La doctrina del Shock — Naomi Klein / The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism by Naomi Klein

Este libro es un desafío contra la afirmación más apreciada y esencial de la historia oficial: que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia. En lugar de eso, demostraré que esta forma fundamentalista del capitalismo ha surgido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en el cuerpo político colectivo así como en innumerables cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo —el auge del corporativismo, en realidad— ha sido escrita con letras de shock.

Del shock y de la conmoción surgen miedos, peligros y destrucciones inaprensibles para la mayor parte de la gente, para elementos y sectores específicos de la sociedad de la amenaza, o para los dirigentes.

La relación entre los enormes beneficios de las empresas y las grandes catástrofes, pensé que me hallaba frente a un cambio radical en la forma en que la «liberalización» de mercados se desarrollaba en todo el mundo.

El miedo y el desorden como catalizadores de un nuevo salto hacia delante son las bases del nuevo capitalismo.

Entre el tráfico de armas, la privatización de los ejércitos, la industria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad interior, el resultado de la terapia de shock tutelada por la administración Bush después de los atentados es, en realidad, una nueva economía plenamente articulada. Nació en la era Bush, pero existe independientemente de una administración concreta y seguirá funcionando.

La ideología cambia continuamente de forma, de nombres y de identidades. Friedman se consideraba un «liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que relacionaban el liberalismo con elevados impuestos y hippies, tendieron a identificarse como «conservadores», «economistas clásicos», «defensores del libre mercado», y más tarde, seguidores de las «reaganomics» o del «laissez-faire» . En la mayor parte del mundo, son conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los términos «libre mercado» o, sencillamente, «globalización». Únicamente desde mediados de los años noventa, este movimiento intelectual dirigido por los think tanks de extrema derecha con los que Friedman trabajó durante varios años —como Heritage Foundation, Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha enrolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria militar al servicio de los propósitos del conglomerado empresarial.
Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso para con una trinidad política: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Una de las características del Estado corporativista es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en masa, reducción de las libertades civiles y a menudo, aunque no siempre, tortura.

La tortura es más que una herramienta empleada para imponer reglas no deseadas a una población rebelde. También es una metáfora de la lógica subyacente en la doctrina del shock.
La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los «interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas diseñado para colocar al prisionero en un estado de profunda desorientación y shock, con el fin de obligarle a hacer concesiones contra su voluntad.

Los creyentes de la doctrina del shock están convencidos de que solamente una gran ruptura —como una inundación, una guerra o un ataque terrorista— puede generar el tipo de tapiz en blanco, limpio y amplio que ansían. En esos períodos maleables, cuando no tenemos un norte psicológico y estamos físicamente exiliados de nuestros hogares, los artistas de lo real sumergen sus manos en la materia dócil y dan principio a su labor de remodelación del mundo.

Las tres formas de shock convergieron en los cuerpos de los ciudadanos latinoamericanos y en el cuerpo político de la zona, desatando un huracán sin fin de destrucción y reconstrucción mutuamente reforzadas, eliminación y creación, en un ciclo monstruoso. El choque del golpe militar preparó el terreno de la terapia de shock económica.
El shock de las cámaras de tortura y el terror que causaban en el pueblo impedían cualquier oposición frente a la introducción de medidas económicas. De este laboratorio vivo emergió el primer Estado de la Escuela de Chicago, y la primera victoria de su contrarrevolución global. Pinochet de Chile como Argentina fueron el terror en grado absoluto.
El proyecto de la Escuela de Chicago en América Latina se construyó literalmente sobre los centros de tortura secretos en los que desaparecieron miles de personas que creían en un país diferente.

La industria de la coca desempeñó un papel significativo en la reactivación de la economía de Bolivia y la remisión de la inflación (un hecho reconocido actualmente por los historiadores, pero jamás mencionado por Sachs en sus explicaciones de cómo sus reformas vencen a la inflación). Sólo dos actos después de la «bomba atómica» lanzada sobre la economía boliviana, las exportaciones ilegales de droga generaban más ingresos para el país que todas sus exportaciones legales juntas, y, según las estimaciones, unas 350.000 personas se ganaban la vida dedicándose a algún aspecto del comercio de la droga. El «milagro boliviano» lanzó de inmediato a Sachs al estrellato en los círculos del poder financiero y catapultó su carrera académica como experto más destacado en economías golpeadas por la crisis, lo que, en los años siguientes, le llevaría a Argentina, Perú, Brasil, Ecuador y Venezuela.
Las alabanzas vertidas sobre Sachs no estaban motivadas simplemente por el hecho de que se hubiera logrado contener la inflación en un país pobre, sino porque había conseguido lo que tantos habían juzgado imposible: había contribuido a organizar una transformación radical de signo neoliberal dentro de los confines de una democracia. Bolivia demostró que la terapia de shock podía ser impuesta en un país que acababa de celebrar unas elecciones, pero no evidenció que pudiese ser aceptada democráticamente o sin represión; en realidad, volvió a ser una prueba evidente de lo contrario. Lo que hizo Paz y algunos llamaron “política vudú”, simplemente fue mentir. El estilo característico de las actuaciones de las juntas militares del Cono Sur: para que el régimen pudiera imponer una terapia económica de shock, era necesario que desaparecieran ciertas personas (aunque sólo fuera de forma temporal). Y, si bien en el caso boliviano las desapariciones fueron, sin duda, menos brutales, cumplieron el mismo fin al que habían contribuido en las dictaduras vecinas en la década de los setenta.

Toda historia (y las que se cuentan sobre los países en transición con aún más razón) tiene gran parte de mito. Pero la que habitualmente se narra sobre lo acontecido en Polonia y China mejora con mucho la realidad. En Polonia, la democracia fue empleada como arma contra los «mercados libres» en la calle y en las urnas. En China, por su parte, el impulso del capitalismo sin restricciones arrolló a la democracia en la plaza de Tiananmen, pero el shock y el terror desataron uno de los booms inversores más lucrativos y sostenidos de la historia moderna. Un nuevo milagro nacido de una masacre.

La terapia de shock siempre tiene mucho de escenificación dramática de cara al mercado: ahí radica parte del fundamento teórico sobre el que se sustenta. La Bolsa adora esos momentos con un fuerte componente de gestión, y promocionados a bombo y platillo, que disparan los precios de las acciones y que suelen venir propiciados por la salida a bolsa de una compañía importante, por el anuncio de una gran fusión o por el fichaje de un presidente ejecutivo de gran fama por parte de una empresa importante. Cuando los economistas instan a los países a anunciar un paquete de medidas de terapia de shock generalizada, su consejo se basa en parte en la conveniencia de imitar esos acontecimientos dramáticos de los mercados y provocar una estampida (aunque, en ese caso, en lugar de vender acciones de una empresa, lo que se vende es un país entero). La respuesta esperada es simple: «¡Compren participaciones argentinas!», «¡Compren bonos bolivianos!». Un enfoque más lento y cuidadoso podría resultar menos brutal, pero privaría al mercado de esas burbujas especulativas durante las que se gana dinero de verdad. La terapia de shock siempre supone una apuesta destacada en un juego de azar, pero en Sudáfrica no salió bien: el grandilocuente gesto de Mbeki no logró atraer inversiones a largo plazo y propició únicamente apuestas especulativas que acabaron devaluando aún más la moneda.

La corrupción ha sido un elemento tan habitual de estas fronteras contemporáneas como lo fue durante las fiebres del oro coloniales. Como los acuerdos de privatización más significativos se firman siempre en medio del tumulto generado por una crisis económica o política, no impera casi nunca en esos momentos un marco legislativo claro ni unas autoridades reguladoras efectivas: el ambiente es caótico y los precios son tan flexibles como los dirigentes políticos. Lo que hemos estado viviendo durante tres décadas ha sido un capitalismo de frontera, una frontera que ha ido cambiando constantemente de ubicación, de crisis en crisis, trasladándose tan pronto como la ley se ha ido poniendo al día de la situación en cada nuevo lugar.

La historia de la crisis asiática suele concluir en ese punto: el FMI intentó ayudar, pero la cosa no funcionó. Incluso la propia auditoría interna del FMI llegó a esa misma conclusión. La Oficina de Evaluación Independiente del Fondo concluyó que los ajustes estructurales exigidos fueron «desacertados» y «más amplios de los aparentemente necesarios», además de «no cruciales para la resolución de la crisis». También advirtió de que «la crisis no debería utilizarse como una oportunidad para imponer un amplio programa de reformas sólo porque la influencia durante ese momento es muy elevada y con independencia de lo justificables que puedan ser sus méritos». En un apartado especialmente contundente de aquel informe interno, la Oficina acusaba al Fondo de haber actuado cegado hasta tal punto por la ideología del libre mercado que el simple hecho de considerar algo tan lógico como la instauración de controles sobre los flujos de capitales había resultado institucionalmente inimaginable. «Si ya era una herejía sugerir que los mercados financieros no estaban distribuyendo el capital mundial de un modo racional y estable, contemplar [la posibilidad de establecer controles de capitales] constituía sencillamente un pecado mortal».
Lo que pocos estaban dispuestos a admitir por aquel entonces era que, si bien el FMI le falló (y de qué manera) al pueblo de Asia, no decepcionó en absoluto a Wall Street.

Durante los años noventa, muchas empresas que tradicionalmente habían fabricado sus propios productos con plantillas numerosas y estables se pasaron al que terminó conociéndose como el modelo Nike: no poseer fábrica alguna, producir los artículos mediante una complicada red de contratistas y subcontratistas, e invertir los recursos en diseño y marketing. Otras empresas optaron por el modelo alternativo, el de Microsoft: mantener un centro de control férreo de los accionistas/empleados que llevan a cabo las «competencias básicas» de la empresa y recurrir a temporales para todo lo demás, desde la gestión de la sala de correo hasta redactar un código. Algunos bautizaron como “multinacionales huecas”sometidas a reestructuraciones radicales, sin apenas contenido tangible.

Con la guerra contra el terror, los neoconservadores no renunciaron a sus objetivos económicos: encontraron un nuevo modo, todavía más eficaz, de conseguirlos. Por supuesto, estos tiburones de Washington están comprometidos con el papel imperialista de Estados Unidos en el mundo y de Israel en Oriente Medio. Sin embargo, resulta imposible separar el proyecto militar —guerras interminables en el extranjero y un Estado de la seguridad en casa— de los intereses del complejo del capitalismo del desastre, que ha generado una industria multimillonaria basada en esos supuestos. En ningún lugar se ha visto más clara la fusión entre los objetivos políticos y los económicos que en los campos de batalla de Irak.
El caos en Irak trajo otra consecuencia de la que se ha hablado poco: cuanto más tiempo transcurría, más se privatizaba la presencia extranjera hasta el punto de llegar a crear un nuevo paradigma de guerra y de respuesta a las catástrofes humanas.
En este punto surtió pleno efecto la ideología de la privatización radical que centraba el anti-Plan Marshall. La inquebrantable negativa de la administración Bush a dotar de personal a la guerra en Irak (con tropas o con empleados civiles bajo su control) tuvo unos beneficios claros para su otra guerra: la de subcontratar el gobierno de Estados Unidos. Esta cruzada, que dejó de ser el tema central de la retórica pública de la administración, ha seguido siendo una obsesión permanente entre bastidores y ha tenido mucho más éxito que
todas las batallas más públicas juntas.
Dado que Rumsfeld diseñó la guerra como una invasión justo a tiempo, con soldados para desempeñar únicamente funciones de combate básicas, y que eliminó 35.000 puestos de trabajo en los departamentos de Defensa y de Asuntos de Veteranos en el primer año del despliegue en Irak, el sector privado se quedó para rellenar los huecos en todos los niveles.[46] En la práctica, el significado de esta configuración fue que mientras Irak se sumía en el caos, una industria de guerra privatizada todavía más elaborada tomó forma para apoyar al ejército (tanto en el terreno, en Irak, como en Estados Unidos, en el Walter Reed Medical Center).

La guerra en Irak sirvió finalmente para crear un modelo de economía, y no precisamente el Tigre en el Tigris del que hablaron los neoconservadores. Se trata de un modelo de guerra y reconstrucción privatizadas, y que no tardó mucho en ser exportado. Hasta Irak, las fronteras de la cruzada de Chicago las imponía la geografía: Rusia, Argentina, Corea del Sur. Ahora ya se puede abrir una nueva frontera en cualquier lugar donde suceda el siguiente desastre.

La corporación (CH2M Hill) era una multimillonaria contratista en Irak, pagada para llevar a cabo la esencial función del gobierno de supervisar a los contratistas. En Sri Lanka, después del tsunami, no sólo construyó puertos y puentes, sino que también fue «responsable de la gestión global del programa de infraestructuras». En la Nueva Orleáns del post Katrina, a esta corporación se le concedieron 500 millones de dólares para construir casas-FEMA y simular una alerta y estar preparada para hacer lo mismo en el próximo desastre. Una maestra en la privatización del Estado en circunstancias extraordinarias estaba ahora haciendo lo mismo bajo condiciones normales. Si Irak fue un laboratorio de radical privatización, la fase de prueba estaba claramente aquí.

En el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, de 2007, sin embargo, líderes políticos y de corporaciones estaban perplejos por el estado de los acontecimientos que parecía infringir esa sabiduría convencional. Se dio a conocer como el «dilema de Davos», que el columnista del Financial Times Martin Wolf describió como «el contraste entre la molesta política y la economía ventajosa en el mundo». Como él expresó, la economía se había enfrentado a «una serie de shocks: la quiebra de la Bolsa después del año 2000; las atrocidades terroristas del 11 de septiembre de 2001; las guerras en Irak y Afganistán; fricciones respecto a las políticas estadounidenses; una subida repentina de los precios reales del petróleo hasta niveles no vistos desde los años setenta; el cese de las negociaciones de Doha [de las conversaciones de la OMC] y el enfrentamiento respecto a las ambiciones nucleares de Irak». Y todavía se encontraba «en un período dorado de crecimiento compartido en términos generales». Dicho francamente, el mundo se dirigía al infierno; no había estabilidad alguna a la vista y la economía global estaba rogando su aprobación. Poco después, Lawrence Summers, antiguo secretario del Tesoro de Estados Unidos, señaló la «casi completa desconexión» entre la política y el mercado como «algo salido de Dickens. Hablas con expertos en relaciones internacionales y es el peor de todos los tiempos. Luego hablas con potenciales inversores y estamos en uno de los mejores momentos»
Las grandes empresas de ingeniería que consiguen jugosos contratos al margen de la oferta previa tras guerras y desastres naturales, crecieron un 250% entre 2001 y abril de 2007. La reconstrucción es ahora un negocio tan grande que cada nueva destrucción es recibida con la emoción de una apasionada e inicial oferta de valores públicos: 30.000 millones para la reconstrucción de Irak, 13.000 millones para la reconstrucción tras el tsunami, 100.000 millones para Nueva Orleans y la Costa del Golfo y 7.600 millones para el Líbano.

La receta de guerra mundial infinita es la misma que la administración Bush ofreció como un prospecto de negocios en el naciente complejo del capitalismo del desastre después del 11 de septiembre. No es una guerra que pueda ser ganada por un país porque no se trataba de ganar. La finalidad es crear «seguridad» dentro de los Estados fortaleza reforzados por conflictos infinitos de baja intensidad fuera de sus murallas. En cierto modo, es el mismo objetivo que tienen las compañías de seguridad privada en Irak: cerrar bien el perímetro y proteger la zona de seguridad. Bagdad, Nueva Orleans y Sandy Springs vislumbran un tipo de futuro cercado construido y dirigido por el complejo del capitalismo del desastre. En Israel, sin embargo, este proceso está más avanzado: un país entero se ha transformado en un comunidad fortificada rodeada por gente dejada fuera viviendo de manera permanente en zonas desprotegidas. Esto es lo que la sociedad parece cuando ha perdido su incentivo económico para la paz y se invierte en exceso en enfrentamiento y en la obtención de beneficios en una eterna y fracasada guerra contra el terror. Una parte se asemeja a Israel. La otra parte a Gaza.
El caso de Israel es extremo, pero el tipo de sociedad que está creando puede que no sea única. El complejo del capitalismo del desastre prospera en condiciones de un desgastado conflicto de baja intensidad. Éste parece ser el punto de llegada en todas las zonas del desastre.
Los palestinos no son los únicos así catalogados en el mundo: millones de rusos también se han convertido en un excedente en su propio país, por lo que muchos huyen de sus hogares con la esperanza de encontrar un trabajo y una vida digna en Israel. Aunque los bantustanes originales han sido desmantelados en Sudáfrica, el único de los cuatro pueblos que vive en chabolas de barrios bajos de rápida expansión es también un excedente en la nueva Sudáfrica neoliberal.[49] Este deshacerse de entre el 25% y el 60% de la población ha sido el sello de la cruzada de la Escuela de Chicago desde que los «pueblos de la miseria» empezaron a crecer rápidamente en el Cono Sur en los años setenta. En Sudáfrica, Rusia y Nueva Orleans, los ricos construyen muros a su alrededor. Israel ha llevado este proceso un paso más lejos: construye muros alrededor de los peligrosos pobres.

En América Latina, el primer laboratorio de la Escuela de Chicago, la reacción ha tomado una forma mucho más esperanzadora. No está dirigida contra los débiles o vulnerables sino que apunta directamente contra la ideología que es la base de la exclusión económica. Y a diferencia de la situación en Rusia y en Europa oriental, existe un irreprimible entusiasmo por probar ideas que fueron subvertidas en el pasado. La protección más importante con la que se ha dotado América Latina en previsión de futuros shocks (y, por tanto, para protegerse también de la doctrina del shock) fluye de la emergente independencia del continente respecto a las instituciones financieras de Washington como consecuencia de una integración mucho mayor entre los gobiernos regionales. (ALBA Alternativa Bolivariana para las Américas).

El FMI, un paria en tantos países en los que ha tratado las crisis como si fueran oportunidades de hacer negocio, está empezando a marchitarse. El Banco Mundial se enfrenta a un futuro igualmente sombrío. En abril de 2007, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, reveló que había suspendido todos los créditos del banco y declarado al representante de la institución en Ecuador persona-non grata, un paso extraordinario. Dos años antes, explicó Correa, el Banco Mundial había utilizado un crédito de cien millones de dólares para mataR un proyecto de ley que hubiera redistribuido los beneficios del petróleo entre los más pobres del país. «Ecuador es una nación soberana y no toleraremos la extorsión de esta burocracia internacional», dijo. Al mismo tiempo, Evo Morales anunció que Bolivia abandonaría el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, el estamento que permite a las empresas multinacionales demandar a los gobiernos por medidas que les hacen perder beneficios. «Ni los gobiernos de América Latina, ni creo que tampoco los del mundo, ganan jamás esos juicios. Siempre ganan las multinacionales», dijo Morales.

Otro magnífico libro de esta investigadora canadiense para poder entender los movimientos acontecidos con lo que unos han llamado crisis y son engaños de grandes beneficios para corporaciones y así un largo etc. Sus libros me parecen muy recomendables.

This book is a challenge against the most appreciated and essential affirmation of official history: that the triumph of capitalism is born of freedom, that the deregulated free market goes hand in hand with democracy. Instead, I will show that this fundamentalist form of capitalism has emerged in a brutal birth whose midwives have been violence and coercion, inflicted on the collective political body as well as innumerable individual bodies. The history of the contemporary free market – the rise of corporatism, in fact – has been written with shock letters.

From shock and shock arise fears, dangers and unlearnable destructions for most of the people, for specific elements and sectors of the society of the threat, or for the leaders.

The relation between the enormous profits of the companies and the great catastrophes, I thought that I was facing a radical change in the way in which the “liberalization” of markets was developing all over the world.

Fear and disorder as catalysts of a new leap forward are the foundations of the new capitalism.

Between the arms trade, the privatization of armies, the industry of humanitarian reconstruction and internal security, the result of the shock therapy supervised by the Bush administration after the attacks is, in fact, a new fully articulated economy. It was born in the Bush era, but it exists independently of a specific administration and will continue to function.

Ideology changes continuously in form, names and identities. Friedman considered himself a “liberal,” but his American disciples, who linked liberalism with high taxes and hippies, tended to identify themselves as “conservatives,” “classical economists,” “free-market advocates,” and later followers of the «Reaganomics» or «laissez-faire». In most of the world, they are known as neoliberals, but the terms “free market” or, simply, “globalization” are often used. Only since the mid-1990s, this intellectual movement led by the right-wing think tanks with which Friedman worked for several years – such as the Heritage Foundation, the Cato Institute or the American Enterprise Institute – began to call itself “neoconservative”, an approach that has enlisted all the power of the army and military machinery to serve the purposes of the business conglomerate.
All these reincarnations share a commitment to a political trinity: the elimination of the public role of the State, the absolute freedom of movement of companies and a practically zero social expenditure. One of the characteristics of the corporatist state is that it usually includes an aggressive surveillance system (again, organized through agreements and contracts between the government and large companies), mass incarceration, reduction of civil liberties and often, but not always, torture.

Torture is more than a tool used to impose unwanted rules on a rebel population. It is also a metaphor for the logic underlying the doctrine of shock.
Torture, or using the language of the CIA, the “coercive interrogations,” is a set of techniques designed to place the prisoner in a state of profound disorientation and shock, in order to force him to make concessions against his will.

The believers in the doctrine of shock are convinced that only a major rupture – such as a flood, a war or a terrorist attack – can generate the kind of blank, clean and broad tapestry they crave. In those malleable periods, when we do not have a psychological north and are physically exiled from our homes, the artists of the real dip their hands in the docile matter and give beginning to their work of remodeling the world.

The three forms of shock converged in the bodies of Latin American citizens and in the political body of the area, unleashing an endless hurricane of mutually reinforcing destruction and reconstruction, elimination and creation, in a monstrous cycle. The shock of the military coup paved the way for economic shock therapy.
The shock of the torture chambers and the terror they caused in the town prevented any opposition to the introduction of economic measures. From this living laboratory emerged the first State of the Chicago School, and the first victory of its global counterrevolution. Pinochet of Chile as Argentina were terror in absolute degree.
The project of the Chicago School in Latin America was built literally on secret torture centers in which thousands of people who believed in a different country disappeared.

The coca industry played a significant role in the reactivation of the Bolivian economy and the remission of inflation (a fact currently recognized by historians, but never mentioned by Sachs in his explanations of how his reforms beat inflation). Only two acts after the “atomic bomb” launched on the Bolivian economy, illegal drug exports generated more income for the country than all its legal exports combined, and, according to estimates, some 350,000 people made their living by dedicating themselves to some aspect of the drug trade. The “Bolivian miracle” immediately sent Sachs to stardom in the circles of financial power and catapulted his academic career as the leading expert in economies hit by the crisis, which, in the following years, would take him to Argentina, Peru, Brazil , Ecuador and Venezuela.
The praises poured on Sachs were not motivated simply by the fact that inflation had been contained in a poor country, but because it had achieved what so many had deemed impossible: it had helped to organize a radical transformation of neoliberalism within the confines of a democracy. Bolivia showed that shock therapy could be imposed in a country that had just held an election, but it did not show that it could be accepted democratically or without repression; in fact, it was again evident proof of the contrary. What Paz did and some called “voodoo politics” was simply lying. The characteristic style of the actions of the military juntas of the Southern Cone: so that the regime could impose an economic therapy of shock, it was necessary that certain people disappear (even if only temporarily). And, although in the Bolivian case the disappearances were undoubtedly less brutal, they fulfilled the same purpose that they had contributed to in neighboring dictatorships in the 1970s.

All history (and those that are told about the countries in transition with even more reason) has a great part of myth. But the one that is usually narrated about what happened in Poland and China improves reality a lot. In Poland, democracy was used as a weapon against “free markets” on the street and at the polls. In China, for its part, the unrestrained drive of capitalism overwhelmed democracy in Tiananmen Square, but shock and terror unleashed one of the most lucrative and sustained investor booms in modern history. A new miracle born of a massacre.

Shock therapy always has a lot of dramatic staging for the market: that’s part of the theoretical foundation on which it is based. The stock market loves those moments with a strong management component, and promoted to hype and saucer, which trigger the prices of the shares and that are usually caused by the flotation of a major company, by the announcement of a large merger or by the signing of an executive president of great fame by a major company. When economists urge countries to announce a package of generalized shock therapy measures, their advice is based in part on the desirability of mimicking these dramatic market events and causing a stampede (though, in that case, instead of sell shares of a company, what is sold is a whole country). The expected response is simple: «Buy Argentine shares!», «Buy Bolivian bonds!». A slower and more careful approach might be less brutal, but it would deprive the market of those speculative bubbles during which real money is made. Shock therapy is always a major bet in a game of chance, but in South Africa it did not go well: Mbeki’s grandiloquent gesture failed to attract long-term investments and led only to speculative bets that ended up further devaluing the currency.

Corruption has been as common a feature of these contemporary borders as it was during colonial gold fevers. As the most significant privatization agreements are always signed in the midst of the turmoil generated by an economic or political crisis, there is hardly ever a clear legislative framework or effective regulatory authorities: the environment is chaotic and prices are as flexible as the political leaders. What we have been living for three decades has been a frontier capitalism, a border that has been constantly changing location, from crisis to crisis, moving as soon as the law has been updated of the situation in each new place.

The history of the Asian crisis usually ends at that point: the IMF tried to help, but it did not work. Even the IMF’s own internal audit came to that same conclusion. The Independent Evaluation Office of the Fund concluded that the required structural adjustments were “unfounded” and “broader than apparently necessary”, in addition to “not crucial for the resolution of the crisis”. He also warned that “the crisis should not be used as an opportunity to impose a broad program of reforms just because the influence during that time is very high and regardless of how justifiable their merits may be.” In a particularly forceful section of that internal report, the Office accused the Fund of having acted blinded to such an extent by the ideology of the free market that the mere fact of considering something as logical as the establishment of controls on capital flows had resulted institutionally unimaginable “If it was already a heresy to suggest that the financial markets were not distributing world capital in a rational and stable way, contemplating [the possibility of establishing capital controls] was simply a mortal sin.”
What few were willing to admit at the time was that while the IMF failed (and in what way) the people of Asia, it did not disappoint Wall Street at all.

During the 1990s, many companies that had traditionally manufactured their own products with numerous and stable templates went to what became known as the Nike model: not own any factory, produce the items through a complicated network of contractors and subcontractors, and invest the resources in design and marketing. Other companies opted for the alternative model, that of Microsoft: maintaining a tight control center for shareholders / employees who carry out the company’s “core competencies” and resorting to temporary ones for everything else, from the management of the room mail to write a code. Some called them “hollow multinationals” subjected to radical restructuring, with hardly any tangible content.

With the war against terror, the neoconservatives did not renounce their economic objectives: they found a new, even more effective, way to achieve them. Of course, these Washington sharks are committed to the imperialist role of the United States in the world and of Israel in the Middle East. However, it is impossible to separate the military project – endless wars abroad and a home security state – from the interests of the disaster capitalism complex, which has generated a multi-billion dollar industry based on those assumptions. Nowhere has the fusion between political and economic objectives been clearer than in the battlefields of Iraq.
The chaos in Iraq brought another consequence of which little has been said: the more time passed, the more the foreign presence was privatized to the point of creating a new paradigm of war and response to human catastrophes.
At this point the ideology of radical privatization that centered the anti-Marshall Plan had full effect. The unwavering refusal of the Bush administration to staff the war in Iraq (with troops or civilian employees under its control) had clear benefits for its other war: to outsource the US government. This crusade, which ceased to be the central theme of the administration’s public rhetoric, has remained a permanent behind-the-scenes obsession and has been much more successful than
all the most public battles together.
Given that Rumsfeld designed the war as a just-in-time invasion, with soldiers to perform only basic combat functions, and that he eliminated 35,000 jobs in the departments of Defense and Veterans Affairs in the first year of deployment in Iraq, the The private sector stayed to fill in the gaps at all levels. [46] In practice, the meaning of this configuration was that while Iraq was plunging into chaos, an even more elaborate privatized war industry took shape to support the army (both in the field, in Iraq, and in the United States, in the Walter Reed Medical Center).

The war in Iraq finally served to create a model of economy, and not precisely the Tiger in the Tigris that the neo-conservatives talked about. It is a model of privatized war and reconstruction, and it did not take long to be exported. Up to Iraq, the borders of the Chicago crusade were imposed by geography: Russia, Argentina, South Korea. Now you can open a new border anywhere the next disaster happens.

The corporation (CH2M Hill) was a multimillion-dollar contractor in Iraq, paid to carry out the essential role of the government in supervising contractors. In Sri Lanka, after the tsunami, it not only built ports and bridges, but was also “responsible for the overall management of the infrastructure program”. In the New Orleans of the post Katrina, this corporation was granted 500 million dollars to build houses-FEMA and simulate an alert and be prepared to do the same in the next disaster. A teacher in the privatization of the State in extraordinary circumstances was now doing the same under normal conditions. If Iraq was a laboratory of radical privatization, the testing phase was clearly here.

At the World Economic Forum in Davos, Switzerland, in 2007, however, political and corporate leaders were perplexed by the state of events that seemed to infringe on that conventional wisdom. It became known as the “Davos dilemma,” which Financial Times columnist Martin Wolf described as “the contrast between the annoying politics and the advantageous economy in the world.” As he put it, the economy had faced “a series of shocks: the bankruptcy of the stock market after 2000; the terrorist atrocities of September 11, 2001; the wars in Iraq and Afghanistan; frictions with respect to US policies; a sudden rise in real oil prices to levels not seen since the 1970s; the cessation of the Doha negotiations [of the WTO talks] and the confrontation over Iraq’s nuclear ambitions ». And he was still “in a golden period of shared growth in general terms.” Said frankly, the world was headed to hell; there was no stability in sight and the global economy was begging for its approval. Shortly thereafter, Lawrence Summers, former Secretary of the Treasury of the United States, pointed to the “almost complete disconnection” between politics and the market as “something out of Dickens. You talk to experts in international relations and it is the worst of all time. Then you talk to potential investors and we are in one of the best moments »
The big engineering companies that get juicy contracts outside the previous offer after wars and natural disasters, grew by 250% between 2001 and April 2007. The reconstruction is now such a big business that each new destruction is received with the emotion of a passionate and initial offer of public values: 30,000 million for the reconstruction of Iraq, 13,000 million for reconstruction after the tsunami, 100,000 million for New Orleans and the Gulf Coast and 7,600 million for Lebanon.

The recipe for infinite world war is the same as the Bush administration offered as a business prospect in the nascent disaster capitalism complex after September 11. It is not a war that can be won by a country because it was not about winning. The purpose is to create “security” within the fortress states reinforced by infinite conflicts of low intensity outside their walls. In a way, it’s the same goal that private security companies in Iraq have: close the perimeter well and protect the security zone. Baghdad, New Orleans and Sandy Springs envision a type of future enclosure built and directed by the disaster capitalism complex. In Israel, however, this process is more advanced: an entire country has been transformed into a fortified community surrounded by people left outside living permanently in unprotected areas. This is what society seems when it has lost its economic incentive for peace and invests excessively in confrontation and in obtaining benefits in an eternal and unsuccessful war against terror. A part resembles Israel. The other part to Gaza.
The case of Israel is extreme, but the type of society you are creating may not be unique. The complex of disaster capitalism thrives in conditions of a worn-out conflict of low intensity. This seems to be the point of arrival in all areas of the disaster.
The Palestinians are not the only ones cataloged in the world: millions of Russians have also become a surplus in their own country, so many flee their homes in the hope of finding a job and a decent life in Israel. Although the original Bantustans have been dismantled in South Africa, the only one of the four peoples living in slums of rapidly expanding slums is also a surplus in the new neoliberal South Africa. [49] This ridding of between 25% and 60% of the population has been the hallmark of the Chicago School Crusade since the “peoples of misery” began to grow rapidly in the Southern Cone in the 1970s. In South Africa, Russia and New Orleans, the rich build walls around them. Israel has taken this process a step further: build walls around the dangerous poor.

In Latin America, the first laboratory of the Chicago School, the reaction has taken a much more hopeful form. It is not directed against the weak or vulnerable but points directly against the ideology that is the basis of economic exclusion. And unlike the situation in Russia and Eastern Europe, there is an irrepressible enthusiasm to try ideas that were subverted in the past. The most important protection with which Latin America has been provided in anticipation of future shocks (and, therefore, also to protect itself from the doctrine of the shock) flows from the emerging independence of the continent from the financial institutions of Washington as a consequence of a much greater integration among regional governments. (ALBA Bolivarian Alternative for the Americas).

The IMF, a pariah in so many countries in which it has treated crises as if they were opportunities to do business, is beginning to wither. The World Bank faces an equally bleak future. In April 2007, the president of Ecuador, Rafael Correa, revealed that he had suspended all the bank’s credits and declared the representative of the institution in Ecuador persona-non grata, an extraordinary step. Two years earlier, Correa explained, the World Bank had used a credit of one hundred million dollars to kill a bill that would have redistributed the benefits of oil among the country’s poorest. “Ecuador is a sovereign nation and we will not tolerate the extortion of this international bureaucracy,” he said. At the same time, Evo Morales announced that Bolivia would leave the arbitration tribunal of the World Bank, the body that allows multinational companies to sue governments for measures that make them lose profits. “Neither the governments of Latin America, nor do I believe that those of the world, ever win those judgments. The multinationals always win, “said Morales.

Another magnificent book by this Canadian researcher to understand the movements that occurred with what some have called crises and are deceptions of great benefits for corporations and so on. All books are very recommendable to me.

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