El diablo — Giovanni Papini / The Devil by Giovanni Papini

Magnífica obra de este converso a ultranza como Papini, tuvo gran polémica esta obra en Argentina y Emecé, la editorial pidió disculpas por la publicación del mismo, el libro parte de las dudas, los miedos y temores que conlleva el diablo y es mucho más vinculado a Dios que la simbología representada de cuernos… Un enfrentamiento entre el creador y destructor , llevándolo a la vida del hombre, las relaciones son más cordiales de lo que pueda parecer y eso ofende.

Se llama, en hebreo, Satan, es decir, el Adversario, el Enemigo; se llama, a la manera griega, el Diablo, es decir el Acusador, el Calumniador. Pero ¿le es lícito a un cristiano odiar al enemigo? ¿Les es lícito, a los hombres honestos, calumniar al calumniador?
Hasta ahora, los cristianos no se han mostrado lo suficientemente cristianos hacia Satanás. Lo temen, lo rehuyen; o fingen ignorarlo. Pero el miedo, si bien a veces puede salvarlos de sus tentaciones, no es por cierto arma de salvación para el futuro y para el resto de los hombres.
El Diablo no existe. El Diablo es un invento de nuestra razón perversa. Lo han inventado los hombres para justificar su abyección, y también en interés de Dios, para no echarle la culpa de todo. Sólo existen Dios y el hombre y nadie más. Todo lo que se parece al Diablo —por ejemplo Caín, Judas, el zar Iván el Terrible— es siempre una invención de los hombres; lo han inventado para endilgar a una sola persona los pecados y las fechorías de la multitud. Créanme. Nosotros, picaros, nos hemos equivocado al imaginar que hay algo peor que nosotros, como el Diablo, etcétera.”
Esta opinión no es nueva, pero es escandalosamente simplista. Si sólo existen Dios y el hombre, y el hombre es corrompido y perverso, forzosamente ha de concluirse que Dios creó malo al hombre, que Dios es el primer responsable y responsable directo de los pecados de los hombres. Quien niega o ignora el Pecado original está obligado a hacer de Dios un sinónimo de Satanás.

Respecto a la trinidad diabólica primero, el Rebelde, la criatura que quiere reemplazar al creador, es decir, al Padre.
Tenemos, luego, el Tentador, que, de acuerdo con lo que un día hará el Hijo, invita al hombre a imitar a Dios.
Y tenemos, por último, el Colaborador, que, con el consentimiento divino, atormenta a los hombres sobre la tierra y en el infierno, y se contrapone por lo tanto a la Tercera Persona, el Paracleto, el Consolador.
Estas tres personas coexisten en el Diablo porque la naturaleza de éste es una. Y aún hoy es a la vez rebelde, tentador y colaborador.
Y estas tres personas son, como es natural, el reverso de las divinas: el Padre crea, y Satanás destruye; el Hijo rescata, y Satanás esclaviza; el Espíritu Santo ilumina y consuela, en tanto que Satanás entenebrece y atormenta.
“¿es en verdad únicamente el Diablo quien demuestra soberbia? Y los que quieren ser cristianos ¿ignoran realmente el orgullo?
Abramos la Biblia y leamos. En el Salmo LXXXII pueden encontrarse estas palabras dirigidas por Dios a los hombres: “Yo dije: Por cierto sois dioses; todos sois del Altísimo hijos” (v. 6). Cristo citó y retomó por su cuenta esa divina afirmación. Al dirigirse a los fariseos, los apostrofa diciendo: “¿No está escrito en vuestra ley que Yo dije: Sois dioses… Llamó dioses a aquéllos a quienes vino la Palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar…”? (Juan, X, 34-35). La soberbia del cristiano no es, desde luego, la de Satanás. El cristiano obedece e imita; el Diablo se rebela y quiere ser un rival. Pero hay, sin embargo, algo común, pues los extremos, como sabemos, se tocan. La causa de la caída de Satanás no fue, pues, el que se rehusase a servir sino el que hubiese elegido el odio, la envidia, los celos, la protervia. Lucifer no ha creado el mundo ni se ha creado a sí mismo; la culpa no es suya, pues, si el orden del mundo —establecido por Dios— permite el pecado y lo tolera; no es suya la culpa si la misma superioridad que le ha sido acordada lo dispone y lo inclina, como afirma Santo Tomás, al pecado de la soberbia.
Si Dios es autor y legislador del todo, si nada es posible ni concebible al margen de su voluntad y de su ley, uno puede sentirse tentado de concluir que a Él le corresponde su parte de responsabilidad por lo que le sucede a sus criaturas. Las ha creado de esa determinada manera, las ha puesto en una realidad, que Él creó, donde todo es posible; y por ello toda cosa, por admirable y terrible que sea, tiene sólo en Él causa y principio.

El Diablo no es ateo; todo lo contrario. Está convencido, aún más que nosotros, de la existencia de Dios, porque lo ha contemplado de cerca, porque lo ha visto actuar. Hasta puede afirmarse que conoce algunos dogmas de la teología cristiana mucho mejor que los teólogos. El Diablo no es, de ningún modo, partidario del ateísmo; al contrario, es probable que sea enemigo de los ateos. Él sabe muy bien que su poder está estrechamente ligado al del Señor de los Cielos.

Los hombres que no creen en Dios no se proponen ofenderlo o desobedecerlo; no cometen sacrilegios, y, si son coherentes, no se preocupan siquiera por blasfemar. Ellos, pues, ofrecen menos asidero al Diablo: están destinados a su reino; pero sin combate. Dios es ateo. La fe, en efecto, presupone una relación entre el creyente y el objeto de la creencia. Pero Dios es Aquel que es, y ningún otro ser existe.

Ante el género humano se abren dos imperios: el eterno Reino del cielo, de Cristo, y el universal Reino sobre la tierra, de Satanás. Hasta ahora el género humano ha elegido casi siempre el segundo: hoy más que ayer; acaso mañana ni siquiera sepa que se puede elegir: no conocerá sino la invitación del Diablo.
El Gran Inquisidor de Dostoyevski no se equivoco, pues, cuando dijo que las tres tentaciones de Cristo se le reiteran eternamente, en la historia, al hombre. Pero el Demonio no recurre, contra nosotros, únicamente a ellas. Hay otras, igualmente terribles, que le fueron ahorradas al Hijo del Hombre.

Hoy los hombres sienten que el Demonio está continuamente entre ellos; que representa el mal y el tormento que hay en ellos mismos; y que, por ello, se les parece en todo, aun en la vestimenta: es un compañero de ruta y de vida, una hipóstasis de ellos mismos, un sosias, un doble, un hermano carnal. El Diablo se ha encarnado, se ha hecho hombre: es el hombre.

Esas almas creen que un Dios realmente padre no puede torturar eternamente a sus hijos; consideran que un Dios todo amor, como Cristo mismo nos lo presentó, no puede negar su perdón eternamente, ni siquiera a sus más afamados rebeldes. Al fin de los tiempos, es decir, del mundo actual, la misericordia se sobrepondrá también a la justicia. Si así no fuese, deberíamos pensar que ni siquiera el mismo padre de Cristo es un perfecto cristiano.
No pretendemos que estos sentimientos y estos pensamientos sean hoy aceptados por la doctrina oficial de la Iglesia docente; y mucho menos pretendemos hacer las veces de la Iglesia ni sustituirnos a ella. Pero lo que no es lícito enseñar como verdad cierta y segura puede y debe ser admitido como cristiana y humana esperanza. Los tratados de teología seguirán diciendo “no” a la doctrina de la reconciliación total y final; pero el corazón —“que tiene sus razones que la razón no conoce”— seguirá anhelando y esperando un “sí”. En la escuela de Cristo hemos aprendido que lo imposible, sobre todo, es creíble.
El Eterno Amor —cuando todo esté cumplido y expiado— no podrá renegar de sí mismo ni siquiera ante el negro rostro del primer insurgente y del mis antiguo Condenado.

Magnífico libro que no gusta a los postulados conservadores y mayoritarios de la Iglesia y que define perfectamente el escritor británico Graham Greene: “Allí donde Dios está más presente, allí también se halla su enemigo; y, a la inversa, a veces desesperamos de hallar a Dios en el lugar donde el enemigo está ausente. Uno se siente tentado de creer que el Mal no es sino la sombra que el Bien, en su perfección, lleva consigo, y que un día llegaremos a comprender hasta la sombra”.

Magnificent work of this convert at all costs as Papini, had great controversy this work in Argentina and Emecé, the publisher apologized for the publication of it, the book part of the doubts, fears and fears that entails the devil and is much more linked to God that the symbolism represented of horns … A confrontation between the creator and destroyer, taking it to the life of man, the relations are more cordial than it may seem and that offends.

It is called, in Hebrew, Satan, that is, the Adversary, the Enemy; it is called, in the Greek way, the Devil, that is, the Accuser, the Slanderer. But is it permissible for a Christian to hate the enemy? Is it lawful for honest men to slander the slanderer?
So far, Christians have not been sufficiently Christian toward Satan. They fear it, they shun it; or pretend to ignore it. But fear, although it can sometimes save them from their temptations, is certainly not a weapon of salvation for the future and for the rest of men.
The Devil does not exist. The Devil is an invention of our perverse reason. Men have invented it to justify their abjection, and also in the interest of God, not to blame everything. There is only God and man and no one else. Everything that looks like the Devil – for example Cain, Judas, Tsar Ivan the Terrible – is always an invention of men; they have invented it to foist the sins and misdeeds of the crowd on one person. Believe me We, scoundrels, have erred in imagining that there is something worse than us, like the Devil, and so on. ”
This opinion is not new, but it is outrageously simplistic. If only God and man exist, and man is corrupted and perverse, it must necessarily be concluded that God created man evil, that God is the first responsible and direct responsible for the sins of men. Whoever denies or ignores the original Sin is bound to make God a synonym of Satan.

Regarding the first diabolical trinity, the Rebel, the creature that wants to replace the creator, that is, the Father.
We have, then, the Tempter, who, according to what the Son will one day, invites man to imitate God.
And we have, finally, the Collaborator, who, with divine consent, torments men on earth and in hell, and is therefore opposed to the Third Person, the Paraclete, the Comforter.
These three people coexist in the Devil because the nature of it is one. And even today he is at the same time rebellious, tempting and collaborating.
And these three people are, as is natural, the reverse of the divine ones: the Father creates, and Satan destroys; the Son rescues, and Satan enslaves; the Holy Spirit enlightens and consoles, while Satan darkens and torments.
“Is it really only the Devil who shows pride? And those who want to be Christians, do they really ignore pride?
Let’s open the Bible and read. In Psalm LXXXII you can find these words directed by God to men: “I said: You are indeed gods; all of you are of the Most High children “(v. 6). Christ quoted and resumed that divine affirmation on his own. When addressing the Pharisees, he apostrophes them saying: “Is it not written in your law that I said: You are gods … He called gods to those to whom the Word of God came, and the Scripture can not fail …”? (Juan, X, 34-35). The pride of the Christian is not, of course, that of Satan. The Christian obeys and imitates; the Devil rebels and wants to be a rival. But there is, however, something common, as extremes, as we know, touch each other. The cause of the fall of Satan was not, then, the one who refused to serve but the one who had chosen hatred, envy, jealousy, the protervia. Lucifer has not created the world nor created himself; the fault is not yours, then, if the order of the world -established by God- allows sin and tolerates it; it is not his fault if the same superiority that has been agreed upon disposes him and inclines him, as St. Thomas affirms, to the sin of pride.
If God is the author and legislator of everything, if nothing is possible or conceivable regardless of his will and his law, one may be tempted to conclude that he owes his share of responsibility for what happens to his creatures. He has created them in that certain way, he has put them into a reality, that He created, where everything is possible; and therefore everything, however admirable and terrible, has only cause and principle in Him.

The Devil is not an atheist; quite the opposite. He is convinced, even more than we are, of the existence of God, because he has contemplated it closely, because he has seen it act. It can even be said that he knows some dogmas of Christian theology much better than the theologians. The Devil is not, in any way, a supporter of atheism; on the contrary, it is likely to be an enemy of atheists. He knows very well that his power is closely linked to that of the Lord of the Heavens.

Men who do not believe in God do not intend to offend or disobey Him; they do not commit sacrileges, and, if they are coherent, they do not even bother to blaspheme. They, then, offer less to the Devil: they are destined for his kingdom; but without combat. God is an atheist. Faith, in effect, presupposes a relationship between the believer and the object of the belief. But God is He who is, and no other being exists.

Before the human race two empires are opened: the eternal Kingdom of heaven, of Christ, and the universal Kingdom on earth, of Satan. Until now the human race has almost always chosen the second: today more than yesterday; perhaps tomorrow he does not even know what to choose: he will not know but the invitation of the Devil.
The Grand Inquisitor of Dostoevsky was not mistaken, then, when he said that the three temptations of Christ are eternally reiterated to him, in history, to man. But the Devil does not resort, against us, only to them. There are others, equally terrible, that were saved from the Son of Man.

Today men feel that the Devil is continuously among them; that represents the evil and the torment that is in them; and that, for that reason, it resembles them in everything, even in clothing: it is a companion of path and life, a hypostasis of themselves, a sosias, a double, a carnal brother. The Devil has become incarnate, he has become man: he is man.

These souls believe that a God who is really a father can not eternally torture his children; they consider that a God of all love, as Christ himself presented it to us, can not deny his forgiveness eternally, even to his most famous rebels. At the end of time, that is to say, of the current world, mercy will overcome justice. If it were not so, we should think that not even the very father of Christ is a perfect Christian.
We do not pretend that these sentiments and these thoughts are accepted today by the official doctrine of the teaching Church; and much less do we pretend to do the same as the Church or substitute ourselves for it. But what it is not lawful to teach as certain and certain truth can and should be admitted as Christian and human hope. Theological treatises will continue to say “no” to the doctrine of total and final reconciliation, but the heart – “that has its reasons that reason does not know” – will continue to long for and hope for a “yes.” In the school of Christ we have learned that the impossible, above all, is credible.
The Eternal Love -when everything is fulfilled and atoned for- can not deny itself even before the black face of the first insurgent and of my former Condemned.

A magnificent book that the conservative and majoritarian postulates of the Church do not like and which the British writer Graham Greene perfectly defines: “Where God is most present, there is also his enemy, and, conversely, we sometimes despair of finding to God in the place where the enemy is absent One is tempted to believe that Evil is but the shadow that the Good, in its perfection, carries with it, and that one day we will come to understand even the shadow “.

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