¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos — Will Gompertz / What Are You Looking At?: The Surprising, Shocking, and Sometimes Strange Story of 150 Years of Modern Art by Will Gompertz

Un libro muy interesante a quién le guste el arte en general, divulgativo muy ameno y de fácil comprensión, me ha parecido un libro muy recomendable para amantes del arte.

En 1972 la Tate Gallery de Londres compró una escultura llamada Equivalent VIII, de Carl Andre, un artista minimalista estadounidense. Obra de 1966, estaba compuesta por ciento veinte ladrillos refractarios que, unidos según las instrucciones del artista, formaban un rectángulo de dos ladrillos de altura. Cuando la Tate la exhibió a mediados de los década de 1970, suscitó cierta polémica.
Aquellos ladrillos de color claro no tenían nada del otro jueves: cualquiera podría haber comprado cada una de las piezas por unos pocos peniques. La Tate Gallery pagó dos mil libras por ellos. Los periódicos pusieron el grito en el cielo: «¡Malgastan el dinero del Estado en un montón de ladrillos!». Hasta el Burlington Magazine, una respetable publicación periódica dedicada al arte, se preguntó: «¿Se han vuelto locos en la Tate?». ¿Por qué —se preguntaba una publicación— había dilapidado la Tate el precioso dinero público

No creo que sea una farsa. El arte moderno, que se extiende desde 1860 hasta 1970, y el arte contemporáneo (que suele considerarse el que producen los artistas vivos) no es una prolongada broma gastada por unos pocos a un público crédulo.
El mejor modo de empezar a apreciar y a disfrutar el arte moderno y contemporáneo no es decidir si es bueno o no, sino entender que ha evolucionado desde el clasicismo de Leonardo a los tiburones en escabeche o las camas deshechas de hoy en día. Como sucede con la mayoría de las cuestiones aparentemente impenetrables, el arte es como un juego. Todo lo que se necesita saber son las reglas básicas para que el que antes estaba desconcertado comience a entender algo. A pesar de que el arte conceptual tienda a ser visto como la regla del fuera de juego del arte moderno (esa que nadie puede llegar a comprender o explicar con una taza de café delante), es sorprendentemente sencillo. Además todo se basa según reglas de mercado en la oferta y la demanda.

Ejemplos de arte muchos, con el presidente Wilson un urinario al que se llamó fuente, Duchamp creía que había descubierto una nueva forma de escultura: una en la que el artista podía elegir cualquier objeto producido en masa y que ya existiera previamente, que no tuviera mérito artístico alguno, y, mediante la liberación del cometido y función originales (en otras palabras, volviéndolo inútil), dándole un título y cambiando el contexto y ángulo en el que habitualmente lo encontramos, lo convertía en una obra de arte de facto. Bautizó este nuevo modo de hacer arte con el nombre de readymade: una escultura que ya estaba hecha de antemano.

Así se nos habla del postimpresionismo, Courbet, los impresionistas, hasta la llegada de Cézanne, el primer pintor que pinta con 2 ojos, aprendiendo de los logros de Cézanne, comenzaron a reflexionar acerca de lo que se podría lograr si se remontaban un poco más atrás: a un tiempo anterior a la civilización moderna.

El primitivismo recorre la historia del arte moderno como el Támesis recorre Londres. Bajo este término se engloban pinturas y esculturas modernas y occidentales, que han copiado, o se han apropiado, de artefactos, tallas e imágenes producidas por culturas indígenas antiguas. Es un concepto que tiene que ver con el imperialismo, un término condescendiente acuñado por los ilustrados y «civilizados» europeos para referirse al arte de las «bárbaras» tribus de África, Sudamérica, Australia y el Pacífico sur.
La palabra da por supuesta una ausencia de evolución en esas culturas y en el arte que producen. La obra de Klimt tiene el aire místico del primitivismo, pero resulta mucho más opulenta y refinada que las que producían los artistas modernos parisinos que se inspiraban asimismo en un pasado lejano. Pese a que compartían buena parte de los referentes antiguos, los artistas de París tenían sus propias influencias. Los franceses habían establecido sus colonias en el África occidental, lo que dio pie a una inundación de artefactos que llegaban a París de manos de los comerciantes franceses que viajaban a África.
El precio es una muestra de la poderosa vigencia de las expresivas esculturas de Giacometti. Ese Hombre caminando aparentemente carbonizado y frágil parece consumido por el terror mientras avanza hacia un futuro incierto. La figura, semejante a una vara, de un metro ochenta de alto, esquelética y consumida, realza esa línea vertical que, como señalara Cézanne medio siglo antes, es la que dota de profundidad espacial a la visión del espectador. En este caso, es la que vertebra el drama existencial en el que el Hombre caminando está inmerso sin remisión: un prisionero del mundo moderno, hambriento de esperanza y vestido únicamente con el atuendo de la desesperación.

Nadie ha igualado las astutas observaciones de Apollinaire sobre la naturaleza auténtica del cubismo, un movimiento que puede parecer complejo hasta el punto de resultar impenetrable. Refiriéndose a su amigo Pablo Picasso, el cofundador del movimiento, Apollinaire dijo: “Picasso estudia un objeto del mismo modo que un cirujano disecciona un cadáver”.

Los ocho años transcurridos entre 1905 y 1913 vieron aparecer movimientos artísticos que salían de debajo de las piedras, como parientes olvidados en el funeral de un multimillonario; grupos de los que no se había escuchado hablar hasta la fecha que proclamaban ser los nuevos pioneros del arte porque se consideraban los nietos del impresionismo de Monet o de la teoría cromática de Seurat. Venían de Francia (fauvismo, cubismo, orfismo), de Alemania (El Puente, El Jinete Azul), Rusia (rayonismo) e Inglaterra (vorticismo). Algunos eran mejores que otros, algunos influyeron en otros, pero todos hicieron una aportación.

Se podría argumentar que Manet inauguró la abstracción a mediados del siglo XIX, cuando eliminó los detalles pictóricos en obras como el Bebedor de absenta (1858-1859). Cada una de las generaciones siguientes eliminó una cantidad de información visual aún mayor en un intento de captar la luz atmosférica (impresionismo), acentuar las cualidades emocionales del color (fauvismo) o mirar un objeto desde una multiplicidad de puntos de vista (cubismo).

Fueron los artistas de la Rusia revolucionaria quienes protagonizaron el siguiente capítulo de la historia del arte moderno. El país había soportado un traumático arranque del siglo XX. Una guerra con Japón, iniciada en 1904, había terminado en humillación y derrota, y se culpó de ello al autocrático monarca del país, el zar Nicolás II. A los problemas del impopular soberano se sumaron los conflictos internos. La clase trabajadora rusa, que constituía la abrumadora mayoría del país, estaba amargamente desencantada por las malas condiciones, los pobres jornales y los largos horarios que el zar Nicolás y sus aristocráticos amiguetes le obligaban a aguantar. Su furia culminó el 22 de enero de 1905, en una marcha de protesta que acabó ante el lujoso Palacio de Invierno del zar en San Petersburgo. Pero una vez allí, se encontraron con que el zar no estaba de humor para hacer concesiones. El real mandatario del país ordenó a la policía que atacara a los manifestantes, lo que resultó en la muerte de más cien trabajadores en un acontecimiento que pasó a la historia con el nombre de Domingo Sangriento.
Los despiadados métodos del zar demostraron ser efectivos: las protestas fueron soterradas. Pero también quedaron así sembradas las semillas de la caída definitiva del zar. Los trabajadores abandonaron el escenario, pero no desaparecieron del todo. En octubre de 1905, una huelga nacional. Los artistas rusos vencieron a sus políticos por goleada. El comunismo provocó una guerra fría con Occidente que pudo haber terminado en un Armagedón, pero que finalmente fracasó. Entre tanto, el arte no-objetivo daba forma al diseño moderno del siglo XX y proporcionó la base para que el minimalismo surgiera en Estados Unidos unos cincuenta años después, una evolución no exenta de ironía. Mientras los políticos se embarcaban en una guerra fría, el arte demostraba que ambos países se influenciaban el uno al otro más de lo que ninguno de los dos habría estado dispuesto a reconocer.
La pintora rusa Natalia Goncharova resumió la confianza que fluía por las venas de los artistas rusos en 1912 al escribir: «El arte ruso contemporáneo ha alcanzado tales cimas que en la actualidad desempeña un importante papel en el arte mundial. Las ideas occidentales contemporáneas ya no pueden servirnos». Hay algo magnético y atractivo en la simplicidad de esas rígidas formas adornadas con colores primarios que resulta imposible explicar o racionalizar. En cierto modo, aquellos artistas rusos lograron reducirlo todo a la nada para exponer más de lo que sabíamos que había ahí. Se trata de equilibrio y óptica, de tensión y textura. Pero, más que eso, se trata de lo inconsciente, de un arte que nos gusta, pero sin saber muy bien por qué. Malévich, Tatlin, Rodchenko, Popova y Lissitzky fueron unos brillantes visionarios, pioneros del primer arte totalmente abstracto.

A pesar del gran éxito del movimiento Dadá a la hora de convertirse en un movimiento de antiarte con puestos de avanzada en Nueva York, Berlín y París, en última instancia fracasó. La verdad es que vivimos en una sociedad infinitamente más avariciosa que la que Ball, Tzara, Duchamp y Picabia intentaban cambiar. Y paradigma de esa sociedad es el mundo del arte contemporáneo, que es más comercial de lo que haya sido nunca: los artistas ya no tienden a ser unos muertos de hambre que viven en buhardillas; varios de ellos son multimillonarios que viajan en jet privado por el mundo para promocionarse a sí mismos y su obra en una bienal u otra acompañados de su cohorte de asistentes. El mundo del arte es pura y llanamente un negocio.

De todos los movimientos del arte moderno, el surrealismo es el único acerca del cual la mayoría de nosotros creemos tener un grado razonable de conocimiento. Es una estilizada pintura de Dalí de un reloj que se derrite (La persistencia de la memoria, 1931) o su teléfono con una langosta a modo de auricular (Teléfono langosta, 1936). O es una de las fotografías en blanco y negro, parecidas a radiografías, de Man Ray: con doble exposición, etéreas y eróticas; el punto en el que el sueño se convierte en realidad o viceversa. Metáforas mezcladas y combinaciones incongruentes, happenings estrambóticos y resultados peculiares, ubicaciones macabras y viajes místicos; sí, conocemos el surrealismo.

La fascinación que muestra el collage por la cultura estadounidense se convertiría en un tema central del pop art, movimiento para el que la botella de Coca-Cola se convirtió en una imagen esencial, entendida por los artistas como la quintaesencia de esa promesa de satisfacción rápida propia del mercado de masas. Más allá de esto, el collage de Paolozzi encarna el espíritu fundamental del pop art: la creencia de que no existe una cultura elevada opuesta a una de cultura de masas, sino que son una y la misma, de que las imágenes extraídas de revistas o de botellas de refrescos son tan válidas como los óleos…

El mejor arte posmoderno surge de las observaciones de un inteligente espectador exterior, que contempla con admiración y aversión a partes iguales. A decir verdad, igual que todo el arte de calidad.

No existe un término general que englobe el arte surgido en las dos últimas décadas del siglo XX y el comienzo del XXI. En cuanto a los ismos, el posmodernismo fue el último oficialmente reconocido, y comenzó a perder fuerza a finales de la década de 1980. Cuando un académico o un crítico de prestigio hayan acuñado un término para calificar el arte generado desde finales de los años ochenta hasta la actualidad.
Los últimos veinticinco años han sido realmente extraordinarios. Nunca antes se había producido ni vendido tanto arte contemporáneo. Nunca antes el público y los medios de comunicación se habían interesado tanto por el tema.

La proliferación de esculturas monumentales y espectaculares que han surgido como setas en los espacios públicos de todo el mundo. Estas obras gigantes de arte contemporáneo, que a menudo son encargos de ayuntamientos o instituciones locales para mejorar la imagen de una ciudad, han terminado por cautivar la atención y la imaginación del público. En consecuencia, eso ha contribuido a que aumente el interés por el arte moderno hasta alcanzar unos niveles nunca antes vistos. Todo ello ha hecho surgir precipitadamente una etiqueta para calificar el fenómeno: arte de la experiencia.

Un gratificante libro y más que recomendable.

A very interesting book who likes art in general, informative very pleasant and easy to understand, I found it a highly recommended book for art lovers.

In 1972 the Tate Gallery in London bought a sculpture called Equivalent VIII, by Carl Andre, an American minimalist artist. Work of 1966, was composed of one hundred and twenty refractory bricks that, united according to the instructions of the artist, formed a rectangle of two bricks high. When the Tate exhibited it in the mid-1970s, it sparked some controversy.
Those light-colored bricks had nothing of the other Thursday: anyone could have bought each of the pieces for a few pennies. The Tate Gallery paid two thousand pounds for them. The newspapers shouted in the sky: “They waste the state money on a pile of bricks!” Even Burlington Magazine, a respectable periodical devoted to art, asked: “Have you gone crazy in the Tate?” Why, a publication was wondering, had the Tate squandered the precious public money?

I do not think it’s a farce. Modern art, which stretches from 1860 to 1970, and contemporary art (often considered to be the work of living artists) is not a prolonged joke spent by a few on a gullible public.
The best way to begin to appreciate and enjoy modern and contemporary art is not to decide whether it is good or not, but to understand that it has evolved from the classicism of Leonardo to the pickled sharks or the unmade beds of today. As with most seemingly impenetrable issues, art is like a game. All you need to know are the basic rules so that the one who was previously baffled begins to understand something. Although conceptual art tends to be seen as the rule of the offside of modern art (that which no one can understand or explain with a cup of coffee in front), it is surprisingly simple. In addition everything is based on market rules in supply and demand.

Many examples of art, with President Wilson a urinal that was called a fountain, Duchamp believed that he had discovered a new form of sculpture: one in which the artist could choose any mass-produced object that already existed previously, that did not have any artistic merit, and, by releasing the original role and function (in other words, rendering it useless), giving it a title and changing the context and angle in which we usually find it, turned it into a de facto work of art. He baptized this new way of making art with the name of readymade: a sculpture that was already made beforehand.

Thus we are told about post-impressionism, Courbet, the Impressionists, until the arrival of Cézanne, the first painter who paints with 2 eyes, learning from the achievements of Cézanne, they began to reflect on what could be achieved if they went back a little more back: to a time prior to modern civilization.

Primitivism traces the history of modern art as the Thames runs through London. Under this term are included modern and western paintings and sculptures, which have copied, or appropriated, artifacts, carvings and images produced by ancient indigenous cultures. It is a concept that has to do with imperialism, a condescending term coined by enlightened and “civilized” Europeans to refer to the art of the “barbarian” tribes of Africa, South America, Australia and the South Pacific.
The word assumes an absence of evolution in those cultures and in the art they produce. Klimt’s work has the mystical air of primitivism, but it is much more opulent and refined than those produced by modern Parisian artists who were also inspired by a distant past. Although they shared many of the old references, the artists of Paris had their own influences. The French had established their colonies in West Africa, which led to a flood of artifacts arriving in Paris from the French merchants traveling to Africa.
The price is a sample of the powerful validity of Giacometti’s expressive sculptures. That man walking apparently carbonized and fragile seems consumed by terror as he moves towards an uncertain future. The figure, similar to a rod, one meter eighty tall, skeletal and consumed, enhances that vertical line that, as Cézanne pointed out half a century earlier, is what gives the viewer’s vision spatial depth. In this case, it is the one that structures the existential drama in which Man walking is immersed without remission: a prisoner of the modern world, hungry for hope and dressed only in the garb of despair.

No one has matched Apollinaire’s astute observations about the authentic nature of Cubism, a movement that may seem complex to the point of being impenetrable. Referring to his friend Pablo Picasso, the co-founder of the movement, Apollinaire said: “Picasso studies an object in the same way that a surgeon dissects a corpse.”

The eight years between 1905 and 1913 saw artistic movements appear that came from under the stones, like forgotten relatives at the funeral of a billionaire; groups that had not been heard to date that claimed to be the new pioneers of art because they were considered the grandchildren of Monet’s impressionism or Seurat’s chromatic theory. They came from France (Fauvism, Cubism, Orphism), Germany (The Bridge, The Blue Rider), Russia (Rayonism) and England (Vorticism). Some were better than others, some influenced others, but all made a contribution.

One could argue that Manet inaugurated abstraction in the mid-nineteenth century, when he eliminated the pictorial details in works such as the Absinthe Drinker (1858-1859). Each of the following generations eliminated an even greater amount of visual information in an attempt to capture the atmospheric light (impressionism), accentuate the emotional qualities of color (fauvism) or look at an object from a multiplicity of points of view (cubism).

It was the artists of revolutionary Russia who starred in the next chapter of the history of modern art. The country had endured a traumatic start to the 20th century. A war with Japan, begun in 1904, had ended in humiliation and defeat, and the autocratic monarch of the country, Tsar Nicholas II, was blamed for it. Internal conflicts were added to the problems of the unpopular sovereign. The Russian working class, which constituted the overwhelming majority of the country, was bitterly disenchanted by the poor conditions, poor wages and long hours that Tsar Nicholas and his aristocratic friends forced him to endure. His fury culminated on January 22, 1905, in a protest march that ended before the luxurious Tsar’s Winter Palace in St. Petersburg. But once there, they found that the Tsar was not in the mood to make concessions. The real ruler of the country ordered the police to attack the demonstrators, which resulted in the death of over one hundred workers in an event that went down in history with the name of Bloody Sunday.
The ruthless methods of the Tsar proved effective: the protests were buried. But the seeds of the final fall of the czar were also sown. The workers left the stage, but they did not disappear altogether. In October 1905, a national strike. The Russian artists defeated their politicians by a landslide. Communism provoked a cold war with the West that could have ended in an Armageddon, but that ultimately failed. Meanwhile, non-objective art gave shape to the modern design of the 20th century and provided the basis for minimalism to emerge in the United States some fifty years later, an evolution not without irony. While politicians embarked on a cold war, art demonstrated that both countries influenced each other more than either of them would have been willing to acknowledge.
The Russian painter Natalia Goncharova summed up the confidence that flowed through the veins of Russian artists in 1912 when she wrote: «Contemporary Russian art has reached such peaks that today it plays an important role in world art. Contemporary Western ideas can no longer serve us. ” There is something magnetic and attractive in the simplicity of those rigid forms adorned with primary colors that is impossible to explain or rationalize. In a way, those Russian artists managed to reduce everything to nothing to expose more than we knew there was. It is about balance and optics, tension and texture. But, more than that, it is about the unconscious, an art that we like, but without knowing very well why. Malévich, Tatlin, Rodchenko, Popova and Lissitzky were brilliant visionaries, pioneers of the first totally abstract art.

Despite the great success of the Dada movement at the time of becoming an anti-art movement with outposts in New York, Berlin and Paris, it ultimately failed. The truth is that we live in a society infinitely more greedy than the one that Ball, Tzara, Duchamp and Picabia tried to change. And the paradigm of that society is the world of contemporary art, which is more commercial than it has ever been: artists no longer tend to be starving people who live in attics; several of them are multimillionaires who travel by private jet around the world to promote themselves and their work in a biennial or another accompanied by their cohort of assistants. The art world is purely and simply a business.

Of all the movements of modern art, surrealism is the only one about which most of us believe to have a reasonable degree of knowledge. It is a stylized Dalí painting of a clock that melts (The Persistence of Memory, 1931) or his phone with a lobster as an earphone (Phone lobster, 1936). Or it is one of the black and white photographs, similar to x-rays, of Man Ray: with double exposure, ethereal and erotic; the point at which the dream becomes reality or vice versa. Mixed metaphors and incongruous combinations, bizarre happenings and peculiar results, macabre locations and mystical journeys; Yes, we know surrealism.

The fascination that collage shows for American culture would become a central theme of pop art, a movement for which the Coca-Cola bottle became an essential image, understood by artists as the quintessence of that promise of quick satisfaction typical of the mass market. Beyond this, Paolozzi’s collage embodies the fundamental spirit of pop art: the belief that there is no high culture opposed to one of mass culture, but that they are one and the same, that images taken from magazines or of soft drink bottles are as valid as oil paintings …

The best postmodern art emerges from the observations of an intelligent outside viewer, who contemplates with admiration and aversion in equal parts. To tell the truth, as well as all the quality art.

There is no general term that encompasses the art that emerged in the last two decades of the 20th century and the beginning of the 21st. As for the isms, postmodernism was the last officially recognized, and began to lose strength at the end of the 1980s. When a scholar or a prestigious critic has coined a term to qualify the art generated since the late eighties to the present.
The last twenty-five years have been truly extraordinary. Never before had so much contemporary art been produced or sold. Never before has the public and the media been so interested in the subject.

The proliferation of monumental and spectacular sculptures that have emerged as mushrooms in public spaces around the world. These gigantic works of contemporary art, which are often commissioned by local councils or institutions to improve the image of a city, have ended up captivating the attention and imagination of the public. As a result, this has contributed to an increase in interest in modern art to reach levels never before seen. All this has precipitately produced a label to describe the phenomenon: art of experience.

A rewarding book and more than recommended.

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