El hambre — Martín Caparrós / Hungry by Martín Caparrós

Hambre, en castellano, es un sustativo femenino que significa —según esos que dicen qué significan las palabras— tres cosas: «Gana y necesidad de comer; Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada; Apetito o deseo ardiente de algo». Un estado físico individual, una realidad compartida por muchos, una sensación íntima: es difícil pensar en tres sentidos más distintos.
Y hambre, por supuesto, significa mucho más que eso. Pero la palabra hambre es una que los técnicos y burócratas pertinentes suelen evitar. Es probable que les parezca demasiado brutal, demasiado rústica, demasiado gráfica. O —supongamos, amables— que no les parezca suficientemente precisa. Los términos técnicos suelen tener una ventaja: no producen efectos emotivos. Hay palabras que sí; hay muchas que no.

“El Hambre” es un buen libro y una gran oportunidad perdida al mismo tiempo.

Es un buen libro porque Martín Caparrós nos cuenta en una manera muy impactante como es la vida de muchas personas en el “Otro Mundo”, todas personas con vidas casi inimaginables para cualquier ciudadano del mundo desarrollado, vidas dominadas completamente por el hambre, como la de Taslima de Bangladesh: “Mi pelea es conseguir la comida. Todo el día me la paso pensando en cómo voy a hacer, de dónde voy a sacarla. Todo el día. No puedo pensar en otra cosa” (pag 250).

También es un buen libro porque Caparrós se enfada con las metáforas y trucos verbales que pretenden suavizar los problemas del hambre. Por ejemplo: “Uno de los primeros trucos del manual es hablar de un hambre impersonal, casi abstracta, un sujeto en sí mismo: el hambre. Luchar contra el hambre. El flagelo del hambre. Pero el hambre no existe fuera de las personas que la sufren. El tema no es el hambre; son esas personas” (pag 29).

Y también es un buen libro porque Caparrós nos hace compartir su frustración, su enfado, porque el hambre no debería existir en este mundo que produce comida de sobra: “El hambre tiene muchas causas. La falta de comida ya no es una de ellas” (pag 271).

Desafortunadamente, “El Hambre” también es una gran oportunidad perdida, por varias razones.

En primer lugar, a menudo Caparrós parece desaprovechar la oportunidad de hacer mejores preguntas. El encuentra tanta gente, y es una lastima que en muchos casos sus preguntas no parecen buscar soluciones, sino confirmar ideas y posiciones ideológicas. Unos ejemplos: “Te parece bien o mal que haya personas que tienen tanta plata y otras que tan poca?” (pag 144) o “De quién es la culpa que vos no tengas suficiente para comer tranquila?” (pag 412). La respuesta de Caparrós, o mejor dicho, la respuesta a esas preguntas que Caparrós quiere oír, es que siempre tiene la culpa una mezcla de los “ricos” y las empresas internacionales explotadoras.
Yo habría preferido ver preguntas que lleven a una solución directa, como ¿Que necesitas a corto plazo? ¿Cómo podemos ayudarte?

Además, Caparrós tampoco se hace a si mismo las buenas preguntas. En pag 191, describe que las villamiserias eran un producto de la Revolución Industrial en países como Inglaterra en el siglo 19. Luego nota que en el curso del siglo 20, esas villamiserias han desaparecido del primer mundo. En ningún momento Caparrós se pregunta cómo ocurrió eso, y si ese proceso es repetible en el mundo en desarrollo o qué podemos aprender para adaptar ese proceso al “Otro Mundo”.
Tampoco se pregunta como varios países lograron escaparse de la miseria y entrar en el primer mundo. ¿Cómo es que países como Taiwan y Corea del Sur, que a mitad del siglo 20 eran más pobres que Argentina, ahora son mucho más prósperos que Argentina? ¿Porque Chile logra reducir la pobreza a pasos agigantados, y Argentina no?

También es una oportunidad perdida porque Caparrós no aporta soluciones concretas. Hay otros que ofrecen soluciones prácticas, a nivel micro, como el excelente “Poor Economics” de Banerjee and Duflo, o a nivel macro, como “The bottom billion” de Collier. También a nivel teorético, escritores como el economista peruano De Soto ofrecen soluciones innovadores acerca de gestionar en una manera más inclusiva la propiedad privada.

Al final, concluyo que Caparrós no hace las preguntas prácticas y no aporta soluciones concretas porque quiere culpar todo al sistema, a los ricos, a los explotadores, a las empresas multinacionales, a la propiedad privada, a Estados Unidos. Según el, el capitalismo tiene la culpa de todo. Reconozco que el capitalismo tiene muchos lados oscuros, pero pienso que es una lastima que en ningún momento Caparrós considere posibilidades de mejorarlo.

Caparrós, al final del libro, propone un cambio de sistema, que sólo describe en una manera vaga, un mundo en que todos somos iguales. Pero, ¿iguales en que manera? Caparrós no apunta a igualdad en oportunidades y derechos. Caparrós propone otro tipo de igualdad: Quiere que todos tengamos exactamente las mismas cosas materiales: “que todos los bienes estén equitativamente repartidos”(pag 614). Ahora bien, recuerdame: ¿Dónde hemos visto ese sistema en el siglo 20? Exacto.

Su aversión al capitalismo lo hace ciego. Un ejemplo: en una sola pagina, 573, primero menciona que China es “la competencia capitalista (al estilo) occidental más pura y dura” y luego destaca acerca de China que “en las últimas décadas ningún país consiguió reducir la cantidad de ciudadanos hambrientos tanto como China”. Caparrós se niega a considerar la posibilidad de una relación causa-efecto entre esos dos comentarios. O simplemente no quiere verla.

Su aversión al capitalismo se va mostrando como avanza el libro. Sin embargo, en las paginas finales, añade también aversión a la democracia (pag 607) y derechos humanos. Un ejemplo es cuando elogia a China como la solución para África: “los chinos no se muestran pruritos de moral político-económica: su dinero no pide garantías de democracia o derechos humanos” (pag 577). No sé, ¿quizás sea un poco ingenuo pensar que China va a comportarse mejor que los viejos colonizadores?

Obviamente, Caparrós también critica las a menudo horrendas condiciones laborales en el “Otro Mundo”. Según el, “los ricos”siempre explotan a los pobres (pag 184). Quizás hay otras maneras de ver esto. Aquí una palabras de Joseph Stiglitz, economista considerada izquierdista:
“Gracias a la globalización, muchas personas viven hoy más tiempo y con un nivel de vida muy superior. Puede que para algunos en Occidente los empleos poco remunerados de Nike sean explotación, pero para multitudes en el mundo subdesarrollado trabajar en una fábrica es ampliamente preferible a permanecer en el campo y cultivar arroz” (Joseph Stiglitz, “El malestar en la globalización”, traducción de “Globalization and its discontents”, pag 28).

Al final del libro, sus puntos de vista anti-capitalista, anti-propiedad privada y anti-democracia eclipsan sus excelentes e impactantes descripciones de la vida horrible en el “Otro Mundo”. Caparrós debería haber dejado este libro como una crónica, en vez de convertirlo en un panfleto político.

La palabra vegetariano fue inventada en Londres, faltaba más, hacia 1850, por unos señores que decidieron dejar de comer carne para vivir más y más sanos. Todavía son 1.400 millones de pobres, entendidos como personas que gastan menos de 1,25 dólares cada día. Mil cuatrocientos millones de pobres, entendidos como personas que no tienen ninguna de esas cosas que nos parecen tan comunes, casi naturales: casa comida ropa luz agua perspectivas esperanzas un futuro —un presente.
Mil cuatrocientos millones de pobres, entendidos como personas que, en general, comen menos que lo que deberían. Mil cuatrocientos millones de pobres, entendidos como personas que no son necesarias: desechables, hombres y mujeres que el sistema globalizado no precisa, que debe tolerar porque los genocidios rápidos quedan mal en la tele y, además, pueden dar pesadillas a los débiles.

Y frente a ellos la frase más clásica del liberalismo triunfante en su mejor medio, The Economist: «Pese a dos siglos de crecimiento económico, más de mil millones de personas siguen en la pobreza extrema».

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo. El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre. Cada día se mueren, en el mundo —en este mundo— 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre.

Hunger, in Spanish, is a female noun that means -according to those who say what the words mean- three things: “Win and need to eat; Shortage of staple foods, which causes widespread famine and misery; Appetite or burning desire for something ». An individual physical state, a reality shared by many, an intimate feeling: it is difficult to think of three more different senses.
And hunger, of course, means much more than that. But the word hunger is one that the technicians and bureaucrats concerned usually avoid. It probably seems too brutal, too rustic, too graphic. Or-let’s suppose, kindly-that it does not seem sufficiently accurate. Technical terms usually have an advantage: they do not produce emotional effects. There are words that do; There are many that do not.

“El Hambre” is a good book and a great opportunity lost at the same time.

It is a good book because Martín Caparrós tells us in a very impressive way how is the life of many people in the “Other World”, all people with lives almost unimaginable for any citizen of the developed world, lives completely dominated by hunger, such as Taslima from Bangladesh: “My fight is to get food, I spend all day thinking about how I’m going to do, where I’m going to take it out, all day, I can not think of anything else” (page 250).

It is also a good book because Caparrós gets angry with the metaphors and verbal tricks that aim to soften the problems of hunger. For example: “One of the first tricks of the manual is to talk about an impersonal, almost abstract hunger, a subject in itself: hunger, fight against hunger, the scourge of hunger, but hunger does not exist outside of people who they suffer it, the issue is not hunger, it is those people “(page 29).

And it is also a good book because Caparrós makes us share his frustration, his anger, because hunger should not exist in this world that produces food to spare: “Hunger has many causes, lack of food is no longer one of them” (page 271).

Unfortunately, “El Hambre” is also a great missed opportunity, for several reasons.

In the first place, Caparrós often seems to miss the opportunity to ask better questions. He finds so many people, and it is a pity that in many cases his questions do not seem to seek solutions, but to confirm ideas and ideological positions. Some examples: “It seems good or bad that there are people who have so much money and others who have so little?” (page 144) or “Whose fault is it that you do not have enough to eat quietly?” (page 412). The response of Caparrós, or rather, the answer to those questions that Caparrós wants to hear, is that a mixture of the “rich” and the international exploiting companies is always to blame.
I would have preferred to see questions that lead to a direct solution, such as What do you need in the short term? how can we help you?

In addition, Caparrós does not ask himself the good questions either. On page 191, he describes that the villamiseries were a product of the Industrial Revolution in countries like England in the 19th century. Then he notes that in the course of the 20th century, those villamiseries have disappeared from the first world. At no time Caparrós wonders how that happened, and if that process is repeatable in the developing world or what we can learn to adapt that process to the “Other World”.
Nor does he wonder how several countries managed to escape from poverty and enter the first world. How is it that countries like Taiwan and South Korea, which in the middle of the 20th century were poorer than Argentina, are now much more prosperous than Argentina? Because Chile manages to reduce poverty by leaps and bounds, and Argentina does not?

It is also a missed opportunity because Caparrós does not provide concrete solutions. There are others that offer practical solutions, at the micro level, such as the excellent “Poor Economics” by Banerjee and Duflo, or at the macro level, such as “The bottom billion” by Collier. Also on a theoretical level, writers like the Peruvian economist De Soto offer innovative solutions about managing private property in a more inclusive way.

In the end, I conclude that Caparrós does not ask the practical questions and does not provide concrete solutions because he wants to blame everything on the system, the rich, the exploiters, the multinational companies, the private property, the United States. According to him, capitalism is to blame for everything. I recognize that capitalism has many dark sides, but I think it’s a shame that at no time Caparrós considers possibilities to improve it.

Caparrós, at the end of the book, proposes a change of system, which only describes in a vague way, a world in which we are all equal. But, equal in what way? Caparrós does not aim at equality in opportunities and rights. Caparrós proposes another type of equality: He wants everyone to have exactly the same material things: “that all goods be equally distributed” (page 614). Now, remember me: Where have we seen that system in the 20th century? Exact.

His aversion to capitalism makes him blind. One example: on a single page, 573, first mentions that China is “the most pure and harsh Western capitalist (style) competition” and then points out about China that “in the last decades no country managed to reduce the number of hungry citizens as much as China. ” Caparrós refuses to consider the possibility of a cause-effect relationship between these two comments. Or he just does not want to see it.

His aversion to capitalism is showing as the book advances. However, in the final pages, it also adds aversion to democracy (page 607) and human rights. An example is when he praises China as the solution for Africa: “the Chinese do not show pruritus of politico-economic morality: their money does not ask for guarantees of democracy or human rights” (page 577). I do not know, maybe it’s a bit naive to think that China will behave better than the old colonizers?

Obviously, Caparrós also criticizes the often horrendous working conditions in the “Other World”. According to him, “the rich” always exploit the poor (page 184). Maybe there are other ways to see this. Here is a quote from Joseph Stiglitz, an economist considered leftist:
“Thanks to globalization, many people today live longer and have a much higher standard of living, and for some in the West, Nike’s low-paying jobs may be exploitative, but for the underdeveloped world, working in a factory is largely preferable. to stay in the field and to cultivate rice “(Joseph Stiglitz,” Discomfort in globalization “, translation of” Globalization and its discontents “, page 28).

At the end of the book, his anti-capitalist, anti-private property and anti-democracy views eclipse his excellent and shocking descriptions of the horrible life in the “Other World.” Caparrós should have left this book as a chronicle, instead of turning it into a political pamphlet.

The word vegetarian was invented in London, was missing more, around 1850, by gentlemen who decided to stop eating meat to live more and more healthy. There are still 1.4 billion poor people, understood as people who spend less than $ 1.25 a day. One thousand four hundred million poor people, understood as people who do not have any of those things that seem so common, almost natural: house food clothes light water perspectives hopes a future – a present.
One thousand four hundred million poor people, understood as people who, in general, eat less than they should. One thousand four hundred million poor, understood as people who are not necessary: ​​disposable, men and women that the globalized system does not need, that must tolerate because the rapid genocides are bad on TV and, in addition, can give nightmares to the weak.

And in front of them the most classic phrase of triumphant liberalism in its best medium, The Economist: “Despite two centuries of economic growth, more than one billion people remain in extreme poverty.”

We know hunger, we are used to hunger: we feel hungry two, three times a day. But between that repeated, daily, repeated and daily sated hunger that we live, and the desperate hunger of those who can not handle it, there is a world. Hunger has always been the reason for social changes, technical progress, revolutions, counterrevolutions. Nothing has influenced more in the history of humanity. No disease, no war has killed more people. Still, no plague is so lethal and, at the same time, as avoidable as hunger. Every day 25,000 people die from causes related to hunger in the world – in this world.

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