsecamente inmoral o no; lo innegable es que es una «ocasión próxima de pecado». Ahora bien: según la moral católica, hay obligación grave de evitar las ocasiones próximas de pecado (Manel Cuyás).
c. Los cristianos debemos proclamar públicamente que no es el socialismo, sino el capitalismo, y que el socialismo solo es condenable en sus perversiones (Hélder Câmara en carta a Roger Garaudy).
Hoy, más que de «capitalismo», intuyo que sería mejor hablar de «democracia económica» (o falta de ella), porque la aparición de las clases medias vuelve demasiado simplista el esquema marxiano de la lucha de (dos) clases, aunque ya avisa Piketty que las clases medias están disminuyendo y siend amenazadas. Pero, en cualquier caso, de lo que sí se trata es de juzgar nuestro sistema.
La civilización ha ido aprendiendo que las armas no podían ser una propiedad privada, sino que su uso debe estar reservado a unos poderes públicos democráticos. Y aun esto no lo hemos aprendido del todo (y los que más se niegan a aprenderlo son, precisamente, los más ricos). Pues bien, el capital es hoy la mayor arma de destrucción masiva, que se defiende matando multitudes.

Si la libertad del evangelio tiene poco que ver con la libertad del capitalismo (definida hace ya tiempo, no sé por quién, como «la libertad del zorro en un gallinero»), el comunismo de la Gracia tampoco tiene nada que ver con el colectivismo de los antiguos países del Este. En la plena realización de la persona, lo individual y lo comunitario crecen conjuntamente, aun en medio de sacrificios momentáneos de una de las dos dimensiones.

«El cristianismo aportaba al mundo algo absolutamente nuevo: su concepción de la salvación no solamente era original en relación a la de las religiones que rodeaban su cuna, sino que constituía un hecho único en la historia religiosa de la humanidad. Cada vez que el aliento religioso se eleva por encima del mundo sensible, ¿qué es lo que generalmente solemos ver? Una doctrina individualista de evasión, bajo apariencias muy diversas, pero en el fondo bastante semejantes. Evasión, huida: esta es la palabra de Platón sobre el ideal del alma que ha reconocido en sí un principio superior al mundo.
El hombre en la tierra debe crear riqueza, y esa pretensión nunca debe ser criticada. Lo criticable es que no la reparta bien; y si no repartirla es una condición indispensable para la creación de riqueza.
Cada paso adelante no culmina la historia, sino que le abre nuevos horizontes. Ninguna conquista es la solución definitiva de la historia, de modo que esta transcurre sometida a lo que se llama «reparo escatológico» (aún no hemos llegado), pero también al acicate escatológico (aún podemos avanzar).

Si Rodríguez Zapatero hubiese sido un cristiano radical (al modo en que lo eran Schumann, De Gasperi o Adenauer, fundadores de la Europa moderna), nunca habría aceptado aquel cambio de la Constitución que impusieron unas autoridades europeas no elegidas democráticamente y que abrió las puertas a todo ese camino de «incólumes los ricos, más hambrientos los pobres», que ha convertido a España en «un país modelo»: el segundo país más desigual de Europa.

La historia contradice directamente toda esa doctrina económica del TINA (there is not alternative), hija bastarda de Reagan y de la señora Thatcher y que algunos pretenden hoy convertir en dogma revelado, pese a las voces en contra de tantos economistas. Más grande o más pequeña, siempre hay alternativa. Lo único imprescindible es la voluntad de dar con ella y la paciencia para adaptarse a ella.
La necesaria lucha contra la idolatría del Dinero, que tanto tiene que ver con la afirmación de Dios que hace Jesús. He comentado otras veces la particular agudeza de Lutero (en su Gran Catecismo), que no habla del dinero al tratar del séptimo mandamiento, sino al tratar del primero: porque el dinero es el más frecuente de todos los dioses falsos. Por más pseudoexcusas que se busquen, la resistencia (o el rechazo) que prevé Piketty ante su elemental propuesta del impuesto al capital viene, pura y simplemente, de esa idolatría del dinero que lastra toda la historia humana y que ya intentamos explicar antes.

La historia será juzgada por su progreso en humanidad (no por sus adelantos tecnológicos o militares). La historia es un amasijo de maldad y mentira, con algunas dosis de pureza casi siempre oculta.
Por eso, la historia está abocada a un juicio definitivo en el que se la medirá con lo que tenga de «figura humana», no con lo que tenga de lujo, ostentación o fuerza.
En ese juicio, Dios dará la razón a las víctimas.

La humanidad se pone en camino hacia una civilización de la sobriedad compartida, o acabaremos pronto en un caos de miseria y confrontación. Naturalmente, no estoy enunciando una certeza, sino un temor; pero al que le veo bastantes más probabilidades que a su contrario.
Esto permite terminar poniendo de relieve que ese cambio ya no es por solidaridad, sino por un egoísmo inteligente. Se cumple así otra ley muy típica del mensaje bíblico, a la que aludimos al hablar de la literatura sapiencial: lo que empieza pareciendo una renuncia en favor y por amor de los otros acaba resultando una ventaja para mí.

Sin duda un más que interesante libro.

Starting from the success of Thomas Piketty’s book in 2014, he tries to give his vision from the theological side to that book, the horizon of Piketty’s book is the conviction that the world is currently carrying a dynamic that will produce a few increasingly rich rich, and increasingly poor masses of the poor. Already in the current situation, a large majority lives and works for a minority, and it seems that things are going to get worse. This is what worries him as an economist and is the first great novelty of his book, which, on the other hand (and as it usually happens in almost all human fields), connects with the first roots of economic science.
Christian theology also has much to say about equality and inequality among humans. Equality is not a merely economic issue, but deeply human and radically Christian.

Does the system, left to itself, walk towards a just and ideal distribution or towards ever greater differences? The official thesis that is taught in schools is that this distribution is somewhat stable and is distributed roughly between two thirds for work and one third for capital. The facts belie this thesis: in the first half of the twentieth century, both the two wars and the Soviet revolution brought the profits of private capital to historically low levels.
Piketty clarifies that “the inequality of capital is much more domestic than international, it faces the rich and the poor more in the bosom of each country than the countries among themselves” (59). Detail that should not be forgotten, because his forgetfulness lends itself to easy excuses.

Between 1900 and 1980, Europe and America concentrated between 70 and 80% of the world production of goods and services. Since then, that percentage has been decreasing; and in 2010 it reaches 50% (around 25% for each), which had already been the level of 1860. It is more likely that it will continue to decrease until it reaches 20-30%, which was the level they had at early nineteenth. Because that growth had only been possible because, after the industrial revolution, Europe and the USA. UU they reached a production per inhabitant two or three times higher than the world average, something that seems definitively perillitada.
Both the equalization trend between countries and the (still foreseeable) population growth leave nothing clear that inequalities are going to end: they open up possibilities for them to decrease, but also for them to grow.
I would like to comment that, if those possibilities depend on human freedoms, then inequalities will grow, as the rest of Piketty’s analysis suggests.

The deep structure of capital is the same today as it was two centuries ago, despite a thousand concrete differences and complications (rural or real estate, industrial or financial capital …): capital is increasing.
“There is no natural force that necessarily reduces the importance of capital and the income resulting from the ownership of capital throughout history.”
This thesis seems fundamental and decisive: capital is controlled or controlled by him. Let’s see how Piketty continues to develop it:
“In the post-war decades we thought that the triumph of human capital over capital in the traditional sense (land, real estate and finance) was a natural and irreversible process, perhaps due to technology and purely economic forces …” But even then “some already said that the properly political forces were the central …”
“The advance towards economic and technological rationality does not necessarily imply a progress towards democratic and meritocratic rationality. The main reason for this is simple: technology, as well as the market, knows neither limit nor moral. Of course, technological evolution brought about increasingly important needs for human skills and competencies. However, it also increased the need for buildings, homes, offices, equipment of all kinds … And the total value of all those elements of non-human capital (real estate, professional, industrial, financial) grew almost as fast as production and income national in the long term …
“If you really want to found a more just and rational social order, based on common usefulness, it is not enough to resort to the whims of technology”

Countries with a great democratization of education did not manage to reduce the differences between salaries: they grew, but without diminishing the inequality between them. In contrast, in other countries (USA), the difference between salaries began to increase just at the time when (due to the huge cost of the university) the number of university graduates decreased.
Therefore, the famous American discourse on meritocracy contrasts with the reality of the social origins of the fortunate, which installs an inequality of opportunities already at the point of departure.
With words from Piketty: “the central fact is that in all the rich countries – including continental Europe and Japan – this group had spectacular increases in its purchasing power over the 1990-2010 period, while the average population I had stalled ». “The huge increase in real estate and stock prices since the 1970s-80s, especially between the years 1990-2000, explains a significant part of the rise in the capital-income ratio, although, once again, less important than … the structural reduction of the growth rate »
Today we are witnessing the deployment of superejecutives. And this is not explained only by economic factors, but by others in the social sciences (psychology, sociology …).
In fact, “American and British companies became much more tolerant of extreme remuneration after 1970 … Today, the remunerations of several million euros continue to bother much more in Sweden, Germany, France, Japan or Italy than in the USA. . UU or in the United Kingdom ».
Piketty does not speak, like John Paul II, of “structural injustice”, but it does imply that in our capitalism there are intolerable (and dangerous) immoralities that depend not only on personal demerits, but on “institutions and rules”. One of them can be the priority of capital over labor (when the human would be the opposite). And then, if we are in a structurally unjust situation, it is normal that from there births as fungi the cases of personal corruption that today do not stop surprising us.

“Real democracy and social justice require specific institutions of their own, which are not simply those of the market and can not be reduced to parliamentary and democratic institutions.”
“The idea according to which free competition allows to end the inheritance society and reach an increasingly meritocratic world is a dangerous illusion.”

“Since 1980, global fortunes have increased, on average, a little more rapidly than income,” and “the greatest wealth increased a little faster than the average wealth.”
This means that, between 1987 and 2013, the number of billionaires per hundred million adult inhabitants of the planet (about 4500 million) went from 5 to 30 (about 1400 individuals in total); and its total wealth went from 300,000 million to 5,4 billion dollars.
The average fortune of this group had an average increase of 6.4% per annum above inflation, without the economic crisis affecting them as a whole.
Finally, within this group of undesirables, the highest fortunes increase more rapidly than the others.

Piketty believes that, although it is possible to dream that oil rent could allow to some extent acquire the rest of the planet and then live on the income of the corresponding capital, that would be impossible with respect to China and India: “a mere fantasy.” And he adduces these two reasons: a) while the petroleum countries are almost depopulated, India and China have a huge population, with their basic needs poorly met in terms, not of investment, but of consumption. And b) European countries are much richer than they think: by 2010, the sum of all the fortunes free of debt reached 10 trillion euros, while the total assets owned by China is about 3 trillion.
The real danger for our planet is not in this kind of international threat, but in “a process in which the rich countries would be owned by their own billionaires or, more generally, in which the countries as a whole would be owned, in an increasingly massive way, of the billionaires and other billionaires of the planet ».

Piketty believes that “the progressive tax is an essential element for the social State” and advocates “a more marked progressivity.” But, again, he regrets that progressive taxes, when they existed, were due more to wars and fear of the Bolshevik revolution than to the democratic spirit. He also believes that “all incomes that are too high are suspicious, but they are even more so if they are a product of capital”; and for that reason it regrets that today these seconds “are those that benefit from a more favorable regime, especially in European countries. «The optimum level of the highest tax rate in developed countries would be [= should be] greater than. 80% ». That rate “applied to income above half a million or a million dollars not only would not harm US growth, but would allow better distribution and limit … economically useless (and even harmful) behaviors.” The progressive tax then plays a double role: at very high rates (which the author calls “confiscatory”) allows to put an end to “indecent remunerations”. In others that do not reach as much (and together with what is obtained from the other 90% of the less wealthy), it allows contributing to the financing of the social State. ”
The history of this tax in the twentieth century suggests that we face “a real risk of oligarchic deviation and that does not incite optimism,” because “currently taxes have become regressive at the top of the hierarchy of income in the most of the countries; or are about to be ».
The progressive tax on income, the progressive tax on inheritance and this progressive tax on capital «constitute, in my opinion, the three essential components of an ideal tax system». If states do not finance themselves with taxes, they will have to do so with public debt. And this allows what many rich people should give to the government as taxes turn it into lucrative loans. We have already experienced a century of impressive public debt in almost all rich countries. And the paradoxical consequence of this is that, in the rich world, “it is their governments that are poor”.

A little more inflation is always preferable to a little more austerity. This seems clear. But the desire for austerity stems from other ideas or previous situations.
a) Austerity has to do with the issue of central banks and their role, to which our author devotes too technical reflections to summarize here. I will highlight only three things: that Piketty believes that the Central Banks are still traumatized by the “extremely conservative” policy they adopted at the beginning of the crisis of the 1930s. That “central banks do not create wealth as such, but redistribute it” . And, finally, that, even so, frequently “investors do not know what to do with the liquid money lent at zero or near zero by the monetary authorities, so they prefer to lend it again for a derisory return to governments, considered more secure ».

The euro is a little European currency because:
The false idea that central banks should be absolutely independent of public power and have no objective other than low inflation, forgetting the other objectives of full employment and economic growth. And, moreover, because its statutes prevent the ECB from being a creditor of public loans (the ECB lends only to private banks, so that they lend to governments in the euro zone at a much higher rate). The falsity of these budgets was highlighted by the 2008 crisis.
b.2.) On the other hand, the lack of political union means that the ECB has to face 17 different national public debts and 17 different governments. Until 2008, the interest rates were rigorously the same for the different countries.
In addition, it is impossible to solve the problem of European debts in a parliament where a good number of members do not belong to the euro zone and are not interested in that issue. That is why the author pleads for “a true budgetary parliament of the euro zone”.
The worrying thing about Europe is not that there is a lot of public debt, since there is a lot of private wealth. What is worrisome is that “national capital is excessively distributed, with private wealth supported by public poverty”. This has the consequence that “we currently spend much more on interest on the debt than we invest, for example, in higher education”.

Our capitalism is not only greedy, but also sexist: women are economically discriminated not only because they are working, but because they are women: systematically they charge around 20% less than men; and above, if she is a mother, still less. There are few more hurtful examples of the extent to which our system is selfish and thinks only of itself.
Money ends up becoming the biggest impediment to a healthy relationship, for these two reasons: a) because it is a means that can achieve everything: in the communities where he reigns, it ceases to be a simple means to become an end: there is no longer nothing (neither man nor woman) that can not be achieved with money. And also, b), in the communities where he reigns, money becomes the greatest source of self-esteem and goodwill, in almost the only way to obtain what human beings are most hungry and need: the recognition and approval of the rest.
Money is deeply idolatrous: the first great idolatry that the Bible narrates is the adoration of the golden calf (Ex 32). The expression is enormously accurate and suggestive, because, on the one hand, it puts gold at the level of God, but, on the other hand, gold as a mere human creation with the figure of an animal.
For all this, money breaks equality, which is God’s greatest goal among men as an expression of fraternity. But it also turns out that money ends up making the human being a slave and deprives him of true freedom.
Money, then, is not bad in itself: it is a practical resource and it is indispensable to acquire what is necessary.

to. Capitalism is not intrinsically inhospitable, but it is full of serious defects and needs a profound reform (Pedro Vila Creus).
b. There is no point in discussing whether capitalism is intrinsically immoral or not; The undeniable fact is that it is a “close occasion of sin”. Now, according to Catholic morality, there is a grave obligation to avoid the next occasions of sin (Manel Cuyás).
c. Christians must proclaim publicly that it is not socialism, but capitalism, and that socialism is only condemnable in its perversions (Hélder Câmara in a letter to Roger Garaudy).
Today, rather than “capitalism,” I intuit that it would be better to speak of “economic democracy” (or lack of it), because the appearance of the middle classes makes the Marxian scheme of the struggle of (two) classes too simplistic, although Piketty warns that the middle classes are declining and threatened. But, in any case, what is involved is judging our system.
Civilization has learned that weapons could not be private property, but that their use must be reserved for democratic public powers. And even this we have not learned at all (and those who most refuse to learn it are, precisely, the richest). Well, capital is today the greatest weapon of mass destruction, defending itself by killing multitudes.

If the freedom of the gospel has little to do with the freedom of capitalism (defined long ago, I do not know by whom, as “the freedom of the fox in a chicken coop”), the communism of Grace has nothing to do with collectivism either of the old countries of the East. In the full realization of the person, the individual and the community grow together, even in the midst of momentary sacrifices of one of the two dimensions.

“Christianity brought something absolutely new to the world: its conception of salvation was not only original in relation to that of the religions that surrounded its cradle, but it was a unique fact in the religious history of humanity. Whenever religious breath rises above the sensible world, what do we usually see? An individualistic doctrine of evasion, under very different appearances, but in the background quite similar. Evasion, flight: this is the word of Plato on the ideal of the soul that has recognized in itself a principle superior to the world.
Man on earth must create wealth, and that claim should never be criticized. The criticism is that it does not distribute it well; and if not to distribute it is an indispensable condition for the creation of wealth.
Each step forward does not culminate history, but opens new horizons. No conquest is the definitive solution of history, so that it passes submitted to what is called “eschatological repair” (we have not arrived yet), but also to the eschatological spur (we can still move forward).

If Rodríguez Zapatero had been a radical Christian (in the same way as Schumann, De Gasperi or Adenauer, founders of modern Europe), he would never have accepted that change in the Constitution that was imposed by European authorities not democratically elected and that opened the doors to all that path of “the rich, the hungrier the poor,” which has made Spain “a model country”: the second most unequal country in Europe.

The story directly contradicts all that economic doctrine of the TINA (there is not alternative), bastard daughter of Reagan and Mrs. Thatcher and that some people today try to turn into revealed dogma, despite the voices against so many economists. Bigger or smaller, there is always alternative. The only essential thing is the will to find her and the patience to adapt to her.
The necessary struggle against the idolatry of Money, which has so much to do with Jesus’ affirmation of God. I have commented at other times the particular acuteness of Luther (in his Great Catechism), which does not speak of money when dealing with the seventh commandment, but when dealing with the first: because money is the most frequent of all false gods. For more pseudo-excuses that are sought, the resistance (or rejection) that Piketty foresees before his elementary proposal of the capital tax comes, purely and simply, from that idolatry of money that weighs down all human history and that we have tried to explain before.

History will be judged by its progress in humanity (not by its technological or military advances). History is a mass of evil and lies, with some doses of purity almost always hidden.
For that reason, history is bound to a definitive judgment in which it will be measured with what it has of “human figure”, not with what it has of luxury, ostentation or force.
In that judgment, God will give the reason to the victims.

Humanity is on its way to a civilization of shared sobriety, or soon we will end up in a chaos of misery and confrontation. Naturally, I am not enunciating a certainty, but a fear; but I see him more likely than his opponent.
This allows us to end by emphasizing that this change is no longer by solidarity, but by an intelligent selfishness. Thus, another very typical law of the biblical message is fulfilled, to which we alluded when speaking of sapiential literature: what begins as a renunciation in favor and for the love of others ends up being an advantage for me.

Without a doubt a more than interesting book.

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