Frenad el desastre del €uro — Max Otte / Stop €uro Disaster by Max Otte

Este es un breve libro pero muy interesante sobre la crisis del euro, si el sistema financiero finalmente se hubiera vuelto más seguro y las personas hubieran podido mirar hacia un futuro mejor.
Pero no ha ocurrido nada de eso. La reforma urgentemente necesaria del sector financiero no se efectuó. Después de una breve pausa tras el espanto inicial, los bancos y los fondos de inversión y otros actores financieros siguen actuando como antes: sin encontrar impedimentos por parte de la política, siguen practicando su negocio de alto riesgo y a menudo tóxico. Y la promesa con que la canciller federal alemana Merkel se llenó la boca en 2008.
Nuestro dinero no va a Grecia, Irlanda o Portugal, no; el dinero fluye de nuevo hacia los bancos que una vez más han jugado arriesgadamente con él, en esta ocasión con los empréstitos griegos. El hecho es que no existe ninguna «crisis del euro». Nos encontramos en medio de una nueva crisis bancaria. Los beneficiarios de los paquetes de rescate son de nuevo los bancos de inversión y los superricos. Y Europa no se salva de ningún modo con esta locura, sino que se divide, al contrario, en provecho de esta oligarquía financiera, a la que la política se ha sometido de forma complaciente.
Si el enemigo permanece en el anonimato y los fallos del sistema no se reconocen, la oligarquía financiera puede seguir ejecutando sus desmanes. Comprender es el primer paso hacia un orden más justo. Del conocimiento surge la resistencia, el compromiso, el cambio.

Las cuestiones fundamentales del orden monetario y bancario no son tan complejas como nos quieren hacer creer, Josef Ackermann —director ejecutivo del Deutsche Bank— calificándolo de «inversor inteligente». Es evidente que este hombre no había comprendido nuestro sistema financiero. Porque lo que menos hace el Deutsche Bank, entre sus actividades de negocio, es «invertir», es decir, colocar dinero a largo plazo y de forma productiva.
Los bancos de inversión, de los que hoy tanto se habla, no son bancos en el sentido clásico. Estos bancos no conceden créditos a largo plazo y raramente invierten fondos por un largo período de tiempo. Los bancos de inversión son sobre todo agentes intermediarios.

Las sociedades de inversión invierten el capital de sus impositores en valores y objetos de inversión. También las aseguradoras son en cierto modo sociedades de inversión, ya que generalmente tienen grandes capitales por colocar. Algo que, por otra parte, puede ser perfectamente útil para la economía. Muchos fondos de pensiones de los Estados Unidos, por ejemplo, colocan el capital de los trabajadores a largo plazo en acciones de calidad. Los problemas surgen cuando sociedades de inversión trabajan con dinero prestado (leverage), realizan apuestas de riesgo, especulan frenéticamente en la Bolsa o no actúan con suficiente transparencia. Y por desgracia, eso es lo que ocurre hoy cada vez con más frecuencia: muchas sociedades de inversión y bancos en la sombra trabajan de un modo extremadamente especulativo, por ejemplo, los hedge funds o las sociedades Private Equity (sociedades de capital privado).

Louis Brandeis, uno de los más acreditados jueces constitucionalistas de los Estados Unidos, acuñó en 1913 el concepto de «oligarquía financiera». Esta oligarquía financiera, constituida por bancos de inversión, hedge funds, bancos en la sombra, agencias de rating y otros actores, es actualmente el poder civil dominante a nivel mundial. Esta constatación no se basa en ninguna rebuscada teoría de la conspiración, sino que constituye un reconocimiento objetivo de la situación a la vista de las relaciones de poder económicas y sociales. Y éstas son muy claras: hoy los grandes y poderosos bancos de inversión —en los Estados Unidos, en primera línea, Goldman Sachs, y en Alemania el Deutsche Bank— se encuentran sin asomo de dudas en la cúspide de la cadena alimentaria. Estas instituciones son las que actúan más rápido, cuentan con los ingenieros financieros más capacitados y además disponen de las mejores relaciones con círculos gubernamentales.
La mayoría de los economistas se han convertido en dóciles cómplices de un sistema destructivo. Como una casta sacerdotal del capitalismo, legitiman una actuación sin trabas y predican el mantra de la oligarquía financiera.

Por desgracia en los años noventa, precisamente los modernos gobiernos socialdemócratas desarrollaron una funesta alianza con la oligarquía financiera. En Inglaterra, el ministro de Finanzas en el gabinete de Blair, Gordon Brown, rebajó la imposición a las ganancias del capital al 18 %. En Alemania, la alianza rojaverde bajo Gerhard Schröder y Joschka Fischer desempeñó, de manera parecida, un papel desastroso en este sentido; igual que en Estados Unidos los demócratas bajo Bill Clinton. En España, el gobierno de Zapatero, exactamente como sus antecesores, hizo poco para contener las tramas de especulación inmobiliaria. En todas partes, la política capituló ante la oligarquía financiera.

El euro no ha unido a Europa, sino que la ha escindido.

Grecia, Irlanda, España y Portugal obtuvieron de pronto créditos a un interés más bajo garantizados por Alemania. Y esto condujo en estos países a una insana burbuja especulativa: en Grecia a un boom del consumo y de las deudas del Estado, en España a un creciente endeudamiento privado y a una burbuja en el precio de la vivienda y en Irlanda a un boom de inversiones mal dirigido.
En el sistema monetario europeo con tipos de cambio más estables y flexibles fundado por Valery Giscard d’Estaing y Helmut Schmidt, a Alemania y a Europa les iba mejor. Por un lado, la fijación del tipo de cambio proporcionaba estabilidad, y por otro, los países también podían apreciar o depreciar su moneda cuando se anunciaban desajustes que podían provocar problemas de importancia.

“Acreedores privados» es de nuevo un concepto propagandístico de la oligarquía financiera que induce al engaño. Porque «privado» sugiere que se está hablando de sencillos ciudadanos y ciudadanas. Y nada está más lejos de la verdad. Los acreedores privados son en realidad bancos y prestadores de servicios financieros, y en primer lugar bancos griegos, que a menudo se encuentran en manos de millonarios y oligarcas griegos.
Estos son los actores a los que nosotros «rescatamos» ahora en toda Europa; no al euro ni a Grecia ni tampoco a los griegos. Pues nosotros, la generalidad de los contribuyentes, somos el tercer grupo que puede participar en el saneamiento de un acreedor insolvente.

Una y otra vez se atiza el miedo a una «extensión del incendio» para impedir que bancos, prestadores de servicios financieros y superricos tengan que participar con algo más que una contribución simbólica a la superación del desastre que ellos mismos han provocado. También esta «extensión del incendio» es un cuento. Sin duda, algunos bancos se encontrarían en dificultades si Grecia, Irlanda, Portugal o España no pagaran una parte de sus deudas o alargaran la devolución. Pero eso no sería el fin del mundo.

La vuelta de países individuales de la UE a las propias monedas no inicia de ningún modo la disolución de la Unión Europea, sino que promete, al contrario, su sanación. Los Estados en crisis seguirían siendo miembros de pleno valor de la UE y podrían aprovechar sus ventajas, igual que lo hacen esos diez países europeos que desde el principio se decidieron en contra del euro y conservaron sus monedas nacionales. Pero al mismo tiempo esos Estados podrían practicar de nuevo su propia política económica; a través de la desvalorización de sus monedas podrían volver a ser competitivos, y los gobiernos democráticamente elegidos ya no serían extorsionados por la oligarquía financiera.
Una salida del euro de este tipo no sería barata. Sin duda de nuevo se requeriría la solidaridad de Alemania y de los otros países fuertes. Los países en crisis probablemente quedarían recortados a corto plazo de los mercados de crédito y necesitarían nuevas ayudas financieras. Pero sería el mejor camino para bajarse de la espiral de deudas y abrir una perspectiva a Europa y a un «euro nuclear» duro.

Para establecer con éxito una moneda común se necesita un espacio económico unitario, así como la movilidad de mercancías, capital y trabajo. Pero la Unión Europea nunca fue eso: sus economías son muy diferentes. Y por este motivo no era apropiada para el experimento de una unión monetaria. Cualquier economista podía reconocer ya en su momento el error fundamental de construcción del euro. Por eso preví, ya en 1998, que el euro conduciría a una crisis de legitimación de la Unión Europea. Sin embargo, no contaba con que Alemania fuera a arrodillarse ante la oligarquía financiera y abandonara sin resistencia nuestra cultura de estabilidad así como la autonomía del Bundesbank, una de las últimas columnas intactas del modelo de éxito alemán.

Recientemente ha aparecido incluso en el Financial Times Deutschland un artículo en el que se expone que los actores en Estados Unidos utilizan a las agencias de rating para prolongar el sufrimiento en Europa. A Estados Unidos, esta debilidad de la eurozona sólo puede convenirle, dado que el dólar está amenazado como moneda de reserva mundial. El peligro que supone para nuestra democracia el dominio desenfrenado del capital financiero sólo es comparable tal vez al que se vivió, por última vez, hace cien años en los Estados Unidos. Posteriormente, durante décadas, las reformas introducidas después de la crisis económica mundial aseguraron la primacía de la política sobre los mercados financieros. Hoy, sin embargo, el dominio sin límites de los mercados financieros se impone de una forma cada vez más brutal. La igualdad de oportunidades, fundamento de una democracia moderna, a menudo no se da ya en nuestra sociedad. Bajo el dictado de los mercados financieros supuestamente eficientes, estamos pasando de nuevo de la sociedad del rendimiento a una sociedad de clases.

Para mejorar se necesitan unas simples medidas:
1. Unas exigencias firmes de capital propio mínimo para todos los actores financieros en lugar de las exageradamente blandas y manipulables reglas de Basilea I y Basilea II harían el sistema considerablemente más transparente y seguro.
2. Las limitaciones de tamaño para los prestadores de servicios financieros limitarían su poder de mercado y harían imposibles las extorsiones a Estados enteros por parte de megainstitutos.
3. La separación de bancos comerciales y bancos de inversión y la regulación del modelo de negocio, como se decretó en 1932 en Estados Unidos con la Glass-Steagall Act, evitaría la especulación de los bancos con imposiciones de sus clientes privados y comerciales.
4. La introducción de un impuesto sobre las transacciones financieras rebajaría la especulación —y en contra de lo que afirma la propaganda del lobby financiero— apenas supondría una carga para los pequeños ahorradores.
5. La fundación de una agencia de rating estatal europea quebrantaría de golpe el poder de los cárteles privados anglosajones. El Banco Central Europeo cuenta con suficientes economistas para poder llevar a cabo este proyecto en cualquier momento.

Otro magnífico libro sobre lo sucedido en nuestro continente europeo cada día más resquebrajado.

This is a brief but very interesting book about the euro crisis, if the financial system had finally become more secure and people could have looked towards a better future.
But nothing like that has happened. The urgently needed reform of the financial sector was not carried out. After a brief pause after the initial shock, banks and investment funds and other financial actors continue to act as before: without encountering any impediments on the part of politics, they continue to practice their high-risk and often toxic business. And the promise with which German Federal Chancellor Merkel filled her mouth in 2008.
Our money does not go to Greece, Ireland or Portugal, no; Money flows back to the banks that once again have risked risky play with him, this time with Greek loans. The fact is that there is no “euro crisis”. We are in the midst of a new banking crisis. The beneficiaries of the rescue packages are again the investment banks and the super rich. And Europe is not saved in any way by this madness, but is divided, on the contrary, to the advantage of this financial oligarchy, to which the policy has been submitted in a complacent manner.
If the enemy remains anonymous and the failures of the system are not recognized, the financial oligarchy can continue executing its excesses. Understanding is the first step towards a fairer order. Knowledge comes from resistance, commitment, change.

The fundamental issues of monetary and banking order are not as complex as we are led to believe, Josef Ackermann – executive director of Deutsche Bank – calling him an “intelligent investor”. It is evident that this man had not understood our financial system. Because what Deutsche Bank does least among its business activities is “investing”, that is, placing money in the long term and in a productive way.
The investment banks, which are so widely talked about today, are not banks in the classical sense. These banks do not grant long-term loans and rarely invest funds for a long period of time. Investment banks are primarily intermediary agents.

Investment companies invest the capital of their depositors in securities and investment objects. Also insurers are in a way investment companies, since they usually have large capital to be placed. Something that, on the other hand, can be perfectly useful for the economy. Many pension funds in the United States, for example, place the capital of long-term workers in quality shares. The problems arise when investment companies work with borrowed money (leverage), make risk bets, frantically speculate in the stock market or do not act with enough transparency. And unfortunately, that is what happens more and more frequently today: many investment companies and shadow banks work in an extremely speculative way, for example, hedge funds or Private Equity companies.

Louis Brandeis, one of the most accredited constitutional judges in the United States, coined the concept of “financial oligarchy” in 1913. This financial oligarchy, constituted by investment banks, hedge funds, shadow banks, rating agencies and other actors, is currently the dominant civil power worldwide. This observation is not based on any elaborate theory of conspiracy, but constitutes an objective recognition of the situation in view of economic and social power relations. And these are very clear: today the large and powerful investment banks – in the United States, in the front line, Goldman Sachs, and in Germany the Deutsche Bank – are without a doubt at the top of the food chain. These institutions are the ones that act faster, have the most qualified financial engineers and also have the best relations with government circles.
Most economists have become docile accomplices of a destructive system. As a priestly caste of capitalism, they legitimize an unfettered performance and preach the mantra of the financial oligarchy.

Unfortunately in the 1990s, the modern social democratic governments developed a dismal partnership with the financial oligarchy. In England, the Minister of Finance in Blair’s cabinet, Gordon Brown, lowered the capital gains tax to 18%. In Germany, the red-green alliance under Gerhard Schröder and Joschka Fischer played a similarly disastrous role in this regard; as in the United States, the Democrats under Bill Clinton. In Spain, Zapatero’s government, just like its predecessors, did little to contain the plots of real estate speculation. Everywhere, politics capitulated to the financial oligarchy.

The euro has not united Europe, but has split it.

Greece, Ireland, Spain and Portugal suddenly obtained lower interest loans guaranteed by Germany. And this led in these countries to an insane speculative bubble: in Greece to a boom of consumption and of the debts of the State, in Spain to a growing private indebtedness and a bubble in the price of housing and in Ireland to an investment boom poorly directed
In the European monetary system with more stable and flexible exchange rates founded by Valery Giscard d’Estaing and Helmut Schmidt, Germany and Europe fared better. On the one hand, fixing the exchange rate provided stability, and on the other hand, countries could also appreciate or depreciate their currency when they announced imbalances that could cause major problems.

“Private creditors” is again a propaganda concept of the financial oligarchy that leads to deception. Because “private” suggests that we are talking about simple citizens and citizens. And nothing is further from the truth. Private creditors are actually banks and financial service providers, and in the first place Greek banks, which are often in the hands of Greek millionaires and oligarchs.
These are the actors that we “rescue” now throughout Europe; not the euro or Greece or the Greeks. For us, the generality of the taxpayers, we are the third group that can participate in the reorganization of an insolvent creditor.

Again and again the fear of an “extension of the fire” is fueled to prevent banks, providers of financial and super-rich services from participating with more than a symbolic contribution to overcoming the disaster they have caused. This “extension of the fire” is also a story. Undoubtedly, some banks would find themselves in difficulties if Greece, Ireland, Portugal or Spain did not pay part of their debts or lengthen the repayment. But that would not be the end of the world.

The return of individual countries of the EU to the own currencies does not initiate in any way the dissolution of the European Union, but it promises, on the contrary, its healing. States in crisis would remain full-fledged members of the EU and could take advantage of their advantages, just like those ten European countries that from the beginning decided against the euro and kept their national currencies. But at the same time, those States could again practice their own economic policy; through the devaluation of their currencies they could become competitive again, and democratically elected governments would no longer be extorted by the financial oligarchy.
An exit from the euro of this kind would not be cheap. No doubt again the solidarity of Germany and the other strong countries would be required. Countries in crisis would probably be cut short in credit markets and would need new financial aid. But it would be the best way to get out of the spiral of debt and open a perspective to Europe and a hard “nuclear euro”.

To establish a common currency successfully, a unitary economic space is needed, as well as the mobility of goods, capital and labor. But the European Union was never that: their economies are very different. And for this reason it was not appropriate for the experiment of a monetary union. Any economist could already recognize at the time the fundamental error of construction of the euro. That is why I foresaw, already in 1998, that the euro would lead to a crisis of legitimacy in the European Union. However, I did not expect Germany to kneel before the financial oligarchy and abandon without resistance our culture of stability as well as the autonomy of the Bundesbank, one of the last intact columns of the German success model.

Recently, in the Financial Times Deutschland, an article has appeared that exposes that actors in the United States use rating agencies to prolong suffering in Europe. To the United States, this weakness of the eurozone can only be convenient, given that the dollar is threatened as a world reserve currency. The danger posed to our democracy by the unbridled domination of financial capital is only comparable to that experienced for the last time a hundred years ago in the United States. Subsequently, for decades, reforms introduced after the global economic crisis ensured the primacy of politics over financial markets. Today, however, the unlimited domain of financial markets is imposed in an increasingly brutal way. Equality of opportunity, the foundation of a modern democracy, often does not occur in our society. Under the dictation of supposedly efficient financial markets, we are once again moving from the performance society to a class society.

To improve, simple measures are needed:
1. Strong minimum capital requirements for all financial actors instead of the overly soft and manipulable Basel I and Basel II rules would make the system considerably more transparent and secure.
2. Size limitations for financial service providers would limit their market power and make impossible extortions to whole states by mega-institutes.
3. The separation of commercial banks and investment banks and the regulation of the business model, as was decreed in 1932 in the United States with the Glass-Steagall Act, would avoid the speculation of banks with deposits from their private and commercial clients.
4. The introduction of a tax on financial transactions would reduce speculation – and contrary to what the propaganda of the financial lobby affirms – it would hardly be a burden for small savers.
5. The founding of a European state rating agency would suddenly shatter the power of private Anglo-Saxon cartels. The European Central Bank has enough economists to be able to carry out this project at any time.

Another magnificent book about what happened in our European continent every day more cracked.

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