Verdadero y falso: Herejía y sentido común para el actor — David Mamet / True and False: Heresy and Common Sense for the Actor by David Mamet

Actuar, representar una obra delante del público. El resto sólo son ejercicios. Y me he dado cuenta de que la vida en la academia, en el instituto, en las escuelas, aunque sea encantadora y confortable, está tan alejada de la vida (y del trabajo) del actor como el aerobic lo está del boxeo.

El «Método» de Stanislavski y la técnica de las escuelas derivadas de él son absurdos. No es una técnica con la que practicando se pueda desarrollar un oficio, es un culto. Los requerimientos orgánicos hechos al actor son mucho más convincentes y los desempeños potenciales del actor, mucho más importantes; la vida y el trabajo, si se me permite decirlo, son mucho más heroicos que cualquier cosa prescrita o prevista por ese o cualquier otro «método» de interpretación.
Actuar no es una profesión honorable. Los actores acostumbran a estar enterrados en un cruce de caminos con una estaca clavada en el corazón. La gente de teatro incomoda a los espectadores que tienen miedo de sus fantasmas. Es una profesión que inspira respeto.
Los actores no emocionan al público porque hayan sido admitidos en una universidad, o hayan recibido una crítica halagadora, sino porque el público, ante su interpretación, teme por su alma. Y a eso es a lo que me parece que tendríamos que aspirar.

El profesional trabaja por un sueldo. Su trabajo es interpretar la obra de forma que el público la pueda entender; la persona que se respeta a sí misma guarda sus pensamientos y emociones para ella.
La disección de la obra en oasis emocionales es el juego favorito de aquellos a quienes la fortuna o el infortunio han eximido de la necesidad de ganarse la vida en el escenario.

Las buenas notas y el poco dinero de la familia ya no aseguran a nadie la sinecura del Derecho o la Medicina. Para el actor, y hablo del hombre o de la mujer que está interesado en hacer carrera en el escenario, nunca ha existido esa seguridad. La educación formal para el actor no sólo es inútil, sino que es perjudicial. Acentúa el modelo académico y niega la primacía del intercambio con el público.

El actor, si aprende a ser auténtico y simple, si aprende a hablar decidido a pesar de estar asustado, y sin la certeza de ser entendido, crea su propio personaje; forja el personaje en sí mismo, en el escenario. Y es ese personaje el que llega al público, y por ese personaje el público se siente realmente emocionado.

La educada sociedad occidental hace tiempo que ha confundido la erudición con el arte. La erudición es una tarea juiciosa; y el propósito de la erudición, al menos de la manera que se aplica al arte del actor, es transformar un miembro del público en un ser superior. «Está muy bien —dirá el erudito del teatro— reír, llorar, sorprenderse, eso está bien para la mayoría, pero yo haré algo superior, participaré sólo como una especie de árbitro cultural».
Eso está bien para un erudito, pero para un miembro trabajador del teatro llegar a esa conclusión es no tener en cuenta la vida. Ésa es la mancha de la erudición en el teatro: la preocupación por el efecto. Ése es el juicio equivocado del Método: la idea de que podemos determinar el efecto que queremos obtener del público, y entonces estudiar y producir ese efecto.

Cuando la interpretación es auténtica, el trabajo del escritor es algo más que palabras en una hoja, no por la inventiva del actor, sino por su coraje. Sí, puede parecer una idea buena e incluso atractiva mejorar la obra; nuestro trabajo es resistirnos a esa sugerente idea; no podéis «guiar» la interpretación y al mismo tiempo mantener vuestra atención y cumplir vuestro objetivo en el escenario. El impulso de «mejorar», de añadir un poco de «emoción» o «comportamiento» es buena señal; quiere decir que os habéis dado, al resistiros, la posibilidad de grandeza. No inventéis nada. No neguéis nada. Desarrollad ese difícil hábito.
Se necesita una gran fortaleza, que sólo se forja con el tiempo y en momentos duros, tomando decisiones difíciles y la mayoría de veces inquietantes. En lugar de buscar una buena opinión de vosotros mismos, actuad.

El «trabajo» que hacéis «sobre el texto» no tiene ninguna importancia. Ese trabajo ya ha sido hecho por una persona con una ocupación distinta a la vuestra. Esa persona es el autor. Las frases han sido escritas para que vosotros las digáis claramente de tal manera que el público las pueda oír y entender. Cualquier otro significado que el ofrecido por el autor procederá de vuestra intención hacia la persona con la que habléis.

Para vosotros, actores, no son las palabras las que tienen significado, sino las acciones. Momento a momento y noche tras noche la obra cambiará, como vosotros y vuestros antagonistas en el escenario cambiáis, lo mismo que vuestras acciones chocan las unas con las otras. La obra, ese intercambio, es dramático. Pero las palabras son fijas y no cambian. Cualquier valor que tengan lo ha puesto el autor. Si ha hecho su trabajo, el mejor servicio que podéis hacer es aceptar las palabras como son, y decirlas simplemente y claramente en un intento para conseguir lo que queréis del otro actor. Si os aprendéis las palabras de memoria, como si fuesen un listín telefónico, y dejáis que salgan de vuestra boca sin vuestra interpretación, el público estará servido. Eso es lo que he aprendido en mi profesión de autor: no importa cómo se digan las frases. Lo que importa es lo que quieres decir. Lo que sale del corazón va al corazón. El resto son voces extrañas.

Actuar significa interpretar una acción, hacer algo. Creer significa mantener una creencia.
¿Cuáles son nuestras creencias en la vida? ¿En qué cosas creemos? En cosas básicas, cosas más allá de nuestro control. ¿Qué nos podría hacer cambiar una de esas creencias? ¿Aceptar una nueva? Las creencias no se pueden razonar. En la vida, nuestras creencias son tan primordiales, tan básicas, que la mayor parte del tiempo ni sabemos cuáles son.
Tenemos que aprender a aceptar. Ésa es una de las grandes armas que un actor puede tener, la capacidad de aceptar: desear que las cosas pasen tal y como están pasando. Ésa es la raíz de la felicidad en la vida, y es la raíz de la sabiduría del actor. Aceptación. Porque la capacidad de aceptar proviene de la voluntad y la voluntad es la fuente del personaje.

El boxeador tiene que luchar un asalto cada vez; la pelea se irá desarrollando a medida que avance. El boxeador se marca un plan simple en el ring, y entonces lo afronta en el momento. Vosotros también. La unidad correcta de nuestro trabajo es la escena.

Para el artesano del teatro, trabajar para manipular las emociones de los otros es un error abusivo e inútil. En el teatro, y fuera, nos molestan aquellos que sonríen demasiado efusivamente, que actúan demasiado amables, o demasiado tristes, o demasiado felices, que, de hecho, narran su supuesto estado emocional. ¿Por qué nos molesta eso? Porque sentimos, correctamente, que sólo lo hacen para llevarse o arrebatarnos algo que estaríamos poco dispuestos a dar a cambio de una representación sin alterar.

Un cartel muy común en los gimnasios de boxeo dice: los boxeadores son hombres normales con una determinación extraordinaria. Prefiero considerarme así que considerarme una persona con «talento»; y, si me dejáis decirlo, me parece que vosotros también.

Un actor es, principalmente, un filósofo, un filósofo de la interpretación, y el público lo entiende como tal.
La gente, a pesar de que no lo sepa, va al teatro a escuchar la verdad y celebrarla los unos con los otros. Aunque continuamente se ve decepcionada, la necesidad es tan instintiva y primaria que continúa yendo. Vuestro trabajo es decir la verdad. Es una vocación importante. Cultivad el hábito de estar orgullosos de vuestros esfuerzos, grandes y pequeños. Preparar la escena, ser puntuales, evitar la crítica, aprender las frases, todo eso son esfuerzos, y mientras os dedicáis a eso, aprendéis un oficio, un oficio mucho más valioso.
Llevad al escenario lo mismo que lleváis a una habitación: la persona que sois. Vuestra fuerza, vuestras debilidades, vuestra capacidad para la acción. Afrontar las cosas refuerza vuestro punto de vista, la más valiosa posesión del actor.

El trabajo de caracterización puede haber sido hecho por el autor o no. No es vuestro trabajo y no es vuestro problema.
Vosotros no tenéis que retratar al héroe ni al malvado. Eso ya lo hace la obra por vosotros.

El arte no florece en la subvención y no florece en las escuelas; es más aterrador, más sórdido, más divertido y auténtico que las seguridades del instructor. Tiene que ver con el alma. Es el contrapeso en el razonable punto de vista del mundo, y por eso es despreciado.
Amar, en lugar de pisar, es el trabajo del artista.

No es ninguna señal de ignorancia no saber las respuestas, pero es un gran mérito afrontar las preguntas.

Magnífico libro, el acierto de Mamet en este libro, en todo caso, va más por el lado de que dejemos de tratar de complacer a las vacas sagradas y de que busquemos nuestro propio camino como actores. Y en que no caigamos en un psicologismo que nos haga actores que «tratan de sentir», sino en actores que «hagan». Con un lenguaje honesto y directo huye de dogmas aportando un camino sólido.

Act, represent a work in front of the public. The rest are just exercises. And I have realized that life in the academy, in the institute, in schools, although it is charming and comfortable, is as far from the life (and work) of the actor as aerobics is from boxing.

Stanislavski’s «Method» and the technique of the schools derived from it are absurd. It is not a technique with which practicing can develop a trade, it is a cult. The organic requirements made to the actor are much more convincing and the potential performances of the actor, much more important; life and work, if I may say so, are much more heroic than anything prescribed or foreseen by that or any other «method» of interpretation.
Acting is not an honorable profession. The actors tend to be buried at a crossroads with a stake stuck in their hearts. The theater people uncomfortable to the spectators who are afraid of their ghosts. It is a profession that inspires respect.
The actors do not thrill the public because they have been admitted to a university, or have received a flattering critique, but because the public, before his interpretation, fears for his soul. And that’s what I think we should aspire to.

The professional works for a salary. His job is to interpret the work in such a way that the public can understand it; the person who respects himself keeps his thoughts and emotions for her.
The dissection of the work in emotional oases is the favorite game of those to whom fortune or misfortune have exempted from the need to make a living on stage.

The good grades and the little money of the family no longer assure anyone the sinecure of Law or Medicine. For the actor, and I’m talking about the man or woman who is interested in making a career on stage, that security has never existed. Formal education for the actor is not only useless, it is harmful. It accentuates the academic model and denies the primacy of the exchange with the public.

The actor, if he learns to be authentic and simple, if he learns to speak decisively despite being scared, and without the certainty of being understood, creates his own character; Forge the character in himself, on stage. And it is that character that reaches the audience, and for that character the audience feels really excited.

The educated Western society has long confused erudition with art. Erudition is a judicious task; and the purpose of erudition, at least in the way it applies to the art of the actor, is to transform a member of the public into a superior being. «It’s very good,» the theater scholar will say, «to laugh, to cry, to be surprised, that’s fine for the majority, but I’ll do something superior, I’ll participate only as a kind of cultural referee.»
That’s fine for a scholar, but for a worker member of the theater to come to that conclusion is to ignore life. That is the stain of erudition in the theater: the concern for the effect. That is the wrong judgment of the Method: the idea that we can determine the effect we want to obtain from the public, and then study and produce that effect.

When the interpretation is authentic, the writer’s work is more than words on a page, not because of the inventiveness of the actor, but because of his courage. Yes, it may seem a good and even attractive idea to improve the work; our job is to resist this suggestive idea; you can not «guide» the interpretation and at the same time maintain your attention and fulfill your objective on the stage. The impulse to «improve», to add a bit of «emotion» or «behavior» is a good sign; it means that you have given yourself, when resisting, the possibility of greatness. Do not invent anything. Do not deny anything. Develop that difficult habit.
It takes a great strength, which only forges over time and in hard times, making difficult decisions and most times disturbing. Instead of seeking a good opinion of yourselves, act.

The «work» you do «about the text» does not matter. That work has already been done by a person with an occupation different from yours. That person is the author. The phrases have been written so that you can clearly say them in such a way that the audience can hear and understand them. Any other meaning that the one offered by the author will come from your intention towards the person with whom you speak.

For you, actors, it is not words that have meaning, but actions. Moment by moment and night after night the work will change, as you and your antagonists on the stage change, just as your actions collide with each other. The work, that exchange, is dramatic. But the words are fixed and do not change. Whatever value they have, the author has put it. If you have done your job, the best service you can do is accept the words as they are, and say them simply and clearly in an attempt to get what you want from the other actor. If you learn the words by heart, as if they were a telephone directory, and let them leave your mouth without your interpretation, the public will be served. That is what I have learned in my profession as an author: it does not matter how the sentences are spoken. What matters is what you want to say. What comes out of the heart goes to the heart. The rest are strange voices.

To act means to interpret an action, to do something. Believing means maintaining a belief.
What are our beliefs in life? In what things do we believe? In basic things, things beyond our control. What could make us change one of those beliefs? Accept a new one? Beliefs can not be reasoned. In life, our beliefs are so primordial, so basic, that most of the time we do not even know what they are.
We have to learn to accept. That is one of the great weapons that an actor can have, the ability to accept: to want things to happen as they are happening. That is the root of happiness in life, and it is the root of the actor’s wisdom. Acceptance. Because the ability to accept comes from the will and the will is the source of the character.

The boxer has to fight an assault each time; the fight will develop as you go. The boxer marks a simple plan in the ring, and then confronts it at the moment. You too. The correct unit of our work is the scene.

For the artisan of the theater, working to manipulate the emotions of others is an abusive and useless mistake. In the theater, and outside, we are annoyed by those who smile too effusively, who act too kind, or too sad, or too happy, who, in fact, narrate their supposed emotional state. Why does that bother us? Because we feel, correctly, that they only do it to take away or snatch something that we would be unwilling to give in exchange for an unaltered representation.

A very common poster in boxing gyms says: Boxers are normal men with extraordinary determination. I prefer to consider myself as a person with «talent»; and, if you let me say it, it seems to me that you too.

An actor is, mainly, a philosopher, a philosopher of interpretation, and the public understands it as such.
People, even though they do not know it, go to the theater to listen to the truth and celebrate it with one another. Although continuously disappointed, the need is so instinctive and primary that it continues to go. Your job is to tell the truth. It is an important vocation. Cultivate the habit of being proud of your efforts, big and small. Prepare the scene, be punctual, avoid criticism, learn the phrases, all these are efforts, and while you dedicate yourselves to that, you learn a trade, a much more valuable trade.
Take to the stage the same as you take to a room: the person you are. Your strength, your weaknesses, your capacity for action. Facing things reinforces your point of view, the most valuable possession of the actor.

The characterization work may have been done by the author or not. It is not your job and it is not your problem.
You do not have to portray the hero or the evil one. That is already done by the work for you.

Art does not flourish in subsidy and does not flourish in schools; It is more frightening, more sordid, more fun and authentic than the instructor’s assurances. It has to do with the soul. It is the counterweight in the reasonable world view, and that is why it is despised.
Loving, instead of stepping on, is the work of the artist.

It is not a sign of ignorance not to know the answers, but it is a great merit to face the questions.

Magnificent book, the success of Mamet in this book, in any case, goes more by the side of that we stop trying to please the sacred cows and that we look for our own path as actors. And in that we do not fall into a psychologism that makes us actors who «try to feel», but in actors who «do». With an honest and direct language, he flees from dogmas, providing a solid path.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.