Keynes vs Hayek:El choque que definió la economía moderna — Nicholas Wapshott / Keynes Hayek: The Clash that Defined Modern Economics by Nicholas Wapshott

Sin duda este libro me parece un gran libro, los detractores dirán que demasiado teórico, pero tiene la gran virtud de ser fácil de leer y es adictivo sobre los dos grandes pilares económicos del S.XX, el ingles Keynes y el austríaco Hayek, partiendo de la carta que le escribe Hayek a Keynes, solicitándole “psicología matemática” de Edgeworth y conservando la postal en su museo nos adentra en los postulados de Keynes, su importancia en los tratados de Versalles y se le llego a tildar de defensor de los derrotados (Alemania) por decir que nos se les podía humillar por en caso contrario no poder pagar deudas, es el defensor de la intervención estado como salvaguardia, a todo ello después el refugio de las monedas en el patrón oro y la creación de instituciones como el Banco Mundial se deben a sus postulados, mientras Hayek es mas una persona de libre mercado y es importante la diferencia de ahorro e inversión, Keynes dice a los británicos por radio que consuman por no consumir puede dar lugar a pérdida de puestos de trabajo. Hayek le atacaría por esto. Ambos físicamente de alturas similares, casi 2 metros, Keynes formaba parte de el grupo de Bloomsbury.

La teoría pura, Hayek llama la atención de Keynes por concentrarse en los efectos a corto plazo de los problemas y soluciones económicas, «no sólo como un error intelectual grave y peligroso, sino como una traición a la obligación más importante de un economista y una grave amenaza a nuestra civilización». «Solía […] considerarse como la obligación y el privilegio del economista estudiar y resaltar los efectos que pueden acabar ocultándose al ojo inexperto, y dejar los efectos más inmediatos para el hombre práctico», escribió. «Es tremendo que tras haber pasado por el proceso de desarrollo de una explicación sistemática de las fuerzas que, a largo plazo, acaban determinando los precios y la producción, tengamos que descartarla, para reemplazarla por la miope filosofía del empresario elevada a la categoría de una ciencia.

Camino de servidumbre eran los que Hayek consideraba los demonios del socialismo y el fascismo, a pesar de que en el momento de escribirlo la Unión Soviética de Stalin estaba aliada con Gran Bretaña y Estados Unidos, y se había visto obligado a suavizar sus críticas al comunismo y a aludir a los peligros del nazismo y el fascismo. Aseguró que la percepción común de que los extremos de derechas e izquierdas eran polos opuestos era un error, ya que ambos, al reemplazar las fuerzas del mercado por una extensa planificación estatal, asaltaban las libertades individuales. Y reiteró su idea de que como los planificadores económicos no podían saber lo que querían los demás, acababan comportándose como déspotas.
Hayek tenía miedo de que cuando la segunda guerra mundial acabara, los victoriosos aliados pudieran concluir que la gestión económica realizada durante la guerra pudiera acelerar una sociedad posbélica más próspera y más justa. Estas políticas, advirtió, fomentarían las condiciones previas al totalitarismo y podrían hacer que la historia se repitiera. «Poco a poco hemos ido abandonando esa libertad en los asuntos económicos sin la cual la libertad personal y política no hubieran existido en el pasado»,escribió. «Es el destino de Alemania el que corremos el riesgo de repetir.»
Hayek reconoce el motivo que está detrás del programa de Keynes: los peligros del extenso desempleo prolongado y que «combatir las fluctuaciones generales de la actividad económica y las recurrentes oleadas de desempleo a gran escala que las acompañaban» suponía «un problema sumamente importante» y «uno de los más graves y más acuciantes de nuestra época». Su solución, sin embargo, rechaza la intervención del gobierno. «Aunque la solución al desempleo crónico requerirá mucha planificación en el buen sentido», escribió, «no requiere o necesita ese tipo de planificación que de acuerdo con sus defensores tiene que reemplazar al mercado.»
Hayek evoca un mundo keynesiano en el que la actividad económica está dirigida por el Estado. «Esto podría llevar a restricciones mucho más serias de la esfera competitiva». George Orwell, criticará duramente a Hayek. Camino de servidumbre critica a todos los que aspiran a hacer el bien a través de las oficinas del Estado así como a los políticos de todo tipo y condición que intentan.

Sus pensamientos fueron llevados por el primer ministro Atlee, Kennedy, pero Carter sufrió un golpe mortal en enero de 1979 cuando la Revolución islámica en Irán generó una gran confusión en Oriente Medio. El presidente se vio atrapado en una segunda crisis del petróleo que rivalizaba con la de 1973, resultando en una severa reducción del abastecimiento de crudo. Impuso controles de precios a la gasolina, lo cual provocó largas colas en las estaciones de servicio. Nombró a Paul Volcker,802 demócrata de toda la vida, presidente de la Reserva Federal, con la misión de incrementar los tipos de interés para sofocar la demanda que supuestamente estaba siendo la raíz de la inflación. La incapacidad de Carter para tener controlados los precios a tiempo para las elecciones de noviembre de 1980 fue un regalo para su rival republicano, el apuesto, afable y prometedor Ronald Reagan, que preguntó a los votantes: «¿Estáis mejor que hace cuatro años?». La respuesta fue un rotundo no.
Pero Carter no era el único que estaba pasando por un mal momento, John Maynard Keynes también. Treinta y cuatro años después de la muerte del gran hombre y más de cuarenta años después de la publicación de la Teoría general, parecía que el keynesianismo había llegado a
su fin. Daba la impresión de que, como cuando se abusa de un medicamento milagroso, los dispensadores de su remedio habían aplicado demasiado elixir demasiado a menudo. Había llegado el momento de hacer un replanteamiento radical de la teoría económica que durante tanto tiempo Hayek y sus aliados habían estado trazando.

Hayek en su discurso en Estocolmo, el mercado como un juego de pelota, para demostrar que nadie podía conocer todas sus complejidades. Si tuviéramos datos concretos de los jugadores, como «su nivel de atención, sus percepciones y la condición de su corazón, articulaciones, músculos, etc., en cada momento del juego, probablemente se podría predecir el resultado», sugirió. «Pero obviamente no conocemos esos datos y por lo tanto el resultado del juego está fuera de lo científicamente predecible.» Lo máximo que un economista puede hacer es comportarse como un jardinero y «favorecer el crecimiento proporcionando el entorno adecuado».837
Hayek recibió una extensa aclamación. Con el keynesianismo en plena retirada, el mundo parecía estar acercándose a su forma de pensar. Declaró: «Cuando era joven, sólo los más mayores seguían creyendo en el sistema del libre mercado. En la madurez, era el único que creía en él. Y ahora, tengo la suerte de haber vivido lo suficiente para ver que los jóvenes vuelven a creer en él». Valedores como Reagan y Thatcher, ella se propuso reducir la dimensión del sector público, reducir la oferta de dinero, recortar impuestos, liberar a las empresas de las regulaciones, liquidar la deuda nacional, y saldar los activos del Estado en un proceso conocido como «privatización». Era puro Hayek con un toque de Friedman. «El espíritu de empresa llevaba mucho tiempo reprimido por el socialismo, por impuestos demasiado elevados, demasiada regulación, demasiado gasto público», explicó. «Su filosofía era nacionalización, centralización, control, regulación. Esto se tenía que acabar.»
Thatcher tuvo que hacer frente a una oposición considerable a sus ideas monetaristas, especialmente por parte de los miembros de su propio gobierno que apelaban al creciente desempleo y la violencia en las calles como pruebas de la falta de adecuación de la política. Nicholas Kaldor, el pupilo favorito de Hayek en la LSE y que en ese momento era profesor emérito de económicas en Cambridge, se mofó de las nociones hayekianas en las que se basaba la contrarrevolución de Thatcher y publicó un tratado que invocaba el espíritu de Keynes, The economic consequences of Mrs. Thatcher. No sirvió de nada.
Thatcher, tan evangelista como siempre, dijo en la Cámara de los Comunes: «Soy una gran admiradora del profesor Hayek. Algunos miembros honorables tendrían que leer alguno de sus libros». Para conseguir que sus oponentes cambiaran de opinión, invitó a Friedman a cenar con ellos. «La reunión generó una interesante e inspirada discusión», explicó Friedman, «especialmente cuando la señora Thatcher se fue, y me pidió que me ocupara de algunos de los novatos de su gabinete.»Como primer sistema económico importante que ponía a prueba soluciones monetaristas para acabar con la estanflación, hubo cierta dosis de experimentación, pasos en falso y errores en la implementación del experimento «friedmanita» en Gran Bretaña. A través de un comité de expertos conservador, buscó el consejo del monetarista suizo Jürg Niehans, que le dijo que estaba controlando demasiado la oferta de dinero y fijando los intereses a un tipo demasiado alto, haciendo que la libra esterlina aumentase y que las exportaciones británicas resultaran demasiado caras. Friedman echó la culpa del fracaso inicial del monetarismo en Gran Bretaña a las «variaciones» de la oferta de dinero que se había permitido que ocurrieran.

Para muchos keynesianos, la reaganomía no era más que una farsa, una artimaña política que, tras la machista retórica hayekiana en favor de reducir la magnitud del gobierno, ocultaba una política de gasto público desmesurado en defensa que estimulaba la demanda agregada y el crecimiento económico. Según Robert Solow, economista del MIT laureado con el Premio Nobel de Economía: «La bonanza económica que se prolongó desde 1982 hasta 1990 fue diseñado por la administración Reagan con un estilo totalmente keynesiano aumentando el gasto y reduciendo los impuestos, en un ejemplo típico de déficit presupuestario expansivo».
Galbraith lo compartía. «[Reagan] llegó a la presidencia cuando el país estaba experimentando una recesión bastante desagradable e [implementó] muchas de las políticas keynesianas», dijo. «Uno de los resultados fue la mejora de la economía en los ochenta bajo la presidencia de Ronald Reagan. Y lo más gracioso es que lo consiguió gracias a gente que en realidad no sintonizaba con Keynes y le criticaba. Tuvimos un keynesianismo involuntariamente anónimo.

Hayek fue derrotado por Keynes en los debates económicos de los años treinta, no porque, a mi modo de ver, Keynes hubiera “demostrado” su punto de vista, sino porque, una vez que la economía mundial había colapsado, nadie estaba muy interesado en averiguar qué lo había provocado exactamente». Desde mediados de los setenta, el keynesianismo ha sido declarado muerto en varias ocasiones, el reconocimiento de Friedman en 1966 de que «por una parte, ahora todos somos keynesianos; por otra, ya nadie es keynesiano» es una estimación más precisa, aunque ambigua, de la situación de la economía a principios del siglo XXI. Una diferencia fundamental entre los dos hombres, sobre si la economía se entendía mejor de abajo arriba o de arriba abajo, a través de la macroeconomía o de la microeconomía, dejó a Keynes en mejor posición. Su enfoque global se utiliza en todo el mundo.

Los economistas utilizamos muchos detalles de la Teoría general; aceptamos al menos una gran parte de la agenda de análisis e investigación que introdujo la Teoría general».
Friedman, con sus propuestas monetaristas, perfeccionó a Keynes, pero no le reemplazó. «[El monetarismo] se ha beneficiado mucho del trabajo de Keynes», escribió en 1970. «Si Keynes estuviera vivo, no dudaría en estar al frente de la contrarrevolución [monetarista]. Keynes buscaba una solución para el desempleo masivo, y su solución fue incrementar la demanda agregada total. Propuso varios caminos; la vía monetaria, reduciendo el tipo de interés e inyectando dinero nuevo en la economía; mediante exenciones fiscales; y mediante obras públicas. No hay ninguna duda de quién ganó el debate intelectual. […] La opinión intelectual del mundo hoy es mucho menos favorable a la planificación y el control central que en 1947. Lo que no está tan claro es quién ganó el debate práctico. El mundo es más socialista hoy que en 1947. El gasto del gobierno de prácticamente todos los países occidentales es más alto hoy que en 1947. […] La regulación de las empresas por el gobierno también es mayor. Bush y Obama tuvieron muy poco reconocimiento por haber tomado medidas precipitadas para evitar el caos económico. Y el keynesianismo demostró no ser la panacea. Cuando el paquete de estímulo no consiguió reducir rápidamente la cifra de desempleados, y empezaron a circular rumores sobre el dinero que se «derrochaba» en controvertidos programas públicos, muchos estadounidenses empezaron a preocuparse por el alcance del endeudamiento del gobierno. Para algunos, como el profesor de economía de Harvard Robert Barro, Keynes se convirtió en un personaje burlesco, en una especie de flautista de Hamelin que guiaba a los niños de generaciones futuras hacia las oscuras cuevas de un nivel de endeudamiento insostenible.
John Kenneth Galbraith no vivió para ver la Gran Recesión, sin embargo dio una explicación de por qué los conservadores no habían aplaudido a Keynes por salvar el capitalismo por segunda vez. «Keynes estaba extremadamente confortable con el sistema económico que tan brillantemente había explorado», observó Galbraith. «La mayor parte de sus esfuerzos, como los de Roosevelt, eran conservadores; quería ayudar a asegurar la supervivencia del sistema. Pero este conservadurismo de los países anglófonos no es atractivo para el conservador realmente comprometido. […] Es mejor aceptar el desempleo, las plantas inutilizadas, y el desespero masivo provocado por la Gran Depresión, con todo el daño que puede hacer a la reputación del sistema capitalista resultante, que retractarse del verdadero principio. […] Cuando el capitalismo finalmente sucumba, lo hará por los estrepitosos brindis de los que estén celebrando su victoria final sobre personas como Keynes.»

Sin duda es un libro muy recomendable sobre dos grandes personalidades, más allá de un choque de trenes.

No doubt this book seems a great book, the detractors say too theoretical, but has the great virtue of being easy to read and is addictive on the two major economic pillars of the twentieth century, the English Keynes and the Austrian Hayek, starting From the letter that Hayek wrote to Keynes, requesting “mathematical psychology” from Edgeworth and keeping the postcard in his museum, he delves into the postulates of Keynes, his importance in the treaties of Versailles and he came to be labeled defending the defeated (Germany) for saying that we could be humiliated by otherwise not being able to pay debts, is the defender of state intervention as safeguard, to all this after the refuge of the coins in the gold standard and the creation of institutions like the World Bank is due to its postulates, while Hayek is more a person of free market and the difference of saving and investment is important, Keynes tells the British by radio that they consume for not cons umir can result in loss of jobs. Hayek would attack him for this. Both physically of similar heights, almost 2 meters, Keynes was part of the Bloomsbury group.

The pure theory, Hayek draws the attention of Keynes by focusing on the short-term effects of problems and economic solutions, “not only as a serious and dangerous intellectual error, but as a betrayal of the most important obligation of an economist and a serious threat to our civilization ». “It used to be considered as the obligation and the privilege of the economist to study and highlight the effects that can end up hiding from the inexperienced eye, and leave the most immediate effects for the practical man,” he wrote. “It is tremendous that after having gone through the process of developing a systematic explanation of the forces that, in the long term, end up determining prices and production, we have to discard it, to replace it with the short-sighted philosophy of the entrepreneur raised to the category of a science

Road to servitude were those that Hayek considered the demons of socialism and fascism, although at the time of writing Stalin’s Soviet Union was allied with Britain and the United States, and had been forced to soften their criticisms of communism and to allude to the dangers of Nazism and fascism. He asserted that the common perception that the right and left extremes were polar opposites was a mistake, since both, by replacing market forces with extensive state planning, assaulted individual liberties. And he reiterated his idea that since economic planners could not know what others wanted, they ended up behaving like despots.
Hayek was afraid that when the Second World War ended, the victorious allies could conclude that the economic management carried out during the war could accelerate a more prosperous and fairer post-war society. These policies, he warned, would foster the preconditions of totalitarianism and could make history repeat itself. “Little by little we have been abandoning that freedom in economic affairs without which personal and political freedom would not have existed in the past,” he wrote. “It is the destiny of Germany that we run the risk of repeating.”
Hayek acknowledges the reason behind Keynes’s program: the dangers of extensive prolonged unemployment and that “combating the general fluctuations in economic activity and the recurrent waves of large-scale unemployment that accompanied them” was “a very important problem” and «One of the most serious and most pressing of our time». His solution, however, rejects government intervention. “Although the solution to chronic unemployment will require a lot of planning in a good way,” he wrote, “it does not require or need that kind of planning that according to its advocates has to replace the market.”
Hayek evokes a Keynesian world in which economic activity is directed by the State. “This could lead to much more serious restrictions in the competitive sphere.” George Orwell, will criticize Hayek hard. Road to servitude criticizes all those who aspire to do good through the offices of the State as well as politicians of all types and conditions they try.

His thoughts were brought by Prime Minister Atlee, Kennedy, but Carter suffered a death blow in January 1979 when the Islamic Revolution in Iran generated great confusion in the Middle East. The president was caught in a second oil crisis that rivaled that of 1973, resulting in a severe reduction in oil supplies. He imposed price controls on gasoline, which caused long queues at service stations. He appointed Paul Volcker, 802 lifetime Democrat, president of the Federal Reserve, with the mission of raising interest rates to quell the demand that was supposedly the root of inflation. Carter’s inability to control prices in time for the November 1980 election was a gift to his Republican rival, the handsome, affable and promising Ronald Reagan, who asked voters: “Are you better than four years ago? » The answer was a resounding no.
But Carter was not the only one who was going through a bad time, John Maynard Keynes, too. Thirty-four years after the death of the great man and more than forty years after the publication of the General Theory, it seemed that Keynesianism had come to
its end. It gave the impression that, as when a miracle drug is abused, the dispensers of their remedy had applied too much elixir too often. The time had come for a radical rethinking of the economic theory that Hayek and his allies had been tracing for so long.

Hayek in his speech in Stockholm, the market as a ball game, to show that nobody could know all its complexities. If we had specific data of the players, such as “their level of attention, their perceptions and the condition of their heart, joints, muscles, etc., at each moment of the game, you could probably predict the result,” he suggested. “But obviously we do not know that data and therefore the result of the game is beyond the scientifically predictable.” The most an economist can do is to behave like a gardener and “promote growth by providing the right environment” .837
Hayek received widespread acclaim. With Keynesianism in full retreat, the world seemed to be approaching their way of thinking. He declared: “When I was young, only the older ones still believed in the free market system. In his maturity, he was the only one who believed in him. And now, I am lucky to have lived long enough to see that young people believe in him again. ” Valedores like Reagan and Thatcher, she set out to reduce the size of the public sector, reduce the supply of money, cut taxes, free companies from regulations, liquidate the national debt, and settle state assets in a process known as « privatization”. It was pure Hayek with a touch of Friedman. “The spirit of company had long been repressed by socialism, by taxes too high, too much regulation, too much public spending,” he explained. «His philosophy was nationalization, centralization, control, regulation. This had to end.
Thatcher had to face considerable opposition to his monetarist ideas, especially by members of his own government who called for rising unemployment and violence on the streets as evidence of the lack of policy adequacy. Nicholas Kaldor, Hayek’s favorite pupil in the LSE and who at the time was professor emeritus of economics at Cambridge, scoffed at the Hayekian notions on which Thatcher’s counterrevolution was based and published a treatise invoking the spirit of Keynes, The economic consequences of Mrs. Thatcher. It did not help.
Thatcher, as evangelist as ever, said in the House of Commons: “I am a great admirer of Professor Hayek. Some honorable members would have to read some of their books. ” To get his opponents to change their minds, he invited Friedman to dine with them. “The meeting generated an interesting and inspired discussion,” Friedman explained, “especially when Mrs. Thatcher left, and she asked me to take care of some of the rookies in her cabinet.” As the first major economic system to test monetarist solutions to end the stagflation, there was a certain dose of experimentation, false steps and errors in the implementation of the “Friedmanite” experiment in Great Britain. Through a conservative committee of experts, he sought the advice of Swiss monetarist Jürg Niehans, who told him that he was too controlling the money supply and setting interest at too high a rate, making the pound sterling increase and British exports they will be too expensive. Friedman blamed the initial failure of monetarism in Britain on the “variations” of the money supply that had been allowed to occur.

For many Keynesians, the reaganomía was nothing more than a farce, a political trick that, after the hayekian sexist rhetoric in favor of reducing the magnitude of the government, hid a policy of excessive public spending in defense that stimulated aggregate demand and economic growth . According to Robert Solow, an economist at MIT who won the Nobel Prize in Economics: “The economic bonanza that lasted from 1982 to 1990 was designed by the Reagan administration with a totally Keynesian style, increasing spending and reducing taxes, in a typical example of expansive budget deficit ».
Galbraith shared it. “[Reagan] came to the presidency when the country was experiencing a rather unpleasant recession and [implemented] many of the Keynesian policies,” he said. “One of the results was the improvement of the economy in the eighties under the presidency of Ronald Reagan. And the funny thing is that he got it thanks to people who did not really tune into Keynes and criticized him. We had an involuntarily anonymous Keynesianism.

Hayek was defeated by Keynes in the economic debates of the thirties, not because, in my view, Keynes had “proved” his point of view, but because, once the world economy had collapsed, no one was very interested in find out what exactly had caused it ». Since the mid-1970s, Keynesianism has been declared dead on several occasions, Friedman’s recognition in 1966 that “on the one hand, we are all now Keynesians; on the other, no one is Keynesian “is a more precise, though ambiguous, estimate of the situation of the economy at the beginning of the 21st century. A fundamental difference between the two men, whether the economy was better understood from the bottom up or top down, through macroeconomics or microeconomics, left Keynes in a better position. Its global approach is used throughout the world.

We economists use many details of the General Theory; we accept at least a large part of the analysis and research agenda that the General Theory introduced. ”
Friedman, with his monetarist proposals, perfected Keynes, but did not replace him. “[Monetarism] has benefited a lot from Keynes’s work,” he wrote in 1970. “If Keynes were alive, he would not hesitate to lead the [monetarist] counterrevolution. Keynes was looking for a solution to mass unemployment, and his solution was to increase total aggregate demand. He proposed several roads; the monetary route, reducing the interest rate and injecting new money into the economy; through tax exemptions; and through public works. There is no doubt who won the intellectual debate. […] The intellectual opinion of the world today is much less favorable to planning and central control than in 1947. What is not so clear is who won the practical debate. The world is more socialist today than in 1947. Government spending in virtually all Western countries is higher today than in 1947. […] The regulation of business by the government is also greater. Bush and Obama had very little recognition for having taken hasty measures to avoid economic chaos. And Keynesianism proved not to be the panacea. When the stimulus package failed to quickly reduce the number of unemployed, and rumors began to circulate about money being “wasted” on controversial public programs, many Americans began to worry about the extent of the government’s indebtedness. For some, such as Harvard economics professor Robert Barro, Keynes became a burlesque character, a kind of Hamelin flutist who guided children of future generations into the dark caves of an unsustainable level of indebtedness.
John Kenneth Galbraith did not live to see the Great Recession, however he gave an explanation of why the Conservatives had not applauded Keynes for saving capitalism for the second time. “Keynes was extremely comfortable with the economic system he had so brilliantly explored,” Galbraith observed. “Most of his efforts, like those of Roosevelt, were conservative; I wanted to help ensure the survival of the system. But this conservatism of the Anglophone countries is not attractive to the truly committed conservative. […] It is better to accept unemployment, unused plants, and the massive despair caused by the Great Depression, with all the damage it can do to the reputation of the resulting capitalist system, than to retract the true principle. […] When capitalism finally succumbs, it will do so for the resounding toasts of those who are celebrating their final victory over people like Keynes. ”

Without a doubt it is a highly recommended book about two great personalities, beyond a train crash.

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