El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII — John Cornwell / Hitler’s Pope: The Secret History of Pius XII by John Cornwell

Este me parece un interesante libro sobre la vida de Pío XII, acusado de no haber ayudado a los judíos y si de los tesoros del Vaticano, lo interesante es que nos detalla toda su vida, la familia Pacelli era de la “nobleza negra” (familias aristocráticas que se ponen junto a los papas, después de haber arrebatado sus propiedades con la creación nación estado italiana. Lo interesante es que bajo el reinado de Pío IX (Nono), fue periodo más convulso, criticó a la francmasonería, el capitalismo… Y llego a perder el Estado del Vaticano frente al Estado Italiano, que recuperó entre otras cosas por un préstamo de Rotschild. El problema es que la gran perduración en el papado tiene consecuencias muy negativas. León XIII, otro papa que frente a sus encíclicas sociales era muy autoritario, mandaba postrar de rodillas a los católicos y que decir de Pío XI con la creación del Código, que regulaba las relaciones de la Iglesia evitando el poder de los Estados. A partir de mayo de 1917, cuando se publicó el Código en toda su extensión, la tarea principal de Pacelli iba a consistir en erradicar los obstáculos para su puesta en vigor en la mayor y más poderosa comunidad católica del mundo: la alemana.

Benedicto XV concentró su atención en la tarea de llevar a la mesa de negociaciones a los países que combatían en Europa. Se sentía atormentado por el espectáculo de una guerra de cristianos contra cristianos y católicos contra católicos. Inmediatamente después de ser elegido, hizo pública su protesta contra aquella «horrible carnicería». El Kaiser juzgó a Pacelli «un hombre agradable, distinguido, de gran inteligencia y excelente educación». Pensó que el nuncio conocía el alemán «lo suficiente como para comprenderlo cuando lo oye, aunque no sea capaz de hablarlo con soltura». No fue una transición suave a la democracia. Los aliados arrojaron a Alemania a un vacío político, propiciando un cambio revolucionario profundo y el caos económico y social, lo que a su vez provocó el hambre, levantamientos y huelgas. Por un momento pareció que el triunfo de los bolcheviques en Rusia se iba a repetir en Alemania.

Juan Pablo II, creía que el cristianismo es una religión social, situándose por tanto en las antípodas del pensamiento ahistórico y abstracto de Pacelli. Scheler se oponía a una concepción del individuo carente de solidaridad con los demás. Por la misma razón, estaba contra el estilo comunista de colectivismo, que según él negaba la responsabilidad y dignidad del individuo. Al final del proceso, después de trece años, sólo un hombre, Adolf Hitler, se interponía entre Pacelli y sus sueños de un superconcordato que impusiera por igual a todos los católicos de Alemania toda la fuerza del Derecho Canónico. Anticipándonos a esas negociaciones finales, la principal condición que Hitler impondría en 1933 era nada menos que la retirada voluntaria de los católicos alemanes de la acción social y política como tales católicos. La notable actitud de Pacelli se veía impulsada, como hemos visto, por una mesiánica convicción, mantenida durante tres generaciones, de que la Iglesia podría sobrevivir y mantenerse unida en el mundo moderno sólo si se reforzaba la autoridad papal mediante la aplicación de la ley. La política concordataria de Pacelli se centraba no tanto en los intereses de la Iglesia alemana, sino en el modelo piramidal de autoridad eclesiástica que se había estado practicando desde Pío Nono. Pacelli era el que reservaba al Reich extensos poderes sobre la educación religiosa, especialmente sobre la inspección escolar, la estructura de los planes de estudio, los estándares de calificación y la contratación y despido del personal educativo. El eje de apoyo fue sin duda Baviera. Pacelli ,la cuestión de la «vergüenza negra» dejó huella en su actitud hacia las razas y la guerra. Veinticinco años más tarde, cuando los aliados estaban a punto de entrar en Roma, pidió al embajador británico ante la Santa Sede que rogara al Ministerio de Asuntos Exteriores británico que «no hubiera soldados de color aliados entre los pocos que quedarían acuartelados en Roma tras la ocupación».

Durante el período de posguerra se había producido en la política alemana un crecimiento sin precedentes de la vida y la actividad católica alemana, tanto religiosa y cultural como política, estimulado por la fuerza del Partido del Centro. Proliferaban las asociaciones y sindicatos católicos, las vocaciones y publicaciones religiosas, y se constataba un patente incremento del fervor público. El número de clérigos diocesanos creció de 19.000 a 21.000 en el transcurso de los años veinte. Las fundaciones monásticas para hombres casi se duplicaron, de 336 a 640. El incidente de Mainz.
1. Ningún católico podía pertenecer como miembro al partido de Hitler.
2. Ningún miembro del partido de Hitler podía participar [en reuniones parroquiales], ya fuera en funerales o en otros acontecimientos.
3. Mientras un católico sea miembro del partido de Hitler, no podrá ser admitido a los sacramentos.
Hitler “la política religiosa y educativa del nacionalsocialismo es incompatible con el cristianismo católico”.
Tratado Lateranense, el catolicismo romano se convertía en la única religión reconocida como tal en todo el país. El acuerdo reconocía igualmente el derecho de la Santa Sede a imponer en Italia el nuevo Código de Derecho Canónico, cuya expresión más significativa, en opinión de Pío XI, era el artículo 34, en el que el Estado reconocía la validez de los matrimonios celebrados en la iglesia. Se reconocía al papado soberanía sobre el minúsculo territorio (44 hectáreas) de la Ciudad del Vaticano y derechos territoriales sobre varios edificios c iglesias de Roma, así como el palacio de verano de Castel Gandolfo a orillas del lago Albano. En compensación por sus pérdidas en tierras y propiedades, se concedía al Vaticano el equivalente a 85 millones de $.

La firma del concordato no significó el fin de los ataques contra asociaciones y organizaciones católicas que según el criterio de la Iglesia no eran políticas. Los dirigentes nazis locales no se sentían vinculados por el espíritu del tratado. En Baviera, patria tradicional del catolicismo alemán, donde Himmler y Heydrich estaban más activos, eran frecuentes las prohibiciones y la intimidación contra grupos católicos, en particular contra la prensa.

La política de Pacelli, como hemos visto, había sido no obstante de silencio e indiferencia hacia la cuestión judía. Como ha revelado repetidamente la correspondencia entre la jerarquía alemana y la Secretaría de Estado vaticana, su actitud común era: los judíos deben cuidar de sí mismos. Pero Pío XI empezaba a tener una opinión más matizada sobre la suerte que correrían estos. Pío XI comenzó a sentirse cada vez más preocupado. Finalmente, a comienzos del verano de 1938, decidió encargar la redacción de una encíclica acerca del racismo nazi y el antisemitismo. Pero esa encíclica nunca llegó a hacerse pública, y hasta hace muy poco no se conocía siquiera el borrador en francés que han descubierto unos investigadores belgas.

Pacelli, elegido Papa, apoya claramente a Hitler:
Al ilustre Herr Adolf Hitler, Führer y canciller del Reich alemán: Al comienzo de Nuestro Pontificado deseamos asegurarle que seguimos comprometidos con el bienestar espiritual del pueblo alemán confiado a su liderazgo. […] Durante los muchos años que vivimos en Alemania, hicimos cuanto estaba en Nuestra mano por establecer relaciones armoniosas entre la Iglesia y el Estado. Ahora que las responsabilidades de Nuestra función pastoral han aumentado Nuestras oportunidades, rezamos mucho más ardientemente por el logro de ese objetivo. ¡Que la prosperidad del pueblo alemán y su progreso en todos los terrenos llegue, con la ayuda de Dios, a colmarse!.

Su encíclica “Darkness over the Earth” (Tenebrismo sobre la Tierra)
Pacelli comenzaba caracterizándose a sí mismo como Vicario de Cristo que habla desde una dimensión separada del mundo. Refiriéndose a la encíclica de León XIII Annum sacrum como un mensaje «desde otro mundo», recordaba el año en que aquel Papa había consagrado la raza humana «al divino corazón de Jesús». Entrando en materia, condenaba el creciente secularismo y lo que llamaba «laicismo», y reclamaba un nuevo orden mundial en el que todas las naciones reconocieran el reino de Cristo, «Rey de reyes y Señor de señores», pidiendo a sus lectores que consideraran los recientes acontecimientos «externos» a la «luz de la eternidad». Había una intrínseca y desesperanzada ironía en aquella imagen del mundo que trataba de ahondar la división entre lo sagrado y lo profano; porque era poco realista, cuando el mundo se precipitaba hacia la guerra, llamar a las naciones a abandonar sus preocupaciones terrenales y a considerar las cuestiones espirituales. Al mismo tiempo, a fin de denunciar la adoración del Estado, Pacelli situaba la nación-Estado en oposición al individuo y a la familia, como si no hubiera lugar para redes sociales complejas entre una y otros.
El Papa estaba dispuesto a hacer «todo lo que pudiera». La forma en que Pacelli llegó a tomar aquella decisión crucial revela la debilidad y vulnerabilidad de la moderna autocracia papal. Intentó traicionar a Hitler. Pacelli habló de nuevo a Osborne del plan para deponer a Hitler. Había descubierto que Londres había recibido sondeos de paz por otras vías. Estaba muy disgustado. Osborne no se extendía sobre el enojo papal, pero el Pontífice se sentía probablemente molesto por la filtración de la conspiración e indignado por haber puesto a la Santa Sede en peligro sin resultado.
De algún modo, por falta de confianza y previsión por parte de los británicos, y de los propios conjurados alemanes, la conspiración se había ido al garete. Cuando el riesgo parecía valer la pena, era capaz de actuar con rapidez. Su personalidad exterior parecía delicada, supersensitiva, incluso débil para algunos. Pero pusilanimidad o indecisión —que suelen alegarse para justificar su subsiguiente silencio e inacción en otras cuestiones— no se hallaban en su naturaleza.

No hay pruebas, sin embargo, de que Pacelli y el Vaticano estuvieran implicados en una organización generalmente conocida como ODESSA, de la que se dice que planeó y financió la huida a Sudamérica de varios notorios criminales de guerra nazis. Sí es cierto que figuras como Franz Strangl, comandante del campo de Treblinka, recibieron ayuda (papeles falsos y lugares de ocultamiento en Roma) del obispo Alois Hudal, simpatizante de los nazis. Pero los esfuerzos de notables periodistas por establecer conexiones entre el Vaticano y la reserva de oro nazi no han obtenido fruto. ODESSA «nunca se ha demostrado». Pero insiste en que es importante examinar las motivaciones de ciertos individuos, como monseñor Hudal, quienes se revelaron tan eficaces como una auténtica organización. Tres periodistas británicos (Magnus Linklater, Isabel Hilton y Neal Ascherson) investigaron también la supuesta trama ODESSA en su libro sobre Klaus Barbie, y no lograron reunir suficientes pruebas para demostrar su existencia: «Las investigaciones norteamericanas y británicas condujeron una vez y otra a callejones sin salida». Algo como ODESSA pudo muy bien haber existido, concluyen los autores, pero…

En lo más crudo de la guerra, el programa papal de Pacelli, es decir, sus aspiraciones a la santidad y sus intentos de identificar al pueblo de Dios con la fidelidad al Papa, era sobre todo incompatible con un mínimo sentido de la responsabilidad frente a los judíos de Europa, y en identidad común con ellos.

Guenter Lewy lo resume así:
Una denuncia pública de los asesinatos en masa por Pío XII, emitida desde la radio vaticana y leída desde los púlpitos por los obispos, habría revelado a los judíos e igualmente a los cristianos lo que significaba la deportación al este. Habrían creído al Papa, mientras que a las emisiones radiofónicas de los aliados se les quitaba importancia, considerándolas como propaganda de guerra.
En Holanda, los obispos católicos se pusieron de acuerdo con las Iglesias protestantes para enviar un telegrama de protesta contra las deportaciones de judíos.
La incapacidad de Pacelli para responder a la inmensidad del Holocausto era algo más que una incapacidad personal, era un fracaso de la propia institución papal y de la cultura predominante en el catolicismo. Ese fracaso estaba implícito en las distancias que el catolicismo había creado y mantenido: entre lo sagrado y lo profano, lo espiritual y lo terrenal, el cuerpo y el alma.
El Papa y sus consejeros, influidos por la larga tradición antisemita tan aceptada en los círculos vaticanos, no contemplaban la suerte adversa de los judíos con una sensación de urgencia e indignación moral». Y añade, prudentemente: «Para esta afirmación no hay documentación disponible, pero es una conclusión difícil de eludir».
Aunque públicamente repudió las teorías racistas en la segunda mitad de la década de los treinta, Pacelli se negó a apoyar las protestas del episcopado católico alemán contra el antisemitismo. Tampoco hizo ningún intento de obstaculizar el proceso de colaboración del clero católico en la certificación racial para identificar a los judíos, lo que proporcionó a los nazis informaciones esenciales para su persecución.
Su complicidad en la Solución Final al no pronunciar una condena congrua se agrava por el intento retrospectivo de presentarse a sí mismo como un sincero defensor del pueblo judío. Su grandilocuente autoexculpación de 1946 revelaba que no sólo había sido el Papa ideal para la Solución Final de Hitler, sino que era un hipócrita.

El Vaticano también temía por los judíos, y había incrementado sus actividades caritativas, especialmente ayudándolos a ocultarse. Uno de los judíos más notorios que aprovechó esa ayuda ofrecida por la Iglesia fue Israel Zolli, junto con su mujer e hija. Encontraron refugio en el hogar de una familia católica antes de trasladarse al interior del Vaticano, con gran disgusto de los dirigentes de la comunidad, que los acusaron de abandonar a su pueblo. La orden de proceder a la deportación de los judíos de Roma llegó al comandante de las SS Herbert Kappler desde el despacho berlinés de Himmler en la segunda semana de la ocupación. Kappler, sin embargo, la demoró, porque no creía que «en Italia existiera un problema judío».
El rescate en oro fue pagado en su totalidad y a tiempo. Tuvieron que pesarlo dos veces, ya que los alemanes acusaron a los judíos de hacer trampa. No les dieron ningún recibo por esa prodigiosa fortuna. Kappler envió un mensaje que decía: «No se le dan recibos al enemigo al que se está privando de sus armas». El oro se envió inmediatamente a Berlín, donde permaneció intacto en sus cajas de cartón en una oficina del ministerio, hasta que terminó la guerra. En referencia a los 1060 judíos deportados a Roma:
El Augusto Pontífice, como es bien sabido […], no desistió ni por un momento y utilizó todos los medios a su alcance para aliviar su sufrimiento, que en cualquier caso no es sino la consecuencia de esta cruel conflagración.
Con el aumento del mal, la candad universal y paternal del Pontífice se ha vuelto, si cabe, aún más activa; no conoce límites de nacionalidad, religión ni raza.
Esa variada e incesante actividad de Pío XII se ha intensificado aún más en los últimos tiempos, teniendo en cuenta el creciente sufrimiento de tanta gente desgraciada.

La tragedia de Hitler al papa Pacelli estaba a través de Wolff:
HITLER: Quiero que usted y sus tropas, mientras todavía se mantiene la indignación en Alemania por la traición de Badoglio, ocupen tan pronto como sea posible el Vaticano y la Ciudad del Vaticano, ponga a salvo los archivos y los tesoros artísticos, de valor incalculable, y traslade al Papa, junto con la curia, para protegerlos y que no puedan caer en manos de los aliados y sufrir su influencia. Según evolucione la situación política y militar se decidirá si traerlos a Alemania o mantenerlos en el principado neutral de Liechtenstein ¿Para cuando puede tener preparada la operación?.
«¿Cuánto puede tardar en preparar el plan?» Wolff respondió que, siendo preciso evaluar y poner a buen recaudo los tesoros del Vaticano, no creía que pudiera preparar un plan en un plazo inferior a cuatro o seis semanas. A lo que Hitler replicó: «Eso es demasiado. Es crucial que me haga saber cada dos semanas cómo van los preparativos. Preferiría ocupar el Vaticano inmediatamente». Hitler finalmente abandonó el proyecto por los problemas que conllevaba. Una ocupación del Vaticano y la deportación del Papa podrían provocar una reacción extremadamente negativa en Italia, así como por parte de los católicos alemanes, tanto en la patria como en el frente, y en los católicos del resto del mundo y en los Estados neutrales, reacciones que sobrepasarían las ventajas coyunturales ofrecidas por la neutralización política del Vaticano o por la disponibilidad de sus tesoros. Una de las grandes paradojas del papado de Pacelli se centra específicamente en su propia imagen pastoral. Al comienzo y al final de su película promocional Pastor Angelicus, la cámara enfoca la estatua del buen pastor que hay en los jardines del Vaticano, un pastor que lleva una oveja perdida sobre sus hombros. La parábola evangélica del buen pastor nos habla del pastor que ama tanto a sus ovejas que lo arriesga todo, y es capaz de sufrir cualquier daño, para salvar a un solo miembro de su rebaño que se pierde o está en peligro. Para su vergüenza eterna, y para vergüenza de la Iglesia católica, Pacelli se negó a reconocer a los judíos de Roma como miembros de su rebaño romano.

Para Pacelli, la democracia conducía bien a los dudosos valores de Estados Unidos, que en muchos aspectos deploraba pese a su riqueza, o al socialismo, que consideraba precursor del comunismo. Estados Unidos, según creía, se balanceaba en un peligroso relativismo que aceptaba todo tipo de credos, denominaciones y afiliaciones, incluyendo el protestantismo y la francmasonería. El desenfadado materialismo americano, en opinión de Pacelli, no era sino el reverso del materialismo ateo de la Unión Soviética.

Paradojas de este Papa, la indulgencia de Pacelli hacia los culpables de participar en los asesinatos en masa de judíos durante la guerra, no vaciló en aconsejar el martirio a aquellos cuya moral sexual se encontrara en peligro. (María Goretti y la castidad a su extremismo).

Pacelli se había convertido, puede decirse, en el más eminente autócrata del mundo, aunque su estilo de vida seguía siendo simple, monacal, rígidamente regulado. Si mostraba signos de grandiosidad era en su tendencia a explayarse sobre un abanico de temas cada vez más extenso. No creía en las nuevas generaciones y poco o nada ha hecho por las mujeres en la institución.
Los críticos de su pontificado se ocuparon de esas insalubres circunstancias, que ejemplificaban a su juicio el corrupto final del papado más absolutista de la historia moderna. Con el tiempo, sin embargo, surgieron otras cuestiones, tanto de comisión como de omisión, más vergonzosas, más dañinas para su memoria y para la institución del papado, que nadie habría considerado creíbles durante su vida.
Las primeras palabras de su testamento personal rezan así:
Ten piedad de mí, Señor, de acuerdo con tu gracia; el conocimiento de las deficiencias, fallos y pecados cometidos durante un pontificado tan largo y en una época tan difícil me ha dejado más claro mis insuficiencias y falta de mérito. Pido humildemente perdón a todos los que he ofendido, perjudicado y escandalizado.

Cuando el papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios, la Iglesia católica decae en influencia moral y espiritual, en detrimento de todos nosotros.

Lo gratificante del libro, eran momentos muy difíciles, como es difícil evaluar de manera objetiva su comportamiento, aunque el autor claramente no está de acuerdo con su proceder. No obstante aclara o describe las circunstancias que lo rodearon aunque muchos detalles aun están ocultos al público. Al final de la lectura cada uno puede sacar sus propias conclusiones, lo que indica que, a pesar de todo, es bastante objetivo.

This seems to me an interesting book about the life of Pius XII, accused of not having helped the Jews and of the treasures of the Vatican, the interesting thing is that he details us all his life, the Pacelli family was of the “black nobility” ( Aristocratic families that are placed next to the popes, after having snatched their properties with the creation of the Italian state, the interesting thing is that under the reign of Pius IX (Nono), it was a more convulsive period, criticized Freemasonry, capitalism. .. And he came to lose the Vatican State against the Italian State, which he recovered among other things for a loan from Rothschild.The problem is that the great permanence in the papacy has very negative consequences. “Leo XIII, another pope who confronted his Social encyclicals were very authoritarian, sent kneeling down to Catholics and what to say about Pius XI with the creation of the Code, which regulated the relations of the Church avoiding the power of the States. In 1917, when the Code was published in its entirety, Pacelli’s main task was to eradicate the obstacles for its implementation in the largest and most powerful Catholic community in the world: the German one.

Benedict XV focused his attention on the task of bringing the countries that fought in Europe to the negotiating table. He felt tormented by the spectacle of a war of Christians against Christians and Catholics against Catholics. Immediately after being elected, he made public his protest against that “horrible butchery.” The Kaiser judged Pacelli “a pleasant, distinguished man of great intelligence and excellent education.” He thought that the nuncio knew German “enough to understand it when he hears it, even if he is not able to speak it fluently.” It was not a smooth transition to democracy. The allies threw Germany into a political vacuum, prompting a profound revolutionary change and economic and social chaos, which in turn caused hunger, uprisings and strikes. For a moment it seemed that the triumph of the Bolsheviks in Russia was to be repeated in Germany.

John Paul II, believed that Christianity is a social religion, thus standing at the antipodes of Pacelli’s ahistorical and abstract thinking. Scheler was opposed to a conception of the individual lacking in solidarity with others. For the same reason, he was against the communist style of collectivism, which he claimed denied the responsibility and dignity of the individual. At the end of the process, after thirteen years, only one man, Adolf Hitler, stood between Pacelli and his dreams of a superconcordate that would impose the full force of Canon Law equally on all Catholics in Germany. Anticipating those final negotiations, the main condition that Hitler would impose in 1933 was nothing less than the voluntary withdrawal of German Catholics from social and political action as such Catholics. Pacelli’s remarkable attitude was impelled, as we have seen, by a messianic conviction, maintained for three generations, that the Church could survive and remain united in the modern world only if the papal authority were strengthened through the application of the law. Pacelli’s concordat policy focused not so much on the interests of the German Church, but on the pyramidal model of ecclesiastical authority that had been practiced since Pius Nono. Pacelli was the one that reserved to the Reich extensive powers on the religious education, especially on the scholastic inspection, the structure of the plans of study, the qualification standards and the hiring and dismissal of the educative personnel. The support axis was undoubtedly Bavaria. Pacelli, the question of “black shame” left its mark on his attitude towards races and war. Twenty-five years later, when the allies were about to enter Rome, he asked the British ambassador to the Holy See to appeal to the British Foreign Ministry that “there were no colored soldiers allied among the few who would be quartered in Rome after the occupation”.

During the post-war period there had been an unprecedented growth in German life and activity in German politics, both religious and cultural and political, stimulated by the strength of the Center Party. Catholic associations and unions, vocations and religious publications proliferated, and there was a clear increase in public fervor. The number of diocesan clergy grew from 19,000 to 21,000 over the course of the 1920s. The monastic foundations for men almost doubled, from 336 to 640. The Mainz incident.
1. No Catholic could belong as a member to Hitler’s party.
2. No member of Hitler’s party could participate [in parish meetings], either at funerals or other events.
3. As long as a Catholic is a member of Hitler’s party, he can not be admitted to the sacraments.
Hitler “the religious and educational policy of National Socialism is incompatible with Catholic Christianity.”
Lateran Treaty, Roman Catholicism became the only religion recognized as such throughout the country. The agreement also recognized the right of the Holy See to impose in Italy the new Code of Canon Law, whose most significant expression, in Pius XI’s opinion, was article 34, in which the State recognized the validity of marriages celebrated in church. It recognized the sovereignty over the tiny territory (44 hectares) of the Vatican City and territorial rights over several buildings and churches in Rome, as well as the summer palace of Castel Gandolfo on the shores of Lake Albano. In compensation for their losses on land and property, the Vatican was granted the equivalent of $ 85 million.

The signing of the concordat did not mean the end of the attacks against Catholic associations and organizations that according to the Church’s criteria were not political. The local Nazi leaders did not feel bound by the spirit of the treaty. In Bavaria, the traditional homeland of German Catholicism, where Himmler and Heydrich were most active, bans and intimidation against Catholic groups, particularly against the press, were frequent.

Pacelli’s policy, as we have seen, had nonetheless been one of silence and indifference towards the Jewish question. As the correspondence between the German hierarchy and the Vatican Secretariat of State has repeatedly revealed, their common attitude was: Jews must take care of themselves. But Pius XI was beginning to have a more nuanced opinion about the fate of these. Pius XI began to feel increasingly worried. Finally, in the early summer of 1938, he decided to commission the writing of an encyclical on Nazi racism and anti-Semitism. But that encyclical was never made public, and until recently the draft in French discovered by Belgian researchers was not even known.

Pacelli, elected pope, clearly supports Hitler:
To the illustrious Herr Adolf Hitler, Führer and Chancellor of the German Reich: At the beginning of Our Pontificate we wish to assure you that we remain committed to the spiritual well-being of the German people entrusted to their leadership. […] During the many years we lived in Germany, we did everything in our power to establish harmonious relations between Church and State. Now that the responsibilities of Our pastoral function have increased Our opportunities, we pray much more ardently for the achievement of that goal. May the prosperity of the German people and their progress in all areas come, with the help of God, to be filled!.

His encyclical “Darkness over the Earth” (Tenebrismo sobre la Tierra)
Pacelli began by characterizing himself as the Vicar of Christ speaking from a dimension separated from the world. Referring to the encyclical of Leo XIII Annum sacrum as a message «from another world», he recalled the year in which that Pope had consecrated the human race «to the divine heart of Jesus». Entering into matter, he condemned the growing secularism and what he called “secularism,” and called for a new world order in which all nations recognized the kingdom of Christ, “King of kings and Lord of lords,” asking his readers to consider recent events “external” to the “light of eternity.” There was an intrinsic and hopeless irony in that image of the world that sought to deepen the division between the sacred and the profane; because it was unrealistic, when the world was rushing towards war, calling on nations to abandon their earthly concerns and to consider spiritual matters. At the same time, in order to denounce the adoration of the State, Pacelli placed the nation-state in opposition to the individual and the family, as if there were no place for complex social networks between one and the other.
The Pope was willing to do “everything he could”. The way in which Pacelli came to take that crucial decision reveals the weakness and vulnerability of the modern papal autocracy. He tried to betray Hitler. Pacelli spoke again to Osborne of the plan to depose Hitler. He had discovered that London had received peace surveys in other ways. I was very upset. Osborne did not extend the papal anger, but the Pontiff was probably annoyed by the leaking of the conspiracy and outraged at having put the Holy See in danger without result.
Somehow, because of a lack of confidence and foresight on the part of the British, and of the German conspirators themselves, the conspiracy had gone to hell. When the risk seemed worth it, he was able to act quickly. His outer personality seemed delicate, supersensitive, even weak for some. But pusillanimity or indecision, which is often alleged to justify his subsequent silence and inaction in other matters, were not in his nature.

There is no evidence, however, that Pacelli and the Vatican were involved in an organization generally known as ODESSA, which is said to have planned and financed the flight to South America of several notorious Nazi war criminals. It is true that figures such as Franz Strangl, commander of the Treblinka camp, received help (false papers and hiding places in Rome) from Bishop Alois Hudal, sympathizer of the Nazis. But the efforts of notable journalists to establish connections between the Vatican and the Nazi gold reserve have not yielded fruit. ODESSA “has never been proven”. But he insists that it is important to examine the motivations of certain individuals, such as Monsignor Hudal, who proved as effective as a true organization. Three British journalists (Magnus Linklater, Isabel Hilton and Neal Ascherson) also investigated the alleged ODESSA plot in their book about Klaus Barbie, and failed to gather enough evidence to prove its existence: “American and British investigations led once and again to alleys No Exit”. Something like ODESSA could very well have existed, the authors conclude, but …

In the depths of the war, Pacelli’s papal program, that is, his aspirations to holiness and his attempts to identify the people of God with fidelity to the Pope, was above all incompatible with a minimum sense of responsibility in the face of the Jews of Europe, and in common identity with them.

Guenter Lewy sums it up like this:
A public denunciation of the mass murders by Pius XII, broadcast from the Vatican radio and read from the pulpits by the bishops, would have revealed to the Jews and equally to the Christians what deportation meant to the east. They would have believed the Pope, while the radio broadcasts of the allies were dismissed as war propaganda.
In Holland, the Catholic bishops agreed with the Protestant churches to send a telegram of protest against the deportations of Jews.
Pacelli’s inability to respond to the immensity of the Holocaust was more than a personal incapacity, it was a failure of the papal institution itself and of the predominant culture in Catholicism. That failure was implicit in the distances that Catholicism had created and maintained: between the sacred and the profane, the spiritual and the earthly, the body and the soul.
The Pope and his councilors, influenced by the long anti-Semitic tradition so accepted in Vatican circles, did not contemplate the adverse fate of the Jews with a sense of urgency and moral indignation. ” And he adds, cautiously: “For this statement there is no documentation available, but it is a difficult conclusion to avoid.”
Although he publicly repudiated racist theories in the second half of the 1930s, Pacelli refused to support the protests of the German Catholic episcopate against anti-Semitism. Nor did he make any attempt to hinder the process of collaboration of the Catholic clergy in racial certification to identify the Jews, which provided the Nazis with essential information for their persecution.
His complicity in the Final Solution by not pronouncing a congruent condemnation is aggravated by the retrospective attempt to present himself as a sincere defender of the Jewish people. His grandiloquent self-exculpation of 1946 revealed that not only had he been the ideal Pope for Hitler’s Final Solution, but he was a hypocrite.

The Vatican also feared for the Jews, and had increased their charitable activities, especially by helping them to hide. One of the most notorious Jews who took advantage of the help offered by the Church was Israel Zolli, along with his wife and daughter. They found refuge in the home of a Catholic family before moving to the interior of the Vatican, to the great disgust of the leaders of the community, who accused them of abandoning their town. The order to proceed with the deportation of the Jews from Rome came to the SS commander Herbert Kappler from the Berlin office of Himmler in the second week of the occupation. Kappler, however, delayed it, because he did not believe that “in Italy there was a Jewish problem”.
The gold rescue was paid in full and on time. They had to weigh it twice, since the Germans accused the Jews of cheating. They were not given any receipts for that prodigious fortune. Kappler sent a message that said: “No receipt is given to the enemy who is being deprived of his weapons.” The gold was immediately sent to Berlin, where it remained intact in its cardboard boxes in a ministry office, until the war ended. In reference to the 1060 Jews deported to Rome:
The August Pontiff, as is well known […], did not give up even for a moment and used all the means at his disposal to alleviate his suffering, which in any case is but the consequence of this cruel conflagration.
With the increase of evil, the universal and paternal peace of the Pontiff has become, if possible, even more active; he knows no limits of nationality, religion or race.
This varied and incessant activity of Pius XII has intensified even more in recent times, taking into account the growing suffering of so many unhappy people.

The tragedy of Hitler to Pope Pacelli was through Wolff:
HITLER: I want you and your troops, while the indignation in Germany is still being maintained for the betrayal of Badoglio, to occupy the Vatican and the Vatican City as soon as possible, to safeguard the archives and artistic treasures of incalculable value , and move the Pope, along with the curia, to protect them and that they can not fall into the hands of the allies and suffer their influence. As the political and military situation evolves, it will be decided whether to bring them to Germany or keep them in the neutral principality of Liechtenstein. When can the operation be ready?
“How long can it take to prepare the plan?” Wolff responded that, since the treasures of the Vatican had to be evaluated and put in a safe place, he did not believe that he could prepare a plan in less than four or six weeks. To which Hitler replied: “That’s too much. It is crucial that you let me know every two weeks how the preparations are going. I would prefer to occupy the Vatican immediately. ” Hitler finally abandoned the project because of the problems it entailed. An occupation of the Vatican and the deportation of the Pope could provoke an extremely negative reaction in Italy, as well as on the part of the German Catholics, both in the homeland and on the front, and in the Catholics of the rest of the world and in the neutral states, reactions that would surpass the conjunctural advantages offered by the political neutralization of the Vatican or by the availability of its treasures. One of the great paradoxes of Pacelli’s papacy focuses specifically on his own pastoral image. At the beginning and end of his promotional film Pastor Angelicus, the camera focuses on the statue of the good shepherd in the Vatican gardens, a shepherd carrying a lost sheep on his shoulders. The Gospel parable of the good shepherd tells us about the shepherd who loves his sheep so much that he risks everything, and is capable of suffering any harm, to save a single member of his flock that is lost or in danger. To his eternal shame, and to the shame of the Catholic Church, Pacelli refused to recognize the Jews of Rome as members of his Roman flock.

For Pacelli, democracy led well to the dubious values ​​of the United States, which in many respects deplored despite its wealth, or to socialism, which he considered a precursor of communism. The United States, he believed, was swinging in a dangerous relativism that accepted all kinds of creeds, denominations and affiliations, including Protestantism and Freemasonry. The casual American materialism, in Pacelli’s opinion, was nothing but the reverse of the atheistic materialism of the Soviet Union.

Paradoxes of this Pope, Pacelli’s indulgence towards those guilty of participating in the mass murders of Jews during the war, did not hesitate to advise martyrdom on those whose sexual morals were in danger. (Maria Goretti and chastity to his extremism).

Pacelli had become, it may be said, the most eminent autocrat in the world, although his style of life remained simple, monastic, rigidly regulated. If it showed signs of grandiosity, it was in its tendency to expand on a range of topics that was ever more extensive. He did not believe in the new generations and little or nothing he has done for the women in the institution.
Critics of his pontificate dealt with these unhealthy circumstances, which exemplified in his view the corrupt end of the most absolutist papacy in modern history. Over time, however, other issues arose, both commission and omission, more shameful, more damaging to his memory and to the institution of the papacy, which no one would have considered credible during his life.
The first words of his personal testament read like this:
Have mercy on me, Lord, according to your grace; the knowledge of the shortcomings, failures and sins committed during such a long pontificate and in such a difficult time has made my shortcomings and lack of merit clearer. I humbly ask forgiveness of all those I have offended, harmed and scandalized.

When the papacy grows in importance at the expense of the people of God, the Catholic Church falls into moral and spiritual influence, to the detriment of all of us.

The rewarding part of the book were very difficult moments, as it is difficult to objectively evaluate his behavior, although the author clearly does not agree with his behavior. However he clarifies or describes the circumstances surrounding him although many details are still hidden from the public. At the end of the reading each one can draw their own conclusions, which indicates that, in spite of everything, it is quite objective.

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